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Si no estás tú [HyunLix // Hyunjin x Felix (Stray Kids)]

Summary:

En su primera visita a la grandiosa París, Hyunjin y Felix tienen actitudes completamente contrarias: uno está maravillado con la ciudad, el otro la detesta. Lo que para ambos es idéntico, sin embargo, es lo que sienten el uno por el otro... en secreto. Tal vez la archiconocida "Ciudad del Amor" les de ese empujoncito necesario para declararse, ¿no creéis?

Un fic desde el punto de vista de un Hyunjin que está desesperadamente enamorado de Felix.

[DISCLAIMER] Esta historia es una obra de ficción y no está relacionada con Stray Kids ni con JYP Entertainment. Los personajes están inspirados en los miembros del grupo, pero la historia es 100% un producto con fines de entretenimiento y, como obra de ficción, no refleja bajo ningún concepto la realidad. Esta obra no puede ser vendida, reproducida, ni traducida sin permiso previo. Por respeto a los idols reales en los cuales esta historia se ha inspirado, por favor, ¡respetad su privacidad!

©Todos los derechos reservados

Chapter 1: But you're friction...

Summary:

Recomiendo leer este fanfic junto a la playlist que creé, que podéis escuchar aquí o en Spotify a través de este enlace.
Podéis leer las letras de las canciones y sus traducciones al español aquí.

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Chapter Text

Portada del fanfic

 


 

 


Que le den, pensaba para sus adentros, una y otra vez. Que le den a todo el mundo que le juró y le perjuró que París era una ciudad de ensueño. ¿La ciudad de la luz? Pft, aquí todo era gris: el cielo, los edificios, el aire, el humor. Taparse los oídos no le era suficiente para aislarse de la orquesta desafinada de ruidos y cláxones que amenazaba con elevar su dolor de cabeza a una migraña, y había optado por sacar los auriculares, activar el modo de cancelación de sonido -apodado cariñosamente como el modo “dejadme en paz todos, hijos de puta”- y hacerse un ceñudo bulto de ropa en el asiento. Habían intentado sacarle de su estado de desdén general varias veces ya, con estúpidas preguntas que ahora mismo le resultaban poco más que un incordio. En algún punto del trayecto, Han le empezó a zarandear con ansia, su cara resplandeciendo mientras golpeaba con ahínco el dedo contra el cristal. Viendo que no le hacía el menor caso, más allá de clavarle dagas con la mirada a ver si así captaba la indirecta, le movió uno de los auriculares para obligarle a escuchar.

—¡Mira, mira, mira! ¡Es la Ópera! ¡La de verdad! Ay, ¿tú crees que estará ahí dentro? El Fantasma de la Ópera, digo. Ya sabes, el del musical y eso, que tiene la máscara así como sólo en mitad de su cara porque se supone que está deforme o algo, pero en verdad se ve muy claro que está super bueno, sabes... ¡Pero Hyunjin, mira, que te lo pierdes!

Un manotazo a aquella mano acompañado con un gruñido le pareció mensaje suficiente del interés que tenía por ver otro aburrido edificio que seguro sería exactamente igual que los otros cuarenta que había ido gritando a los cuatro vientos, guía de viaje en mano. Pero, por si acaso, le dio la espalda y se puso contra el asiento, en posición aún más fetal, subiendo aún más el volumen de la música una vez se recolocó sus cascos.

No tenía energías para aguantar ni un minuto más pretendiendo que le entusiasmaba lo más mínimo el socializar, mucho menos ahora que sentía que tanto estímulo iba a hacer que le explotara el cerebro. Cerró los ojos y enterró la nariz en la manga de su sudadera, aspirando profundo aquel olor a su suavizante de ropa favorito que le llevó por un instante fuera de allí, lo suficiente para cerrar los ojos y soñar que estaba enrollado en sus mantas, disfrutando de la seguridad de su hogar.

Por suerte, el resto del trayecto no se le hizo muy largo. Fue Bang Chan quien le despertó con un suave apretón en el hombro, mucho más consciente de su mal humor que sus demás compañeros. Se llevó igual una mirada despectiva, pero la sonrisa era amable y no efusiva y la presión que estaba ejerciendo con los dedos era firme y casi agradable, un gentil recordatorio de que volviera a la Tierra con el resto. Se dio un par de toquecitos en la oreja y Hyunjin, recién salido del estupor que el viaje en los brazos de Morfeo le dejaba siempre, tardó un par de segundos en entender. Oh, ya, eso. Al menos había tenido la decencia de decirlo de buenas formas y no hacerlo a lo bruto, rumió para sus adentros mientras sacaba una mano y pulsaba el botón de encendido en los cascos hasta apagarlos.

—Venga, Hyun, que ya hemos llegado —le dijo con voz tranquila cuando supo que podía escucharle sin alzar la voz, torciendo ligeramente el rostro hacia la salida—. Está todo listo, sube directamente a la habitación y échate un rato si te apetece. Nosotros vamos a dar un paseo.

Asintió sin más y recogió sus cosas, echándoselas al hombro mientras salía del vehículo poniéndose las gafas de sol, dispuesto a ir con ellas hasta la puerta de su habitación y quitárselas sólo en el momento en el que se hiciera un fuerte con las sábanas del que tuvieran que cavar para sacarle.

—¿No vienes con nosotros?

Escuchó aquella voz a su espalda cuando se dirigía diligentemente al ascensor que le estada esperando. Se relamió los dientes y chascó la lengua, entrando y pulsando el botón que mantenía las puertas abiertas, no sin antes haber presionado el de la planta a la que debía subir.

—Nah —rezongó, echando abajo la cara para poder mirar apenas un poco por encima de la pasta de las gafas de sol—. Disfrutad vosotros y eso, yo paso.

Le hubiera gustado haber sido invisible o invidente en aquel momento, cualquier cosa excepto haber visto aquel rostro torcerse en una mueca de decepción que mismamente pudo haber estado acompañado de unas garras en sus dedos, porque sentía que había arañado algo en su interior. Echó la cabeza hacia atrás de golpe, provocando que las gafas dieran un pequeño salto y se recolocaran en su sitio, el negro del cristal opacando la blancura de su figura, mitigando un poco el detalle en aquella expresión y su dedo soltó aquel botón, provocando que las puertas se cerraran en el preciso instante en el que Han, habiendo atrapado a Seungmin y a Jeong-in con sendos brazos, comenzaba a explicar a todos en exasperante detalle el recorrido turístico que había planeado y en el que aquellos labios parecieron abrir y cerrarse para pronunciar algo que ya nunca sabría qué podría haber sido.


