Actions

Work Header

Más allá del espejo

Summary:

Por un lado existía Mernuel, que se obsesionaba con las métricas y era preso de la opinión del chat. Que se reía de manera estruendosa e impostada. Que exudaba confianza y era medio banana. Que mentía y construía la narrativa que el momento exigiese. Que a veces se pasaba de la raya y los exponía a los tres con tal de generar algún momento viral.

Y por el otro lado existía Manu, que hablaba más pausado y era sumamente dulce. Que sonreía con ternura y se preocupaba por ellos. Que pese a ser capaz de alegrar cualquier lugar al que llegase, también era inseguro y a veces dudaba de merecer su propio éxito.

Recuerda con claridad que le dijo “fue Manuel quien hizo que me viniese a Argentina. Y fue Mernuel quien me obligó a irme”.

O

Lautaro le dice a la banda que existe la posibilidad de que se vaya una vez más. Y a Manu le toca pensar que le pasa con eso.

Notes:

Pensé en este fic porque tenía ganas de mostrar mi headcanon sobre la cabeza de Mernuel y como procesa las cosas. Obviamente, mucho debe ser delirio mío.

Espero sea de su agrado :)

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Era viernes por la tarde y, en algún lugar de Pilar, el sol picaba con fuerza. El verano peleaba sus últimas batallas y lo hacía con dignidad. Las últimas brisas estivales hamacaban el verde césped del patio. A la distancia, se escuchaba el canto de un par de chicharras.

Recién habían vuelto de grabar un video para YouTube y un par de canjes. Acordaron que esa noche no iban a prender. Venían un poco pasados de rosca con el tema de la mudanza, realmente no habían parado dos minutos. Así que les pareció justo tomarse un descanso y el chat estuvo de acuerdo.  

Todavía había cajas por todos lados y algunos ambientes eran literalmente inhabitables. Pero estaban muy felices. No encontraron mejor forma de celebrarlo que ranchear un rato en la pileta, después de devorar los patys que Balza les había hecho en la parri.

En ese momento, Manuel Merlo creyó que la vida era buena. Lo creyó mientras estaba junto a la pile, tirado en una reposera de plástico. Con poco más que un traje de baño negro, lentes de sol y dos kilos de protector solar encima. Con la risa de sus amigos que jugaban carreras en el agua.

Si, Manuel creyó que la vida era buena. Pero a los minutos la vida le pegó un hondazo.

— ¿¿Barcelona?? — Preguntó el Bayo escandalizado. Aunque, siendo justos, perdía algo de seriedad al estar metido en la pileta, sostenido por un flota flota rosa bajo sus brazos. ¿Y se puede saber qué mierda vas a hacer en Barcelona?  

— No dije que fuera algo seguro, lo estoy pensando — Respondió Lautaro, poniendo los ojos en blanco — Y te lo acabo de decir: Juliana termina la facu a fin de año y quiere hacer un posgrado allá. También tiene un primo que es ejecutivo en una multinacional. Me dijo que me puede hacer entrar a laburar al toque, en el área de comercio exterior. Está bueno el puesto, la empresa se dedica a…

Después de eso, Manuel no escuchó mucho más. Todo fue tapado por un pitido intenso. Agradeció tener los lentes de sol puestos, porque evitaron que se viera el pánico en sus ojos. Se sintió desorientado, como si hubiese explotado una bomba al lado suyo. Luego entendió que así había sido.

Con las horas, se creía capaz de reconstruir esa charla, en la cual no fue capaz de intervenir. Lautaro dijo que aún no sabía qué iba a hacer. Que sólo era una posibilidad, pero le parecía importante que la supieran con la mayor antelación posible.

No lo dijo, pero era obvio que buscaba evitar que todo fuera tan caótico como la última vez que decidió irse. Cuando Baulo lo increpó, se limitó a encogerse de hombros y decirle “Amigo, al final del día, lo que yo quiero es construir una familia. No sé si sea con Juliana, pero yo no puedo esperar toda la vida.”

Supone que tendría que haber dicho algo en ese momento. Tendría que haberle dicho que ellos eran su familia. Que no tenía que irse a buscar nada a ningún lado. Pero lo cierto es que ni siquiera se animó a mirarlo.

 

 

Le gustaban muchas cosas de la nueva casa. El setup fue una clara mejora, también lo fueron las habitaciones. El hecho de tener un patio con parrilla y una pileta para disfrutar de las tardes. Pero, si Manuel tuviera que elegir, diría que lo que más le gustaba era aprovechar el balcón por las noches.

Porque, si bien tenían uno en el departamento, el ruido y las luces de la ciudad no daban mucho margen para que uno se relaje. En la casa, las noches son mucho más silenciosas. Y al no haber contaminación lumínica, se ven mejor las estrellas. Es más fácil bajar un cambio, desconectar.

Le alegraba mucho poder disfrutarlo en marzo, que era posiblemente su mes favorito. Le gustaba que los días siguieran siendo agradables, pero las mañanas y las noches fuesen frescas. Porque si bien el calor es genial si estas de vacaciones, con una pileta cerca, para dormir es insoportable.

Era pura lógica. Y Manuel Merlo se considera una persona racional, con una visión bastante clara de las cosas. Porque si bien le gusta jugar un poco con su personaje, lo cierto es que no es ningún boludo. Es capaz de distinguir con facilidad lo justo de lo injusto. A la gente buena de la mala.

Especialmente, sabe lo que puede y no puede funcionar al momento de producir contenido. Contrariamente a lo que la gente asume, se considera ridículamente reservado. No le gusta exponer lo que piensa. Y mucho menos lo que siente. Porque el mundo es cruel, y mucha gente es despiadada. Porque la debilidad es una marca que este mundo no perdona.

Cree que es por eso que nació Mernuel.

La gente comete el error de creer que él y Mernuel son lo mismo. Cuando Mernuel no es más que el traje que elije mostrar al mundo. Un espejo en el que muchos de los nenazos que los miran sueñan con poder reflejarse: quieren ver a un gatero que tiene toda la facha, a un ganador que se las sabe todas, que triunfa y es naturalmente gracioso.

