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Las luces de la ciudad de Nueva York brillaban en neón en lo que lentamente se alzaba el sol, las estructuras de los edificios tenían detalles cibernéticos, y ciertos carteles de las tiendas estaban hechos con hologramas en neón. Los autos volaban con tecnología hovercraft, al igual que motocicletas o chicos usando sus patinetas. Todo tenía una estética muy al estilo películas futuristas de los años noventa, uno hasta pensaría que lo era. Pero no. Era la realidad en la que ahora vivía el mundo.
La realidad del año 2093.
Sin embargo, no era la superficie de la ciudad de Nueva York lo que interesaba aquí, ¿o sí?
Claro que no, pues esta historia comienza desde un punto recóndito de la ciudad. En una bodega vieja, en la zona urbana abandonada de la ciudad en el Bronx, a la que prácticamente nadie quería acercarse. Allí yacía un acogedor refugio. Sí, era húmedo, oscuro, con restos de basura, y olor a hierro y orina seca. Pero fue modificada y reconstruida. No era muy lujosa, pero tenía una estufa caliente, protegía de la lluvia, y no pasaba nadie a molestar a los residentes. Podría considerarse un hogar.
Dentro de la bodega había algunos contenedores de embarque viejos y decorados, y entre medio de eso, estaba un medio tubo hecho de madera aglomerada donde pasaban el rato cuatro hermanos. Eran adolescentes, pero… ¿No eran humanos?
Pasando con velocidad, un adolescente de piel verde, caparazón, y catorce años, patinaba sobre su hoverboard de luces naranjas neón. Su piel verde clara tenía marcas amarillentas por ser una tortuga radiada, a la par de tener implantes cibernéticos en su nuca y caparazón. Sus ojos eran violetas, tenía una máscara naranja corta, y usaba bermudas con parches y brazaletes hechos por él mismo.
—¡Vamos Leo! ¡Eso cuenta como entrenamiento!
Leo, su hermano mayor de diecisiete años, lo observaba, serio. Era una tortuga de río, y sus brazos llenos de pecas estaban cruzados en lo que se apoyaba contra la pared, su pierna derecha con un implante en la rodilla descansando contra la pared. Sus ojos eran dorados, tenía un piercing en la ceja izquierda, y la bandana que él usaba era larga y azul.
—Entrenamiento no es lo mismo que caos, Mikey.
Junto a ellos, un niño tortuga de doce años estaba golpeando un saco de arena con determinación. Sus ojos de colores disparejos, el derecho biónico con una luz dorada asemejando el iris, mostraban hartazgo, mientras golpeaba el saco con habilidad con su gruesa y larga cola de tortuga mordedora. Su máscara era roja, y usaba un poncho rojo con la capucha baja.
—Habla por ti.
El cuarto hermano, una tortuga de caja de quince años, estaba sentado en su escritorio, ajustando los circuitos de un dron con pinzas de precisión de su brazo protésico izquierdo, con algunos cables visibles; sus ojos eran azules grisáceos, su máscara era morada y corta, y usaba un chaleco táctico lleno de bolsillos. De repente, la pantalla holográfica de su escritorio lleno de chatarra y herramientas se iluminó con un símbolo rojo parpadeante.
—Chicos… creo que tenemos un problema.
La pantalla mostraba un mapa de la ciudad. Una señal roja titilaba en la zona industrial de Queens; humo verde emanaba de las chimeneas de las fábricas.
—¿Problema tipo… explosión?
—Peor.
—… ¿Explosión de brillantina?
—Mikey… —Rafa, el hermano de la máscara roja, rodó los ojos.
—¿Qué? ¡La brillantina es increíblemente difícil de limpiar!
Donnie, el hermano de morado, hizo una pausa, y la pantalla mostró las cámaras de seguridad, de un contenedor de cristal de una especie de hongo verde brillante siendo trasladado.
—Mutágeno.
Donnie tecleó algunos comandos en su computadora, y la pantalla se expandió con más detalle.
—Ya tengo la ubicación. ¿Están listos?
Los cuatro hermanos sonrieron. De la pared en un suspensor electromagnético, los cuatro sacaron sus armas: Leo unas katanas de plasma con detalles azules, Donnie un bastón bō retráctil de titanio, Rafa unos sai eléctricos con detalles en rojo, y Mikey unos nunchakus tecnológicos unidos con cables naranjas.
Prepararon sus armas, y las luces de un vehículo se encendieron.
El convoy tenía una furgoneta con contenedores de micelio y muestras del hongo mutante, el Moco-Hongo. La puerta de la furgoneta negra se cerró, y ahí estaba el logo del Clan del Pie en un rojo fluorescente, tres puntas ascendentes y dos óvalos puntiagudos debajo, asemejando el rostro de un búho. Desde el asiento del conductor, una mujer jabalí mutante con cabello fucsia y colmillos metálicos, golpeó la puerta.
