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Tim había acabado con su trabajo del viernes cerca de las cinco y media de la tarde, afortunadamente, un papeleo que parecía interminable había sido más ameno de lo que podía parecer. Según sus palabras, no hay nada que no se pueda terminar si se tiene una buena taza de café al lado.
No ha pasado más de un año desde que llegó a la Secundaria Saint George tras postularse cómo bibliotecario escolar tras perder su anterior empleo; aún sin experiencia previa en entornos estudiantiles, fue recibido con los brazos abiertos como una oportunidad de oro; el tener a un chico apuesto y carismático que ama los libros con la capacidad de fomentar el hábito de lectura era una oportunidad de oro, aunque Tim siempre pensó que aquellos atributos que le daba el director no eran más que palabrería.
Una de sus metas cuando era niño (además de ser sacerdote de la Iglesia Universitaria de Fordham) fue tener su propia biblioteca en el centro de la ciudad, por lo que, esto se sentía como si estuviese cumpliendo uno de sus mayores anhelos de la infancia. Era importante para él sentir que cumplía aquello por lo cual alguna vez soñó, pues su vida pasaba por una época de cambios. Empezando el año se había mudado solo por primera vez después de vivir junto a su hermana, Frances, después de que decidiera aceptar la propuesta de matrimonio de su novio de más de diez años, Tom, y por si fuera poco, le había confesado a sus padres en su última visita por navidad que era gay; es decir, su relación había comenzado a tender de un hilo, ya que no es fácil para ellos aceptar que su hijo es (según las palabras de su padre) un desviado. Paul y Rosemary Laughlin rechazaban que un chico irlandés criado con los más estrictos valores católicos (y creció siendo un muchacho correcto y devoto) en un pequeño pueblo de buenas costumbres como Fordham resultara siendo homosexual, era inconcebible. Incluso la abuela Gaffney, quién siempre le tuvo estima al pequeño y sensible Tim, en cuanto se enteró de sus «preferencias» no ha podido dirigirle la palabra. Sabiendo que su salida del armario causaría problemas a los cuales debía enfrentar con paciencia, le costaba trabajo aceptar su nueva vida lejos de su familia.
Aún así, sabía apreciar su vida y las mejoras que llegaban con el paso del tiempo, estaba agradecido por tener un sueldo con el que puede vivir sin muchas preocupaciones, un techo dónde dormir y comida en su plato, era suficiente para no quejarse por cosas que no estaban en su control, esa era la conclusión con la que prefería mantenerse, o al menos, lo intentaría; aquella tarde concluyó quizá sería una buena idea ir a la iglesia, había pasado un tiempo desde que no asistía, y aún con cierto remordimiento habían muchas cosas por las cuales tener un momento con Dios.
Tim caminó en dirección a la salida de la escuela secundaria con cierto optimismo a su propio futuro, admirando aquellos pasillos que parecían interminables, incluso cuando estaban totalmente vacíos y no era fácil sentirse cómodo en un ambiente como ese, el podía mantenerse tranquilo, aún cuando sus pisadas parecían perderse en aquel espacio inmenso. Salió por la puerta principal sin mirar atrás, siendo interceptado por una escena que parecía desoladora.
Un joven con el uniforme escolar estaba sentado en las escaleras, junto con él, había un fuerte olor a tabaco. Era Jackson Fuller, un alumno de primer año con el que había construido cierto vínculo amistoso por las visitas constantes del chico a la biblioteca. Compartían un mismo interés por la poesía y la literatura clásica, era considerado un estudiante problemático, incluso, un caso perdido. A diferencia de sus colegas, él veía potencial para ser un joven brillante y sensible, y si cometía aquellos actos de rebeldía era a causa de un profundo dolor que cargaba desde su propio hogar. Por lo poco que sabía, su padre se había ido de la casa hacia un par de meses por una fuerte pelea con su esposa en dónde sus hijos lamentablemente se vieron involucrados, por lo que, aún sin estar legalmente separados, su matrimonio ya estaba prácticamente deshecho.
Para dos adolescentes era duro enfrentar una situación como esa, el descenso en su nivel académico fue el tema recurrente en las mesas de la sala de maestros durante unas cuantas semanas, sobre todo en la hermana mayor, quién había sido una alumna ejemplar durante todos sus años en Saint George. El menor, por otro lado, nunca fue muy estudioso ni dedicado, aquella situación solo había hecho que su comportamiento empeorara, Tim ya había perdido la cuenta de cuantas quejas había escuchado por parte de sus colegas del trabajo, cómo también las veces en las que se había puesto de su lado al entender la gravedad de su problema familiar.
