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El mismo aire

Summary:

"—No seas puto —murmura Lautaro, pero el insulto suena casi como una súplica.
—No te preocupes, que yo puto no soy. Tengo novia.
Lautaro gira el cuerpo desde abajo, acomodándose hasta quedar boca arriba. 
—Ya sé que tenés novia, Manuel. Todo Kick sabe que tenés novia. Pergolini sabe que tenés novia. A todo el mundo le dijiste que tenés novia".

Lautaro vuelve de Madrid sin haberle mandado ni un solo mensaje, y cada vez que se acercan, el aire se vuelve irrespirable. Pero Manuel, ante todo, es orgulloso. Y si él se ahoga, Lautaro se va a ahogar con él.

Notes:

Bueno, me tocó El Mismo Aire así que acá estamos. Está basado en la vida real, en estas últimas semanas. Estuvimos enterrando el ataúd del ship (como siempre) pero de alguna manera le busqué la vuelta para convertirlo en fic porque a nosotras nadie nos va a sacar el poder de escribirlos siendo putos reprimidos.
La canción no la tomé literal, es una interpretación del mensaje, pero lamentablemente creo que los describe muy bien en este momento.

Espero que les guste y comenten qué les pareció o lloro <3

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Manuel aprieta con fuerza la taza contra sus manos, aunque ya está fría y hace rato que el café se acabó. La voz de su amiga suena de fondo, tranquila y alegre, y la cara de Manuel duele de tanto sonreír. Después de varios días sin verse, Liza tiene acumuladas muchas cosas para contarle.

—Lo mandé a la mierda, igual, me chupa un huevo —dice, encogiéndose de hombros y poniendo una cara de indiferencia que Manuel sabe que es fingida—. Ni era tan lindo, tampoco. Viste que los ves más lindos cuando te gustan y después te das cuenta que andabas en cualquiera…

—Pero es bastante lindo este, gorda —responde sin pensar. La cara de su amiga se transforma, y Manuel suelta una carcajada.

—Mentira, es horrible. Tenés razón. Me debo haber confundido con otro.

Liza frunce el ceño todavía más y levanta la mano como si fuera a pegarle, pero la risa se asoma en sus ojos.

—Todos feos. Ninguno estaba a tu altura —agrega, para arreglarla, aunque cree profundamente que es verdad. Su amiga es demasiado mujer para cualquiera de los boluditos que quisieron salir con ella.

—A veces sos bastante pelotudo. Mirá que voy a empezar a pensar que le tenés ganas vos ahora. 

Manuel niega con la cabeza, todavía riendo. Y la respuesta automática, esa que viene practicando hace varias semanas, anticipando el momento en que finalmente tuviera que utilizarla, sale de sus labios.

—No, estoy de novio yo. No miro a otras personas, soy un tipo fiel.

Liza levanta la vista hacia él y lo mira con tanta ternura que siente un calor en el pecho. Luego estira las manos por encima de la mesa y las coloca sobre las suyas, apretándolo suavemente.

—Vi la foto que subiste con Flor, estoy muy orgullosa de mi niño pollera.

Manuel resopla, pero no intenta ocultar la sonrisa. 

—No soy pollera.

Por más que finja molestarse, que le digan pollera solo es sinónimo de que finalmente logró lo que quería. La gente ahora lo percibe bien, estable, enfocado. Quizás un poco cambiado, pero feliz. Y si tanta gente lo cree así, puede aferrarse a la idea de que eso es verdad.

Entonces lo repite hasta el cansancio.

Él tiene novia. Está tranquilo, está feliz, y tiene novia.

—Obvio que sos, Manuel —revolea los ojos mientras le habla—. Qué lindo, chiquito. De verdad. Me alegro mucho por ustedes.

Aun así, cuando le hablan del tema, hay momentos en los que no sabe qué responder sin que suene falso o insuficiente.

De todas formas lo intenta.

—Gracias, Liz —responde con suavidad.

—¿Estás contento?

Manuel se remueve en la silla.

—Sí, obvio.

—Mm.

—¿Qué?

—Nada. Que te conozco el “sí, obvio”.

—Estoy cansado, amiga, nada más. Estos días estuve grabando todo el tiempo, no paré ni para dormir. Viste que te mandé…

—Ya sé que estás cansado. Vivís cansado. No te pregunté eso —Liza lo interrumpe antes de que pueda cambiar de tema. Lo mira con sospecha, entrecerrando los ojos, y Manuel desvía la mirada, paseándola por el lugar y buscando algo, cualquier cosa, en lo que enfocarse.

—No pasó nada con Flor, si estás pensando eso. Está todo bien, en serio. Nos vemos mañana.

—Bueno, me quedo más tranquila… ¿Pero entonces qué onda? ¿Te pegó el bajón por el cumpleaños?

—Tengo 24, Liza. Si me pega el bajón ahora me tengo que matar. 

—Casi 25. Y a mí el bajón me pegó a los 20, no quise festejar, me agarró una crisis terrible —dice encogiéndose de hombros.

Manuel se acuerda. Lo había llamado a las 2 de la mañana, y habían pasado horas en su casa viendo películas y comiendo helado para tratar de distraerla. El recuerdo le trae una punzada de nostalgia.

—No, posta. Tengo sueño, nada más, estoy bien.

—Manu.

—¿Qué?

—Mentís para el orto, amigo. 

Manuel afloja los hombros y se hunde en la silla, soltando un resoplido. No sabe si ama u odia que su amiga lo conozca tanto.

—No sé qué voy a hacer para mi cumpleaños. Me da paja festejar, no me gusta. Además el año pasado estábamos todos juntos, y ahora… bueno. Cambiaron bastante las cosas.

Si no le costara tanto decirlo, hasta se reiría de sí mismo. Sabe que está siendo dramático, pero una parte suya disfruta de ahogarse en sus problemas como si fueran un vaso de agua. Es algo que tendría que hablar con su psicólogo. 

Si tuviera psicólogo.

—Pero gordo, si están todos —dice Liza enseguida, con un dejo de preocupación asomando en su voz—. En el grupo están re pesados hace como una semana organizando para salir. Estás vos solo metido para adentro.

—Sí, ya sé que los chicos siempre están.

Su amiga se queda en silencio por unos segundos. Manuel escucha su respiración, regular, quieta, mientras ella va juntando de a poco las piezas en su cabeza.

—No estás hablando de los chicos.

Manuel cierra los ojos con fuerza.

—Ni sé de qué estoy hablando.

Liza respira hondo.

—Manu… —La voz de ella baja un tono, volviéndose más suave—. ¿No te escribió Moski?

Como tantas veces en la última semana, vuelve a sentir que el pecho se le cierra un poco, y tiene que hacer un esfuerzo para respirar normalmente. 

—No. Ni un hola, de compromiso. Pero estuvo dos horas colgado en una videollamada con Santiago, para eso sí tuvo tiempo.

—Ay, chiquito…

Manuel baja la vista hacia la mesa. La ternura en su voz esta vez lo hace sentir ridículo.