 

El jet lag era algo terrible. Te hacía perder el sueño, a veces hasta el apetito, propiciaba jaquecas y movimientos intestinales a deshoras y hacía que uno se levantara con desgana para ir a echar una demasiado postergada meada y que, en vez de ser saludado por la esperable luz comedida de las farolas, fuera vilmente atacado por los lacerantes rayos del sol de mediodía que eran de un blanco tan radiante que le dejaron cegado un buen rato. Soltando un gruñido más animal que humano casi, se llevó ambas manos a la cara, presionando y arrastrando con fuerza como si aquello fuera a servir de alguna otra cosa que no fuera arruinarle su piel y hacerle daño en los ojos. Cuando estaba de mal humor tenía la mala costumbre de pagarlo con él mismo, sí. Irritado por, bueno, por todo, cogió el móvil que había dejado convenientemente boca abajo en la mesita de noche para comprobar cuánto había dormido y cómo cojones era aún hora de que hiciera ese condenado sol, pero se olvidó de lo que había venido a hacer en cuando vio los mensajes y el par de llamadas perdidas. Con un par de rápidos movimientos del pulgar pasó por las notificaciones, sus ojos bajando y subiendo y moviéndose de lado a lado aún más deprisa por aquellas palabras, ansioso por saber qué tenían que decirle. Al final, respirando hondo y soltando el aire en un soplido que sonó a resignación, se dignó a responder a aquellos mensajes acumulados con un escueto “ok. Ven”.

Se levantó de un salto de la cama y tuvo la decencia de coger de su bolsa las dos primeras piezas de ropa que pudieran cubrir un cuerpo de cuello a pies, sin importarle un carajo si combinaban o si eran adecuadas para andar cómodo por la habitación y se las llevó consigo al baño. Estaba pasando el último brazo por la manga de la camisa negra cuando escuchó inequívocamente el sonido de unos nudillos contra la puerta. Otra persona habría contestado algo, pero él detestaba chillar como una verdulera así que terminó de ponerse la ropa y caminó pacíficamente hasta la puerta, terminando de abrocharse los botones. De camino tuvo tiempo de hacer como mínimo tres guiones completos de lo que iba a decir -con sus respectivas variaciones de no ir la conversación por donde debiera- y un buen puñado de propuestas de cómo colocarse y qué aspecto debía dar al abrir la puerta. En cuanto abrió, se recostó contra el dintel y levantó las cejas, intentando mantener su aspecto desenfadado y distante.

Pero, como si le hubiera abierto la puerta a una locomotora cuyos raíles, incidentalmente, llevaban a donde estaba apoyado, recibió un impacto frontal que le robó el aliento. Esa mirada, oh, esa mirada suya era un arma de destrucción masiva apuntada directamente a su garganta. La gente, joder, cómo costaba leerla, con sus estúpidas normas sociales encubiertas y sus sí-pero-no y sus contradicciones continuas y sus expresiones insondables. ¿Pero a Felix? Era imposible no leerle. Más que un libro, era una fábula que hasta un niño entendería, pero sólo un adulto realmente comprendía. No parecía tenerle miedo a cambiar su expresión acorde a lo que iba sintiendo, y ahora había que ser un necio para no saber que estaba guardándose algo horrible en una falsa neutralidad. Algo que parecía, por el brillo desdibujado en sus pupilas, tristeza.

—Vaya, con que ahora sí me abres —bufó, cruzándose de brazos y aguantando las ganas de poner un mohín de niño pequeño.

—Estaba dormido —contestó secamente.

—Eso no explica por qué has abierto justo ahora cuando te llevo mandando mensajes y llamando desde hace más de media hora.

—Es que me has pillado cambiándole el agua al canario —se le levantó la comisura del labio sin quererlo con altanería y sintió un remolino de orgullo en sus tripas cuando le vio rodar los ojos y suspirar exasperado.

—Jaja, sí, qué buen chiste, me ha encantado —la ironía era un idioma extraño en su lengua, como si no supiera hablarlo del todo bien y el pesado acento de su inocencia le delatara—. Bueno, ¿vas a dejar que entre o…?

Relamiéndose los labios con aquella pequeña victoria de conseguir sacar una versión de él que no tenía tan aprendida como las demás, se giró y le ofreció paso con un gesto con la mano. Como un vampiro que necesitaba ser invitado cordialmente a entrar, esperó pacientemente antes de poner un solo pie en su espacio, señal bienvenida de que, a pesar de todo, respetaba su intimidad. No sabía si podía enorgullecerse de decir que aquello era recíproco, sin embargo. Podía perfectamente haber dado un paso atrás o haberse apartado en condiciones para dejarle entrar, claro; pero, de forma inequívocamente premeditada, sólo se había girado hasta quedarse perpendicular a la entrada, obligándole a pasar a apenas unos centímetros de su cuerpo. ¡Maldito su cuerpecillo que cabía por aquel hueco sin rozarle siquiera! Y que conste que se guardó, a presión, el impulso de adelantar un pie y obligar a aquel hombro a hacer contacto con su pecho, repitiéndose que aquello era más que sólo inapropiado; no se guardó, sin embargo, la urgencia de abrir la boca para poder saborear el aire que dejaba al pasar. Era, una vez más, la combinación tan suya de aquel perfume: lo áspero de la madera de ciprés, contrarrestado por lo delicado de las flores de mimosa, lo balsámico del incienso y lo refrescante del eucalipto, lo dulce de la miel, lo cálido del ylang-ylang, lo salado del ámbar gris. Se estremeció un poco antes de cerrar los labios y presionarlos en una tensa línea mientras cerraba la puerta tras de sí, dando vueltas a aquel aroma dentro de su boca. Hasta el olor de Felix era inconcebible. ¿Qué clase de alma, ruin y cruel, crearía un humano tan perfecto y lo mantendría continuamente al alcance de los dedos de un pobre infeliz que luchaba cada día, cada hora, por contenerse?

Si Dios existía -y Hyunjin lo dudaba ya-, el viejo cabrón debía ser un sádico.

Se crujió el cuello con violencia antes de darse la vuelta para atender a su recién llegado invitado. Éste había dejado su bolsa con cuidado encima de la cama y su móvil a un lado, y, sin mediar mayor palabra, sacó de ella una pieza de ropa que estiró sobre el caótico edredón y un par de cajas forradas en terciopelo. Tampoco estaba por la labor de forzar una conversación si le estaba librando de tener que participar en una cháchara banal, así que se limitó a arrastrar una silla al centro de la habitación y sentarse en ella exactamente cómo no debía hacerse: con el respaldo por delante. Felix se fue deshaciendo metódicamente de lo que llevaba puesto -pendientes, collares y su multitud de anillos- y cuando le tocó el turno a su sudadera, no dudó. Los nudillos de Hyunjin se tornaron casi tan blancos como la piel de aquella espalda desnuda que observaba con una fijeza insana. Ni mil duchas frías como el aire de los Polos podrían templar el ardor que le nacía en el bajo vientre cuando veía siquiera un resquicio de aquella piel. El muy estúpido se creía intocable, mostrándose sin pudor alguno totalmente desprotegido, sin saber que le estaba enseñando la yugular al depredador que tenía siempre al acecho.

