Chapter Text
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Como cada madrugada, el día para quienes habitaban el castillo comenzaba incluso antes de que los primeros rayos del sol se asomaran detrás de las montañas. Los sirvientes iniciaban sus tareas con rapidez y precisión, buscando la exactitud. Había mucho que hacer antes de que los gobernantes comenzaran sus labores, mucho que perfeccionar para que el día transcurriera con la mayor paz posible.
Los primeros sonidos y las primeras velas que se encendían siempre eran los de la cocina. Todo debía estar fresco para el desayuno: el pan tenía que empezar a amasarse, y las hierbas para el té debían tener sus minutos u horas exactas de remojo antes de servirse. La leche debía ordeñarse y hervirse, el queso, alcanzar el olor perfecto para llegar a la mesa y cada cubierto tenía que permanecer impecable.
Pasos y murmullos suaves recorrían la planta baja del castillo. Los guardias del turno nocturno empezaban a ser relevados para dirigirse a su merecido descanso durante algunas horas, antes de volver a sus labores.
Todo debía ser perfecto cada mañana. La perfección absoluta aseguraba un posible día de paz. Les concedía, tal vez, algunos momentos de descanso oportuno y menos gritos o insultos. Incluso si todo salía bien, una mañana sin errores que mantuviera al dueño del castillo contento podía significar que no hubiera castigo.
Nat lo odiaba. Arrastrarse desde su miserable catre cada madrugada, antes de que el gallo cantara, para limpiar por donde el maldito y gordo rey pisara y asegurar su cabeza al cuello, era despreciable.
Despertar cada día con la incertidumbre de si sería el último no era vida, pero era la única que conocía. Condenado a vivir en ese lugar desde el día de su nacimiento, todo su futuro ya estaba escrito. Nació sirviente y moriría siendo sirviente. No había manera de salir respirando de ese lugar.
En otro tiempo, se consideró un honor estar entre esas paredes. Ahora solo era una condena despiadada.
Nat recordaba cuando, a sus seis años, su madre le habló con orgullo del honor que era servir a la familia real, de la suerte que tenían de vivir dentro del castillo y ayudar a los gobernantes con sus tareas “domésticas”. Tal vez en alguna época lo fue, cuando valoraban a los hombres y mujeres que los atendían día y noche, cuando respetaban y entendían que cada sirviente era un humano igual que ellos, cuando su objetivo era servir al pueblo y no llenar sus cofres de oro.
Su madre solía hablar bien de la reina. Según ella, era una mujer amable que velaba por el bienestar de los sirvientes. Nat no la recordaba, era demasiado pequeño cuando la reina murió y la guerra se desató. Las palabras hacia el rey siempre habían sido cuidadosas por parte de ambos progenitores. No había cariño ni respeto como el que sí le dedicaban a la reina; solo elogios vacíos que parecían ensayados, palabras pobres pero “acertadas”.
Ahora, ya en sus veinte, Nat entendía por qué el rey nunca recibió elogios como su difunta esposa. Cruel, avaro y egoísta. Gobernaba para su propio bien, asegurándose de pudrirse entre riquezas sin pensar en el hambre de quienes vivían bajo su mando.
Fueron pocas las veces que Nat lo vio. Como uno de los sirvientes de confianza por sus largos años de servicio, Nat era de los pocos que tenía permiso para estar a partir del primer piso, donde se encontraban oficinas, habitaciones, bibliotecas y otros cuartos a los que no cualquiera podía ingresar. Todo debía realizarse antes del despertar del rey, quien odiaba ver más sirvientes de los necesarios merodeando a su alrededor.
Una de las pocas veces que Nat lo vio de frente fue porque se atrasó en sus labores. Cuando terminó de limpiar la oficina, el alto y corpulento hombre estaba en la puerta, molesto de verlo.
Ese error le costó diez azotes, con quince inviernos recién cumplidos.
El resto de las veces que lo vio fueron solo de reojo y a escondidas desde la cocina.
La familia real tenía sus propios sirvientes, cuidadosamente seleccionados, completamente distintos a ellos. Esos sirvientes tenían habitaciones en otras secciones del castillo y pocas veces interactuaban con los demás. Se creían superiores. Sobre todo, eran los únicos indispensables, los únicos que tenían la cabeza asegurada al cuello.