Igual que cada vez que entra al chat sabiendo que no va a encontrar nada, o abre Instagram por inercia y el destino, como si estuviese siguiendo algún plan cruel para restregarle en la cara cada uno de sus fracasos, le muestra otra vez las fotos que subió con ella. Una colección de recuerdos felices, llenos de amor y de miradas tiernas que no puede evitar comparar con la forma en que alguna vez lo miró a él.

Aunque, si no los conociera, hasta juraría que son hermanos. 

No deja de ser humillante.

—No me digas “ay, chiquito” como si me hubiese pasado algo.

—Te pasó algo.

—No me pasó nada.

—Bueno —dice ella, bajito—. Entonces no te pasó nada.

Manuel traga saliva, jugueteando con las servilletas de la mesa como si fueran lo más interesante que vio en su vida. No quiere ver en los ojos de su amiga las mismas preguntas que está cansado de hacerse a sí mismo.

—¿Y por qué no le escribís vos? —pregunta ella después, con cuidado—. Sin hacerte el orgulloso por cinco minutos. Preguntándole cómo está.

—¿Para qué?

Parece tonto hasta para él admitir que no lo había considerado hasta hace una hora, porque desde que lo conoce, Lautaro siempre fue el primero en escribir, y Manuel no sabe cómo hacerlo sin sentir que solamente lo está molestando.

—Porque capaz te hace bien.

—No me va a hacer bien.

Y porque ya lo hizo, y efectivamente comprobó que lejos de hacerle bien, solamente incrementó su malhumor a un punto que no sabe cómo está haciendo su amiga para soportarlo.

—No sabés.

—Sí sé —suelta, más brusco de lo que pretende—. Si le importara me hubiera mandado algo él. Ya fue, me chupa un huevo a mí.

Liza no contesta enseguida. 

—¿No sabés cuándo vuelve al final?

Manuel aparta la mirada de la mesa y mira la fecha en la pantalla de su celular. 6 de junio. 

—En teoría era el diez, creo. Pero Santiago dijo el siete, así que no sé —hace una pausa—. No le pregunté. 

Obviamente. 

Piensa que quizás la fecha nunca existió en realidad, y él simplemente se la inventó en su cabeza para no sentirse tan pelotudo.

—Bueno, basta, Manu. Dejá de darte manija —dice ella, con tono conciliador—. Cuando vuelva pueden hablar bien sobre eso.

Manuel sabe perfectamente que no van a hablar sobre eso. Si es que alguna vez vuelven a hablar. Si es que no se queda allá, viviendo su mejor vida, y con la chica de sus sueños, y comiendo afuera, y paseando, claramente no trabajando, y…

—¿Gordo? —La voz de Liza lo arranca de sus pensamientos, y gira para mirarla. Después asiente lentamente.

—Sí, ya vamos a hablar.

—Y sacate esa cara de culo que tenés.

—No tengo cara de culo.

—Manu, por favor. Te estoy viendo.

Manuel sonríe, sintiendo que la presión en su pecho se afloja un poco.

—Bueno.

Un rato más tarde, mientras Manuel intenta hacerle un gesto a la chica que los está atendiendo para que les traiga la cuenta, ve de reojo cómo se ilumina la pantalla de su celular. El mensaje que aparece allí es demasiado corto para el tiempo que le toma a su cabeza entenderlo.

—¿Qué pasó? —pregunta Liza.

Manuel la mira, e intenta mantener un tono despreocupado que fracasa desde el mismo segundo en que abre la boca.

—Moski está en casa.

 

■■■ 

Manuel va manejando ridículamente lento. El aire se cuela por la ventanilla, y los pelos se le meten en los ojos, pero no le molestan. Tiene la vista nublada, y apenas distingue el camino delante de sus ojos.

Seguramente Lautaro esté en este mismo momento contándole a Santiago cada uno de los detalles de Madrid, y siendo honesto, Manuel no tiene ganas de escucharlo.

No quiere saber si compraron ropa, o si ella lo ayudó a elegirla. No le interesa si ella le halagó o no esos pantalones horribles que a él tanto le gustan, y que Manuel le compró tantas veces a pesar de odiarlos, solo para ver el destello de satisfacción en el rostro de su amigo al conseguir lo que quería. 

No quiere saber si entraron a un negocio y ella lo reconoció sin verlo, tan solo escuchando el sonido de su voz a la distancia. 

Aunque no cree que ella sea capaz de hacerlo, porque ni estando con él por el resto de su vida podría llegar a conocerlo ni la mitad de lo que lo conoce Manuel.

Mientras tanto, él decoró su galería de fotos con Florencia, por supuesto. Hasta subió una de ellas a Instagram, como oficialización absoluta. 

Pero no hubo ninguna respuesta, ni siquiera a eso. 

Tampoco a cada comentario que soltó en stream, consciente de que alguien tan orgulloso como Lautaro jamás podría pasarlos por alto.

Los había pasado por alto. 

Cada queja, cada omisión de su nombre, había sido oficialmente ignorada. En cambio, simplemente había vuelto, sin avisarle. No por su cuenta, al menos. Y ciertamente sin anticipación.

El Lautaro que vivía con él en la casa de su mamá había llorado por tener que separarse de él unas semanas, y lo había abrazado con una fuerza angustiante antes de dejarlo ir. Ese Lautaro había formado parte del cuerpo de Manuel, tan profundamente arraigado en él que cada kilómetro de distancia entre los dos se había sentido como un ardor en la piel y un nudo en la garganta que, Manuel sabía, los asfixiaba a ambos por igual.

¿En qué momento su ausencia dejó de dolerle? 

Ese Lautaro le había enviado un “te extraño” que todavía recuerda con un cosquilleo nervioso y un calor suave en el pecho. Se había enojado cuando su respuesta fue un “yo también los extraño”, y en este momento Manuel hubiera estampado su auto ahí mismo, contra el primer árbol que se cruzase, con tal de volver a hacerlo enojar así.

Con tal de tener la capacidad de hacerlo sentir algo.

Es entonces cuando realmente empieza a creer que no tiene ningún control sobre su corazón, porque si romperse a sí mismo fuese la única forma de que la ternura y el miedo de perderlo volvieran a brillar en los ojos de Lautaro, piensa que estaría dispuesto a hacerlo. 

Pero esos ojos que alguna vez lloraron por él ahora le pasan por encima sin detenerse, como si fuera un obstáculo más que debiera superar para alcanzar una vida que ya no lo incluye.

Aprieta el volante con fuerza cuando la autopista se bifurca y la salida de su barrio aparece frente a sus ojos. 

Tiene que resistir el impulso de seguir de largo.

 

■■■ 

Cuando estaciona el auto en la puerta, se queda unos minutos con las manos sobre el volante, escuchando la tranquilidad de la cuadra, y cierra los ojos intentando calmar sus pensamientos.

A veces piensa que simplemente podría conformarse con eso. Con tener la mente en silencio y una persona a su lado que lo tranquilice y le sonría todos los días. Podría conformarse con un abrazo tibio, que no lo incendie, que irradie solo el calor suficiente para poder indicarle el camino que debe seguir.