Y puede que él sea algunas de esas cosas. Porque inevitablemente hay algo de él en Mernuel. Y también hay algo de Mernuel en él. Pero no siempre, no todo el tiempo. Elije que sea Mernuel el que se exponga y ría ante el mundo. Porque cree genuinamente que Manuel no es ni la mitad de interesante.

Porque no niega que es una persona hegemónica, pero eso no significa que se sienta a gusto con su propio cuerpo. Porque se siente demasiado flaco e incapaz de ganar músculo. También es consciente de que sus facciones y gestos algo amanerados a veces son demasiado para los parámetros normales. Eso siempre fue motivo de burlas y lo hace sentir muy consciente de sí mismo.   

Porque es sumamente inseguro. Y, como mecanismos de defensa, siente la pulsión de tener que agradarle a todo el mundo. Todo el tiempo. A tal fin, puede llegar a construir historias, inventar realidades. Pero la mayor parte del tiempo se siente un impostor. Alguien que sencillamente no merece lo que tiene.

Porque puede que le vaya bien con las minas. Pero no puede estar con quien realmente quiere. Porque todavía siente un poco de vergüenza al recordar cómo se tocó por primera vez, pensando en un compañero del secundario.

Porque siente tristeza al recordar cuando intentó actuar conforme a eso que sintió, e intentó encajarle un beso a ese flaco. Recuerda que el pibe no sólo lo rechazó, sino que también lo expuso ante todos. Recuerda que lo trataron de “puto de mierda” y lo cagaron a palos entre varios a la salida del colegio. Porque es así como realmente se partió la paleta. Recuerda que nadie lo defendió y, cuando mucho, le ofrecieron su lastima. Y es por eso que sólo conserva a sus amigas del primario. 

Porque incluso si no le falta con quien dormir, en sueños siempre ve a su amigo de pelo rubio, que lo tiene loco. Pero, como consecuencia de su vivencia, decide no hacer nada al respecto. Sabe que Lautaro jamás le haría daño. No intencionalmente. Pero también es consciente de que tiene un poder gigantesco sobre él. Y que si volviese a perderlo, no sabría cómo seguir.

Porque el riesgo es demasiado grande y él está demasiado aterrado como para siquiera pensar en jugársela. Porque cree que la frase “morite de amor, cagón” la inventó algún trastornado que tenía todo para ganar y nada que perder. No siente que sea su caso.

Porque prefiere gozar del privilegio de la amistad de Lautaro, así sea a la distancia, antes que hacer una boludez y perderlo para siempre. De sólo pensarlo sentía palpitaciones y comenzaba a rascarse los brazos de manera desenfrenada.

Necesitaba fumarse un porro.

 

 

Si bien tiene un armador y un pikachu, disfruta el ritual de armar el cigarro a mano. Doblar el lillo, cargarlo y ponerle el filtro que improvisó con el cartoncito de los OCB. Saca la lengua mientras enrolla y lame para darle el último toque.

Contempla su obra terminada y se siente satisfecho. Busca fuego en el bolsillo de la campera: un mechero de bencina muy bonito que le trajo Lauti de España. Lo prende con destreza y disfruta la primera calada. Siente el humo intenso en la garganta, lo retiene un momento y lo larga con un suspiro.

Levanta la mano con el porro entre los dedos, admirándolo nuevamente. Realmente estaba orgulloso del resultado. Era el claro fruto de un trabajo bien hecho.

Manuel reconoce que, incluso en estas pequeñas cosas, se considera meticuloso, rayando en obsesivo. Un analista de cada variable, con una marcada tendencia a sobreanalizar las cosas. A buscar el detalle y el error. La mayoría de las veces, siendo incapaz de soltar.

Mientras admira el patio y la pileta de la nueva casa, tiene la certeza de que su personalidad obsesiva fue un factor necesario para que todo esto se concrete.  En cualquier caso, cree que esta visión centrada del mundo le otorga más certezas que dudas. Incluso ahora, mientras se fuma unas secas en el balcón.

Por ejemplo, no tenía ninguna duda de que Lautaro Moschini era la persona más frustrante que haya conocido en su vida.

Lauti, que no se acuerda de lo que almorzó el día anterior. Pero puede hacer un análisis comparativo sobre los sistemas tributarios de dos países. O que puede cautivarlo con una explicación detallada sobre la guerra en Irán. Y que lo hace de una forma súper didáctica, que le despierta un interés genuino.   

Lauti, que es un caprichoso y lo saca de quicio. Que le discute absolutamente todo y le lleva la contra por el simple placer de hacerlo. Especialmente cuando sabe que no tiene razón. Porque, al final del día, lo que realmente busca es terminar forcejeando a carcajadas.

Lauti, que es posiblemente la persona que más lo hace reír. Que tiene una chispa natural. Que es espontáneo y no siente pudor en decir lo que se le cruza por la mente. Que puede estar charlando y se pone de pie de la nada para aullar. E, inmediatamente después, simula que recibe una pelota en el área y mete un gol que ve sólo en su mente.  

Lauti, que le saca la ficha y lo lee mejor que nadie. Que puede ver detrás de las declaraciones altisonantes de Mernuel y detecta con facilidad los miedos e inseguridades de Manu. Y que, cuando lo hace, se preocupa por él. Que se mete en su cama por las noches y le dice que no se va a ir hasta que le cuente todo. Y que luego no se ríe de sus preocupaciones, si no que lo escucha y aconseja.

Lauti, que es re celoso y lo toxiquea. Que, mitad en chiste, mitad en serio, le hace escenitas si se va a merendar con alguna amiga. O que si ve que algún pibe le tira onda, más allá de que él no le dé cabida, le pasa el brazo por el cuello y gruñe. Y no para hasta que el pibe se asusta y se toma el palo. Lo cual siempre lo hace pensar que está loco. También hace que se sonroje y se le pare la pija. 

Lauti, con su pelo rubio que por las mañanas es indomable y parece un nido de caranchos. Con esa sonrisa gigante que le achina los enormes ojos marrones y hace que le dé un vuelco al corazón.

Lauti, con ese culo enorme, que lo invita a soñar con el pecado y lo hace vivir sonrojado como un adolescente. Porque con frecuencia usa unos viejos cortos de la selección como ropa de entre casa. La tela es sencillamente incapaz de contener las exorbitantes dimensiones de su orto y lo deja babeando. Al menos una vez por semana, Bauleti lo engancha hipnotizado, con la mirada embobada y le levanta una ceja. “Es pajero el Emo” le dice cuando el rubio se aleja.  

