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"La penitencia es para los fieles arruinados.
La adoración recíproca se la ganan los más extensores.
Los ungidos solo sirven a los dioses del imperio.
El divino conocimiento es para aquellos que anhelan.
Y la impenitencia solo es para un único elegido."
-Poemas Peninsulares. Año sexto del Tercer Siglo.
Un estallido. Fue lo que hizo que el mundo antes conocido, llamado la Era Rocosa, fuera completamente desbordado por el diluvio de la creación divina. Durante un instante imposible de medir, la piedra dejó de ser piedra y se volvió promesa. Bañada en el santo sacrificio de dos seres que, completamente humildes y devotos, se entregaron en materias y alma a dar forma al mundo.
Surgió así la Ciudad del Sagrado Título, erigida por sus más de cien herederos. Ninguna otra urbe volvería a reunir tanta santidad ni tanta culpa entre sus muros. Los cuerpos del padre y la madre fueron sacralizados, en uno de los puntos más altos que el cielo alguna vez pudo sentir.
Con el padre y la madre enaltecidos, cúpulas de los metales y piedras trabajadas por las garras y manos de sus hijos dieron forma a la cámara donde se les protege. Donde nadie más que los herederos puede entrar, donde nadie más que los justos primeros puede venerarlos.
Ciudad que poseía un nombre, ya olvidado por el paso del tiempo. Mil años después, aún hay quienes lo buscan en viejas piedras, plegarias rotas y relatos incompletos. Mil años han pasado desde aquel suceso, y todavía muchos no lo reconocen.
El primero de los hijos, Ugurr, el Primer Escamado, sacrificó su divinidad en un gesto de providencial ascensión para bañar la tierra del primer bioma. Allí donde cayó su sangre, el rojo se volvió color sagrado. La Estepa de las Rojas, que rodeaba a la ciudad sacra. Otras divinidades harían lo mismo.
Mith-Uk, Dios de los Cienpatas de Alto-Torso, fue a las tierras del norte para sacrificarse y dar forma a las cadenas de nieve de la Gran Blancura de Mith, que recibe su justo nombre.
Kabal y Chorek fueron a las tierras de la península, donde se sacrificaron al suelo informe, creando las llanuras y montañas de Chock y Sandak. Pues ambos, deseosos de sus colonias hormigueras, le dieron a su prole el lugar de donde emergir.
Anntha-Xhoneh, posiblemente mellizos, fueron a dar forma y templanza a las tierras medias entre las de Mith y las de Kabal y Chorek, creando así la Xhonia de Bosques y Zerros. En donde los primeros escamados se darían forma y conocimiento.
Ûzhúnda, uno de los más admirados por todos por su conocimiento y la pasión propia de los mantis, fue a sacrificarse en las zonas del sur junto con otros cinco hermanos. Se dice que fue el único que sonrió antes de entregar su vida.
Fue a sacrificarse en las zonas del sur, junto con otros cinco de sus hermanos, que dieron forma a los Mares Areniscos de Huzhan, más tarde erigida como la legendaria Huunzha.
Sus otros cinco hermanos, Xhen, Zýgin, Báo-Bî, Mírhenn y Lû-Rún, dieron forma a cinco naturalezas relacionadas con los mares azules, a los cuales se les alimentaba.
Ninguno imaginó entonces que aquellas tierras, creadas para separar pueblos, terminarían conectándolos mediante guerras, comercio y peregrinaciones.
En orden: la Llanura de Xhen, el Pantano Plateado de Zýgin, las Junglas del Gran Bao, Arenas y Playas de Mírhenn y las Rocosidades Montañezcas de Lû-Rún.
Una para los plumíferos primeros, otra para los comesangre, otra para los gordinflones arácnidos y nicotidos, otra para los crustáceos y marinos, y la última para los vecinos del mar arenisco azulado, los escarabajos verdosos y los gusanos acorazados. Cada uno correspondiente a su padre originador.
En las tierras intermedias que quedaban entre las diversas zonas del sur, desprovistas del frío implacable del norte y de la pacificidad de las del este, se erigieron varios sacrificios, de los primeros hijos dados por los propios milagrosos primeros, dadores de vida.
Pues así se crearon los cuatro biomas céntricos, rodeando el rojo primigenio de la sacra olvidada urbe. En donde los primeros de la Ceniza Líquida dejaron su arte.
înghx, con su carne muerta, dio forma a las Costas Veneradas de Minn, que bañaban desde el norte y el noreste hasta partes plenas de las costas hacia el sur. Allí habitarían los reales escarabajos, de rojo y violeta como color.
