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El zumbido constante de los neumáticos contra el asfalto de la carretera se le estaba metiendo a Eddie debajo de la piel como el olor del aire acondicionado penetraba con intensidad sus fosas nasales. Tenía la vista fija en la ventana del copiloto, viendo pasar los pocos árboles de la orilla y la maleza borrosa, pero en realidad no estaba mirando nada. Tenía la mandíbula tan apretada que sentía una punzada sorda cerca del oído.
Habían salido de la casa como un torbellino de portazos y pisadas pesadas intentando, a pesar de todo, no llegar más tarde de lo que ya se habían retrasado. Ahora, el espacio dentro del auto se sentía tan claustrofóbico que Eddie sentía que el aire apenas le llegaba a los pulmones.
—No tuviste que haber hecho eso, Buck. —Su propia voz sonó extraña en sus oídos: demasiado baja, demasiado controlada. Era el tono que usaba cuando Edmundo Díaz tomaba control de su interior e intentaba contener un volcán activo.
—Eddie, por favor, solo escúchame... —Buck rebasó un auto con un movimiento un poco más brusco de lo normal. Eddie vio de reojo cómo sus manos, habitualmente firmes y seguras, se aferraban al volante con tanta fuerza que los nudillos se le habían vuelto blancos. —Christopher estaba mal. El castigo de tres semanas sin salir era demasiado por una mala nota en un proyecto donde el resto de su grupo ni siquiera trabajó, nosotros sabemos que él se esforzó, ambos lo vimos.
Eddie giró la cabeza despacio, clavando la mirada en el perfil de Buck. Sentia una mezcla ardiente de enojo y una decepcion punzante que le escocia en el pecho.
—Buck, Christopher ha empezado a llevar una mala racha en sus estudios. Sus calificaciones comienzan a bajar y tú lo sabes.
—Es un adolescente, Eddie, es casi normal que cosas como esas pasen, Chris es un excelente niño pero no podemos exigirle perfección... Sabes cómo termina eso.
—¡Bien! ¡Pero ese no es el punto! —Esta vez no pudo evitar que el tono se le escapara un poco más fuerte. —El punto es que yo le dije que no. Soy su padre, Buck. Yo tomé una decisión que él tenía que respetar. Y tú esperaste a que yo saliera de casa para decirle: "Claro, Chris, ve con tus amigos, disfruta y olvida que tus acciones tienen consecuencias". Lo hiciste a mis espaldas.
—¡No lo hice a tus espaldas! Y ya te dije que las cosas no fueron así—Buck desvió los ojos de la carretera solo un milisegundo para mirarlo, y Eddie vio el brillo de la frustración genuina en sus ojos azules antes de que regresara la vista al frente. —Él me lo pidió casi llorando, Eddie. Estaba frustrado, dijo que últimamente pareces estar siempre enojado con él, siente que no confías en él. Además él nunca me dijo que ya te había pedido permiso a ti primero. Solo intenté... intenté equilibrar las cosas. Fui el policía bueno, está bien, lo siento. Pero pensé que teníamos la confianza para esto.
¿Confianza? La palabra resonó en la cabeza de Eddie, torciéndose en algo amargo.
Eddie sabía perfectamente lo que era criar a un hijo solo. Recordaba los años de absoluto terror, las noches en vela preguntándose si lo estaba arruinando todo. Había dejado entrar a Buck en esa burbuja sagrada porque confiaba en él más que en nadie en el mundo. Pero ver esa estructura tambalearse le disparaba todas las alarmas de pánico. Si no controlaba la situación, todo se saldría del eje. Ya hubo un tiempo donde había arruinado todo con Chris, no quería que eso se repitiera.
—¿Confianza? —Eddie soltó una risa seca, que le supo a ceniza. —Confianza es que si yo impongo una regla en mi casa con mi hijo, mi pareja la respalde. No que la desmantele y me bastante la autoridad en cuanto me doy la vuelta porque no soportas ver a Christopher molesto contigo.
