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Summary:

Aldo quería una noche normal. Una cita. Alguien bueno.

El universo le dio a Ash bajo la lluvia, una pelea en el barro, y la única persona que consigue hacerle sentir algo aunque sea a mordidas.

Entre sangre, garras y caricias que curan más que las heridas, el principe y general del Norte y el líder del Régimen descubren que tal vez entre odiarse y amarse no hay diferencia.

---¿Te gusta lo que ves?
---Solo un estúpido no sabría apreciar algo así.

Notes:

Quiero aclarar que esyo y todos mis fics son contenido de fans para fans, si algun CC ve o descubre este escrito no dudare en eliminalo ya que el proposito no es incomodar si no entretener.

Con fines esteticos no uso los previos (Q!) pero quiero que se entienda que hablo de los cubitos y de nada más.

En fin disfruten.

Work Text:

La noche caía como una gota de cristal sobre una hoja de papel, sólida, tensa, como si buscara fundirlo todo en una sola materia dentro de la dinámica del tiempo, como si intentara congelarlo en un instante que no se rompiera, que no doliera, que no exigiera nada más que existir. Pero, pese a esa calma casi perfecta, no había en ella nada que realmente descansara; bajo la superficie pulcra y silenciosa, todo vibraba, todo latía con una inquietud apenas contenida, como si el mundo entero estuviera sosteniendo la respiración, esperando el momento exacto en que algo —lo que fuera— terminara por quebrarse.

Y Aldo lo supo antes siquiera de inclinarse, antes de que la distancia entre ambos dejara de ser segura: no pudo hacerlo. No pudo besar aquellos labios que tenía frente a sí, tan cerca que resultaba casi absurdo. No había nada. Ninguna chispa, ninguna urgencia, ninguna de esas malditas mariposas que se supone deberían aparecer cuando estás con la persona correcta. Solo vacío… y la incómoda certeza de que estaba intentando forzar algo que, simplemente, no existía.

Se alejó de León casi de inmediato, como si la cercanía le quemara más de lo que estaba dispuesto a admitir. No podía hacerlo. No así. La cita había salido bien —objetivamente bien—, León había sido amable, incluso encantador a su manera, gracioso en los momentos justos, atento sin resultar invasivo, esforzándose por hacerlo sentir cómodo en cada pequeño detalle… y aún así, todo en Aldo se revolvía.

Porque mientras el otro hablaba, mientras sonreía, mientras intentaba construir algo que valiera la pena, el príncipe solo podía sentir ese rechazo silencioso instalándose en su pecho, creciendo despacio, inevitable, como una incomodidad que no encontraba nombre pero que tampoco podía ignorar. Y eso era lo peor de todo: no había nada malo en León… el problema era él. 

Así, con una sonrisa cuidadosamente sostenida —lo bastante suave para no delatarse, lo bastante contenida para no parecer la de un tonto enamorado—, inclinó ligeramente la cabeza, desviando el destino de aquel gesto y dejando que los labios del pelinegro terminaran rozando su mejilla. No estaba tan borracho como para romperle el corazón a alguien que no lo merecía, no a alguien como él, tan tranquilo, tan genuinamente tierno, el tipo de hombre que su hermana miraba con esa certeza que a Aldo le provocaba una punzada incómoda de envidia.

Porque él quería sentirlo, de verdad quería… pero no había nada. Ni calidez, ni vértigo, ni esa certeza absurda que parecía tan fácil para otros. Solo una distancia invisible, firme, imposible de ignorar.

La despedida terminó ahí, suspendida en una incomodidad que ninguno quiso nombrar, pero que tampoco necesitaba palabras. Aun así, León no insistió, no preguntó, no lo puso contra la pared; solo dio un pequeño paso atrás, como si entendiera más de lo que Aldo había sido capaz de decir, y le regaló una sonrisa tranquila, sincera, de esas que no exigen nada a cambio.

Una que Aldo no merecía.

Porque incluso en la forma en que se alejaba —ligero, sin rastro de reproche, como si quisiera hacerle más fácil la huida— había una gentileza que dolía más que cualquier reclamo.

Tomaron caminos distintos, y Aldo no hizo nada por detenerlo. Necesitaba aire, espacio, cualquier cosa que le ayudara a ordenar el ruido en su cabeza, así que caminó sin rumbo fijo, dejando que sus pasos lo llevaran mientras su mirada, oscura e inquieta, se deslizaba sin realmente ver nada.

Pensaba… o al menos lo intentaba.

Porque había algo que no encajaba, algo que nunca había encajado. Se suponía que debía sentirse distinto, que debía reconocerlo en lo suave, en lo correcto, en lo tierno; así lo contaban todos, así lo prometían las historias. Y, sin embargo, ahí estaba él, incapaz de aferrarse a algo que, en teoría, era todo lo que alguien podría desear.

¿Qué clase de persona rechaza lo bueno?

La pregunta le pesó más de lo que esperaba.

Tal vez el problema no era la falta de intentos, ni las circunstancias, ni siquiera León… tal vez era él. Tal vez había algo torcido en la forma en que sentía, algo que no seguía las reglas, que no respondía a lo bonito ni a lo seguro, como si su corazón estuviera hecho para reconocer únicamente aquello que dolía, aquello que quemaba, aquello que nunca prometía quedarse.

La lluvia cayó como si aquella gota hubiera terminado por romper el papel, como si la tensión acumulada al fin cediera. Al principio, las gotas descendieron despacio, tímidas, casi cuidadosas, como si temieran interrumpir la línea de pensamientos en la que el castaño se había perdido; pero bastó un instante más para que se volvieran constantes, insistentes, deshaciendo cualquier intento de calma, igual que todo lo que bullía dentro de él.

Pronto ya no hubo diferencia entre el agua que caía del cielo y la que se deslizaba por su rostro, mezclándose, confundiendo cualquier rastro de lo que realmente sentía. Aldo no se detuvo, no buscó refugio, como si, de alguna forma, mereciera empaparse, dejar que el frío le calara hasta los huesos, que le apagara ese nudo en el pecho que no lograba nombrar.

Caminó sin rumbo, con los pasos cada vez más pesados, mientras la ciudad se volvía un borrón de luces difusas y sonidos lejanos, todo ajeno, todo distante, como si él mismo hubiera quedado fuera de lugar en una historia que no sabía cómo habitar.

Y aun así… no era suficiente.

Porque, incluso con el frío, incluso con la lluvia cayendo con más fuerza, incluso con el mundo deshaciéndose a su alrededor, había algo dentro de él que seguía inquieto, que seguía buscando, como si supiera —de una forma absurda y dolorosa— que aquello que realmente quería encontrar no estaba en ningún lugar donde se suponía que debía estar.

El sonido de unos pasos irrumpió en su cabeza, quebrando de golpe el hilo de sus pensamientos y arrancándolo de ese torbellino interno, obligándolo a alzar la mirada con una furia cruda, dirigida sin piedad hacia quien hubiera tenido la mala idea de cruzarse en su camino.

Y entonces lo vio.

Su mirada se encontró con esos ojos morados, imposibles de ignorar, los mismos que le revolvían el estómago de una forma que odiaba reconocer. Los mismos que, sin permiso, despertaban en él esas malditas mariposas que había intentado sentir —sin éxito— estando con León. 

El bueno de León.

Qué ironía tan miserable.

—Qué suerte la mía —murmuró, y la risa que le siguió fue breve, hueca, apenas un sonido que se perdió entre la lluvia antes de terminar de existir.

El agua caía con más fuerza ahora, envolviéndolo todo en una cortina espesa que difuminaba los contornos de la ciudad, como si el mundo entero se estuviera deshaciendo alrededor de ellos. Pero no lo suficiente. No lo suficiente como para borrar la tensión que se instaló en el instante exacto en que sus miradas chocaron.

Ash ladeó apenas la cabeza, observándolo con esa calma que nunca era realmente calma, sino algo más filoso, más consciente, como si cada pequeño gesto suyo fuera una provocación medida.

—No te ves muy feliz.

La voz le llegó clara a pesar del ruido de la lluvia, y algo en Aldo se tensó de inmediato, una reacción casi instintiva, como si esas palabras hubieran encontrado justo el punto que más le dolía.

—¿Y desde cuándo chingados te importa?

No hubo vacilación, solo ese tono seco, cortante, que no buscaba una respuesta real sino marcar distancia. Pero Ash no se apartó. Nunca lo hacía.

Sus ojos recorrieron su figura con una lentitud irritante, deteniéndose en la ropa empapada, en la forma en que se le pegaba al cuerpo, en el ritmo irregular de su respiración, demasiado rápido para alguien que solo estaba caminando bajo la lluvia.

—Desde que haces esto —respondió al fin, con una calma que parecía estudiada—. Desde que conviertes cualquier cosa en una pelea… y, casualmente, siempre termino siendo el maldito problema.

Aldo soltó una risa baja, amarga, inclinando apenas la cabeza como si aquello fuera un chiste particularmente malo.

—No todo gira a tu puto alrededor, ¿sabes?

Pero el otro dio un paso al frente, acortando la distancia con una facilidad que no pedía permiso, que no dudaba, y que, de alguna forma, siempre conseguía arrinconarlo sin tocarlo siquiera.

—No —replicó, sin perder esa maldita serenidad—. Pero tú sí tienes esa estupida costumbre de arrastrarme a todo.

La palabra quedó suspendida entre ellos, pesada, incómoda.

Aldo la repitió casi sin pensarlo, como si necesitara saborearla para decidir si le molestaba o no.

—¿Arrastrarte?

Alzó la voz, y esta vez la risa que escapó de él no tenía absolutamente nada de humor.

—Nadie te obliga a quedarte.

El empujón con el hombro no fue fuerte, pero sí lo suficientemente claro, lo suficientemente directo como para dejar de fingir que aquello era una conversación normal. Ash apenas se movió con el impacto, lo justo para absorberlo, como si lo hubiera esperado.

—Eres tú quien está perdiendo los estribos en plena avenida —respondió, y esa media sonrisa que apareció en su rostro no hizo más que tensar aún más el aire—. Yo solo estoy aquí mirando el espectáculo.

La provocación fue deliberada. Y funcionó.

—Entonces deja de mirar y vete a la verga.

Las palabras salieron más rápidas, más cargadas, como si Aldo ya no estuviera eligiéndolas del todo.

Pero Ash no se fue. Dio otro paso. Y otro. Hasta que el espacio entre ellos se volvió mínimo, casi inexistente, cargado de una electricidad densa que no tenía nada de casual. —¿Para que sigas fingiendo que todo está bajo control?

Su voz se afiló apenas, lo suficiente para atravesar. —No te queda muy bien.

Algo en el pecho de Aldo se contrajo, y esta vez no fue solo enojo.

—¿Y a ti qué verga te queda bien, ah?

La distancia desapareció por completo cuando avanzó de nuevo, empujándolo otra vez, esta vez con más intención, con más peso. —¿Meterte donde no te llaman? ¿Creerte indispensable cuando nadie te necesita?

La sonrisa de Ash no desapareció. Pero cambió. Se tensó en las esquinas, volviéndose más rígida, más peligrosa. —Dilo otra vez.

No alzó la voz. No hizo falta.

Aldo no retrocedió. No bajó la mirada.

—Que no te necesito.

Esta vez no fue una respuesta. Fue un golpe.

—Que nunca lo he hecho.

La lluvia golpeaba más fuerte ahora, rebotando contra el asfalto, contra sus cuerpos, contra todo lo que no estaban diciendo.

Ash inclinó apenas la cabeza, observándolo con una intensidad que ya no tenía nada de ligera. —Qué conveniente.

Otro paso. Demasiado cerca. —Porque cada vez que estás así… terminas aquí. Conmigo.

El impacto de esas palabras fue distinto. Más profundo. Más preciso.

Y se notó.

—Eso es porque no sabes cuándo chingados desaparecer. —La voz de Aldo ya no era solo enojo. Había algo más debajo, algo más crudo, más expuesto, como una herida abierta que ya no estaba intentando esconder. —Siempre tienes que estar… siempre tienes que—

—¿Arruinarlo todo? —se interrumpió, como si incluso él no supiera cómo terminar esa idea sin decir demasiado.

Ash completó por él, sin suavizarlo, sin intentar hacerlo más llevadero. Y luego avanzó otro paso, reduciendo el espacio hasta que prácticamente compartían el mismo aire, hasta que la lluvia ya no era lo más intenso entre ellos. —¿Arruinar qué? —insistió, más bajo—. ¿Esto? ¿Tu intento de estupida vida perfecta?

—¡Cállate!

La orden salió como un latigazo, quebrando el ritmo, pero no la tensión.

—No.

Por primera vez, su voz subió. No mucho. Pero lo suficiente para romper esa fachada de calma que tanto le gustaba mantener. —No cuando vienes aquí a descargar todo como si yo fuera el problema.

—¡Porque lo eres!

El grito chocó contra el espacio entre ellos, ahogado por la lluvia pero imposible de ignorar.

—¡Siempre lo eres!

La respiración de Aldo se volvió más pesada, más irregular, cada palabra arrastrando algo más que simple enojo. —Apareces, dices lo que quieres, haces lo que quieres y luego… luego esperas que todo siga igual.

—No espero nada de ti.

Esta vez no hubo rastro de burla en la voz de Ash. Solo algo más firme. Más real.

—Pero tú sí esperas demasiado de alguien que claramente no puede darte lo que buscas.

—¡No sabes lo que busco!

—Entonces deja de actuar como si sí.

—¡Tú no tienes derecho a hablar de mí!

—¡Y tú no tienes derecho a venir a romperte aquí y luego culparme por estar!

El silencio que siguió no fue realmente silencio. La lluvia seguía cayendo, el mundo seguía moviéndose, pero entre ellos… todo quedó suspendido, como si el tiempo mismo dudara en avanzar.

Aldo tragó aire, pero no fue suficiente. —Te odio, me tienes hasta la verga.

Esta vez no gritó.

Y por eso pesó más.

Ash no se movió. No retrocedió. No hizo absolutamente nada por aliviar la distancia inexistente entre ellos.

—No.

La respuesta fue baja, casi tranquila, pero ya no ligera. —Eso sería más fácil… —inclinó apenas la cabeza, lo justo para obligarlo a sostenerle la mirada de lleno, sin escapatoria, sin distracciones. —Y tú nunca eliges lo fácil.

Una pausa. —Amas lo complicado…

La mandíbula de Aldo se tensó con fuerza, pero no se apartó.

—Cállate.

—Dime que no es verdad.

—¡Cállate!

Esta vez no sonó como una orden.

Sonó como una advertencia.

Ash bajó la voz, acercándose apenas un poco más, como si todavía quedara espacio por invadir. —Entonces deja de buscarlo —el mundo alrededor parecía volverse más ruidoso, más caótico, como si la tormenta misma quisiera tapar lo que venía. —Deja de buscarme.

Y eso fue suficiente.

No hubo aviso, no hubo un gesto previo que lo delatara; Aldo se movió primero, como si algo dentro de él hubiera terminado por romperse en ese preciso instante. Lo empujó con fuerza, directo al pecho, obligándolo a retroceder un paso sobre el pavimento mojado, apenas lo justo antes de que Ash respondiera, sujetándolo por la ropa y devolviendo el impulso con la misma violencia.