Lauti que, sin proponérselo, lo tiene en la palma de su mano. Y, considerándose una persona racional, a Manuel eso le parece un poco terrorífico. Porque nadie debería tener tanto poder sobre él. Porque es consciente de que sus días brillan cuando el rubio le devuelve un abrazo y se apagan cuando le dice que se tiene que ir, porque la piba que está viendo lo espera.

 

 

Hay noches como esta, en las que luego del stream, Baulo se va para encontrarse con una piba, y Moski se encierra a hablar por videollamada con su chica. Noches en las que él podría verse con la piba con la que se ve cada tanto, pero prefiere quedarse sólo. Aunque lo cierto es que nunca se siente sólo cuando esta consigo mismo. Sus pensamientos son demasiado intrusivos como para permitírselo.

En todo caso, permanece en el balcón. Siente que se está acostumbrando a usarlo como un santuario, en el que se puede poner a ordenar sus ideas, mientras se fuma un porro y bajonea unos franuis. Donde piensa sobre el stream del día. Sobre lo que les rindió y lo que no. Sobre ideas para futuros videos y sobre alguna marca con la que se comprometieron a grabar un chivo.

Pero fundamentalmente piensa en Lautaro. Piensa en si la estará pasando bien. En sí, como él, siente miedo de que todo se vaya a la mierda en cualquier momento. En sí, pese a eso, también siente ganas de que se pudra todo. De jugársela de una vez y ver qué pasa.

Fuma una seca más. El humo dulzón llena sus pulmones, lo sostiene por un momento y lo larga con un suspiro. La noche del segundo viernes de marzo se advierte fresca, siente que se le pone la piel de gallina con la brisa que comienza a despedir el verano. 

Piensa en si no se equivoca al no hacer nada respecto a lo que siente. Si no vale la pena, así no tenga chances, el poder sacar esto que le oprime el pecho. Si no vale la pena poder gritar a los cuatro vientos que lo ama. Que si se va definitivamente, hay una parte de Manuel que se iría para siempre con él. Y que de él, de Manuel, sólo quedarían los retazos.

Moski le dijo muchas veces que admiraba su visión. La capacidad de darse cuenta de las cosas antes de que pasen. Así como su constancia y capacidad para obrar en consecuencia. Él no coincide del todo en cuanto a lo último. Porque puede que se dé cuenta de las cosas, pero no siempre puede actuar como su corazón y su instinto le indican.

Santiago le dijo, en más de una oportunidad, que eso le pasa fundamentalmente por ser un cagón. Pero lo cierto es que sencillamente hay demasiado en juego. Manuel es prisionero de su propia cautela. De la forma en que sobreanaliza escenarios posibles. También de su propio pesimismo, al asumir que el único desenlace posible es el desastre.

Porque, ¿para qué se expondría al rechazo de su amigo? Amigo que, de yapa, ya tiene una casi novia ¿Por qué no respetaría su felicidad? Si incluso se lo ve mejor. Si entrena y hace terapia. Si dice ser feliz.

Porque ante ese escenario, él se empezó a ver con Mara. Que es hermosa y fundamentalmente buena. Que no siempre le sigue el hilo y no emparda su locura, pero que lo quiere y le perdona manejar horarios ridículos. 

Porque, encontrándose sólo con la compañía del humo del porro que se está fumando, Manu puede admitir que se le estruja el corazón. Pero no mintió cuando dijo en stream que la felicidad de Lautaro es la suya. Aunque le duela y no lo deje dormir. Aunque le angustie que Lautaro pueda imaginar una felicidad que no lo contemple a él.

Cuando escucha el ruido de la puerta corrediza del balcón, se da cuenta que no está solo.

— ¿Ah, vos tampoco podés dormir, no? — Le preguntó el rubio mientras atravesaba el ventanal, con su bata azul oscuro ondeando en la noche. 

— Sos muy observador, bebote — Dijo con desparpajo, buscando pincharlo.

— Sí, soy un genio — Le respondió con el mismo tono, mientras apoyaba sus brazos en el barral, con los ojos cerrados, disfrutando del viento — Creo que estoy medio desvelado ¿Me convidas una seca?

El de pelo negro no le contestó, pero le pasó la tuca. Trató de que no le temblara la mano ante el shock eléctrico que le generó el roce de sus dedos. Lautaro dio una honda calada y trató de sostener el humo, pero terminó tosiendo con fuerza. Manu se rió y luego le dio una palmadita.

— Es fuerte esta mierda — Comentó el rubio con la voz un poco ronca.

— Si, es buena — Respondió sonriendo, con la mirada triste, medio perdida. Luego se quedaron ambos en silencio, disfrutando de la compañía del otro.

— Hace tiempo que no hacemos algo así, ¿no? — Comentó Lautaro de la nada, sin mirarlo. Le pareció notar algo de nostalgia en su semblante — Estar solos juntos, digo. Un poco lo extraño.

El pelinegro sintió como su corazón se aceleraba. 

— Si… yo también. Fueron meses medio raros. — Respondió queriendo matizar la intensidad nerviosa que sentía correr por sus venas. E intentó jugarse un pleno — Pero si querés, mañana podemos ir a almorzar a algún lado. O a merendar juntos.

Le dió la impresión de que Lautaro dudó un poco. O capaz era el porro, y la luz del farol jugando con sus brillantes ojos marrones.

— Uh… salgo temprano para lo de Juli. — Comentó con una sonrisa triste — Quedamos en que íbamos a almorzar con sus viejos, y quiere que vaya a la mañana para que hagamos las compras.

— Ah… — Respondió mientras sentía algo raro en el pecho. Como si estuviese bajando una escalera y, sin querer, se hubiese saltado un par de escalones — Bueno, no pasa nada.

Luego de eso volvió a reinar el silencio, pero ya no era agradable, sino más bien incómodo. Su santuario ya no era su santuario.