En cuanto las palabras salieron de su boca, Eddie sintió un vuelco en el estómago. Supo que se había pasado de la raya. Vio el momento exacto en que el golpe impactó en Buck: sus hombros se tensaron aún más, su pecho subió y bajó en una respiración entrecortada, la lamentable postura encorvada de su espalda volviéndose recta y rígida, y apretó los dientes de una forma que a Eddie le dolió ver.
—"Tu casa"? ¿"Tu hijo"? —La voz de Buck ya no era alta. Bajó a un susurro herido, tembloroso, el tipo de tono que a Eddie siempre le destruía las defensas. Buck activó la direccional y cambió al carril derecho con una brusquedad que delataba cuánto le temblaban las manos. —Vaya. Qué bien saber exactamente dónde estoy parado, Eddie.
Eddie se petrificó. Quiso estirar la mano, tocarle el hombro, el muslo o tomar una de sus manos entre la suya, decirle que borrara esas malditas palabras. La había cagado, sí, pero el orgullo y el residuo de la rabia lo mantuvieron clavado en su asiento.
—Sabes perfectamente a qué me refiero, no cambies el tema solo...
—No, no lo cambio —lo interrumpió Buck, y Eddie pudo notar el dolor crudo tiñendo cada silla.— Claro, llevamos solo meses de novios pero llevamos años en esto, años siendo una familia. Limpio esa casa, cocinando para él, estoy ahí para ti, lo busco cuando tú no puedes, estoy en su maldito testamento en el que tú decides ponerme, ¡Mierda! Pero, por supuesto, ahora en el momento en que cometo un error de juicio porque intenté que no pasara un mal rato o que no te señalará como su falso enemigo, ¿vuelvo a ser solo el amigo de papá? ¿El que solo está ahí y no tiene derecho a opinar?
El silencio que siguió cayó sobre Eddie como una tonelada de plomo. Miró fijamente el perfil de Buck.
Confeccionaba mentalmente mil respuestas defensivas, pero ninguna salía. Porque Buck tenía razón. Buck no era un extraño entrometido, nunca lo fue; era el hombre que se había echado a su familia al hombro una y otra vez desde el principio de todo. Sin juzgar a Eddie por necesitar ayuda y no ser suficiente, simplemente siendo el eterno apoyo.
Eddie estiró su mano para bajar la intensidad del aire acondicionado mientras su enojo empezó a transformarse en esa vieja y conocida culpa pesada. No era que Buck quisiera sabotearlo. Era que Eddie tenía tanto miedo de perder el control de la crianza de un adolescente, como una vez lo perdió con un bebé, que se arremetía contra la persona que más lo apoyaba.
—Christopher la está pasando mal en la escuela, Buck —dijo Eddie. Su voz ya no tenía la dureza militar de antes; ahora sonaba cansada, casi suplicante, desinflada por la culpa. Se frotó el puente de la nariz, sintiendo el peso del viaje. —Si no somos un frente unido, él va a encontrar las grietas y se va a metro por ahí. No puedo... no puedo hacer esto si me quitas la autoridad frente a él. Me haces quedar como el malo de la historia, y ya siento que lo soy más de la mitad del tiempo con él, no quiero serlo contigo también.
Confesar eso último le costó, pero ver la postura de Buck ablandarse un poco valió la pena.
—Cuando le cedí el permiso a Chris le dije que tú estarías de acuerdo porque era importante que conviviera con sus amigos fuera de casa y la escuela. Yo nunca te dejaría como el malo. —murmuró Buck. La rabia se había evaporado de su lado del auto, dejando solo un cansancio idéntico al de Eddie. Mantenía los ojos fijos en el asfalto igual que él, pero su agarre en el volante finalmente se relajó. —Solo... odio cuando eres tan duro con él. Y supongo que me dolio que asumieras que lo hice para fastidiarte, cuando solo arreglar queríale un mal día y aliviar las cosas entre ustedes. Claramente no lo hice bien.
