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Normalmente, Manuel ignoraría el dispositivo electrónico, pero el sonido de la notificación es distintivo, uno que solo suena cuando una de las pocas personas más importantes en su vida decide contactarlo. Así que, con apatía, alcanza su celular y lo desbloquea. El brillo de la pantalla lo ciega por un momento; después de todo, es casi el final de la madrugada y está a medio dormir, aún echado en el sillón de la sala de estar, envuelto en mantas, con la televisión silenciada pero todavía encendida.
El mensaje es de Baulo y está configurado para verse solo una vez. Manuel se frota los ojos y se incorpora antes de darle clic. El video adjunto dura apenas un minuto y tiene un pie de nota que expresa de forma clara y sencilla: “De lo que te perdés por no salir”.
Al principio es difícil distinguir la escena, pero cuando el lente finalmente logra enfocar, todo cobra sentido. El rostro de un Lautaro muy borracho es lo primero que aparece, bajo luces de neón, en lo que Manuel asume es el baño de algún boliche de mala muerte. Tiene los ojos llorosos y los labios, oscurecidos y brillantes, estirados alrededor del miembro de Santiago.
El volumen está al máximo, así que Manuel puede escuchar la música amortiguada de fondo y, al mismo tiempo, la serie de sonidos que el rubio deja escapar mientras sube y baja la cabeza. La cacofonía se completa con los gemidos de Santiago, quien, detrás de la cámara, tiembla y susurra una serie de palabras, letra tras letra arrastrada: Qué rico la chupás, putita. Seguí así, seguí así.
Lautaro lo toma hasta el fondo, hasta que su nariz queda pegada a la pelvis del otro y las lágrimas le corren por las mejillas. Más abajo, en el cuadro de la imagen, se ven los pantalones y los bóxers de Santiago acumulados en sus pies, amontonados justo por encima de las zapatillas. Manuel también nota que el rubio se está tocando, dándose placer a sí mismo mientras su amigo lo toma del cabello y marca el ritmo.
Pasan unos veinte segundos antes de que ambos terminen: Santiago murmura exigente que trague todo y, casi al mismo tiempo, Lautaro acaba haciendo un desastre en el suelo. El video se corta justo cuando el rubio mira al lente y se muerde los labios.
(...)
Cuatro días después, Santiago se levanta de la mesa durante el almuerzo familiar para excusarse e ir al baño. Su familia lo observa con curiosidad, pero él está demasiado ansioso como para notarlo, casi temblando al suponer sobre qué puede tratarse el video que Manuel acaba de mandarle.
Con la puerta cerrada con llave y el volumen casi al mínimo, Santiago se asegura de prestar toda atención al mensaje de una sola reproducción: “A mi me la pide sin estar borracho”.
No se ve ningún rostro, pero Santiago reconocería esa piel blanca, casi lechosa en cualquier lugar. La cámara tiembla un poco; Aun así, el plano horizontal deja ver con claridad la espalda arqueada de Lautaro y, más abajo, cómo el miembro de su amigo ojiverde entra y sale de su agujero rosado.
Es lascivo, casi grotesco. Incluso con el volumen bajo, el celular vibra por los gemidos que se filtran uno tras otro, acompañados del golpeteo inconfundible de piel contra piel. Los brazos tatuados de Manuel entran en el plano; su mano izquierda recorre hacia abajo, manosea el culo de Lautaro y lo abofetea hasta dejar una marca roja y brillante en la carne. El ángulo se eleva apenas y Lautaro gira la cabeza por encima del hombro. Tiene la mirada perdida, los cachetes colorados e hinchados y un puchero de inocencia corrompida. Santiago casi tiene que pegar la oreja al parlante para oír la voz de Manuel: ¿Me vas a dejar acabarte todo adentro? ¿La querés acá?
Lautaro parece murmurar respuestas, pero el micrófono no llega a captarlas. Cuando la mano de su amigo se desliza bajo el abdomen del rubio y comienza a tocarlo para hacer que acabe, Santiago adivina que esas respuestas son pedidos de piedad. El video se corta con una última imagen: Lautaro tiene la cabeza hundida en la almohada, las caderas levantadas en el aire, mientras la corrida cae por sus muslos y él abre las piernas para mostrárselo a la cámara.
(...)
Casi una semana más tarde, Manuel está entrenando cuando hace una breve pausa para revisar sus mensajes. El arrepentimiento lo invade al instante en que, en la sala vacía del gimnasio, de todos los chats decide abrir el de su mejor amigo.
“Se quedó con hambre, me parece”.