—¡Rápido, tenemos prisa!
Uno de los ninjas tropezó con uno de los contenedores y fue atrapado por una mujer rinoceronte mutante con trenza rubia y un cuerno con placas metálicas, quien apenas se inmutó al atraparlo. Se lo entregó contra el pecho al ninja, mirándolo seriamente.
—No quieres que esto te toque. Créeme.
El ninja asintió rápidamente. Los demás ninjas del Clan del Pie enmascarados se subieron a sus motocicletas y arrancaron. En el asiento del copiloto de la furgoneta se subió la rinoceronte mutante, y la mujer jabalí arrancó, seguida por las motos de los ninjas. La furgoneta tenía funcionalidad de tipo hovercraft, lo que la hacía suspenderse a centímetros del suelo.
Por unas calles avanzó el convoy con tranquilidad, hasta que Bebop, la mujer jabalí, notó unas luces que venían desde arriba. Ajustó el espejo retrovisor de la puerta, y vio que estaban siendo perseguidas. Una lancha torpedera de 1940’s modificada con tecnología hovercraft color verde militar los perseguía.
—¡Agh, rayos! ¡Las tortugas nos siguen! —exclamó molesta y toscamente Bebop.
La mujer rinoceronte, apodada Rocksteady, accionó una palanca en su asiento, el techo se abrió, y se dio vuelta. En su hombro yacía un cañón sónico pequeño, y apuntó a la nave de las tortugas.
Dentro de la lancha torpedera, Leo estaba conduciendo en el piloto que parecía de un F1, en la proa, Donnie tenía su estación a babor de la nave como operaciones tácticas, Rafa está en la estación de batalla en la popa, y Mikey en estribor en un asiento giratorio en navegación.
—Chicos, Rocksteady ya nos tiene en la mira, prepárense para las maniobras evasivas —advirtió Leo.
El mayor se puso un casco azul de realidad virtual, y Donnie tocó unos comandos en el teclado de su estación en lo que se ponía unos auriculares con micrófono, y habló por el intercom.
—Rafa, voy a activar los escudos, prepárate para disparar.
Desde su estación, Rafa soltó una carcajada algo maquiavélica.
—¡Siempre estoy listo para disparar!
Repentinamente, la mujer rinoceronte les disparó con el cañón de su hombro. Leo hizo maniobras evasivas, esquivando los repetidos ataques de la rinoceronte. Rafa estaba en la cúpula de cristal de la nave en la popa, y apuntó su torreta a Rocksteady, pero antes de poder dispararle, esta les disparó una onda eléctrica. La nave de las tortugas se inmovilizó unos segundos en el aire, y el convoy aprovechó para alejarse a toda velocidad.
Todas las pantallas se iluminaron de rojo intermitente. Leo se quitó su casco de realidad virtual y miró a sus hermanos.
—¡Pasaremos al modo urbano!
—¡Oh, sí!
Los cuatro accionaron unas palancas, de sus estaciones descendieron, y la nave los “escupió” con cuatro motos con ruedas de luces de los colores de sus máscaras.
Bebop ajustó nuevamente el espejo retrovisor, y vio cómo los cuatro hermanos los perseguían nuevamente. La mutante jabalí golpeó el volante furiosa y miró a los ninjas en sus motocicletas.
—¡Encárguense de ellos!
Las tortugas en sus motos con estelas de los colores de sus máscaras seguían al convoy, y las motos de los ninjas del Pie se hicieron para atrás para deshacerse de ellos. Un ninja en moto se acercó a Donnie, pero este sacó su bastón bō retráctil, lo desplegó, y con la punta electrificada, le dio un choque y cayó. A Mikey lo emboscaron dos ninjas por los costados, pero él, agarrándose del manubrio con ambas manos, hizo una patada split y se cayeron.
—¡Ahí se ven, perdedores!
A Rafa lo seguían dos ninjas por detrás. Él activó el piloto automático de su moto, tronando su cuello. Sacó sus sais, saltó a una de las motos enemigas, y apuñaló la pantalla de esta. El ninja perdió el control, y Rafa saltó al siguiente, pateándolo en la cara. El ninja se cayó, y Rafa tomó la moto enemiga como un deslizador para volver a la propia.
—¡En tu cara, literalmente!
Leo vio a tres ninjas en motocicletas, y sacó un shuriken tecnológico. Apuntó a una de las motos del centro, y lo lanzó a la rueda. La rueda se trabó, y el ninja salió volando, chocando con el de la izquierda. Con el último que quedaba, Leo lo alcanzó y con su katana de plasma, perforó el motor, y el tercer ninja también cayó.