— ¿Aún sigues aquí? –Preguntó con temor, el sobresalto del chico fue inmediato, lanzando el cigarro lejos de él sin esperar a que terminase de hablar.
Ambos solo pudieron mirarse en silencio durante un par de segundos.
— Señor Laughlin —saludó con tanta formalidad que Tim no pudo evitar una pequeña risa.
— Entonces, ¿Te escapas de casa para fumar, Jackson?
— Por favor, no le cuente a los profesores.
Se sentó a un lado del joven, quien lo miraba con culpa y cierto rechazo.
— No lo haré, sólo si tú prometes no volver a hacerlo.
Ante tal reprendo, solo pudo quedarse en silencio apartando la mirada, ese hombre que se acercó a él era de las pocas personas con las cuales no peleaba ni era prepotente, según sus palabras, se había ganado su respeto y admiración, casi considerándolo un mentor.
— Pensé que ya no había nadie aquí, pasadas las cuatro los buses pasan con menos frecuencia.
— No me esperan en casa, puedo regresar cuando quiera.
Tim solo suspiró con pesadez, intentando elegir bien sus palabras para aquel chico problemático.
— Lo entiendo, pero debes tener en cuenta que tu madre se preocupará si no regresas temprano.
El estudiante apartó su mirada a un lado, resoplando mientras se encogía de hombros.
— Jackson, debes ir a casa.
— No estoy con mi madre.
Ante tal respuesta, ambos quedaron en silencio, se había sorprendido al saber la razón de aquel comportamiento. Él ya conocía un poco al señor Fuller por lo que escuchaba por parte de su hijo y las maestras, sin embargo, eran dos perspectivas totalmente opuestas entre si. Por un lado, era descrito como un hombre carismático y galante, de un porte cuidado que cautivaba a cada ojo en la habitación, una firmeza y una seguridad por la que cualquier mujer caería rendida, por no decir mucho, era encantador.
Su hijo tenía otra perspectiva de él, lo pintaba como un hombre manipulador y narcisista que no le importaba pisotear a las personas para conseguir lo que quiere; además, tenía tantos secretos que podría perjurar que engañaba a su madre con más de una mujer. Antes de que pudiera ordenar sus ideas, el chico volvió a hablar.
— Mi madre me llevó a pasar unas semanas con él... —añadió— ...me dijo que aún cuando ellos tuvieron sus problemas, yo debía llevarme bien con él.
— Bueno, en eso tiene razón, él sigue siendo tu padre.
— Ese hombre ya no es mi padre, señor Laughlin. —afirmó tan tajante que incluso hizo que Tim se sobresaltara— Lo odio.
El joven pausó por un segundo, mirando al bibliotecario con cierta nostalgia, sus palabras eran lo suficientemente severas para hacerle tragar saliva, aún siendo tan joven, hablaba con el ímpetu de un adulto.
— Quisiera que usted fuese mi padre.
El chico solo se rio amargamente, dirigiendo su mirada al horizonte mientras Tim buscaba las palabras apropiadas para abordar tal confesión.
— Estoy seguro que todo lo que hace debe ser por una razón. —titubeó mientras se acomodaba sus gafas— Aún cuando no puedes entenderlo, sé que el señor Fuller solo se se preocupa por ti.
— No, no es así —interrumpió sin cuidado— él solo se preocupa por si mismo.
— Sé que no puedes verlo de esa forma, pero todo lo que hace es porque quiere lo mejor para ambos —añadió— piénsalo cómo la relación de un creyente con Dios...incluso al no entender el por qué de sus actos, todo tiene una razón.
— Yo no creo en Dios.
— Lo sé.
Sabiendo que no tenía nada bueno que decir, le dio una palmada en la espalda al joven antes de levantarse del escalón en dónde estaba sentado.
—Vamos, te acompañaré hasta la parada.
Sin decir mucho más, ambos comenzaron su camino a la parada de los buses en dirección al norte, esta vez, el silencio no era incómodo, ambos comprendían que no había nada más que hablar sobre el tema. El frío comenzaba a asomarse pasadas las seis de la tarde, su plan inicial de asistir a la misa de las siete seguía en marcha si se daba prisa, asegurándose que el chico tomase el autobús de regreso. Estaba entusiasmado por asistir nuevamente, incluso parecía que la culpa por no haber asistido en más de un año comenzaba a irse con el viento vespertino.