El pelinegro sintió una fuerte angustia y empezó a rascarse el brazo. El rubio lo miró con ojos indescifrables. Manuel estaba convencido de que, si notaba que veía lastima en ellos, podría ser capaz de morirse. Necesitaba irse a su cuarto con urgencia.

— Manu, yo…

— Perdón, estoy cansado. Me voy a dormir.

Luego salió a paso rápido. Le dio la impresión de que Lautaro intentó levantar el brazo para retenerlo, pero luego lo bajó. Se quedó solo ahí, en silencio.

 

 

La oscuridad de su habitación le trae recuerdos. Siente un golpe de nostalgia al pensar en la casa de su vieja. En las risas de madrugada hasta que les doliera la panza. También recuerda el departamento. Naturalmente, también recuerda las largas noches en que no lograba conciliar el sueño y lloraba como un condenado.

Todavía recuerda las primeras charlas que tuvo con Lauti, luego de que partiera a Dubai. Luego de semanas de silencio y mensajes sin responder, los primeros contactos fueron tímidos.

Con el paso de los días, empezaron a construir una nueva normalidad. Los mensajes se volvieron audios. Los audios se hicieron llamadas. Volvieron a compartir risas y hablar de sus rutinas. Les llevó varias noches comenzar a recomponer lo que sus impulsos habían destruido. Pero se iba a dormir con una sonrisa, mientas los primeros rayos del sol asomaban por la ventana.

Progresivamente, se animaron a empezar a hablar de lo que había fallado. De los problemas de comunicación que tuvieron. De que, pese a que se adoraban el uno al otro, había muchas situaciones que prefirieron dejar pasar por alto para no discutir. Estuvieron de acuerdo en que, lógicamente, no discutir las cosas a tiempo ayudó mucho a que todo se vaya a la mierda.

Manuel era consciente de que no terminaban de decirse todo. Sabía que, posiblemente, el principal foco de tensiones y malos entendidos se vinculaba con lo que él sentía por Lautaro. Con lo que creía que Lautaro podía sentir por él. Y de cómo se tensionó todo al no estar dispuestos a hacer nada al respecto. 

Pero para ese entonces, la reconstrucción de su vínculo era todavía muy nueva. Demasiado frágil como para ser sumarle algo tan grande. Ya habría tiempo para eso. Es lo que se repetía como mantra aunque los días pasaran y no ocurriese.

Eso no quita que si hayan podido tener charlas que consideraba fundamentales.

Recuerda especialmente una charla, en la que el rubio le demostró que era la persona que mejor lo entendía. En ella, Lautaro le dijo que se dio cuenta de que eran dos entidades diferentes. Mernuel y Manuel.

Que por un lado existía Mernuel, que se obsesionaba con las métricas y era preso de la opinión del chat. Que se reía de manera estruendosa e impostada. Que exudaba confianza y era medio banana. Que mentía y construía la narrativa que el momento exigía. Que a veces se pasaba de la raya y los exponía a los tres con tal de generar algún momento viral.

Y que por el otro lado existía Manu, que hablaba más pausado y era sumamente dulce. Que sonreía con ternura y se preocupaba por ellos. Que pese a ser capaz de alegrar cualquier lugar al que llegase, también era inseguro y a veces dudaba de merecer su propio éxito.

Recuerda con claridad que le dijo “fue Manuel quien hizo que me viniese a Argentina. Y fue Mernuel quien me obligó a irme”.

Recuerda que lloraron y se pidieron perdón. Se prometieron hacer lo posible para que todo estuviera mejor, aunque llevara tiempo. Aunque fuera difícil. Cree que fue uno de los momentos más catárticos y sanadores de su vida.

Un poco le causa gracias que pudiese sintetizar el cómo se sentía con un simple “:)” en twitter.

 

 

Luego Lautaro volvió. Y se sintió como si nunca se hubiese ido. Esas primeras semanas fueron posiblemente las más felices de su vida. Terminaban de stremear y se ponían a ver una serie en su habitación. En general no llegaban a ver más que uno o dos capítulos, tras lo cual se quedaban dormidos.

Los amaneceres los encontraban abrazados y con sonrisas somnolientas. Con desayunos (que eran más bien meriendas) de panqueques y risas cargadas de promesas. Luego, el rubio lo acompañaba a entrenar y Manuel se quedaba atontando viéndolo imitar los movimientos que más lo habían entusiasmado.

Hasta que un día Lautaro le dio un beso.

Fue un beso dulce, algo torpe, cargado de nerviosismo. Un poco como si el propio Moski pudiese convertirse en un beso. Fue posiblemente el beso más lindo que jamás le haya dado nadie. Pero también fue demasiado.

Porque lo podían arruinar todo. Porque estos meses fueron difíciles y estaban con las emociones a flor de piel. Pero no podían dejar que eso le gane a lo que venían construyendo con tanto trabajo. Porque podía salir muy mal. Y si eso pasaba, no les quedaría nada. Porque la gente que los bancaba posiblemente no aceptaría lo que les pasaba. La comunidad se dividiría y el stream se iría al choto.

Entonces, se sonrieron con tristeza, se abrazaron y se prometieron que no arruinarían las cosas. Entonces empezaron las distancias, se redujo el contacto físico en stream para no generar confusiones. Empezaron a construir una nueva forma de vincularse.

Una forma de vincularse en la que autocensuraban sus interacciones, en la que no compartían la cama. En la que, sea en joda o en serio, ya no intentaban robarse besos. Y más o menos funcionaba. Aunque Manuel nunca se sintió más desdichado, supo que era lo mejor. 

La vibración de su celular lo trae de nuevo al presente. Cuando ve que la notificación dice claramente “Moski 💚”, casi se le cae el celular de las manos. Cuando ve el mensaje, casi se le cae el alma a los pies.

“No me dijiste nada respecto a lo de Barcelona. Me gustaría que lo charlemos cuando puedas. Porque siento que ya no hay nada para mi acá. Y no puedo obligarte a que lo haya. Pero, si realmente es así, no me parece mal seguir adelante.”   

Su mente empieza a correr a mil revoluciones por minuto. Disecciona el mensaje y le busca el sentido y el contra sentido. Sabe que tiene que hacer algo para demostrarle a Lautaro que su lugar es acá, con él. Pero no sabe bien qué.

No le contesta el mensaje. Esa noche no puede dormir.