La lluvia convirtió el suelo en una trampa resbaladiza, pero ninguno de los dos pareció notarlo.

No era una pelea limpia. 

Nunca lo había sido entre ellos.

El moreno intentó cerrarle el espacio de inmediato, avanzar lo suficiente como para invadirlo por completo, cortarle cualquier margen de reacción, obligarlo a responder sin pensar. Pero Aldo no retrocedió. Giró el cuerpo en el momento justo, soltándose del agarre con un movimiento seco, y devolvió el golpe sin dudar.

El aire abandonó los pulmones de Ash en un instante, pero no retrocedió. Nunca lo hacía. En lugar de eso, sonrió.

Una sonrisa torcida, manchada ya por el primer rastro de sangre, como si ese golpe no hubiera sido suficiente… como si necesitara más

—¿Eso es todo? —escupió, apenas recuperando el aliento.

Aldo no respondió.

No confiaba en su voz.

Su respiración ya estaba demasiado irregular, demasiado cargada de algo que no quería nombrar, así que simplemente volvió a avanzar, esta vez sin contenerse. El siguiente empujón fue más brutal, más decidido, obligando a Ash a retroceder hasta chocar contra la pared húmeda que tenían detrás.

El impacto resonó apagado, absorbido por la lluvia y el concreto, pero el efecto quedó ahí, vibrando entre ellos.

Pero Ash no se dejó.

Nunca se dejaba.

Sus dedos se cerraron sobre la tela empapada de la ropa de Aldo, apretando con brusquedad, tirando de él con la misma intensidad con la que había sido empujado. No fue defensa. Fue respuesta. Una devolución exacta, cruda, sin filtrar. El tirón los acercó de golpe, rompiendo cualquier espacio que aún quedara entre ellos.

La lluvia seguía cayendo, constante, pesada, convirtiendo el suelo en una superficie traicionera, pero ninguno parecía registrarlo. Sus cuerpos ya estaban demasiado ocupados en otra cosa, en ese choque de fuerzas que no buscaba orden.

—Cierra el hocico animal —gruñó Aldo, aunque Ash ni siquiera había hablado.

La respuesta fue inmediata.

No con palabras.

Ash giró el rostro lo suficiente para clavar los dientes en su mandíbula, sin cuidado, sin medir fuerza, más cerca de un impulso que de una decisión.

El dolor fue breve. Lo que vino después no.

Sus dedos se clavaron en la ropa de Aldo otra vez, tirando con más fuerza, arrastrándolo con él en lugar de apartarlo. La distancia se redujo aún más, si es que eso era posible, hasta que prácticamente compartían el mismo aire. Demasiado cerca. Primero chocaron las respiraciones, cálidas a pesar de la lluvia fría, desordenadas, invadiéndose sin permiso.

Luego las frentes. El golpe fue seco, firme, y definitivamente no del todo accidental. El gruñido de Aldo salió bajo, cargado, más reacción que palabra, pero no fue suficiente para detener nada. Porque Ash respondió de la forma más absurda, más impulsiva posible.

Giró el rostro y hundió los dientes en la mandíbula de Aldo sin medir fuerza, sin suavidad, como si necesitara sentirlo de una forma que no implicara retroceder. El dolor fue inmediato. Breve. Pero lo que desató después… no lo fue.

Aldo reaccionó con violencia, empujándolo con más fuerza de la necesaria, aunque sin soltarlo realmente. Sus manos bajaron y subieron casi al mismo tiempo, perdiendo orden, encontrando el cuello, la nuca, el cabello empapado. Se aferró a él como si quisiera apartarlo… o mantenerlo exactamente donde estaba.

La línea entre ambas cosas ya no estaba clara.

El siguiente intercambio fue peor.

Más desordenado.

—Estás enfermo —escupió, la voz rota entre la rabia y algo más difícil de nombrar.

Ash rió, bajo, sin aire.

—¿y por qué no te quitas?.

Los golpes dejaron de ser precisos. Ya no había intención de acertar limpio, sino de provocar reacción. Puños, empujones, agarres que duraban un segundo más de lo necesario. Uñas que raspaban piel sin pedir permiso. Dedos que apretaban demasiado, marcando, dejando huella.

Era caótico.

Y extrañamente… sincronizado.

Como si ambos entendieran el ritmo sin necesidad de pensarlo.

Fue un mal paso el que lo cambió todo. El pavimento traicionero, la fuerza mal medida, o quizá simplemente el exceso de rabia acumulada; ninguno de los dos pudo sostener el equilibrio cuando el siguiente empujón llegó más fuerte de lo necesario.

Cayeron. No fue limpio. Fue torpe, violento, arrastrado. El impacto contra el suelo se mezcló con el sonido húmedo del lodo cediendo bajo sus cuerpos, salpicando agua sucia que se confundió al instante con la lluvia que no daba tregua. Pero ni siquiera eso los detuvo. No hubo pausa para recuperar el aire. No hubo distancia. Las manos volvieron primero.

Ash fue más rápido en ese espacio reducido, aprovechando la cercanía para sujetarlo, para intentar inmovilizarlo contra la tierra, pero Aldo reaccionó con una fuerza más firme, más controlada incluso en medio del caos, girando el cuerpo, invirtiendo la posición con un movimiento brusco que terminó con Ash debajo, hundiéndose más en el barro.

El lodo se pegaba a la piel, a la ropa, mezclándose con el calor de sus cuerpos y el frío de la lluvia, volviéndolo todo más pesado, más real. Más difícil de ignorar.

—Deja de—

La frase murió a la mitad cuando Ash lo interrumpió, no con palabras, sino con un movimiento violento que lo desestabilizó lo suficiente para rodar otra vez, intercambiando posiciones en un instante.

Ninguno quería quedarse abajo. Ninguno quería ceder.

Las manos de Ash se cerraron alrededor de su camiseta, tirando de él hacia abajo, demasiado cerca otra vez, mientras su rodilla buscaba ventaja, mientras sus dedos se hundían en su piel sin cuidado.

Aldo respondió igual. Sin medida. Sus manos encontraron el cuello, la mandíbula, empujando, obligándolo a apartar el rostro solo para volver a atraparlo, como si no supiera si quería alejarlo… o mantenerlo ahí.

El barro amortiguaba los golpes, pero no la intención detrás de ellos.

Ni la furia.

Ni esa tensión densa que parecía crecer en lugar de disiparse.

Un golpe más.

Una respuesta.

Un agarre que duraba demasiado.

Respiraciones cortadas, mezcladas, demasiado cerca para ser solo una pelea.

La sangre ya no era solo un rastro.

Se mezclaba con el agua, con la tierra, deslizándose por la piel de ambos sin que ninguno pareciera notarlo realmente.

—¿Eso querías? —escupió Ash, la voz rota, pero firme—. ¿Esto?

Aldo lo miró, empapado, sucio, respirando como si el aire no fuera suficiente. Y aun así… no se apartó.

—¿Cuándo chingados te callas? —gruñó otra vez, aunque ya no sonaba igual.

Ash sonrió. A pesar de todo.

—Averigualo.

Y Aldo lo hizo.

No con palabras.

Sus manos se aferraron con más fuerza, perdiendo cualquier rastro de contención, deslizándose por los brazos de Ash, clavándose en la piel con una desesperación que ya no tenía nada de técnica.

Sus uñas rasgaron.

No fue un accidente.

La tela cedió primero, luego la piel, abriéndose bajo la presión en líneas rojas que la lluvia no tardó en distorsionar, en arrastrar, mezclando sangre con agua y tierra en un rastro sucio que ninguno intentó detener.

Ash soltó un sonido entre risa y queja, más vivo que dolido, como si ese límite que Aldo acababa de cruzar fuera exactamente lo que estaba buscando.

—Eso es… —murmuró, la voz baja, rota—. Ahí estás —la respuesta fue otro empujón, más violento, hundiéndolo de nuevo contra el barro.

Pero Ash no dejó de moverse. Nunca lo hacía.

Sus manos subieron, atrapando el rostro de Aldo sin cuidado, manchándolo con todo lo que ya eran, tirando de él con una brusquedad que no pedía permiso, que no dejaba espacio para pensar.

Y, aun así… lo hubo.

Un instante mínimo.

Lo suficiente para que Aldo notara la cercanía de su boca, para que su cuerpo se tensara en lugar de responder, como si por fin alcanzara a entender lo que estaba a punto de pasar… como si todavía pudiera detenerlo.

No lo hizo.

Y esta vez… no fue un golpe.

Fue un choque.

Sus labios se encontraron sin suavidad, sin preparación, más parecido a un impacto que a otra cosa. Desordenado. Brusco. Como si ambos intentaran callarse al mismo tiempo sin saber cómo hacerlo de otra forma.

La reacción de Aldo fue igual de abrupta.

Las manos de Aldo subieron desde los brazos hasta el cuello, firmes, seguras, mientras respondía al desorden con algo igual de brutal: una mordida que no buscaba cuidado, sino reacción, marcando los labios ajenos con la misma intensidad con la que segundos antes había intentado golpearlo.

No había diferencia real entre una cosa y la otra.

Querían romperse.

Querían imponerse.

Como si aquello, ese choque torpe y violento, fuera solo otra forma de pelear… una que ninguno estaba dispuesto a perder.

Las manos de Aldo, callosas y firmes, se tensaron con fuerza en puntos demasiado precisos, demasiado conscientes, presionando donde sabía que dolería, donde sabía que podía desestabilizarlo, cortándole el aire en pequeños instantes robados, obligándolo a sentirlo incluso cuando intentaba ignorarlo.

Pero Ash no se apartó.

No lo hizo.

Aun sin aire, aun con el dolor latiendo bajo la piel abierta, se mantuvo ahí, respondiendo, devolviendo cada intento de control con la misma intensidad desordenada, como si retroceder fuera aceptar algo que no estaba dispuesto a nombrar.

La lluvia seguía cayendo sobre ellos, mezclando todo —sangre, lodo, respiración— hasta volverlo indistinguible.

Y aun así, ninguno soltaba. Ninguno cedía.

—Te odio —gruñó Aldo contra sus labios, sin apartarse del todo, la respiración rota, el cuerpo todavía tenso como si el siguiente golpe siguiera pendiente.

—No —respondió Ash, casi sin aire, con esa maldita sonrisa que no desaparecía ni en medio del desastre—. No sabes hacerlo.

La respuesta no fue un golpe. Fue otro beso.

Más fuerte. Más torpe. Más desesperado.

Como si quisiera callarlo.

Como si quisiera callarse a sí mismo.

Las manos volvieron a perderse entre fuerza y necesidad, bajando, subiendo, apretando sin medida, marcando más de lo que deberían, como si el cuerpo del otro fuera lo único que quedaba en ese momento.

—Cállate —repitió Aldo, pero ya no sonaba igual.

—Callame —susurró Ash contra su boca, provocándolo incluso ahora, incluso así.

Y Aldo… Aldo dejó de intentar detenerlo. La pelea no se detuvo. Solo cambió de forma, seguían empujándose, seguían chocando, pero ya no para alejarse. Nunca para alejarse. El lodo, la lluvia, la sangre… todo seguía ahí, pero dejó de importar cuando la distancia desapareció por completo, cuando el aire entre ellos se volvió insuficiente y aun así ninguno intentó recuperarlo.

Era un desastre.

Era impulsivo.

Era exactamente lo que no debería estar pasando.

Y aun así… ninguno se detuvo.

El mundo a su alrededor dejó de existir por unos segundos más, reducido a la presión de sus cuerpos, al choque irregular de sus respiraciones y a esas manos que no terminaban de decidir si querían apartar o aferrarse. Sus labios seguían encontrándose sin orden, sin suavidad, como si cada beso fuera una continuación directa de la pelea, como si callarse mutuamente fuera la única forma de no decir algo que no podrían deshacer después.

Y entonces el cielo se partió.

El trueno cayó demasiado cerca, seco, violento, rompiendo el aire con la misma brusquedad con la que ellos se habían estado rompiendo entre sí, y por primera vez desde que todo había empezado, algo logró interrumpirlos de verdad. No fue una decisión consciente, ni siquiera un movimiento pensado; Ash reaccionó antes de darse cuenta, girando el cuerpo y llevándolo consigo, cubriéndolo en un gesto automático, una mano firme en la nuca de Aldo, empujándolo contra su pecho como si aquello fuera lo más natural del mundo.

Y no lo era.

Aldo lo sintió, claro que lo sintió, en la forma en que el agarre no buscaba dominar, sino proteger, en la cercanía que no tenía nada que ver con la pelea que segundos antes los había consumido, y por un instante incómodo, peligroso, todo cambió de peso sin dejar de ser intenso.

La lluvia seguía cayendo, más fuerte ahora, resbalando entre ellos, empapándolo todo, pero ninguno se apartó de inmediato. Permanecieron ahí un segundo más de lo necesario, demasiado conscientes el uno del otro, demasiado cerca como para fingir que nada había pasado.

El moreno apartó con dificultad al príncipe y se levantó con facilidad, aun a pesar de la pelea que estaban teniendo. El aire le quemaba en el pecho, la respiración desordenada, pero no se detuvo a recomponerse; apenas dio un paso atrás, lo justo para mirarlo desde arriba, con la mandíbula tensa y la lluvia resbalando por su rostro como si intentara borrar algo que claramente no podía.

—Nos vamos a matar aquí —murmuró, más para sí que para él, aunque no apartó la mirada ni un segundo.

Aldo soltó una risa baja desde el suelo, más aire que sonido, empapado, cubierto de tierra y sangre, con el pecho subiendo y bajando de forma irregular. No hizo ademán de levantarse de inmediato; lo observó desde abajo como si todavía estuviera decidiendo si volver a lanzarse o simplemente arrastrarlo con él.

—Entonces no te detengas —escupió, afilado, provocándolo incluso así.

Ash negó apenas, una exhalación corta que no era calma, sino contención. Dio un paso al frente otra vez, agachándose lo justo para sujetarlo por la ropa, tirando de él sin cuidado, obligándolo a incorporarse más por inercia que por voluntad. Sus manos no fueron suaves; nunca lo eran con él.

—No aquí —dijo, más bajo ahora, más cerca, como si esa cercanía fuera lo único que evitaba que todo volviera a estallar—. No así.

Aldo se tensó al contacto, pero no se apartó. Sus dedos se cerraron en la tela húmeda de la camisa de Ash casi por reflejo, acercándolo de nuevo, como si la distancia fuera peor que el golpe.

—¿Te estás echando atrás? —murmuró, rozando su boca sin llegar a besarla, con esa provocación que ya no era solo rabia.

La respuesta no fue inmediata. Ash lo sostuvo ahí, lo suficiente para que la respiración de ambos se mezclara, para que el ruido de la lluvia se volviera un fondo lejano, casi inexistente frente a lo que tenían entre las manos.

—Estoy eligiendo dónde terminar esto —respondió al final, y no sonó como una retirada.

Otro trueno cayó cerca, seco, rompiendo el aire en dos, y por un instante Ash lo empujó apenas hacia atrás, instintivo, colocándose entre él y el sonido como si eso sirviera de algo. No fue un gesto pensado. Podría decirse eso. Pero no. Fue reflejo. Fue lo único que le permitiría dormir esa noche.

