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Loco (tu forma de ser)

Summary:

Hay veces que las mejores historias comienzan de la forma más caótica, como una mesa compartida en un bar explotado de personas, unas cuantas cervezas encima y largas horas de charlas sin sentido, suficientes para que alguien te cambie la vida por completo.

Notes:

Es la primera vez que escribo sobre esta pareja, así que sepan disculpar desde ya los errores que puedan haber con respecto a sus personalidades.

Por el título es bastante evidente que me basé en la canción de Los Auténticos Decadentes con el mismo nombre. Cada vez que la escuchaba no dejaba de imaginármelos a estos dos, así que no me pude resistir a escribirlo. Recomendaría escuchar la canción mientras lo leen para una mejor experiencia, pero se puede entender perfectamente sin hacerlo.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Como cada día después del trabajo, Castiel se dirigió al bar.


Podría considerarse un cliente habitual. Solía ​​ir por un par de horas, nunca más de cuatro, y pasaba la noche bebiendo cerveza con tranquilidad en algún rincón apartado o, si el día había sido especialmente bueno, sentado en la barra.

No hablaba con demasiadas personas. De hecho, ni siquiera se consideraba alguien especialmente sociable. Un breve intercambio con la cantinera y algún saludo casual con otros clientes habituales que lo conocían de vista eran más que suficientes para él.

Así que cuando entró siguió la misma rutina de siempre y, con eso cubierto, se dirigió hacia una mesa vacía. Le sorprendió haber encontrado una mesa libre entre tantas personas; Después de todo, era viernes por la noche, por lo que el local estaba explotado de gente.

Al sentarse, rápidamente echó un vistazo a su alrededor. No había nada que llamara especialmente su atención.

Todo seguía igual que ayer, anteayer y los demás días: el mismo olor a alcohol mezclado con la comida frita, el ruido amortiguado de la música, solo superado por las charlas cercanas a él, risas, balbuceos inentendibles o alguna ocasional disputa. Nada fuera de lo común.

—Aquí tienes.

Al alzar un poco la vista se encontró con la misma mujer que lo había atendido hace unos minutos en la barra. Con un suave “gracias” por su parte, esta dejó sobre la mesa la botella, un posavasos y, arriba de este, un vaso.

—Avísame si quieres algo más —dijo, para luego alejarse por donde vino.

Castiel no respondió a lo último porque no creyó que fuera necesario.

Sin más rodeos, tomó la botella y se sirvió un vaso de cerveza. Estaba casi congelada, pero poco le importó al ser verano. Últimamente los días le eran insoportables de vivir y los aires acondicionados de su trabajo parecían estar dando sus últimos esfuerzos, al igual que el ventilador del bar.

En días de semana no notaría lo sofocante que era ese lugar porque casi siempre trataba de sentarse donde estaba la ventana para que el poco aire que soplaba fuera le diera directamente en la cara, pero hoy eso era imposible.

Dejando sobre los posavasos su vaso, se quitó de encima su saco y lo colocó sobre una de las sillas de su mesa. En total esta mesa tenía cuatro sillas, de las cuales solo una estaba ocupada por él; bueno, eso sin contar su saco, que ocupaba el respaldo de otra de las sillas.

Un poco menos acalorado que antes, retomó su bebida y tras unos cuantos sorbos más volvió a centrar su atención en su entorno.

En la mesa contigua a la de él, un grupo de lo que supusieron eran amigas estaban teniendo una conversación algo emocionadas que le fue imposible no escuchar por la cercanía de sus mesas y también por el tono elevado de sus voces.

—Te digo que deberíamos reservar los boletos esta semana —insistió una de ellas— Si seguimos esperando, nos va a salir el doble.

—Y ¿quién dijo que yo tenía plata para eso? —protestó otra entre risas.

—Llevas hablando de este viaje desde enero.

—Sí, pero es porque necesito vacaciones.

Las demás soltaron carcajadas y comenzaron a discutir sobre posibles hoteles y excursiones que deberían hacer. Castiel apenas prestó atención al rumbo de su conversación, pero al menos tenía con qué entretenerse mientras terminaba de beber.

Él siempre había sido un hombre de rutinas, e ir al bar era parte de la suya. Casi como asistir a una misa cada domingo para un católico.

No era especialmente aficionado a las fiestas y por eso un bar resultaba un destino mucho más agradable. Allí podía sentarse con tranquilidad, disfrutar de una cerveza y marcharse cuando quisiera. No tenía que pasar horas de pie en un rincón fingiendo diversión, ni preocuparse por no saber bailar, ni enfrentarse al incómodo coqueteo de desconocidos que confundían una mirada casual con una invitación.

Además de eso, otra de las razones por las que frecuentaba tanto el bar era su interés por las interacciones humanas. Puede que él mismo no participe demasiado en ellas, pero le gustaba observarlas.

Amigos celebrando algo que apenas recordarían a la mañana siguiente. Parejas en sus primeras citas tratando de crear un momento cálido. O desconocidos que, tras unos cuantos tragos, actuaron como si se conocieran de toda la vida.

Era curiosa.

Cada mesa parecía contener una historia distinta, y aunque Castiel nunca se había involucrado, disfrutaba imaginando quiénes eran aquellas personas y qué las había llevado hasta allí aquella noche.

Tal vez por eso nunca le molestaba demasiado escuchar conversaciones ajenas. Eran pequeños fragmentos de vidas que se cruzaban con la suya durante unas horas antes de desaparecer para siempre.

Su atención saltaba distraídamente de una mesa a otra cuando el ruido de la puerta abriendo llamó su atención. Por simple curiosidad, Castiel alzó la vista para encontrarse con dos hombres entrando. Uno de ellos parecía estar diciendo algo mientras intentaba sostener al otro por el brazo.

El más bajo de ellos en algún punto se soltó mientras que el otro hombre insistía en que se dejara ayudar.

—¡Estoy perfectamente bien, Sammy, deja de exagerar! —su grito de protesta se escuchó por todo el bar y ahora, un poco más intrigado, siguió con la mirada la situación que se desarrollaba a unos pasos de distancia.

El mismo hombre que se había soltado del otro parecía borracho por sus acciones, tanto así que no se podía poner de pie correctamente y, cuando dio apenas dos pasos hacia delante, tropezó con sus propios pies.

El resultado fue tan inmediato como inevitable. El hombre cayó de cara contra el suelo. Ante el estruendo que generó su caída, varias personas giraron sus cabezas al mismo tiempo para ver al desconocido en el piso.

-¡Decano! —exclamó su acompañante, agachándose a su altura para levantarlo.

—Estoy bien.

La verdad era que no lo parecía.

Desde donde estaba sentado, Castiel podía ver que aquel golpe probablemente le dejaría una marca que lamentaría al despertar al día siguiente.

Sin embargo, lo peor aún no había ocurrido.

Durante la caída, Dean había golpeado una mesa cercana. Una de las jarras de vino sobre ella se tambaleó peligrosamente antes de caer al suelo y hacerse añicos. La sacudida también hizo vibrar la pared contra la que estaba apoyada la mesa, aflojando uno de los adornos decorativos que colgaban de ahí y, que segundos después se precipitó al suelo.

El silencio se había instalado dentro del bar, todos todavía tratando de entender la secuencia que habían visto. Cuando parecía que por fin lo hicieron, las risas no tardaron en aparecer desde distintos rincones del local.

El hombre que, con ayuda del otro, se reincorporó permaneció unos segundos inmóvil.

—Dime que nadie vio eso.

—Todo el bar lo vio.

-Genial.

Volviendo a lo suyo, Castiel bajó la vista hacia su cerveza, tomando otro trago.

