Chapter Text
Franco dudó hasta último momento.
No porque no quisiera viajar, ni porque el plan fuera algo malo. En realidad, todo sonaba bastante bien sobre el papel; unos días de descanso y diversión una vez terminada la temporada, sin compromisos, sin horarios estrictos y sin simuladores.
Una cabaña enorme en medio de la nada, esquí y mucha nieve. Un descanso real, pero también actividades para divertirse y pasar el rato.
El problema era el grupo.
No se sentía parte de ellos de la misma manera en que ellos parecían sentirse entre sí. Alex, Lando, Oscar, George, Charles y Max compartían años de amistad, había confianza entre ellos.
Franco los conocía, claro. Compartía con ellos carreras, eventos y charlas ocasionales. Incluso los veía más que a su familia y amigos durante el año.
Pero no era lo mismo. No todavía, al menos.
Había estado a punto de decir que no.
Alex fue el primero en insistir. Le dijo que iban a pasarla bien, que nada iba a ser incómodo para ninguno, y que además él necesitaba desconectarse un poco de todo eso que no le daba un descanso a su cabeza.
Que no iba a estar solo.
Lando fue el segundo. Él no necesitó decir mucho, un mensaje corto y directo fue más que suficiente.
Venís con nosotros, ¿no?
Nada más que eso hizo falta para que Franco comenzara a cuestionar su propia decisión casi tomada. Y de repente pensó que, si no iba con ellos, iba a arrepentirse.
Así que aceptó.
El avión privado de Max despegó a la mañana siguiente, muy temprano. Franco se sentó cerca de una de las ventanas, con los auriculares puestos aunque no estaba escuchando nada.
Podía oír las conversaciones, las risas y los comentarios sueltos, como planes para los siguientes días que tenían por delante.
George se lamentaba que la apertura de las pistas de esquí cercanas a la cabaña se atrasaran una semana, y Max se burlaba de él por haber organizado todo sin antes revisar el pronóstico del clima. Charles conversaba con su prometida por mensajes, Oscar dormía con la cabeza apoyada contra el respaldo de su asiento.
Alex se inclinó hacia Franco en algún momento y le preguntó si estaba bien. Franco asintió, con tanto sueño que no tenía energías suficientes ni para hablar.
Lando estaba unos asientos más adelante. No se miraron demasiado, no con todos los demás a su alrededor.
El vuelo fue relativamente corto. Al aterrizar, el frío se sintió incluso antes de bajar del avión.
El aeropuerto era pequeño pero funcional, rodeado de muchas montañas blancas que imponían respeto. Al bajar del avión, Franco se tomó su tiempo para observar su alrededor, respirando el aire helado.
Una camioneta familiar ya los esperaba afuera.
El dueño del lugar donde se quedarían se presentó apenas subieron a ella. Se llamaba Marco, tendría unos cincuenta y tantos años, con una barba blanca abundante, gorro de lana oscuro sobre su cabeza y una sonrisa casi tierna. Les dio la mano a todos, uno por uno, sin apuro alguno. Luego les explicó que la cabaña quedaba a poco más de una hora de ahí, que el camino estaba bastante despejado, aunque en los próximos días se esperaba una tormenta fuerte y ya no lo estaría.
—Nada fuera de lo normal para esta época del año.—dijo, y eso, por alguna razón, solo logró provocarle un malestar en el estómago.
Franco se sentó cerca de una de las ventanas otra vez. La camioneta familiar avanzó rápidamente por las calles mientras la ciudad quedaba atrás demasiado rápido. Pronto no hubo más edificios, ni estaciones de servicio. Solo árboles altos, nieve acumulada a los costados del camino y montañas que parecían repetirse una y otra vez, sin fin.
Mientras admiraba el repetido paisaje, Franco no pudo evitar pensar en algo que había notado en las calles de la ciudad. Habían muchos papeles de personas desaparecidas, pegados por todas partes. Algunos parecían llevar pegados mucho más tiempo que otros, con los rostros ya borrosos y los nombres ya ilegibles.
Franco frunció el ceño, pero no dijo nada. No quería parecer un paranoico frente a los demás. Además, Alex empezó a hablarle justo en ese momento, contándole algo sobre una caída ridícula que había tenido el año anterior cuando intentó esquiar por primera vez. Franco se giró hacia él, sonrió y dejó los pensamientos anteriores atrás.
Y cuando finalmente llegaron al lugar, la cabaña apareció entre los árboles. Era grande, de una madera oscura, con el techo inclinado y unas enormes ventanas que daban directamente hacia el bosque a su alrededor. No parecía abandonada para nada, pero se notaba que apenas era usada durante el año.
Marco les explicó todo apenas entraron. Les dio un largo recorrido por el lugar; mostrándoles la cocina, la despensa con alimentos, y el generador de luz afuera, a unos cuantos metros de la casa.
—Tienen comida y agua para dos semanas.—dijo.—El generador de luz funciona bien, quizás, de vez en cuando, lo escuchen haciendo unos ruidos raros, pero no se preocupen por eso. Vengo en dos días a revisar todo y a traerles lo que necesiten de la ciudad.
También les recordó que las actividades del parque cercano todavía no estaban abiertas. Que el esquí iba a tener que esperar una semana más.
—Y por la tormenta...—agregó.—Mejor no se alejen demasiado de la cabaña. No es una buena idea salir a explorar con el tiempo así.
Después se fue. La puerta se cerró detrás de él y, por primera vez, quedaron solos.
Eligieron habitaciones sin demasiado drama. Todas eran individuales, repartidas en dos grandes pisos. Franco eligió una que daba a la parte más boscosa del bosque, con más árboles. Dejó la valija sobre la cama y se sentó un momento, escuchando el cómodo silencio mientras comenzaba a desempacar sus pertenencias.
Almorzaron todos juntos más tarde, algo bastante simple. Hablaron, rieron y se burlaron aún más de George cuando en la televisión anunciaron que la probabilidad de la tormenta había aumentado considerablemente.
—Genial tu organización.—le dijo Max.
George levantó las manos en señal de rendición.
—Ninguno de ustedes se va a morir por quedarse unos días más acá adentro.
El resto del día pasó lento.
La señal era realmente mala, el internet era casi inexistente. Uno a uno se fueron dispersando, cada uno en sus propios asuntos. Franco, aburrido, decidió salir a caminar un poco. Se puso un abrigo y salió sin decirle nada a nadie.
Bosque era todo lo que había a su alrededor, solo árboles y nieve. El silencio era, de alguna forma, mucho mas notorio acá, casi incómodo.
Caminó unos metros, observando los árboles y la nieve intacta. Vio lo que parecía ser un depósito a lo lejos, y al acercarse mas a él, escuchó el ruido del generador de luz.
Pensó en acercarse un poco más, pero una voz a sus espaldas lo detuvo.
—¿Ya andas buscando problemas?
Lando apareció de la nada, con las manos en sus bolsillos y sonriendo. Franco lo empujó juguetonamente, se rieron entre ellos. El aire frío se les metía en los pulmones con cada inhalación.
Y entonces, de un momento a otro, Lando lo besó. Franco correspondió aquel beso sin pensarlo demasiado.
Habían extrañado esa sensación que recorría sus cuerpos cuando estaban juntos, cuando se besaban y tocaban.
Todo a su alrededor desapareció repentinamente; los árboles, la nieve, la cabaña y sus amigos. No había nada más ahí para ellos, nada que no fuera el otro.
Tal vez fue por eso que no vieron la figura quieta entre los árboles, a unos cuantos metros de distancia. Tal vez fue por eso que no notaron los ojos observándolos fijamente desde la lejanía.
