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Re: Cambio

Summary:

Julius muere a manos de Shaula después que Subaru perdiera la memoria y se volviera loco. Sin embargo, regresa en el tiempo hasta su primer encuentro con Subaru... solo que ese mundo no era totalmente igual a lo que recordaba, por alguna razón Subaru olía a canela y manzana.

Chapter Text

El olor a sangre y ceniza fue lo último que Julius Juukulius registró antes de que el mundo se tiñera de un blanco absoluto.

Todo había sido un error catastrófico. La Torre de Vigilancia Pléyades se había convertido en un matadero en el instante en que los pasos de Shaula, poseída por una locura ciega, comenzaron a dar caza a cada uno de ellos por orden de un Subaru que ya no era el suyo. Pero la herida que más le sangraba a Julius no era la que cruzaba su pecho, sino el peso muerto de sus propios remordimientos.

Mientras la vida se le escapaba, la mente de Julius se aferró con desesperación a un recuerdo específico: la noche en el balcón. Aquella maldita noche en la que descubrieron que el espíritu Eridna habitaba el cuerpo de Anastasia. Recordó la distancia fría, las palabras tensas y, sobre todo, la expresión abatida de Subaru. Se había marchado dejándolo solo en la penumbra.

"Nunca pensé que al día siguiente él me olvidaría."

La vida recompensó su egoísmo con la pérdida del único que lo recordaba.

«Si tan solo... si tan solo hubiera sido suficiente para ti, Subaru...», pensó, cerrando los ojos mientras el vacío blanco lo devoraba. «Si tan solo te hubiera tomado la mano aquella noche...»

Julius murió.

.........

......

...

.

"¡...ah!"

El aire frío de la capital de Lugnica entró de golpe en sus pulmones, haciéndolo jadear.

Julius parpadeó, desorientado. Sus manos, limpias de sangre y enfundadas en sus pulcros guantes blancos, descansaban sobre el pomo de su espada. No había arena, no había monstruos, no había muerte. El bullicio de la gente del mercado y el trote de los dragones de tierra llenaron sus oídos. Una rápida mirada a su alrededor le confirmó lo imposible: estaba en la entrada de la capital.

―¿Qué? ¿Por qué yo...?

Todo se veía pacifico. Demasiado diría él.

"¿Me telestransporté a la capital? ¿Cuándo? Estoy seguro que morí antes..."

Eso no pudo haberlo imaginado.

Lo extraño fuera la sensación de ya haber estado en este lugar antes. Decidió preguntarle a un pasante la fecha y el día, y la respuesta lo dejó sin habla.

"Según lo que dijo el civil, hoy es... el día que conocí a Subaru..."

No lo entendía. ¿Viajó en el tiempo? ¿Con qué poder? No conocía nada parecido ni capaz de traerlo tanto tiempo atrás.

Calculando la hora en base al sol y la actividad de la calle, supo que estaba exactamente una hora antes de recibir a la señorita Emilia.

Su corazón latía a un ritmo frenético. ¿El destino le estaba otorgando una oportunidad? ¿Un milagro para enmendar sus errores?

"No... no debería desperdiciar la oportunidad..."

Se sentía extraño. Ahora su nombre estaba intacto, por lo que todos lo recordaban, no obstante, él se sentía desconectado. En su corazón seguía siendo solo Subaru quien conocía su nombre e identidad.

"Debo centrarme..."

Un destello de determinación brilló en sus ojos amarillos. Esta vez haría las cosas bien. No permitiría que la tragedia del futuro se repitiera. Subaru no perdería sus recuerdos.

Después de unos minutos más, a lo lejos la silueta de la medio elfa se hizo visible, caminando con su gracia habitual. Julius respiró hondo, acomodó su postura de caballero perfecto y avanzó para recibirla. Pero a medida que acortaba la distancia, el aire se volvió denso.

"¿Eh?"

De repente, una oleada de estímulos invisibles lo golpeó de lleno, como si un velo se hubiera rasgado en el mundo. El entorno ya no solo tenía formas y colores; ahora tenía presencias tangibles a través del aire. La señorita Emilia desprendía un aroma dulce, suave y puro, algo que Julius jamás había experimentado en sus años de vida y que lo descolocó por un segundo.