Leo se acercó con su moto a la puerta trasera de la furgoneta, y activando el piloto automático, saltó a la puerta. Sacó una de sus katanas de plasma y cortó la cerradura de la puerta, abriéndola y entrando por los contenedores de hongo mutante. Rocksteady lo notó y se desabrochó el cinturón para ir atrás. La mutante rinoceronte tronó sus nudillos.
—Tú y tus hermanos me están cansando.
Leo sacó ambas katanas y se puso en pose de pelea. Rocksteady no perdió tiempo y empezó a lanzar golpes a Leo, quién bloqueaba con sus espadas o de plano esquivaba. Bebop vió un bloqueo adelante, y dio una vuelta brusca, causando que los contenedores del hongo mutante mal asegurados salieran volando de la furgoneta.
—¡NO! —exclamaron las cuatro tortugas.
El tiempo pareció ralentizarse; Leo estaba siendo agarrado del caparazón por Rocksteady, Mikey estaba haciendo acrobacias en su moto para evitar ataques de ninjas enemigos, Donnie forcejeaba con un ninja necio, y Rafa estaba tratando de empujar a un ninja que le copió su idea y se subió a tu moto, mientras los contenedores salían de la furgoneta.
“—Sé lo que estarán pensando: ‘¿Cómo es que cuatro tortugas mutantes en unas motos súper tecnológicas terminaron en una persecución contra una rinoceronte y jabalí mutantes por un hongo?’
“—Ahora mismo se los explicamos.”
“—¡Oye, yo quería decirlo!”
“—¡Cállate, Mikey! ¡Déjalos contar la historia!”
“—En fin… vamos a rebobinar. Tendremos que empezar desde el comienzo.”
“—Obvio, ni modo que empecemos desde el final…”
“—¡Mikey!”
En unos tubos en la pared de ladrillo desgastado, dormían las tortugas como si fueran sus camas, pues eso eran. Rafa roncaba suavemente, y los demás dormían plácidamente. Por la entrada de ese túnel, una rata mutante de pelaje marrón con algunas canas y ciego de un ojo, hizo su aparición portando un bastón. Sonrió al ver a sus hijos dormir, pero al ver su reloj de muñeca, empezó a golpear el piso con su bastón para despertar a sus hijos, quienes lo hicieron, asustados.
La rata rio ligeramente, y las cuatro tortugas lo miraron molestos.
—Buenos días, chicos. Hora de desayunar.
Mikey rezongó con molestia.
—Papá, es muy temprano.
La rata se rió y se alejó en lo que iba a preparar el desayuno. Las tortugas se levantaron y prepararon sus ropajes de mala gana.
“—La rata comediante, como vieron, es nuestro papá, el maestro Splinter. Y como ven, es un chistosito.”
El dojo tenía tatamis en las paredes y algunos proyectores holográficos que mostraban secuencias de combates 1 vs. 1. Splinter, la antes mencionada rata, hizo un movimiento de pelea y las tortugas lo imitaron. Leo hizo una patada giratoria hacia un muñeco de heno. Mikey hizo un split sosteniéndose con ambas manos en el piso. Donnie practicaba su puntería lanzando shuriken a unas dianas. Rafa practicaba golpes en un saco de boxeo en partes marcadas.
Los hermanos exploraban unos túneles subterráneos abandonados, Mikey estaba enima de su hoverboard y pintando una línea de pintura en spray en la pared de color naranja, Donnie estaba retocando los circuitos de su brazo protésico sin dejar de caminar, Rafa camina en silencio con la capucha de su poncho rojo puesta, y Leo estaba vigilando que no hubiera ningún humano fisgón cerca.
La verdad es que la vida de los hermanos no era la gran cosa. Prácticamente entrenaban, pasaban el rato jugando videojuegos o haciendo otras actividades, hacían sus deberes escolares —porque su padre no quería que fueran ignorantes—, y listo.
Ahora, la pregunta de oro: ¿Querían vivir en la superficie, con los humanos, bajo el sol?
Bueno, si siempre un animal estaba encerrado, iba a añorar la libertad al ver a otros animales tenerla.
No era que los hermanos nunca hubieran salido a la superficie, lo hicieron. Pero no muy abiertamente que digamos. Siempre debían tener cuidado de que nadie los viera; ir y volver rápido. Y las únicas dos condiciones de su padre para dejarlos salir eran: quedarse siempre en el anonimato, y siempre tener la ubicación de sus comunicadores activadas. Solo para estar tranquilo.
Donnie cerró la tapa de los circuitos de su brazo, y miró algo a su izquierda. Una acumulación de hongo mutante, verde brillante… Más o menos. Se hincó a verlo, y Leo lo notó.
—Ehh, no creo que debas acercarte tanto.
Donnie lo ignoró a medias, y de sus goggles, se desplegó una máscara transparente para respirar. Con su brazo protésico, sacó una pinza pequeña, y sacó un pedazo del hongo como muestra. De su riñonera sacó una ampolla estéril y guardó ahí el hongo.
