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Memento

Summary:

Makoto admira la eternidad de Aigis.

Aigis anhela la efimeridad de Makoto.

O el 4 de marzo en la noche y el 6 de marzo en la madrugada.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Acariciaba suavemente la plana superficie de su pierna, casi con cuidado de que el metal duro y liso al tacto se quebrara ante su toque. Sus dedos se movían en un vals lento donde cada giro y acercamiento era analizado con sumo cuidado, a pesar de que su mano apenas se desplazaba perezosamente por la curvatura, siendo lo único que su cansado cuerpo podía ofrecerle.

Ella, en cambio, trenzaba su cabello, haciendo y deshaciendo peinados libremente, mientras tarareaba las canciones que habían sonado en su reproductor de música hace solo unos minutos, antes de que se quedara sin batería.

Él solía hacer eso.

Además del suave murmullo, el sonido de sus dedos raspando su cabello, el choque entre su carne y el acero, los ocasionales grillos que sonaban desde afuera, donde la ventana abierta de su cuarto dejaba pasar cada sonido indiscriminadamente, se cernía un silencio cómodo entre ellos, uno que para dos introvertidos resultaba especialmente reconfortante.

Pero Makoto estaba inquieto.

“Aigis”. Su voz resonó débilmente, rompiendo la quietud. Reconoce que su tono siempre ha sido apagado, casi como si le costara hablar; esto, sumado a su timbre naturalmente grave le otorga un toque melancólico a sus oraciones, incluso si eso no es lo que busca. Ahora, que las letras parecen tardar años en formarse en su mente, que se pegan a sus dientes y se le resbalan de la lengua sus palabras se han vuelto poco más que un suspiro en el viento.

Uno que ella escucha.

“Estoy aquí”. Respondió sencillamente, con ese semblante tranquilo y esa manera tan peculiar de hablar suya, esa que le hubiera gustado aprender.

Siguen así un rato más; ella enreda sus dedos entre su pelo ondulado, deshace nudos y lo peina, alisándolo mínimamente en el proceso. Él solo se acurruca entre sus piernas y desea poder esperar el amanecer así, la imprudencia que comparten en sus breves escapadas y miradas fugaces llenas de intención le dice que se lo permitiría si se lo pidiese.

“¿Te gusta algo?” Siempre al grano, siempre corto, siempre rápido.

“Me gustas tú, aunque entonces la pregunta estaría mal formulada, ya que ‘algo‘ se refiere a un objeto, ‘te gusta alguien’ parece ser más…”

“Ah, lo lamento, ¿fue una respuesta inadecuada, no es así?”

Sus labios se curvan ligeramente ante su comportamiento mientras niega la cabeza suavemente, más para si mismo que para ella. “También me gustas, Aigis, pero no me refiero a eso”.

Ante eso sus ojos finalmente se posan sobre los suyos, brillando de curiosidad. “Cuéntame más, por favor”.

Él tararea en respuesta. “Ya sabes… a Fuuka le gusta la mecánica, a Junpei el béisbol y a Akihiko el boxeo”. Alzó su mirada para poder encontrarse con la de ella. “¿No tienes algo como eso, una pasión?”.

Aigis vuelve a fijarse en su pelo, ahora más tensa, y a juzgar por su ceño ligeramente fruncido y las comisuras de sus labios que ahora se tuercen levemente hacia abajo, incómoda también.

“Si no quieres responder está bien, no quiero comprometerte”.

“No, está bien”. Su voz refleja un atisbo de pánico cuando responde sospechosamente más rápido de lo usual. “Es solo que… no estoy segura de que las máquinas podamos tener algo así, e incluso si lo tuviera probablemente no podría dedicarme a ello por mi condición de androide. Se podría decir que mi objetivo de ‘acabar con todas las sombras’ era mi vocación, incluso si no me apasionaba del todo, por otro lado, ‘protegerte’ puede contar también como una actividad que deseo activamente realizar. ¿Esto contesta a tu pregunta?”