Eddie volvió a mirar por la ventana, pero esta vez la opresión en su pecho era distinta. Ya no era furia; era la incómoda realización de que tenía que aprender a compartir el peso de ser padre, incluso cuando daba miedo.
El indicador del GPS marcaba que aún les quedaban veinticinco minutos de carretera, y Eddie nunca había deseado tanto llegar a su destino solo para poder apagar el motor y abrazar al hombre que iba manejando. Quería besar a Buck y disculparse por ser un idiota y haber iniciado esa estúpida discusión.
Eddie pasó lo que sintió como horas debatiendo consigo mismo que hacer, habían caído en un silencio que parecía que ninguno de los dos podía o sabía cómo romper. Con la voz de ambos apagada Eddie pudo oír la leve melodía que la radio del auto reproducía era aún más baja que el sonido del auto en movimiento. Vió el número de la emisora, casi nunca dejaban la radio abierta pues siempre Buck conectaba su teléfono o el de Eddie y juntos decidieron qué música poner dependiendo del día y la hora. Hoy no fue así.
Su vista pasó de la radio en el tablero al aromatizante en forma de T rex con olor a limón que colgada del retrovisor. No sólo su mente divagaba, sus ojos también buscaban refugio. Aún con su vista a la altura del parabrisas fue muy tarde cuando al llegar a una curva Eddie vio el camión de carga venir en su dirección.
—Buck..!
Eddie recuerda como la reacción de Buck fueron puros reflejos, sus manos se tensaron contra el volante reaccionando y pisó el acelerador hasta el fondo pero delante de ellos iba un auto azul que provocó que Buck diera un movimiento brusco intentando esquivarlo también solo dando como resultado que se salieran del camino.
Con sus ojos cerrados solo tiene grabados los espeluznantes sonidos propios de un accidente de tráfico. Chirrido de frenos, bocinas lejanas, vidrios quebrandose, metales retorciéndose y estruendos que iban al compás de la inercia.
Para Eddie, el mundo dejó de tener un arriba y un abajo; se convierte en una licuadora de metal crujiendo, el olor acre y químico de las bolsas de aire desplegándose inútilmente, y el dolor agudo del cinturón de seguridad clavándose en su clavícula como una barra de hierro.
Todo fue demasiado rápido y en algún punto la oscuridad los abrazó. El mundo se detuvo. No sabe cuánto tiempo paso desconectado, inconsciente.
Al despertar solo había un silencio sepulcral, roto solo por el siseo del radiador roto y el pitido ensordecedor que se instaló en sus oídos. Eddie parpadeó, con la vista nublada por un velo gris. El olor a pólvora quemada de las bolsas de aire le llenaba la nariz. Intentó respirar, pero el pecho le ardía.
Trató de despejarse. Le tomó tres segundos enteros recordar dónde estaba, quién era y con quién estaba. Delante de ellos no estaba la carretera, solamente vegetación que se pintaba con la puesta de sol.
Por un milagro el auto había logrado quedarse sobre las 4 ruedas, estaba destrozado, pero estable.
Analiza la escena. Evalúa daños. La experiencia militar y de sus años en el LAFD resonó en su cabeza, flotando por encima de la neblina del choque.
Sintió un goteo cálido bajando por su sensación derecha. Su respiración era difícil, podría tener unas costillas rotas. Eddie sabía que tras un mecanismo de lesión de alto impacto la regla número uno, la sagrada, la que él mismo le ha repetido a los novatos, era no moverse. Podría tener una lesión en la columna vertebral. Una cervical inestable que, con un mal giro, podría dejarlo paralítico. Debía esperar a que el equipo de rescate llegara.
Pero entonces, miró a su izquierda.