 

 

El día siguiente lo encontró con un pésimo humor. Pero también con determinación respecto a las cosas que tenía que hacer. Lo más sencillo del asunto fue hablar con Mara respecto a lo que le pasaba.

Lo recibió en su departamento en Palermo. Un dos ambientes medio viejo pero lleno de plantas y muebles restaurados que le encantaban.

Ella estaba preciosa. El largo pelo negro le brillaba y contrastaba con lo blanco de su piel, ahora algo tostada por el sol. Tenía ojos pardos y una sonrisa perlada. Por sobre todo, era una muy buena persona. En otro contexto, sentía que se podría haber enamorado de ella. 

Le ofreció un café y una porción de budín, que no aceptó y fue directo al punto. Ella lo escuchó con atención y una sonrisa triste. Cree que, al menos en parte, su tristeza tenía más que ver con él que con ella. Porque en algún momento lo abrazo y le dijo “Ay, Manu”. Él le correspondió el abrazo, bastante compungido.

No pareció particularmente ofendida al enterarse de que no podía verla más. O porque el motivo de la separación es que estaba enamorado de su mejor amigo. Al que también se quería coger. Por lo que, contrariamente a lo que le había dicho cuando le preguntó al respecto, era un enamoramiento muy sexual.

Ella lo escuchó con paciencia y le dijo con un tono dulce “Bebé, yo también miro los streams. No te voy a mentir, lamento que no sigamos. Pero creo que me calienta más la idea de que te lo cojas a él”. Luego se rió ante su silencio e incomodidad, disfrutando verlo colorado de vergüenza. Es posible que no fuera tan buena persona como creía. 

 

 

La reacción de Santi fue… bueno, fue un poco más tosca.

Estaban sentados en las reposeras del patio, al lado de la pile. El Baulo se estaba tomando una Corona. No le sacaba la vista de encima, aunque no podía descifrar su expresión porque llevaba unos lentes de sol negros.

Le habló de sus miedos. De que no sabía que iba a hacer si Moski se iba. De que no podía dejar que se fuera. De que lo amaba pero no sabía bien qué hacer al respecto. Santiago soltó una carcajada. 

— Pero sos terrible mogulacho — Le contestó sin miramientos, para luego boludearlo un rato largo, incluso haciendo una pésima imitación de lo que supuso que era su voz — Tanto pedido de reunión porque “tengo que contarte un secreto, pero te lo llevas a la tumba Santiago, ¿me escuchaste?” ¿Y es esta boludez?

— Estoy abriendo mi corazón, pelotudo — Le respondió enojado.

— Tu corazón es un libro abierto. Hasta yo, que soy un boludo a cuerda, me doy cuenta, zapallito — Tomó un sorbo de birra y le dijo — Creo que el único igual de deficiente que vos, y que no se da cuenta de nada, es el boludón de Moski.

— ¿Y qué hago entonces? — Preguntó con desesperación, mientras se tapaba la cara con las manos en gesto de frustración.

— ¿Sos joda, gordo? — Le respondió — Hacete hombre y decile al trolatzo de tu amigo que estás enamorado de él.

Manuel se quedó callado, mirando al piso. Se produjo un silencio que no era pesado. Entiende que el Baulo le quiso dar margen para procesar la situación. Pero luego levantó la mirada. Su hermano del alma lo miraba fijo. Sus lentes de sol se habían deslizado por el puente de su nariz. Pudo notar que tenía el semblante serio, cuando le dijo “Todos tenemos derecho a buscar la felicidad. Y, aunque te asuste, eso te incluye a vos, Manu”.

Luego le sonrió al notar que se le humedecían los ojos y lo abrazó con un “Vavava”.

 

 

Manuel estaba, por decirlo con claridad, con un humor del orto.

El siguiente sábado por la tarde los encontró en la pileta. Sólo que esta vez estaban acompañados. Los visitaba Juliana, que en este momento se trenzaba en una charla sobre medicina alternativa con Bauleti. La rubia insistía en que las flores de Bach podrían ayudarle con el dolor crónico que sentía en el hombro.

Juliana tenía un pelo rubio y denso. Con lindas facciones, buen cuerpo y la risa fácil. Estaba terminando psicología, pero también se interesaba en la astrología, en tirar las runas y en el consumo de productos libres de maltrato animal.

El problema de Manuel es que era una piba objetivamente agradable. Esto hacía que el desagrado que sentía por ella resultase demasiado evidente para todos los implicados. Aunque él tampoco se esforzase ni un poco en disimularlo.

— Mira vos, che — Le tiró con un tonito que quiso parecer inocente, pero solo sonó desagradable, metiéndose en la charla — El traumatólogo ya le dijo que es tendinitis y lo mejor es que pase por quirófano. Pero seguro con un aceitito se cura.

— No dije que lo vaya a curar — Le respondió la rubia con un tono neutro. Se notaba que, de no tratarse del mejor amigo de su novio, posiblemente lo hubiera mandado a cagar – Pero sí que podría ayudarlo… hay muchos artículos que explican…

— Sisi, seguro debe tener mucho rigor científico eso que viste en TikTok — Le contestó con una sonrisa condescendiente — Mala mía.

— Mernuel... — Le llamó la atención Lautaro, que venía siguiendo el intercambio con el ceño fruncido. Manuel lo ignoró, pero la charla se desvió para el lado del futbol.  Santiago aprovechó la oportunidad para educarlos. Y le dedicó los siguientes quince minutos a explicar las chances concretas que tiene el Arsenal de salir campeón en la Premier.

Minutos después, la guerra fría continuó. El de ojos verdes era consciente de que, así como él no podía ver a la rubia, aquel desagrado era completamente recíproco. No pudo más que confirmarlo cuando la vio volver de la cocina, cargada de una bandeja con una nueva tanda de bebidas.

— Tengo una birra para Santi, una coquita zero para Lauti, mi kombucha de hibiscus y… ¡Ay, que tonta! — Dijo con una sonrisa provocadora, mirándolo deliberadamente a los ojos – Me olvidé tu fernet, Manu.

El susodicho se limitó a devolverle la mirada con desagrado, levantando una ceja. No pudo dejar de notar como ponía énfasis en su nombre, como si hiciera referencia a algo desagradable. La certeza de que ella lo detestaba le infló un poco el pecho. 