—Donnie, ¿Qué te hace creer que recoger eso es buena idea?
El de morado se quitó la máscara en lo que los dos menores lo miraban junto a Leo.
—No me digan que ninguno nota nada raro.
—¿Aparte de tu actitud?
—Am, ¿hongo mutante volátil que se esparce como plaga y que no debemos tocar o inhalar?
El de morado rodó los ojos.
—Está menos brillante de lo normal.
—Oh, se muere el Moco-Hongo, qué lástima. Voy por el tanatopractor.
Donnie ignoró el evidente sarcasmo de su hermano y se abrió camino de vuelta a su casa. Los demás se miraron curiosos.
“—Viéndolo en retrospectiva, tal vez debimos escuchar a Donnie…”
“—Noooo, ¿te parece?”
En su mesa de trabajo, Donnie estaba con la máscara transparente mientras analizaba el hongo con un microscopio súper avanzado. Su mesa de trabajo tenía planos holográficos de armas y vehículos, herramientas y chatarra tirada. Sus hermanos aparecieron por detrás, curiosos. Donnie les habló sin voltear.
—No se acerquen sin máscaras.
Leo no lo pensó dos veces y tomó un dispositivo de otra mesa, se lo puso en la sien, y se desplegó una máscara protectora. Rafa y Mikey hicieron lo mismo, y se acercaron a ver encima del hombro de Donnie. Tenía varias pantallas holográficas que mostraban la cámara del microscopio, los gráficos del hongo, y otras cosas más.
—¿Descubriste algo que te haga dormir tranquilo? —preguntó Leo inseguro.
Donnie no respondió, y Leo le tocó el hombro.
—¿Donnie?
Donnie quitó sus ojos del microscopio, y a través de su máscara transparente, se veía que estaba preocupado.
—¿Qué pasa?
Sin decir una palabra, Donnie apuntó a las pantallas holográficas de su mesa de trabajo, específicamente a una que medía el nivel de toxicidad. El medidor mostraba que la toxicidad era alta. A Leo le tembló un ojo, Mikey parecía tener la cabeza en las nubes, y Rafa parecía ido.
—¿“Toxicidad alta”? ¿O sea que estamos en un punto tóxico?
—El Moco-Hongo está muriendo, y las esporas que libera son más peligrosas que las que liberaba normalmente. Si no me fallan los cálculos, empezó a descomponerse hace al menos 36 horas.
Asustado, Leo tomó alterado los hombros de Donnie al escuchar eso último.
—¡¿Vamos a morir entonces?!
Donnie arrancó las manos de su hermano de sus hombros con molestia y guardó la muestra del hongo nuevamente.
—Si nos quedamos aquí más tiempo del necesario, sí. Y no podemos consumir nada que haya tenido contacto con el hongo, ni siquiera agua…
A Mikey se le abrieron los ojos, asustado. Leo, Donnie y Rafa lo notaron. Leo puso sus brazos en las caderas, y Rafa los cruzó.
—Mikey, ¿hay algo que quieras compartir con la clase?
Mikey escondió su cabeza lo más posible en su caparazón, pero los demás lo presionaron con sus miradas. Forzado, Mikey habló.
—¡De acuerdo! Am… anoche desperté porque tenía sed, y… en lugar de tomar el agua embotellada, me serví agua del grifo.
A Leo le tembló nuevamente el ojo, Donnie tiró su cabeza para atrás con pesadez, y Rafa reaccionó.
—Yo te pedí agua anoche… no me digas que era del grifo también.
El silencio de Mikey fue la única respuesta que obtuvieron. Rafa gruñó y se le tiró encima a Mikey para estrangularlo. Mientras los dos menores peleaban y Mikey suplicaba piedad a su agresivo hermano menor, Leo se frotó la cabeza y miró a Donnie.
—¿Qué debemos hacer?
—Eh… lo más recomendable sería una mudanza de emergencia antes de que las esporas muertas del Moco-Hongo se esparzan.
—Iré a decirle a papá.
Leo entró al dojo caminando apresurado, pero encontró a Splinter colapsado en el suelo.
—¡Papá!
El mayor corrió a asistirlo, pero Splinter estaba debilitado e ido, y junto a él yacía un vaso de vidrio roto con agua derramada.
—No, no, no, no, no… ¡Papá, despierta!
Leo hizo a Splinter recargarse en su hombro, e intentó moverlo gentilmente para despertarlo sin éxitos. Sus ojos se humedecieron; la máscara de líder perfecto se rompió.
—¡Donnie, ven acá!
Corriendo, llegó Donnie, y al ver la escena, se acercó presuroso a asistir rápidamente a su papá, asustado. Le revisó el pulso en la muñeca y acercó su dedo a su nariz para comprobar que respirara.
—Su pulso está débil, pero aún respira.