"Aquel hombre llevaba menos de treinta segundos dentro del bar y ya había causado más problemas que yo en toda mi vida" , pensó.

A decir verdad, era impresionante, de cierto modo. No por la caída, porque cualquiera podía tropezar y causar el mismo desastre.

Lo llamativo era la facilidad con la que parecía apropiarse de la atención de todos los presentes. Y no molestarse por eso; ni siquiera se mostró avergonzado, a pesar de que sus palabras dijeran otra cosa.

Incluso ahora, mientras algunas personas seguían riéndose, las miradas continuaban dirigidas hacia él, aunque Castiel descubrió que él también estaba observando. 

No estaba muy seguro del motivo. Quizás era porque no entendía cómo alguien podía soportar convertirse en el centro de atención por algo tan vergonzoso. Si le hubiera ocurrido a él, probablemente habría abandonado el local en el acto. Sin embargo, aquel hombre parecía dispuesto a quedarse, como si nada hubiera pasado.

—Oye, ¿te importa si ocupamos estas sillas? —de pronto, una voz lo sacó de sus pensamientos. Al fijar su vista en el responsable, se encontró con el hombre en quien estaba pensando—Antes de que preguntes, prometo no tirar nada más.

Al terminar de decir aquello, levantó levemente las manos a la altura de su pecho, tratando de demostrar que era inocente.

Castiel, por primera vez, pudo observar de cerca al responsable de todo aquel desastre. El hombre era deslumbrante, a decir verdad. Su cabello rubio parecía haber perdido cualquier batalla contra el peine mucho antes de que entrara al bar, y una marca pequeña rojiza comenzaba a formarse en su mejilla como recuerdo de su reciente encuentro con el suelo.

Pero no fue eso lo que más llamó su atención, sino su expresión. A pesar del desastre que acababa de provocar, seguía sonriendo. No con nerviosismo ni por compromiso, sino con una naturalidad desconcertante. Castiel no entendía cómo alguien podía ser así, pero algo en ello le cautivó sin que lo notara, porque tardó más de medio segundo antes de encontrar una respuesta.

—Pueden sentarse, no me molesten. Además... —su mirada se desvió un breve momento hacia la única decoración del local que se había salvado— eso probablemente tranquilizará al dueño.

El otro hombre abrió los ojos, sorprendido.

— ¿Eh? ¿También puedes bromear? —dijo, retirando rápidamente una de las sillas y dejándose caer sobre ella— Quién lo diría. Con esa cara tan seria pensé que eras de esos tipos que solo hablan para pagar impuestos o denunciar delitos.

Castiel lo observó unos segundos.

—No estoy seguro de qué aspecto tiene alguien que denuncia delitos.

—Créeme —respondió, señalando con el dedo— tú luces exactamente como ellos. Deberías mirarte más al espejo.

— ¿Eso es un insulto? —preguntó, parpadeando.

Una sonrisa ladina descansaba en los labios del desconocido mientras se recostaba un poco mejor sobre la silla.

—Todavía no lo decidí.

—Entiendo.

—Espera, ¿lo dices en serio? —preguntó mientras se reincorporaba en la silla de pronto.

Castiel no respondió y solo se quedó en silencio observándolo. Luego volvió a desviar su atención hacia su cerveza. Su vaso hacía rato estaba vacío y supuso que, por el tiempo que había pasado, su bebida ya no debería estar tan fría como antes.

De pronto, una risa frente a él lo llevó a mirar de nuevo a aquel hombre.

—Fantástico. Me tocó compartir mesa con el hombre más extraño del bar.

—Considerando cómo entraste, no creo que estés en posición de juzgar a nadie.

La sonrisa del otro se ensanchó ante su comentario.

—Ah, ¿sí? ¿Te quedaste mirando porque soy guapo, no?

—Dean, deja de causar más molestias por la noche.

Antes de que pudiera contestarle, sus palabras quedaron suspendidas en su lengua al ver cómo el otro hombre que lo acompañaba al llegar había regresado.

—Disculpas. Mi hermano suele ser un poco impulsivo —esta vez las palabras iban dirigidas a él— Si te ha causado alguna molestia, puedo compensártelo.

Castiel dirigió una breve mirada hacia el hombre frente a él.

—No me ha molestado.

—Ves? —intervino Dean de inmediato, señalándolo como si acabaría de ganar una discusión— Le caigo bien.

—Eso no fue lo que dijo.

—Pero tampoco dijo que le cayera mal.

El otro dejó escapar un suspiro.

—Lamento esto también.

—¿Por qué te disculpas tanto? —preguntó Dean confundido.

—Porque alguien de los dos tiene que hacerlo.

Castiel, que quedó en un segundo plano fuera de su pequeña disputa, solo se limitó a observarlos. Ahora que los dos estaban más cerca de él, sí que notaba su parecido. Compartían ciertos rasgos en el rostro y los mismos ojos verdes, aunque ahí terminaban la mayoría de las similitudes.

Mientras Dean parecía incapaz de permanecer quieto más de unos segundos, su hermano transmitía una calma casi opuesta. Incluso la forma en que ocupaban el espacio era distinta. Uno atraía la atención de manera natural, mientras que el otro parecía evitarla siempre que podía, algo similar a él.

Castiel encontró curioso que dos personas criadas en el mismo entorno hubieran terminado siendo tan diferentes. O quizás no era tan extraño. Después de todo, las personas rara vez eran tan simples como parecían a primera vista.

—Ahí va de nuevo el pequeño Sammy siendo tan correcto como siempre —por el rabillo del ojo, Castiel vio como Dean rodó los ojos.

Aunque lo más llamativo de su pequeña disputa era cómo describía a su hermano. Sammy , como lo había llamado Dean, no era alguien que pudiera describirse con la palabra "pequeño". El otro hombre medía casi dos metros; incluso había visto cómo le costó un poco entrar por la puerta del local.

—Oye, no me trata como un niño, Dean. ¡Ya tengo veintidós!

—¿Y eso qué diferencia hace?

—¡Que ya soy un adulto! —soltó, suspirando— Sabe qué, mejor come tu hamburguesa así ya no molestamos más.

Dean rápidamente abandonó la discusión cuando se mencionó la comida. Hasta sus ojos brillaban por la expectación.

—¿Ya llegó?

—Todavía la están preparando. Además, no puedes quejarte luego del desastre que hiciste recién, y te recuerdo que yo fui quien pagó por el.

—Bueno, cuando lo dices así… —Dean pareció encogerse un poco en su lugar.

—Lo digo exactamente así —por el tono del otro, Castiel supo que no admitía a más cuestionamientos.

—Supongo que puedo esperar unos minutos más.

—Qué generoso de tu parte —dijo sarcástico, sentándose por fin al lado de su hermano.

La facilidad con la que Dean cambiaba de opinión era casi tan sorprendente como la facilidad con la que parecía meterse en problemas.

Castiel, que hasta ahora había sido ignorado de forma consciente o inconsciente, supuso que más por lo último, de repente sintió cómo dos pares de ojos se clavaban en su cara. Algo incómodo por la atención, quiso moverse un poco en su lugar, pero eso sería demasiado obvio, así que evitó con todo su esfuerzo quedarse quieto.

—Ahora que lo pienso —empezó a hablar el hermano de Dean— llevamos un tiempo aquí y todavía no nos presentamos.

—Culpa tuya —se apresuró a contestar Dean— Yo estaba a punto de hacerlo antes de que llegaras y me regañaras.

—Sí, claro.

—De verdad lo digo.

—Dean, lo primero que escuché cuando llegué fue que le estabas preguntando si eras guapo.

Dean chasqueó la lengua.

—Era una pregunta completamente normal.

