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Los delgados y delicados dedos se deslizan a través de la tela y contra la tibia piel, con la misma suavidad con la que se pule una copa de cristal, acarician y cuidan de no despertar al hombre bajo él. La respiración lenta y tranquila de su pareja lo mantenía absorto en su labor, dispuesto a tocar cada zona sin inmutarlo.
El pelinegro acarició cada abdominal, uno por uno, subiendo con parsimonia por el pecho hasta alcanzar los pectorales. Sonrió, como si de un premio se tratase, y dejó reposar su mano allí por un momento antes de levantar la vista. Su esposo seguía en un profundo sueño, despreocupado y completamente ajeno a las intenciones de un muy despierto Mù Qíng.
Contadas eran las noches en las que el joven príncipe se encontraba en esta situación, sufrir de insomnio no era normal para él en lo absoluto. Menos si se trataba de una interrupción de sueño tan abrupta como esta.
Hace apenas un par de horas, luego de un par de quejas, logró arrastrar a Péi Míng consigo, desde su oficina hasta la cama para compartir el sueño con el otro. Pero de la misma forma que entre los brazos de su pareja había caído dormido, así mismo despertó, sin conciliar el sueño una vez más; lo que lo había llevado hasta el ahora, distraído entre la belleza muscular que el otro poseía.
Observando la calmada expresión, se removió desde su lugar, usando como apoyo sus manos, se acercó aún más. Admirando cada facción en el rostro de Péi Míng, desde su perfilada nariz hasta la forma de su mandíbula relajada al descansar.
Levantó su mano y acarició las mejillas de su pareja, apenas un sutil roce, y fue en ese instante de quietud cuando un calor ajeno al clima de la habitación comenzó a instalarse en su pecho.
A Mù Qíng nunca le había gustado la idea de tener debilidades; en su posición, cualquier grieta en su armadura significaba peligro. Sin embargo, contemplando la absoluta paz del contrario, tuvo que admitir la verdad que tanto intentaba callar durante el día: Péi Míng era ahora su debilidad más grande, y por primera vez en su vida, no le importaba.
Al delinear esos labios que tanto lo provocaban, sintió unas ganas genuinas de inclinarse y besarlo con ternura, un gesto libre de escudos y orgullo, solo para sellar el amor que se permitía sentir por él cuando nadie más miraba.
──¿Te gusta lo que ves? ──Mù Qíng se detuvo en seco al oír aquella voz ronca, su vista subiendo directo a los orbes magenta que lo observaban tan descaradamente──. Si realmente te gusta, solo deberías pedirlo. No hay necesidad de adorarme en secreto.
Con un carmín furioso pintando su rostro debido a la vergüenza, la primera reacción del príncipe fue lanzarle una almohada directo a la cara del gobernador, intentando huir de la situación y de la habitación. No obstante, Péi Míng atrapó el cojín y justo antes de que Mù Qíng se diera a la fuga, tomó su muñeca y tiró de él hasta tumbarlo de vuelta en la cama.
Sin perder un segundo, los brazos rodearon la cintura del pelinegro, atrapandolo contra él sin darle espacio para escapar.
──Xiao Qing, ¿a dónde vas? Estabas muy concentrado hace un momento, ¿por qué de repente te escondes de mí?
Mù Qíng desvío la mirada, mordiendo sus labios mientras se tragaba la vergüenza de haber sido descubierto tan tontamente. Al no tener respuesta, Péi Míng continuó, acercándose al oído del príncipe.
──Está bien, baobei, guarda silencio ahora... pero no te quejes si más tarde soy yo quien te deja sin aliento y te obliga a hacer ruido.
Con el aliento ajeno calentando sus orejas, Mù Qíng finalmente cedió, su pulso se le aceleró tanto que temió que el hombre frente a él pudiera escucharlo.
──Eres un sinvergüenza ──murmuró, devolviéndole la mirada mientras su mano tomaba el cuello de su pareja y lo arrastraba a un suave beso.
Hubo apenas una pausa de sorpresa en Péi Míng antes de que este correspondiera con el mismo cariño. Sin embargo, el gobernador no era hombre de quedarse conforme con la superficie; la calidez del príncipe lo invitó a profundizar, ladeando el rostro para aprisionar los labios de Mù Qíng con una lentitud que derretía y reclamaba a la vez.
Sintiendo que el control de la situación ─y el aire de sus pulmones─ se le escapaba de las manos una vez más, Mù Qíng apoyó una palma firme contra el pecho musculoso, empujándolo lo suficiente para romper el contacto, aunque sus ojos brillantes y sus labios entreabiertos pedían lo contrario.
Péi Míng sonrió sobre sus labios, atrapando la mano que intentaba apartarlo para besarle los nudillos.
──Puedo ser mucho más que eso ──susurró contra su piel, sus ojos magenta fijos en él con una devoción tan honesta que disipó cualquier rastro de burla.
Aún con las mejillas calientes, Mù Qíng solo pudo suspirar, dejándose caer completamente sobre su esposo para finalmente abrazarlo.
──¿Cuánto tiempo llevabas despierto? ──preguntó, mientras su mano libre trazaba figuras sobre la tela de la túnica impropia.
──Lo suficiente como para saber lo mucho que me deseas.
──¡Péi Míng! ──regañó el príncipe, recibiendo una carcajada y un beso sobre su cabello por parte de su pareja.
El gobernador permaneció allí, su risa vibró un momento mientras dejaba que el sutil aroma a flores del cabello de Mù Qíng llenara sus fosas nasales.
──Xiao Qing no tiene de qué avergonzarse, no es el único que se pierde admirando al otro ──concluyó Péi Míng, su voz perdiendo parte de la burla para volverse extrañamente suave──. Llevo despierto desde que tus dedos tocaron mi pecho, y créeme, habría dejado que me adoraras toda la noche si eso significaba tenerte así de cerca.
El príncipe se tensó un segundo, sorprendido por la repentina honestidad. Intentó protestar, buscar alguna réplica para defenderse de tanta cursilería, pero los brazos de Péi Míng se cerraron aún más a su alrededor, en un gesto cálido y seguro.
──No busques más escudos ──pidió él, besando su frente──. Ya me mostraste lo que hay detrás, quédate así solo un poco más.