Se queda unos segundos observando su rostro contraído antes de apartar la mirada. “Entiendo…” Barre la habitación con un vistazo rápido, sin buscar nada en particular, hasta que finalmente se posa en sus manos, que todavía dibujan círculos en su piel, sin acelerar pero sin parar. “Y sí, gracias”.

“Pero ahora siento aún más curiosidad”. Dice con un indicio de berrinche, como si se lo estuviera echando en cara. “Makoto, ¿tienes una pasión?”

Es su turno de tensarse. Vale. Se lo merece; él tocó el tema en primer lugar.

“Yo…”

El cansancio todavía lo envuelve, debate lo que él mismo siente al respecto y cómo plasmarlo en palabras. Tanto esfuerzo para alguien con el alma tan débil lo empieza a marear, pero se concentra en el toque de Aigis y su interminable tarareo. No lo apura ni lo detiene, aun así; sus manos diligentes parecen intentar transmitirles seguridad y comodidad, algo a lo que aferrarse.

Y finalmente, parece encontrar la respuesta.

“Me gusta la música, ¿no se nota, verdad?”. Su tono se endurece cuando resopla ante su propio sarcasmo. “Sé que estoy escuchando música todo el tiempo, pero no estoy seguro de si realmente lo hago porque me guste, o si solamente quiero solapar el ruido de mi alrededor“.

Traga en seco; abrirse a alguien siempre le resultaba una experiencia desagradable. La cabeza le empezaba a palpitar con un zumbido leve pero constante, sus manos ahora resbalaban ligeramente sobre el acero de su cuerpo, pero ella solo siguió peinándolo, sin vacilar, sin detenerse, sin presionarlo.

Aprieta los dientes antes de suspirar, obligándose a continuar.

“Es solo que… por mucho tiempo la música fue mi salvavidas, algo a lo que podía aferrarme y que nunca se iría, y… realmente funcionó bien, cómo… demasiado bien y quizás me encerré tanto en la música que dejé de disfrutarla, se convirtió en casi una adicción, algo que necesitaba hacer para sobrevivir”.

“Sé que suena ridículo, digo… la música no es dañina, pero dejé de poder subsistir sin ella, estar en público me hacía consciente de mi alrededor y de repente yo simplemente no podía estar entre una multitud sin algo que acallara las miradas, cuando me quedaba solo era aún peor, mis propios pensamientos me atormentaban y el silencio se convertía en algo tan ruidoso como abrumador, y…entonces pensé que viviría por ella o... algo así“.

“Sabes…” Se detiene unos segundos antes de seguir. “A mis padres les gustaba la música“. Desde su mirada fija en el techo pudo divisar cómo se sobresaltaba ligeramente, antes de volver a concentrarse aún más en su tarea, inusual teniendo en cuenta lo fácil y repetitiva que esta es.

“El jazz, más precisamente, me inscribieron en clases de piano y aprendí un par de canciones antes de que…” La frase queda en el aire, inconclusa pero poderosa. Se nota, pues la tensión se filtra en el ambiente, y a pesar de la tranquilidad de la noche los nervios lo atacan indiscriminadamente mientras lo que solo puede describir como descarga eléctrica atraviesa su vértebra, erizándolo en el camino.

Pero Aigis lo jala suavemente hacía abajo, donde siente plenamente su calidez y oye levemente los sonidos de engranajes funcionando, imperceptibles la mayor parte del tiempo pero mucho más ruidosos que los latidos de un humano.

“No me imagino haciendo otra cosa, pero no por eso me imagino siendo feliz dedicándome a la música“. Se hunde aún más en el mar tibio que lo envuelve. Sus cuerdas vocales se enredan en un nudo doloroso y los ojos le pican con rabia mientras suspira decepcionado. Hizo lo que hizo y no se enorgullece ni se avergüenza de ello. Aunque en estos momentos solo desee arrancarse lo que le queda de alma y que quede únicamente la apatía en su cuerpo moribundo, como alguna vez fue. “¿Tiene sentido?”