Y cree haberlo conseguido, pero a medida que se acerca al quincho, con el olor de las brasas prendidas y las luces fuertes invadiéndole los sentidos, se encuentra de frente con el problema. 

Porque reconoce la música de una playlist que comparten, la misma que pone siempre en stream, y por encima de la música, la risa de Lautaro. Una carcajada ruidosa, alegre y tan llena de vida que hace que cada una de las células de Manuel ardan con un fuego que ningún abrazo ajeno, por tibio y calmo que sea, podría jamás apagar.

Escuchándolo, Manuel olvida completamente por qué se supone que las cosas no están bien. 

¿Qué podría estar mal, si Lautaro se ríe así?

Se frena un segundo antes de cruzar la puerta.

Está de espaldas, frente a la parrilla, con unas bermudas claras que Manuel no le conoce, y una remera demasiado formal como para estar haciendo un asado. Santiago está medio sentado en el borde de la mesa, moviendo descuidadamente el mate mientras le cuenta algo evidentemente muy gracioso. Lautaro cabecea hacia atrás, tentado, y se acerca para pegarle un empujón corto en el hombro a Santiago con el puño, un gesto cariñoso y casi infantil que provoca que Santiago se ría todavía más fuerte. 

Verlo ahí, parado enfrente suyo con las mismas zapatillas gastadas y horribles de siempre, le produce un alivio que le afloja las piernas. Solo entonces entiende que una parte de sí, patéticamente, había pasado esos días atado al miedo real de que su amigo no volviera. 

Otra vez. 

No sabe cuánto tiempo se queda ahí parado, mirándolos, hasta que Santiago se gira y lo ve.

—¡Buena, apareció el emo! —grita Santiago en cuanto lo ve cruzar el umbral.

Recién entonces, Lautaro se gira despacio. Sus ojos, todavía chiquitos por la risa, tardan un segundo en fijarse en Manuel. Todavía con la risa en los labios, se acerca a él y le da una palmada en el hombro.

—Qué hacés, Merno. Pensé que no venías hoy —dice casualmente, antes de darse vuelta y acercarse a la parrilla, comenzando a mover las brasas con la pala. 

Como si nada.

Y tan rápidamente como había llegado, la paz momentánea de Manuel desaparece por completo. 

En su lugar, siente una punzada fría en el pecho. 

—Fui a merendar con Liza —Manuel se acerca a la mesa, arrastrando los pies. Agarra un pedazo de queso de la tabla y se lo mete en la boca. Se apoya contra la pared de ladrillos, queriendo imitar la postura relajada de Santiago, pero siente los brazos pesados, rígidos.

—¿Qué onda el viaje?

—Bien, largo. Dormí bastante. 

—Este hijo de puta se trajo como quinientas tazas de cerámica de España, gordo —interrumpe Santiago, todavía con el mate en la mano—. No sabés lo que son, parece que las hicieron en el taller de arte de un psiquiátrico.

—Qué decís, pelotudo —Lautaro junta las cejas y aprieta los labios, en ese gesto de superioridad que intenta ser despectivo, pero a Manuel le arranca un ataque de ternura cada vez que lo ve—. Son tazas de diseño, seguro que en el colegio ese de mierda cheto al que ibas tenían unas con bordecito de oro, andá.

Santiago suelta una carcajada. 

—Qué tiene que ver, gordo, admití que son horribles. 

—Vos sos horrible y nadie te dice nada, Bauleti —responde Lautaro, tirándose contra él y empezando a pegarle en el hombro como si estuviera boxeando. 

Intentando integrarse en la charla, Manuel fuerza una sonrisa y dice:

—Y sí, si tiene el gusto de un viejo de 80 años Moski.

Lautaro se vuelve hacia él, con la boca apenas abierta por la agitación. 

Manuel sonríe un poco más, esperando ese movimiento rápido de cejas que Lautaro hace siempre que él exagera, esa complicidad muda que llevan grabada en el cuerpo. 

Las comisuras de sus labios amagan a levantarse, y por un segundo parece dudar, pero luego simplemente se encoge de hombros.

—A Yuyú le gustaban —responde, neutro—. Están buenas.

Claro. Cómo no.

—Dejate de joder, Moski, si a vos te dan un vaso de plástico y te da lo mismo —insiste, provocando para ver hasta dónde puede llegar antes de que lo mande a la mierda—. Ahora resulta que sos un somier de vajilla. 

Lautaro suelta una risita y niega con la cabeza, divertido. 

Y por un segundo, Manuel cree ver de nuevo un brillo antiguo en sus ojos. 

—Sommelier, no somier, bestia. 

—Eso. 

Lautaro se pasa la mano por la cabeza, sacudiéndose el pelo bruscamente, y Manuel siente el impulso irracional de acercarse, de pasar sus dedos por su frente y acomodar cada uno de los pelos que ahora salen despedidos en cualquier dirección, para dejárselo prolijo como a Lautaro le gustaba. 

La voz de Santiago lo devuelve a la realidad. 

—Traeme un queso, Mosca —dice, con el mate en una mano y el celular, que mira fijamente, en la otra—. Por favor, me enamoré. Estoy enamorado.

—Ojalá esta te dé bola, gordo, porque venís flojo, flojo —dice Lautaro, acercándose a la mesa e inclinándose sobre ella para alcanzar la tabla.

Y cuando ve que no llega, que sus manos chiquitas se estiran inútilmente sobre la mesa, Manuel impulsivamente se acerca a él. Desesperado por volver a la normalidad, por obligar a Lautaro a reaccionar, se pega a su cuerpo desde atrás, le apoya una mano en la cintura y lo empuja suavemente con el hombro hasta hacerlo chocar contra la mesa.

El olor de su perfume, mezclado con el humo de la parrilla, llena el aire entre ambos, y la distancia mínima que todavía los separa se le instala en el pecho como una presión insoportable.

—Correte, culón, dejame a mí —le susurra, cerca de la oreja.

Pretende sonar irónico, por favor, pretende que sea un chiste, pero las palabras le salen ridículamente temblorosas, y cuando quiere agregar algo más para taparlo, o reírse de sí mismo, los sonidos se le quedan atascados en la garganta.  

Supone que ya es demasiado tarde para retroceder, o para salvar lo poco que le queda de dignidad. 

Espera recibir un codazo fuerte en las costillas, o una mueca de asco fingida detrás de una risa casi tímida.

Como antes. Como siempre.

En cambio, el cuerpo de Lautaro se queda rígido.

No le devuelve el empujón, no se ríe ni se tira hacia atrás para seguirle el chiste. Se queda completamente quieto bajo el peso del brazo de Manuel, aguantando el contacto con una inmovilidad que parece congelar el aire del quincho. Un segundo después, se zafa del agarre dando un paso hacia el costado, rápido y torpe, chocando la espalda contra una de las sillas de madera.

—Salí, flaco, ¿qué hacés? —suelta bruscamente, fingiendo una irritación que sale más bien como un murmullo ahogado.

Manuel siente la sangre subirle a la cara de golpe.