Se suponía que por fin iban a presentarse, pero Castiel no entendía cómo aquello había terminado derivando en otra discusión entre los hermanos. ¿Así era tener un hermano? En ese momento agradeció profundamente a sus padres por nunca haberle hecho caso a sus súplicas de la infancia para que le dieran uno. 

En algún punto que no notó, Dean le extendió su mano y por fin terminó de presentarse apropiadamente.

—Yo soy Dean, aunque creo que ya lo sabías —luego señaló al hombre sentado a su lado— Y ese aguafiestas es Sam.

—Mucho gusto —saludó Sam con una sonrisa pequeña, aparentemente acostumbrado a aquella extraña presentación.

Teniendo de frente dos sonrisas en diferentes grados de intensidad, se le hizo un poco sosa su expresión seria, pero aún así no la cambió. Algo tardíamente respondió al gesto de Dean, extendiendo su mano y apretándola con un suave presión.

—Castilla.

—¡Muy bien! —declaró Dean, retirando la mano— Ya terminamos con las presentaciones. ¿Qué sigue en la lista, Sammy?

—Idiota.

Sam golpeó el costado de Dean.

—Perra.

Luego de eso, los dos hermanos se rieron como si hubieran contado el mejor chiste del mundo, mientras Castiel estaba más confundido que antes.

"¿No se estaban peleando recién?"

¿Qué se supone que diga ahora?

Por suerte no tuvo que decir nada porque Dean, al parecer, notó su confusión y decidió cambiar el tema. Siguiendo sus ojos, Castiel notó que estaba viendo su botella ya caliente, a medio terminar. Realmente era una lástima el desperdicio, pero a menos que la cantinera le hiciera el favor de volverla a poner en la heladera por un rato, no veía una salvación pronta.

— ¿Qué tal si bebemos un poco para tranquilizarnos? —propuso de pronto Dean.

Las risas de Sam fueron apagándose poco a poco.

—Dean, dijiste que solo ibas a comerte la hamburguesa —le recordó— Además, ya bebiste suficiente antes.

Dean hizo una pausa, sabiendo que si continuaba por esa línea de pensamiento nunca convencería a su hermano, así que luego de un rato señaló a Castiel.

—Pero nuestro amigo de aquí apenas ha tomado algo. Deberíamos hacerlo como recompensa por no echarnos de su mesa.

Castiel parpadeado.

No recordaba haber aceptado formar parte de aquella conversación.

—No necesito una recompensa.

—Ves? —Dean se volvió hacia Sam— Es demasiado educado para pedirla.

—O tal vez simplemente no la quiere.

—Eso es exactamente lo que diría una persona demasiado educada.

Sam suspiró.

—No puedes ir por la vida inventando motivos para comprar alcohol.

—Claro que puedo.

—Decano.

—Además, técnicamente sería una disculpa.

Castiel observó el intercambio en silencio una vez más. Ya parecía rutinario.

Era sorprendente la cantidad de energía que Dean era capaz de dedicar solo para conseguir algo que quería. Parecía algo caprichoso, pero al mismo tiempo eran minucias las cosas que pedía.

Queriendo evitar otra discusión sin sentido entre los hermanos, decidió intervenir antes de que escalara a más.

—Creo que una cerveza más estaría bien. ¿Qué opinas, Sam? —dijo, mirándolo fijamente.

Sam, estando entre la mirada de su hermano y la de Castiel, ya no pudo negarse más y, soltando otro suspiro, decidió hacer la orden de una botella cuando le entregaron la hamburguesa de Dean.

Poco después, apareció una camarera con una enorme hamburguesa grasienta acompañada de papas fritas. Dean prácticamente se enderezó en la silla al verla acercarse.

—Por fin.

—Te comportas como si llevaras una semana sin comer —comentó Sam.

Mientras los dos continuaban discutiendo, la nueva botella fue depositada sobre la mesa.

Castiel observó cómo Dean sonreía satisfecho por una victoria tan insignificante que probablemente nadie más habría considerado una victoria. Y, sin embargo, parecía genuinamente feliz.

Era extraño.

Apenas llevaba unos minutos compartiendo mesa con aquellos dos desconocidos, pero el ambiente a su alrededor había cambiado por completo. El ruido del bar seguía siendo el mismo. La música continuaba sonando de fondo, y las conversaciones ajenas seguían mezclándose unas con otras. Nada había cambiado. Y aun así, de alguna manera, todo parecía un poco menos monótono que una hora atrás.

Sin darse cuenta, Castiel tomó su vaso y bebió otro trago mientras observaba a Dean discutir con Sam sobre la cantidad exacta de pepinillos que debía tener una hamburguesa.

Quizás quedarse un rato más aquella noche no sería tan mala idea después de todo.

 

 

...

 

 

Sobre la mesa, las botellas de cerveza estaban dispersas; algunas tiradas de costado, otras todavía en pie por pura suerte, pero todas vacías. Castiel ya había perdido la cuenta de cuánto habían bebido aquella noche, del mismo modo que había dejado de intentar calcular cuánto tiempo llevaba sentado allí.

En la mesa solo quedaban Dean y él. En algún momento que no recordaba con exactitud, Sam se había retirado. Lo último que conservaba en su memoria era verlo marcharse acompañado de una de las mujeres que ocupaban la mesa contigua. Dean había bromeado diciendo que era hora de que su hermano tuviera algo de acción y, sin más, lo había dejado ir.

Por lo que había escuchado y por algunas historias que le habían contado, Sam había terminado con su novia unos meses atrás y todavía no lograba superarlo. O al menos eso era lo que Dean afirmaba. Sam, no sabía si por vergüenza de que su hermano estuviera contando su intimidado a un desconocido o porque simplemente no era cierto, lo trató varias veces de refutarlo. Como resultado, terminó con Dean retándolo a coquetear con alguna de las mujeres cercanas.

Dean se había mostrado muy orgulloso de sí mismo después de aquello y había mencionado unas cuantas veces que su hermano solo necesitaba un pequeño empujoncito. Castiel tenía la sospecha de que la palabra correcta era "provocación", pero decidió guardarla para sí mismo.

Y así, entre conversaciones sin rumbo y nuevas rondas de cerveza, el tiempo siguió avanzando.

Estaba bastante seguro de que ya habían superado con creces las cuatro horas que normalmente se permitiría pasar fuera de casa luego del trabajo. Resultaba extraño que eso no le molestara. Él mismo se consideraba una persona esclava de las rutinas; cualquier alteración, por mínima que fuera, solía dejarlo incómodo durante el resto del día.

Sin embargo, aquella noche había sido diferente.

Había hecho muchas cosas que normalmente jamás habría considerado. Quizás porque era viernes y al día siguiente no tendría que preocuparse por levantarse temprano para ir a trabajar. Quizás porque el alcohol volvió a ser más difuso, ciertos límites. O tal vez porque la cálida compañía de Dean había influido más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Había pasado horas hablando con dos completos desconocidos, algo que normalmente habría agotado su paciencia en menos de treinta minutos. Sin embargo, no sentí cansancio alguno.

Al contrario, gracias a esas conversaciones había aprendido bastante sobre ellos.

Sabía que Dean era mecánico en el taller de un amigo de la familia desde que era adolescente. También sabía que sentía una devoción casi absurda por los autos, algo que Castiel no tenía motivos para cuestionar después de haberlo escuchado durante casi una hora entera hablar maravillas de "su bebé", que resultó no ser una persona ni una mascota, sino un Impala del 67.

Dean había descrito cada detalle del vehículo con un entusiasmo que Castiel no pudo evitar compararlo con el de los padres primerizos mostrando fotografías de sus hijos.