Santiago no tiene buen pulso, pero hace su mejor esfuerzo por acomodar el celular en un punto estable. La cámara vertical deja ver lo que sostiene entre sus brazos: el foco está puesto en el rubio, en su espalda curvada y sus muslos carnosos, que trabajan subiendo y bajando sobre el miembro de Santiago.
Manuel no puede evitar perderse en la forma en que su culo suave y gordo rebota; la carne luce ligeramente enrojecida, lo cual cobra sentido cuando las manos del otro bajan para agarrarlo con desesperación y marcar un ritmo errático, casi animal. La ropa habla por sí sola: ambos están a medio vestir, como si la excitación apenas les hubiera permitido arrancarse algunas prendas antes de llegar al sillón del living. Lautaro no lleva nada debajo, pero conserva la remera azul subida por encima del ombligo; Santiago, una vez más, tiene los pantalones en los tobillos y los bóxers apenas bajados hasta los muslos.
Las manos de Lautaro se aferran a los hombros desnudos del otro; se impulsa a sí mismo mientras sigue cabalgando. Santiago, en cambio, succiona moretones justo debajo de su nuez de Adán y lanza preguntas al aire: ¿La sentís? ¿Te gusta como te cojo?
Las únicas respuestas audibles suenan como maullidos; gemidos y quejas constantes de Lautaro, que, ahogado en placer, sólo busca llegar al orgasmo.
El video dura apenas dos minutos, pero Manuel siente que ha pasado una eternidad cuando finalmente un Lautaro muy sobreestimulado acaba sobre el cuerpo del otro, con su miembro atrapado entre ambos abdómenes. La última toma es un ángulo desenfocado, casi cortado, de Santiago retirándose y la corrida comenzando a deslizarse hacia fuera.
(...)
El calendario apenas avanza dos días antes de que una nueva notificación alerte a Santiago. Es domingo y sabe que durmió más de lo deseado cuando despierta y el silencio del departamento vacío lo recibe.
Sus dos amigos no están, pero eso no lo sorprende. Tiene mensajes al respecto: Manuel le avisa que salieron por helado. Así que cuando abre el chat y ve que además hay un video enviado, espera enterarse qué sabores pidieron. En cambio, recibe algo muy distinto: “Entonces hay que darle la mejor leche.”
Distingue el baño de inmediato; es el mismo en el que estuvo hace cinco minutos, lavándose la cara. La diferencia es que en la imagen está saturado de vapor y la ducha, que normalmente permanece cerrada con los paneles de vidrio, está abierta de par en par, con el agua corriendo. Una cascada de gotas en las que Manuel y Lautaro se ahogan al recargarse contra los azulejos blancos.
El video, que Santiago sabe que fue tomado mientras él soñaba, es ruidoso: entre la lluvia de agua caliente, los gemidos del rubio y la cadera de Manuel chocando con la otra, todo se vuelve una mezcla de sonidos y golpes superpuestos. Están cuerpo contra cuerpo; Manuel se hunde hasta el fondo en Lautaro, que se balancea con la cabeza colgando hacia atrás, acompañando las embestidas. Se pone de puntas, buscando moverse en ángulos que le permitan alcanzar ese punto dulce que lo hace gritar.
No han pasado ni treinta segundos cuando Manuel da dos embestidas erráticas, una tras otra, y deja escapar un gruñido antes de descargar por completo dentro del rubio. Santiago mira con curiosidad la barra de tiempo, preguntándose qué ocupará los siguientes noventa segundos.
La respuesta llega cuando Manuel obliga a Lautaro a darse vuelta y, con una pierna subiendo a su cadera, lo dedea y masturba al mismo tiempo, hasta que el rubio termina llorando, prácticamente rogando otra vez por el miembro de su amigo. La última imagen que Santiago alcanza a ver es a un Lautaro desorientado, observando su propia corrida en la mano de Manuel, a la par que este le habla: te portaste tan bien para papi.
(...)
Se puede decir que Santiago le devuelve el favor al día siguiente. Manuel no está en casa, pero está al tanto del stream que sus dos amigos llevaron acabo; si bien no los acompañó, siguió atentamente todo el intercambio, mirando uno que otro clip que ya empezaba a circular por las redes.
En esas circunstancias, siente una mezcla de sorpresa y ansiedad cuando su celular vibra y, otra vez, el nombre del castaño aparece en la pantalla. “Me la pide en todos lados, en cualquier lugar, en todo momento”.