Y eso fue peor.

Aldo lo notó.

Lo sostuvo de nuevo antes de que pudiera apartarse del todo, tirando de él con fuerza, chocando otra vez contra su boca en un beso torcido, húmedo, más necesidad que intención, como si ninguno de los dos supiera cómo dejar de hacerlo sin destruir algo en el proceso.

—Tu casa está más cerca —murmuró contra sus labios, sin soltarlo, sin suavizar nada.

No era una sugerencia.

Ash no respondió con palabras. Solo lo sujetó con más firmeza, girándolo con brusquedad para empezar a avanzar, arrastrándolo consigo bajo la lluvia, sin soltarlo del todo, sin darle espacio suficiente para decidir si quería seguir o no.

Y Aldo no se resistió.

No porque estuviera de acuerdo.

Sino porque ya estaba demasiado dentro como para retroceder.

La casa del líder era lo opuesto al castillo: fría, sobria, casi vacía. No había rastro de vida en el lugar. Las paredes blancas, lisas, sin una sola imperfección, parecían un reflejo directo del líder, de ese control rígido con el que sostenía todo lo que tocaba.

Pero Aldo no tuvo tiempo de pensar en eso.

Apenas cruzaron el umbral, Ash lo empujó contra la puerta con fuerza, cerrándola de golpe a sus espaldas, atrapándolo ahí sin margen, sin distancia, sin aire. Sus labios volvieron a buscar los suyos con la misma violencia desordenada de antes, como si el trayecto no hubiera servido para enfriar nada.

Y el príncipe respondió.

Con la misma furia.

Con la misma necesidad.

Las manos que antes aprisionaban el cuerpo de Aldo no se detuvieron; comenzaron a subir por debajo de su camisa, deslizándose sobre la piel húmeda, reconociendo cada tramo sin paciencia, sin cuidado.

No había nada suave en ello. Ash no sabía serlo con él. Sus dedos se hundían con fuerza, ásperos, dejando el rastro de sus uñas a su paso, marcas que no pedían permiso y tampoco buscaban ocultarse. No era exploración delicada, era posesión torpe, urgente, como si cada contacto tuviera que afirmarse con algo más que intención. 

Y eso extrañamente le excitaba más que cualquier trato gentil que el más alto pudiera darle.

Los labios del moreno abandonaron los suyos, descendiendo sin prisa, como si cada centímetro de piel fuera un territorio que reclamara por derecho propio. El camino que trazó sobre su cuello no tuvo nada de dulce; fue irregular, insistente, una línea de calor que no buscaba consolar, sino marcar.

Aldo sintió primero el roce de sus dientes, apenas un aviso, una promesa suspendida en el aire húmedo… y luego la mordida.

Sin cuidado.

Sin tregua.

El dolor se abrió paso bajo su piel como algo vivo, latiendo, extendiéndose con cada respiración entrecortada, mezclándose con la forma en que sus manos se tensaban y su cuerpo se negaba a apartarse.

Había algo más ahí.

En la presión.

En la forma en que Ash no retrocedía.

En esa sonrisa que no necesitaba ver para saber que estaba ahí, dibujada justo en el instante en que lograba arrancarle esa reacción contenida, ese gesto mínimo en el que Aldo apretaba los dientes, negándose a ceder el sonido que le ardía en la garganta.

No sabía si era dolor…

o algo mucho peor.

Como respuesta a la burla del más alto, Aldo deslizó las manos por su espalda, sin cuidado, encontrando la tela fina y cediendo ante el impulso de romperla. Sus uñas se hundieron, rasgando sin medida, abriendo camino en líneas irregulares que no tardaron en humedecerse, en volverse cálidas bajo sus dedos.

No se detuvo.

No quería hacerlo.

Arañaba, marcaba, destruía sin orden, como si cada trazo fuera una forma de devolverle todo lo que el otro estaba haciendo con él, como si el dolor fuera el único idioma que ambos entendían sin equivocarse.

Ash respondió igual.

Siempre lo hacía.

Su boca no abandonó su cuello, sus dientes encontrando piel una y otra vez, insistentes, crueles, mientras sus manos bajaban con menos paciencia, con menos control, deshaciéndose del uniforme de Aldo sin cuidado, arrancándolo más que quitándolo, como si la tela fuera un obstáculo que ya no estaba dispuesto a tolerar.

Para cuando el último botón cedió, ya no había orden en nada. Solo respiraciones rotas. Manos que no sabían detenerse. Y esa necesidad densa, incómoda, que ninguno estaba dispuesto a nombrar.

El empujón llegó sin aviso.

Aldo retrocedió un paso, dos, hasta que la resistencia apareció detrás de él demasiado tarde. La cama recibió el impacto con un golpe seco, apenas amortiguado, y aun así Ash no le dio espacio para reaccionar, para pensar, para hacer algo que no fuera seguir.

Porque detenerse… ya no era una opción.

Las sábanas se sintieron finas y tersas bajo su piel, un contraste casi cruel con el estado en el que se encontraba. No tardaron en mancharse; rojo sobre blanco, extendiéndose sin cuidado, como todo lo demás.

Pero Aldo no apartó la mirada. Al contrario. Al verse expuesto, desordenado, marcado… sonrió.

Sabía cómo debía lucir en ese momento. Sabía lo que Ash había hecho con él.

Un desastre.

Y aun así… le encantaba.

—¿Te gusta lo que ves? —murmuró, con una burla apenas contenida, notando cómo esos ojos violetas recorrían su cuerpo sin prisa, deteniéndose en su pecho, en su cuello destrozado… descendiendo sin disimulo hasta donde la piel aún permanecía intacta.

Ash dejó escapar una exhalación irregular antes de inclinarse.

—Solo un estúpido no sabría apreciar algo así —respondió, la voz baja, rota por la respiración, mientras se acercaba lo suficiente como para que su boca encontrara piel otra vez.

Y esta vez no fue un beso.

Fue un trazo.

Lento.

Deliberado.

Como si el blanco de su abdomen no fuera más que otro lienzo dispuesto a ser marcado, pintado, decorado con ese rojo que tanto le pertenecía. Un rojo vivo, intenso, que no solo manchaba la piel… sino que lo definía.

Las manos de Ash se cerraban con fuerza sobre su cintura, demasiado firmes, demasiado conscientes, como si no buscara sostenerlo sino dejar huella, asegurarse de que incluso después de aquello, su cuerpo recordara exactamente dónde había estado. Moretones vendrían después, lo sabía, manchas violáceas, verdosas… testigos silenciosos de algo que ninguno iba a nombrar en voz alta.

Y aun así… no se detuvo.

Porque había algo profundamente retorcido en la forma en que lo disfrutaba. En cómo lo rompía.

En cómo quería seguir haciéndolo.

Aldo no se quedó atrás.

Sus manos recorrieron la espalda de Ash con la misma intención destructiva, uñas afiladas abriéndose paso sin cuidado, rasgando tela, piel, lo que fuera necesario. No había precisión, no había medida… solo ese impulso constante de devolver todo lo que recibía, de no quedarse atrás, de no perder.

De marcarlo también.

Dejarlo igual de arruinado.

Sus dedos subieron entonces, perdiéndose entre los rizos oscuros del moreno, deshaciendo sin esfuerzo el listón que los mantenía en su lugar. El cabello cayó libre, desordenado, imperfecto.

Y algo en Aldo se tensó con una satisfacción casi peligrosa.

Porque esa perfección… esa maldita perfección… también quería destruirla.

La boca de Ash fue dejando un rastro irregular de mordidas, marcas que la adrenalina todavía disfrazaba pero que, cuando todo se calmara, iban a arder con una claridad implacable. Sin embargo, en ese momento, nada de eso importaba.

Porque lo único en lo que podía concentrarse era en los suspiros de Aldo. Cortos, entrecortados, arrancados más que ofrecidos. Cada uno una respuesta. Cada uno una confirmación.

Y eso… eso era lo que realmente se le quedaba.

No la sangre, no las marcas, no el desastre que estaban haciendo el uno del otro.

Sino ese sonido.

Ese maldito sonido que sabía que iba a volver a su cabeza cada vez que lo viera, como un recuerdo que no pide permiso, como una prueba de que, incluso en medio del odio, Aldo también disfrutaba ser destruido.

Las manos del de ojos cafés se aferraron con más fuerza a los restos de la prenda de Ash, los nudillos tensos, la tela cediendo entre sus dedos mientras un gruñido bajo, cargado de frustración, se le escapaba del pecho.

—Haz algo bueno en tu vida y quítate esta mierda —escupió, tirando de los jirones con brusquedad, más orden que petición.

Ash no se apresuró.

Nunca lo hacía.

El amago de una sonrisa cruzó su boca mientras volvía a inclinarse sobre él, como si aquella urgencia ajena le resultara entretenida, como si disfrutar del desorden de Aldo fuera parte del juego.

—¿Tan desesperado estás, my prince? —murmuró, la voz arrastrada, casi un susurro que rozó más de lo que dijo.

Y en lugar de obedecer, trazó un camino lento de besos sobre su mandíbula, apenas roces, demasiado ligeros para alguien que segundos antes había sido pura violencia… como si ahora quisiera medir exactamente cuánto podía tensarlo antes de romperlo otra vez.

—Te lo quitas o me largo… a ver si muy valiente —murmuró Aldo entre dientes, intentando sostenerle la mirada con amenaza, aunque el aire le falló cuando los dientes del otro encontraron el lóbulo de su oreja, robándole un suspiro que arruinó por completo cualquier intento de imponerse.

Ash soltó una risa baja, satisfecha, como si ese pequeño quiebre hubiera sido exactamente lo que buscaba.

—Qué mandón… —musitó contra su piel.

Esta vez sí se incorporó, sin prisa, dejando que la tensión se estirara un segundo más de lo necesario antes de deshacerse del resto de la tela que aún le cubría el torso, como si incluso ese gesto tuviera que hacerse bajo sus propias reglas.

En cuanto Aldo vio la piel expuesta, algo en él terminó de romperse.

No dudó.

Se lanzó hacia su cuello con una necesidad casi violenta, como si no bastara con tocarlo, como si necesitara dejar marca, devolverle cada rastro que él mismo llevaba encima. Sus dientes encontraron la piel sin cuidado, sin medida, aferrándose con una intención clara: no quedarse atrás.

No perder.

No con él.

Los dos eran lienzos marcados a fuerza de uñas y dientes, atravesados por un rojo vivo que ya no distinguía entre piel y sábanas. Los suspiros que se arrancaban, mezclados con gruñidos bajos, terminaron por volverse lo único que existía entre ellos.

Su ruido.

Su ritmo.

Algo que no compartían, sino que se disputaban en silencio, como si incluso eso tuviera que pertenecerle al otro… como si, en medio de todo ese desastre, quisieran ser los únicos capaces de provocarlo.

God… my prince…

El susurro se le escapó a Ash antes de volver a buscar su boca, reclamándola otra vez, como si besarle fuera también una forma de imponerse, de recuperar un control que ninguno estaba dispuesto a ceder del todo.

Siempre era lo mismo.

Siempre era una lucha.

Su mano descendió sin prisa real, pero sin suavidad, trazando un recorrido irregular sobre el torso de Aldo, arañando apenas, recordándole cada punto sensible que ya había despertado. El contacto, más insinuado que directo, fue suficiente.

El aire de Aldo se quebró dentro del beso cuando sintió a su enemigo tomar con firmeza el bulto que se formó en sus pantalones.

—…mierda —se le escapó, bajo, más respiración que palabra. Intentó sostenerse, aferrarse a algo que no fuera esa sensación que lo estaba desarmando poco a poco, pero ya era tarde. La mezcla de adrenalina, dolor y ese calor insistente empezaba a nublarle el juicio, a desordenarle el cuerpo.

Y lo peor… era que estaba dejando de pelearlo.

—Suplicame… dime qué quieres que haga contigo, Aldo…

La voz de Ash rozó su oído, baja, cargada de intención, y la frase se deshizo contra su piel acompañada de un contacto húmedo, lento, que no buscaba prisa sino reacción.

Sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Y Aldo también.

El siguiente movimiento no fue brusco, pero sí deliberado. Preciso. Lo suficiente para arrancarle el aire otra vez, para tensarle el cuerpo sin darle un punto claro al cual aferrarse, obligándolo a sentir antes que pensar.

Un ligero bombeo sobre el miembro de Aldo se hizo presente, deliberado, burlón aún sobre la ropa.

La respuesta fue inmediata, imposible de ocultar. Su respiración se volvió irregular, quebrándose entre los espacios que Ash dejaba a propósito, como si cada segundo de espera fuera parte del castigo.

O de la provocación.

Aldo intentó sostenerse una vez más, recuperar algo de control, pero su cuerpo ya no estaba jugando bajo las mismas reglas.

Y eso… eso era exactamente lo que el otro quería.

—Pendejo… deja de jugar —reclamó, la voz quebrándose en un gemido traicionero cuando el contacto descendió sin aviso, piel con piel, arrancándole el aire de golpe.

Ash soltó una risa baja, apenas contenida, claramente satisfecho con la reacción.

—Pensé que los dos estábamos jugando, my prince —murmuró con burla, sosteniéndole la mirada con esa maldita calma que solo empeoraba todo.

Con la mano libre, retiró los lentes torcidos que aún se aferraban al rostro de Aldo, como si quisiera verlo sin nada de por medio, sin barreras, sin excusas.

—Jod—… ah—

La protesta murió a la mitad, ahogada por el cambio de ritmo, más firme, más intencional, como si Ash hubiera decidido, finalmente, dejar de medir la distancia entre provocar… y desarmarlo por completo.

—¿Qué haré contigo… my prince…? —la voz cálida, cargada de burla, descendió junto con él, rozando su piel en un recorrido lento, deliberado, como si saboreara cada reacción antes de provocarla.

El contacto no fue suave en sus pezones, Ash succiona, mordió, saboreo uno y después el otro dejando un círculo rojizo alrededor de estos, nada tierno, ni un beso de consolación o una mirada de disculpa. 

Nada.

Aldo dejó de ser palabras casi de inmediato, la respiración rompiéndose en sonidos que ya no intentaban esconderse, que escapaban sin permiso cada vez que Ash decidía apretar un poco más, insistir un poco más, como si estuviera probando hasta dónde podía llevarlo.

Y lo estaba logrando.

Sin prisa, pero sin detenerse.

La poca distancia que quedaba entre control y desastre se volvió inexistente cuando terminó de deshacerse de la última prenda que lo contenía, como si aquello fuera solo un paso más en algo que ya estaba decidido desde antes.

Ash se detuvo un segundo.

Solo uno.

Lo suficiente para mirarlo.

Para ver lo que había hecho.

Y sonrió.

—Dime… —murmuró, bajo, casi pegado a su piel, como si la palabra misma fuera una provocación—. Dímelo.

El siguiente contacto fue más firme, más intencional, como si ya no hubiera necesidad de contener nada. La reacción de Aldo fue inmediata, inevitable, el cuerpo respondiendo antes que cualquier intento de orgullo.

Ash soltó una risa baja, satisfecha, inclinándose otra vez sobre él, marcando, reclamando, como si cada gesto fuera una forma más de empujarlo al borde.