De su riñonera, Donnie sacó una máscara desplegable y se la puso a su papá para que pueda respirar mejor. Sin embargo, no despertó. Leo miró seriamente a su hermano.
—Está decidido, nos iremos ahora.
Lluvia ligera caía esa noche en la ciudad. Luces de neón reflejadas en el asfalto, en un arcoíris de tonalidades brillantes. En una esquina, yacía un pequeño edificio con un cartel parpadeante: Clínica Veterinaria – Abierto 24H. En la azotea cercana, cuatro siluetas observaban.
—Ese es el lugar.
Donnie revisaba la pantalla holográfica de su brazo protésico.
—Los registros dicen que tienen antibióticos y antifúngicos.
—¿Para gatos o para tortugas mutantes ninja? —preguntó Mikey, rascando su cabeza. Rafa le dio un empujón con su codo, cruzado de brazos.
—Cállate y vamos.
Y sigilosos como sombras, saltaron desde la azotea.
La clínica estaba casi vacía, salvo por jaulas con cachorritos y gatitos en adopción ya dormidos. Detrás del mostrador trabajaba una chica de dieciocho años, de piel oscura, cabello rojo frambuesa recogido, y usaba un uniforme de empleada de veterinaria, y gozaba de una mirada inteligente. Estaba revisando melancólicamente una tablet.
—Una noche más, un sueldo más —habló para sí misma—. Papá, espero que esto sirva de algo…
De repente, la chica oyó un ruido en la puerta trasera. Levantó la vista, pues no se suponía que nadie estuviera con ella a esa hora.
—¿Ho-Hola?
Silencio. Eso no sabía si la asustaba más o menos. Tragó saliva, y caminó hacia el pasillo con cautela, a la bodega de medicamentos.
De repente…
Mikey se asomó accidentalmente desde detrás de un estante, y su frente estaba sudando. Los dos se miraron, procesando lo que estaban viendo.
—...
—…
—Eh… Hola.
La chica dejó caer la tablet y se rajó la pantalla.
—¿QUÉ DEMONIOS—
Las otras tortugas aparecieron, Leo revisando un estante, Donnie con su escáner de su brazo protésico, y Rafa se veía mareado, reposando contra la pared. Ella retrocedió y cayó al suelo torpemente, tomando una jaula para hámsters como defensa.
—Genial. La asustaste —Rafa le reclamó.
—¡Yo no hice nada!
Donnie levantó las manos.
—Por favor, no grites.
La chica estaba agitada, apuntándoles con la jaula temblorosamente.
—¿TORTUGAS… GIGANTES… HABLANDO?
Leo dió un paso adelante, alzando las manos.
—No queremos hacerte daño.
Los miró a todos uno por uno, como analizando una ecuación matemática. Empezó a cachetear su cara suavemente, como si estuviera tratando de despertar de un sueño.
—… Estoy soñando. Esto no es real, tengo que estar soñando
—Eso sería más fácil de explicar.
La tortuga de morado se hincó a la altura de la chica, mostrando un pequeño frasco con una muestra del hongo frente a ella.
—Necesitamos medicamentos.
Ella observó dudosa pero inquisitivamente el frasco. El hongo emitía un leve brillo verde que ella parecía… ¿Reconocer?
—¿D-De dónde sacaron esto?
—De las alcantarillas.
La chica frunció el ceño.
—Eso… no es natural.
Se puso de pie y abrió un gabinete médico, empezando a sacar medicamentos, y casualmente dijo:
—Mi papá investigaba algo parecido.
Las tortugas se miraron, sorprendidos de la rápida confianza.
—¿Algo parecido?
—Una corporación —dijo ella, sin dejar de rebuscar el cajón—. ITCI. Y un científico. Baxter Stockman.
Rafa empezó a tambalearse.
—Rafa…
Ella lo vio, y su mirada cauta cambia a compasión al ver a Leo ayudar a su hermano a apoyarse contra la pared. Su voz no titubeó.
—Están enfermos… —sonaba a que estaba compadeciéndose. Suspiró— Bien. Voy a ayudar. Pero después quiero respuestas.
Mikey sonrió.
—Trato hecho —puso sus manos en sus caderas, como si se jactara de algo. Hizo una pausa para pensar, y luego preguntó:—. ¿También venden pizza aquí?
La chica parecía incrédula por la pregunta
—No…
—Entonces este lugar necesita muchas mejoras —el chico tortuga de naranja cruzó sus brazos.
Y de repente, Mikey se desplomó de cara en el piso, abatido por la fiebre. La chica miró al chico de naranja con los ojos abiertos en grande, y Donnie rodó los ojos. Lo que era tener un hermano como Mikey…
—Yo me encargo, tú busca los medicamentos, por favor…
Ella asintió y siguió buscando en el gabinete. Miró dubitativa a los hermanos un segundo.