Como si el pajarillo desconociera que, en lo salvaje, los hurones se volvían unos carnívoros feroces.

Pero qué iba a saber él, si pensaba que todas las excepciones que le concedía eran meramente un signo de amistad y no de que con él y justamente él se sentía capaz de dejarse. Desde que era un niño había odiado los abrazos: demasiado cerca, demasiado olor, demasiada presión, demasiado personal. Pero cuando él se le acercó con los brazos abiertos, murmurando sonriente algo que no atinó a escuchar entre tanto ruido, se dejó. Y sus brazos cercaron aquel triángulo invertido perfecto que componía su espalda y sus dedos arrugaron la ropa y dejó reposar su cabeza en aquel hombro y respiró hondo. Por primera vez, no le quemó el aire ni se le agitó enarbolada la respiración. Todo en él pareció sumirse en una paz, una que le hubiera parecido punto por punto perfecta de no ser por una pequeña, pero espantosa parte: todo el ansia que no sentía su cuerpo y su cerebro, se había visto traspuesto a su corazón, que latía desenfrenado al saberse tan cerca del suyo.

Desde aquel día, fue él quien abrió los brazos siempre primero, buscando los de aquel capaz de apaciguar las fieras que habitaban en su cerebro. Sólo los de él, sólo él, para tantas cosas sólo él, únicamente él, en todo el universo, él.

—Anda que te cortas —espetó, sorprendiéndose hasta él mismo de haber transformado aquel concepto al que no dejaba de darle vueltas en la cabeza en palabras inteligibles. Le sorprendió, de hecho, siquiera haber hablado ahora que tenía la saliva tan espesa y la garganta tan seca. Capaz había pasado medio segundo sin siquiera respirar, demasiado ensimismado en los escenarios que se sucedían en su cabeza donde se levantaba de aquella silla y hacía todo lo que no debiera.

Él soltó un bufido que parece que quiso que fuera una risa y sonó más a confusión.

—Perdona —soltó con nerviosismo, encogiéndose de hombros mientras luchaba con las mangas de la prenda, intentando apresurarse a pasarla por la cabeza y, al parecer, tardando aún más por ello—, ya te había explicado que tendría que cambiarme y me parecía mejor hacerlo directamente aquí. Pensaba que teníamos ya una cierta confianza, no sé…

A Hyunjin se le escapó una serie de carcajadas que resonaron con fuerza en las apenas decoradas paredes de aquella habitación. A Felix le pareció una respuesta genuina a su silente pregunta de si aquello había sido raro; probablemente pensó que había sido una broma pesada para ponerle nervioso o una clara señal de que por supuesto que podía. Él, sin embargo, se relamió los dientes mientras negaba con la cabeza, terminando su risa con otra más interna, más amarga. ¡Qué inocente era! O, a lo mejor, era él, que era demasiado estoico para que se le notara nada e iba a necesitar un cartel en la frente en el que se leyera: “Felix, joder, que te follaría hasta que te quedaras sin voz y acabáramos los dos en un aprieto, yo por hacerlo y tú por dejarte”. Hm, demasiado largo. Dejémoslo en “Felix, te follaba”. Claro, corto, conciso, cabría en su frente de ser necesario.

Luego su mente viajó a los momentos en los que el resto de sus compañeros le habían mirado de soslayo, con un cierto juicio en la mirada, le habían dado toques en el hombro para que apartara la mirada o habían susurrado versiones de “tío, pero córtate”.

A lo mejor no era tan difícil de leer como se creía y era más problema de una persona en concreto que suyo. Pero bueno.

Para cuando volvió a mirarle, tras ponderar que responder con sinceridad a aquello no iba a acabar suficientemente bien como para tomar el riesgo, la tela estaba cayendo como una cortina que anunciaba el final del show. Era recia, con mucho cuerpo, y el cuello estaba decorado con una cadena metálica que tenía pinta de ser pesada. Sus largos dedos abrieron la primera de las cajas aterciopeladas y sacó un par de pendientes que se puso antes de abrir la otra y sacar unos anillos exuberantes que se colocó en el índice de una mano y el anular de otra. Estaba sacando un espejo de la bolsa para comprobar cómo quedaba todo en conjunto cuando dijo:

—No te preocupes, sólo tienes que hacerme un par de fotos y ya te dejaré para que puedas dormir tranquilo.

Hyunjin se levantó de la silla pesadamente y fue a recoger su teléfono a donde lo había dejado. Por suerte o por desgracia, le gustaba la fotografía, así que se molestó en comprobar los parámetros de la cámara de su móvil y la luz de la habitación, buscando el lugar idóneo para ello. Para comprobar que estaba todo en orden, hizo su cosa favorita:

—¡Hey, Lixie! —no esperó siquiera a que terminara de girarse y sacó la foto a traición. Y qué más daba, si al maldito era imposible sacarle una mala fotografía con esos rasgos de poema tallado en mármol que tenía. No podía decir que era por falta de fotos, puesto que si alguien mirara a hurtadillas su carrete -no el público, sino el que guardaba en una carpeta especial que había titulado únicamente con el emoji de un pollito- vería que estaba plagado de fotos de todo tipo de él. Sus favoritas, las más espontáneas: donde estaba desenfocado al haberse movido, cuando casi se salía fuera de plano, las veces que le pillaba ocultando su sonrisa o mirando a otro lado, las sobreexpuestas donde se desdibujaban los límites de qué era luz y qué era su piel o su pelo. Felix era la mejor musa que alguien podría tener al otro lado del objetivo. O la peor, si consideramos que era imposible no caer rendido a su belleza una vez le observaras detenidamente más de dos minutos.

—¿Tu idea de sacarme fotos es siempre a traición? —preguntó tras chascar la lengua en reprobación. Había dispuesto encima de la mesa su maquillaje y ahora mismo estaba poniéndose algo de sombra de ojos en el párpado.

—Tengo que comprobar que está todo bien —le encantaba excusarse en medias verdades. No era buen mentiroso, pero sí que nadaba bien en las turbias aguas de los “puede que”—. La luz, el balance de blancos, la obturación… Todo eso.

