Chapter Text
Timor non est in caritate : sed perfecta caritas foras mittit timorem, quoniam timor pœnam habet : qui autem timet, non est perfectus in caritate.
En amor no hay temor; mas el perfecto amor echa fuera el temor: porque el temor tiene pena. De donde el que teme, no está perfecto en el amor
Juan I - 4:18.
Las bicicletas chirriaban a causa del óxido y la falta de un mantenimiento continuo y apropiado. Era correcto decir que existía cierta intimidad oculta tras un velo de tierna ingenuidad dentro del acto de pedalear sin rumbo fijo antes de que el amanecer se asomara en la línea que trazaba el limite entre el cielo y el suelo dentro del horizonte. En realidad, ninguno de los dos estaba seguro de hacia dónde se dirigían ni de lo que les deparaba en ese camino sin pavimentar, pero aquello no importaba mucho. Cada uno de ellos sabía que solo antes de que el sol despertara podían disfrutar de aquella libertad que les otorgaba la privacidad de un mundo que aún permanecía dormido.
Frank era mucho más hábil con la bicicleta; desde siempre había sido un niño mucho más inquieto y corporalmente astuto, por lo que a Gerard le costaba bastante seguirle el ritmo y solo podía mirarlo desde atrás con un leve y tímido esbozo de sonrisa dibujado en la comisura de sus labios. Siempre anheló ser tan espontáneo como su amigo y no sentirse cohibido por aquel velo de inseguridad y timidez.
“Te amo, quisiera meterme en tu estomago y poder habitar dentro de tu piel”
A Gerard siempre se le prohibió mantener contacto con otros niños y niñas de su edad en cualquier contexto que fuera distinto a las reuniones de la iglesia y a su único hermano, Mikey. Sus padres (especialmente su padre) siempre temieron que pudiera recibir malas influencias y desviarse del camino moral que habían previsto para su hijo, razón por la cual siempre le aplicaron prohibiciones más severas que al resto de los niños. Todo esto hizo de Gerard un niño extremadamente tímido, niño al que hablar con otras personas le resultaba aterrador e imposible. Su lenguaje era muy limitado, casi caricaturesco, a causa de las similitudes que guardaba con las antiguas traducciones de las Biblias que su padre acumulaba en casa.
—“Gerard, date prisa, ya casi llegamos”.—Frank lo despertó de su momentáneo letargo.
Había una calidez muy peculiar en Frank que Gerard nunca había percibido en ningún otro ser humano ni circunstancia previamente, y era por eso que sentía que cada vez dependía más de él. Hasta cierto punto, se sentía cómodo con él. Gracias a él, se había reído por primera vez, había sufrido su primera caída de bicicleta y había infringido las normas de conducta impuestas por sus padres al escapar por la ventana de su habitación a las cuatro de la madrugada para que no sospecharan nada.
“Tengo frío, por favor, entrégame un poco de tu calor antes de que el terror me consuma los huesos”.
Gerard no conocía bien la situación en casa de Frank. Lo poco que había mencionado era que sus padres no le prestaban mucha atención, ya que ambos tenían que trabajar mucho y lo dejaban solo durante largos periodos de tiempo. Frank hablaba de ello con tristeza, pero en el fondo Gerard deseaba poder experimentar esa libertad.
Mientras hablaba con su amigo, percibió en él cierta similitud con el gradual cambio de colores que teñía el cielo frente al que se erigían. Frank poseía ese mismo tono que le hacía sentir parte de algo mucho más grande, de una inmensidad tan vasta como el propio universo. ¿Era este el amor caritás que predicaba la religión?
Se sintió culpable tan solo por pensar en ello y prefirió guardar silencio.
-“¿Alguna vez has pensado en marcharte de casa?”-preguntó Frank.
La pregunta tomó a Gerard desprevenido. A decir verdad, ambos eran todavía niños, de nueve y ocho años, y era un poco ridículo plantearse la posibilidad de abandonar el hogar. ¿Qué podría hacer un niño de ocho años para sobrevivir? ¿Por qué se plantearía dejar su casa cuando tenía un techo sobre su cabeza, una cama y algo de comer?
-“No lo creo”.- negó con la cabeza un par de veces-.“¿Qué hay de ti?”
-“A veces desearía poder irme lejos. Después de todo, mamá y papá nunca están en casa, ni siquiera se darían cuenta”.- confesó Frank.-“Tu padre parece ser un tipo muy gruñón. Deberíamos huir juntos. Podríamos comer mucho chocolate y jugar videojuegos toda la tarde”.