También sabía que Sam estudiaba derecho en Stanford, a cientos de kilómetros de Kansas. Aquella misma tarde había comenzado su receso académico y había regresado para visitar a su familia durante unas semanas.

Según la versión de Dean, el plan original había sido mucho más emocionante. Apenas Sam llegó a la ciudad, Dean insistió en llevarlo a una fiesta para que se despejara del estrés de los exámenes y dejara de actuar como un estudiante responsable durante una noche.

El problema era que Dean tenía una capacidad extraordinaria para convertir situaciones normales en problemas. Por eso, tuvieron que marcharse de la fiesta cuando este decidió intervenir en una discusión que no tenía absolutamente nada que ver con él.

Como consecuencia, durante el camino terminaron encontrando el bar en el que ahora estaban. Dean anunció que tenía hambre y que harían una parada rápida para comer una hamburguesa. Aunque Sam insistió varias veces en que podía comer algo en casa, Dean, terco como siempre, se quedó plantado frente a la entrada hasta que un resignado Sam no tuvo más remedio que seguirle la corriente.

Y luego había ocurrido todo lo demás.

Castiel siempre había encontrado fascinantes esas pequeñas piezas de la vida de otras personas. Normalmente observaba desde lejos e imaginaba las historias por su cuenta. Inventaba personalidades, relaciones y problemas a partir de simples gestos vistos en la calle o en una cafetería.

Esta vez, sin embargo, no había necesitado hacerlo.

Por primera vez en mucho tiempo, las personas frente a él habían decidido contarle sus historias por voluntad propia.

Él, por su parte, había intervenido poco en la conversación. No era alguien especialmente interesante. Al menos no se consideró como tal.

Mientras Dean podía hablar durante horas sobre motores, autos o cualquier tema que le apasionara, Castiel nunca había tenido algo parecido. Trabajaba como contador en una compañía de seguros, una ocupación que difícilmente despertaba el entusiasmo de alguien en una conversación casual.

Tampoco tenía demasiados amigos ni demasiados pasatiempos.

A veces salía a caminar después del trabajo para despejar la mente. Otras veces terminaba sentado en aquel mismo bar observando a la gente entrar y salir. Escuchaba música con frecuencia, pero tampoco se consideraba fanático de ningún artista en particular. Le gustaba leer de vez en cuando, aunque rara vez encontraba un libro capaz de mantener su atención hasta el final.

Su vida era sencilla y predecible, y normalmente estaba conforme con ello.

Por esa razón le había sorprendido que Dean pareciera genuinamente interesado cuando le habló de sí mismo.

Volviendo al presente, su mirada se deslizó hacia él.

El otro hombre estaba recostado en la silla, haciendo girar distraídamente una botella vacía entre los dedos mientras observaba algún punto al otro lado de la barra. Parecía completamente cómodo allí, como si perteneciera a aquel lugar. Castiel estaba seguro de que era el tipo de persona capaz de entablar conversación con cualquier desconocido del planeta sin el menor esfuerzo. 

Él nunca había entendido a las personas como Dean. Eran ruidosas, impredecibles y parecían encontrar diversión en situaciones que para él resultaban agotadoras. Y, sin embargo, descubrió que quería seguir escuchándolo hablar un poco más. 

Tal vez por eso no notó cuándo, entre el calor sofocante del local y el efecto acumulado del alcohol, había terminado aflojándose la corbata. El nudo, que normalmente permanecía perfectamente ajustado durante todo el día, ahora descansaba varios centímetros más abajo de donde debería.

Dean, por su parte, se había quitado la fina chaqueta hacía ya bastante tiempo. La había arrojado sobre el mismo respaldo de la silla donde descansaba su saco.

Mientras más avanzaba la noche, más personas llegaban al bar. A esas alturas resultaba casi imposible moverse sin chocar con alguien. Varias veces algún cliente pasó demasiado cerca de su mesa, obligando a Dean a apartar las piernas para dejarle espacio.

Por un momento, el bullicio del local pareció alcanzar su punto más alto. Entonces, desde los parlantes, una nueva canción irrumpió entre las conversaciones. Los primeros acordes de esta llenaron el bar con una energía distinta, más cruda y más intensa. 

Dean reaccionó al instante, saliendo del trance en el que se encontraba. Sus ojos brillaban de una forma casi infantil.

—No puede ser… —murmuró, más para sí mismo que para Castiel.

Luego tranquilizándola ampliamente. Era una sonrisa hermosa, de esas que resultaban difíciles de ignorar. Sus labios se curvaron con naturalidad, dejando entrever sus dientes y suavizando sus rasgos. 

—Cas. Esto es Led Zeppelin —dijo, inclinándose un poco más sobre la mesa hasta llegar a su oído, para asegurarse de que lo escuchara por encima del ruido.

El aliento cargado de alcohol le golpeó la cara, pero a Castiel no le importó. Si era honesto consigo mismo, el suyo probablemente no era muy distinto.

En lugar de eso, su atención se fijó en otra cosa: en la cercanía. La forma en que Dean estaba demasiado cerca como para sentir el calor que irradiaba de su cuerpo, mezclándose con el del lugar, hasta volver el ambiente casi sofocante. Aun así… no le molestaba.

Luego su mente divagó a otra cosa. El apodo con el que lo llamaba: "Cas". En algún punto de la noche Dean había empezado a llamarlo así. Al principio le había resultado desconcertante, pero con el paso de las horas, se había vuelto natural.

Nadie le había puesto un apodo antes, o al menos no en tan poco tiempo.

El pensamiento permaneció unos segundos más en su mente mientras la música seguía sonando a su alrededor. Castiel parpadeó lentamente, sintiendo el eco de los acordes vibrar a través de la madera de la mesa.

—No sabía que te gustaba tanto —habló finalmente, refiriéndose a la banda, aunque su voz sonó un poco más baja de lo habitual.

Dean se enderezó apenas, como si la observación le resultara obvia.

—¿Bromeas? —preguntó— Es Led Zeppelin, Cas.

Como si eso lo explicara todo. 

Aunque no le sería raro que Dean conociera la banda; Después de todo, su amor por el rock había quedado más que evidente. Incluso Sam había bromeado sobre su colección de remeras de bandas, cosa de la que Dean se mostró muy orgulloso y que Castiel no dudaba que tuviera, considerando la remera de Black Sabbath que llevaba puesta.

—No los conozco —admitió.

—Eso es… —Dean se detuvo, buscando la palabra correcta— Criminal.

Castiel iba a contestar, pero Dean ya estaba sonriendo otra vez, con esa sonrisa fácil que aparecía sin esfuerzo alguno.

—Ven —dijo de pronto, incorporándose del todo y tendiéndole la mano— Levanta ese trasero de la silla y baila conmigo.

Castiel no respondió, pero siguió su mirada hacia la pista de baile, donde la gente ya empezaba a moverse, dejándose llevar por el ritmo pesado y envolvente de la canción.

Castiel miró la mano, luego a Dean. Y, por alguna razón que no se molestó en analizar demasiado, la tomó.

Al levantarse, seguí sus pasos sin pensar demasiado.

El bar se sentía más cerrado ahora y mucho más lleno de vida. La música fuerte los envolvió cada vez más con cada paso hacia el centro de la pista, lugar que hasta esa noche era desconocido para él.

Dean ya se estaba moviendo al ritmo sin vergüenza alguna, algo que a Castiel no le sorprendió demasiado.

Tenía los ojos cerrados y la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás, dejándose llevar por la música como si el resto del bar no existiera. Su voz intentaba seguir la letra, pero desafinaba con cada palabra que pronunciaba, algo que parecía no molestarle.