Sabía que sacar términos profesionales haría que no tuviera más remedio que creerle, y, efectivamente, Felix no hizo sino negar con la cabeza y tratar de ocultar una ligera sonrisa en los labios antes de seguir con lo suyo.  Hyunjin fingió estar corrigiendo parámetros mientras su mirada se desviaba furtivamente a él y, antes de que fuera demasiado, de vuelta al teléfono. No fue capaz de volver a aquella pantalla cuando, al alzar la vista, se lo encontró poniéndose algo de pintalabios. La yema de su dedo corazón estaba presionando delicadamente el pigmento rojizo en sus carnosos labios y la acuciante sed no supo si le vino por lo seca que se le quedó la boca que había dejado demasiado tiempo entreabierta o por la certeza que le invadió de que no se vería jamás saciado si no bebía de aquellos labios, como un beduino del oasis. Esos malditos labios se volvían cada vez la más dulce pesadilla, capaces de ser a la par cuna de la más angelical de las sonrisas y al recordatorio constante de que algo tan perfecto y hecho para ser usado estaba detrás de un vidrio de máxima seguridad. Joder, Felix fue creado para estar en el puto Louvre: arte en movimiento, hecho para ser admirado, rodeado secretamente de alarmas que saltarán si te acercas demasiado. Pensar que unos cualquieras habían conseguido robar aquel museo le daba esperanzas de que hubiera alguna esperanza de hacer él lo mismo, pero desechó la idea tan pronto se dio cuenta lo absurdo de comparar ambas situaciones.

Estúpidamente, sabía que, de quererlo, podía conseguir un beso suyo. Sólo tendría que decirlo de forma clara y Felix lo haría. Un escueto e insípido beso que acabaría con una risilla que sonaría a mofa. No, no era cuestión de un mero beso, era cuestión de deseo. Cuando fantaseaba con agarrarle por la nuca y mantenerle fijo mientras aprovechaba los pocos centímetros de altura que le sacaba para plantarle un beso en sus labios entreabiertos, nunca era corto, comedido. Era violento, más como un insulto que una caricia, no era algo a lo que se pudiera responder con una risa. Y en cada iteración vislumbraba, una y otra y otra vez, la forma en la que su delicada mano se movía, torpe, hasta acabar rozando su cara. ¿Para, le decía? ¿Sigue, era acaso? A saber, porque nunca llegaba a fantasear con lo que venía después, como si le diera pánico que, hasta en sueños, Felix le mirara con rechazo por su osadía y por eso prefería dejar las repercusiones en el aire.

Así que se relegaría, como siempre, a mirarle a una distancia cautelar donde descubrir algún nuevo detalle en su persona sin que la cercanía le instara a explorarlo con el tacto. No es como si fuera a cansarse de mirarle embobado, a este paso en lo que le quedara de vida. Felix tenía ese aire de envejecer como el vino, convirtiendo los años que pasan en lecciones de elegancia y refinando su sabor al ir madurando hasta acabar siendo testimonio vivo de que, como la energía, la belleza nunca se pierde, se transforma. Ojalá estuviera ahí, pensó, cuando las arrugas en sus ojos no se alisaran al dejar de sonreír de oreja a oreja, cuando sus ojos se hundieran, sus refinadas manos se le fueran tornando toscas y su pelo pasara del rubio oxigenado al plateado de las canas. Si por él fuera, haría un reportaje a cada mancha que apareciera en el lienzo en blanco casi perfecto que era su piel, maldiciendo entre dientes la suerte que tenía el sol de poner lamerle hasta dejar perenne marca cuando él, en el más utópico de los escenarios, tendría que contentarse con dejarle una firma enrojecida que tardaría a lo sumo un par de días en desaparecer.

Incidentalmente, estaba meditando sobre lo bello que era hasta cada desperfecto de Felix cuando le vio torcer el gesto frente al espejo y alcanzar su base de maquillaje. Y como si le estuviera viendo encender un mechero peligrosamente cerca de un tanque de gas, cruzó la distancia en unas largas zancadas y le sujetó por la muñeca, impidiendo que volviera a llevar aquella esponja a sus mejillas una vez más.

—Para —fue lo único que le salió decir. Felix se había quedado sin palabras, desconcertado por aquel súbito arrebato, y subió y bajó la mirada un par de veces al firme agarre sin soltar más que aire por la boca. A la tercera o cuarta vez se le ocurrió que a lo mejor estaba siendo demasiado bruto, así que soltó el agarre, sin renunciar a apartar los dedos de él todavía. Soltó un quedo gruñido entre labios cerrados antes de musitar con un mohín—. Te estás tapando las pecas.

—Sí —contestó con simpleza, aún atónito por aquella desproporcionada reacción—, es lo que hago siempre. No quedan bien.

—Se supone que tienen que ser fotos casuales, ¿no? —su cerebro fue rápido en actuar esta vez.

—Tengo que estar presentable —argumentó, frunciendo el ceño y apartando la mano para librarse de los dedos que permanecían aún ahí, sin nada ya que hacer, y así señalarse con ella la zona entre ambas mejillas—. Y esto no es… bonito.

Hyunjin le miró intensamente con los labios tensos, luchando para no sisear que cómo se atrevía a decir aquello cuando tenía el rostro tatuado con las cicatrices que había dejado una lluvia de estrellas al caer, un millar de besos que el universo le había dado para que jamás olvidara que le habían bendito desde su creación.

—Lo que no es bonito es lo porculero que te vuelves con el tema—fue lo que acabó diciendo en su lugar mientras se daba la vuelta y volvía a absorberse en la pantalla de su teléfono—. Si sigues preparando todo y pretendiendo ir de punta en blanco va a perder la gracia y a mí me vas a hacer perder el tiempo. Venga, vamos.

Para bien o para mal, Felix dio por concluida aquella conversación y poco después se encaminó hacia donde estaba esperando él. Le echó un vistazo furtivo y suspiró aliviado al ver que le había hecho caso y sólo se había echado un par de gotas de colorete líquido para que no hubiera tantísimo contraste entre su piel y sus pecas. Hyunjin echó un último vistazo rápido a la habitación que ahora mismo estaba hecha una leonera entre sus propias cosas esparcidas por doquier, las de Felix acumuladas entre la cama y la mesa y sus sábanas hechas una obra de arte abstracto.

—A ver, por poder podríamos quitar las cosas de encima del escritorio, pero creo que esta pared está suficientemente bien como fondo, le dará algo de textura a la foto…

Se tiró un rato musitando, casi más para sí, reorganizando elementos y calculando el lugar preciso en el que debía colocarse para que la luz que entrara tuviera el ángulo y la altura justas para el retrato ideal. Cuando le dijo por segunda vez a Felix que se colocara y no lo hizo se dio la vuelta con las manos levantadas, a punto de espetar de malas maneras que qué le pasaba hoy a todo el mundo que parecía dispuesto a molestarle.