Buck estaba desplomado en su asiento, con el cinturón cruzando su torso y la bolsa de aire delante de él desinflada. Su cabeza colgaba hacia un lado, con un camino espeso de sangre brotando de su frente y un hilo persistente chorreaba desde su boca ambos manchando su rostro. Él tenía los ojos cerrados. Sus hermosos ojos azules.
—¿Buck? —El nombre salió de la garganta de Eddie como un graznido seco. —¡Buck!
Ninguna respuesta. Elevó sus dedos directo a él buscando los latidos de su corazón mientras sentía que el suyo se detenía. Y... Ahí estaba, Buck tenía pulso, estaba vivo.
Eddie parpadeo y tomó un par de respiraciones. Movió sus pies con éxito y también sus piernas, el hecho que se pudiera mover era grandioso, pues sus extremidades respondían bien y sus piernas no estaban atoradas.
Regresó su vista a Buck y prestó atención. El pecho de Buck subía y bajaba con una respiración superficial, se veía que le costaba y luchaba por hacerlo, pero sus manos ya no sostenían el volante; colgaban inertes a los lados.
A lo lejos, muy arriba en la carretera, el eco distorsionado de vehículos que hacían sonar el claxon, gritos de civiles afectados, esa diversidad de sonidos le daba pauta que no era algo tan simple. Alguien ya debía haber llamado al 911. El problema era que, desde la carretera, la camioneta de Buck —oculta por la pendiente y la maleza espesa— era invisible. Atenderían el desastre principal arriba antes de notar que faltaba un vehículo.
«Quédate quieto, Díaz.» , le gritaba su lado racional, el paramédico en su cabeza.
Pero... «Es Buck» , el pensamiento mandó un dolor a su corazón, a su alma, llamando cualquier rastro de lógica.
La adrenalina se dispara en su torrente sanguíneo como una descarga eléctrica, quemando el dolor físico. A la mierda los protocolos. A la mierda las cervicales. Habían dos personas por las que Eddie daría la vida sin dudarlo, una de esas estaba en casa esperando que regresarán de su cena con Maddie y Chimney, cena a la que ni siquiera lograron llegar; pero la otra estaba ahí a su lado perdiendo la vida con cada segundo que se desperdiciaba.
Con dedos temblorosos que se sentían como de plástico, Eddie tanteó el anclaje de su cinturón. Presionó el botón. El clic alivió parte de la tensión en su tórax. Quería llegar al otro lado. Tenía que salir y rodear el auto para tener acceso directo a Buck. Empujó la puerta del copiloto pero el metal estaba atascado. Con un gemido de pura frustración y fuerza bruta nacida del pánico, Eddie golpeó el marco con el hombro una, dos veces, ignorando el crujido de protesta de sus propios huesos, hasta que la puerta pasó con un chirrido agudo, abriéndose apenas lo suficiente.
Tropezando con su propio cuerpo salió, cayendo de rodillas sobre la tierra húmeda de la colina. El dolor en su espalda baja fue un latigazo abrasador que lo hizo doblarse. Con el movimiento una oleada de náuseas lo tocar, el mareo amenazando con apagarle las luces, pero se obligó a parpadear para disipar el velo negro.
Y no se detuvo.
Apoyándose contra la carrocería abollada del auto para no volver a caer, con las piernas temblándole como gelatina y la respiración rota, Eddie empezó a arrastrar los pies, rodeando la parte delantera del capó destrozado. El radiador siseaba, escupiendo vapor caliente que le quemaba la cara, pero a él no le importaba.
Las sirenas sonaban pero parecían lejanas.
Cada segundo que Buck pasaba con esa pérdida de conciencia era un segundo que le robaba la vida. Su mente, nublada por la conmoción cerebral pero guiada por el instinto de supervivencia más primitivo, solo tenía un objetivo fijo: llegar a la puerta del conductor. Llegar a Buck.
—¡Señor, no se mueva! —El grito lo sobresaltó. A través del velo gris de su mirada, Eddie vio a dos hombres que bajaban la colina a toda velocidad hacia ellos. Eran civiles; llevaban ropa común, las manos vacías, las caras pálidas por el susto—. Está herido. Quédese ahí, mi amigo ya fue arriba por la ayuda.