—Perdón… —murmura, con el corazón latiendo violentamente contra su pecho.

Quiere desaparecer del mundo. Esconderse en algún lugar donde nadie lo pueda ver, como hacía cuando era chiquito y su mamá fingía no verlo cuando se tapaba con la frazada porque no quería ir al colegio.

Pero no puede desaparecer, y el mundo está frente a él, mirándolo con algo tan crudo y sincero que Manuel siente que se le estruja el corazón.

Miedo.

Y Manuel no entiende cómo ese mismo cuerpo que hace cinco minutos se reía a carcajadas con Santiago y lo tocaba con naturalidad; cómo esa piel que alguna vez sintió como parte de la suya propia y que lo extrañó desesperadamente cada vez que se alejaba de él, ahora se aparta de sus dedos como si su contacto le quemara. 

No sabe cómo mirarlo, ni cómo hablarle.

No sabe cómo respirar el mismo aire que él sin ahogarse; sin ahogarlos a los dos.

—¿Y el queso, amigo? —reclama Santiago desde la otra punta, casualmente. Como si no sintiera el cambio repentino en el ambiente, o tal vez fuera lo suficientemente cuidadoso como para no comentar al respecto. 

Lautaro niega despacio con la cabeza, y luego pasa por al lado suyo, manteniendo la vista baja y apurando el paso hasta desaparecer dentro de la casa.

 

Manuel desaparece por las escaleras ni bien tiene la posibilidad.

No es serio que sienta que el mundo se le está cayendo encima y, en busca de calma, se refugie en una habitación que parece un telo.

Quizás debería darle ese uso ahora, al menos le ayudaría a descargarse. Pero, aunque no sabe explicar por qué, piensa que llamar a Florencia en este momento se sentiría casi desleal. 

En cambio, con un esfuerzo ridículamente grande para la boludez de lo que está por hacer, Manuel se agacha, levanta una bolsa que está apoyada en el piso, y saca de adentro el cuadro que lleva guardado ahí desde el día en que lo hizo, excepto por el breve momento en que lo mostró en stream.

Para ser el segundo que hizo en toda su vida, considera que le salió bastante bien. Solo si presta atención, puede notar que algunos rasgos parecen demasiado exacerbados, o que su presencia en la tela es demasiado grande para las facciones pequeñas y suaves que pretende representar. 

Lo pone en su mesita de luz, girándolo levemente para poder verlo cada vez que se despierte. A ella le gustaría eso, seguro. Solo espera que no pueda ver, entre sus pequeños detalles, la sombra de lo que realmente tenía en la cabeza mientras la pintaba. 

O las diferencias, estúpidas pero inevitables, con el primer cuadro que había hecho. 

Ese está en el mueble detrás del setup, en su lugar de trabajo, donde corresponde. Más completo en su figura, y también más alejado. Emotivo pero distante, diciendo “nada” y marcándole a Manuel que eso es todo lo que él puede ser en su vida. 

Nada.

Y Manuel debe aceptarlo.

 

■■■ 

Manuel no lo acepta.

Y lo extraña tanto, tanto, que cuando se hacen las doce en su cumpleaños y siente sus brazos chiquitos rodearle la espalda con una torpeza casi tímida, siente que podría perdonarle absolutamente todo. Porque pasó los últimos tres días dándole vueltas al mismo momento, prácticamente sin verlo y con la bronca acumulada en el pecho; pero cuando por error sus rostros se acercan demasiado y siente su respiración contra los labios, el corazón le late con más fuerza de la que recuerda haber sentido en mucho tiempo. Es apenas un milisegundo, y se convence de que es el miedo por lo que podría quedar registrado en cámara y lo que podría decirse, o tan solo la incomodidad de que les pase esto justo a ellos, pero no puede sacarse el cosquilleo del cuerpo hasta que el stream termina. 

De hecho, se apura a terminarlo. Se va rápidamente a su habitación antes de que los nervios lo puedan traicionar otra vez, y se mete en la ducha para relajarse. 

No funciona.

Apenas registra el roce de la ropa al caer de su cuerpo o el agua demasiado caliente quemándole la espalda. Inclina la cabeza hacia atrás, dejando que el agua caiga sobre sus ojos hasta hacerlos arder, y la imagen aparece en su mente una y otra vez. Lautaro apartando la cabeza un segundo demasiado tarde, dándole tiempo suficiente a Manuel para ver la mezcla de risa, pánico y vergüenza brillar en sus ojos.

Se siente como un triunfo, a pesar de que sea el primer abrazo en meses. A pesar de que la incertidumbre y los nervios en el cuerpo de Lautaro le demuestran que no es solamente Manuel el que ya no sabe cómo tocarlo.

Piensa que quizás es el costo que debe pagar por los abrazos que no supo darle cuando Lautaro todavía los necesitaba.

Cuando sale, se pasa la toalla apenas por el pelo y se la ata en la cintura, sin secarse demasiado. El aire del pasillo contra las gotas de su piel lo hace temblar, y agradece la sensación porque lo ancla a la realidad, al piso frío de su casa y al silencio casi total, solo interrumpido por algún grito de Santiago que está viendo un partido abajo.

Vuelve a su habitación y se tira sobre la cama, hundiendo la cabeza en la almohada. 

¿Qué tan deprimente sería dormirse a la una de la mañana en el inicio de su cumpleaños? 

Decide que mucho no le importa. Se queda boca arriba, con los ojos fijos en el techo, sintiendo cómo una gota fría le resbala desde la nuca hasta la sábana, y se sobresalta cuando la madera del piso cruje al otro lado de la puerta.

—¿Puedo entrar un segundo?

La voz de Lautaro se cuela, débil, y por un segundo Manuel duda si realmente está ahí o se lo está imaginando.

—Pasá —dice, sin levantar la cabeza.

La puerta se abre despacio y Lautaro asoma la cabeza. Sigue vestido igual que en el stream, con la chomba verde y la gorra de Manuel apoyada desprolijamente en la cabeza. A pesar de la oscuridad de la habitación, percibe con una nitidez que le quema cómo los ojos oscuros de Lautaro lo recorren por un segundo de arriba abajo, barriendo su piel todavía húmeda antes de apartar la mirada de golpe hacia la pared. Como si mirarlo también fuera más de lo que puede soportar.

Manuel no sabe qué decir. 

Lo ve acercarse despacio hasta su mesa de luz. Cuando llega, se saca la gorra y la apoya ahí, junto al cuadro de Florencia.

—Te dejo esto, ya me voy —dice apurado—. Gracias. 

—Quedatela, gordo —responde Manuel automáticamente, sintiendo que la garganta se le aprieta en un nudo.

La mitad del placard de Lautaro debe estar lleno con ropa de Manuel. Cuando vivían en la casa de su mamá, directamente se la robaba, o Manuel se la prestaba y ambos sabían que era un regalo encubierto. Le producía algún tipo de placer retorcido verlo vestido de él, con su estilo y con su olor, saber que salía a la calle así y todos podían ver la marca de Manuel en él. 