—Si siempre soy yo quien te causa problemas —dejó un beso vacilante en la yugular de Aldo —. Puedes decirme ahora como quieres que solucione esto.

La mirada de Aldo se veía nublada, dispersa como si no pudiera controlar sus impulsos más primitivos, quería perder el control por una vez, pero había algo que no se lo permitía, como si internamente quisiera ser destruido por Ash pero su orgullo no lo dejara terminar la oración.

Las manos del castaño ahora temblorosas bajaron nuevamente los rizos oscuros y acercaron el rostro del contrario al suyo, labios con labios, pero sin besarse.

—Más te vale… —susurró interrumpido por un suspiro pues el ritmo que el contrario había marcado no se detuvo. —Que me hagas olvidar la mala noche que tuve hoy o te juro que explotare todo tu maldito territorio.

—Sus deseos… —Ash mordió el labio inferior de Aldo tirando de él, destrozandolo más —. Son órdenes —completo luego de escuchar el gruñido de dolor del castaño.

Y entonces, en lugar de acelerar, en lugar de darle lo que su cuerpo estaba pidiendo a gritos, Ash se detuvo.

No del todo. Su mano seguía ahí, cálida, firme, rodeando el miembro de Aldo con una poseción que no necesitaba apretar para sentirse absoluta. Pero el ritmo que había estado construyendo –ese vaivén tortuosamente lento que ya estaba volviendo loco al castaño– se redujo hasta volverse casi inexistente.

Un roce. Una pausa. Otro roce.

Nada más.

La respiración de Aldo se rompió en algo que no sabía si era un gemido o un gruñido de frustración. Sus dedos, todavía enterrados en los rizos oscuros de Ash, tiraron con más fuerza, como si quisieran obligarlo a moverse, a hacer algo.

—No te… atrevas… —jadeó, la voz rota, los ojos clavados en los del moreno con una mezcla de odio y una urgencia que odiaba reconocer —. No te atrevas a quedarte quieto ahora.

Ash sonrió.

Esa maldita sonrisa lenta, peligrosa, que nunca prometía nada bueno.

—¿O si no qué, my prince? —murmuró, acercándose lo suficiente para que sus labios rozaran la comisura de la boca de Aldo sin llegar a besarlo—. ¿Me vas a golpear otra vez? ¿Romperme algo? Porque, mira… —su mano giró apenas, un movimiento mínimo que arrancó un suspiro entrecortado del castaño—. No pareces muy dispuesto a pelear ahora.

Aldo quiso responder con un insulto. De verdad. Tenía una docena en la punta de la lengua, todos afilados, todos listos para escupirlos como hacía siempre. Pero entonces Ash movió la mano otra vez —un deslizamiento lento, deliberado, de arriba abajo— y las palabras se le murieron en la garganta, reemplazadas por un gemido que odió con toda su alma.

—Eso pensé —susurró Ash, y había triunfo en su voz.

La mano libre del moreno, la que no estaba ocupada en volver loco a Aldo, comenzó un recorrido perezoso por el torso del príncipe. No era exploración, no. Era reconocimiento, como si ya conociera cada centímetro de esa piel y solo quisiera recordarla, marcarla, dejar claro que le pertenecía aunque solo fuera por esa noche.

Sus dedos trazaron el borde de un moretón, siguieron la línea de una costilla, se detuvieron en el pezón que había mordido antes. Esta vez no fue brutal. Esta vez solo rozó, apenas un roce de yema contra la piel sensible, y aun así Aldo se tensó como si hubiera recibido una descarga.

—Sensible —observó Ash, con esa calma irritante—. Siempre lo has sido. Aunque finjas que no.

—Cállate —logró decir Aldo, pero sonó débil, roto, sin ningún tipo de autoridad.

—No creo que quieras que me calle —respondió el moreno, bajando la boca hasta su cuello, donde las marcas de antes ya comenzaban a tornarse violáceas—. Porque cuando me callo… también dejo de hacer esto.

Y dejó de mover la mano.

Por complejo.

El vacío fue peor que cualquier insulto. Aldo sintió cómo su cuerpo se contraía, cómo una oleada de calor insatisfecho le recorría la espalda, cómo sus caderas se movieron por sí solas buscando un contacto que ya no estaba.

—Maldito… —gruñó, los nudillos blancos de lo fuerte que apretaba el cabello de Ash—. Eres un hijo de puta.

—Lo sé —Ash besó la marca que había dejado en su cuello, lento, casi tierno —. Pero tú sigues aquí. Sigues sin apartarte. Sigues dejando que te toque.

—Porque si me aparto… —Aldo tragó saliva, los ojos brillantes, la voz temblorosa—. Si me aparto, esto se acaba. Y tú no quieres que se acabe.

El silencio de Ash fue la única confirmación que necesitaba.

Por un momento, ninguno se movió. Solo se miraron, tan cerca que sus pestañas casi se rozaban, compartiendo el mismo aire caliente, la misma respiración irregular. La lluvia golpeaba las ventanas como un recordatorio de que afuera existía un mundo que no era este.

Y entonces As cedió.

No del todo. No como Aldo quería. Pero suficiente.

Su mano volvió a moverse, retomando ese ritmo lento, casi cruel, que mantenía al castaño al borde sin dejarlo caer. Y al mismo tiempo, su boca descendió por el pecho de Aldo, dejando un rastro de besos húmedos, mordiscos ligeros, lengüetazos que hacían cosquillas y dolían y ardían, todo a la vez.

—Te voy a desarmar —murmuró Ash contra su piel, sin dejar de mover la mano, sin dejar de mirarlo desde abajo con esos ojos violetas que parecían verlo todo—. Pieza por pieza. Hasta que no quede nada de ese orgullo estúpido que llevas encima.

—Ya lo… ah… ya lo intentaste antes… —respondió Aldo, la cabeza echada hacia atrás, los dedos todavía enredados en el cabello de Ash, ya sin saber si tiraba para apartarlo o para acercarlo más—. Y sigo aquí… sigo intacto…

Ash soltó una risa baja, caliente, directamente sobre su estómago.

—¿Intacto? —repitió, como si la palabra fuera un chiste—. My prince… tienes mis marcas por todo el cuello. Mis mordiscos en los labios. Mi mano alrededor de tu polla… —enfatizó la palabra con un movimiento más firme, más deliberado, que hizo arquear a Aldo sobre las sábanas—. No hay nada intacto en ti ahora mismo.

Aldo quiso negarlo. Quiso decir que eso no significaba nada, que solo era carne, que se podía lavar las marcas y olvidar las manos y seguir odiando a Ash como siempre.

Pero entonces Ash bajó más.

Su boca dejó el pecho, descendió por el abdomen, siguió la línea de vello que desaparecía bajo la cintura del pantalón que Aldo todavía llevaba puesto (y que Ash no se había molestado en quitar del todo, solo lo suficiente para tener acceso). Y cuando llegó ahí, cuando sus labios rozaron el hueso de la cadera, Aldo supo que estaba perdido.

—Ash… —su voz sonó extraña, casi como una advertencia, casi como una súplica.

Ash levantó la vista. Esa maldita sonrisa seguía ahí.

—¿Sí, my prince?

—Si haces lo que creo que vas a hacer… —tragó saliva, los dedos temblándole en el cabello del moreno—. Te juro que…

—¿Qué? —lo interrumpió Ash, con falsa inocencia—. ¿Que vas a explotar mi territorio? Ya lo dijiste. Y ya te dije… —su aliento caliente contra la piel sensible de la ingle hizo que Aldo contuviera la respiración—. Sus deseos son órdenes.

Y entonces, sin más preámbulo, Ash bajó la cabeza.

El primer contacto no fue suave.

Nunca lo era con ellos.

Los labios de Ash encontraron la piel sensible de la ingle como quien encuentra una herida abierta: con intención, con hambre, con esa maldita precisión que hacía que todo doliera un poco más de lo necesario. No besó. Mordió. Un mordisco seco, deliberado, justo donde la pierna se encontraba con el torso, y Aldo reaccionó como siempre: con violencia.

Sus dedos se enredaron con fuerza en los rizos oscuros, tirando hacia atrás, obligando a Ash a levantar el rostro antes de que pudiera seguir.

—¿Me tomas por uno de tus… ah… de tus sumisos? —gruñó, la voz rota por el jadeo pero los ojos ardiendo con un odio que no había disminuido nada—. Te voy a arrancar los dientes, perro.

Ash sonrió. Tenía sangre en los labios —propia o de Aldo, ya daba igual— y eso solo hacía que su sonrisa fuera más peligrosa.

—Prometes lo que no vas a cumplir, my prince —murmuró, y antes de que Aldo pudiera responder, volvió a bajar la cabeza.

Esta vez no hubo mordisco previo. Esta vez Ash pasó la lengua por el miembro de Aldo —un trazo lento, húmedo, que iba desde la base hasta la punta— y el castaño tuvo que morderse el labio para no gemir. Lo consiguió… apenas.

—Eso es —susurró Ash contra él, el aliento caliente, la lengua jugando con la piel sin prisas—. Aguantate. No querrás darle el gusto, ¿verdad?

Aldo respondió apretando los dedos en su cabello, tirando con más fuerza, pero Ash no se inmutó. Al contrario, parecía disfrutarlo. Sus propias manos subieron por los muslos del príncipe, arañando sin cuidado, dejando surcos rojos que la adrenalina convertía en electricidad pura.

Y entonces Ash lo envolvió con los labios.

No fue profundo. No fue complaciente. Fue un primer contacto deliberadamente superficial, una caricia que prometía y negaba al mismo tiempo, y Aldo sintió cómo se le iba la paciencia por el desagüe.

—Deja de jugar —escupió, las caderas moviéndose por sí solas, buscando más, buscando todo—. O trágatelo entero o quítate de encima, pero no me—

La frase se ahogó cuando Ash decidió obedecer.

No de la forma que Aldo esperaba.

Ash hundió la cabeza de golpe, tomándolo entero en un movimiento brusco, sin preparación, sin suavidad. Y al mismo tiempo, sus dientes rozaron —no mordieron, rozaron— la piel sensible, ese punto justo donde el placer se volvía dolor y el dolor se volvía algo que Aldo nunca nombraba.

El grito que escapó del castaño fue ahogado, convertido en mordisco en su propio puño, porque no iba a darle a Ash esa satisfacción. No toda.

Pero Ash lo sintió. Lo sintió en la forma en que Aldo se tensó, en cómo sus dedos pasaron de tirar a aferrarse, en cómo sus piernas se abrieron un poco más sin permiso.

Y sonrió. Con la boca llena. Con la mirada hacia arriba, esos ojos violetas clavados en el rostro desencajado del príncipe.

Cuando volvió a subir, lo hizo despacio, deliberadamente lento, la lengua presionando contra la vena, el vacío que dejaba al llegar a la punta casi peor que la presión. Y entonces bajó otra vez. Más rápido. Más hondo. Los dientes rasparon otra vez, esta vez con más intención, y Aldo no pudo contener el gemido.

—Te odio —jadeó, las palabras saliendo entrecortadas, los dedos ahora enredados en el cabello de Ash sin saber si empujarlo o apartarlo—. Te odio tanto, maldito…

Ash no respondió. No podía. Pero sus manos sí.

Una de ellas subió por el abdomen de Aldo, arañando, dejando marcas que se sumaban a las que ya tenía. La otra bajó hasta sus propios pantalones —todavía puestos, todavía ajustados, la presión ahí dentro volviéndose insoportable— pero no hizo nada por aliviarla. No todavía. Esto no iba de él.

Esto iba de destruir a Aldo.

Y vaya que lo estaba consiguiendo.

El ritmo se volvió errático, a ratos rápido y profundo, a ratos lento y cruel, siempre con esa amenaza constante de los dientes, ese roce que podía convertirse en mordisco en cualquier momento. Aldo ya no intentaba contener los sonidos; escapaban de él como escapes de un recipiente a punto de reventar, mezclados con insultos y jadeos y algo que podría haber sido el nombre de Ash si se escuchaba con atención.

—Voy a… —intentó decir, pero la frase se perdió cuando Ash hundió la cabeza otra vez, y esta vez sí, esta vez los dientes apretaron de verdad, no lo suficiente para cortar pero sí para dejar marca, para recordarle que incluso ahí, incluso así, Ash podía hacerle daño.

El dolor y el placer se mezclaron en una sola cosa, y Aldo sintió cómo se acercaba al borde con una velocidad que no podía controlar.

—Ash…

Fue un susurro. Casi una súplica. Y Ash la oyó.

Se detuvo.

Justo ahí. Justo cuando Aldo estaba a punto de romperse.

La cabeza del moreno se apartó, dejando al príncipe temblando, jadeando, al borde de algo que Ash no le había dado permiso de alcanzar. Sus labios estaban hinchados, brillantes, manchados de rojo y de otras cosas. Y su sonrisa… su maldita sonrisa…

—¿Pedir? —dijo, la voz ronca, destruida, pero aún así burlona—. ¿My prince iba a pedir?

Aldo lo miró con los ojos vidriosos, el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido una maratón. Quiso insultarlo. Quiso golpearlo. Quiso terminar de una maldita vez.

Pero lo que salió de su boca fue:

—…termina lo que empezaste.

Ash ladeó la cabeza, como si estuviera considerándolo.

—Dímelo bien.

—Ash…

—No. —El moreno se acercó, la boca a centímetros de la de Aldo, su aliento caliente mezclado con el sabor de ambos—. Quiero oírlo. Quiero que sepas lo que estás pidiendo. Porque después de esto… no vas a poder mirarme sin acordarte de esta noche.

El silencio se alargó. La lluvia seguía golpeando. Y Aldo, con todo el odio del mundo ardiéndole en el pecho, con las marcas de Ash todavía frescas en su piel, con el cuerpo temblándole por algo que no había terminado…

Cedió.

—Por favor —susurró, tan bajo que casi no se oyó, los dientes apretados como si cada sílaba le costara sangre—. Termina. Por favor.

Ash sonrió. Y volvió a bajar la cabeza.

Esta vez no jugó.

Ash volvió a bajar la cabeza y esta vez no hubo tregua.

No hubo ese vaivén lento y cruel que tanto le gustaba. No hubo pausas para saborear la desesperación ajena. Esto era otra cosa. Esto era cumplir la orden a su manera: con violencia, con hambre, con una intensidad que dejaba claro que Ash no estaba haciendo esto por Aldo, sino a Aldo.

Lo tomó entero de golpe, sin previo aviso, y el castaño arqueó la espalda con un gemido que no logró ahogar. La mano de Ash se cerró en la base, apretando justo lo necesario para que doliera, mientras su cabeza subía y bajaba en un ritmo implacable, la lengua presionando contra la vena, los dientes raspando cada vez que llegaba a la punta.

No era placer.

Era agresión.

Y Aldo lo recibía como siempre: con odio, con gemidos que no podía controlar, con los dedos enterrados en el cabello de Ash tirando con una fuerza que debería haberlo apartado pero que solo lo hundía más.

—Así… así, maldito… —jadeó, la voz rota, los ojos en blanco—. Demuéstrame que sirves para algo más que… ah… que para ladrar…

Ash respondió con un gruñido que vibró contra su piel, y la sensación fue tan abrumadora que Aldo sintió cómo se le nublaba la vista. Las manos del moreno subieron por sus muslos, arañando sin cuidado, dejando surcos rojos que la sangre tardó apenas segundos en brotar.