Ante eso, Aigis esboza una sonrisa tímida, acercándose a su flequillo, donde acaricia con extremo cuidado los mechones sueltos y roza suavemente su piel enferma.

“No tienes porque saberlo”. Cuando habla es bajo y meloso, siente más que escucha el timbre mágico y electrizante de su voz, que se filtra en su piel y lo hace temblar con una indescriptible mezcla de emociones.

“No ahora, ni nunca…”

“Tenemos tiempo”.

Su mano se detiene.

Su respiración entrecortada también, él, sobre todo está rígido ante el tiempo que sigue sin ceder.

Cuando selló a Nyx se sintió plenamente vacío. Todo lo que sentía llegaba como un torbellino violento que exigía respuestas hasta que se derretían en su interior, adormeciendolo cada vez más.

Cuando la muerte vivió en su interior no fue más que un aliviante desinterés. Cuando dio su vida —una que había aprendido a vivir pero que aún no pensaba que merecía ser vivida— fue un punzante consuelo. Ahora, que está muerto en carne viva el vigor se retuerce en su interior, el miedo paraliza sus nervios mientras la agonía y la euforia entumecen sus sentidos sobreestimulados. La calma es silenciosa y desbordante; lo inunda y eso mismo le inquieta. Quiere morder sus uñas hasta que estas sangren y sonreír plácidamente porque esto es lo que siempre quiso, y no se arrepiente de nada de lo que hizo.

Y aun así, él es tan humano como le aterroriza ser; se pregunta si Aigis lo comprenderá, si alguien siquiera lo hará. Si alguien puede otorgarle una respuesta a sus propias incertidumbres y darle la llave para finalmente comprenderse, porque a él no le queda tiempo.

No quiere ser músico, así como no le importa vivir, pero quiere sentir por una última vez el éxtasis absoluto ante una melodía, el brío de la tonada recorriendo sus venas, erizarse cuando tiembla, inhalar las notas en el aire y cerrar los ojos previo a que se rompan ante el cristal que se forma en ellos.

Makoto no está listo, no se quiere ir.

Él quiere volver a escuchar música con Aigis.

Un chillido lo sobresalta, sacándolo de sus pensamientos cuando se da cuenta de que su mano ahora inmóvil hundía con fuerza las uñas sobre el metal de su pierna. Rápidamente afloja su agarre mientras una disculpa pasa por su mente, pero se desvanece antes de poder concebirla.

Ella es tan fácil de sujetar, tangible a su toque desesperado, al alcance de su mano para que él la sujete con fuerza, para aferrarse antes de caer al vacío del mundo que se desmorona a su alrededor.

Ella está tan viva.

Vibra suavemente, mientras los dos cuerpos se funden en el tiempo que les pasa un hilo por el cuello y aprieta sus corazones con cada tic tac del reloj en cuenta regresiva desde su primer sorbo de vida. El agua le llega al tórax que abraza sus costillas con suficiente ímpetu para romperlas; los vestigios de su cadáver se entierran en sus pulmones y casi le duele.

Se incorpora hasta quedar enfrente suyo, en esa habitación iluminada únicamente por la fría luz de la luna ella irradia tanto fulgor que le es imposible no encandilarse. Inaprensible, tan etérea que no puede evitar suspirar. Sus ojos lo miran fijamente con curiosidad y, al hundirse en el celeste de su mirada es una promesa que va a perderse en ellos. Sus labios se mueven nerviosos, quizás intimidada con su profunda contemplación, y le gustaría ser cruel, hundirse en ellos una última vez, sumergirse en su interior y discernir por fin la naturaleza de la eternidad, junto a ella.

Porque incluso si todos se fueran, incluido él, ella se quedaría aquí.

Pero en cambio pasa los brazos por su espalda y la pega a su torso, descansa su cabeza en el hueco en su cuello y cuando inhala tímidamente siente el metal del que está formada, ese que se puede confundir con sangre.