Eran el sueño al que muchos aspiraban. Conociendo algunos beneficios que esos sirvientes tenían, muchos fantaseaban con que algún día sería elegidos y pasarían a una “mejor vida”. Para Nat, ese sueño siempre fue patético y conformista. ¿Soñar solo con seguir sirviendo? No. Sus sueños eran más irreales e imposibles: metas que no podía cumplir en esta vida, pero que esperaba cumplir en la siguiente. Soñaba con una pequeña cabaña a las afueras del reino, donde nunca más tuviera que ver altas murallas que le impidieran disfrutar de la cálida brisa de la primavera. Tal vez cultivar, dedicar cada día a caminar descalzo sobre la tierra y escuchar las copas de los árboles danzar con el viento.
Sueños irreales y absurdos.
Durante la tarde, sus tareas cambiaban. Ahora debía servir al reino con su propia vida: Nat era quien probaba la comida del rey antes de que fuera entregada, para descartar cualquier intento de envenenamiento.
Janis, una de las sirvientas que se sentaba con él a probar la comida y limpiaba las mismas áreas, solo que ella trabajaba para el príncipe, siempre le tomaba la mano antes de dar el primer bocado. Cada día podía ser el último, y algunas veces Nat veía cómo de los ojos de su amiga se deslizaban lágrimas por sus regordetas mejillas antes de pasar al siguiente plato. Lo entendía: ella solo tenía quince inviernos. Era una niña asustada que, por desgracia, había caído en ese lugar podrido.
Nat entendía la lógica de los encargados. Ambos eran lo bastante “confiables” para estar en el área de oficinas donde se guardaba la documentación más vital del reino, pero no lo suficientemente indispensables como para cuidar y mantener. Eran reemplazables, descartables, desechables, si se podía decir. No querían que nadie sintiera que tenía derecho a sentirse importante allí. Nadie lo era.
Solo una vez tuvo complicaciones con la comida. Comió un pan y, fuera lo que fuera que tuviera, le provocó al instante dolores insoportables en el estómago. Fueron tres días de dolor agonizante, tirado en la oscuridad de su habitación, en un gato casi destruido y acompañado por algunas ratas. No sabía por qué no murió. A veces lo hubiera deseado. Pero Dios, si existía, le había negado el acceso a su lado y lo había condenado a seguir sirviendo a esos seres nefastos.
-Nat -murmuró Janis, observando por encima de su hombro y asegurándose de que los guardias y la encargada de la servidumbre no los vieran ni los escucharan. -Odio esto.
Él presionó su mano y dejó escapar un suspiro cansado, antes de bajar la vista hacia los alimentos que retiraban de su lado y llevaban al gran comedor.
Detrás de la puerta que los separaba del salón, se escuchaban risas del rey, contándole a su hijo alguna anécdota estúpida y sin sentido. Nat sabía que eran habladurías de un hombre borracho por su quinta copa de vino.
-Yo también.
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Últimamente, las cosas en el castillo parecían más intensas, y eso solo significaba que ellos también lo sufrirían. Los pasillos susurraban información que a veces era útil escuchar y otras, no. Nat había oído demasiado a través de las paredes. Había más gente, aparte de él, que odiaba al rey, personas influyentes, con poder, que buscaban quedarse con el mando.
Al principio Nat no prestó atención. Dejó que la información fluyera y decidió no escuchar de más. Pensó que, si alguien derrocaba al rey, tal vez ellos podrían gozar de un poco más de libertad. Con el pasar de los días se dio cuenta de que era un error. No sabía quiénes eran ni qué buscaban, pero sus planes fracasaban, y las víctimas eran ellos.
Todo había empezado meses atrás, cuando cierta documentación y joyas de los pisos superiores desaparecieron. Según se informó, eran papeles importantes y debían encontrarse a cualquier costo. Las joyas, en cambio, pertenecían a la difunta reina. Revisaron todo, incluso las habitaciones de algunos nobles que residían en el castillo como invitados de la corte, aquellos que susurraban a espaldas de todos.
Sin embargo, los papeles y las joyas no aparecieron en esas habitaciones, terminaron en la habitación de Pham, una sirvienta callada y solitaria asignada a limpiar esa zona.
Nat todavía recordaba los gritos de Pham pidiendo clemencia, sus llantos y súplicas, explicando que no era la ladrona y que no tenía idea de cómo esos objetos habían llegado allí.
