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Itadori Yuji: el legado del rey de las maldiciones

Summary:

Kenjaku nunca planeó que Yuji fuera algo más que un recipiente. Ahora tendrá que lidiar con un niño súper poderoso y sus hermanos mayores protectores.

Chapter 1: capitulo 1

Chapter Text

La tarde era tranquila.

Un niño de cabello rosado estaba sentado en la arena de un pequeño parque, completamente concentrado en la construcción de un enorme castillo. Con una pala de plástico en una mano y una cubeta en la otra, trabajaba con una seriedad impropia para alguien de apenas seis años. Cada torre era colocada con cuidado, cada muro reforzado como si estuviera levantando una auténtica fortaleza.

—Perfecto... —murmuró satisfecho mientras añadía una nueva torre.

Entonces ocurrió.

Una extraña sensación recorrió su cuerpo. Comenzó como una corriente cálida en el pecho y, en cuestión de segundos, ascendió por su cuello hasta alcanzar su cabeza. Yuji quedó inmóvil, incapaz de comprender qué estaba pasando. De repente, apareció información en su mente como si siempre hubiera estado allí, como si aquellos conocimientos hubieran permanecido ocultos esperando el momento adecuado para despertar.

Técnica del Relicario Demoníaco.

Cortar.

Desmantelar.

Apertura.

El niño parpadeó varias veces.

— ¿Eh...? —murmuró confundido.

No entendía qué significaban aquellas palabras ni por qué las conocía. Era como si alguien hubiera colocado recuerdos viejos directamente dentro de su cerebro. Sin embargo, antes de que pudiera intentar comprenderlo, sentí algo más. Algo diferente.

Levante la cabeza y observe el parque.

Por primera vez notó que no estaba tan vacío como parecía.

Pequeñas criaturas horribles vagaban por todas partes. Algunas eran del tamaño de un gato; otras apenas parecían manchas negras con ojos deformes. Varias se aferraban a los hombros de los adultos que caminaban por los senderos sin percatarse de su existencia, como si fueran completamente invisibles para el resto del mundo.

Yuji sintió un escalofrío.

—¿Qué son esas cosas...?

Una de las criaturas estaba sentada sobre el hombro de un hombre que leía el periódico en una banca cercana. Tenía una boca enorme y unos brazos demasiado largos para su pequeño cuerpo. El niño la observó durante varios segundos y, de manera repentina, algo dentro de él reaccionó.

Sabía exactamente qué hacer.

Levantó dos dedos apuntando hacia la criatura.

—Desmantelar.

No hubo explosiones. No aparecieron luces ni sonidos espectaculares.

La maldición simplemente se partió en dos.

Una línea invisible atravesó su cuerpo y la criatura quedó dividida antes de deshacerse en humo negro.

Yuji abrió los ojos de par en par.

—¡¿Eh?!

Miró sus propios dedos. Luego el lugar donde había estado el monstruo. Después volvió a mirar sus dedos.

—¡Lo corté!

El hombre del periódico no reaccionó en absoluto. Ni siquiera parecía haber notado que algo había desaparecido de su hombro.

Yuji tragó saliva.

Cada vez entendía menos lo que estaba ocurriendo. Primero aquellas palabras habían aparecido en su cabeza. Después comenzaron a surgir monstruos por todo el parque. Y ahora podía hacerlos desaparecer con solo señalar.

El niño volvió a observar las criaturas que se movían por los alrededores. Había muchas. Demasiadas. Sintió una mezcla de curiosidad y nerviosismo, pero también una creciente necesidad de obtener respuestas.

Si alguien podía explicarle aquello, era su abuelo.

Se puso de pie, se sacudió la arena de la ropa y tomó su cubeta.

—Cuando llegue a casa le preguntaré al abuelo.

Con esa decisión tomada, emprendió el camino de regreso.

Durante el trayecto, la emoción propia de un niño que acababa de descubrir algo increíble fue reemplazando poco a poco el miedo inicial. Cada pocos metros encontraba una de aquellas criaturas oscuras y deformes. Algunas se arrastraban por el suelo, otras permanecían colgadas de señales de tránsito o adheridas a personas que parecían completamente incapaces de percibirlas.

Yuji señalaba.

—Desmantelar.

La criatura se partía en dos.

—¡Guau!

Un poco más adelante aparecía otra.

—Desmantelar.

Cortada.

Otra más.

—Desmantelar.

Desaparecía convertida en humo negro.

Con el paso de los minutos comenzó a hacerlo con la misma naturalidad con la que cualquier niño patearía una piedra en el camino. Aun así, las preguntas seguían acumulándose en su mente.