Dolor. Placer. Todo mezclado.

La boca de Ash se volvió más agresiva, más profunda, los dientes mordiendo en cada embestida, y Aldo ya no sabía si los sonidos que escapaban de él eran de placer o de dolor. Probablemente ambos. Probablemente eso era exactamente lo que necesitaba.

—Voy a… —intentó decir, pero Ash no lo dejó terminar.

La mano que estaba en la base apretó con más fuerza, cortando cualquier posibilidad de llegar al borde, y al mismo tiempo la boca se apartó apenas lo suficiente para que el aire frío de la habitación golpeara la piel sensible. Aldo gimió en protesta, las caderas moviéndose solas en busca del calor que acababan de quitarle.

—No tan rápido —murmuró Ash, la voz ronca, los labios brillantes, la sonrisa de vuelta—. Aún no te he dado permiso.

—Maldito sádico… —gruñó Aldo, pero no tenía fuerzas para insultar de verdad. Su cuerpo temblaba, cada músculo tenso, cada nervio en llamas.

Ash se rió, bajo, y volvió a bajar la cabeza. Esta vez más lento. Más deliberado. La lengua recorrió cada centímetro como si estuviera saboreándolo, los labios succionando apenas, el calor húmedo envolviéndolo en una caricia que era casi tierna…

…hasta que los dientes mordieron de nuevo.

El grito de Aldo quedó ahogado en su propia garganta, convertido en un gemido desesperado que parecía gustarle a Ash, porque repitió el gesto. Una y otra vez. Mordiscos que dejaban marca, que arrancaban pequeños hilos de sangre que Ash lamía con la misma lengua que segundos antes estaba dando placer.

Era asqueroso.

Era perfecto.

—Ash… Ash, ya no puedo… —la voz de Aldo sonó rota, extraña, como si las palabras se le estuvieran desmoronando en la boca—. Por favor, ya…

Ash levantó la vista. Esos ojos violetas, nublados de deseo y algo más oscuro, lo miraron desde abajo. Y entonces Ash hizo algo que Aldo no esperaba.

Aceleró.

De golpe.

Sin aviso.

La boca se hundió y deshizo a una velocidad brutal, la mano que antes apretaba ahora se movía al mismo ritmo, y Aldo sintió cómo el mundo se reducía a esa presión, a ese calor, a esa lengua que lo envolvía y esos dientes que lo marcaban y esas manos que lo arañaban y…

Y se rompió.

El orgasmo lo golpeó como un puñetazo, arrancándole un gemido largo y roto que sonó como el nombre de Ash deformado por el placer y el dolor y todo lo que había estado conteniendo. Su espalda se arqueó fuera de la cama, los dedos apretando el cabello del moreno con una fuerza que debería haberle arrancado mechones, las piernas temblando a ambos lados de su cabeza.

Y Ash no se apartó.

Lo tomó todo.

Cada gota, cada espasmo, cada gemido. Lo recibió con la boca y la garganta y esa maldita sonrisa que ni siquiera entonces desaparecía. Cuando Aldo finalmente colapsó contra las sábanas, temblando, jadeando, completamente destrozado, Ash se incorporó despacio.

Tenía la cara manchada. Los labios hinchados. El cabello más desordenado que nunca.

Y seguía sonriendo.

—Bien —dijo, la voz ronca, como si hubiera estado gritando—. Ahora… —sus manos bajaron a sus propios pantalones, los dedos temblorosos por la necesidad contenida, y Aldo vio cómo la tela apenas podía contener lo que había debajo—. Me toca a mí.

Pero Aldo se movió primero.

Con una rapidez que Ash no esperó —porque cómo iba a esperarlo, si segundos antes el castaño apenas podía mantenerse consciente—, Aldo invirtió las posiciones. Un empujón seco, una rodilla que encontró el punto justo, y de repente era Ash quien estaba boca arriba, mirando hacia arriba, con los brazos inmovilizados a los lados de la cabeza.

—No —dijo Aldo, la voz todavía temblorosa pero los ojos ardiendo con un fuego nuevo—. Ahora me toca a mí.

Ash parpadeó, descolocado por primera vez en toda la noche. Sus manos forcejearon instintivamente, pero Aldo apretó más, clavando las uñas en sus muñecas, dejando marcas.

—¿Qué crees? —murmuró el castaño, inclinándose hasta que sus labios rozaron los de Ash—. ¿Que iba a quedarme aquí tirado mientras tú… —sus caderas se movieron, frotándose contra la erección que Ash todavía tenía atrapada en los pantalones, y el moreno soltó un gemido ahogado— …mientras tú te lo pasas bien solo?

—Aldo… —la voz de Ash sonó extraña, menos controlada de lo que quería.

—Cállate —lo interrumpió Aldo, y esta vez la orden sonó como un látigo—. Ahora yo mando.

Sus manos soltaron las muñecas de Ash solo para bajar a sus pantalones, desabrochándolos con una torpeza que no era nerviosismo sino prisa contenida. Cuando por fin liberó el miembro de Ash —duro, caliente, la piel tensa—, Aldo sonrió.

Era su turno.

—Mírame —ordenó, y Ash obedeció sin pensar.

Aldo se incorporó lo suficiente para alinearse, para posar la punta contra su entrada, todavía húmeda por todo lo que había pasado. No había lubricante más que la saliva y el desastre que ya eran, pero a ninguno le importaba. El dolor sería parte de ello.

—Suplica —dijo Aldo, sosteniéndole la mirada—. Ahora el que suplica eres tú.

Ash apretó la mandíbula, los ojos violetas ardiendo con una mezcla de deseo y desafío.

—Vete a la mierda.

Aldo bajó las caderas.

Solo un poco. La punta entró, apenas, y el dolor lo recorrió como un relámpago, pero no se detuvo. No podía. Esto no iba de comodidad.

—¿Seguro? —preguntó, con una falsa dulzura que era casi peor que la burla—. Porque te sientes… muy… listo para seguir insultándome…

Cada palabra fue acompañada de un movimiento. Milímetros. Nada más. Un descenso tan lento que era tortura, para los dos.

Ash soltó un gemido ronco, las manos aferrándose a las sábanas como si eso le impidiera empujar hacia arriba para acelerar el proceso.

—Maldita… ah… maldita zorra…

—Eso es —murmuró Aldo, y finalmente se hundió del todo.

El grito de Ash se perdió en la habitación, mezclado con el gemido de Aldo, y por un momento ninguno se movió. Solo se miraron, jadeando, temblando, completamente conectados de la forma más violenta que existía.

Y entonces Aldo comenzó a moverse.

Lento.

Muy lento.

Las caderas girando, subiendo apenas, bajando con una parsimonia que era pura provocación. Cada movimiento estaba calculado para no darle a Ash lo que quería, para mantenerlo al borde sin dejarlo caer, justo como él había hecho antes.

—¿No te gusta? —preguntó Aldo, con la voz entrecortada pero la sonrisa triunfante—. ¿No es esto lo que querías?

Ash apretó los ojos, la cabeza echada hacia atrás, los brazos temblándole.

—Aldo… por favor…

—No —respondió el castaño, y frenó por completo—. Todavía no.

El silencio se llenó de jadeos y lluvia. Y Ash, por primera vez, supo lo que era estar del otro lado.

No podía mover las manos. No porque Aldo las estuviera sujetando —ya no, esa lucha había terminado hace minutos— sino porque cualquier intento de tocarlo, de empujarlo, de hacer algo se estrellaba contra la realidad de que ahora era él quien estaba a merced.

Y vaya que lo estaba.

Aldo se movía sobre él con una lentitud que bordeaba lo cruel. Las caderas subían apenas, lo justo para que Ash sintiera el vacío, y luego bajaban otra vez, despacio, tan despacio que cada centímetro de ese descenso era una tortura. No era ritmo, no era placer limpio. Era castigo. Cada movimiento estaba calculado para no darle lo que quería, para mantenerlo en ese punto exacto donde la necesidad ardía pero la satisfacción seguía siendo un espejismo.

—Mírame —dijo Aldo, y Ash obedeció sin pensar.

Y fue entonces cuando realmente vio.

El cuerpo de Aldo era un desastre.

Ash había sido meticuloso, aunque no lo hubiera planeado. Mordiscos en el cuello, tantos que la piel apenas tenía un tono uniforme entre el rojo y el morado. Marcas de dientes en los hombros, en el pecho, en ese punto de la cadera donde sabía que dolía más. Arañazos que recorrían su torso como ríos secos, algunos superficiales, otros tan profundos que la sangre todavía no terminaba de coagular. Y en los labios… esos labios que Ash había mordido una y otra vez… la costra de sangre seca se rompía cada vez que Aldo sonreía.

Porque Aldo estaba sonriendo.

A pesar de todo. A pesar del dolor que seguramente sentía. A pesar de que su cuerpo parecía un campo de batalla recién perdido. Sonreía con una calma que no le pertenecía, con una seguridad que Ash no recordaba haberle visto nunca.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó Aldo, imitando las palabras que antes había mencionado, y el eco fue deliberado, burlón.

Ash tragó saliva. Quiso decir algo —un insulto, una provocación, lo que fuera que le devolviera el control— pero entonces Aldo se movió otra vez. Un descenso especialmente lento, las caderas girando apenas al llegar al fondo, y el gemido que escapó de Ash fue vergonzosamente audible.

—Eso pensé —murmuró el castaño.

Sus manos, que hasta ahora habían descansado sobre el pecho de Ash, comenzaron a moverse. No con suavidad. Nunca con suavidad. Los dedos recorrieron la piel del moreno como quien reconoce un territorio conquistado, deteniéndose en cada cicatriz vieja, en cada marca que Ash ya tenía de antes.

Y entonces Aldo las activó.

Las garras brotaron de sus yemas como un susurro de hueso y odio, afiladas, oscuras, tan familiares para Ash como el propio rostro del castaño. Las había visto antes, claro —en peleas, en amenazas, en esos momentos límite donde Aldo dejaba de ser el príncipe para convertirse en algo más animal— pero nunca así. Nunca desde arriba. Nunca mientras lo montaba.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Ash, la voz ronca, desafiante incluso ahora.

Aldo no respondió con palabras.

La primera marca fue en el pecho. Un rasguño lento, deliberado, que iba desde el hombro hasta el centro del esternón. No lo suficientemente profundo para ser peligroso, pero sí lo suficiente para doler, para arder, para que la sangre brotara en una línea perfecta que Aldo observó con una satisfacción casi clínica.

Ash siseó, el dolor atravesando la neblina de placer que lo envolvía.

—¿No te gusta? —preguntó Aldo, usando las mismas palabras, el mismo tono burlón que Ash había usado con él—. Porque a mí me encantó cuando lo hiciste tú.

Otra línea. Esta vez en el abdomen, paralela a las costillas. La sangre se deslizó por la piel de Ash, cálida, mezclándose con el sudor que ya cubría ambos cuerpos.

—Aldo…

—Cállate —lo interrumpió el castaño, y aunque su voz seguía siendo pausada, había un filo en ella que no admitía discusión—. Ahora me toca a mí hablar.

Y siguió moviéndose. Siempre lento. Siempre cruel. Las caderas subiendo y bajando en ese ritmo que mantenía a Ash al borde sin dejarlo caer, mientras las garras trazaban nuevas líneas sobre su piel. El pecho. Los brazos. Las costillas. Cada rasguño era una respuesta, una devolución, un esto es lo que se siente.

Ash miraba el rostro de Aldo mientras todo eso pasaba. Y lo que veía lo desarmaba.

Porque Aldo no estaba furioso. No estaba vengativo, no en el sentido frío de la palabra. Estaba… disfrutando. Sus ojos, esos ojos café que siempre parecían estar evaluando el mundo con desdén, ahora estaban nublados por algo más cálido. Su boca, manchada de sangre seca, se curvaba en una sonrisa que no era felicidad, sino satisfacción. Y su cuerpo, a pesar de todas las marcas que Ash le había dejado, se movía sobre él con una confianza que no debería tener alguien que había estado gimiendo de desesperación minutos antes.

Lo hice yo, pensó Ash, y no supo si era orgullo o culpa o algo peor. Todo eso lo hice yo.

—¿Arrepentido? —preguntó Aldo, como si pudiera leerle la mente. Sus caderas se detuvieron por completo, dejando a Ash suspendido en el vacío, necesitado, desesperado—. ¿O acaso quieres más?

—Más —susurró Ash, antes de que su orgullo pudiera detenerlo.

La sonrisa de Aldo se ensanchó. Y las garras volvieron a bajar.

Esta vez fue en el cuello. Líneas finas, superficiales, que recorrían la garganta de Ash como un collar de sangre. No lo suficiente para lastimarlo de verdad, pero sí para que sintiera cada roce, cada momento en que la garra se hundía apenas un milímetro más de lo necesario.

—Así me gusta —murmuró Aldo, inclinándose hasta que sus labios rozaron los de Ash—. Cuando dejas de pelear… y empiezas a pedir.

Ash quiso responder con un insulto, pero lo que salió fue un gemido, porque Aldo había comenzado a moverse otra vez y esta vez el ritmo era todavía más lento, todavía más cruel. Las caderas giraban al llegar al fondo, la pared interna de Aldo apretándose alrededor de él como un puño caliente, y Ash sintió cómo se le iba la razón por el desagüe.

—Por favor —escuchó decir a alguien, y tardó en darse cuenta de que ese alguien era él.

Aldo se detuvo.

Lo miró.

Y sonrió.

—Otra vez —ordenó.

—Por favor —repitió Ash, y esta vez no hubo duda.

Aldo comenzó a moverse de verdad. No rápido —todavía no— pero sí más profundo, más intencional, cada descenso acompañado de un rasguño nuevo, cada subida dejando a Ash temblando al borde de algo que no le permitían alcanzar.

Las garras bajaron por sus brazos, dejando líneas paralelas que la sangre convirtió en ríos. Subieron por su pecho, cruzando las marcas anteriores, añadiendo dolor sobre dolor. Y en algún momento, entre un gemido y otro, Ash sintió cómo las manos de Aldo se cerraban en su cabello, tirando con fuerza, obligándolo a mantener la mirada hacia arriba.

—Quiero que me veas —dijo Aldo, y su voz era un susurro ronco, roto por el placer que también sentía, aunque no lo demostrara—. Quiero que sepas quién te está haciendo esto.

—Aldo… —Ash apenas podía hablar.

—Dime mi nombre.

—Aldo…

—Otra vez.

—Aldo.

Y entonces, por fin, Aldo aceleró.

No fue un cambio gradual. No fue una decisión pensada. Fue una ruptura, como si todo el control que había estado sosteniendo durante minutos —esa lentitud cruel, esa tortura medida— se hubiera roto por fin, y lo único que quedaba era esto.

Esto.

Sus caderas subían y bajaban con una velocidad desesperada, sin ritmo, sin medida, solo la necesidad de sentir cada centímetro de Ash dentro de él, de llenarse de él, de destruirse en él. El sonido de sus pieles chocando llenó la habitación, húmedo, obsceno, mezclado con los gemidos que ya no intentaba contener.

Y mientras se movía, las garras seguían trabajando.