—Hyunjin, estamos en París —sonrió antes de abrir los brazos, abarcando el ventanal a sus espaldas desde el que entraba aquella odiosa luz demasiado blanca, que ahora mismo parecía no proyectar del sol, sino de su espalda, como alas— y tenemos un balcón con vistas directas al Sena y a la Torre Eiffel…

Le salió un audible chasquido de lengua, además de su manía de rodar los ojos cuando alguien decía algo que le sacaba de quicio. Se le quedó mirando en silencio un rato, como queriendo cerciorarse de que iba en serio lo de considerar digno ser acompañado en un retrato por un apestoso río donde fluían turbias aguas fecales y un prepotente monumento hecho de pura chatarra oxidada. Su clara respuesta la prefirió exponer dándole la espalda y abriendo de par en par la puerta a aquel balcón, arruinando el punto justo de calor que había guarecido hasta entonces la habitación. Bueno, no le quedaba más remedio…

—Que sepas que me encanta que tengas tantas ganas de hacerte una foto vestido entero de marca al lado de un símbolo fálico.

—¿Es lo único en lo que piensas cuando ves la Torre Eiffel? —preguntó tras mirar tras su hombro a lo que se refería con aquello y devolverle una expresión difícil de definir, pues estaba a caballo entre la risa y la incredulidad— ¿Qué parece un pene?

—Yo diría que es más bien un consolador —le corrigió mientras buscaba el encuadre adecuado, distraídamente—; por el tamaño y el material, de robots gigantes de combate.

La carcajada indecorosa que Felix trató de ahogar apretando los labios no duró ni un segundo, pero no fue lo suficientemente rápida como para escapar de ser cazada por su lente.

—Sí, claro, será eso —negó con la cabeza antes de recolocarse y tratar esta vez de poner una pose decente—. ¿Me he perdido alguna anécdota de tu vida donde expliques los trágicos sucesos que te llevaron a acabar detestando París?

—Ninguna —sacó la primera foto. Aburrida, metódica, insustancial, justo como a Felix le gustaban que fueran—. Es sólo que es una puta mierda de ciudad subida de ego, nada más.

—Es la ciudad del amor. Y la de las luces, y de la moda y del arte y de…

—Del amor a las ratas y a las palomas y al olor a aguas estancadas, sí. Una auténtica oda al gris.

—No eres nada romántico, Hyun.

Alzó una de sus espejas cejas negras, sin quitar la media sonrisa que llevaba aún en los labios. A lo mejor era cierto y él no estaba hecho para sentimentalismos, pero era una burda ironía de que justo fuera la voz de la persona a la que había rendido plenamente su corazón la que pronunciara aquello. Felix tenía la libertad de acusarle de no ser romántico porque no había sufrido en sus carnes la desgracia de ser amado por alguien tan intenso como él, ni había paseado siquiera un minuto por las tempestuosas corrientes de su mente, que traían su nombre con el vaivén en olas que lamían las orillas del deseo. ¿Para qué dedicar amor a edificios de fría piedra, a monumentos erguidos en conmemoración de eras ya pasadas, pudiendo dedicar su huraño corazón enteramente a él?

No, Felix, era París quien debiera enamorarse también de ti.

El silenció pendía en el aire tras negarse a replicar a aquello, centrándose meramente en continuar con su tarea de sacarle fotos y él en posar, lo cual le salía casi tan natural como el respirar. Aun así, no le parecía que era como siempre. Felix estaba indudablemente tenso y era como si lo cenizo de la ciudad estuviera robando sus pocos colores. Sabía que casi cualquier cosa valía con tal de que se viera su cara, su ropa y accesorios y sus estúpidas vistas a París, pero el perfeccionismo en él le impedían dejarlo estar sin más.

—Qué serio estás —musitó despreocupadamente un buen puñado de fotos más tarde.

—¿No tengo que estarlo? —se le frunció apenas un poco su tierno ceño.

—Me dijiste que buscaban algo casual, y casualmente tú no sueles estar así de serio casi que nunca.

—Eres consciente de que estoy haciendo esto por trabajo, ¿no? Estoy serio porque estoy siendo profesional, Hyunjin.

—¿Y tú eres consciente de que yo estoy haciendo esto como un favor y me estoy aburriendo ya?

—Solo me han pedido que suba un par de fotos con este outfit a redes y estoy seguro de que más de dos llevas ya —resopló, hastiado por aquella actitud que estaba teniendo. Andaba perdido mirando alrededor, cuando algo que se le cruzó por la mente le hizo cambiar la cara. Una chispa brilló en sus ojos y le cambio la expresión a una de ligera malicia. De no ser porque estaba con la mirada clavada en su rostro, pestañeando lo mínimo posible, habría pensado que era un sueño lo que vio, pero no. Había puesto una sonrisa pícara que se había lamido justo antes de decir, ocultándola con una máscara altanera—. Además, te encanta hacerme fotos.

—Muy agudo… —aceptó la derrota con una pequeña afirmación con la cabeza y un suspiro en el que se le escapó una risilla nerviosa, preguntándose si lo intuía o lo sabía.

—Hazlo a tu manera —su tono de voz había ido bajando, cada vez más y más grave y Hyunjin tuvo que hacer literalmente fuerza con su espalda para que el escalofrío que le amenazaba con recorrerle espina abajo no le dejara en evidencia.

—Las fotos que hago a mi manera, por lo que sea, no creo que sean del agrado del jefazo de una marca de lujo.

—¿Porque sólo se me va a ver la cara? —soltó una risotada que en otros labios habría sonado cruel y esta vez Hyunjin no tuvo más remedio que tragar saliva tan fuerte que debieron oírlo hasta al otro lado de la amplia calle. Felix sacudió la cabeza, el pendiente en su oreja tintineando como el cascabel de un gatito— No las hagas para nadie, entonces. El trabajo está hecho. Hazlas para ti, para mí.

Inocente, le había llamado antes, ¿verdad? Menuda inocencia más insincera la suya, que era capaz de llevarla y quitarla como un disfraz. Su angelical rostro no era sino la luz que te guiaba directa a las fauces de la bestia que cohabitaba aquel pequeño cuerpo suyo. Estúpido Hyunjin, no aprendes a no dejarte llevar por mucho que lo intentas.

Sin saber ya cómo transformar aquellos pensamientos difusos en algo que sonara al mismo tiempo adecuado y coherente, hizo lo que no solía y tan sólo lo dejó salir, sincero:

—No eres el Felix que quiero fotografiar. No así, no ahora, no con eso puesto.

—¿Así? ¿Con esto? ¿Cómo? No te entiendo, explícate.

—Tú lo has dicho. Estás en modo profesional de la moda y esa faceta tuya me… me… —levantó la mano y miró al suelo, boqueando en busca de la palabra correcta— ¡No sé! Es como si fueras otro, parece que no sabes ni sonreír cuando de normal lo difícil es no verte haciendo el tonto por ahí con los demás —enfadado, acabó en un grito, señalando de malas formas a las vistas—. ¡Y esta mierda de ciudad no ayuda!

—Hyunjin estás —se masajeó las sienes, soltando un largo suspiro antes de continuar su frase— alterado.