Pero ahora quien vería la marca es ella, y Lautaro está ahí, parado a apenas unos centímetros que parecen kilómetros, desprendiéndose de cualquier cosa que pueda recordarle que alguna vez le perteneció a Manuel.

Entonces niega con la cabeza y se da vuelta para irse tan rápido como llegó. 

—Tenés que dejar de regalarle cosas a todo el mundo —dice en voz baja, ya de espaldas. 

—No le regalo a todo el mundo —miente—. Solo a algunas personas. A vos, a Santi, a Flor…

Siente cómo se tensa, aunque no lo esté tocando. Su espalda se contrae brevemente y su cuello se sostiene inmóvil, como si fuese a romperse si se mueve un milímetro. 

—Regalasela a Flor entonces, que seguro te las pide. Yo no te pedí nada.

Manuel sabe que debería dejar que la conversación muera ahí. Debería dejarlo ir. Pero la imagen de su amigo pegado a su rostro con los nervios a flor de piel y la sensación de sus manos sujetándolo por la nuca lo vuelven a invadir, y Manuel no quiere desprenderse de eso.

No quiere aceptar que un contacto que alguna vez fue tan fácil y cotidiano para ellos como un abrazo ahora quede reducido a un gesto incómodo y raro, solo posible por la luz de la cámara que los apunta y los obliga a fingir al menos por un momento que eso no está del todo perdido. 

Se levanta de golpe, da dos pasos hacia adelante y lo agarra de la muñeca, tironeando para atrás y obligándolo a enfrentarlo.

—Florencia tiene un montón. No necesita otra más. 

Lautaro se sacude de su agarre, pero Manuel lo aprieta más fuerte, anclándolo al piso. 

—Me importa tres carajos, amigo —responde Lautaro, mirando fijamente el lugar donde lo está sujetando, con una mueca de fastidio—. Por mí metetela en el orto, ni idea. Soltame que me quiero ir a comer.

—¿Vas a comer solo?

—No, con Yuyú. Podés bajar si querés. Pero cambiate —agrega, tenso, levantando la vista un segundo y volviendo a bajarla rápidamente.

Manuel siente el enojo creciendo dentro de él.

—Sos muy pesado, amigo. No podés vivir colgado de las tetas de tu novia. ¿No podés estar un día sin ella? 

Lautaro suelta una risa amarga. 

—No entiendo qué carajo te molesta —dice, punzante—. Estoy en el stream, nos vamos a ir un mes de viaje a laburar, estoy en todo lo que tengo que estar. Tampoco es que vos propongas muchas cosas para hacer además de stremear y grabar videos, si es lo único que hacés.

Sus ojos brillan de forma peligrosa, y Manuel siente que el piso tiembla bajo sus pies.

—Moski…

—Y el tiempo que no estás haciendo eso estás con tu novia igual que yo. Entonces no me vengas a romper las pelotas a mí.

Odia más que nada en el mundo que tenga razón. Odia que esté parado ahí, mirándolo con los ojos entornados, queriendo parecer enojado pero ocultando que en realidad solo quiere salir corriendo. Quiere escapar de él, dejarlo solo y volver con ella. Manuel lo sabe, lo siente en la forma en que se balancea de un pie a otro y trata de no mirarlo; lo siente en el silencio que los invade cuando no sabe qué contestarle.

También odia imaginarlo bajando con ella, abrazándola por atrás y dándole un beso corto. Detesta imaginarlos durmiendo juntos, y sobre todo, quiere borrar de su mente la idea de que le cuenta a ella todos los detalles de su vida, sus deseos y sus pensamientos más profundos, a los que Manuel ya no tiene acceso. 

—Tenés razón —admite en voz baja—. Pero ahora me gustaría que estemos los tres solos un rato, aunque sea por mi cumpleaños. 

Lautaro sonríe irónicamente, como si le hubiera dicho algo absurdo.

—De qué hablás, si estabas tirado en pelotas en tu cama, Manuel. Seguro esperando que venga Florencia a coger.

Una parte de él se odia a sí mismo también, porque, cuando lo escucha en la voz de su amigo, sabe que es verdad.

Le suelta la muñeca, rendido, y lo escucha soltar un suspiro. 

—Cuando llegue le decimos con Yuyú que suba directamente —murmura. 

Es escuchar la resignación y el dolor en su voz lo que termina de quebrarlo.

Manuel baja la cabeza y apoya su frente contra la de Lautaro. Lo siente tensarse contra él, pero, por una vez, no se aparta. 

Cuando levanta la mano y le acaricia suavemente la mejilla, Lautaro se queda quieto y le permite tocarlo. 

Espera poder transmitirle en ese gesto todo lo que no sabe decirle con palabras. Que lo extrañó, que le dolió que se fuera tanto tiempo sin él y no creyera necesario mandarle ni un mensaje. Que ya no soporta no poder tocarlo, y que incluso este mínimo contacto se siente como tocar el cielo con las manos, solo porque es él.

¿Por qué puede ser el novio perfecto para ella, pero de él no puede ser… qué? 

¿Qué fueron todas las veces que se empujaron o que jugaron a tocarse porque una cámara los habilitaba a hacerlo? ¿Qué fueron cada vez que le mostró algún costado oculto de su personalidad y Lautaro respondió con uno equivalente de la suya, igual de raro pero de alguna forma extrañamente compatible?

—Quiero que volvamos a ser como antes —confiesa, con la voz rota, en un susurro tan bajo que duda de si lo escuchó.

Lautaro alza la mirada en ese momento, y la vulnerabilidad que ve en sus ojos le aprieta el pecho.

—Somos amigos, Manu. 

La palabra le duele. Es la única forma que conoce de nombrar su vínculo, y sin embargo, cuando Lautaro se inclina suavemente hacia él y se apoya sobre su mano en silencio, le suena insuficiente.

Piensa en el Manuel y el Lautaro que se conocieron como Mernuel y Moski, que se vieron por primera vez en persona en un aeropuerto, con los ojos brillantes de emoción y el corazón latiendo con fuerza, y sonríe con nostalgia. Esos chicos estaban tan cerca de lo que querían, lo tenían ahí, caminando hacia el otro a unos metros de distancia, y aun así encontraron la forma de complicársela tanto que terminaron acá, distantes, temblorosos y a punto de perder algo que la mayoría de la gente pasa una vida entera buscando.

Entonces se deja llevar por el impulso, apoya la cabeza en el hueco entre el cuello y el hombro de Lautaro y lo muerde, fuerte. Más fuerte de lo que recuerda haberlo mordido alguna vez.

Lautaro suelta un quejido agudo que le nace del fondo del pecho y se le quiebra en la boca en un espasmo que parece mitad sorpresa y mitad dolor. Luego lleva sus manos al pecho de Manuel y lo empuja con fuerza para sacárselo de encima. 

Con la piel todavía húmeda de la ducha, Manuel trastabilla y cae hacia atrás sobre el colchón, en medio de las sábanas deshechas sobre las que había estado a punto de quedarse dormido. Intenta acomodarse la toalla, que milagrosamente resistió sin soltarse del todo pero ahora se abre sobre su muslo izquierdo, dejando la pierna al descubierto hasta la ingle.