Ha reprimido tantas lágrimas toda su vida que ahora se niegan obstinadamente a salir. Hunden su corazón y lo ahogan por dentro, pero el calor asfixiante de sus dos cuerpos casi fusionados ebulle todas sus emociones y hace arder todos sus sentimientos.

Y duele, duele mucho. Amar y perder están escritos de la mano en el destino del que no puede huir, el que él mismo eligió.

Ya no hay júbilo ni risas lo suficientemente estruendosas como para envolver sus pensamientos. En esa habitación silenciosa no hay nadie que le recuerde que muere para vivir, y no lo contrario. En el cuerpo cálido que ahora pasa sus brazos alrededor suyo y lo acerca a si con insistencia afloran sus deseos, y con ellos un egoísta remordimiento.

«Qué será será» Y a él no le importa morir.

Pero tampoco le importaría vivir.

Como los pétalos marchitados en otoño, cuando ríe es suave, pero demasiado ruidoso. Un poco melancólico ante la ausencia de diversión en las notas graves ahora endulzadas. Un poco anhelante cuando la vida cruel que se le ha arrebatado le permite un último suspiro aliviante en las únicas dos lágrimas solitarias que bajan por su rostro.

Y en la efimeridad del momento, cuando el viento frío de una noche primaveral azota el cuarto iluminado únicamente por su añoranza, aprieta aún más los brazos por su cuerpo y se aferra al último vestigio del infinito que permanece en su cuerpo mortal y desesperado.

Ojalá sus lágrimas pudieran caer eternamente en el hueco de su cuello.

“Yo creo que a ti  te apasiona la vida”. Su sonrisa es frágil en su pesar, sus ojos débiles ante su ansia.

“Así que vive por mí”.

 


 

Las lágrimas ardían mientras bajaban lentamente por el metal ya empapado al que hacía referencia su piel. Una tras otra, cargadas con lo que no dice y lo que no se atreve a pensar, se deslizan por su rostro, brillando burlescamente hasta estrellarse contra el suelo con un leve chapoteo sobre el charco en el que está parada; sus rodillas no le tiemblan, pues ella no puede temblar, su respiración —un añadido innecesario, pues ella no está viva— es apenas ligeramente más rápida de lo normal, rivalizando con la del cuerpo inerte frente a ella.

“Los vicios” se los define como la dependencia a cierta actividad, objeto o consumible que afecta negativamente a la vida del practicante y, por correlación, a la de sus seres queridos. Como Yukari le explicó; entrar a la habitación de alguien, especialmente en la noche, y además, sin tener su consentimiento explícito es una violación a la privacidad, una conducta inmoral y algo que debería evitar a toda costa.

Aigis la escuchó, lo comprendió y luego registró la valiosa información en su base de datos, la cual desde entonces ignora deliberadamente, convirtiendo entonces su mala costumbre en un vicio que la perjudica a ella y a otros.

Simplemente no le importaba lo suficiente.

Lleva un buen rato ahí, no sabe con exactitud cuánto. Debería haberlo contado, ya que debe de irse al amanecer. Sus piernas permanecen rígidas frente a la cama de esa gélida habitación, como si estuvieran pegadas al piso, así como su “mente” parece haber pasado por un cortocircuito, probablemente demasiadas reacciones eléctricas al mismo tiempo, que no le permiten formular pensamientos claros antes de que estos se desvanezcan en la bruma que envuelve sus circuitos.

“Algo anormal” logra rescatar del remolino que da vueltas alrededor de su cabeza, aclarándose ligeramente en el proceso. Algo por lo que debería preocuparse, debería moverse, debería dar un paso tras otro, con cuidado de no despertar al chico que descansaba enredado en un sueño profundo, debería ir a su habitación y esperar hasta la mañana siguiente, cuando todos despierten y puedan ayudarla, o analizar los daños por su cuenta e intentar repararlos, pues si sigue “consciente” significa que no son lo suficientemente graves.

Debería irse y no volver más a esta habitación.