¿Cómo había aprendido aquello?

¿Por qué podía ver esos monstruos?

¿Por qué nadie más parecía notarlos?

Para cuando llegó a casa tenía más dudas que respuestas.

Abrió la puerta y entró corriendo.

—¡Abuelo!

Wasuke Itadori levantó la vista desde la sala.

—¿Qué pasa ahora?

—¡Pasó algo raro!

Aquellas palabras hicieron que el anciano suspirara. Normalmente significaban que Yuji había roto algo o se había metido en problemas. Sin embargo, esta vez fue diferente.

Yuji comenzó a explicarle todo.

Las palabras que habían aparecido en su cabeza.

Las criaturas.

Los cortes invisibles.

Los monstruos desapareciendo.

Todo.

Mientras hablaba, Wasuke lo observaba en silencio. Al principio pensó que tal vez su nieto estaba imaginando cosas. Después de todo, los niños poseían una imaginación enorme. Sin embargo, mientras escuchaba, un recuerdo desagradable emergió desde el fondo de su mente.

Kaori.

La madre de Yuji.

O, más exactamente, la mujer que había regresado siendo Kaori.

Después de aquel accidente algo había cambiado. Wasuke nunca pudo explicarlo con palabras. Era su apariencia, su forma de hablar, su mirada. Había una sensación incómoda en ella, algo que hacía sonar todas las alarmas de su instinto.

Le había dicho a Jin una y otra vez que aquella mujer no era normal. Que algo estaba mal. Que no parecía la Kaori que conocían.

Pero su hijo nunca quiso escucharlo.

Estaba demasiado aferrado a ella.

Y después del nacimiento de Yuji, ambos desaparecieron.

Sin explicaciones.

Sin despedidas.

Simplemente se fueron.

Wasuke apretó ligeramente los dientes.

Aquella mujer nunca había sido normal.

Y ahora su nieto acababa de contarle una historia imposible que, por alguna razón, encajaba demasiado bien con sus viejas sospechas.

—Yuji.

El niño dejó de hablar.

—¿Sí?

—¿Le has contado esto a alguien más?

—No.

—Bien.

El tono serio de su abuelo hizo que Yuji se enderezara.

—No le digas esto a nadie.

Yuji parpadeó.

—¿Eh? ¿Por qué?

—Porque no quiero que nadie se entere.

—¿Tú sabes qué está pasando?

Wasuke guardó silencio durante varios segundos antes de negar con la cabeza.

—No.

La respuesta sorprendió al niño.

—¿Entonces por qué...?

El anciano soltó un suspiro.

—Porque si realmente estás viendo cosas que otras personas no pueden ver, y haciendo cosas que no deberían ser posibles, entonces esto no es algo en lo que un mocoso de seis años deba meterse.

Yuji bajó la mirada. No comprendía completamente aquellas palabras, pero sí entendía algo importante: su abuelo estaba preocupado.

Y eso era extraño.

Wasuke rara vez parecía preocupado por algo.

—¿Entonces qué hago?

—Nada.

—¿Nada?

—Nada.

El anciano señaló al niño con firmeza.

—Sigues yendo a la escuela. Sigues jugando. Sigues siendo un niño.

—Pero...

—Y no le cuentas esto a nadie.

Yuji dudó unos instantes antes de asentir.

—Está bien.

Wasuke le devolvió el gesto.

Por fuera parecía tranquilo.

Por dentro, sin embargo, sentía una creciente sensación de inquietud.

No sabía qué estaba ocurriendo.

No sabía qué era realmente su nieto.

Pero tenía la certeza de una cosa.

Si alguien descubría aquellas habilidades, la vida tranquila que Yuji había tenido hasta ahora desaparecería para siempre.

.

.

Desde la azotea de un edificio que dominaba gran parte del vecindario, una mujer observaba el parque en silencio. El viento agitaba suavemente su cabello corto mientras una cicatriz atravesaba su frente. Sus ojos permanecían fijos en un único objetivo.

Yuji Itadori.

Aunque el niño ya había abandonado el parque, la sonrisa que se dibujaba en su rostro no desaparecía.

—Interesante...

Kenjaku había sentido algo extraño el día en que Yuji nació. Algo diferente. Algo inesperado.

Originalmente, aquel niño no debía ser más que una herramienta. Una jaula perfecta para contener a Ryomen Sukuna cuando llegara el momento adecuado. Nada más.

Sin embargo, conforme pasaron los años, aquella sensación no desapareció.

Al contrario.

Se hizo cada vez más evidente.