No recordaba que ella se echara perfume antes. La persona de antes olía bien, pero con un olor más sutil.

Sin embargo, el verdadero impacto llegó justo detrás de ella.

"Ah."

Fue como un golpe directo al pecho que le robó el aliento. Un aroma intenso, cálido y profundamente magnético inundó sus sentidos: canela con manzana. Una fragancia viva, un poco picante pero reconfortante, que se filtró por su nariz y encendió algo primitivo y completamente desconocido en lo más profundo de su ser. Sus ojos, ignorando por completo el protocolo, se desviaron de Emilia y se clavaron en el muchacho de ropas extrañas y cabello alborotado que caminaba a su lado y tenia en los brazos una bolsa llena de manzanas.

Subaru.

Julius se detuvo a medio paso. Se suponía que debía arrodillarse, se suponía que debía tomar la mano de Emilia y depositar el saludo de cortesía... pero se quedó congelado, con la mirada fija, devorando la figura de Subaru.

—Eh... ¿Hola? ¿Hay alguien ahí dentro, señor Caballero de las Luces?

Unos dedos chasquearon ruidosamente a escasos centímetros de su rostro.

―Ah, yo...

Julius dio un respingo, parpadeando con violencia mientras el calor le subía a las mejillas. Subaru lo miraba con el ceño fruncido, una ceja alzada y una expresión de total desconcierto por la vergonzosa fijación con la que el caballero lo estaba escudriñando.

—L-Lamento mi impertinencia —logró articular Julius, forzando a su voz a recuperar el tono firme, aunque su corazón seguía desbocado. Se inclinó apresuradamente ante Emilia, dejando el saludo a medias y sin atreverse a besar su mano, temeroso de que el temblor de sus propios dedos lo delatara—. Mis pensamientos se desviaron por un instante. Sea bienvenida a la capital, señorita Emilia. Por favor, permítame escoltarla al castillo.

Aún aturdido por la tormenta de olores nuevos y marcados que flotaban en el ambiente, Julius guió a la candidata hacia el lugar que debía ir.

Mientras caminaban, Emilia avanzó con paso firme, dejando atrás a Subaru a pesar de que este comenzó a quejarse y a llorar cómicamente en voz alta por no poder entrar al castillo. Julius conocía esa escena; sabía que, en el futuro que él recordaba, ella aprendería a confiar ciegamente en ese chico. Pero ahora, al mirar de reojo, la perspectiva de Julius era devastadora.

Los berrinches de Subaru ya no le parecían las niñerías de un plebeyo insolente. Al ver sus expresiones dolidas, la desesperación real en sus ojos y la forma en que se encogía de hombros, una extraña e intensa calidez le apretó el pecho. Lo vio... adorable.

Antes de alejarse por completo, Julius no pudo evitar mirar atrás una última vez.

Allí estaba Subaru, de pie en mitad de la calle de la capital, con los hombros caídos y una expresión decaída. Y en el aire, mezclado con el bullicio de la ciudad, Julius pudo jurar que el aroma a canela y manzana ahora cargaba una nota amarga y triste que le partió el corazón.

(...)

El trayecto hacia el palacio fue una tortura silenciosa para Julius. Intentó mantener su fachada de caballero imperturbable, pero su mente era un caos absoluto. El mundo se había vuelto ruidoso, no para sus oídos, sino para su olfato. Cada persona con la que se cruzaba dejaba una estela; los sirvientes del palacio olían a notas tenues y sumisas, casi imperceptibles, mientras que al cruzarse con Reinhard en los pasillos, Julius había sentido una opresión repentina en el pecho. Reinhard seguía siendo su amigo, pero su cuerpo lo había registrado como un rival de una fuerza descomunal.

«¿Qué me está pasando? ¿Es una maldición de la Torre? ¿Una consecuencia desconocida del miasma?», se preguntó Julius esa noche, incapaz de conciliar el sueño.

Al día siguiente, el gran salón del trono estaba sumido en una solemnidad tensa. Las cinco candidatas a la Selección Real estaban dispuestas en fila, rodeadas por sus respectivos caballeros y los sabios del Consejo. Julius permanecía un paso detrás de Anastasia, pero sus ojos amarillos no dejaban de recorrer las enormes puertas del salón. Sabiendo lo que iba a ocurrir, una opresión le atenazaba la garganta.

