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Max no entendía porque sus padres los trajeron a una exhibición de caballos.
Claramente no entendían que él no conocía nada de caballos, la fanática eran su hermana mayor y la madre de esta, el en cambio era como su papa omega y los autos eran su enfoque.
Su pasión eran los autos, si, o bueno, lo seria si sus padres no fueran tan sobreprotectores.
Sus propios padres fueron pilotos de Fórmula 1, y aunque quisieron que el entrenara a Max le gusto quedarse mas en la otra parte.
Y es que era considerado un buen omega, de casa y educado, al menos para sus padres y sus amistades.
La realidad era que le gustaba salir de fiesta, divertirse y ver alfas guapos.
Lastima que su padre Michael nunca le decía cuando le daría permiso para llevar a alguien, y vamos, no era nada del otro mundo, ya tenía 19.
Regresando a los caballos, Max se ajustó los guantes de cuero sin dejar de mirar al vacío, tenía el ceño ligeramente fruncido, el cuerpo perfectamente recto sobre el sofá donde su padre lo dejó, aunque no planeaba subirse a ningún caballo y arruinar su outfit era lindo verlos.
El aire olía a heno caro, perfume empolvado de señora rica y a vanidad, iba vestido con un conjunto Burberry hecho a medida que lo hacía parecer más modelo de pasarela que jinete.
A su lado, Gina hablaba emocionada con un entrenador suizo, Max no escuchaba.
Estaba atrapado entre bostezos internos y pensamientos sobre cómo escaparse sin que su padre lo notara.
Entonces lo vio.
Un hombre entró al recinto como si no tuviera idea de estar desentonando.
Chaqueta simple, jeans manchados de algo que el no reconocía, botas con tierra seca, una sonrisa de lado y acento extranjero, mexicano si recordaba unas vacaciones en Tulum.
Hablaba como todos, atrayendo la atención de la gente.
Max arqueó una ceja, el posible alfa estaba preguntando por caballos, sin importar si llamaba la atención.
“¿Y ese quién es?” murmuró Max, inclinándose hacia Gina sin despegar la vista.
“Ni idea, pero no tiene pinta de millonario, y ya sabes lo que eso significa, no va a durar ni cinco minutos aquí” rio su hermana, tal vez eran algo esnobs.
“Entonces me cae bien” dijo Max, bajando las gafas de sol con interés, levantándose por una copa, o al menos era una excusa.
Sergio, sin notar que estaba siendo escaneado como un espécimen exótico, se acercó al grupo de los criadores. Max lo interceptó.
“¿Estás buscando algo?” preguntó con una sonrisa cargada de arrogancia.
Sergio lo miró, Max esperaba que se intimidara, no lo hizo.
“Un caballo purasangre, de preferencia” contestó el otro con una sonrisa
“Pero si tienes algo mejor que ofrecer no me opondría güerito” dijo con una sonrisa.
Max parpadeó, sorprendido por la respuesta, se le subió el color a las mejillas.
“Soy Franz Hermann” soltó, sin pensarlo, con la voz medio estrangulada.
“Sergio, ¿Y tú trabajas aquí o solo eres una bonita decoración?”
“¡Discúlpame!” Max lo miró, ofendido, luego bajó la voz y como si fuera una confidencia dijo.
“Tal vez las dos cosas, pero si estás buscando un purasangre, deberías hablar conmigo” aclaro después de su pequeña exaltación.
Sergio le sonrió y le dio su número en una tarjeta de presentación.
Max solo la miró con curiosidad, al menos ya no estaba aburrido.
“Toma mi número, pero no me escribas en la madrugada, me molesta que mi celular suene mientras sueño con mis logros” dijo Max mientras le pedía su celular al alfa.
“Entiendo” dijo Sergio, divertido
“¿Y puedo mandarte memes?”
“No, tampoco stickers, me dan ansiedad.” Y es que Max no tenía muchos amigos, no entendía las vibes y vamos, quería impresionar a esta alfa,
“¿Y llamadas?” Preguntó con una sonrisa coqueta, a la que el omega no le fue indiferente.
“Solo si es una emergencia o si te ves muy guapo ese día” respondió con picardía.
Sergio río abiertamente.
“Eres un caso, Franz”
“Soy exclusivo” y aunque Max quisiera seguir coqueteando vio a su hermana buscándolo con la mirada y si no quería ser descubierto regresaría con ella.
Se despidió con una sonrisa de suficiencia y rodeó el lugar, se fue caminando con aire digno, pero tropezó sutilmente con una raíz, Sergio fingió no verlo, pero no dejó de sonreír.
Max mentiría si dijera que no esperaba el mensaje, estuvo al pendiente, tanto que su familia lo notó.
“¿Todo bien hijo? Luces preocupado” le dijo con una mirada de preocupación su papá Jos.
“Si ajá” respondió, pues veía constantemente la pantalla de su celular.
“Tu padre te dejará subirte a un monoplaza” le dijo nuevamente Jos ahora con la mirada inquisidora.
“Aja” volvió a responder.