Regresar nuevamente a sus viejos hábitos era lo necesario para aquel momento de su vida en que sentía que se había quedado solo. La melancolía que sentía al recordar su situación era algo que le hacía verse reflejado en las palabras del joven, incluso cuando eran absolutamente contrarios, aún cuando él no era capaz ni de romper un plato en su adolescencia (de hecho, había llegado a pensar que era tan correcto al punto de ser absurdo) no podía negar que podía empatizar con él. Aquello que Jackson no mostraba explícitamente más que en su mirada era el desamparo que solo podías percibir cuando lo conocías verdaderamente, veía en aquellos ojos un sentimiento parecido al que tuvo cuando el señor Laughlin le ordenó que no volviera a su casa, la pérdida de lo que conociste como una familia. Pensaba que el muchacho aún tenía oportunidad de limar las asperezas con su padre a diferencia de él, y de ser posible, haría lo que esté a su alcance para que sea capaz de perdonarlo por las cosas que haya hecho, ya que él mismo sentía que se había quedado sin un padre antes de verdaderamente aprender a valorarlo.
—Mierda...—mientras meditaba aquella idea, escucho al joven maldecir y quedarse quieto en la acera, él solo pudo mirar extrañado.
— ¿Qué sucede? —preguntó antes de mirar en dirección a la carretera, dándose cuenta del auto que se acercaba a ambos.
— Es mi padre. —dijo irritado mientras miraba la camioneta acercarse al asfalto.
Un vehículo azul cobalto se estacionó frente a ellos, al abrirse la puerta, salió una figura que dejó absolutamente perplejo al bibliotecario. Un hombre alto y bien parecido se acercó a ambos con una evidente molestia en su rostro.
—Hace más de dos horas que debiste regresar a casa, Jackson.
—¿Qué? ¿Acaso te importa?
—Entra en el auto, ahora —sentenció el hombre, aún cuando su hijo intentó replicar, lo interrumpió de forma evasiva— No te lo diré una vez más, entra en ese auto.
El hijo solo lo miraba haciendo reproches, para salvar la situación, Tim se apresuró a poner su mano en el hombro del menor.
—Es hora de que regreses —dijo, manteniendo sus ojos puestos en aquel hombre— Tu padre estaba preocupado por ti, hazle caso.
Ambos se miraron un par de segundos sin decir mucho, los ojos azul cristalino del señor Fuller posándose sobre él lo hacían estremecerse, aún así, guardó la mayor compostura que sus nervios le permitían al volver a hablar.
—Recuerda lo que hablamos, ¿Está bien?
Aquellas palabras lo hicieron ceder, tras un suspiro corrió hacia el auto sin mirar a su padre, cerrando la puerta con una fuerza bruta que molestó al hombre.
— Lamento haberle causado molestias con mi hijo.
Tim pudo fijarse en el rostro de aquel hombre y no pudo evitar quedar hipnotizado ante su imagen, tenía la belleza de un actor de cine en sus mejores años, definitivamente, era alguien imposible de olvidar.
— No se preocupe, señor Fuller —tartamudeó— me iba a asegurar que tomase el autobús correcto.
En agradecimiento, el padre le extendió su mano, a lo que el respondió con un apretón algo débil.
— Gracias, profesor.
Caminó de regresó a su auto dándole una última sonrisa cordial a Tim; desde la ventana vio el reflejo del hijo, quién intentó apaciguar la escena que causó anteriormente despidiéndose con la mano y cierta picardía en su rostro. Aún embelesado, solo pudo observar al auto finalmente alejarse y tomar camino en dirección a la autopista, allí entonces decidió seguir su camino hacia la estación de autobuses, ahora en solitario; inevitablemente, por su mente se paseaba la confirmación de que, en efecto, aquel señor Fuller era tan apuesto cómo se le describía, pero aún más importante, no portaba tal ferocidad con la que su hijo lo describía.
Tim miró su reloj y comenzó a apresurarse hacia su destino, la misa comenzaría aproximadamente en cuarenta minutos y no llegaría a tiempo si tardaba mucho tiempo en tomar el autobús. Mientras su mente se concentraba en la ceremonia, otro pensamiento le llegó a la mente del cuál solo pudo reírse con sarcasmo:
«Pensé que aún me veía lo suficientemente joven para no parecer un profesor.»