La luz tenue del local lo envolvía por completo, filtrándose entre los cuerpos y el humo del ambiente, haciendo resaltar su silueta en medio de la multitud. A veces se reflejaba en su cabello rubio, haciendo sobresalir aún más entre tantas personas.

Su pelo se despeinaba con cada movimiento, cayéndole de forma desordenada sobre la frente, como si la gravedad perdiera importancia mientras bailaba. El leve brillo del sudor, provocado por el calor del lugar, hacía que pareciera extrañamente irreal. 

Había algo hipnótico en aquello. Algo que, para sorpresa de Castiel, le impidió mirar hacia otro lado. 

Tanto que no supo cuánto tiempo se quedó mirando esa escena; Solo sabía que había sido suficiente para que Dean sintiera sus ojos sobre él. En algún momento levantó la vista y sus ojos verdes se encontraron con los azules de Castiel. 

En medio de tantas personas moviéndose a su alrededor, por un instante Castiel tuvo la extraña impresión de que todo lo demás se había desdibujado. Las voces, la música, el calor; Todo había quedado atrás, reducido a un simple ruido lejano, quedando solo ellos dos dentro de un espacio invisible.

Dean seguía bailando, pero ahora más lento, como si también hubiera notado algo distinto en ese segundo.

Castiel sostuvo la mirada. Y en ese intercambio silencioso, algo en su pecho se movió con una suavidad inesperada, casi imperceptible. Era un cosquilleo sutil, difícil de ubicar, que rápidamente se expandió por el resto de su cuerpo. Se sintió más liviano de pronto. ¿Este era el llamado efecto del alcohol? No lo sabía con certeza, pero algo en su interior le decía que no era eso.

Su corazón empezó a palpitar más rápido dentro de su pecho, como si quisiera salirse de allí. Sentía la lengua más seca dentro de su boca y los dedos más sudorosos con cada segundo que pasaba.

Era incómodo, pero era completamente diferente a las otras incomodidades que había experimentado a lo largo de su vida. Se sintió más vivo, como si fuera la primera vez que el aire entraba a sus pulmones y pudiera respirar en paz. 

Su mente empezó a divagar y su cuerpo reaccionaba de forma extraña por el hombre que tenía enfrente de él. ¿Qué era lo que había cambiado realmente?

"Quizás simplemente me estoy volviendo loco…"

Dean, delante de él, ladeó apenas la cabeza, sin dejar de sonreír, como si lo estuviera desafiando a apartar la mirada primero. Pero Castiel no lo hizo, y el otro tampoco.

—¡Vamos, Cas! —gritó— No te quedes parado ahí.

Como si esas palabras hubieran activado alguna especie de hechizo que no conocía, avanzó hacia Dean. En el momento en que lo alcanzó, la música parecía envolverlos con más fuerza.

Dean soltó una risa breve.

—Así que al fin te animas.

Sin darle tiempo a responder, le tomó la mano. Castiel se tensó apenas, pero no se apartó. Su corazón, sin embargo, no dejaba de golpear violentamente contra su pecho.

Dean volvió a su ritmo y, sin mucha técnica de su parte, empezó a guiarlo con una seguridad absoluta. Castiel lo siguió con pasos rígidos al principio, poco acostumbrado a aquello.

De cierta forma, se sintió absurda la situación en la que se encontraba. Él, Castiel, que solo iba a bares porque detestaba las fiestas, el baile o relacionarse con demasiadas personas, se encontraba haciendo todo lo opuesto.

Estaba bailando. Y con Dean, que era un simple desconocido hacía unas horas.

Y, como si eso no bastara, su pobre corazón sufriría las consecuencias. Aunque no se arrepentía de nada.

—Relájate —susurró Dean, acercándose un poco más— Solo estás bailando, no jugando ajedrez.

—El ajedrez es más sencillo —respondió, concentrado en sus movimientos.

Dean soltó una risa.

—Eso es preocupante, Cas.

Castiel frunció apenas el ceño, pero esta vez no se detuvo.

—En el ajedrez las reglas son claras —añadió— Aquí… no existen.

Dean lo miró con una mezcla de diversión y algo parecido a ternura burlona.

—Las reglas son simples —dijo, inclinándose un poco más— No pienses tanto. Solo... muévete conmigo.

Castiel dudó apenas un segundo. Dean se movía con una libertad que él no conocía. Sin cálculo, sin pensar en cómo se veía desde afuera; Simplemente era él, desordenado y ruidoso, pero real.

Y cuando se giró hacia Castiel, con esa sonrisa divertida, Castiel por fin entendió algo sin poder nombrarlo del todo: que no había nada que resolver. No existía ni una ecuación ni una estrategia que seguir. Dean no estaba esperando que él "hiciera lo correcto". Solo estaba ahí, esperándolo para que fuera él mismo.

Castiel bajó la mirada un instante, todo era demasiado simple para ser verdad… y demasiado extraño para no serlo.

Dean era realmente deslumbrante. Era luz a su manera. Parecía el alma del lugar, llamando la atención como desde el primer segundo que pisó el lugar.

Sus pasos se adaptaban al ritmo de Dean. Se sintió como una polilla siguiendo una luz. Como Ícaro acercándose al sol, pero sin el miedo a quemarse, porque esa luz no quemaba. Era cálida.

Dean giró de nuevo hacia él, riéndose de algo que alguien había dicho en una de las mesas cercanas, y lo arrastró otra vez hacia el centro del movimiento. Y Castiel lo siguió. Por primera vez, no necesitaba entenderlo para poder hacerlo.

Entre tantas personas que había y el poco espacio para moverse, Dean volvió a tropezar. Su hombro chocó contra una silla y, por un instante, pareció que iba a terminar encima de otra mesa.

Antes de que eso ocurriera, una mano se cerró alrededor de su brazo. Lo suficiente para detenerlo en seco y evitar que volviera a caerse.

Dean recuperó el equilibrio y parpadeó un par de veces.

—Whoa, espera... —Dean bajó la vista hacia la mano que lo sujetaba del brazo y luego levantó las cejas.

Castiel soltó su brazo apenas comprobó que podía mantenerse de pie por sí mismo. El nuevo roce de sus cuerpos había encendido las mariposas dentro de su estómago, que ahora aleteaban con fuerza.

—Ibas a caerte.

—Sí, eso lo noté, pero... —Dean flexionó distraídamente el brazo que Castiel había agarrado y ladeó la cabeza— ¿Desde cuándo estás tan fuerte?

—¿Qué?

-Si. ¿Dónde estabas escondiendo esos brazos? —preguntó Dean con una sonrisa divertida mientras le daba una palmada en el bíceps— Te juro que hace cinco minutos creía que con una ráfaga de viento te podrías quebrar.

Castiel frunció ligeramente el ceño, aunque estaba avergonzado por el cambio que había tomado la conversación.

—Eso es prácticamente imposible.

Dean se quedó mirándolo un segundo para luego soltar una carcajada.

—Nunca cambies, Cas.

La música seguía retumbando a su alrededor. Hacía un rato había cambiado la canción, pero parecía que ninguno de los dos lo había notado o, si lo hicieron, no les importó.

De pronto, una persona se abrió paso entre la multitud y golpeó a Dean con el hombro. El movimiento lo hizo perder el equilibrio de nuevo. Antes siquiera de pensarlo, Castiel extendió una mano y la apoyó en su espalda para estabilizarlo. 

El contacto apenas duró un instante, pero fue suficiente para que sintiera una repentina oleada de calor subirle al rostro. Retiró la mano con calma, intentando fingir que aquello no había significado nada y deseando, por una vez, que Dean decidiera no hacer comentarios al respecto.

Pero, por supuesto, Dean no iba a dejarlo pasar tan fácilmente, quien levantó una ceja.