Su primer instinto fue el replicar a aquello diciendo que no podía cambiar de tema con tal de evitar admitir que algo le pasaba, pero hasta él mismo supo que era una excusa para ponerse a la defensiva y que llevaba razón. Así que se echó para atrás, cruzándose de brazos y respirando con fuerza, las líneas de su cuello tensas al apretar en demasía su mandíbula mientras asentía, una y otra vez, mirando a cualquier lado menos a su dirección. Todos se habían llevado algún mal gesto por su parte desde que salieron del aeropuerto, por alguna razón u otra. Eso era cierto y se sentía mal por ello, por supuesto, pero es que tampoco sabía hacerlo mejor cuando todo se le hacía demasiado. Y no iba a negar que la solución que se le había pasado por la cabeza era rogarle a Felix que se quedara con él, porque la única forma que sentía que genuinamente iba a ayudarle era dormir acurrucado en sus brazos y sentir aquellos largos dedos peinando su pelo. Pero no podía depender de Felix para todo y no iba a privarle de pasear por la ciudad que tantísima ilusión le hacía visitar, ni tampoco tenía siquiera el valor de pedirle algo que, siendo sinceros, era tan íntimo. ¿Con qué derecho se veía para pedirle a su amigo que le reconfortara de la forma que una pareja lo haría? No. Debía aprender a controlarse por su cuenta; aunque fuera de las maneras menos encantadoras, era preferible a depender de imposibles.

—¿Sabes? —volvió a hablar Felix, incapaz de mantener un silencio por demasiado tiempo— Esta mañana, cuando hemos llegado… Bueno, sabía que estabas exhausto y supuse que irías directamente a tu habitación a descansar, sí. Pero —soltó una risotada nerviosa, echando la mirada atrás, al tráfico parisino que iba y venía sin cesar, como sus pensamientos— te eché de menos. Todo el tiempo. No pude evitar pensar en ti cuando pasamos por delante de una tienda llena de cámaras de fotos, te hubiera encantado entrar y verlas; a lo mejor te habrías comprado una para usarla en el viaje. O cuando veía a los artistas dibujando retratos y acuarelas en las propias calles y me preguntaba si te habrás llevado tu material de dibujo para haber podido unirte a ellos. Incluso cuando Changbin me invitó a un crepe, fui a girarme para decirte que lo probaras. Oh, y cuando fuimos en barco por el Sena y Han nos dijo que lo que teníamos delante era el Museo de Orsay… ¡Era enorme, Hyunjin! ¿Te haces a la idea de la de cuadros de Monet que podrá haber ahí dentro? Durante instante, hubiera jurado que estábamos ahí: tú me ibas guiando por las salas del museo y me contabas todo lo que sabías de esos cuadros impresionistas que tanto te encantan.

—Felix…

—Ya sé que estabas demasiado, bueno, ahora veo que agobiado para venir. No digo esto para hacerte sentir mal. Es sólo que, aunque esté el resto, si no estás tú… no es lo mismo. ¿Echas de menos al Felix de siempre? Bueno, yo te he echado de menos a ti. Así creo que estamos en igualdad de condiciones, ¿no crees?

Hyunjin se esforzó en volver a mirarle a los ojos con fijeza a pesar de que aquellas palabras le habían hecho arder las mejillas, que trató torpemente de encubrir llevando su mano libre a la boca.  El mero hecho de pensar que Felix no sólo le escuchaba, sino que recordaba le hizo sentir amado. Y ahora, era su propio cerebro el cine donde se proyectaba aquella visión. Era imposible saber con exactitud lo que vio él, pero para Hyunjin los planos de aquella película eran de sus manos entrelazadas, de aquella boca entreabierta de asombro y sus ojos perdiéndose en los colores de las miles de pinceladas maestras, de los propios mirándole a él y sólo a él, del momento de valentía que le hizo dar un pequeño paso para así besarle rodeados de campos de amapolas y girasoles y nenúfares y lilas y almendros en flor.

Joder, si pudiera, si tan sólo pudiera, le pediría que fuera suyo, enteramente suyo. Vivir en sus brazos, viajar a su boca cuando deseara, ser fuente y reflejo de sus risas. ¿Quién sino él iba a entenderle, a sostenerle entero, a hacerle sentir en calma? Si las circunstancias -y la propia sociedad- se lo permitieran, le pediría que le guardara un asiento a su lado en la película del resto de sus días.

—Te acuerdas de todo eso —musitó de una forma casi inaudible tras su mano.

—Claro que me acuerdo, Hyun. Eres importante para mí.

—¿Cómo de importante? —apartó de golpe la mano y dio un valiente paso adelante— Sé sincero, Felix, ¿cómo de importante?

Aquella pregunta pareció dejarle totalmente desconcertado, ya que cambió la expresión que hasta ahora había sido dulce y casi melancólica a otra de sorpresa y puede que un poco de miedo, de ansiedad. Por una vez, una, fue él quien rompió el contacto visual, huyendo cobarde de lo intenso de sus ojos negros.

—Eres importante, como el resto también son importantes y…

—¡Pues si soy tan importante como el resto entonces no soy importante! —vociferó levantando las comisuras como en un gruñido. Sí, era muy egoísta por su parte haber dicho eso, pero no podía evitar ser egoísta en este momento. No podía pretender que le valía con recibir sólo una parte distributiva del amor de Felix, no cuando el suyo era como el aire de sus pulmones, como la tinta de su pluma.

—Eso no es lo que he dicho —replicó él, negando con la cabeza, tratando de mantener la cabeza fría entre los dos.

—No te estoy preguntando por tu opinión esterilizada para que pueda ser posteada en redes y nadie se sienta ofendido, Felix, te estoy pidiendo que seas sincero conmigo ahora. Y si tu respuesta es que sólo soy un miembro más del grupo, entonces lo siento, pero esta conversación se ha acabado por mi parte.

—Pues, si esto es lo que necesitas escuchar: no, no eres uno más, Hyunjin —hincándole una mirada que revelaba que tenía todas sus defensas bajadas, echó la mano hacia atrás, al paisaje a sus espaldas—. Y eres plenamente consciente de eso, aunque sólo sea porque no estoy ahí fuera paseando por París con ellos sino aquí, contigo.

—Di por hecho que habíais vuelto todos aquí a comer o algo —se defendió, rascándose el cuello. Un movimiento en su otra mano le recordó que aún llevaba el móvil en ella—. Y tú viniste aquí por trabajo, tú mismo lo has dicho.

—Vine porque Lee Know me dijo que iba a estropear mis primeros recuerdos de París si iba a pasarme el día mirando al móvil esperando ver una notificación tuya o mirando detrás de mi hombro esperando que no me pillaras por sorpresa cuando aparecieras —su dilapidaría sinceridad era abrumadora y casi una marca de la casa, puesto que Felix no era una persona a la que le fuera fácil esconderse, de ninguna de las formas posibles: ni en cuerpo, ni en mente, ni en corazón—. Sabes perfectamente que, al final, lo de las fotos ha sido una excusa para venir aquí a verte para ver cómo estabas y si conseguía animarte lo suficiente para que te unieras.