—Mi nombre es Abril…
Las tortugas se sorprendieron por la confianza, mas no dijeron mucho. Una vez Donnie ayudó a Mikey a sentarse, le ofreció la mano a la chica para estrecharla.
—Yo soy Donnie. Ellos son mis hermanos, Leo, Rafa y Mikey.
La chica sonrió amablemente y estrechó su mano.
En una bodega vieja, oxidada y llena de cajas y palets de madera, las tortugas estaban acomodándose y tomando sus medicinas. Splinter estaba en un palet con cartón doblado haciendo de colchón improvisado y se cubría con una manta. Donnie usaba una caja de madera como escritorio improvisado donde estudiaba la muestra del hongo con la máscara transparente, y con sus goggles estaba analizando la muestra.
—¿Por qué sigues jugando con esa cosa?
Donnie levantó sus goggles y miró a Leo.
—Eso que dijo Abril me dejó pensativo, quiero ver si encuentro algo que concuerde con lo que ella dijo…
Desde el suelo, sentado contra una columna hecha de una viga de metal y con una manta que le cubría hasta los hombros, Rafa soltó una risa sarcástica.
—¿Fue por eso que le pediste su número para seguir en contacto, o vas a poner alguna excusa barata?
Con una vena en su frente palpitando, Donnie replicó:
—Primero, barato tu poncho de Caperucita Roja.
—¡¿Eh?!
—Segundo, siento que ella puede saber algo que nosotros ignoramos, así que si ella puede ofrecernos alguna respuesta, prefiero tenerla a mano.
Mikey estaba sentado en la columna frente a Rafa y se rió del comentario de Donnie. Aunque el gusto le duró poco cuando le dieron náuseas, y tomando un balde, vomitó dentro. Leo rodó los ojos y le ofreció una botella de agua a Mikey. Él miró la botella de agua, pero su visión se distorsionó; las luces de la bodega se convirtieron en remolinos de colores. Parpadeó, pero no se aclaró. Splinter tosió un poco, y Leo le limpió la frente con un paño húmedo.
—Al menos dime que hay algo que nos sirva, Donnie…
Donnie se puso sus goggles de vuelta y revisó la muestra de nuevo con la vista microscópica. Tomó un sorbo de una lata de bebida energética, pero al ver algo que le llamó la atención, se atragantó con su bebida. Leo se mostró preocupado por la reacción de su hermano.
—¿Donnie?
—… Esto no es un hongo normal.
Los otros tres se miraron entre sí sin entender.
—¿Por qué?
Para explicarles mejor, Donnie desplegó la gráfica en una pantalla holográfica, y mostró los patrones del hongo, hexagonales como panal de abejas.
—Las células están organizadas en patrones geométricos. Como circuitos.
—¿Hongos con Wi-Fi?
—Peor. Además tiene un marcador químico. Una firma de laboratorio.
—¿Entonces… ? —Rafa no parecía entender.
—Entonces alguien creó esto. Tal vez la empresa que Abril mencionó…
—Creo que dijo… ¿ITCI…? —dijo Rafa, pensativo— Suena a nombre de la corporación malvada de una película. ¿Vamos a romperles algo?
Con un suspiro, Donnie desplegó un teclado holográfico de su brazo protésico, y empezó a tocar comandos con ambas manos, tecleando y buscando información.
—Okay, ITCI… Instituto Tecno Cósmico de Investigación, ITCI, o TCRI en inglés. Es un laboratorio de renombre, en la zona límite entre Brooklyn y Manhattan.
Donnie miró a Leo, y este cruzó sus brazos. Miró a su padre, preocupado.
—Papá, ¿vas a estar bien?
La rata tosió un poco, pero forzó una sonrisa.
—Dormiré un poco y estaré mejor.
Leo suspiró con pesadez.
—Bien, apenas Mikey y Rafa estén mejor, saldremos.
Mikey se puso de pie de golpe, pero al poco tiempo le dió otro mareo y cayó de cara al suelo de nuevo. Rafa suspiró y se puso de pie lento, golpeando su puño contra su palma.
—Ya me siento lo suficientemente listo como para ir a patear traseros.
Antes de siquiera poder salir, escucharon un ruido de arriba. Al mirar hacia el techo de cristal, divisaron a alguien, una humana encapuchada, parada en una de las vigas de metal. Rafa sacó sus sais eléctricos.
—¡Intrusa!
Sin embargo, Donnie lo detuvo.
—¡Alto, es Abril!
—¡¿Ah?!
Para confirmar, Abril alzó las manos y se quitó su capucha, revelando su cabello rosa frambuesa, aclarando que sí era ella.
—¡Sí, soy yo!
La pelirrosa saltó de la viga hacia un semi-nivel que había entre el piso de abajo y el techo, corrió por encima de unas cajas de madera, se deslizó sentada por el pasamanos de la escalera, y con una vuelta, aterrizó en una rodilla frente a la familia mutante, sorprendiéndolos.