A la mañana siguiente, Nat oyó a unos guardias decir que su cuerpo colgaba en la plaza principal del pueblo, para mostrarle a todos qué pasaba si se traicionaba a la corona.
Unos días después, comenzó a correr un rumor entre los nobles: uno sobre malversación de fondos y la subida de impuestos. Un rumor que, si llegaba al pueblo, podía encender conflictos.
El rey enfureció y exigió al responsable.
Park, un hombre de treinta y tantos, sirviente de la cocina, fue acusado por uno de los nobles. Al día siguiente desapareció, y Nat nunca volvió a probar un pan tan delicioso como el que él preparaba.
Fueron muchos los desaparecidos. La corte se volvía cada vez más peligrosa y ellos pagaban las consecuencias.
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El sonido de pasos apresurados y murmullos se había vuelto normal entre la servidumbre. Todos sabían qué lugar tomar ante esos llamados de madrugada. Apretaban con fuerza sus camisones gastados y sucios; algunos retorcían los pies descalzos sobre la piedra fría del suelo. El cansancio de un día agotador de idas y vueltas no se veía: en sus rostros solo había miedo.
La mayoría, con los ojos cerrados y las manos juntas sobre el pecho, rezaba, rogándole a Dios que esa noche no les tocara a ellos. Sin embargo, Dios había dejado de escucharlos hacía muchos años y, como cada madrugada desde hacía meses, la guardia caminaba entre ellos buscando un culpable: uno que no se encontraba allí y que debían “crear” para satisfacer a quienes todavía dormían calientes bajo mantas de piel de cordero.
Los guardias no eran víctimas como ellos, pero Nat tampoco podía juzgarlos. En ese palacio, todos hacían lo imposible por sobrevivir. Los hombres de armadura también cumplían órdenes si no querían ocupar un lugar en ese frío y mohoso piso, apenas unos metros por encima de las catacumbas.
-¡Hoy se extraviaron los registros de llegada de los barcos junto con la declaración de sus cargas! -gritó uno de los guardias.
Siempre era el mismo: el que los miraba como alimañas y sonreía, sádico, viéndolos temblar de miedo o de frío.
-¡Esa documentación se encontraba en el primer piso, en la oficina del príncipe! -
En ese momento, Nat sintió que el piso bajo sus pies se movía. La bilis le subió a la garganta y el miedo lo paralizó. No podía morir así. No así. No siendo un peón de esos hombres asquerosos y ruines.
A su lado, la persona que era su mejor amigo, compañero de trabajo y confidente, comenzó a temblar, igual de aterrada.
-Nat, Janis, Nunew, Jen y Net, al frente - ordenó la supervisora con una voz dura y clara.
Los cinco dieron dos pasos al frente. Casi por reflejo, Nat tomó con fuerza la mano de la pequeña Jannis mientras la escuchaba sollozar. Les había tocado después de días sin altercados, justo cuando pensaron que todo se había calmado.
-¡Deja de llorar! - escupió el guardia.
Nat no podía levantar la vista del suelo, el miedo no se lo permitía. Solo escuchaba los pasos pesados del guardia que recorría la fila, y los sollozos controlados de Janis.
Sabía que algunos guardias eran conscientes de que ellos no eran responsables. Pero aun así hacían su trabajo y, si alguien había ordenado culpar a la servidumbre, no había salida.
¿A quién encubrían? ¿Por qué ellos?
La segunda pregunta era fácil. Les pasaba a ellos porque no eran nada: eran reemplazables. Solo juguetes con los que la nobleza se entretenía.
Una caricia en su mano lo trajo a la realidad. Nunew. Su mejor amigo. La única alma optimista que quedaba allí. Su voluntad no se había quebrado como la de los demás. Creía en la justicia. Llevaba solo un año en el castillo y era de los pocos que había entrado a servir por decisión propia.
Nunew, con veintiún inviernos a cuestas, se dedicaba a la alfarería. Llevaba dinero a su casa y se turnaba para cuidar a su hermana menor junto con sus padres.
Tenía una buena vida. Una que Nat había intentado imaginar para sí.
