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El aire en la casa olía a café recién hecho y al sudor residual de otra noche de streaming hasta altas horas. Lautaro se estiró en el sofá, la espalda un poco adormecida por horas de estar sentado en la silla frente a la pc, mientras revisaba los mensajes en su teléfono. El sonido de la ducha corriendo en el baño de Manuel llegaba amortiguado, mezclado con el zumbido del aire acondicionado prendido para aliviar el calor pegajoso de la madrugada. Desde hacía semanas, algo en el ambiente se había vuelto eléctrico, como si cada mirada, cada roce accidental entre ellos, cargara una tensión que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.
Lautaro suspiró y deslizó el dedo sobre la pantalla, abriendo el chat con Ian. El tipo era insistente, pero no de una manera molesta; más bien, con esa seguridad que solo tienen los que saben exactamente lo que quieren. "Esta noche, entonces. No me hagas esperar", decía el último mensaje, acompañado de un emoji de lengua fuera que hizo que a Lautaro se le secara la boca. Sabía que debería sentirse culpable. Manuel estaba a solo unos metros, bajo el chorro de agua caliente, probablemente con la espalda tensa como siempre que algo lo carcomía por dentro, pero después pensó, que se joda. Si Manuel no iba a hacer nada al respecto, ¿por qué él tenía que seguir sufriendo en silencio y esperando por nada?
En el baño, Manuel apretó los puños contra la pared de azulejos fríos, dejando que el agua le cayera sobre la nuca mientras intentaba sacarse de la cabeza la imagen de Lautaro riéndose con Ian la noche anterior. Había visto como el otro chico le pasaba un brazo por los hombros, como Lautaro no se apartaba, como sus labios se rozaban al susurrarse algo al oído. Santiago tenía razón: era un cobarde. Llevaba meses deseando a Lautaro, soñando con sus gemidos, con el modo en que se mordía el labio inferior cuando estaba concentrado en algo, en la curva de su espalda cuando se inclinaba para alcanzar algo. Pero en lugar de actuar, se limitaba a observarlo desde la distancia, como un espectador de su propia tragedia.
—Te vas a arrepentir si no le decis nada— le había dicho Santi esa misma mañana, mientras Manuel se servía un café con manos temblorosas. —Lautaro no es de los que esperan eternamente, y Ian no es precisamente un santo. Si no te moves, alguien más se lo va a llevar.
Manuel había murmurado molesto algo incomprensible y se había llevado la taza a los labios, quemándose la lengua sin importarle. Ahora, bajo el agua, intentó convencerse de que no le importaba. Que si Lautaro quería coger con Ian, era problema suyo. Pero el nudo en el estómago no se aflojaba, y cuando escuchó el sonido de la puerta del cuarto de Lautaro cerrándose, seguido de su voz baja y ronca al hablar por teléfono, algo dentro de él se quebró.
—Decime otra vez lo que me harías — escuchó que Lautaro decía, y el tono era tan íntimo, tan cargado de lujuria contenida, que Manuel sintió como su propia polla se endurecía traicionera entre sus muslos. Se quedó quieto, el agua corriendo sobre su cuerpo tenso, mientras la voz de Lautaro llegaba clara a través de la puerta entreabierta. —No, así no. Descríbimelo… ¿Cómo te gustaría que te la chupe? ¿Me la meterías toda hasta sentir que me estás ahogando?
Manuel contuvo la respiración. El silencio que siguió fue interrumpido por un gemido ahogado de Lautaro, seguido de un susurro que lo atravesó como una cuchilla.
Moski hablo nuevamente - Ian, quiero que me tengas contra la pared, con una mano en mi garganta y la otra en mi culo… Que me chupes el cuello hasta dejarme marcas, que después bajes y me muerdas los pezones hasta que casi me corra solo con eso. Y cuando ya no pueda más, me des la vuelta y me metas la lengua en el culo, lento, volviendome loco… -
Manuel cerró los ojos, pero la imagen se formó igual: Lautaro desnudo, jadeando, con las manos apoyadas contra la pared mientras Ian lo devoraba. Su propia polla palpitaba dolorosamente, y por un segundo, consideró masturbarse ahí mismo, aliviando la presión con la fantasía de que era él quien hacía todas esas cosas a Lautaro. Pero entonces escuchó el resto.