Uno de ellos estiró los brazos, tratando de contenerlo por los hombros, pero Eddie lo esquivó con un movimiento brusco. El giro repentino le provocó un latigazo de dolor tan intenso en el costado que el aire se le escapó en un jadeo. Se dobló a la mitad, presionando con fuerza la zona herida, sintiendo el crujido ominoso de sus propias costillas. Con un gruñido pastoso, siseó entre dientes: —¡Déjame, carajo! Soy bombero... sé lo que hago.
—Pero... —El desconocido intentó replicar, asustado por la intensidad en los ojos de Eddie y la sangre que le corría por la sien.
Eddie no lo escuchó; ignoró el dolor y siguió de largo, arrastrando los pies hasta llegar a la puerta del conductor.
—¡Buck! ¡Buck, mírame! —golpeó el vidrio roto con la palma de la mano, con el corazón golpeándole las costillas como un animal enjaulado. Buck seguía inmóvil. Eddie tiró de la manija con desesperación, pero el mecanismo estaba completamente deformado por el impacto. El metal no cedía
—¡Vamos, abre! ¡Ábrete, maldita sea!
El sonido de pisadas pesadas destruyendo la maleza y el crujido de ramas rompiéndose resonó a sus espaldas, acompañado por el grito firme de una voz entrenada.
—¡LAFD! ¡A un lado! ¡Déjennos pasar!
Tres bomberos uniformados bajaron con urgencia por la pendiente, cargando el pesado equipo y los maletines médicos. Eddie sintió un alivio primitivo al ver los cascos amarillos, pero cuando el primer bombero intentó tomarlo por el brazo para apartarlo de la puerta, Eddie se resistió, plantando los pies en la tierra.
—¡No, esperen! Está inconsciente, no responde a estímulos verbales —empezó a reportar Eddie a toda velocidad, intentando usar su voz profesional, pero el pánico la hacía sonar rota y aguda—. Posible trauma cerrado de tórax, necesito revisarle las pupilas, ¡tengo que entrar!
—Señor, aléjese del vehículo, está inestable —le ordenó el bombero, un hombre robusto que usó su propio cuerpo para hacer barrera entre Eddie y la camioneta destrozada.
—¡Es mi pareja! —rugió Eddie, empujando el pecho del uniformado con una fuerza que no sabía de dónde sacaba—. ¡Él me necesita a mí! ¡No me voy a mover!
El bombero lo sostuvo por las muñecas con firmeza, obligando a Eddie a mirarlo directamente a los ojos a través de las gafas de protección. Él leyó la desesperación descontrolada en el rostro de Eddie, pero también el reconocimiento del protocolo.
—¡Oye! ¡Mírame! —le gritó el bombero con fuerza, alzando la voz por encima del siseo del radiador y el ruido del equipo—. Si realmente eres bombero, ¡entonces déjanos trabajar y espérate! ¡Le estás quitando espacio a mis hombres y cada segundo cuenta! ¡Recuerda los malditos protocolos y déjanos salvarlo!
Las palabras cayeron sobre Eddie como un balde de agua helada. Estás quitando espacio. Cada segundo cuenta. Su cerebro procesó la dura verdad: en su estado actual, siendo un paciente con posibles traumas y costillas rotas, solo era un obstáculo. Estaba estorbando el rescate de Buck.
La resistencia se le escapó del cuerpo de golpe, dejándolo sin fuerzas. Sus piernas cedieron.
Los dos civiles, que se habían quedado cerca, reaccionaron rápido y lo sostuvieron por los brazos antes de que cayera al suelo, ayudando al bombero a arrastrarlo unos metros hacia atrás, alejándolo del perímetro de peligro.