—Hubieras hecho eso con el resto también —se mintió a sí mismo, aterrado de estar leyendo demasiado entre aquellas líneas y que los latidos que sentía en la garganta fueran por una ilusión ciega que iba a acabar haciéndole más daño que cualquier anhelo no recíproco.

—¿Buscar su mirada entre las de una multitud en la que sé perfectamente que no está? —soltó una risa, negando con la cabeza— Los quiero, pero no tanto. No de ese modo.

Los recuerdos de Hyunjin se sucedieron como fotogramas a gran velocidad. Cada momento en el que se había sentido perdido, inseguro, temeroso, incapaz, abrumado, insuficiente… Daba igual cuánta gente hubiera alrededor o lo que hubiera llegado a alejarse de él, siempre, siempre buscaba desesperado conectar su mirada a la de Felix. Nunca se había planteado que, si cuando sus ojos le buscaban eran capaces de encontrar una y otra vez los suyos, debía ser porque él le había estado buscando también. Y ahora, todas aquellas memorias que para él eran angustiosas llamadas de auxilio a la persona que era el ungüento a su dolor, se repetían como momentos donde los fantasmas de ambos se quedaban quietos en el tiempo y el espacio, lanzando sus brazos y sus manos a la dirección del otro para buscar apenas un roce que les dijera que todo iba a ir bien.

La falsa memoria del fantasma de Felix completamente solo en medio de una inmensa ciudad en blanco y negro, intentando atrapar con sus dedos los dedos de alguien que no estaba ahí le hizo soltar una lágrima que se deslizó, titilante, por su mejilla.

—¿De qué modo me quieres a mí, entonces? —musitó, mandando a la mierda su habitual pánico por mirarle demasiado fijamente y la cantinela que tanto le habían dado con eso de no preguntar por lo obvio.

Se tomó un segundo, mirando hacia arriba, al cielo plomizo que tenía sobre su cabeza, que no sabía si amenazar con litros y litros de triste lluvia o deshacerse en nubes para dar paso a un avasallador sol blanco. Cerrando los ojos, tomó aire hasta el fondo de sus pulmones y agarró la barandilla con fuerza a ambos lados de su cuerpo, mientras las gotas comenzaron a impactar contra su rostro adónico.

—Como si no tuviera sentido llamar a París “la ciudad del amor” si no estás conmigo para descubrirla.

Parecía estar en absoluta paz con el agua en su cara y el viento gélido enrojeciendo sus labios y mejillas. Por eso se sintió hasta mal cuando el súbito ruido seco que sonó al dejar caer el móvil al suelo le sobresaltó entero. No le dio tiempo ni a preguntar porque, como una exhalación, se movió hasta donde estaba él, en línea recta, sin mutar su expresión ni decir lo más mínimo. Aquel balcón era pequeño, pero hubiera sido suficiente para dos, de no ser porque no vino a dejarle espacio. No paró hasta que sus rodillas chocaron con las del otro y casi chocaron sus cabezas. Tampoco medió palabra ni puso alguna expresión particular en su rostro cuando lanzó las manos sobre las de Felix y apretó sus dedos contra ellas y la fría y áspera barandilla de forja, ni cuando colocó su frente contra la suya y se movió un poco, enredando los mechones de pelo rubios con los negros. La lluvia acució en esos segundos hasta tornarse aguacero, que les hubiera forzado a buscar refugio en otro momento, pero que, ahora, les fue empapando gota a gota. Hyunjin le miraba con una intensidad preocupante, Felix se mantenía sereno con los labios entreabiertos, pintados en un claroscuro casi perfecto. Aquella calma pareció sacarle de quicio y se pegó todo lo posible a su cuerpo y siguió echándose adelante, empujándole hasta dejarle con medio cuerpo fuera y la espalda tan arqueada como le fue posible. La lluvia caía y caía, entre el cielo y el suelo sólo ellos y el agua incesante y el aroma a petricor. Sus redondos ojos de presa se movieron rápidamente por todo su rostro, buscando algún tipo de explicación o señal, sin un ápice de miedo y acabaron por pronunciar mudamente su nombre.

—Todos los días, a todas las horas, cada minuto y cada segundo, me esfuerzo en controlarme. Por quien soy, por lo que hago, pero también por las cosas que me haces sentir. Te asustaría saber las cosas que me haces sentir. Pero a mí me asusta perderte. Perder a la única persona que jamás me ha hecho sentir que era demasiado y en cuyos brazos me he sentido en paz. Felix, he renunciado a tenerte con tal de mantenerte cerca. No puedes pedirme que me controle y a la vez abrir la jaula de todo lo que siento por ti.

—Nunca te he pedido que te controles, Hyunjin —deslizó las manos bajo las suyas y las apartó de la barandilla y las elevó hasta sostenerle delicadamente el rostro entre ellas, sus yemas apenas rozando los empapados mechones arremolinados alrededor, mirándole con devoción—, y no pienso empezar a hacerlo.

Ninguno y todos sus sueños empezaban así, pero esta fue la primera vez que hubo una continuación una vez que sus manos le rozaron.