Pero ella quiere quedarse aunque sea un ratito más.

Una descarga inusual atraviesa su cuello y torso, arremolinándose en su corazón de papillon. Reconoce el aparentemente imposible apretón en el cuello, pero el aplastante dolor en el pecho es indescifrable; a pesar de que con su reciente humanidad es ahora capaz de poner sus emociones en palabras, aún le resulta incómodo y desconcertante hacerlo, pues está acostumbrada a lo práctico. Pero si tuviera que encasillar lo que siente en un verso, lo describiría como “una maraña de grillos que gritan revoloteando en su interior”.

Aunque sea una máquina, sus lágrimas son cristalinas, como las de cualquier humano. No son saladas como oyó que suelen saber, y como ella misma probó una vez, puesto que no son técnicamente reales, sus “ojos” no son más que sensores oculares, y la única razón por la que brillan es por la electricidad que recorre su cuerpo.

Y aunque no quiere despertarlo, no quiere mojarlo, no quiere ensuciarlo, lo necesita. Necesita saberlo, lo desea más que nada en el mundo, quiere apoyarse en puntitas tan cerca de su rostro que pueda enumerar sus pestañas, quiere contar el número de respiraciones que inhala, quiere que se mezclen con las suyas, quiere verlo tragando vida, quiere verlo consumiendo su propia vida, ella se lo daría, aunque él no lo pida, aunque se niegue rotundamente, aunque no sirva para nada.

Quiere verlo abrir sus bonitos ojos grisáceos, quiere divisar el reciente brillo en ellos, quizás comprarlo con el suyo, tan artificial y aun así lo jura, tan puro como el suyo, tan esperanzado, soñador y al mismo tiempo, lleno de dolor.

Quiere devorar su efimeridad, abrazar su finitud y, aunque no pueda, morir a su lado.

Sus piernas por fin se mueven, excepto que ella no se los está ordenando, su respiración se acelera en respuesta como la primera vez que acercaron sus rostros y consumieron la energía vital del otro.

Su mirada se desvía por un instante hacia la ventana donde el cielo estrellado todavía se cierne sobre ellos, a juzgar por como el canto de los pájaros resuena cómo una melodía constante, la noche se acaba, y se despierta el día.

Vuelve a fijar sus pupilas borrosas en el rostro estremecedoramente sereno de Makoto, arrepintiéndose tanto de haberlo perdido de vista como de haberlo encontrado sin vida.

Se arrodilla cuidadosamente enfrente suyo, a unos poco centímetros imprudentes que podría haber contado si solamente no estuviera tan adormecida.

Y como siempre pasa, y como solo puede pasar cuando está con él; el mundo queda en silencio.

Ahora es casi imperceptible, inhalaciones ligeras que casi imitan a las suyas, y ya no le teme, ya nada le preocupa, no mientras esté con él.

No estaba sollozando, pero ahora tampoco lo hace, las lágrimas siguen bajando por la circunferencia de su rostro, algunas pegadas a sus pestañas, pero ahora no hacen ruido al caer, quizás se evaporan al contacto de su piel caliente, su estado natural junto a él.

Su estado natural, junto a él.

Alza el brazo lentamente; no tiembla, pero vacila antes de acercar su mano tibia junto a su rostro, esperando la calidez que emanaría su cuerpo y encontrándose con la nada misma.

Un escalofrío recorre sus nervios artificiales, y aun así, acaricia suavemente la piel tersa de lo que afirma; es el ángel que yace frente a ella.

Y a ella le encanta, le encanta su piel, le encanta su humanidad. Es adicta a él, tanto que duele. Ahora, con los ojos cerrados puede observar fácilmente las venas que decoran sus párpados y ojeras, sobre su piel pálida y ligeramente amarillenta.