Yuji poseía algo peculiar.

Algo que ni siquiera Kenjaku había anticipado por completo.

Y ahora acababa de confirmarlo.

A tan solo seis años de edad, sin entrenamiento, sin conocimiento alguno del mundo del jujutsu y sin siquiera comprender qué era la energía maldita, había despertado una de las técnicas más peligrosas de toda la historia.

Relicario maldito.

Las mismas bases de la técnica que durante siglos había convertido a Sukuna en una calamidad viviente.

Kenjaku apoyó los brazos sobre la barandilla mientras observaba la ciudad. Su mente trabajaba a toda velocidad.

Normalmente, un niño que despertaba una técnica tan letal terminaba desarrollando una personalidad acorde a ella. El poder influía en las personas. Moldeaba su forma de ver el mundo.

Pero Yuji era diferente.

A pesar de todo lo que había preparado para él.

A pesar de su origen.

A pesar de la monstruosidad que llevaba en la sangre.

El niño seguía mostrando una naturaleza sorprendentemente bondadosa.

Ayudaba a otros.

Sonreía con facilidad.

Se preocupaba por quienes lo rodeaban.

Y eso era precisamente lo que volvía la situación tan fascinante.

—¿Qué ocurrirá contigo, Yuji? —murmuró.

Un niño amable.

Una técnica diseñada para matar.

Dos conceptos que parecían incompatibles.

Y, sin embargo, coexistían dentro de él.

La sonrisa de Kenjaku se ensanchó lentamente.

Aquello era mucho más interesante que el plan original.

Muchísimo más.

Porque ya no estaba observando una simple jaula.

Estaba observando una variable.

Un experimento irrepetible.

Una posibilidad que nunca antes había existido.

—¿Qué clase de persona te convertirás?

La pregunta quedó suspendida en el aire.

No esperaba una respuesta.

Todavía no.

Lo importante era observar. Guiar ciertas circunstancias. Permitir que el niño creciera y descubrir qué camino elegiría por sí mismo.

Después de todo, los resultados más interesantes eran aquellos que no podían predecirse.

Kenjaku soltó una pequeña risa.

Por primera vez en mucho tiempo se sentía genuinamente emocionado.

Imaginó la expresión que tendría Sukuna si descubriera que un niño con una personalidad completamente opuesta a la suya estaba desarrollando la misma técnica que lo convirtió en el Rey de las Maldiciones.

La idea le resultaba divertida.

Extremadamente divertida.

—Vamos a ver cómo reaccionas a esto, Sukuna.

Su sonrisa se volvió más amplia.

Luego dio media vuelta y desapareció entre las sombras del edificio.

Sin embargo, la curiosidad de Kenjaku permaneció.

Ardiendo.

Creciendo.

Esperando pacientemente el día en que aquel pequeño experimento finalmente mostrara sus resultados.

.

.

El recreo transcurría con la tranquilidad habitual de una escuela primaria.

Decenas de niños ocupaban el patio principal. Algunos corrían detrás de un balón, otros jugaban a perseguirse entre los árboles y unos cuantos permanecían sentados bajo la sombra de los edificios mientras conversaban sobre cualquier cosa que llamara la atención de niños de su edad. Las risas, los gritos y las voces llenaban el aire, creando esa atmósfera caótica pero alegre que caracterizaba a cualquier descanso escolar.

Cerca de la cancha de fútbol, Yuji se encontraba junto a varios compañeros de clase.

—¡Pásala!

—¡No vale empujar!

—¡Gol!

Para cualquier persona normal, aquella era una escena completamente ordinaria.

Para Yuji no.

Desde aquel día en el parque había descubierto que el mundo estaba lleno de cosas extrañas. Criaturas oscuras, monstruos deformes y seres que nadie más parecía capaz de ver aparecían constantemente a su alrededor. Al principio había pensado que tal vez estaba soñando. Después creyó que se había vuelto loco. Sin embargo, tras comprobar una y otra vez que aquellas criaturas desaparecían cuando utilizaba sus extrañas habilidades, terminó aceptando que realmente existían.

Aunque seguía sin entender qué eran.

Mientras observaba el partido, una sensación incómoda recorrió su cuerpo. Era difícil de describir. Se parecía a la sensación de notar que alguien te estaba observando desde la distancia, incluso cuando no podías verlo directamente. Su atención se desvió de manera automática hacia la portería y, en cuanto sus ojos encontraron el arco, se quedó completamente inmóvil.

Allí estaba.

Una maldición enorme.