—Y cuando por fin me la metas, que sea tan fuerte que sienta que me voy a partir en dos. Que me llenes de tu leche caliente, Manu… Mierda, que la sienta toda dentro de mí.
El nombre de Manuel en labios de Lautaro, que al parecer se le escapo en el momento de calentura, mezclado con la descripción cruda que le daba a Ian, fue demasiado. Un gruñido escapó de su garganta antes de que pudiera contenerlo, y sin pensarlo dos veces, cerró el grifo, agarró una toalla al azar y salió del baño como un torbellino, dejando un reguero de agua a su paso.
La puerta del cuarto de Lautaro estaba entreabierta, y a través de la rendija, Manuel vio su silueta recortada contra la luz de la pantalla del ordenador, el teléfono aún pegado a la oreja. No llevaba camisa, y los pantalones del pijama colgaban bajos en sus caderas, dejando al descubierto la línea oscura que desaparecía bajo la tela. Manuel empujó la puerta con tanta fuerza que golpeó la pared, haciendo que Lautaro se pusiera de pie, el teléfono cayendo de sus manos.
—¿Qué carajo? —
No tuvo tiempo de terminar la frase. Manuel lo agarró por los hombros y lo estrelló contra la pared, su cuerpo presionando el de Lautaro con una furia que no era solo rabia, sino algo mucho más peligroso: deseo puro, sin filtros. Los labios de Lautaro se abrieron en un grito de sorpresa, pero antes de que pudiera protestar, Manuel los selló con los suyos, mordiendo, lamiendo, devorando como si quisiera borrar de su boca el sabor de cualquier otro.
Lautaro se quedó paralizado por un segundo, pero entonces un gemido profundo vibró en su pecho, y sus manos volaron hacia el pelo húmedo de Manuel, enredándose en los mechones mientras respondía al beso con la misma desesperación. Sus lenguas chocaron, enlazadas en una danza sucia y hambrienta, y cuando Manuel lo empujó con más fuerza contra la pared, Lautaro sintió cómo la erección del otro se clavaba contra su muslo, dura como el acero.
—Te quiero— jadeó Manuel contra sus labios, las palabras saliendo entre dientes, como arrancadas. —Mierda, Lautaro, siempre te quise. No puedo aguantar más esto.
Lautaro lo miró con los ojos vidriosos, las pupilas dilatadas, y por un segundo, Manuel temió que lo rechazara. Pero entonces Lautaro sonrió, un gesto lascivo y triunfal que lo hizo estremecerse.
—Entonces demostramelo— susurró, deslizando una mano entre sus cuerpos para rozar la pija de Manuel a través de la toalla. —Pero no como un cobarde. Como un hombre que sabe lo que quiere.
Eso fue todo lo que Manuel necesitaba. Con un gruñido, arrancó la toalla de su cintura y la lanzó al suelo, dejando al descubierto su cuerpo tonificado, la piel aún brillante por el agua, la polla erguida y palpitante, la punta ya humedecida por el presemen. Lautaro no se quedó atrás: se sacó los pantalones del pijama de un tirón, dejando que su propia verga, gruesa y curvada hacia arriba, saltara libre. Los dos se miraron, jadeando, y entonces Manuel cayó de rodillas frente a él.
—No te merezco, mi amor— murmuró, pero sus manos ya estaban en los muslos de Lautaro, abriéndolos, exponiendo su entrepierna al aire frío de la habitación. —Pero mierda, voy a hacer que nunca más pienses en otro.
Antes de que Lautaro pudiera responder, Manuel se inclinó y lamió la punta de su polla, saboreando la gota salada que escapaba del glande. Lautaro soltó un jadeo ahogado, sus dedos clavándose en los hombros de Manuel mientras este abría la boca y se tragaba su longitud en un solo movimiento, hasta que sintió la cabeza de Lautaro golpeando el fondo de su garganta. No se detuvo. Comenzó a moverse, succionando con fuerza, usando su lengua para trazar círculos alrededor del frenillo, sabiendo exactamente como volverlo loco.
—¡Mierda, Manu!— Lautaro maldijo, su voz quebrada, las caderas moviéndose sin control, empujando su polla más adentro. —Así, mierda, así… Chúpamela como si fuera tuya.