Y entonces, las puertas se abrieron.

"Obviamente no podía faltar."

Subaru entró colándose junto a la delegación de Priscila. Julius lo vio de inmediato. El pulso se le aceleró y, por un segundo, el aroma a canela y manzana inundó el gran salón, diluyendo la pomposidad del ambiente. Julius lo miró con una preocupación genuina que amenazaba con romper su postura militar. «¿Debería detenerlo?», pensó con desesperación, dando un imperceptible paso al frente. «Si intervengo ahora, si lo saco a rastras antes de que abra la boca, le ahorraré tanto dolor...»

En ningún momento le gustó molerlo a golpes. Debido a ello su comienzo fue muy atropellado, algo que le gustaría evitar.

"No, espera..."

Sin embargo, el peso del futuro que recordaba lo detuvo. Julius apretó los puños ocultos tras su espalda. Recordó al Subaru que, pesar de sus quiebres mentales, se había convertido en un héroe en quien todos confiaban. Ese Subaru fuerte y maduro había nacido de los errores de este día. El dolor de la humillación en la arena, el rechazo de Emilia... todo eso había sido el combustible para su crecimiento.

"¿Tengo el derecho de quitarle eso? ¿Y si al salvarlo de este momento lo condeno a ser débil en el futuro?"

Se debatió en una dolorosa duda interna. El conflicto en su cabeza era tan ensordecedor que Julius se quedó congelado en su sitio, atrapado en el dilema de si el dolor era verdaderamente necesario.

"Pero ahorrar dolor no debería ser necesariamente algo malo. Podría buscar otra forma menos humillante de-"

―¡Esperen un momento!

"¡Diablos!"

Subaru hizo de las suyas, rompiendo el protocolo, ganándose las miradas de desprecio de los nobles. Emilia intentó reprenderlo, pero Subaru, con esa terquedad tan suya, dio un paso al frente dispuesto a defender su lugar a gritos.

"Mal, mal, mal, mal, mal..."

Fue entonces cuando las palabras de Subaru empezaron a descarrilarse.

Julius reaccionó tarde. Esperaba el discurso sobre la caballería, el insulto directo que en su línea temporal anterior lo había obligado a retarlo a un duelo para salvarle la vida de los otros caballeros. Pero esta vez, Subaru no atacó a la guardia.

—¡...¿Y ustedes se hacen llamar los Sabios que guían este reino?! —bramó Subaru, señalando al Consejo con el rostro encendido de frustración—. ¡Son solo un montón de ancianos ciegos encerrados en un castillo! Mientras ustedes se esconden detrás de sus estúpidas leyes y su burocracia barata, allá afuera la gente real sufre, y el sistema que tanto protegen no sirve para una mierda si no son capaces de ver el peligro que tienen enfrente. ¡Su maldito gobierno es una farsa si...!

El aire en el salón se congeló. Eso ya no era una insolencia plebeya; era una flagrante falta de respeto que bordeaba la traición ante las máximas autoridades del reino. Varios caballeros dieron un paso al frente, con intenciones oscuras en la mirada.

El instinto de Julius rugió antes de que su mente pudiera procesarlo.

Yendo completamente en contra de lo que recordaba, ignorando su propio protocolo, se movió con una velocidad cegadora. Cruzó el salón en un parpadeo, interponiéndose entre los caballeros y el chico. Antes de que Subaru pudiera terminar su siguiente frase acusatoria, la mano enguantada de Julius se estrelló contra su rostro, no en un golpe, sino en un agarre firme y desesperado que le apresó la boca y la mandíbula, ahogando sus últimas palabras de golpe.

Con un movimiento fluido y firme, Julius cargó su peso hacia adelante, derribando a Subaru contra el suelo de mármol del salón. El cuerpo del pelinegro impactó contra el piso con un jadeo sordo, atrapado bajo la imponente figura del caballero.

¡Cállate!

No fue su voz normal. De lo más profundo de su pecho brotó una vibración baja, oscura, cargada de una autoridad absoluta y salvaje. La orden no solo resonó en las paredes del salón, sino que golpeó directamente la biología de Subaru.