El abdomen de Ash se convirtió en un lienzo.

Línea tras línea, rasguño tras rasguño, Aldo trazaba sobre su piel un mapa de dolor y placer. No había orden, no había intención más allá de marcar, de dejar claro que ese cuerpo le pertenecía aunque solo fuera por esa noche. Los surcos rojos se entrecruzaban sobre los músculos tensos del moreno, algunos superficiales, otros lo bastante profundos para que la sangre brotara con generosidad, deslizándose por los costados de Ash hasta manchar las sábanas blancas.

Era un desastre.

Era hermoso.

—Aldo… —la voz de Ash era apenas un jadeo, rota, ronca, como si cada sílaba le costara un esfuerzo sobrehumano—. Aldo, mis manos…

—¿Qué pasa? —jadeó Aldo, sin detenerse, las caderas moviéndose en círculos ahora, apretándose alrededor de él con cada descenso—. ¿No puedes… ah… no puedes ni siquiera…?

—Déjame… —Ash intentó levantar los brazos, pero las garras de Aldo bajaron de inmediato, dejando cuatro líneas rojas en sus antebrazos—. No voy a… no voy a pelear…

Aldo se detuvo.

Solo un segundo.

Lo suficiente para mirarlo a los ojos, para ver ese brillo húmedo en la mirada violeta, para comprobar que Ash no estaba mintiendo. No iba a pelear. No iba a intentar recuperar el control. Solo quería… tocar.

—Está bien —susurró Aldo, y fue lo más cercano a la ternura que podían permitirse.

Ash levantó las manos con una lentitud que no le pertenecía —Ash nunca era lento, Ash era impaciencia y violencia contenida— y las posó sobre las caderas de Aldo. No apretó. No tiró. Solo las sostuvo, como si necesitara un punto de apoyo para no perderse, para no desmoronarse del todo.

Y Aldo sintió esas manos en sus caderas —calientes, temblorosas, las yemas de los dedos manchadas de sangre que no era suya— y algo dentro de él se rompió.

—Así —musitó, y su voz sonó extraña, casi vulnerable—. Así, solo así…

Y entonces se movió otra vez.

Más rápido. Más hondo. Sin freno.

Las garras seguían rasgando —el pecho de Ash, los brazos, los hombros, todo lo que alcanzaban sus manos— pero ahora no era solo destrucción. Era necesidad. Cada rasguño era una respuesta a un mordisco que Ash le había dado antes. Cada línea de sangre era una devolución de todo el dolor que había recibido.

Ash apretó los dedos en sus caderas, no para guiarlo, solo para sostenerse. Sus uñas —menos peligrosas que las garras de Aldo, pero igual de afiladas— se hundieron en la piel del castaño, dejando marcas que se sumaban a las que ya tenía. Y Aldo gimió, porque sí, porque eso también dolía, porque ese dolor era parte de lo que estaba buscando.

—Más —jadeó Ash, y esta vez no era una súplica, era una orden—. Más fuerte.

Aldo obedeció.

Sus caderas bajaron con una violencia que los hizo gemir a la vez, el impacto resonando en sus huesos, la sangre que ya cubría el torso de Ash salpicando hacia arriba, manchando el pecho de Aldo, mezclándose con el sudor y la saliva y todo lo que habían sido hasta ahora.

Y fue entonces cuando Aldo sintió el calor recorrerle el cuello.

Sangre.

La sangre de Ash —o tal vez la suya, ya no sabía distinguir— había comenzado a deslizarse desde su propia mandíbula, desde los mordiscos que Ash le había dejado horas antes, y ahora bajaba lenta, cálida, trazando un camino por su cuello, su pecho, su abdomen…

…hasta llegar a donde sus cuerpos se unían.

La gota cayó justo en la base del miembro de Ash, mezclándose con la humedad que ya los cubría a ambos, y Aldo vio cómo se extendía, cómo manchaba la piel del moreno con ese rojo brillante que tanto le gustaba.

—Mírate —susurró Aldo, inclinándose hacia adelante, apoyando las manos a los lados de la cabeza de Ash, sus garras hundiéndose en la almohada—. Mírate hecho mierda.

Ash levantó la vista.

Y sonrió.

Su rostro era un mapa de destrucción: labios hinchados y partidos, una línea de sangre seca en la mejilla que Aldo no recordaba haber hecho, los ojos brillantes, húmedos, pero no de dolor —de excitación. Esa luz en sus pupilas violetas era la misma que aparecía en medio de una pelea, justo antes de que uno de los dos terminara sangrando en el suelo.

—Mírate tú —respondió Ash, la voz rota pero el desafío intacto—. Todo lo que ves… —sus dedos apretaron las caderas de Aldo, dejando moretones que se sumarían a los mordiscos— …te lo hice yo.

Aldo sintió cómo se le tensaba todo el cuerpo.

No era enojo.

Era hambre.

—Devuélvemelo —gruñó, y sus caderas se movieron otra vez, más rápidas, más desesperadas, mientras sus garras bajaban al pecho de Ash una última vez, trazando líneas que se cruzaban sobre su corazón—. Todo. Devuélvemelo todo.

Ash no necesitó que se lo repitieran.

Sus manos subieron por la espalda de Aldo —arañando, marcando, dejando surcos paralelos a los que el castaño había hecho en él— y lo atrajeron hacia abajo, pegándolos, eliminando cualquier distancia entre sus cuerpos. La sangre de Aldo goteaba sobre el pecho de Ash, mezclándose con la suya, volviéndolos indistinguibles.

—Voy a… —intentó decir Aldo, pero la palabra se perdió en un gemido cuando Ash movió las caderas desde abajo, empujando hacia arriba al mismo tiempo que él bajaba.

El impacto los hizo temblar a ambos.

—Yo también —jadeó Ash—. Juntos.

Aldo negó con la cabeza, aunque no sabía si era una negativa real o solo un gesto automático. No quería terminar. No quería que esto se acabara. Quería seguir sintiendo a Ash dentro de él, quería seguir marcándolo, quería seguir viendo esa maldita sonrisa manchada de sangre.

Pero su cuerpo tenía otros planes.

La presión en su abdomen se volvió insoportable, el placer acumulado durante todo ese tiempo —la mamada cruel, la lentitud deliberada, el dolor de las garras y los mordiscos— finalmente alcanzando un punto de no retorno.

—Ash… —su voz era apenas un susurro, rota, vulnerable, todo lo que no debería ser—. Ash, por favor…

—Ya —respondió Ash, y sus dedos se clavaron en las caderas de Aldo con una fuerza que dejaría moretones durante días—. Ya, conmigo, ahora—

Y entonces ambos se rompieron.

El orgasmo de Aldo fue un grito ahogado, la cabeza echada hacia atrás, el cuello expuesto, la sangre resbalando por su garganta mientras su cuerpo se apretaba alrededor de Ash con una intensidad que bordeaba el dolor. Y sintió cómo Ash lo seguía —un gemido ronco, las caderas empujando hacia arriba una última vez, el calor llenándolo por dentro— y por un momento, solo un momento, no hubo odio.

Solo ellos.

Destruidos.

Rotos.

Completos.

Aldo colapsó sobre el pecho de Ash, la mejilla apoyada sobre la piel rasgada, la sangre de ambos pegándolos como una promesa que ninguno iba a cumplir. La respiración de Ash era irregular, cálida, rozando su cabello.

—Te odio —susurró Aldo, contra su pecho, sin fuerzas para levantarse.

Ash soltó una risa débil, temblorosa, y sus manos —todavía manchadas, todavía temblando— subieron a enredarse en el cabello sucio del castaño.

—Lo sé —respondió, y por primera vez en toda la noche, no sonó como una provocación.

Sonó como la verdad.

La tormenta se había ido en algún momento de la madrugada, pero ninguno de los dos lo notó.

Ash no recordaba haberse quedado dormido. Recordaba el peso de Aldo sobre su pecho, la respiración irregular del castaño poco a poco volviéndose más profunda, más lenta, hasta que los gemidos se convirtieron en suspiros y los suspiros en ese silencio calmo que solo existe cuando alguien finalmente se rinde al cansancio. Recordaba sus propias manos, todavía manchadas de sangre seca, subiendo y bajando por la espalda de Aldo sin pensar, como si su cuerpo hubiera decidido seguir tocándolo aunque su mente ya no diera órdenes.

No recordaba haberse quedado dormido, pero debió hacerlo, porque cuando abrió los ojos la luz de la mañana se filtraba por las persianas entrecerradas, dibujando líneas doradas sobre el desastre de la habitación.

Y Aldo seguía ahí.

Dormido.

Sobre él.

Ash no se movió. No de inmediato. Algo en la escena lo mantenía inmóvil, como si moverse fuera a romper un hechizo que todavía no entendía del todo.

La luz de la mañana recorría el rostro de Aldo con una delicadeza que Ash no sabía que podía existir. Tocaba sus pestañas —largas, oscuras, tan densas que parecían sombras incluso cerradas— y cada vez que el castaño respiraba, esas pestañas temblaban apenas, como las alas de un insecto atrapado en resina. Bonito, pensó Ash, y la palabra le supo a herejía.

Sus ojos. Ash los había visto ardientes, furiosos, nublados de placer y de dolor. Pero ahora estaban escondidos detrás de esos párpados finos, y por algún motivo eso lo volvía más real. Menos el príncipe que odiaba, menos el enemigo que lo desafiaba, y más… esto. Alguien que dormía con la guardia baja. Alguien que confiaba —aunque no debiera— en no ser herido mientras soñaba.

La nariz de Aldo era un detalle que Ash nunca había notado antes. Recta, perfecta, con ese pequeño puente que se estrechaba justo antes de la punta. Tenía una peca ahí, en el lado izquierdo. Diminuta. Casi invisible. Ash no sabía por qué la estaba viendo ahora, por qué le parecía importante, por qué sentía la necesidad de grabarla en su memoria como si fuera un mapa hacia algo que no sabía que quería encontrar.

Los labios. Esos malditos labios que Ash había mordido hasta hacerlos sangrar, que había besado con violencia y con hambre, ahora estaban entreabiertos en un gesto casi infantil. La costra de sangre seca todavía los cubría, rompiéndose en algunas partes, dejando ver el rojo vivo de la herida abierta. Ash sintió un cosquilleo en los dedos —quería tocarlos, quería pasar el pulgar por esa costra, quería ver si Aldo fruncía el ceño dormido o si, tal vez, se inclinaba hacia el contacto sin saberlo—. No lo hizo. No todavía.

El cabello de Aldo era un desastre. Ahora caía sobre la almohada y sobre su propio pecho como un río oscuro, enmarañado, sucio de sangre y barro y otras cosas. Había mechones pegados a su sien, a su nuca, y Ash sintió la urgencia de apartarlos, de ver su rostro completo, de no perderse ni un centímetro.

Estás enfermo, se dijo a sí mismo. Estás mal de la cabeza. Es él. Es Aldo. Es el príncipe castaño que te ha hecho la vida imposible desde que llegaste. El que te insulta. El que te reta. El que te busca solo para chocar contra ti y romperse y hacerte romper.

Pero sus ojos seguían recorriendo el cuerpo dormido sobre él, y cada nueva marca que veía le apretaba algo en el pecho.

Los mordiscos en el cuello. Ash recordaba cada uno: el primero, cuando lo empujó contra la pared; el segundo, cuando Aldo intentó insultarlo y él lo calló así; el tercero, el cuarto, el quinto, todos en diferentes ángulos, todos con diferente intensidad. Algunos habían sangrado mucho —los más profundos, los que había hecho con rabia, justo después de que Aldo lo golpeara— y la sangre se había secado formando costras oscuras que contrastaban con la piel morena del príncipe. Parecían una constelación. Un mapa de todo lo que Ash había hecho.

Las marcas en los hombros. Ahí había mordido sin querer, o eso se dijo en ese momento. Pero ahora, a la luz de la mañana, sabía que no era cierto. Las había mordido a propósito, había sentido cómo los dientes se hundían en la carne, cómo Aldo se tensaba y gemía y tiraba de su cabello como respuesta.

Los arañazos en el pecho. Esos eran suyos también. Sus uñas, que no eran garras pero casi, habían dejado surcos rojos que recorrían el torso de Aldo desde los hombros hasta el abdomen. Algunos eran superficiales, apenas rayones rosados que desaparecerían en días. Otros… otros eran profundos. La piel se había abierto en algunos puntos, y la sangre seca formaba costras irregulares que Ash quería limpiar. Quería pasar un paño húmedo por cada línea, quería ver la herida abierta antes de cubrirla con algo limpio, quería…

Quería.

Eso era el problema.

Porque no debería querer cuidar a Aldo. Debería estar empujándolo fuera de la cama, debería estar insultándolo, debería estar recordándole que esto no había significado nada, que seguían siendo enemigos, que seguirían siéndolo en cuanto el castaño abriera los ojos.

Pero Aldo estaba tan quieto. Tan vulnerable. Tan hermoso en su destrucción.

Y Ash no podía apartar la mirada.

Su propia mano subió, casi sin permiso, y rozó los dedos de Aldo donde descansaban sobre su pecho. Los nudillos del castaño estaban raspados —quizá del barro, quizá de algún golpe— y había sangre seca bajo las uñas. Mi sangre, pensó Ash, y el pensamiento lo recorrió como un escalofrío. Todo esto es por mí.

Pero no se sentía culpable.

Esa era la parte más retorcida.

No se sentía culpable por haberle hecho daño. No se sentía culpable por los mordiscos, los arañazos, la sangre derramada. Porque Aldo había respondido igual. Porque Aldo lo había mordido, lo había arañado, lo había marcado con esas garras que ahora estaban retraídas pero que él recordaba muy bien. Porque entre los dos se habían destruido de la única forma que sabían.

Y Ash no quería que fuera diferente.

Quería esto. Quería despertar y ver el cuerpo de Aldo marcado por él. Quería ver la sangre seca en su cuello y saber que él la había puesto ahí. Quería ver los arañazos en su pecho y recordar cómo había gemido cuando los hacía.

Quería volver a hacerlo.

Era un loco enamorado, sí. Pero no de Aldo —o tal vez sí, tal vez lo estaba, tal vez llevaba años siéndolo y solo ahora, con la luz de la mañana filtrándose sobre el rostro dormido del castaño, se atrevía a nombrarlo—. Enamorado de la forma en que se rompían. Enamorado de la violencia con la que se buscaban. Enamorado de ese odio que era la única cosa que los mantenía juntos.

Odien amarse. Amen odiarse.

Ash suspiró, y el movimiento hizo que Aldo frunciera el ceño en sueños, su cuerpo buscando instintivamente más calor, más contacto. El moreno sintió cómo los brazos del castaño se tensaban a su alrededor, cómo su rostro se hundía en su cuello, cómo su respiración se volvía un poco más lenta, un poco más profunda.

Estás jodido, se dijo a sí mismo. Estás completamente jodido.

Y sonrió. Porque era verdad. Y porque, de alguna forma retorcida, eso también le gustaba.

Pasaron los minutos. Quizá una hora. Ash no lo sabía. Solo sabía que no podía moverse, no quería moverse, que prefería quedarse ahí para siempre con el peso de Aldo sobre él y la luz de la mañana dibujando sombras sobre su rostro destruido.