Todo cambió cuando su madre los abandonó y su padre murió. Nunew descubrió entonces que su padre tenía deudas; el negocio no iba tan bien como le había hecho creer. Una noche, Nat lo oyó llorar y contar cómo tuvo que dejar a la niña que tanto amaba al cuidado de una tía y solicitar, casi de rodillas, un trabajo en el castillo. Fue suerte, o quizá no, pero lo aceptaron. Desde entonces, cada centavo que ganaba terminaba en manos de los cobradores y de su tía.
Nunew estaba endeudado para toda la vida. Era probable que, algún día, su propia hermana tuviera que trabajar para saldar esa deuda. Pero por el momento, Nunew solo quería darle una infancia tranquila.
Nat lo admiraba. Gracias a que compartían cuarto, la amistad nació rápido y le ayudaba a sobrellevar cada día.
Estar con él en esa situación era terrible.
Los pasos se detuvieron frente a Nat. Con un toque brusco le levantaron el mentón y su mirada pasó del suelo frío a una barba negra y frondosa, una nariz ancha y ojos oscuros. El guardia sonreía mientras le giraba el rostro sin delicadeza, observando cada una de sus facciones.
-Qué belleza. -
Nunca algo le dio tanto asco como esas palabras y esa caricia en la mejilla, justo antes de que lo soltaran.
-Me alegra tener a los dos culpables de traicionar a la corona frente a mí.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Las piernas le fallaban. Por un instante, juró que su corazón, que latía demasiado rápido, se detenía.
Pensó en su madre, la mujer más hermosa y amable que conoció, aquella que, a pesar de estar en ese infierno, lo crió con amor. Pensó en su padre, que servía junto a ella y que, por las tardes, ocultaba el cansancio para cargarlo en los hombros y dedicar sus últimos esfuerzos del día a jugar con él. Todo parecía indicar que pronto volvería a verlos.
Los ojos de Nat se abrieron, desorientados, cuando sintió que con fuerza separaban de él a las dos personas a las que había estado sosteniendo.
-No, por favor -susurró.
Nunew y Janis cayeron de rodillas, sometidos por dos guardias corpulentos y sonrientes.
-¡No! ¡Yo no hice nada! - gritó Janis entre llantos.
Nat lo sabía. Todos lo sabían. Pero no importaba. Si habían elegido a Janis para culparla, entonces Jannis sería la culpable.
-Ambos coinciden perfectamente con la descripción que el conde nos brindó. No hay escapatoria.-
Janis se desmoronó en el suelo, suplicando una oportunidad para defenderse, aunque en su corazón sabía que todo sería en vano.
Nunew, en cambio, levantó el mentón. Miró al guardia que parecía estar a cargo y sostuvo su mirada, firme y desafiante. Recorrió con los ojos a los demás guardias y, aunque lágrimas traicioneras se deslizaban por sus mejillas, asintió.
-Hoy somos nosotros, pero no tardarán en empezar a hacer lo mismo con ustedes.-
El guardia rió, cínico, sin una pizca de preocupación.
Antes de que los enviaran de regreso a sus habitaciones, Nat recordó la última mirada que Nunew le dirigió mientras sostenía a una inconsolable Janis entre sus brazos y ambos eran arrastrados por los guardias.
Esa mirada suplicante le pidió que no hablara, que no se involucrara. Muchos fueron acusados por complicidad cuando defendían a los suyos, y su amigo no quería ese destino para él.
Nat lloró hasta que golpearon su puerta, antes de que saliera el sol, para exigirle sus nuevos deberes del día. Dejó que la oscuridad lo consolara por haber perdido a las dos personas que más apreciaba en ese lugar maldito. Recordó cada risa y secreto compartido, los pocos momentos de felicidad. Las noches de insomnio en las que Jannis se colaba en su habitación con pan del día, regalo de algún pretendiente de la cocina.
Perdido entre odio y tristeza, un plan comenzó a formarse en su cabeza. Una manera de acabar con todo eso que la vida le había puesto en el camino. Una venganza por cada uno de ellos, humillados, torturados y asesinados solo por hacer su trabajo… solo por servir a gente que no lo merecía.
-¡No volveré a tocar! ¡Levántate o habrá castigo! - gritaron desde afuera.
Nat salió del catre y miró la puerta. Sí, habría castigos, pero esta vez serán para los verdaderos responsables, para quienes de verdad los merecían. Y él se encargaría de eso.
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