Manuel gruñó en respuesta, las vibraciones haciendo que Lautaro se estremeciera. Sus manos subieron para masajear los huevos de Lautaro, apretándolos justo lo suficiente para que un hilillo de presemen escapara de su boca cuando se retiró, dejando un rastro plateado entre sus labios y la punta hinchada.
—Te quiero coger— anunció Manuel, levantándose de un salto, sus ojos oscuros brillando con una determinación que no admitía réplica. —Quiero sentir tu culo apretado alrededor de mi pija mientras me corro adentro.
Lautaro no necesitó más invitación. Se dio la vuelta, apoyando las manos contra la pared, arqueando la espalda para ofrecerse. Manuel no perdió tiempo: escupió en su mano y se frotó la polla, lubricándola lo justo antes de alinear la punta con el agujero de Lautaro. Por un segundo, dudó, no quería lastimarlo, pero entonces Lautaro empujó hacia atrás, gimiendo de impaciencia.
—Hacelo Manu. Cojeme como si me odiaras— suplicó, y esa fue la gota que colmó el vaso.
Manuel embistió hacia adelante, enterrando su pija en un solo movimiento brutal. Lautaro gritó, las uñas arañando la pintura de la pared mientras su cuerpo se adaptaba a la invasión. Estaba apretado, caliente, tan jodidamente perfecto que Manuel tuvo que morderse el labio hasta sangrar para no correrse al instante.
—Más— exigió Lautaro, moviendo las caderas en círculos, provocándolo. —Dame más, Manu. Quiero sentirte adentro una semana.
Manuel no necesitaba más motivación. Agarró las caderas de Lautaro con fuerza y comenzó a moverse, sacando su polla casi por completo antes de volver a hundirse con un golpe seco que hizo que Lautaro jadeara. El sonido de sus cuerpos chocando llenó la habitación, mezclado con los gemidos descontrolados de Lautaro y los gruñidos animales de Manuel.
—¡Sí, así, así!— Lautaro gritaba, su voz rota, mientras Manuel lo penetraba una y otra vez, cada embestida más profunda que la anterior. —Me vas a hacer venir, mierda, me vas a hacer venir sin tocarme.
Manuel sintió como el cuerpo de Lautaro se tensaba, como su agujero se contraía alrededor de su polla, y supo que estaba cerca. Bajó una mano y agarró la verga de Lautaro, bombeándola al ritmo de sus embestidas, sintiendo como se ponía aún más dura bajo sus dedos.
—No te corras todavía— ordenó, aunque él mismo estaba al límite, el calor en su entrepierna anunciando que no aguantaría mucho más. —Quiero sentirte cuando te llenes de mi leche.
Lautaro maldijo, su cuerpo sacudido por espasmos, pero obedeció, conteniendo el orgasmo con un esfuerzo sobrehumano. Manuel aceleró el ritmo, sus pelotas golpeando contra el culo de Lautaro, el sonido húmedo de sus cuerpos uniéndose llenando el aire.
—¡Ahora, Lautaro! ¡Venite ahora!— rugió, y al instante, sintió cómo el cuerpo de Lautaro se convulsionaba, como su semen caliente salpicaba la pared en chorros espesos mientras un grito desgarrado escapaba de su garganta.
Eso fue todo lo que Manuel necesitó. Con un último empujón brutal, se enterró hasta el fondo y dejó que el orgasmo lo arrasara, llenando a Lautaro con su semen, sintiendo como cada chorro lo marcaba por dentro. Se quedó ahí, jadeando, con la frente apoyada entre los omóplatos de Lautaro, mientras los dos temblaban, exhaustos.
Cuando por fin se separaron, Lautaro se dio la vuelta y se dejó caer contra Manuel, sus cuerpos sudorosos y pegajosos presionándose el uno contra el otro. Manuel lo abrazó con fuerza, enterrando el rostro en su cuello, inhalando su aroma a sexo y sudor.
—Nunca más— murmuró Lautaro, acariciando su pelo húmedo. —Nadie más, Manu. Solo vos.
Manuel asintió, incapaz de hablar, pero sus manos ya estaban explorando el cuerpo de Lautaro otra vez, como si no pudiera saciarse. Sabía que esto no era el final. Era solo el principio. Y por primera vez en meses, no había nada más que desear, excepto seguir así.