Hasta que, finalmente, el castaño comenzó a despertar.

No fue un despertar repentino. Fue lento, casi perezoso. Primero las pestañas temblaron, luego los dedos se movieron sobre el pecho de Ash, luego un suspiro profundo que pareció sacudir todo su cuerpo. Y entonces los ojos —esos malditos ojos café que Ash había estado esperando ver— se abrieron.

Aldo parpadeó una vez. Dos veces. Su mirada estaba perdida, todavía atrapada en algún lugar entre el sueño y la realidad. Y luego, lentamente, se enfocó en el rostro de Ash.

—…sigues aquí —murmuró, la voz ronca, rasposa, como si hubiera estado gritando (y lo había hecho).

—Mi casa —respondió Ash, con una sonrisa que intentó ser burlona pero que salió más suave de lo que quería—. Dónde iba a irme.

Aldo frunció el ceño. Su cuerpo estaba rígido, dolorido —Ash lo sabía porque sentía cada tensión, cada pequeño espasmo—, y poco a poco parecía ir tomando conciencia de dónde estaba, de cómo había llegado ahí, de todo lo que había pasado.

—Mierda —murmuró, y enterró el rostro en el cuello de Ash, como si esconderse pudiera borrar algo—. Me duele todo.

—También a mí —respondió Ash, y era verdad. Su abdomen ardía donde las garras de Aldo habían dejado su marca, su pecho le picaba con cada respiración, y había un dolor sordo en algún lugar de la espalda que no recordaba haberse hecho.

—Lo sé —dijo Aldo, y su voz sonó extrañamente satisfecha—. Lo hice a propósito.

Ash se rió. Una risa baja, ronca, que hizo vibrar su pecho y, por extensión, a Aldo.

—Ya lo sé, idiota.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue… otra cosa. Un momento suspendido entre lo que habían sido y lo que iban a ser. Aldo todavía no se apartaba, su cuerpo seguía pegado al de Ash, y Ash… Ash no hizo nada por cambiarlo.

—Tengo sangre seca hasta en los pelos —dijo Aldo al fin, la voz amortiguada contra su cuello.

—Te presto mi ducha —respondió Ash, y luego, después de una pausa—. Es grande. Cabe más de uno.

Aldo levantó la cabeza. Lo miró con esos ojos café que ahora estaban completamente despiertos, evaluando, midiendo. Buscando la trampa.

—¿Me estás invitando a bañarme contigo?

—Estoy diciendo que no voy a esperar media hora a que termines —respondió Ash, con una sonrisa que esta vez sí era burlona—. Si quieres venir, ven. Si no, allá tú.

Y entonces se movió.

El peso de Aldo se deslizó de su pecho, y el moreno se incorporó con una lentitud que no era suya —porque sí, le dolía todo, maldita sea— y se puso de pie. Sus piernas temblaron apenas, pero no cayó. No iba a darle ese gusto.

Se giró para mirar a Aldo, que seguía en la cama, desnudo, cubierto de marcas y sangre seca y algo más que ninguno quiso nombrar. El cabello enmarañado, los ojos brillantes, los labios partidos. Tan jodido. Tan hermoso.

—¿Vienes o no? —preguntó Ash, y extendió una mano.

Aldo miró esa mano. Manchada de sangre seca —la suya, la de Ash, mezcladas—, con los nudillos raspados, las uñas sucias. La mano que lo había sostenido, que lo había arañado, que lo había marcado.

La tomó.

—Que el agua esté caliente —dijo, poniéndose de pie con un gemido ahogado—. O te juro que te arranco la cabeza.

Ash sonrió, y esa sonrisa era todo lo que no sabía decir.

—Ya veremos quién arranca qué.

Y juntos, cojeando apenas, sosteniéndose más de lo que ninguno admitiría, caminaron hacia el baño.

El baño de Ash era ridículamente grande.

Aldo lo notó en cuanto cruzaron la puerta —él apoyado en el moreno más de lo que quería admitir, Ash sosteniéndolo con una mano en su cintura que podía ser necesidad o posesión— y el pensamiento claro que este idiota tiene un baño enorme cruzó por su mente antes de que el vapor comenzara a llenar la habitación.

Ash soltó su cintura solo para abrir la llave, y el agua cayó con un rugido suave, caliente, empañando los espejos en cuestión de segundos. No dijo nada mientras ajustaba la temperatura, probando con la mano, frunciendo el ceño, moviendo la palanca un par de milímetros hasta que estuvo satisfecho.

—Metiche —murmuró Aldo, apoyado en el marco de la puerta, los brazos cruzados sobre el pecho (y vaya que le dolía cruzarlos, pero no iba a demostrarlo).

—Exigente —respondió Ash sin mirarlo, metiendo la mano otra vez—. Dijiste caliente. Esto es caliente.

—Esto es tibio —Aldo se acercó, cojeando apenas, y metió la mano también, rozando los dedos de Ash a propósito—. Caliente es cuando quema.

Ash giró la palanca un poco más. El agua salió con más fuerza, más vapor, y esta vez Aldo asintió.

—Ahora sí.

—Dios, qué insoportable eres.

—Y sin embargo…

Aldo no terminó la frase. En lugar de eso, metió un pie en la bañera, y el gemido que escapó de él fue vergonzosamente audible —el agua caliente sobre su piel marcada, sobre los rasguños que todavía ardían, sobre los mordiscos que latían con cada latido—. Ash lo miró, y por un segundo su sonrisa burlona se suavizó en algo que Aldo eligió ignorar.

—Métete de una vez —dijo el moreno, empujándolo suavemente—. Pareces un anciano.

—Tú me hiciste esto —respondió Aldo, señalando su propio cuerpo cubierto de marcas, y había orgullo en su voz en lugar de queja—. Así que cállate y entra.

Ash entró.

El agua les llegaba a la cintura, y por un momento ninguno supo qué hacer. La bañera era grande, sí, pero ellos estaban acostumbrados a la distancia, a los empujones, a las peleas. Esto —sentarse frente a frente en el agua caliente, las rodillas casi rozándose, el vapor empañando todo menos la mirada del otro— era un territorio desconocido.

—Pasa el jabón —dijo Ash, rompiendo el silencio.

—Está detrás de ti.

—Pásalo tú.

—Estás más cerca.

—No, no lo estoy.

Aldo suspiró, exagerado, y se inclinó hacia adelante —sus músculos protestaron, su espalda entera pareció recordarle todo lo que había pasado— y alcanzó el jabón. En el proceso, su pecho quedó a centímetros del rostro de Ash, y el moreno no pudo evitar mirar.

Las marcas.

Todas las marcas.

Bajo la luz del baño, sin la penumbra de la noche, se veían con una claridad brutal. Los mordiscos en su cuello eran círculos perfectos de morado y rojo, algunos con la marca precisa de los dientes de Ash impresa en la piel. Los arañazos en sus hombros y pecho eran líneas paralelas, algunas finas, otras más gruesas, todas enrojecidas por el agua caliente. Y en su cadera, justo donde el hueso sobresalía, había un mordisco que Ash no recordaba haber dado —pero lo había hecho, claro que lo había hecho, y la marca estaba ahí, violácea, imposible de ignorar.

—Deja de mirar —murmuró Aldo, aunque no se apartó.

—No puedo —respondió Ash, y fue honesto—. Te ves…

—¿Destrozado? —Aldo sonrió, y era una sonrisa orgullosa, casi vanidosa—. Lo sé. Tú también.

Y era cierto.

Ash se miró el pecho, donde las garras de Aldo habían dejado su firma. Líneas rojas que recorrían su torso desde el hombro hasta el abdomen, algunas tan profundas que la sangre había brotado en pequeños hilos, ahora secos, ahora rehidratándose con el agua caliente. Sus brazos estaban marcados también, y sus costillas, y había un rasguño especialmente cruel en su costado que le ardía cada vez que respiraba hondo.

—Eres un animal —dijo Ash, pero no sonó como un insulto.

—Tú me enseñaste —respondió Aldo, y esta vez su voz era más suave, aunque la sonrisa seguía ahí.

El agua seguía corriendo, caliente, envolviéndolos en vapor. Ash tomó el jabón de las manos de Aldo —otro roce deliberado, otra pequeña batalla— y lo frotó entre sus palmas hasta que hizo espuma.

—Date la vuelta —dijo.

—¿Qué?

—Tu espalda. Está llena de sangre seca. Date la vuelta.

Aldo frunció el ceño, pero obedeció. Giró sobre sí mismo con una torpeza que no le era propia —el agua, el dolor, el cansancio— y presentó su espalda a Ash. Y entonces sintió las manos del moreno sobre su piel.

No fueron suaves. No podían serlo. Las manos de Ash eran ásperas, los dedos llenos de pequeñas cicatrices, las palmas secas a pesar del agua. Pero el movimiento —ese movimiento de frotar el jabón sobre su espalda, siguiendo la línea de los omóplatos, bajando por la columna— era delicado de una forma que Ash no debería saber hacer.

—Te tensas —murmuró el moreno, y Aldo sintió su aliento en la nuca—. Relájate.

—No sé cómo —respondió Aldo, y era verdad. No sabía cómo relajarse con Ash detrás de él, con esas manos que lo habían golpeado y arañado ahora limpiándolo con una paciencia que no le pedía nada a cambio.

—Aprende.

Las manos bajaron hasta su cintura, y Aldo contuvo la respiración. Pero Ash no hizo nada más que limpiar, frotando suavemente donde la sangre seca se había acumulado, enjuagando con agua caliente que recogía con la mano. Una y otra vez. Hasta que la espalda de Aldo quedó limpia, las marcas visibles pero sin costra, las heridas abiertas ahora rosadas y limpias.

—Ya —dijo Ash, y su voz sonó extraña—. Ahora tú.

Aldo se giró. Tomó el jabón de las manos de Ash —otro roce, otro pequeño campo de batalla— y lo miró.

El moreno estaba sentado frente a él, el agua golpeándole los hombros, el cabello oscuro pegado a la cara, los ojos violetas brillantes por el vapor. Su pecho era un mapa de destrucción, igual que el de Aldo, y algo en el estómago del castaño se retorció.

—Te hiciste daño —dijo, en lugar de cualquier cosa sensata.

—Tú me hiciste daño —corrigió Ash, y sonrió—. No te hagas la víctima.

—No me hago la víctima —respondió Aldo, y sus manos subieron al pecho de Ash con el jabón—. Solo digo…

No terminó la frase. Sus dedos recorrieron las líneas que él mismo había hecho, limpiando la sangre seca, sintiendo cómo la piel se tensaba bajo su toque. Algunos rasguños eran superficiales, otros más profundos, y en cada uno Aldo recordaba el momento exacto en que los había hecho: cuándo Ash había gemido, cuándo había apretado los ojos, cuándo había dicho su nombre.

—Esto… —murmuró, pasando el pulgar sobre una línea especialmente larga en el abdomen de Ash— …esto fue cuando me dijiste que te gustaba.

—Este —Ash tomó su mano y la guió hasta una marca en su costilla— fue cuando mordiste mi cuello y no soltaste.

—Y este —Aldo bajó hasta su cadera, donde había un arañazo que se perdía bajo la línea del agua— este fue cuando…

—Cuando casi terminas —completó Ash, la voz baja, y sus miradas se encontraron—. Lo recuerdo.

El agua seguía cayendo. El vapor los envolvía. Y las manos de Aldo seguían limpiando, lentas, deliberadas, mientras las de Ash descansaban a los lados, apretando el borde de la bañera como si necesitaran contenerse.

Cuando terminó con el pecho, Aldo pasó a los brazos. Levantó la mano izquierda de Ash y la limpió con una suavidad que no le pertenecía, dedo por dedo, palma, muñeca, antebrazo. Los nudillos del moreno estaban raspados —quizá de algún golpe que Aldo no recordaba— y el castaño pasó el pulgar sobre ellos con una lentitud que bordeaba lo tierno.

—Eres muy minucioso para alguien que dice odiarme —murmuró Ash.

—Odio verte sucio —respondió Aldo sin mirarlo—. No es lo mismo.

—Mentiroso.

—Cállate.

Pero no se calló. Y Aldo tampoco quería que lo hiciera.

Cuando terminó con los brazos, Ash tomó el jabón de sus manos —otro roce, otro momento en que sus dedos se enredaron— y dijo:

—Tu turno. Frente.

—Mi frente está limpia.

—Tu cuello, idiota. Date la vuelta.

Aldo no se dio la vuelta. Se quedó mirándolo, desafiante, y Ash suspiró con exasperación antes de inclinarse hacia adelante. Sus manos subieron al cuello del castaño —el agua caliente resbalando por ambos, el vapor empañando todo— y comenzaron a limpiar.

Pero no fue solo limpieza.

Los dedos de Ash recorrían las marcas que él mismo había hecho —los mordiscos, los chupetones, las líneas donde sus uñas habían dejado huella— y en cada una se detenía. No para frotar, no para limpiar. Para sentir.

—Te hice esto —murmuró, y había algo en su voz que Aldo no sabía nombrar—. Y esto… y esto…

—Estás enumerando tus crímenes —dijo Aldo, pero su voz tembló en la última sílaba.

—Son mis favoritos.

Ash inclinó la cabeza. Y besó el primer mordisco.

Fue suave. Demasiado suave para lo que habían sido. Sus labios rozaron la piel marcada —el círculo morado donde sus dientes habían mordido con rabia— y se quedaron ahí un segundo, dos, como si pudieran borrar el dolor con la misma boca que lo había causado.

Aldo contuvo la respiración.

El segundo beso fue en otro mordisco, más abajo, en la base del cuello. Ash presionó apenas, y Aldo sintió sus labios calientes contra la piel sensible, y tuvo que apretar los puños para no gemir.

—¿Qué haces? —preguntó, la voz ronca.

—Limpiando —respondió Ash, y había una sonrisa en sus palabras—. Tú dijiste que odias ver la suciedad.

El tercer beso fue en el hombro, donde la marca era más reciente, la sangre todavía fresca bajo la costra. Ash lo besó con una lentitud deliberada, y luego pasó la lengua —apenas, un roce húmedo que hizo que Aldo se estremeciera— y luego volvió a besar.

Uno tras otro.

Cada mordisco. Cada arañazo. Cada marca que Ash había dejado en el cuerpo de Aldo recibió un beso, suave, casi reverente, como si el moreno estuviera rezando sobre un altar que él mismo había destruido.

Aldo no sabía qué hacer con sus manos. Las dejó caer sobre los hombros de Ash, sin empujarlo, sin acercarlo. Solo ahí, sintiendo cómo los músculos del moreno se tensaban bajo sus palmas, cómo su respiración se volvía más lenta, más profunda.

Cuando Ash terminó, levantó la vista. Sus ojos violetas estaban brillantes —no de lágrimas, no Ash, pero algo cercano— y sus labios estaban rojos por la presión.

—Ya —dijo, y su voz era un susurro—. Ahora tú.

Aldo tragó saliva.

—Yo no… yo no sé hacer eso.

—Aprende.

Las palabras de Ash, otra vez. Aldo las odió. Las necesitó.

