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El sonido metálico de las botas resonaba contra el pavimento del patio de instrucción. Una hilera de soldados mantenía la mirada fija hacia el frente, la respiración controlada y el cuerpo rígido. Entre ellos, uno destacaba no por su altura ni por su corpulencia, sino por lo inusual de su condición.
Aarón Mercury, un Omega.
La sola palabra era suficiente para que muchos dentro de las fuerzas armadas arrugaran la nariz. El ejército había sido siempre un lugar diseñado por y para Alfas y, en menor medida, Betas. Pero nunca para un Omega, sin embargo, Aarón había abierto las puertas a golpes de perseverancia y disciplina, negándose a que el mundo lo redujera a un papel de fragilidad.
-Firme ahí -ordenó el instructor.
Aarón apretó los labios, sintiendo el sudor recorrerle la frente bajo el sol abrasador. Su mandíbula se tensó. No iba a ceder. No iba a mostrarse débil. "Yo no soy un Omega frágil, soy un soldado"
Lo que nadie más sabía era que, pese a todo, Aarón ya pertenecía a alguien. Su cuello, oculto bajo el uniforme, llevaba la marca de un Alfa que jamás se había desentendido de él: el comandante Aldo Tamez De Nigris.
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Aldo De Nigris era el tipo de Alfa que llenaba un salón con solo entrar. Alto, con hombros anchos, voz grave y una mirada acerada que podía atravesar hasta al soldado más terco. Su reputación era legendaria: protector con los suyos, implacable con sus enemigos.
Pero en privado, con Aarón, era distinto.
-No me gusta que estés aquí expuesto -le dijo cierta noche, en la penumbra de su oficina.
Aarón había cruzado los brazos, con ese gesto obstinado que tanto desesperaba y encantaba al mismo tiempo a Aldo.
-No me trates como si fuera de cristal. Estoy aquí porque me lo gané. No necesito que me protejas todo el tiempo.
Aldo frunció el ceño, acercándose lo suficiente para que Aarón sintiera el calor de su cuerpo y el aroma intenso de su feromona Alfa, mezcla de madera oscura y hierro.
-Eres mi Omega -susurró, bajo, casi como un gruñido-. Y lo que es mío, lo protejo.
Aarón desvió la mirada, aunque su corazón latía con violencia. Había algo en esas palabras que lo estremecía, una mezcla de irritación y placer secreto.
"No soy débil", pensaba, "pero tampoco puedo negar lo que me hace sentir..."
La rutina del cuartel se vio interrumpida semanas después con la llegada de un nuevo comandante asignado a otra división: Sian.
Su presencia fue como un cuchillo en una sala cerrada. Alto, arrogante, de sonrisa fácil pero mirada peligrosa. Desde el primer instante en que sus ojos se posaron en Aarón, algo en el aire cambió.
-Así que tú eres el famoso Omega que logró entrar en las fuerzas militares -dijo Sian, mirándolo de arriba abajo como si evaluara un trozo de carne.
Aarón le sostuvo la mirada con frialdad.
-Soy un soldado, comandante. Nada más que eso.
Sian sonrió, ladeando la cabeza.
-Claro, claro... soldado. Aunque con esa marca en el cuello es evidente que alguien ya reclamó lo que "de verdad" eres.
La mandíbula de Aarón se contrajo, los nudillos apretados. El maldito sabía exactamente cómo provocar.
Durante días, Sian buscó cualquier excusa para acercarse: una instrucción susurrada demasiado cerca del oído, una mano que rozaba el hombro más de lo necesario, comentarios cargados de insinuaciones. Aarón se mantenía firme, pero por dentro hervía de rabia.
Una tarde, en uno de los hangares, Sian aprovechó que Aarón revisaba un cargamento de armas para acercarse más de lo debido.
-Sabes -murmuró el Alfa, colocando una mano sobre la caja justo al lado de la de Aarón-, podrías tener un mejor futuro conmigo. Un Omega como tú merece ser complacido... no solo protegido.
El aire se espesó. El olor de feromonas Alfa se esparció como veneno. Aarón retrocedió medio paso, pero Sian avanzó, su mano intentando rozarle la cadera.
En ese instante, todo el autocontrol de Aarón se quebró.