—Eso es, manténganlo sentado aquí —les indicó el bombero a los civiles, antes de girarse hacia su equipo—. ¡Las quijadas de vida! ¡Deben cortar el pilar B, el conductor está atrapado!
Eddie se quedó sentado en la tierra, sostenido por los hombros por los dos desconocidos. Tenía las manos cubiertas de tierra y sangre, y la vista fija en la camioneta. Escuchó el rugido pesado de la herramienta hidráulica empezando a cortar el metal, y lo único que pudo hacer fue clavar las uñas en el suelo, rezando en silencio para que Buck aguantara un poco más.
Ante los ojos de Eddie, el mundo se redujo a una secuencia en cámara lenta y sin sonido. Vio a los bomberos maniobrar con urgencia, logrando finalmente extraer el cuerpo de Buck del montón de hierro deformado, Buck quien estaba demasiado quieto, Eddie amaba la energía que parecía inagotable en Buck, quería verla de nuevo. Buck estaba demasiado quieto. Demasiado pálido. Lo depositaron sobre la superficie plana de la camilla rígida, y el tiempo se congeló. Uno de los paramédicos se montó a horcajadas sobre el pecho del hombre que amaba, entrelazando las manos para iniciar las compresiones de RCP.
El impacto de la imagen le robó a Eddie el poco aire que le quedaba. El pulso que había creído sentir dentro del auto se había apagado. Se había detenido en algún segundo mientras él luchaba contra su propio cuerpo herido para llegar a su lado. La realidad le cayó encima como un yunque: estaba perdiendo a Buck.
De verdad lo estaba perdiendo.
Pero lo que terminó por destruirlo no fue el crujido sordo del esternón de Buck bajo la presión de las compresiones, sino la mirada del bombero que lo había apartado minutos antes. Eddie conocía esa mirada. Dios, la conocía de memoria. Él mismo la había compartido de reojo con Chimney, con Hen, con el propio Buck, en el fondo de alguna zanja o dentro de alguna estructura en llamas donde las esperanzas ya eran mínimas.
Era la mirada de la derrota inminente.
Y verla ahí, dirigida hacia él, lo arrastró de golpe a un abismo del que creía haber escapado. Aquel maldito día. Fue exactamente la misma mirada que Chimney le había dado en la parte trasera de la ambulancia mientras Shannon se desvanecía; la mirada de un amigo que, con el corazón roto en la mano, te está diciendo en silencio que no hay nada más que hacer. Que te despidas.
No otra vez. Eddie sintió un frío ancestral calarle los huesos. Era imposible que estuviera viviendo esa pesadilla de nuevo. El universo no podía ser tan jodidamente cruel. No podía arrebatarle a otra pareja. Se negaba a darle otra victoria a la muerte. Era injusto, era una maldita tortura. ¿Dónde demonios se había equivocado? ¿Qué pecado estaba pagando para que el destino se ensañara con él de esa manera?
Buck no. Por favor, Buck no. Las lágrimas finalmente le nublaron la vista, calientes y amargas, mezclándose con la sangre que corría de su frente.
Él tiene que despertar. No puede morir, no puede dejarme... no puede dejarnos. Despierta, mi cielo. Christopher no puede perder a otro padre. Yo no puedo perder al amor de mi vida.
Porque eso era. Aunque el miedo y el orgullo lo hubieran mantenido callado, aunque nunca hubiera tenido el valor de decírselo en voz alta, ese hombre de ojos color cielo era su principio y su fin. Su alma gemela, su otra mitad, el eje sobre el que giraba su mundo, y todas esas cosas cursis que le encantaban a la gente.
Un trueno sordo rodó por el firmamento, un preludio lúgubre de la tormenta que se avecinaba.
Y entonces, el espiral de terror de Eddie se detuvo en seco. El cuerpo de Buck reaccionó con un espasmo violento, una bocanada de aire agónica que le infló el pecho.