—Ves? Ahí está otra vez.

—¿Qué?

—Eso.

—No sé de qué hablas.

—Sí que lo sabes —respondió divertido Dean, pero cambió rápidamente de tema— ¿Qué tal si pedimos una botella más?

—¿Otra? —Castiel lo miró incrédulo, aunque en el fondo agradecida de que Dean hubiera abandonado el tema anterior. Era mucho para procesar como para seguir indagando en ello ahora.

—Claro. La noche es joven.

—Son casi las dos de la mañana —en realidad no sabía con exactitud la hora; solo dijo la primera que se le pasó por la mente.

—Exacto. Joven.

Castiel observó los movimientos ligeramente torpes del otro, la forma en que se balanceaba apenas de pie y la sonrisa que parecía haber instalado permanentemente en su rostro desde hacía horas.

—Creo que ya has bebido suficiente.

Dean hizo una mueca exagerada.

—Eres peor que Sammy.

Aun así, Dean no parecía realmente enfadado. Solo se limitó a apoyarse un momento contra él mientras intentaba recuperar el equilibrio. Al inclinarse un poco, sus hombros se rozaron y Castiel juró que la piel debajo de ellos ardía por el contacto.

Ahora se preocupaba un poco de que, por la cercanía, Dean pudiera escuchar su corazón palpitando, pero al menos la voz de Dean lo devolvió un poco al presente.

—Una botella pequeña —volvió a insistir.

-No.

—Media botella.

-No.

—Al menos negocia algo, Cas.

—No estoy negociando. Además —continuó Castiel— si sigues bebiendo terminarás rompiendo algo.

—Oye, ninguna de esas mesas resultó herida de gravedad —respondió ofendido mientras rodaba los ojos

—Las mesas no son mi preocupación.

Dean levantó una ceja.

—¿Ah, no?

Castiel tardó un segundo demasiado largo en responder.

—Los demás clientes no tienen la culpa de tu falta de coordinación.

La sonrisa pícara de Dean se hizo más amplia, acompañada de esa expresión que decía claramente: "te atrapé".

—Oh, miren quién volvió —dijo, señalándolo con un dedo— El señor bromista. ¿Debería sentirme halagado?

Castiel decidió no responder. Era imposible ganar una discusión con alguien que parecía inventar las reglas sobre la marcha y, peor aún, creer en ellas.

Dean debió interpretar su silencio como una victoria porque, apenas unos segundos después, ya se estaba alejando hacia la barra. La multitud se abrió a su paso mientras avanzaba con esa confianza despreocupada que parecía acompañarlo a todas partes.

Castiel abrió la boca para detenerlo.

Pero antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, Dean se volvió sobre uno de sus hombros, lo miró directamente y escuchó.

No era una sonrisa particularmente elaborada. No tenía nada especial. Sin embargo, había algo en ella que le recordó a un niño que acababa de convencer a un adulto de comprarle algo innecesario y estaba esperando que nadie arruinara su triunfo en el último segundo.

—Vamos, Cas. Solo una.

Castiel observó aquella expresión durante unos segundos.

Luego suspiró.

Y ese fue su error.

Porque la sonrisa de Dean se amplió de inmediato, como si acabara de escuchar una respuesta afirmativa. Y antes de que Castiel pudiera corregirlo, ya estaba pidiendo otra botella.

Cinco minutos después estaban nuevamente sentados en la mesa.

Una botella nueva descansaba entre ambos, junto a los vasos medio vacíos y los restos de comida de Dean.

Dean se dejó caer sobre la silla con evidente satisfacción, apoyando un brazo sobre el respaldo mientras observaba la botella como si hubiera conseguido una hazaña extraordinaria. Castiel estaba bastante seguro de que Dean se sentía más orgulloso de haberlo convencido de que de conseguir el alcohol en sí.

—No puedo creer que haya funcionado —admitió Dean, sacudiendo la cabeza riendo por lo bajo.

Castiel lo miró.

—Yo tampoco.

Lejos de ofenderse, Dean soltó una carcajada y levantó la botella a modo de celebración, como si aquello hubiera sido exactamente la respuesta que esperaba.

Luego se sirvió en uno de los vasos y se lo llevó directamente a los labios, tragando todo de un sorbo.

Castiel, que había notado que el vaso que Dean había tomado era el suyo, estuvo a punto de decir algo cuando vio cómo el otro terminaba rápidamente su bebida.

Algo dentro de él le decía que debería sentir asco en ese momento. Pero nada estaba más alejado de la realidad.

"¿Eso fue... un beso indirecto?"

La sangre en sus venas bombeó con más fuerza que antes y su garganta, por unos segundos, se cerró por completo, haciéndole imposible respirar.

Se había quedado inmóvil, observando cómo Dean volvía a servirse y cómo sus labios rozaban el mismo lugar que él había tocado momentos antes.

—Cas, ¿estás bien?

Como si hubiera notado su comportamiento extraño, Dean alzó la vista y preguntó.

Castiel tardó más de lo normal en responder.

-Si.

La palabra salió demasiado rápido.

Dean entrecerró los ojos, observándolo con atención por encima del borde del vaso que acababa de llenar.

—No te creo.

—Estoy bien.

—Ajá —el tono dejaba bastante claro que no le creía en absoluto.

Castiel apartó la mirada y, casi por impulso, tomó el otro vaso, el de Dean. Quería alejar esos pensamientos antes de que siguieran tomando forma dentro de su cabeza. Rápidamente se lo llevó a los labios y bebió un largo trago. El alcohol descendió por su garganta más despacio de lo habitual, pero no ayudado. Seguía sintiendo aquel calor instalado en su pecho, incómodo y persistente. 

Lo peor era que, mientras sostenía el vaso entre los dedos, no podía dejar de ser consciente de un detalle tan insignificante como absurdo: era el mismo borde que los labios de Dean habían rozado hacía apenas unos minutos. 

Al otro lado de la mesa, Dean continuaba observándolo. Después de unos segundos, apoyó un brazo sobre la madera y se inclinó ligeramente hacia delante. 

— ¿Estás seguro de que no te estás enfermando?

—Estoy bien, Dean —volvió a repetir sus palabras 

—Estás completamente rojo, Cas. Dudo mucho que eso entre en la categoría de "estar bien" 

Castiel estuvo a punto de atragantarse con la cerveza, pero logró obligarse a mantener la calma antes de que Dean descubriera la verdadera razón por la que estaba actuando de aquella forma. O, peor aún, antes de que él mismo tuviera que admitirla. 

—Hace calor —logró inventar una excusa, aunque era bastante débil y cualquiera podría notar que estaba mintiendo. Aun así, tampoco era completamente falso. 

Dean giró lentamente la cabeza para mirar el resto del local.

—Bueno, eso es cierto.

Castiel agradeció internamente que no insistiera más. 

El ruido del bar volvió a llenar el silencio entre ellos. Sin embargo, por alguna razón, todo parecía más distante que antes.

Su mirada instintivamente terminó regresando a Dean.

El otro hombre seguía exactamente igual que hacía unos minutos: despeinado y sonriendo sin motivo aparente, mientras hacía girar distraídamente el vaso entre los dedos.

Fue entonces cuando comprendió algo que hasta ese momento había evitado pensar. La noche estaba terminando. Tarde o temprano se tendrían que levantar de aquella mesa, abandonar el bar y seguir caminos separados.

La idea le provocó una sensación extraña, una opresión leve e incómoda en el pecho que no supo explicar. Porque, por primera vez en mucho tiempo, no quería que algo terminara tan pronto.

Lo más probable era que Dean volvería a casa y despertaría con una resaca monumental. Seguramente se reiría de la mitad de las estupideces que había dicho durante la noche. Tal vez incluso olvidaría algunas de ellas.