El muchacho de ropas extrañas se estremeció violentamente bajo él. Sus ojos se dilataron por un terror primitivo que no comprendía; su cuerpo experimentó una oleada de sumisión forzada que le erizó la piel. Sin embargo, no dejó que eso lo paralizara. Subaru alzó las manos y enterró sus uñas con desesperación en el brazo de Julius, arañando la tela de su uniforme en un intento de zafarse, emitiendo un gemido ahogado de frustración.

A pesar del dolor de los rasguños, Julius no lo soltó. Mantuvo la presión justa para inmovilizarlo, usándose a sí mismo como un escudo humano para ocultarlo de las miradas punzantes del Consejo.

—Pido mis más sinceras disculpas a los honorables miembros del Consejo y a los presentes —dijo Julius, forzando a su voz a regresar a la normalidad, aunque su respiración era agitada y sus ojos amarillos brillaban con una intensidad peligrosa. Mantuvo a Subaru pegado al suelo—. Las palabras de este individuo son fruto de la ignorancia y el calor del momento. No posee el entendimiento para medir la gravedad de sus declaraciones.

Subaru seguía retorciéndose débilmente debajo de él, desprendiendo un aroma a canela que ahora olía a puro pánico y confusión, lo que hacía que el corazón de Julius doliera con fuerza.

A un lado, Emilia dio un paso al frente, con el rostro pálido y las manos temblando de indignación y vergüenza. Estaba a punto de intervenir, de gritar el nombre de Subaru, pero los sabios del Consejo se le adelantaron.

—¡Es inaceptable, señorita Emilia! —bramó uno de los ancianos, señalando la escena—. ¿Este es el tipo de vasallos que pretende traer a la mesa de la corona? Un insolente que cuestiona el orden del reino y que debe ser sometido en el suelo como un animal rabioso por el caballero de otra candidata. ¡Su falta de juicio empaña la Selección Real!

Emilia guardó silencio, apretando los dientes. La humillación pública, sumada a la desobediencia de Subaru y el peso de las acusaciones del Consejo, rompieron algo en su habitual amabilidad. Miró a Subaru, quien la observaba desde el suelo con ojos suplicantes a través de los dedos de Julius.

—Él... él no es nada mío —declaró Emilia, con una frialdad cortante que superó por mucho el rechazo de la línea temporal original. Su voz temblaba de furia contenida—. Niego cualquier vínculo con él. Que se haga lo que el Consejo dicte para sacarlo de aquí.

Las palabras de la medio elfa cayeron como bloques de hielo sobre Subaru, quien dejó de luchar al instante. Sus uñas se resbalaron del brazo de Julius, quedando inerte, con la mirada rota.

Julius sintió una oleada de rabia e impotencia. Había evitado la paliza física, sí, pero el daño emocional que Emilia acababa de infligirle era devastador.

Antes de que la situación pudiera escalar a un castigo mayor por parte de la guardia, las puertas del salón volvieron a abrirse estrepitosamente.

El viejo Rom entró armando un escándalo, interrumpiendo el juicio en un intento desesperado por rescatar a Felt, quien permanecía retenida. El caos se apoderó del lugar en un segundo. Reinhard reaccionó de inmediato, moviéndose con la velocidad del Santo de la Espada para detener al gigante antes de que causara una tragedia, atrayendo la atención de todos los nobles y guardias hacia la nueva amenaza.

Aprovechando la conmoción colectiva, Julius alivió la presión sobre Subaru. El salón se vació rápidamente mientras el Consejo y las candidatas eran escoltados a zonas seguras, dando por terminada la accidentada sesión. Todos se marchaban, pero el ambiente seguía cargado con los residuos de una tormenta.

Julius se puso de pie lentamente, ofreciéndole una mano a Subaru, pero este la rechazó de un manotazo, levantándose por su cuenta con los ojos fijos en el suelo, temblando de humillación y con el rechazo de Emilia grabado a fuego en el alma.

Mientras lo miraba irse, Julius solo pudo decir "Lo siento" en su mente.


Notas de autor:

Este será un fanfic corto, o eso tengo pensado (eso quería yo con Re: despertar), a diferencia de muchos autores, NO voy a escribir todos los arcos o acontecimientos si no hay un cambio real dentro. A mi parecer, si no habrá diferencia en lo que harán o sucederá, me da pereza leer esas partes, o no sé, díganme ustedes en los comentarios.