—Pará un poco, Manuel —le escupe Lautaro, con la voz todavía demasiado aguda por el dolor—. No podés morder así.

Se lleva los dedos hacia el cuello de la chomba, tironeando de la tela hacia un costado para tocar cuidadosamente la zona donde los dientes de Manuel dejaron una marca roja que ya está empezando a hincharse.

Viéndola, un espasmo de satisfacción le recorre el cuerpo. 

Es suyo. 

Manuel se apoya sobre sus manos, hundiéndose hacia atrás en la cama. El pelo mojado le gotea por la nuca, trazando líneas frías que le corren por las costillas. Sostiene la mirada esquiva de Lautaro, que parece estar haciendo un esfuerzo sobrehumano para no mirarlo, y sonríe irónicamente.

—Ahora te hacés el que no, si antes me vivías mordiendo —le retruca Manuel, y la voz le salió con un hilo rasposo, bajo—. Pero claro, ahora la mordés a tu noviecita. Espero que no le duela mucho…

Sus palabras tienen un efecto profundo en Lautaro. Los labios le tiemblan, y Manuel escucha su respiración ruidosa llenando el aire de la habitación. Por un segundo cree ver en sus ojos un destello de duda, de inseguridad, que rápidamente se transforma en una furia defensiva. 

—No hables de ella —dice, apretando los dientes.

Da dos pasos largos y se detiene justo enfrente de Manuel, anulando la distancia hasta que las puntas de sus zapatillas se encajan justo en el hueco entre las piernas de Manuel. Se queda ahí parado, encorvando el cuerpo hacia adelante, mirándolo de la misma forma que tantas veces lo hizo durante algún stream, o una noche cualquiera en la casa de su mamá cuando le decía o hacía algo que no le gustaba. Una irritación real, seca e impulsiva que Manuel sabía que podía desarmar tan rápido como la había provocado.

Entonces no se mueve ni un milímetro; se queda sentado, mirándolo desde abajo, porque esto lo entiende. Y sabe que no tiene que hacer nada más que esperar a que Lautaro se descargue con él, como tantas veces. Como siempre.

—No me digas que te muerde ella a vos —dice fingiendo sorpresa—. Igual se nota que es la que manda en la relación, gordo, está bien, no tiene nada de malo.

Y con eso Lautaro termina de perder la paciencia.

Se le tira encima con violencia, lanzándole un puñetazo corto y desprolijo que impacta de lleno en el hombro de Manuel. El golpe suena seco en el silencio de la habitación.

—Sos insoportable —le suelta Lautaro, y le pega otro manotazo en el mismo lugar, un golpe flojo pero repetido que obliga a Manuel a recostarse del todo contra el colchón por el impulso—. No te banco más. Sos un pelotudo de mierda, un pelotudo…

Los golpes siguen cayendo, rítmicos, frustrados, una descarga torpe que le dejan marcas en los brazos y en el pecho, pero Manuel no hace nada para frenarlo. Siente el temblor de sus manos y el dolor agudo que dejan sus uñas cuando se deslizan por su piel dejando surcos rojos a su paso, y lo deja, lo deja hacerle lo que quiera, porque ambos necesitan esto. 

Pero cuando Lautaro suelta una exhalación agitada y se separa un centímetro de él, sin dudas con intención de volver a empezar, Manuel no puede evitar percibir cómo sus ojos, más abiertos de lo normal, recorren lentamente su cuerpo, deteniéndose en el agua que todavía le brilla en el pecho, en su abdomen, sus muslos, y luego finalmente en la toalla que lo cubre. Lo mira con tanta atención que Manuel siente el impulso de taparse, o esconderse. Siente la sangre subirle por el cuello y la cara violentamente.

Definitivamente esto no había pasado ninguna de las otras veces.

Lautaro lo había visto así antes, y Manuel a él. Nunca había sido un problema, ni un motivo de vergüenza. Pero ahora, con los ojos de su amigo pegados a su cuerpo, siente que no puede moverse. Es demasiado consciente de que su pecho es plano y chiquito, que sus piernas son más flacas de lo que deberían, y sobre todo, es consciente del bulto que se empieza a marcar bajo la tela de la toalla.

No hace falta ver cómo Lautaro centra su mirada ahí más tiempo de lo normal. Lo siente en la presión cálida y dolorosa de su propio cuerpo, incapaz de evitarlo, incapaz de ocultarlo.

Pero Manuel siempre fue una persona demasiado orgullosa. Y antes de que Lautaro se vaya de ahí, antes de que vuelva sobre sus pasos y cierre la puerta a sus espaldas, necesita desesperadamente cubrir lo que acaba de pasar, evitar que Lautaro lo note o lo entienda, porque ni siquiera él lo entiende. 

Así que estira los brazos con rapidez y le rodea la cintura por encima del pantalón. Usa el impulso de sus propios hombros para girar sobre el colchón, desestabilizando a Lautaro y arrastrándolo con él. Lo da vuelta con un movimiento brusco y se sube sobre él desde atrás, aplastándole el pecho contra las sábanas y dejando caer todo el peso del cuerpo directamente sobre su espalda.

Lautaro hunde la cara de costado en la almohada soltando un gruñido e intenta mover las caderas para sacárselo de encima, pero el movimiento solo logra que los cuerpos se acomoden mejor el uno contra el otro.

—Soltame, cagón, soltame y te rompo la cabeza, te di ventaja pero me das un segundo y te hago mierda, te juro que te hago mierda —dice, pero sus palabras ya no tienen fuerza; pronto se convierten en un balbuceo incoherente, quebrado por las bocanadas de aire que toma desesperadamente. 

Se revuelve contra él como un perro rabioso, se resiste con el mismo carácter rebelde e indomable que Manuel siempre amó de él.

Manuel no puede pensar. Siente una descarga eléctrica recorrerlo de pies a cabeza y la mente se le nubla, incapaz de hilar un pensamiento coherente.

—A quién le vas a pegar vos —murmura, con la voz más ahogada de lo que pretende. 

Pero se aparta. Se separa de él para darle lugar a que se levante, a que se vaya, que ignore la situación antes de que se vean obligados a nombrarla. Pero Lautaro, lejos de buscar una salida, empuja hacia atrás con espasmos cortos, buscando torpemente el contacto. Su espalda se arquea por completo bajo el peso húmedo de Manuel y tira un brazo hacia atrás, ciego, clavándole las uñas en la parte alta del muslo y rasgándole la piel por encima del borde desarmado de la toalla.

Es el dolor más placentero que sintió en su vida.

—¿Así le hacés a ella, amigo? —pregunta Manuel en voz baja, y automáticamente suelta una risa casi desesperada.

Porque esto es lo que quería más que nada en el mundo, recuperar esta facilidad, este contacto errático y visceral que siempre se sintió tan natural entre ellos. Solo que ya no es natural, y Manuel piensa que es irónico que finalmente pueda volver a tenerlo como antes, solo para entender que lo están dejando ir para siempre. 