La criatura permanecía encaramada sobre la estructura metálica de la portería, observando silenciosamente el campo. Su cuerpo era retorcido y desproporcionado, con brazos exageradamente largos que colgaban hasta casi tocar el suelo y una cabeza alargada cuya forma resultaba antinatural. Era mucho más grande que cualquier otra cosa que Yuji hubiera visto hasta ese momento.

Prácticamente del tamaño de un adulto.

La maldición movía lentamente la cabeza de un lado a otro mientras observaba a los niños que corrían por el campo.

Como un depredador inspeccionando a su presa.

Yuji tragó saliva.

Las pequeñas maldiciones que había eliminado en las calles nunca le habían parecido especialmente peligrosas. Eran extrañas, desagradables y algo inquietantes, pero nada más. Aquella cosa era diferente. No sabía por qué, pero podía sentirlo con absoluta claridad.

Por primera vez desde que había comenzado a ver aquellas criaturas, sintió auténtica inquietud.

Su mirada recorrió rápidamente el campo.

Nadie reaccionaba.

Uno de sus compañeros pasó corriendo justo debajo de la maldición sin siquiera notar su presencia. La criatura inclinó ligeramente la cabeza para seguirlo con la mirada.

Yuji sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—Oye, Yuji.

Uno de sus amigos le dio un pequeño empujón.

—¿Vas a jugar o no?

—Ah...

Yuji apenas escuchó la pregunta.

Seguía observando a la maldición.

Entonces sentí aquella extraña sensación nuevamente. La misma que aparecía cada vez que utilizaba sus habilidades. Era como si una parte de su mente supiera cosas que él mismo desconocía, como si existiera un conocimiento dormido en algún rincón de su interior esperando el momento adecuado para manifestarse.

Las palabras aparecieron solas.

Desmantelar.

Yuji parpadeado.

No.

Por alguna razón sabía que no era esa.

No podía explicarlo. No comprendía de dónde provenía aquella certeza. Simplemente sentí que Desmantelar no era la opción correcta.

Entonces surgió otra palabra.

Cortar.

Esta vez la sensación era completamente distinta.

Correcta.

Natural.

Como si una pieza encajara perfectamente en el lugar donde siempre había pertenecido.

Yuji no entendía cuál era la diferencia entre ambas técnicas. Desde su perspectiva, las dos parecían hacer lo mismo: cortar y destruir a aquellas criaturas. Sin embargo, algo dentro de él insistía en que debía utilizar Cortar.

Y no Desmantelar.

El niño levantó discretamente dos dedos, procurando que nadie a su alrededor notara lo que estaba haciendo.

—Cortar.

Al principio no ocurrió nada visible.

La maldición permaneció inmóvil.

Durante una fracción de segundo, incluso llegó a pensar que había fallado.

Entonces apareció una línea sobre el cuerpo de la criatura.

Y un instante después, la maldición se dividió limpiamente en dos.

Las mitades permanecieron suspendidas durante un momento antes de comenzar a desintegrarse lentamente. Fragmentos oscuros se desprendieron de su cuerpo mientras este se convertía en humo negro hasta desaparecer por completo.

Como si nunca hubiera existido.

Yuji abrió los ojos con sorpresa.

—...

Miró el arco.

Luego sus dedos.

Después volvió a mirar el arco.

La maldición había desaparecido.

Por completo.

Nadie parecía haberlo anotado.

Ni los niños.

Ni los profesores.

Ni siquiera aquellos que estaban jugando justo debajo de la criatura unos segundos antes.

Era como si aquella enorme presencia jamás hubiera estado allí.

—¿Yuji?

Su compañero volvió a llamarlo.

—¿Qué estás mirando?

—Nada.

—Eres raro.

-Perder.

El otro niño se encogió de hombros y salió corriendo detrás del balón sin darle más importancia.

Yuji permaneció inmóvil unos segundos más.

Sin embargo, ya no estaba pensando en la maldición.

Estaba pensando en la técnica.

En aquella sensación.

En la forma en que había sabido cuál utilizar.

Era extraño.

Muy extraño.

Cuando eliminó las pequeñas criaturas del parque, Desmantelar le había parecido la elección más natural del mundo. Sin embargo, esta vez algo dentro de él había rechazado esa opción de inmediato, como si una voz silenciosa le hubiera indicado exactamente qué debía hacer.

Y había funcionado.

El niño bajó lentamente la mano mientras intentaba ordenar sus pensamientos.

Cada día entendía menos lo que estaba ocurriendo.

Aquellas palabras seguían apareciendo en su mente.

Aquellos conocimientos seguían existiendo dentro de él.