Felix atrapó a Hyunjin, entre sus dedos, entre sus labios. Le besó con una delicadeza imposible, invitándole a respirar a su ritmo, a encontrar una palabra para describir su sabor, a descansar en sus mullidos labios y a parar las manecillas del reloj para pender aquel momento el tiempo que considerara necesario. Había amansado las bestias de la duda con sólo un gesto y ahora el mundo alrededor se desdibujaba hasta desaparecer en acordes y flashes y pliegues y versos y pinceladas de colores que se arremolinaban entre ellos. Los dedos de Hyunjin se curvaron aún más alrededor de la resbaladiza barandilla, asiéndola con una fuerza que hubiera roto cosas menos resistentes en dos. La dulzura de aquel beso, ambrosía condensada como el rocío en aquella boca, se le hacía insuficiente. Acababa de darle la primera dosis de bienvenida a su nueva adicción y la dependencia recorriendo sus venas le pedía más que sólo un gramo. Deslizó su lengua como una serpiente y buscó la suya, enredándose en ella, empujándola y lamiendo su paladar a su vuelta. Estaba tan cerca que sintió en toda su persona cómo se estremeció con aquello y cómo le robó el aliento y se aguantó soltar un gemido, cambiándolo en su lugar por el susurro más desesperado y embelesado de su nombre. Incapaz de soportar no estar tocándole entero, apartó las manos de su apoyo, salpicando por doquier las gotas que habían reposado sobre y bajo ellas, y le sujetó la cabeza para poder ahondar en él y hundirse en el tacto de su sedoso pelo mojado, sus caderas moviéndose contra las de Felix, que no tardó en seguirle el ritmo y recordarle que no era el único que sabía cómo jugar a aquel juego. Estaba extasiado besándole una y otra vez la perfecta forma de arco de Cupido de su labio superior cuando notó sus dientes capturando y apretando con poca medida su propio labio inferior. Y Hyunjin no fue tan reservado como para practicar el recato y no dejar que saliera de su garganta un rasposo sonido de placer. Felix dejó de apretar, pero no le soltó, sino que, cuando se recuperó de la impresión de haberle arrancado aquel sonido tan explícito, volvió a hacerlo -con algo menos de fuerza esta vez-, antes de sorberlo y lamerlo y volver a besarle, cada vez más indecentemente. No era suficiente, pensaba Hyunjin, y tal vez nunca sería suficiente, se respondía a sí mismo, cuando le pasó una mano por los hombros y el otro por su baja espalda y le dio la vuelta y le fue empujando hasta que chocó contra la pared. Su mente no dejaba de enumerar todo lo que tendría que soportar no hacer en el ojo público y lo que tendría que aguantarse estando a su lado. Sus manos buscaron la parte trasera de sus muslos y los palmeó antes de cogerle en peso y subirle hasta que pudiera cruzar las piernas alrededor de su cintura. Felix ahora le sujetaba por los hombros y sus uñas arañaban la tela de su camisa sin permitir que ni su propia necesidad de respirar le privara de seguir besándole como si no hubiera un mañana. Estaban totalmente empapados de cabeza a pies y no parecía siquiera que se dieran cuenta o les importara lo más mínimo. Nada, ahora mismo, que no estuviera en explícito contacto con sus labios le importaba lo más mínimo, incluido el propio universo en el que habitaban.

En algún punto, la boca de Hyunjin se separó de la suya, mandando besos primero por sus hermosas mejillas, luego por aquella redondeada mandíbula y finalmente, tentativamente por la parte alta de su cuello. La respiración de Felix se tiñó de placer, su aliento enarbolado saliendo en visibles volutas por una boca que no quería cerrarse en caso de que él quisiera volver adentro. Se le quedó mirando desde abajo, respirando contra su nuez sin tampoco tener el menor problema que se le notara que estaba desesperado por más. Mil y una veces le había mirado hasta perderse en su belleza y sabía que tras esto habría mil más, con una aconteciendo en estos preciosos instantes.

—Felix —por enésima le llamó y aquel ángel bajó la mirada y el rostro hasta enfrentar el suyo. De algún modo, durante toda aquel aguacero, el sol no había dejado de brillar ni un instante y ahora estaba reflectándose iridiscente en las perlas de agua que caían de sus mechones, en el brillo de sus ojillos empapados de deseo y en la saliva que humedecía sus labios rúbeos y henchidos de tanto besar. No se cortó en mirarle, libre de juicios propios o ajenos, en silencio, en plena admiración, enamorado hasta la médula—, quiero tocarte y besarte en cada estúpido rincón de París.

—Bueno, Hyunjin —contestó con una arrebatadora sonrisa que era el propio núcleo de su existencia—, París puede esperar a que primero toques y beses cada uno de mis rincones.

Le salió al instante una carcajada que el viento se llevó más allá del Sena junto con la de su amado. Abrazados y mojados y tratando de buscar el modo de no dejar de besarse, escaparon de la lluvia y se volvieron al calor de la habitación, donde no tardaron en deshacerse de la pesada e innecesaria ropa y llevar las caricias y los besos más abajo. La desnudez era una honesta delatora y les demostró que todo anhelo que hubieran sentido era más que sólo mutuo, pues se había visto enardecido al sentir el del otro. Las novelas románticas siempre narraban los encuentros en París consumándose en parejas semiocultas bajo las sábanas haciendo el amor muy lento en noches de luna llena; lo suyo ni fue así ni pudo haber sido, porque se les habría quedado corto. No, ellos se tenían demasiadas ganas para ir despacio o moverse de forma comedida o guardar recato alguno. Lo suyo fue un follar ávido, intenso y sucio, que repitieron y repitieron hasta que el sol se cansó de iluminarles y decidió tomarse un descanso que ellos aún no sentían que les había llegado. Cuando al fin abandonaron la cama, Felix le convenció para que se tomaran un relajante baño de burbujas y tuvo también la idea de traer un trozo de Francia a su recién construido nido pidiendo una botella del mejor vino al servicio de habitaciones. A Hyunjin no es que le supiera tan especial, mucho menos para lo que había costado, pero ver su copa derramar el rojo líquido en el agua cuando se reía a carcajadas o cuando se movió contra él demasiado fuerte y él se deshizo de placer, le hizo apreciar su verdadero valor. La única fuerza que pudo parar al fin su maratón fue la más imperiosa de las necesidades humanas: el hambre. No se había dado cuenta hasta que el rugido de sus tripas les asustó a ambos, pero Hyunjin no había comido nada en lo que llevaba de día, y todo aquel ejercicio extra le había dado aún más hambre si cabe. Así que, se vistieron y salieron del hotel a hurtadillas, entre risitas, como si fueran adolescentes escapando de sus padres para ir a una fiesta más que prohibida.

Sus manos firmemente entrelazadas se movían en un vaivén entre ambos, mientras volvían de una bien merecida y copiosa cena, paseando tranquilamente por los Campos Elíseos envueltos por luz de luna y cháchara banal. La gente pasaba a su lado sin dedicarles miradas ni hacer comentarios, de vuelta a sus hogares o de paseo como ellos, y era más que tan sólo liberador: era una muestra de que existía una realidad donde no tenía que fingir y actuar y controlar, donde no estaban rodeados de cámaras, donde estar juntos no era un pecado inconcebible. Su usual ansiedad acuciante ahora mismo se había visto relegada a poco más que ligero zumbido que apenas podía escucharse bajo la melodía galopante de su corazón satisfecho.

—¡Hyunjin! —exclamó Felix de pronto cuando pasaron por un enorme y majestuoso puente, tirando impetuosamente de su mano un par de veces, señalando con la otra— ¡Es el espectáculo de luces de la Torre Eiffel! ¿Ves? ¡Te dije que es preciosa!

Miró arriba, a aquella edificación que se alzaba muy por encima del resto de edificios de la zona, que ahora titilaba con un espectáculo de luces que la hacían resplandecer como si no estuviera hecha de metal, sino de oro y millones de cristales. Sus ojos se desviaron al chico a su lado, que admiraba aquella visión con una sonrisa de oreja a oreja, como si fuera un niño pequeño. Entrecerrando los ojos, sonrió con amor.

—Sí —contestó Hyunjin en un susurro, levantando sus manos para depositar un beso en el dorso de la suya—, es lo más bonito que he visto nunca, Felix.

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