-¡No me toques! -gruñó, y sin pensarlo le soltó un derechazo directo al rostro. El impacto resonó en el hangar, haciendo que Sian retrocediera tambaleante.
Los soldados alrededor quedaron en silencio, boquiabiertos. Nadie jamás había visto a un Omega golpear así a un Alfa.
Sian se limpió la sangre del labio con una sonrisa torcida.
-Vas a pagar por esto, perra.
El sonido de pasos firmes interrumpió la tensión. Aldo apareció en el hangar, sus ojos oscuros recorriendo la escena con una furia contenida.
-¿Qué demonios pasa aquí?
Sian se adelantó, todavía con la sonrisa venenosa.
-Este Omega se me insinuó, comandante. Intentó provocarme.
El silencio fue absoluto. Aarón abrió los ojos con incredulidad, la respiración entrecortada.
-¡Eso es mentira! -escupió, dando un paso hacia adelante - ¡El intentó tocarme!
Pero Aldo no necesitaba escuchar más. En un segundo, cruzó la distancia y soltó un puñetazo brutal contra Sian. El Alfa cayó contra las cajas con un gruñido ahogado, aturdido.
-Aléjate de mi Omega -rugió Aldo, su voz tan grave que retumbó en las paredes-. O la próxima vez no te levantarás.
Los soldados observaron en silencio, algunos incluso con orgullo en los ojos. Sian, tambaleante, se retiró con la mirada oscura.
Aldo tomó del brazo a Aarón y lo arrastró fuera del hangar, ignorando las miradas de todos.
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La oficina del comandante se cerró de golpe tras ellos. Aarón apenas podía seguir el paso de Aldo, que lo había empujado contra la puerta con un movimiento brusco.
-Aldo... -murmuró, pero el Alfa no lo dejó hablar.
-¿Te tocó? -preguntó con voz baja, temblando de rabia.
-Lo intentó. Le di su merecido.
Aldo se inclinó hacia su cuello, aspirando con fuerza. Su expresión se endureció.
-Hueles a él. Su olor está en ti.
Aarón tragó saliva, intentando replicar, pero el Alfa lo sostuvo con ambas manos, los ojos brillando con una mezcla de furia y deseo primitivo.
-Voy a borrar cada rastro de ese bastardo. Voy a recordarte a quién perteneces.
El corazón de Aarón latía frenético. Esa mirada, esa voz... lo hacían estremecerse, entre miedo y deseo.
Su Omega empezó a moverse dentro de él "Es nuestro Alfa, el nos va a cuidar"
Aldo lo giró y lo empujó contra el escritorio, haciéndolo inclinarse sobre los papeles esparcidos. El uniforme de Aarón crujió bajo las manos fuertes que arrancaban cinturones y botones con una desesperación animal.
-Eres mío -gruñía Aldo entre dientes, besando y mordiendo la marca de su cuello hasta volverla a abrir, hasta sentir el sabor metálico de su piel-. Solo mío.
Aarón jadeaba, apretando los puños sobre la madera, la respiración cortada.
-Aldo... aquí no...
-Aquí mismo, que todo el maldito cuartel sepa quién es el alfa que te está reclamando - su mano empezó a acariciar una de sus nalgas abriéndola en el proceso, lentamente se acerco a su oreja y susurro- Que todos sepan que ya tienes un alfa que te hace el amor tan bien.
Aarón quedó con las palabras en la boca, sentía la garganta seca y su cuerpo empezó a reaccionar a las sucias declaraciones de su alfa. El lubricante natural no paraba de salir como cascada de su orificio.
-Lo ves, te encanta que te hable así bebé
-A..Aldo aquí no- su voz salió entrecortada por la sensación del momento - Alfa por favor - su voz salió tan baja que dudaba que el alfa pudiera escucharlo.
Sabía que no lograría hacerlo cambiar de parecer cuando dos dedos entraron de golpe en su agujerito.
- ¡Aah~Alfa!
Una de mis manos fue directo hacia la mano de Aldo intentando deter sus movimientos, más no valió el esfuerzo ya que otra mano más grande tomo la suya y la giro para que quedara doblada en su espalda. Un golpe sordo resonó en la oficina
- Portate bien mi amor - el rubio masajeó la nalga en donde había dejado caer su mano, esta empezaba a ponerse roja - Ese olor en ti no me deja pensar bien
- Aldo yo... AGH!!!