Tomó el jabón otra vez, pero sus manos temblaban. Limpió el pecho de Ash con movimientos cortos, rápidos, sin la paciencia que el moreno había tenido. Pero cuando llegó a las marcas —los arañazos profundos que sus garras habían dejado— se detuvo.

—Esto… —murmuró, pasando el pulgar sobre una línea especialmente larga—. Esto duele.

—Sí —respondió Ash, sin apartar la mirada.

—Lo siento.

La palabra escapó antes de que Aldo pudiera detenerla. Y el silencio que siguió fue tan denso que el agua caliente pareció enfriarse.

Ash no dijo nada. Solo lo miró, y en sus ojos había algo que Aldo no sabía leer —sorpresa, quizá, o tal vez algo más peligroso.

Aldo inclinó la cabeza. Y besó la primera herida.

No fue como los besos de Ash. Fue más torpe, más vacilante, los labios presionando apenas contra la piel rasgada. Pero fue un beso, y Ash sintió cómo se le tensaba todo el cuerpo.

—No tienes que… —empezó a decir.

—Cállate —lo interrumpió Aldo, y besó otra herida. Y otra. Y otra.

Recorrió el pecho de Ash como él había recorrido su cuello, besando cada rasguño, cada marca que sus garras habían dejado. No con la misma seguridad, no con la misma calma, pero con una intensidad que quizá era más honesta porque no sabía fingirla.

Cuando llegó al abdomen —donde el desastre era mayor, donde las líneas se entrecruzaban en un mapa de caos—, Ash contuvo la respiración. Aldo besó la primera línea, la segunda, la tercera. Y luego, sin pensar, pasó los labios sobre la cicatriz más profunda, la que había hecho justo antes de terminar, cuando la rabia y el placer se habían mezclado en una sola cosa.

—Aldo… —susurró Ash, y su voz se rompió.

Aldo levantó la vista. Sus caras estaban a centímetros, el vapor envolviéndolos, el agua cayendo sobre sus hombros. Y sin decir nada, Aldo se inclinó y besó sus labios.

No fue como los besos de la noche anterior. No fue violencia, no fue hambre, no fue una batalla. Fue lento. Suave. Casi tierno. Sus labios se encontraron y se quedaron, sin prisa, sin intención de ganar nada. Solo estar.

Ash cerró los ojos. Y cuando Aldo separó sus labios —solo para respirar, solo para mirarlo—, el moreno susurró:

—Yo también lo siento.

Y por primera vez, no sonó como una provocación.

Sonó como una disculpa.

Salir de la bañera fue una odisea que ninguno quiso comentar en voz alta.

Aldo intentó levantarse con dignidad, apoyándose en el borde de la bañera, y el gemido que escapó de él —bajo, ahogado, pero inconfundible— hizo que Ash torciera la boca en una sonrisa que no intentó disimular.

—¿Te duele algo, my prince? —preguntó, con una falsa inocencia que merecía un puñetazo.

—Cállate o te juro que—

El resto de la amenaza se perdió cuando Aldo dio un paso y su cuerpo entero protestó. No era solo el culo, aunque eso era lo más prominente —una queja sorda, profunda, que le recordaba cada uno de los movimientos que había hecho la noche anterior con una lentitud deliberada—. Era todo: las costillas, los brazos, el cuello, cada mordisco, cada arañazo. Caminaba como si hubiera pasado una semana entrenando sin descanso. O como si hubiera cabalgado a alguien durante lo que se sintió como una eternidad.

—Eres patético —dijo Ash, pero su voz era suave, y su mano encontró el codo de Aldo para sostenerlo mientras salía—. Así no vas a llegar ni a la cocina.

—No necesito llegar a la cocina —gruñó Aldo, apoyándose en él más de lo que quería—. Necesito tumbarme y no moverme en una semana.

—Eso suena a plan.

Se miraron. Y a pesar del dolor, a pesar del cansancio, a pesar de todo, Aldo sintió cómo las comisuras de sus labios se tensaban en algo que no era una sonrisa pero casi.

Ash lo condujo hasta la habitación —paso a paso, lento, sin prisas— y lo sentó en el borde de la cama. Las sábanas seguían manchadas, un recordatorio silencioso de todo lo que había pasado, pero ninguno hizo ademán de cambiarlas todavía.

—Quédate ahí —dijo Ash, y desapareció por un momento hacia lo que Aldo supuso era el almacén.

Regresó con un botiquín de primeros auxilios.

No era el botiquín genérico que uno esperaría. Era el botiquín de Ash, lo que significaba que estaba organizado con una precisión casi obsesiva: gasas dobladas en cuadrados perfectos, vendas enrolladas, antisépticos alineados por tamaño, incluso unas tijeras pequeñas que parecían más de cirujano que de emergencias caseras. Aldo lo miró y no pudo evitar soltar una risa baja.

—¿Qué? —preguntó Ash, frunciendo el ceño mientras abría la caja.

—Nada —respondió Aldo, mordiéndose el labio para no seguir riéndose—. Solo que eres exactamente como me imaginaba.

—¿Ordenado?

Obsesivo.

Ash levantó una ceja, pero no respondió. En lugar de eso, empapó una gasa con antiséptico y se giró hacia Aldo.

—Te va a arder —advirtió.

—Ya lo sé, no soy un niño—

El antiséptico tocó el primer arañazo en el hombro de Aldo, y el castaño siseó como una olla a presión. Ash no dijo nada, pero su mano se detuvo apenas, dejando que el ardor inicial pasara antes de seguir limpiando.

—Mentiroso —murmuró, y Aldo no supo si se refería a lo del niño o a otra cosa.

El proceso fue rápido. Ash trabajaba con una eficiencia que Aldo no podía evitar admirar —no que fuera a decirlo en voz alta, claro—. Limpiaba cada herida con movimientos seguros, aplicaba pomada en las más profundas, cubría las que seguían sangrando con gasas que sujetaba con esparadrapo. Sus dedos rozaban la piel de Aldo con una familiaridad que ninguno de los dos mencionó.

Cuando llegó a los mordiscos del cuello, Ash se detuvo. Pasó el pulgar sobre uno de ellos —el más oscuro, el que había hecho justo después de que Aldo lo empujara contra la puerta— y su expresión se suavizó en algo que no supo nombrar.

—Estos van a tardar en desaparecer —dijo, casi para sí.

—Bien —respondió Aldo, y había orgullo en su voz—. Así todo el mundo sabrá que fuiste tú.

Ash levantó la vista. Sus ojos violetas se encontraron con los café, y por un momento ninguno dijo nada. Luego Ash negó con la cabeza, una sonrisa torcida en los labios, y siguió curando.

Cuando terminó con Aldo, fue el turno del moreno.

—Puedo solo— empezó a decir Ash, pero Aldo le arrebató la gasa de la mano.

—Siéntate y cállate.

Ash obedeció. Y mientras Aldo limpiaba los arañazos en su pecho —con menos delicadeza que Ash, pero con la misma atención—, el moreno aprovechó para observarlo.

Aldo seguía desnudo, porque su ropa estaba hecha jirones en algún rincón de la habitación. El agua del baño había limpiado la sangre, pero no las marcas: los mordiscos en su cuello eran un collar violáceo, los arañazos en su torso líneas rojas que se entrecruzaban como un mapa. Y su postura —ligeramente inclinada hacia un lado, el peso recargado en la pierna izquierda— delataba que el dolor en sus partes traseras era más intenso de lo que quería admitir.

—Te duele el culo —dijo Ash, sin filtro.

Aldo apretó la gasa contra un rasguño con más fuerza de la necesaria, y Ash siseó.

—Te voy a matar.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Sí, me duele el culo, ¿feliz? —escupió Aldo, pero sus mejillas se habían teñido de un rojo que no era solo por el esfuerzo—. Monté a un idiota sin preparación, ¿qué esperabas?

—Que ibas a estar como ahora —respondió Ash, y no pudo evitar reírse—. Caminando como si tuvieras una escoba metida en el…

—Termina esa frase y te juro que te la meto de verdad.

La risa de Ash fue más abierta esta vez, y Aldo sintió cómo algo en su pecho se desenredaba. No era felicidad —no exactamente— pero se le parecía.

Cuando terminaron de curarse, Ash se puso de pie y caminó hacia un armario empotrado. Aldo lo observó mientras rebuscaba entre la ropa, frunciendo el ceño.

—¿Qué haces?

—Buscarte algo para ponerte —respondió Ash sin mirarlo—. A menos que quieras desayunar desnudo. No me quejo, pero los vecinos podrían llamar a la policía.

—No voy a usar tu ropa.

—Entonces desayuna desnudo.

Aldo apretó la mandíbula. Pero la realidad era que su uniforme estaba inservible —rasgado, manchado de sangre y barro, empapado por la lluvia— y que su inventario portátil… su reloj…

—Mierda —murmuró, mirando su muñeca vacía.

Ash se giró, una camiseta negra en las manos.

—¿Qué?

—Mi reloj —dijo Aldo, y había una nota de pánico real en su voz—. No lo tengo. Debió caerse en la pelea o en la calle o…

—Tranquilo —lo interrumpió Ash, y su tono era sorprendentemente calmado—. Está en la entrada. Lo vi cuando entramos, lo recogí del suelo.

Aldo exhaló, y el alivio que recorrió su cuerpo fue tan intenso como ridículo. El reloj no solo era su inventario —donde guardaba armas, comida, objetos de valor— sino también su comunicación con el resto del QSMP, su identificación, prácticamente su vida.

—Dámelo —dijo, extendiendo la mano.

—Después de desayunar —respondió Ash, y le lanzó la camiseta—. Ponte esto. Y estos.

Unos pantalones de chándal grises siguieron a la camiseta, y luego unos calcetines negros. Aldo los miró como si fueran una ofensa personal.

—Vas a ser un desastre con mi ropa, lo sé —dijo Ash, con una sonrisa que era pura provocación—. Pero es mejor que nada.

—Odio tu ropa.

—Odias todo lo mío.

—Porque todo lo tuyo es horrible.

—Y sin embargo…

Ash no terminó la frase. Se giró y empezó a ponerse su propia ropa —unos pantalones anchos, una camiseta holgada que le quedaba grande a propósito— mientras Aldo forcejeaba con la camiseta negra. La tela era suave, olía a Ash —a ese perfume amaderado que el castaño había aprendido a reconocer sin querer— y le quedaba grande. Demasiado grande. Las mangas le llegaban casi al codo y el cuello se le caía hacia un lado, dejando al descubierto los mordiscos que Ash le había hecho.

Ash se giró justo cuando Aldo terminaba de subirse los pantalones —que también le quedaban grandes, la cintura demasiado ancha, las piernas demasiado largas— y se quedó mirándolo.

—¿Qué? —preguntó Aldo, desafiante.

—Nada —respondió Ash, y su voz sonó extraña—. Solo que… tienes mi ropa.

—Ya lo sé. Es horrible.

—No dije que fuera horrible.

Aldo frunció el ceño. Pero antes de que pudiera responder, Ash se giró y caminó hacia la puerta.

—Vamos —dijo, sin mirar atrás—. Te voy a hacer desayuno. Pero no te emociones, solo sé hacer dos cosas.

—¿Cuáles?

—Huevos y quemar agua.

Aldo soltó una risa —corta, sorprendida, que pareció incluso sorprenderlo a él mismo— y se puso de pie con cuidado. El dolor en su trasero era menos agudo ahora, pero seguía ahí, un recordatorio constante de todo lo que había pasado. Caminó detrás de Ash con pasos cortos, casi de pato, y el moreno se giró justo cuando llegaban a la puerta de la cocina.

—Estás caminando muy gracioso —observó, y su sonrisa era tan amplia que le arrugaba los ojos.

—Te juro que cuando pueda volver a sentarme sin llorar, te voy a—

—¿Llorar? —Ash levantó una ceja—. ¿Lloraste?

—¡No! Fue una expresión—

My prince lloró porque le duele el culo. Esto es material para chantaje.

—No te atrevas.

—¿Qué me das si no lo cuento?

—Tu cabeza en una bandeja.

Ash se rió —una risa abierta, sincera, que llenó la cocina vacía— y Aldo sintió cómo se le aflojaba algo en el pecho. No sabía qué era. No quería saberlo.

—Siéntate —dijo Ash, señalando una de las sillas de la isla—. O mejor, no te sientes. Quédate de pie. O tendido en el suelo. Donde te duela menos.

—Eres un imbécil.

—Lo sé.

Aldo se apoyó en la encimera, cruzando los brazos sobre el pecho, y observó mientras Ash sacaba una sartén, huevos, mantequilla. El moreno se movía por la cocina con una familiaridad que Aldo no había visto antes —abriendo cajones sin dudar, ajustando el fuego sin pensar— y algo en esa escena cotidiana le resultaba profundamente extraño.

Ash cocinando. Para él.

—No te acostumbres —dijo Ash, como si le hubiera leído la mente—. Esto es solo porque no quiero que te desmayes de hambre en mi casa y tenga que explicarle a tu hermana por qué su hermano apareció muerto en mi sala.

—Qué romántico.

—Eso soy.

Ash rompió los huevos sobre la sartén con un gesto que quería ser despreocupado pero que Aldo notó demasiado calculado. Los bordes comenzaron a chisporrotear, y el olor a mantequilla derretida llenó la cocina.

—¿Los quieres revueltos o estrellados? —preguntó Ash, sin mirarlo.

—Estrellados.

—Mala elección. Los revueltos me salen mejor.

—Entonces por qué preguntas.

—Para que sepas que no sé hacer estrellados.

Aldo negó con la cabeza, pero no pudo evitar que una sonrisa —pequeña, apenas un esbozo— se dibujara en sus labios. Ash lo vio por el rabillo del ojo y no dijo nada, pero sus hombros se relajaron apenas.

Los huevos chisporroteaban. El sol de la mañana se filtraba por la ventana. Y Aldo, apoyado en la encimera de la cocina de Ash, vestido con su ropa demasiado grande, sintió por un momento que el mundo no era solo odio y peleas y sangre.

Era esto también.

Esto, sea lo que fuera.

—¿Tienes pan? —preguntó, rompiendo el silencio.

—En el segundo cajón.

—¿Dónde?

—El segundo cajón, Aldo. El que dice "pan".

—No dice nada, tus cajones no tienen etiquetas.

—Deberían.

Aldo encontró el pan —un pan de masa madre, porque por supuesto que Ash compraba pan de masa madre— y lo puso en la tostadora. El click del botón fue absurdamente satisfactorio.

—No quemes mi pan —dijo Ash sin volverse.

—No prometo nada.

—Eres un peligro público.

—Y tú me dejaste entrar a tu casa.

Ash se giró entonces, la espátula en la mano, y lo miró. Sus ojos violetas brillaban con la luz de la mañana, y su boca estaba curvada en una sonrisa que no era burlona ni provocadora. Era… suave.

—Sí —dijo, y su voz era baja—. Lo hice.

El momento se alargó. La tostadora saltó. Y Aldo apartó la mirada primero.

—Se quema el huevo —murmuró, señalando la sartén.

—Mierda.

Ash se giró de vuelta, y la magia se rompió, pero no del todo. Quedó flotando en el aire como el olor a mantequilla y pan tostado, como el sol en sus hombros, como la ropa de Ash en el cuerpo de Aldo.

Como algo que ninguno de los dos estaba listo para nombrar.