Y Castiel regresaría a su departamento.

Volvería a su rutina, a las mañanas silenciosas ya los números como única compañía. Ni siquiera tenía una mascota que la cuidara o que lo esperara al otro lado de la puerta cuando regresaba del trabajo. Solo encontraría el mismo apartamento vacío de siempre, tan ordenado y silencioso como lo había dejado al salir.

—¿En qué tanto piensas ahora?

Castiel levantó la vista ante sus palabras. Le sorprendió un poco que hubiera notado que se había distraído.

—En nada importante —respondió después de unos segundos.

Dean arqueó una ceja, claramente poco convencido.

—Claro.

Sin embargo, no insistió. Quizás porque el alcohol finalmente estaba empezando a cansarlo o porque, por una vez, decidió darle espacio.

Castiel agradeció en silencio que no siguiera preguntando porque ni él mismo sabría qué contestarle. Toda la noche había intentado entender lo que estaba ocurriendo. Por qué se sintió tan cómodo allí. Por qué seguía queriendo escuchar la voz de Dean. O por qué el simple roce de sus manos o compartir un vaso había sido suficiente para acelerar su corazón.

Hoy había sido un día que jamás olvidaría, de eso estaba completamente seguro. Quizás porque había hecho cosas que normalmente nunca habrían considerado. Quizás porque, por unas horas, había dejado de lado sus rutinas y preocupaciones. O tal vez porque había conocido a Dean.

Solo deseaba que aquella noche durara un poco más.

Solo un poco.

Lo suficiente como para no tener que pensar todavía en despedidas.

 

 

...

 

 

Lamentablemente, esta noche tuvo un final, y aquella no fue la excepción.

El aire fresco de la madrugada los recibió al salir del bar. Una brisa suave agitó la chaqueta de Dean y revolvió algunos mechones de su cabello. Castiel llevaba el saco en las manos, pues no creía que fuera necesario usarlo ahora.

Debían de ser cerca de las cuatro de la mañana. El local había cerrado hacía un buen rato y el personal prácticamente los había echado después de varios intentos poco sutiles de hacerles entender que era hora de irse.

Aun así, ninguno parecía tener demasiada prisa por separarse.

Ahora permanecían de pie en la acera, bajo las luces amarillentas de la calle. Dean había insistido en que podía volver a casa conduciendo su auto, pero Castiel se había negado rotundamente después de la cantidad excesiva de alcohol que ambos habían ingerido. Al final logró convencerlo de que tomar un taxi era la mejor opción.

Antes de salir del bar, Dean había propuesto intercambiar números. Y Castiel había aceptado tan rápido que todavía se avergonzaba un poco al recordarlo. 

Le había entregado su teléfono, permitiendo que Dean guardara su contacto. Y cuando el celular volvió a sus manos, marcó el número de Dean guardándolo también.

Era una acción completamente normal. Dos personas que habían pasado varias horas conversando intercambiaban números todos los días. Aun así, cada vez que pensaba en el nuevo contacto guardado en su teléfono, sentía una satisfacción extraña y difícil de explicar. 

Quizás porque significaba que Dean quería volver a verlo. 

La sola idea de eso provocó que una pequeña sonrisa amenazara con aparecer en sus labios. Pero apenas tuvo tiempo de disfrutar aquella sensación antes de que el movimiento a su lado llamara su atención. 

Dean se estaba balanceando ligeramente sobre sus talones mientras metía las manos en los bolsillos de la chaqueta.

—Bueno... —dijo finalmente— Supongo que este es el momento incómodo en el que debemos despedirnos.

Castiel bajó la mirada por un instante antes de volver a observarlo.

—Preferiría no despedirme todavía.

Dean pareció sorprenderse por sus palabras, pero luego dejó escapar una leve risa.

—Tienes razón. La noche fue agradable.

Ahora fue el turno de Castiel de sorprenderse. Hasta ese momento había pensado que sus palabras habían sido demasiado impulsivas y ya tenía una disculpa preparada, pero nunca esperó aquella respuesta.

De pronto, aquel cosquilleo extraño recorrió su cuerpo una vez más, naciendo en algún lugar indefinido de su pecho antes de extenderse lentamente hacia la punta de sus dedos.  

—Me alegra saber que no soy el único que piensa eso.

Al pronunciar aquellas palabras, sus manos temblaron levemente por los nervios. Se preguntó si había sido demasiado directo.

—Vaya, Cas, me haces sonrojar.

La sonrisa de Dean apareció de inmediato, aunque esta vez era más suave que cualquiera de las que había mostrado durante la noche.

Las palabras parecieron perder importancia de repente. Después de todo, ya habían hablado durante horas. 

La ciudad estaba extrañamente silenciosa a esa hora. Apenas se escuchaba el ruido distante de algún automóvil y el zumbido tenue de las farolas.

La luz de una farola cercana iluminaba parte del rostro de Dean haciendo que sus ojos verdes parecieran más claros.

Castiel lo observó apenas un instante.

Y después simplemente fue incapaz de apartar la mirada. Al igual que había ocurrido varias veces a lo largo de la noche. Dean parecía tener ese efecto en él. 

De pronto, Dean giró la cabeza y sus ojos se encontraron.

Castiel no tuvo tiempo de reaccionar cuando la vergüenza lo golpeó de inmediato al darse cuenta de que lo habían atrapado observándolo.

—¿Qué? —preguntó Dean, divertido.

—Nada.

—Me estabas mirando.

-No.

—Cas.

-No.

La carcajada que escapó de Dean fue cálida y contagiosa. Castiel sintió cómo sus orejas comenzaban a calentarse.

—Me estabas mirando —repitió Dean.

Castiel apartó finalmente la vista, un gesto que fue prácticamente una confesión.

Ante eso Dean soltó otra risa.

El silencio volvió a instalarse entre ellos de forma natural, sin prisas ni incomodidad. No era el silencio de dos desconocidos que se habían quedado sin temas de conversación, era uno sereno y acogedor.

Estar junto a Dean se sintió sencillo, tranquilo y extrañamente reconfortante. Castiel podría quedarse allí mucho más tiempo, simplemente disfrutando de aquella calma inesperada. 

Entonces Dean levantó la vista hacia el cielo oscuro y observó durante unos segundos las pocas estrellas visibles entre las luces de la ciudad.

Cuando volvió a mirarlo, algo había cambiado en su expresión.

Tenía una sonrisa apenas esbozada, sin rastro de picardía. Había algo diferente en sus ojos, una intensidad tranquila que hizo que los nervios de Castiel volvieran a agitarse dentro del pecho.

Dean lo observaba como si quisiera recordar aquel instante. Y fue precisamente esa mirada la que hizo que el corazón de Castiel latiera con fuerza. Porque nadie lo había mirado jamás de esa manera.

Sin apartar los ojos de los suyos, Dean avanzó un paso.

Fue un movimiento pequeño, casi insignificante, pero bastó para que algo dentro de Castiel se tensara.

Poco a poco, sin prisas, el espacio entre ambos comenzó a desaparecer hasta convertirse en apenas unos pocos centímetros.

Castiel podía distinguir con claridad las pequeñas pecas sobre su piel, el brillo tenue de sus ojos verdes bajo la luz de la madrugada y el suave aroma de su colonia mezclado con el alcohol. Todo parecía ocurrir con una lentitud casi irreal.

Cada paso de Dean hacía que el corazón de Castiel latiera con más fuerza, consciente de que algo estaba cambiando entre ellos y de que ninguno parecía dispuesto a detenerlo.