Kûpríngh dio forma a las tierras de los cupros y otros elementales, colmando el noroeste y partes del oeste alejadas del centro, hasta llegar a las tierras de nadie, donde dio forma a los Valles de Irminas de Bronce, bellas flores de oxidados colores y paisajes únicos.
Hacia el suroeste, ya chocando con el Mar Inexplorable, los gunas micotidos tuvieron su tierra gracias a Míkônn, el hijo emergido de la oscuridad fúngica del vientre de la madre. Y así la representarían sus tierras, las Fungicias Oscuras, indomables y extensas, que solo el desierto de Huunzha les frenaba.
Haciéndole competencia, cubriendo el largo tramo del sureste no cubierto, uno de los más conocidos en el lienzo del tiempo y la luz que se sacrificaría para dar vida fue Shaan, el primero de los queliformes, que dio así a luz a los Lagos Grandes de Shâan-Îl, pues sus acorazados y nadadores descendientes así lo necesitaban.
Por último, uno de los más tardíos, pero a la vez tan apreciados, fue la hermana Fokosg. Su sacrificio, arrojándose a los mares, dio lugar a las diversas islas más allá del continente central, siendo la isla Fôl-Sháng y las islas Kôguáng Orientales y Occidentales sus mayores creaciones. E incluso el gran mar que baña las costas del sur y norte antes de cruzar la península recibió su nombre.
De ella emergerían dos poderosas especies, la combinación entre un crustáceo y un ágil grillo, dando lugar a los grandes navegantes de Shuira. Mientras que los segundos, los corafilos, habitaron las islas que su madre dio para ellos, creando confederaciones navales para satisfacer al continente mayor de otras criaturas y reliquias, así como de alimento y bienestar.
Un último hijo. Pues consolidados los mundos, la expansión de sus habitantes no se hizo esperar. Aquellos que ya habitaban estas tierras, los elementales combinados entre la roca y sus energías antiguas, fueron ampliamente respetados e integrados.
En el abismo, una pareja. Allí donde los ojos de los dioses apenas alcanzaban a mirar. Así, surgieron los antecesores de los grandes países que hoy forman la tierra.
El primero conocido fue la asociación entre dos tribus, formando al Clan Mî-Ng. Quienes se reunían en la ahora ciudad de Gôn-Dán, realizaron el primer pecado: conquistar a otros hijos nacidos del mismo milagro. Así, los Khari-Kegh, quienes eran sus vecinos y adoradores de Hakeg, la Diosa de las Plumas, ahora eran dominados por sus familiares.
Rota la paz divina, las lágrimas de los padres cayeron sobre el mundo. Ningún dios descendió para detener la guerra. Cada uno se refugió en sus territorios y consolidó su dominio.
Así, se establecería el rival de Gû-Míng, su gran enemigo. Al cual, la nación del frío norte apoyaría desde tiempos iniciales. El Gran Khara.
Una federación de distintos territorios, unidos bajo el Panteón de Khar, bajo el liderazgo de Ûmagh-Khâ, primer Gran Kharar que gobernaría.
Así, el ahora constituido como Clan Gû-Míng, que poseía el privilegio de controlar la santa primera ciudad, fue castigado con el arrebatamiento de esta. En su primera guerra contra los Khara, perdieron el dominio de donde reposaban los padres.
Gû-Míng no paró de expandirse. Mientras lo hacía, los ricos territorios del centro-sur y el sur se consolidaban como independientes.
Los Dominios de Kharr-I-Khung, consolidados por los temibles dracogusanos, defendieron con tenacidad sus tierras, aunque sufrieron un notable retroceso. Pero, apoyados por el Gran Khara y sus aliados al sur, pudieron mantenerse en pie.
Shuira, lugar de la especie que creó la primera magia del agua y los poderosos barcos escarabajo, rompedores de los mares, dieron sin fin una defensa mordaz de sus costas, derrotando multitud de veces a Gû-Míng en el mar, aunque no pudieron impedir su matanza y conquista sobre las islas de la sacrificada al agua salina. Unidos por el amor, dominaron lo que sus hermanos nunca se atrevieron.
Acusados. Mentiras.
El Kheiro de Lû-Hún, una especie de reino con corona compartida entre cuatro, de ahí su curioso nombre, puso a trabajar al desierto azul y sus poblaciones, hasta casi la esclavitud, para frenar al enemigo rojo. Kharr-I-Khung haría lo mismo, y lo pagarían caro con una gran rebelión.
Así surgió el Dao de Huunzha, que pese a su enemistad evidente con sus ahora vecinos, se sumó al compromiso comercial y logístico de combatir la amenaza mayor.
Lo mismo harían Lû-Zhúng y Bâm-Báo, que después de ser enormemente reducidos en territorio y poderío, se alinearon a resistir, apoyados por los escorpiones altos de Lû-Hún y los mazos poderosos cargados por los belatrios oscuros de la unión de los santuarios.