Su corazón, obstinado y fuerte, había vuelto a latir, obligando a sus pulmones a funcionar de nuevo. El pecho de Buck empezó a subir y bajar con un ritmo errático, pero vivo.
Eddie soltó un sollozo ahogado, un amago de alivio que le arañó la garganta. Sin embargo, el júbilo murió antes de nacer.
Si Buck estaba vivo... ¿por qué la mirada en los rostros de los bomberos y los paramédicos no cambiaba? ¿Por qué el ambiente seguía sintiéndose como un funeral?
De pronto, todo sonido todo dolor comenzó a disiparse, perdiendo nitidez, como si una densa niebla apagara el mundo exterior.
Ante él vio el movimiento, Buck se movió. Sus labios se entreabrieron, intentando comunicar algo con dificultad. Fue en ese instante cuando Eddie no pudo más. Con un movimiento brusco y limpio, se liberó del agarre de los dos buenos samaritanos. Aquellos hombres habían intentado sostenerlo, ofreciéndole un apoyo que Eddie sintió vacío, obsoleto; él no necesitaba el consuelo de extraños. Solo quería, con una urgencia desesperada, estar cerca de Buck. Tocar a Buck. Sentir a Buck.
Como si una fuerza invisible le devolviera la energía, se puso de pie y corrió. Al caer de rodillas sobre la tierra a un lado de la camilla, se topó de frente con esos ojos brillantes de los que se había enamorado. Estaban vidriosos y enrojecidos, pero el azul celeste seguía igual de mágico, destellando con una luz propia. La mirada de Buck se suavizó al verlo ahí. Su rostro se transfiguró en una expresión casi mística, de una calma absoluta que intentaba transmitir el infinito amor que sentía. Un amor mutuo, porque Eddie también lo amaba como el universo: algo inmenso, inabarcable y en constante expansión.
Sin que nadie lo detuviera, Eddie se acomodó en el suelo de tal forma que la cabeza y el torso de Buck quedaron acunados en su regazo. Intentaba contener las lágrimas lo mejor que podía, pero el dolor era demasiado grande y varias lograron escapar, trazando caminos calientes por sus mejillas. Pasó la mano con una ternura infinita por los rizos despeinados y suaves de Buck, para luego delinear su rostro y detenerse en su mejilla. Buck, haciendo un esfuerzo sobrehumano, elevó la mano lentamente hasta colocarla sobre la de Eddie, y esbozó una pequeña sonrisa.
—Eddie... —Su nombre brotó de los labios de Buck con una fragilidad que le partió el alma.
—Buck... No me hagas esto. Por favor, yo... No puedo sin ti, te necesito conmigo —rozo su frente con la de él, suplicando—. Christopher... él también te necesita.
—Eddie, yo siempre voy a estar con ustedes —murmuró Buck, con una voz que parecía venir de todas partes y de ninguna.
—¡No! ¡No de esta manera! —protestó Eddie, y un sollozo desgarró su garganta—. Te necesito a mi lado. Si te vas, me perderé en la oscuridad. No me hagas pasar por esto otra vez... Te tuve a ti para rescatarme la primera vez, pero ahora no habrá nadie. Eres la luz de mi vida, Buck. Tú haces que mi mundo funcione.
—Eddie, claro que puedes —lo interrumpió Buck, con una dulzura infinita—. Eres Eddie Díaz. Eres increíble, maravilloso, el mejor hombre que conozco. ¿Por qué crees que me enamoré tan profundamente de ti? Te amo, Eddie. Sé que será difícil, pero solo debes creer. Creer en ti, en nuestro amor. Debes creer que nos volveremos a encontrar. No sé dónde, no sé cuándo... pero tú, yo y Chris volveremos a estar juntos. Lo prometo.
Un sollozo ahogado sacudió el cuerpo de Eddie por completo. La culpa y el amor se mezclaron en su pecho mientras juntaba sus frentes una vez más.
—Perdóname, Evan... Te amo tanto.