Ninguno de los dos dijo una sola palabra. Todo lo que realmente importaba parecía estar ocurriendo en aquel intercambio de miradas.

Entonces, por un breve instante, Dean dejó que su mirada descendiera hasta sus labios. Fue apenas un segundo, un gesto fugaz, pero imposible de ignorar. Después volvió a sus ojos, sosteniendo el contacto visual con una suavidad que hizo buscar que el corazón de Castiel tropezara dentro de su pecho.

No había presión en aquella mirada ni atisbo de arrogancia. Solo una pregunta silenciosa. Era como si Dean estuviera pidiendo permiso sin pronunciar una sola palabra, asegurándose de que aquello fuera algo que ambos deseaban.

Sin embargo, Castiel no se movió. No dio un paso atrás ni buscó una excusa para romper aquella cercanía. Permaneció exactamente donde estaba, sosteniendo la mirada de Dean mientras el aire frío de la madrugada parecía desaparecer poco a poco a su alrededor.

Entonces Dean sonrió.

No fue una de esas sonrisas amplias y confiadas que había mostrado durante toda la noche. Fue algo mucho más pequeño y sincero. Una sonrisa tierna, casi vulnerable, que parecía reservada únicamente para ese momento. Por alguna razón, aquello resultó infinitamente más peligroso.

—Voy a hacer algo muy estúpido —murmuró.

Castiel apenas pudo respirar.

-Decano...

Cuando Dean finalmente se inclinó hacia él, todo pareció ocurrir en una extraña lentitud.

El beso llegó con una suavidad inesperada, delicada y vacilante, apenas un roce de labios que parecía contener más cuidado del que Castiel creía posible. No hubo prisa ni exigencia alguna; solo una ternura sincera que hizo que el tiempo pareciera detenerse.

Dean lo besó como si estuviera sosteniendo algo precioso entre las manos.

Castiel quedó inmóvil durante una fracción de segundo.

No fue por rechazo ni porque quisiera apartarse. Fue porque jamás había imaginado que algo así pudiera sentirse tan correcto.

Durante años había pensado que los momentos importantes debían sentirse extraordinarios o abrumadores. Sin embargo, aquello se sentía diferente.

Era calido e intimo. 

Cuando Dean se apartó apenas unos centímetros, Castiel tardó un instante en volver a la realidad.

Fue entonces cuando lo vio.

Por primera vez en toda la noche, la seguridad despreocupada de Dean pareció resquebrajarse. Había incertidumbre en sus ojos verdes, una vulnerabilidad que no había mostrado antes.

—Lo siento —susurró— Yo no debería haber...

Pero Castiel apenas oyó las palabras. Concentrado solo en que Dean se estaba alejando. Rápidamente comprendió, con una claridad repentina, que no quería eso. No quería que la distancia regresara entre ellos.

El pensamiento llegó tan rápido que no tuvo tiempo de analizarlo. Por segunda vez en la noche, Castiel no buscó una explicación lógica y simplemente actuó.

Estiró la mano y sujetó la chaqueta de Dean entre sus dedos.

Dean se quedó inmóvil al instante. La sorpresa cruzó su rostro con tanta claridad que durante un segundo pareció olvidarse incluso de respirar.

Pero Castiel no le dio tiempo para decir nada. Redujo los pocos centímetros que aún los separaban y volvió a buscar sus labios. 

Cuando sus labios volvieron a encontrarse, Castiel comprendió que aquella era la respuesta que había estado buscando durante toda la noche. El motivo por el cual ya no actuaba con normalidad; el porqué seguía a Dean sin cuestionarlo y la razón de que una simple despedida le dolería más de lo que debería.

Todo encajó de repente.

Castiel se sentía sediento. No, necesitado sería la palabra correcta; no le bastaba con el roce de sus labios, por lo que, poco a poco, el beso se fue intensificando. La presión sobre sus labios se volvió más firme, pasando de un contacto ligero a una exploración más profunda, como si ese primer gesto ya no pudiera contener todo lo que empezaba a desbordarse entre ellos.


La lengua de Castiel, torpe al inicio, sin saber muy bien qué hacer con ella, terminó enredándose con la de Dean sin que él mismo supiera con exactitud cómo había llegado hasta allí. En ese movimiento casi inseguro pero inevitable, fue descubriendo que el sabor de Dean era algo nuevo y sumamente adictivo, y de pronto se encontraba incapaz de apartarse de él.

Ante el cambio de ritmo, Dean no se apartó. Al contrario, lo sostuvo como si no tuviera ninguna intención de dejarlo ir. Uno de sus brazos rodeó el cuello de Castiel con naturalidad, mientras su otra mano se perdió en su pelo, sujetándolo por la nuca.

Cuando el oxígeno empezó a escasear, se apartaron apenas lo suficiente como para que sus respiraciones quedaran suspendidas en ese espacio mínimo entre los dos.


Castiel sintió cómo el aire volvía a sus pulmones de forma desordenada, como si aún estuviera atrapado en el ritmo del beso. Sus labios permanecían sensibles, con una calidez leve que no se iba. Y su cuerpo entero se sentía tan ligero que creía que en cualquier momento podía tocar las nubes.

Dean no se apartó del todo. Se quedó ahí, lo suficiente cerca como para que Castiel todavía sintiera su presencia en cada pequeño movimiento, con la respiración aún alterada y los ojos puestos en él.

Cuando se separaron unos centímetros más, Dean siguió mirándolo como si todavía estuviera intentando asegurarse de que lo que sucedió era real; su expresión de felicidad apenas era contenida. Y descubrir que podía hacerlo sonriendo de esa manera resultó mucho más importante de lo que Castiel habría imaginado.

—Cas...

Castiel, quien se había aferrado a la chaqueta de Dean, aún no la había soltado. Al parecer, una parte de él todavía se negaba a dejar que aquel momento terminara.

Lentamente, la mirada de Dean descendió hasta la mano que seguía aferrada a su chaqueta y permaneció allí un instante, observándola con una atención que hizo que el corazón de Castiel volviera a acelerarse. 

Después levantó la vista y dejó escapar una pequeña sonrisa, una mezcla de diversión y pura ternura por el gesto. Había tanto afecto contenido en su rostro que Castiel sintió una extraña sensación de vértigo.

Mientras permanecían allí, envueltos por el silencio tranquilo de la madrugada, Castiel sintió una felicidad serena acomodándose dentro de su pecho.

Por primera vez en mucho tiempo, no estaba pensando en el mañana ni en las responsabilidades que normalmente ocupaban su mente. Solo existían aquella madrugada y la persona que tenía frente a él.

Definitivamente no iba a olvidar esta noche, volvió a repetirse, como si eso no le hubiera quedado claro desde hace horas.

Le alegraba que Dean hubiera cruzado por esa puerta esa noche, que Sam se hubiera rendido ante la terquedad de su hermano y que el bar hubiera estado lleno, porque de otra forma no habría pasado la mejor noche de su vida. 

Hay días en los que uno simplemente los vive con normalidad, sin esperar que ese día más adelante se vuelva significativo, hasta que pase el tiempo y lo notas. Pero hoy no cabía duda de que era especial.

Castiel no sabía qué ocurriría después. No sabía cómo serían los días siguientes ni si tenía sentido sentirse así por alguien a quien había conocido apenas unas horas atrás. Pero mientras observaba a Dean, comprendió que tampoco necesitaba saberlo.

Por esta noche no dejaría que la incertidumbre le ganara y solo se dejaría llevar por el momento.

Después de todo, algunas historias comienzan con grandes anécdotas y quizás la suya fuera una de ellas.

Notes:

Es totalmente mi culpa que Dean tome tanto alcohol; de hecho, me identifiqué totalmente con él.

¿Qué les pareció?