El video comienza y Manuel reconoce enseguida su silla gamer y, peor aún, el setup de pantallas y teclados frente a ellos. Santiago está sentado allí, completamente vestido, a excepción de su miembro, duro y erecto, que se escapa por el cierre abierto del pantalón. Lautaro, en cambio, está desnudo. No mira a la cámara; le da la espalda, con el torso inclinado hacia adelante y los brazos apoyados sobre el escritorio, lo suficientemente cerca como para no alejar el culo del regazo del otro. Santiago todavía no entra en él. Trabaja tres dedos dentro y fuera, estirando y abriendo su agujero rosado y brillante por el lubricante. El ambiente es casi silencioso, interrumpido solo por la pesada respiración de Baulo detrás de la cámara.
¿Qué querés? decile a la cámara.
Lautaro parece más lúcido que en cualquier otro video; aun así, cuando gira el rostro hacia el lente, su mirada sigue vidriosa, con la mirada de querubín bañada en pequeñas lágrimas casi imperceptibles.
Quiero tu lengua.
La voz del rubio es frágil, rota por el placer que lo atraviesa. Si el pulso de Santiago tiembla, no lo dice en voz alta. En cambio, le ordena que se ponga de pie, pero que permanezca reclinado.
La imagen comienza a moverse; el ángulo hace un recorrido descendente hasta fijarse en el culo del rubio, apenas de costado, lo suficiente para apreciar ambas curvas, su pene goteando y, al mismo tiempo, el rostro del castaño hundiéndose entre sus nalgas. Manuel supone que el celular terminó apoyado en la silla contigua, probablemente la de Baulo.
El gemido de Lautaro es largo y sostenido. Santiago usa una mano para mantenerle las piernas abiertas y, con la otra, ancla su cadera. Observa su agujero por varios segundos y luego, sin pena ni dudar, escupe sobre él. La saliva cae hacia abajo de forma inmediata pero la lengua del castaño no deja que avance mas allá de lo que él quiere. Con la punta de su lengua comienza delinear el borde y un gemido hambriento resuena con fuerza. Ese sonido parece ser el pie que Santiago necesita para comenzar a comérselo con mas ganas aun.
El video continúa así por varios segundos, el rubio acaba sin tocarse, impulsado únicamente por la lengua de su amigo entrando y saliendo de su agujero, recorriendo su entrada hasta la piel de sus pelotas, y termina con Santiago viniéndose por toda su espalda.
(...)
Esa misma noche, Manuel deja las cosas en claro para su amigo. Santiago no está, o mejor dicho, está en el pasillo del departamento, a punto de entrar, cuando recibe el video.
Ni siquiera se molesta en bajar el volumen, aunque se arrepiente cuando lo primero que escucha es el chillido de Lautaro.
"Qué curiosidad… a mí también me la pide siempre, hasta en tu cama."
Santiago reconocería esas sábanas en cualquier lugar, pertenecen a la cama en la cual duerme cada noche y ahora son el lecho donde sus dos amigos se retuercen uno contra otro. La cámara está enfocada directamente en el rostro de Lautaro; lejos de mostrarse apenado, sostiene la mirada del lente mientras recibe embestida tras embestida. Tiene la cara marcada, probablemente por la mano de Manuel. La rudeza con la cual lo está cogiendo se siente en el ritmo implacable, incluso hace temblar la cámara al compás de los cuerpos. Si Baulo se esforzara, podría escuchar de fondo al cabecero golpear la pared.
Por favor, por favor, mi amor.
Lautaro repite las palabras una y otra vez, con los ojos grandes y llorosos, pero Manuel no parece prestarle atención. En cambio, lo toma del cuello para silenciarlo. Reduce apenas la velocidad e inclina el celular hacia abajo, mostrando su propio miembro saliendo lento y regresando para entrar con fuerza. Por encima, el pene sin tocar de Lautaro comienza a formar un charco de líquido preseminal sobre su estómago, está rosado e hinchado, con toda la sangre de sus venas acumulándose allí.
Eso arranca una risita de Manuel, audible justo detrás de la cámara. ¿Querés que te la toque? Lautaro apenas parece procesar la pregunta. Manuel debe abofetearlo una, dos veces, antes de que solloce y asienta. Entonces se apresura a seguir cogiéndolo mientras lo masturba, arrancándole al rubio todos esos sonidos pecaminosos que solo alguien como él sabe provocar.
Antes que termine el video, su amigo enfoca el rostro de Lautaro, para dejar en evidencia cómo el rubio tiene la preferencia de llenar su boca con dos de sus propios dedos mientras se viene con la verga de Manuel enterrada lo suficientemente profunda como para abultar su vientre.
Para Santiago no es ninguna sorpresa que el último fragmento sea la sonrisa diabólica de Lautaro. Sin pensarlo, apura el paso y se dirige a la habitación donde sus dos amigos lo esperan.