Porque ya no son amigos; no solamente, al menos.

La idea le produce un alivio inmenso. Porque, aunque sea solo por este momento y no sepa qué significa para él o para ellos en el futuro, por unos minutos Manuel puede dejar de mentirse.

Presiona la pelvis con fuerza hacia abajo, apoyándosela de lleno contra el culo y sostiene a Lautaro contra la cama, sujetándole los hombros con las manos y hundiéndolo contra el colchón con una desesperación que ya no tiene rastro de timidez. La dureza de su entrepierna choca directamente contra el pantalón de su amigo, y un gemido agudo se le escapa a Lautaro entre los dientes y se pierde en la tela de la almohada.

Sus brazos y piernas se enredan en el forcejeo, y cuando en un movimiento brusco las caras les quedan a milímetros de distancia, Manuel se inclina hacia él para acortar la distancia, buscando instintivamente los labios de Lautaro con los suyos.

Total ya no hay forma de salvar su amistad. La barrera está totalmente rota.

Pero Lautaro pega un latigazo con la cabeza hacia atrás, esquivándolo con un jadeo asustado y enterrando los dedos en los hombros de Manuel para mantenerlo lejos de su boca.

—No seas puto —murmura Lautaro, pero el insulto suena casi como una súplica.

—No te preocupes, que yo puto no soy. Tengo novia.

Lautaro gira el cuerpo desde abajo, acomodándose hasta quedar boca arriba. 

—Ya sé que tenés novia, Manuel. Todo Kick sabe que tenés novia. Pergolini sabe que tenés novia. A todo el mundo le dijiste que tenés novia.

—No te enojés, gordo —responde, con una sonrisa chiquita que solo hace que Lautaro le vuelva a gruñir e intente pegarle otra vez en el pecho. Manuel lo detiene, agarrándolo por la muñeca e inmovilizándole el brazo contra la cama.

Con la mano libre, se estira hacia la mesa de luz y manotea la gorra que todavía está ahí, en el mismo lugar que Lautaro la dejó cuando ingresó a la habitación. La agarra y se la pone en la cabeza, hundiéndosela hasta las cejas.

—No te la saqués —le gruñe al oído—. Dejatela, te queda hermosa.

Lautaro suelta un gemido bajo, y cierra los ojos por un segundo. Entonces deja de resistirse, y el temblor que le había nacido en las piernas le sube por todo el torso, aflojándole los músculos contra el peso de Manuel.

Así debería sentirse siempre. Y piensa, casi con tristeza, que cada vez que lo anheló sin saberlo, Manuel corrió a hacer esto mismo con ella. Pero si a Florencia la gorra le quedaba linda porque hacía que ella fuera de él, en Lautaro es al revés. Ponérsela a él es la única forma que encuentra en ese momento de decirle que hay una parte de Manuel que siempre le va a pertenecer a él.

Lautaro lo empuja por los hombros hacia atrás, y Manuel cede, dejándose caer de espaldas sobre el colchón. En un gesto brusco, se trepa sobre él, quedando a horcajadas sobre sus muslos. 

Lautaro lo mira desde arriba, con los ojos vidriosos y el pecho subiendo y bajando de forma errática. Tiene los brazos tensos y las manos apoyadas a los costados de la cabeza de Manuel, acorralándolo contra las sábanas. La toalla en la cintura de Manuel, ya reducida a un bulto arrugado sobre sus piernas, es lo único que lo separa de su piel. 

Lo ve bajar la mirada hacia ese punto, con una urgencia que le provoca un vuelco en el estómago. Su mirada recorre el camino desde su rostro hasta su pelvis y vuelve lentamente, respirando pesadamente. Manuel se detiene por un instante solo a mirarlo, dejando que cada pequeño detalle se grabe en su mente. La forma en que sus cejas se fruncen, el aliento apenas contenido, la gota de transpiración que le cae por el cuello.

Y Manuel no da más. Tiene el abdomen contraído, la piel ardiendo y una presión caliente y pesada entre las piernas que le envía latigazos dolorosos cada vez que Lautaro respira sobre él. Quiere, no, necesita que lo toque. Pero piensa que si no puede avanzar más que eso, si no puede dar ese paso, a Manuel le alcanza con esto. Le alcanza con tenerlo así, con que lo mire con esta fijeza enferma, llena de un deseo que no puede ocultar, y que es la prueba de que Manuel le importa. Quizás nunca pueden ser lo que verdaderamente necesita ser, pero al menos ahora sabe que, para él, Manuel no es nada

Y ciertamente es capaz de hacerlo sentir algo.

Los dedos de Lautaro empiezan a moverse lentamente por su pecho, trazando un camino por la piel de sus costillas en un contacto casi imperceptible, como si tuviera miedo de romperlo o de quemarse. Manuel tiembla levemente bajo su mano, sintiendo cómo todo su cuerpo se tensa con la anticipación.

Lautaro desliza la mano hacia el centro y mete los dedos con torpeza por debajo de la tela arrugada de la toalla. El contacto directo de piel con piel, aunque temeroso, le envía una descarga eléctrica que lo atraviesa por completo. Sus dedos se empiezan a mover con una lentitud tortuosa, rozando la punta con un cuidado que contrasta con toda la brusquedad de antes. Manuel suelta un jadeo quebrado, retorciéndose debajo de él, y aprieta los dientes. Necesita que se mueva más rápido, pero se obliga a quedarse quieto, respetando los tiempos de Lautaro, conteniendo el aire para no perder el control.

Pero el cuerpo no le hace caso. Manuel sube las manos por el pecho de Lautaro hasta llegar a su cuello, y lo sujeta fuertemente, clavándole las uñas justo en el lugar donde la marca de su mordida todavía está roja e hinchada. Lautaro levanta la cabeza, dándole más acceso, y todo su rostro se tiñe de rojo. 

Entonces recuerda algo que hizo tantas veces en stream, y el estómago se le contrae de solo pensar en la expresión que había visto en el rostro de Lautaro con tan solo hacerlo como un chiste, enfrente de todo el mundo. 

Y rezando para no arruinar todo, Manuel le saca la mano del cuello, la abre y le pega una cachetada limpia sobre la mejilla. Fuerte. Tan fuerte que Lautaro abre mucho los ojos y se inclina hacia el costado, el calor en su cara creciendo todavía más. 

La presión de su mano sobre su miembro aumenta en respuesta, con más inseguridad que experiencia, pero es lo mejor que sintió en su vida.

—Dale, putita —susurra Manuel, porque está demasiado sumergido en el placer como para producir un sonido coherente—. Siempre te gustó esto.

Lautaro suelta una risita corta, casi tímida, con los ojos tan abiertos y brillantes que provoca un efecto visceral en Manuel.

Siente la humedad acumulándose, y una vibración tensa en los muslos que lo fascina y lo avergüenza al mismo tiempo. Está peligrosamente cerca del límite solo por tres pasadas de esa mano temblorosa.