Gerard no pudo evitar reírse ante semejante ridiculez. Frank solo sonrió.
…
Después de eso, Gerard se despertó temblando y empapado en sudor. ¿Qué había sido ese sueño? ¿Quién era ese niño de su sueño y por qué le había parecido tan real? La idea de que pudiera ser alguien de su pasado comenzó a rondarle la cabeza, pues era la quinta noche consecutiva que tenía ese sueño. Era verdaderamente frustrante no poder recordar casi nada de su infancia.
Se limpió la cara, cepilló su cabello y se preparó para bajar a desayunar junto a sus padres y su hermano, como lo hacían todos los días. Hoy era el turno de Mikey de decir la oración matutina mientras su madre servía el pan tostado, como era costumbre. De hecho, parecía una mañana como cualquier otra, pero Gerard estaba muy nervioso por los repetidos sueños que había estado teniendo últimamente, un nerviosismo que no pasó desapercibido para su padre.
-“Pareces incómodo, Gerard”.- le dijo con ese tono ronco que a menudo tenía su voz.
-“No es nada”.- respondió Gerard sin mucha convicción. “He tenido un par de sueños que me han estado molestando últimamente”.
-“¿Sueños? ¿Qué tipo de sueños?”.- preguntó su padre, arqueando una ceja.
-“No es nada", dijo Gerard, negando con la cabeza un par de veces.- "Soy yo, como en las fotos de mi cumpleaños número nueve, con un niño llamado Fran-”
-“Los sueños no significan nada, Gerard. No pierdas el tiempo con eso”.- Lo interrumpió su padre con dureza.
De repente, toda la habitación pareció sumirse en un silencio incómodo y sepulcral en cuanto se pronunció ese nombre, un nombre que Gerard ni siquiera se atrevió a pronunciar hasta la última sílaba. Era evidente que le estaban ocultando algún detalle, pero, como de costumbre, optó por guardar silencio, reservándose para sí mismo la recompensa de la misericordia y el perdón que callar suponía. Conocía bien la ira de su padre y la forma en que su madre fingía no ver ni escuchar nada, por lo que le resultaba más cómodo asentir con la cabeza como si nada hubiera sucedido y continuar comiendo, envuelto en el habitual silencio que tan bien conocía.
¿Quién era Frank? ¿Por qué mencionar su nombre causaba tanto malestar? Mentiría si no admitiera que eso solo servía para aumentar su sentido de curiosidad. Parecía como si algo en él esperara encontrar respuestas del pasado a través de ese nombre, el cual había quedado congelado en la frialdad de las paredes color hueso que lo rodeaban.
Y así fueron transcurriendo las horas del día, bajo el suave devenir de la vida cotidiana. Siempre sometido a esa falsa sensación de tranquilidad que se manifestaba a través de la ausencia de novedades y acontecimientos que trastocaran su rutinaria vida. Gerard se había acostumbrado a vivir así, asistiendo a clase, prestando servicio en la iglesia por las tardes y dedicando las noches a la lectura y a hacer los trabajos de clase.
La gente era amable con él, porque en un pueblo tan religioso le respetaban por ser el hijo del pastor. Pero esa amabilidad no se traducía en amigos ni en relaciones cercanas. Gerard no se quejaba de ello; era lo único que conocía y le parecía bien.
-"No podemos dejar que se entere de lo de Frank".- Escuchó decir a su madre en la distancia mientras hablaba con su padre.- "Especialmente ahora que los Iero han vuelto al pueblo".
-"Baja la voz, Gerard podría oírnos".-Dijo su padre con preocupación, pero era demasiado tarde porque Gerard ya lo había escuchado.
¿Frank había vuelto al pueblo? ¿Quiénes eran los Iero? Estas preguntas le rondaron la cabeza obsesivamente durante toda la noche. ¿Por qué se supone que no debía averiguarlo? ¿Quién era ese chico? Solo pensar en todas las posibilidades le hacía retorcerse de ansiedad en la cama, rezando para poder dormirse rápidamente y recibir algún tipo de señal a través de sus sueños, con la esperanza casi inútil de que ese niño con el que tanto soñaba pudiera revelarle alguna pista para encontrarlo y pedirle respuestas.
Le parecía casi profano buscar respuestas en alguien que no fuera Dios. Pero también era consciente de que Dios nunca le había proporcionado la misma calidez que le habían proporcionado esos sueños durante la última semana.