— Ay, que distraída — Le respondió, imitando un tono que pretendía ser dulce pero era falso como billete de tres pesos — Tenés que tener cuidado, Yuyu, si vas así por la vida, capaz hasta se te pierde tu novio.

— Che... — Lo volvió a censurar Lautaro, visiblemente fastidiado. Nuevamente, Manuel lo ignoró.

— No te preocupes, Manu — Le contestó la rubia, volviendo a poner énfasis en su nombre, ya sin esforzarse en disimular su desagrado — No creo que se me pierda en Barcelona. 

— Hay que ver que pasa con eso. — Respondió el pelinegro con los puños cerrados – Que yo sepa, todavía no googlearon ni el pasaje.

- Ah, ¿Lauti no te contó que mi primo ya nos ofreció un depto? — Sonrió con cierto dejo de malicia — Se ve que falla un poco la comunicación. Capaz deberías escuchar un poco más a tu amigo en lugar de pensar sólo en vos. 

Manuel se puso de pie, estaba lívido. Sentía que veía rojo, sus puños temblaban. 

— Vos no lo conoces como yo, flaca — Le dijo apretando los dientes — No te atrevas a hablar de nosotros. Yo...

Pero entonces se quedó callado. La miró sonreír con suficiencia, satisfecha por saber que le había golpeado donde le dolía. Lautaro los miraba enojados, mientras Bauleti jugaba con la condensación de la botella, mirando al piso con incomodidad.

— Manu — Lo llamó de nuevo el rubio. Manuel insistió en esquivarle la mirada.

— Yo… me voy a armar un fernet.

 

 

Acababa de sacar la bolsa de hielo del freezer. Como estaban allí hace rato, los rolitos estaban completamente unidos en un bloque uniforme. Aprovechó esa excusa para tomar la bolsa con ambas manos y empezar a golpearla con bronca contra el piso, mientras largaba una catarata de puteadas.

Una, dos, tres veces. Cree que llegó a golpear la bolsa al menos diez veces más. Después agarró un par de hielos, los tiró en un vaso y cerró el freezer con más fuerza de la necesaria. Pero no siguió armando el trago, se agarró la cabeza con ambas manos, con ganas de empezar a gritar, de romper cosas. Cualquier cosa que le permitiese escapar de su frustración.

Se sentía furioso. Porque lo que hace un rato era la posibilidad de que Lautaro se vaya, ahora le parecía una cuasi certeza. Tan enfrascado estaba, que no se dio cuenta de que el rubio lo había seguido y lo miraba con atención. No había notado que presenció su escenita con los hielos, y se sorprendió al verlo cara a cara.

Tenía el ceño fruncido y los labios apretados. No pudo dejar de pensar en lo lindo que estaba. Con la piel tostada por los rayos del sol y el pelo rubio totalmente descontrolado. Estaba sin remera y sus pezones se erguían erectos por el cambio de temperatura. Tuvo que contener la pulsión de tocarle la piel, para verificar si se sentía caliente al tacto.

— Che, ¿qué carajo te pasa? — Lo increpó con tono de pocos amigos, sacándolo de su ensoñación – Si estás de mal humor no te la agarres con Juliana, ella no te hizo nada.

— Le hice un chiste y se lo tomó para el orto — Contestó haciéndose el boludo — Siempre jodemos así nosotros, si no se la banca…

— Dale, Manu — Le replicó, con poca paciencia — La estas tomando de punto y es cualquiera, no entiendo que te…

— No quiero que te vayas — Lo cortó en seco. Notaba la desesperación en su propia voz, pero no creía ser capaz de detenerse — No quiero que hagas planes, ni reserves vuelos o aceptes irte a ningún depto de mierda.

— ¿Estas mal del bocho, vos? No hice nada de eso. — Lo frenó el rubio — Si, el primo de Juli nos propuso eso, pero no hay nada cerrado.  

— Bueno, no lo hagas — Le respondió con el ceño fruncido.

El rubio se quedó mirándolo por un rato largo. Luego cerró los ojos, se rascó el pelo con la mano derecha y suspiró.

— Sos muy injusto — Le dijo con enojo — No tenés derecho a hacerme este tipo de planteos. No fui yo el que tuvo miedo de que pasara algo. No fui yo el que quiso fingir que no pasaba nada para que no se pudra todo. Pero si entendí tu decisión y la respeté.

— Eso no es… — Intentó protestar, pero sin estar muy seguro de qué decir. De todos modos, no pudo continuar porque el rubio siguió hablando.

— ¿Y además, a vos qué te importa si me llego a ir? — Le dijo con la voz cargada de cansancio — Si ya sabías que no quiero stremear para siempre. Que solo estoy acá por vos.

El de ojos verdes lo miraba compungido. Frustrado consigo mismo, por no poder verbalizar lo que le pasaba. Y en el medio, Lautaro seguía descargando la bronca que venía acumulando. Manuel se sentía como una olla a presión a punto de estallar. Cada palabra de Lautaro, cada reclamo (completamente fundado) del rubio, no hacía más que aumentar el torbellino que era su cabeza. No se iba a poder contener. Todo se iba a ir a la mierda.   

— ¿Sabes cuál es tu problema? Que sos un cagón. No querés hacerte cargo de lo que te pasa conmigo. Pero tampoco me dejas seguir adelante. Me esquivas cuando quiero hablarte al respecto y no me contestas los mensajes. Y después querés que yo siga estando acá, esperando indefinidamente por vos. No es así, no es justo, no podes…

Y ahí sí. Sintió que fue demasiado. La barrera se rompió. Y sí, todo se fue un poco a la mierda.

— SOS UN PELOTUDO — Le gritó al rubio con la mirada desencajada y lleno de frustración, mandando cualquier dejo de cautela a la mierda. Tenía la cara completamente roja — ¿NO TE DAS CUENTA DE QUE TE AMO? ¿QUE NO PUEDO VIVIR SIN VOS?

Lautaro se quedó mirándolo. Y él hizo lo propio, exhalando con rapidez. Sentía que le temblaba la respiración y también las piernas. Se mantuvieron en un silencio cargado que sólo se rompió por un sollozo que no era de ellos. Sino de Juliana, quien se arrimó detrás del marco de la puerta y evidentemente había escuchado toda su discusión.