El Alfa lo invadió con un movimiento brusco, arrancándole un gemido ahogado. Sentía que se había quedado sin aire y sus pulmones no alcanzaban a llenarse cuando Aldo comenzó a embestir en su interior.
Aarón apretó los dientes, pero pronto el dolor se convirtió en una oleada de placer crudo que lo hizo arquearse. Aldo había soltado su mano y no se había dado cuenta hasta que intento sostenerse de la orilla del escritorio.
Su Omega por dentro gemía de felicidad al verse sometido de esa manera por su alfa, "maldito Omega necesitado" pensó. El Alfa logró encontrar su punto tan rápido que no logro evitar el sonido tan lascivo que salió de sus labios.
-Mmg~... -sorprendiéndose de escucharse de esa manera tan necesitada, como si ese fuera su lugar, dejó ir todo a la borda y prefirió dejarse llevar- Aldo agh~ más.
Aldo gruñó satisfecho, tomándolo con una fuerza que borraba cualquier duda de la mente de Aarón. Cada embestida era un recordatorio, cada mordida tenía en su cuello una promesa. El olor Alfa llenaba la oficina, sofocante, intoxicante, arrasando con cualquier rastro de Sian.
Aarón ya no pensaba en mostrarse fuerte ni en ocultar nada. Solo sentía.
"Soy suyo. Solo suyo"
Una corriente empezó a recorrer su vientre bajo, su orgasmo estaba cerca, sin previo aviso se vino en el escritorio con un gemido que parecía más un grito.
-Alfaaa~
Su cuerpo cayó inerte mientras el alfa seguía embistiendo, se sentía como un muñeco al que tomaban a su antojo. Su cuerpo empezó a sobre estimularse y lágrimas empezaron a brotar de sus ojos.
- Aldo~ basta - sus caderas intentaban alejarse pero unas manos grandes lo mantenían en su lugar - ¡Es demasiado!
Mientras tanto Aldo estaba nublado por el deseo de reclamar a su Omega, de que ese alfa supiera que nadie tocaba lo que era suyo, que era el único que podía hacer llorar de placer al hermoso pelinegro que tenía debajo de él.
-Aguanta un poco más mi amor - un gruñido brotó desde su garganta cuando vió a su Omega tratando de alejarse de él
Lo tomo del cuello y lo acercó quedando su pecho pegado a la espalda del Omega, su mano libre le rodeo la cintura para que no pudiera moverse
-Ya casi
Escucho los gemidos de su Omega con el llanto mezclado por la sobre estimulación. La mano que estaba en su cuello subió a su rostro para girarlo y poder besarlo
-Mmg~
El clímax llegó como una explosión, arrancando un grito ahogado de su garganta. Al separarse del beso Aldo sintió que se venía de nuevo al ver el rostro sonrojado, lleno de lágrimas y un poco de saliva cayendo de los labios de su omega
-Te dije que te detuvieras
La vocecita salió como un sollozo ahogado
- Lo siento bebé, me emocioné de más - dijo dando un beso en la marca reabierta en el cuello del pelinegro
- Por lo menos no me anudaste - su voz se escuchaba patética - puedes salir ya?
-ah si, lo siento mucho gatito
Cuando el miembro del alfa salió de él sintió un vacío en su interior y solo notó la esencia del otro resbalando por sus piernas. Al querer ponerse de pié sintió que sus piernas fallaron pero unos brazos fuertes lo sostuvieron.
-ven aquí
El silencio volvió poco a poco, roto solo por la respiración agitada de ambos. Aldo se dejó caer sobre el respaldo de la silla, arrastrando a Aarón sobre sus piernas, abrazándolo con fuerza.
-No volveré a dejar que alguien se acerque a ti así -murmuró, con la voz ronca.
Aarón, exhausto, apoyó la frente en su pecho.
-Yo puedo defenderme solo, Aldo.
El Alfa acarició su cabello, suave, contradiciendo toda la violencia de minutos atrás.
-Lo sé, pero eres mío y si alguien te toca, lo destruyo.
Aarón cerró los ojos, dejando escapar una sonrisa cansada. Por primera vez, no discutió.
Porque, en el fondo, no había nada más cierto que eso.