—Te amo, mi amor —respondió Buck, apretando la mano de Eddie por última vez con una sonrisa suspendida en el tiempo.
Eddie bajó el rostro y lo besó. Fue un beso cargado de suavidad, devoción y una tristeza infinita. Pudo saborear los labios de Buck, eternamente cálidos en su memoria. Pero, sin romper el beso, sintió el momento exacto en que la magia comenzó a desvanecerse. El movimiento de los labios de Buck cesó, su mano resbaló de la mejilla de Eddie y su cuerpo se volvió pesado, denso, entregándose por completo a la gravedad entre sus brazos.
Buck dio su último suspiro sobre Eddie, junto a Eddie.
Eddie lo envolvió en un abrazo desesperado y se rompió en un llanto incontrolable. Apretó el cuerpo inerte de Buck contra su pecho con todas las fuerzas que le quedaban, como si sus brazos fueran un escudo impenetrable. Quería protegerlo de todo; quería evitar que el equipo de bomberos se lo quitara, que la realidad lo reclamara, que la vida se lo arrebatara. Solo quería mantener a Buck cálido, resguardado junto a su corazón, para siempre.
Todo se detuvo. Nadie habló. De repente, cada sonido perteneciente al fatal accidente se había silenciado por completo.
Y como si de una película dramática se tratara, la lluvia comenzó a caer; no de forma tormentosa, sino una suave llovizna acompañada por los retumbos lejanos del cielo que empapó a la pareja. Parecía que el firmamento, al igual que Eddie, estaba conteniendo toda su potencia. El cielo, que minutos antes mostraba un atardecer dorado, ahora era de un gris sepulcral.
Ahí fue cuando Eddie lo supo. Supo que no era una película, porque era un sueño. O una pesadilla; a estas alturas ya no sabía cómo catalogarlo. Desde hacía exactamente tres meses, el mismo escenario atormentaba sus noches. Su mente siempre variaba los hechos, cambiando pequeños detalles de esa fatídica tarde, pero el resultado final era idéntico. Siempre era igual de doloroso.
Hoy, la diferencia había sido más grande. Su subconsciente le había concedido el piadoso regalo de un último beso.
Porque la gran y terrible diferencia entre lo que pasó en la realidad y lo que pasaba en su mente, era que Eddie nunca había podido despedirse. En el mundo real, Eddie no pudo volver a ver los ojos de su novio, hablar con él. No pudo volver a compartir un beso, ni a sentir las manos de Evan acariciarlo. Desde ese día, su propia piel había dejado de tener el mismo valor.
Cuando el equipo de rescate logró sacar a Buck de los restos del vehículo hace tres meses, él ya no vivía. No hubo milagro en la colina, y los paramédicos no pudieron hacer nada para cambiar el destino. Eddie no obtuvo ninguna promesa de reencuentro, ningún "todo va a estar bien", y ese silencio eterno era el peso más grande y aplastante que cargaba sobre los hombros.
El frío del vidrio contra su frente lo trajo de vuelta.
Eddie parpadeó, disipando la neblina del sueño, y miró por la ventana del auto. Iba en el asiento del copiloto, de nuevo. Quizá esa era la razón por la que su mente había recreado la pesadilla justo hoy; la posición exacta, el zumbido de los neumáticos en la carretera.
A su lado, sosteniendo el volante con fijeza, iba Maddie. El alcalde de los Buckley estaba ahí, compartiendo su dolor; Tenía una sonrisa similar, sus ojos, aunque eran marrones, compartían el mismo brillo, tenían la misma nobleza. Era una Buckley, pero para el corazón de Eddie, era el Buckley equivocado. El que su alma gritaba por tener al lado seguía bajo tierra, en un plano lejos del terrenal.
Ella desvió la mirada del camino solo un segundo, notando la respiración agitada de Eddie y las lágrimas secas en sus mejillas.
—¿Estás bien? —le preguntó con una voz suave, rota por su propio luto, pero llena de una empatía profunda.