Luego la vieron irse corriendo. Lautaro lo miró entonces con ojos atormentados. Cargados de sensaciones que no se sentía capaz de explicar. Y poco después se fue tras ella, dejándolo sólo.

 

 

Nuevamente caía la noche en el balcón. Lautaro lo encontró como siempre, apoyado en la baranda, mirando a la nada. No se sentía listo para hablar con él, luego de haberse expuesto de esa forma, como un pelotudo.

Notó que el rubio se apoyó en la baranda, a su lado. Ambos mirando al cielo, que empezaba a estrellarse. Se saludaron con un simple “Hey” que casi se pierde en el viento.

— Linda escenita te mandaste, eh — Le dijo Lautaro con un tono neutro. Le pareció que intentando ocultar una sonrisa.

—…Perdón — Dijo lacónico. Luego le preguntó, más por compromiso que por verdadero interés — Fue cualquiera. ¿Cómo está Juliana?

— No sabría — Respondió con una sonrisa un tanto melancólica — Nos peleamos.

Ante esto, Manuel se quedó en silencio. Un poco conflictuado por la inmensa alegría que sentía, Pero sintiéndose culpable, por imaginar que el rubio estaba triste por la noticia. 

— Uh, la puta madre Lauti…

— No empieces — Lo cortó, poniendo los ojos en blanco, pero sin sonar particularmente enojado – Sé que no lo lamentas para nada. No te hagas el boludo.

— Es verdad — Admitió sin reparos — Pero tampoco es justo para vos. No tenés la culpa de lo que me pasa a mí. No tengo ningún derecho a interferir con tu proyecto de vida, sea acá o en Barcelona.

— No estoy tan de acuerdo — Le respondió el rubio con sencillez y una sonrisa suave en el rostro — ¿Te acordás de nuestra charla, no? La que tuvimos antes de que volviera.

— Nunca podría olvidarme — Respondió con nostalgia y un dejo de tristeza, un poco desbordado por el peso de su angustia — Te juro que pienso en eso más seguido de lo que quisiera. Y tengo miedo.

— ¿Por qué? — Le preguntó, aunque sabía la respuesta. 

— Porque soy el que te hizo venir hasta acá. Pero también el que te hizo irte — Dijo con un hilo de voz — Porque no sé bien qué hacer con todo lo que siento. Y me aterra que pase otra vez, que no te quede otra opción más que irte a la mierda.

— Sos el que hizo que me fuera — Concedió Lautaro, mientras le agarraba la mano con algo de timidez — Pero también sos el que me hizo volver.

Ante este contacto, Manuel no pudo resistir la pulsión de abrazarlo. Posiblemente, con suficiente fuerza como para hacerle daño. Pero sencillamente no se podía contener. Cuando el rubio correspondió el abrazo, escondió el rostro en su cuello, inhalando su perfume. Algo con notas delicadas, con un poco de coco y vainilla.

Era demasiado. No pudo evitar el besarlo allí, donde las venas de la yugular marcaban su pulso, murmurando palabras desesperadas “perdón”, “no te vayas nunca”, “no me dejes”. Sentía una incontinencia verbal que podía llegar a desarmarlo.

Era posible que realmente se estuviera muriendo de amor. La puta que lo parió al que inventó esa frase de mierda. Pero luego escuchó que Lauti se reía y al mismo tiempo se le quebraba un poco la voz “¿A dónde me voy a ir, mogul? Si acá está el tarado del que me enamoré”.

Es posible que no haya ni amagado a pensar, porque en menos de un segundo estaba comiéndole la boca. La ternura de sus palabras había dado paso a algo más cercano a la desesperación. Sus besos estaban cargados de algo mucho más voraz y desenfrenado. Sus lenguas se trenzaron en una batalla sin cuartel.

Sólo se separaban para tomar aire y, en esos breves lapsos, jadeaban para recuperar el aliento mientras se comían con la mirada. Manuel no podía apartar la vista, hipnotizado por la energía desbocada del rubio, que movía sus caderas buscando una fricción desesperada.

Estaba listo para que se pudra todo.

 

 

No sabe bien cómo pudieron encontrar el camino del balcón al cuarto. Entiende que fue a fuerza de tropezones y más de un golpe. Es posible que mañana encuentre más de un moretón con la cantidad de muebles que se llevó puestos.

Pero lo cierto es que en un punto llegaron la cama y se desvistieron casi que sin separar sus labios. El pelinegro se sentía mareado, atrapado en una fantasía febril. Casi le daba miedo la idea de despertarse con una polución nocturna.

Pero él era real, como lo era su desnudez. También lo era Lautaro, que devoraba su cuello con desesperación mientras pellizcaba sus pezones. Lautaro era real cuando bajaba por su vientre, dándole besos desesperados mientras lo miraba a los ojos con un dejo de locura.

Y, sin duda, Lautaro era real mientras extendía su lengua hambrienta y apoyaba el peso de su miembro en ella. Es posible que luego de eso Lautaro siguiese siendo real, pero su cerebro se desconectó, así que no podía asegurarlo del todo.

Sin duda parecía irreal la forma en que el más joven lo hacía sentir. Mientras lo estimulaba con los labios y le hacía poner los ojos en blanco. Mientras ejercía un poder misterioso que obligaba a sus manos a enroscarse en sus pelos rubios, con fuerza suficiente para sentirlo allí. Pero no con la suficiente como para alterar el rítmico vaivén con el que estimulaba su falo.

Creyó liberarse de su embrujo cuando sintió un “pop”. Es allí que se dio cuenta que Lautaro liberó su miembro, el aire frío en contacto con su verga húmeda le dio escalofríos y un poco de claridad. Pero eso sólo fue hasta que vio que el petiso subió para buscar sus labios y besarlo con algo de torpeza y mucha desesperación.

Luego Lautaro lo miró fijamente, completamente sonrojado pero con un brillo pecaminoso en sus ojos. Se acercó lentamente a su oído y le susurró con las peores intenciones “Manu, quiero que me comas el orto” para luego morderle el lóbulo derecho.    