Para no acabar ahí mismo, Manuel tira las caderas hacia atrás, intentando romper el contacto. Pero en vez de soltarlo, Lautaro se inclina hacia adelante de golpe y lo sujeta contra la cama con su otra mano, bloqueándole el escape. Aprovechando el envión, Manuel tuerce el cuello y busca sus labios otra vez, pero Lautaro corre rápidamente la cabeza hacia el costado, volviendo a esquivarlo con una respiración brusca, asustada.

Manuel deja caer la cabeza contra la cama y cierra los ojos con fuerza, clavando las uñas en el colchón para no volverse loco.

—Lauti… —murmura. 

Pero no sigue. Porque no tiene derecho a pedirle que lo bese. Y se recuerda que está bien, que esto es mucho más que cualquier cosa que pudiera pedir, aunque sea, justamente, lo último que esperaba recibir. Esto está bien, y Manuel va a tomar cualquier cosa que le ofrezca.

Lautaro vuelve a acercarse a su oído.

—Te escuché coger con ella. No estabas ni en pedo tan desesperado como estás ahora —le dice, en tono de burla.

Manuel suelta un gemido ahogado. 

—Te odio —le devuelve, pero la frase le sale débil, tan llena de ternura que tranquilamente podría haber estado diciendo te amo.

Lautaro se pega más todavía, respirándole encima, buscándole los ojos en la penumbra con una fijeza oscura mientras sigue moviendo su mano al mismo ritmo lento y desesperante.

Y Manuel no puede más.

—Mi amor, necesito acabar —dice, respirando con dificultad—. Si no querés… 

Se contiene hasta el último segundo, dándole la posibilidad de salir, de arrepentirse, de decidir que ya fue suficiente. 

Entonces Lautaro lo suelta. Lo deja caer de golpe y retira su mano, dejando que la tela de la toalla vuelva a caer sobre su cintura. Y Manuel piensa que está por hacerlo realmente, que se va a ir y lo va a dejar ahí.

Pero lo siente moverse; arrastra las rodillas, saliendo de encima de sus piernas, y se sienta directamente sobre él, dejando caer el peso sobre la pelvis de Manuel. La duda cruza su rostro un segundo cuando lo mira, y vuelve a bajar la vista a la toalla. Respira profundo, con las mejillas ardiendo, y en un gesto entre temeroso y decidido, le saca la tela de arriba de la piel, arrojándola hacia el costado. Luego se inclina hacia adelante, eliminando la distancia, y le habla al oído con un hilo de voz que le eriza la piel.

—Dale, hacelo —dice en un susurro áspero—. No importa. Hacelo.

Se mueve hacia atrás y hacia adelante despacio, presionándolo en un roce húmedo de la ropa contra la piel expuesta de Manuel. Es un movimiento corto, tímido, y Manuel nota enseguida que su orgullo no le permite ceder del todo. Pero a Manuel no le importa, ni necesita más. Le alcanza ese mínimo vaivén del culo de Lautaro contra él para perder el poco control que le queda. Su cuerpo se sacude en un espasmo largo y tembloroso y acaba contra la tela del pantalón de Lautaro, soltando todo el aire de los pulmones en un gruñido que ahoga contra las sábanas.

Lautaro parece desarmarse de golpe. Sus hombros pierden la rigidez, y se deja caer de lleno sobre el pecho de Manuel, hundiendo la cara en el hueco de su cuello, respirando agitado.

Manuel se queda quieto, completamente en calma, sintiendo los resabios de placer recordarle el cuerpo como un cosquilleo y el peso de Lautaro sobre él, tan cómodo y natural que no puede entender cómo es que esta es la primera vez que hacen esto. Se siente como si lo hubieran estado haciendo toda la vida.

Embriagado por la sensación de paz que lo inunda, sube una mano despacio, le enreda los dedos en el pelo de la nuca y le acomoda la gorra, acariciándolo con lentitud mientras su respiración cálida le calienta el pecho. Por primera vez en meses, está pegado a él y siente que el aire alcanza para los dos.

Justo en ese momento, les llega el primer ruido de la planta baja. 

Un golpe seco de las llaves sobre la mesita de la entrada, y el murmullo de una voz que Manuel reconoce al instante. 

Florencia, seguramente llegando para saludarlo por su cumpleaños y dormir con él. Tal y como Manuel había pensado que sucedería, antes de que Lautaro se le adelantara.

No encuentra fuerzas dentro suyo para sentirse culpable. En cambio, le agradece silenciosamente por haber tardado un par de horas en llegar. 

Y está tan feliz y tan tranquilo, que por un segundo piensa que ojalá la puerta se abra y los encuentre así, pegados, unidos irrevocablemente el uno al otro.

Pero en Lautaro el efecto es diametralmente opuesto. Se incorpora de golpe, despegándose del pecho de Manuel, con los ojos abiertos de par en par, fijos en la puerta como si recién estuviera cayendo en la realidad de lo que acaba de pasar.

Y Manuel sabe que el tiempo se les terminó. Que solo queda volver a la vida real, donde cada uno es feliz por separado, y respirar el mismo aire se vuelve pesado e imposiblemente doloroso.

Lautaro mira hacia abajo una última vez. Y antes de que Manuel pueda reaccionar, se inclina sobre él y lo besa.

Esta vez no hay espacio para el amague ni para la culpa. Lautaro se inclina y le acuna la cara con las dos manos, hundiéndole los dedos en las mejillas con una delicadeza tan ajena a su aspereza de siempre que a Manuel se le estruja el corazón. Lo besa sin urgencia, con una lentitud casi vergonzosa. Sus labios se amoldan al otro y se mueven con una entrega total, desarmada, como si se estuvieran pidiendo perdón y permiso al mismo tiempo. Lautaro lo besa con ternura y con cuidado, y a Manuel se le inunda el pecho de una calidez tan grande que le borra por completo el rastro físico de la excitación. Todo lo demás parece haber existido solo para llevarlos inevitablemente a este momento.

Manuel le devuelve el beso con desesperación, cubriéndolo con su boca como alguna vez dijo que haría, mordiéndole el labio inferior y tirando de él hasta arrancarle un gemido suave que sabe que va a recordar cada vez que cierre los ojos antes de dormir.

Sabe que Lautaro va a bajar las escaleras para volver con su novia y actuar como si esto nunca hubiera ocurrido, pero piensa que cada segundo de los últimos tres años valió la pena solo por este instante. Por tener la certeza de que Lautaro, a pesar de tenerla a ella esperándolo abajo en el living, en esta penumbra sigue siendo suyo.

Abajo, el primer escalón de madera cruje bajo el peso de unos pasos que empiezan a subir.

Lautaro se separa un milímetro, rompiendo el contacto pero quedándose tan cerca que sus respiraciones se mezclan. Le sostiene la mirada en la oscuridad, y con los labios temblando contra su boca, susurra: 

—Feliz cumple, Manu.

 

Notes:

Gracias por pensar esta dinámica las amo, me divertí mucho escribiendo esto (haciéndolos sufrir como ellos me hacen sufrir a mí).
Siempre mernoski gente, no se olviden.