Así, Gû-Míng se formaría como un imperio, derrotado tal vez hacia el sur, pero seguiría sus violentas guerras y expansiones hacia el norte y el noroeste, contra Pâalegk y sus fríos escamados de bermelio, hasta llegar contra Zing Darak.
Buscó colonizar la Península de Khoen, haciendo gala de un hábil y oscuro comerciante de la guerra, robando posiciones a Zing Darak, Chok-Sanda y Urrk-Ghokk, perpetrando matanzas y esclavitud para su máquina de extraer sangre y coraza.
Confederados en una alianza, las naciones de la península y de los fríos montes del norte se alinearon para frenar esta expansión de parte de Gû-Míng, llegando así hasta nuestros días. El abismo, incolonizable, permaneció. Como si algo en sus profundidades rechazara toda bandera.
Interminables conflictos se sucedieron entre y antes de llegar a este punto. Mil años después del sacrificio de los padres. La ciudad santa se ha visto olvidada de su nombre, y los padres permanecen en una inexpugnable cúpula de metales protegiéndolos, negándose el paso a cualquier otro que lo desee.
Indomables, los dioses de cada sitio, hijos primeros de la madre y del padre, se habían dado ahora como señores, meros contenedores de adoración, poder y bendición, reservando y dando guías, opiniones, juramentos y poder, que tras discurrirlo por completo, les hizo contemplar con distinta emoción el mundo.
Algunos tomaron formas activas, brindando metales y armas de propiedades únicas. Otros se volvieron curadores de enfermedades y dadores de sabiduría, otros, de una maldición a cambio de ofrecer un poder grandioso. Pero todos aceptaron que sus hijos se enfrentasen y construyesen, a sangre y fuego, el nuevo mundo. Pues así lo exigía la nueva norma del mundo.
Los originales, los verdaderos primeros. Ya no podían hacer mucho. El mundo había crecido más allá de las manos que lo crearon. Órdenes sagradas, cuerpos de defensa de lo sacro, cuerpos de guerreros santos, usadores de arcos y espadas bañadas en gotas de divinidad: cada nación dio el poder a sus consagraciones religiosas, que se volvieron después una parte de sus milicias.
Una nueva guerra entre Gû-Míng y el Gran Khara volvería a estallar. Ahora, decididos a retomar la ciudad sagrada de cuyo nombre se desconoce. Pero los del abismo lo saben. No haría falta ver estallar las trompetas, las corazas y las garras, las piqueras y garralanzas, los cañones contra los tronadores, las espadas ungidas contra las cuchillas de onicidos, una vez más.
Todo se empezaría a ver cada vez más terrible, cuando Kharr-I-Khung, disputándose las minas de su frontera con Lû-Hún, entraron en guerra. Un mantis, una bendición del abismo. Uno que jamás pidió tal honor. La paz y unicidad en el sur, lentamente quebrándose entre aquellos que resistieron el embate de los escarabajos.
Huunzha. De ellos solo saldría el dinero, mas dejarían de preocuparse por el conflicto. Si los Kharr no cesan su guerra, Gû-Míng, tarde o temprano, pondrá de nuevo sus ojos en ellos.
El penitente para los verdaderos herederos. Shuira, aunque resiste, se queda lentamente atrás en la carrera por las tecnologías maritimas. Mientras que Gû-Míng apresura su conquista hacia la Península de Khoen, quienes resisten con sus galos conocimientos en las magias del cristal y el hielo.
Daría fin a todo. A una guerra, a una mentira o quizá a una era. Los del frío norte se preocupaban cada vez más, pero algo asotaría con crudeza al mundo. La Fría Tempestad, enfermedad traída de vientos hacia el norte, devastaría una parte de la Confederación de Khu-Lhun, al Gran Khara y luego a Gû-Míng, congelando la guerra en un punto moribundo.
El rojo emperador seguiría buscando. Buscaría hacerse emperador del gran mundo y reobtener la ciudad del divino y desconocido nombre. Pero su gracia y poder lentamente se pierden en su imperio, mientras sus recursos y crisis aumentan y son cada vez más finos.
Una única esperanza para el mundo ha de venir de algún lugar. Y toda esperanza verdadera suele llegar desde donde nadie desea mirar. Una que condenará y bendecirá a pueblos a voluntad. Una en la que el primer y último verdadero hijo está pensando. Así lo pide el espejo, así lo piden los que miran alejados en el abismo.
Pero para cuando eso suceda, tendrá que verse. Pues el mundo es cruel y despiadado, y la victoria del imperio, tan lejos no parece estar.
La última crónica se la heredo a quien desee darla.