Sus largas pestañas envuelven sus ojos, y ella nunca tuvo la oportunidad de decírselo; pero es que le encanta como se le ve, le da una apariencia increíblemente delicada a pesar de su descomunal fuerza. Su pelo esponjoso cae libremente por toda su frente, sabe que si estuviera despierto se lo arreglaría para que cubriera su ojo izquierdo, pero ahora se escapa rebeldemente; dejando ver ese lado que siempre oculta, y nunca ha tenido la oportunidad para preguntarle por qué lo hace, ¿Meramente una decisión estética? ¿O había una razón detrás? por que aunque pensaba firmemente que su flequillo preocupantemente largo le quedaba muy bien, también cree que su cara destapada es… “hipnotizante”. Su nariz, pequeña y ligeramente redondeada; la ha mirado fijamente por tanto tiempo que podría dibujarla de memoria, nunca tuvo la oportunidad de preguntarle, así que solo se acerca más, cierra los ojos y frota levemente la punta de su nariz contra la suya mientras deja escapar un suave suspiro. Anticipando que él lo aspirará, que saboreará la vida en esta y volverá a la suya.

Incluso si significara robar su propia vitalidad.

Su mano cae inerte sobre el pecho que ahora retumba vacío, la otra tumbándose al otro lado de la cama, jugueteando con su sedoso cabello mientras deja caer su cabeza en el hueco de su cuello, donde el olor a shampoo que emana su pelo parece ser lo único de él que todavía no se ha desvanecido. Moja los mechones azules y rubios que ahora se le pegan a la cara mientras sus labios tiemblan, y no puede sangrar, pero lo intenta, aprieta los dientes entre la carne artificial y lo único que percibe es el rastro adormecido de un dolor distante, que solo la deja más vacía que antes.

No importa si le cuesta respirar, ni siquiera importa si no puede respirar, porque no morirá, menos aquí. Así que no importa cuándo hiperventila, ni cuándo muerde las sábanas mientras el llanto desgarra su garganta artificial, con gritos ahogados saliendo descontroladamente.

Una vez más, se pierde en la bruma de la agonía, que la deja paralizada y casi temblorosa ante el presente que la asfixia y el futuro que la acecha. Otra vez, el tiempo pasa y ellos están aquí atrás, inmóviles.

Y si se atreviese a mirar, en el destello de un momento él se irá, y ella se quedará.

La luz del sol le azota el rostro, y ella no quiere; prefiere morir antes que abrir los ojos.

Es infantil, inmaduro y un mero capricho. Aigis prefiere la noche.

Pero el aire de la ventana abierta entra como una suave brisa, e incluso su metal inorgánico puede sentir el frescor que trae consigo, ese que enfría ligeramente sus lágrimas.

El viento revuelve su melena azulada cuando levanta los párpados, los rayos dorados cubren irregularmente su cuerpo desparramado y tan tranquilo que duele.

Y por un instante puede deslumbrar el atisbo de una sonrisa en sus labios ahora secos y ligeramente agrietados.

Abre la boca al borde de la desesperación, como para suplicarle que se quede, pero entonces él ya no está ahí, y ella no tiene nada que decir. Su respiración irregular se corta, pasmada en medio de esa habitación demasiado fría pero demasiado cálida, y olvidarse de como respirar es equivalente a volar.

Él luce etéreo.

Verdaderamente como un sueño…

Firme ante las adversidades, fugaz ante la dicha, resplandece con vigor y brilla en el ocaso que padece.

Sus ojos se cierran levemente, cansados de una manera antinatural para una máquina. Sus labios, todavía un poco adormecidos se tuercen en una mueca indescifrable, pero sincera.

Él, como la vida, es efímero.

Y ella, como la muerte, es eterna.

Están condenados a seguir las crueles reglas de este mundo pasajero, en el que agonizan y gozan a la vez, perpetuamente.

Quizás por eso lo ama tanto.

Quizás por eso lo ama todavía.

Notes:

si tuviera un jack frost por cada vez que escribo el final antes que el inicio tendria dos jack frosts, lo cual no es mucho pero es curioso que haya pasado dos veces

en fin, feliz mes del orgullo, y gracias por leer :)