Sin bajar sus sais, Rafa preguntó confundido:
—… ¿Y ella siempre entra así?
—Creo que es su superpoder —dijo Mikey.
—Lo siento por entrar así —la chica se puso de pie, limpiando sus manos en su ropa—, pero… bueno, es la primera vez que conozco a tortugas mutantes, y… —puso sus manos en sus caderas— algo me decía que tendrían curiosidad de saber lo del ITCI.
Rafa miró inquisitivamente a la pelirrosa, cruzando sus brazos.
—¿No es muy conveniente que quieras ayudarnos por buena samaritana?
Abril forzó una sonrisa nerviosa, pero al ver cómo todos la miraban como queriendo que confesara un crímen, suspiró, sin alternativa, y guardó sus manos en los bolsillos de su chaqueta verde de bombero.
—Me sorprende lo fácil que estoy contando mis problemas personales a unos mutantes desconocidos, pero… ya qué.
De su muñequera, mostró una pantalla holográfica donde tenía un documento.
—Mi papá era periodista, y estaba investigando al ITCI. Estaba revisando sus notas después de que se fueron, y… —desplegó una imagen del hongo mutante en el documento— ese hongo que me mostraron me pareció demasiado familiar.
Donnie expandió la imagen con ambas manos, y luego tomó la muestra enfrascada del hongo.
—Son idénticos… —sonrió brevemente— Pero espera, ¿por qué nos muestras esto?
La chica jugó con uno de sus rizos tímidamente.
—Por mi papá —confesó ella, mirando al suelo—. Desapareció hace unas semanas, y la policía no encontró nada. Espero que… si los ayudo con esto, me puedan ayudar a encontrarlo.
Leo miró a su papá, aún débil en su colchón improvisado. Luego a Mikey, que intentaba levantarse del suelo. Luego a Donnie, que ya estaba tecleando datos. Luego a Rafa, que tenía los puños listos. Asintió.
—Pues… no veo por qué no podríamos investigar sobre él un poco.
Un rascacielos corporativo de vidrio negro y luces de neón verdes, mostraban las letras ITCI, y debajo un holograma de la frase completa, “Instituto Tecno Cósmico de Investigación”. Drones de seguridad patrullaban el perímetro. En la azotea de un edificio cercano, las tortugas observaban.
—Así que el hongo raro salió de esa torre malvada… —comentó Mikey— Nada sospechoso.
—No sabemos si salió de ahí. Pero el documento que Abril nos mostró tenía el logo de ITCI —habló Donnie, proyectando un holograma de los símbolos del hongo.
—Entonces entremos y preguntemos.
—Raph…
—¿Qué? Amablemente.
—Amablemente violento —bromeó Mikey. Por su parte, Leo suspiró.
—Entramos. Rápido. Sin que nos vean.
Mikey sonrió.
—Oh, esto va a salir perfecto.
Las tortugas se deslizaron por los ductos de ventilación. A través de las rejillas, se veían cápsulas biológicas, laboratorios sellados, contenedores con advertencias. Leo abrió una rejilla y los cuatro aterrizaron de pie en el suelo. Donnie se acercó a un panel en una pared y lo conectó a su brazo protésico, buscando información.
—Si el hongo es mutágeno sintético… El ITCI debería tener registros —la pantalla holográfica empezó a proyectar una interfaz de archivos. Susurraba mientras leía los archivos—. Proyecto Quimera… bioingeniería… organismos mutagénicos… —Conforme seguía leyendo, su expresión cambiaba a una no tan alentadora.
—¿Donnie?
—… Esto es peor de lo que pensé.
Desde un monitor, y sentado en una silla de comando, alguien observaba por un monitor a las tortugas en una cámara de seguridad. Una figura observaba, un científico afroamericano arrogante, con implantes cibernéticos. Se inclinó hacia la pantalla.
—… ¿Tortugas? —con un movimiento de sus dedos sobre la pantalla, amplió la imagen— Tortugas mutantes —sonrió, sus dientes torcidos dándole una apariencia aterradora—. Esto sí que es nuevo —con un botón, activó un comunicador—. Seguridad, intrusos en laboratorio C. Autorización para respuesta… Clan del Pie.
Las luces se apagaron, y por un segundo, hubo silencio.
¡CHINK!
Una shuriken se clavó en la pared. Desde la oscuridad emergieron ocho ninjas, usando un logo rojo: tres puntas ascendentes y dos óvalos puntiagudos debajo. Leo dió un paso al frente.
—Formación.