Es posible que un hombre más fuerte hubiese podido resistirse ante semejante pedido. Pero Manuel se sentía muy en paz con su propia debilidad. Por lo que escuchó la risa de Lautaro cuando lo tomó de la cintura y lo revoleó sobre la cama. Con una velocidad que desconocía en si mismo, escondió su rostro en los montes carnosos a los que había dedicado tantísimas pajas.

Comenzó a besar y morderla las nalgas del Lauti como si fuese una bestia, robándole gemidos desesperados. Realmente sentía algo profundamente animal, mientras sus manos gigantes apretaban esos globos con fuerza, marcándolos. Mientras su lengua se abría paso para llenar sus papilas gustativas de sexo y pecado.

No pudo resistir la tentación y lo nalgueó con fuerza, siendo recompensado con un grito de placer. Luego miró con admiración la marca afiebrada, de un rojo punzante sobre la exquisita piel blanca. Se vio obligado a repetir el procedimiento varias veces.   

Lo cierto es que nunca antes le había comido el culo a un hombre. Pero después de probar a Lautaro, de escucharlo gemir como un poseso mientras su lengua se abría paso y lo dilataba, sentía que si no volvía a hacerlo podría matarse.

Llegó un punto en el que su lengua no se sentía suficiente, así que decidió probar con un dedo. Y luego con dos. Era una danza perversa, musicalizada por los gemidos de Lautaro, que parecía cerca del Nirvana.       

Su Lautaro. Lautaro, que era ternura y locura en partes iguales. Lautaro que, en un momento, le pidió que se tumbe en la cama. Lautaro que se sentó a horcajadas sobre su miembro. Lautaro que lo cabalgaba como un poseso y parecía inmerso en un profundo trance, con sus ojos casi en blanco al sentir que el placer lo desbordaba. Lautaro que movía sus caderas con un ritmo frenético, y gemía como un animal, como si no fuera capaz de saciarse.

Manuel estaba desbordado de sensaciones. El profundo amor que sentía por el rubio se mezclaba con la lujuria y la furia. Lujuria, al sentir  como los enormes cachetes del culo del rubio rebotaban contra sus caderas de manera desenfrenada. No dejándole otra opción que suministrarles nuevas y sonoras nalgadas. Al sentir como la entrada del rubio liberaba la mayor parte de su miembro, para luego empalarse nuevamente. Una y otra vez, en un ritmo frenético que los tenía extasiados.

Y furia al siquiera imaginar que cualquier otro infeliz le haya enseñado a moverse de esta forma. La sola posibilidad de que esta no fuese la primera experiencia de Lauti con un hombre lo enloquecía. Veía rojo con solo imaginar qué otras manos y qué otras vergas pudieran haber pasado por el rubio. Eso lo llevó a embestirlo incluso con mayor intensidad, porque si existía la posibilidad de que él no fuese el primero, se sentía obligado a ser el mejor.

Y así fue hasta que las estocadas empezaron a ser descoordinadas, más erráticas, el clímax iba a llegarle a ambos con vergonzosa rapidez. Lauti acabó primero, manchándole el vientre. Dos o tres estocadas después, él hizo lo mismo, llenándolo entre gemidos e insultos. Tras lo cual, Lauti se siguió moviendo despacio, como si quisiera cabalgar los espasmos residuales de su orgasmo. Se reía cansado y con los ojos cerrados.

Luego se desplomó encima de él, todavía riendo con cansancio. Ambos estaban empapados de sudor. Sus bocas se encontraron en besos suaves, perezosos.

— Qué asco, la puta madre — Le dijo unos momentos después el rubio, sin dejar de reír. Se bajó de encima de él y se puso a su lado, mirándolo con ojos cansados. Con un brillo intenso en sus ojos marrones.

— No parecía que te diese mucho asco hace un toque, bebote — Dijo con ganas de pelearlo, mientras le corría un mechón rubio de la frente transpirada. Manuel se mordió el labio, sin poder contenerse y comiéndolo con la mirada — Estas hermoso.

 El efecto fue instantáneo. Lauti se puso colorado y se movió un poco incómodo. Como si fuese incapaz de asimilar que alguien pudiese ver belleza en él. Le causó gracia que la misma persona que recién le montaba la pija, mientras le decía guarangadas, también pueda sonrojarse por recibir un cumplido.

Le causa gracia que una misma persona pudiese tener dos facetas tan diferentes. Y se conmueve porque sabe que ama estas facetas y todas las demás. Porque lo ama a él. 

 

 

Se quedaron acostados en la cama, compartiendo un par de secas y comiendo huevos kínder. Hablaban de pavadas y se robaban besos tiernos, cargados de promesas de un futuro venturoso.

- Sos muy cagón, ¿sabes? – Le dijo con una sonrisa suave mientras su mano trazaba las líneas del tatuaje de mariposa que tenía en el pecho. 

- Si, ya sé – Respondió tímido, mirando la mano del rubio con los cachetes colorados.

- No te quería presionar. Quería darte tiempo. No solo para que tuvieras en claro lo que sentías, sino también para que definas qué querías hacer con eso. Pero la verdad es que te tardaste mucho, Lentonuel.

- Bue, pará – Se quejó, aún más colorado – Como una persona que está re loca, uno creería que serías más empático ante una persona mambeada.

- Bueno, empático soy – Le respondió con un beso – Acá estoy, ¿no?  

- Acá estas – Concedió, tomándolo por la cintura. Luego dijo, con un tono que pretendió ser canchero pero denotaba inseguridad. – ¿Y acá vas a seguir estando, no?

Lautaro lo miró con una sonrisa y alzó una ceja. Dejándole en claro que no lo podía engañar. Que veía y entendía sus miedos. Luego procuró ahuyentarlos.

- Siempre.

Se fundieron en un nuevo beso. Uno de los últimos con gusto a verano. Un beso que era, y de esto Manuel estaba completamente seguro, sólo el inicio de todo lo que compartirían juntos. 

  

 

Notes:

Dudé mucho con esa escena explícita. Es posible que no vaya al cielo.

Juliana es un nombre artístico para Yuyu, que en forma alguna se parece a la real (calculo). La cuidamos (?).

En todo caso, gracias por leer :)