Las tortugas se colocaron espalda con espalda, o más bien caparazón con caparazón, sus corazones latiendo con fuerza. Dos ninjas saltaron desde arriba. Leo desenvainó sus katanas, y con un ¡CHINK! Bloqueó ambos ataques y giró sobre sí mismo. Luego empujó a uno contra una mesa de laboratorio. El segundo intentó cortarlo, y Leo lo desarmó con un movimiento limpio.
Tres ninjas cargaron contra Rafa. Este sonrió como niño que acababa de encontrar el frasco de galletas de la abuela.
—Por fin.
Uno lanzó un puñetazo, Rafa lo bloqueó con el antebrazo y lo lanzó contra una vitrina, haciendo reventar el vidrio. Otro ninja intentó apuñalarlo, pero el niño usó su caparazón para embestir. El tercero lo pateó, pero Rafa apenas se movió.
—¿Eso fue todo? —y sin perder tiempo, le dio un cabezazo.
Un ninja lanzó shurikens, pero Mikey los esquivó con un par de volteretas. Sacó su hoverboard, y con un hábil movimiento se impulsó por una mesa, deslizándose entre las piernas de dos ninjas. Luego golpeó a ambos con su nunchaku.
—¡Ninja-skate style!
Donnie activó su bastón bō de titanio, a la par que un ninja lo atacaba. Donnie presionó un botón, electrificando su bastón.
¡ZAP!
El ninja se sacudió todo electrificado y cayó inconsciente. Otro ninja apareció por detrás, pero Donnie activó un dron miniatura en forma de huevo con dos antenas que disparó una luz cegadora y lo golpeó con su bastón como haciendo un home-run.
—Siempre traigan sus herramientas —comentó la tortuga, girando hábilmente su bastón.
Más ninjas llegaron.
—¡Equipo! —llamó Leo.
Un ninja saltó hacia Mikey, y este hizo un split, esquivando el ataque. Leo cortó el arma del ninja de un tajo, y Rafa luego lo lanzó contra la pared. Donnie vio cómo dos ninjas estaban corriendo por un pasillo hacia donde estaban ellos, y con la punta electrificada de su bastón, apuñaló el panel de la puerta automática, y esta se cerró encima de esos dos, aplastándolos contra el suelo.
¡CLANG!
Los ninjas sacaron armas eléctricas. El combate se tornó más difícil. Uno de ellos golpeó la rodilla cibernética de Leo, haciéndolo perder el equilibrio y gritar. Rafa empujó al ninja contra una consola con brusquedad sobreprotectora.
—¡Nadie toca a mi hermano!
Un ninja disparó una red con un pequeño cañón. Mikey saltó con su hoverboard, esquivando la red, rebotó contra una pared. Pasó por encima de tres ninja, y los golpeó en cadena con los nunchakus.
—¡Combo!
Donnie estaba hackeando una consola cercana, tecleando comandos a toda velocidad. Las luces del laboratorio parpadearon, los drones de seguridad del edificio se activaron. Los ninjas miran alrededor confundidos. Donnie sonrió.
—Hackeo express.
Los drones disparaban descargas no letales contra los ninjas. El último ninja se lanzó contra Leo, y sus espadas chocaron, forcejeando.
¡CLANG! ¡SHINK!
Leo finalmente desarmó al ninja con una técnica limpia, y apuntó su katana a su cuello. Silencio. Pero el ninja activó una granada de humo con un movimiento rápido, llenando el laboratorio de humo. Alarmas rojas empezaron a brillar en el edificio, y una sirena empezó a sonar.
—¡Refuerzos vienen!
—¡Retirada!
Mikey saltó por una ventana cercana al edificio conjunto, Rafa empujó un contenedor para bloquear la puerta, mientras que Donnie copiaba archivos de la computadora a su comunicador.
—¡Tengo datos!
Leo cubrió la retirada. Las tortugas saltaron desde la ventana hacia un edificio cercano. Mikey aterrizó con su hoverboard, Rafa cayó con pesadez, Donnie miraba el dispositivo con los archivos, y Leo observó la torre de ITCI. Luces rojas parpadeaban y sirenas resonaban en la ciudad. Las tortugas corrieron antes de que alguien las viera.
El científico de dentadura torcida observaba las pantallas vacías y sonrió malévolo. Se frotó su barbilla.
—Interesante. Muy interesante.
Activó una comunicación segura. La pantalla mostró la silueta de un hombre en sombras. Armadura oscura, kabuto con máscara artificial para respirar, la cual resonaba con las inhalaciones y exhalaciones, y una capa metálica. Su voz era fría.
—Informe.
El científico ajustó sus gafas.
—Cuatro intrusos. Mutantes. Tortugas.
Silencio. La figura inclinó la cabeza.
—… Encuéntrelas pronto. Quiero ver qué tan peligrosas son.
Sus ojos brillaron blancos en la oscuridad. La comunicación se cortó y el símbolo del Clan del Pie iluminó la pantalla una última vez antes de apagarse definitivamente.