Jos solo suspiró y con toda la calma del mundo se limpió la boca con la servilleta y gritó.
“MAX EMILIAN SCHUMACHER TE ESTOY HABLANDO” Jos casi nunca le levantaba la voz, asi que Max lo miró sorprendido, sacado de su mundo
“Papá, tengo asuntos que resolver” se excuso
“Max, debes hacernos caso, me preocupa que te sientas mal y tú ignorándome” intento hacerlo entender.
Max ya estaba listo para un largo monólogo de parte de su padre.
“Así que cuando te pregunté debes mínimamente escucharme”
“Si papá” Max intentó sonreírle pero sin dejar de ver el celular.
Hasta que se iluminó con un mensaje.
Obviamente ya había registrado a Sergio, pero él no hablaría primero.
“Lo siento papá, no sucederá de nuevo, ahora, debo ir a mi habitación, tengo algunas cosas de la universidad”
Jos solo suspiro, le debió haber enseñado a mentir, estaban de vacaciones y obviamente su hijo no iría tan rápido por algo de la universidad.
¿su pequeño hacia algo?
Max se presentó en la cita prevista, vistiendo una chaqueta de terciopelo azul, un pañuelo de seda, y lentes oscuros, Sergio lo esperaba en un puesto de comida típica alemana a las afueras de la ciudad.
Max paró en seco, el esperaba algo más cuando le dijo que se preparara para una experiencia culinaria.
“¿Esto es una parada de camiones?” dijo con una cara de desconcierto, no creyendo lo que veía.
“No, solo es la mejor currywurst de todo Baden-Württemberg”
A pesar de que Sergio era extranjero, tenia una pronunciación que le encanto a Max, que no pudo evitar arrugar la nariz, pero se sentó en un banco.
Intentando encajar, pidió lo mismo que Sergio, dio el primer bocado con dignidad hasta que la salsa picante le tocó la garganta.
“¿Está bien?” preguntó Sergio, al ver cómo Max parpadeaba rápidamente y se aferraba a la servilleta.
“Delicioso” respondió Max, con lágrimas en los ojos
“Me recuerda a mi infancia en el infierno” continuo, Sergio se echó a reír, no creyendo que no comía picante su cita.
“Te ves como si estuvieras siendo exorcizado, Franz” Max solo lo miro con los ojos entrecerrados.
“Gracias que amable para ser la primera cita”
A pesar del desastre, terminaron caminando juntos por el parque cercano, con el omega escuchando a Sergio hablar y hablar, Max no recordaba la última vez que se reía tanto con alguien que no fuera Gina.
De vuelta en casa, Gina lo encontró en su cuarto, tirado sobre la alfombra de su habitación, con la camisa aún manchada de salsa y el teléfono pegado al pecho.
“¿Estás bien o estás muerto?”
“Estoy en un punto intermedio se llama enamorado del tipo al que le mentí por completo sobre quién soy”
“¿Aún sigues con lo de Franz Hermann?
“¡Estoy atrapado! al principio era solo una salida por aburrimiento, pero ahora me gusta de verdad ¿Qué hago Gina?”
“Max, ya tienes 19 ¿Qué harás cuando cumplan seis meses? ¿Te inventarás una muerte falsa?” Max se tiro en la alfombra de nuevo al solo pensarlo.
“Gina, por favor ¡No soy tan dramático!, tal vez me vaya del país y punto” la chica solo lo vio con una ceja alzada
“¿No lo eres? Le dijiste que eres tres años mayor, inventaste una carrera, una personalidad, y usas perfume de adulto misterioso, que por cierto apesta, tu olor es más lindo”
“Eso es mi esencia pero en un perfume algo maduro, no se ni para que te lo conté”
Gina lo miró con una mezcla de ternura y frustración.
“Soy tu hermana mayor y la favorita, pero siendo serios, algún día vas a tener que decirle, o te embarazas y la familia explota, tal vez papá golpee un poco a tu hombre”
Max la miró, pálido.
“No digas eso, estoy cerca de mi celo y me das ideas” bromeo.
Era su quinta cita, cada que Max aceptaba salían a alguna lugar ellos solos, y esta era la primera vez que lo llevaría con alguien más,
Era sábado por la tarde y Franz (osea Max) se encontraba revisando cada ángulo de su reflejo en el espejo del elevador mientras bajaba al lobby, Sergio lo había invitado a una reunión con sus amigos mexicanos que vivían en Alemania.
Una carnita asada, había dicho Sergio y Max, al escuchar carne asada, se imaginó mesas con mantel blanco, vino tinto y cortes Wagyu.
Error.
Lo recibieron en un jardín con sillas plegables, música muy ruidosa sonando en una bocina, una hielera con cervezas y un tipo echando cebollas a la parrilla en chanclas.
Franz tragó saliva, esto no era lo que imagino, se sentía tan mal vestido, y eso no era
“Sergio ¿esto es tu famoso asado?” pregunto incómodo.
“Claro ¿Qué esperabas bonito?” respondio el alfa, acariciando su mejilla.
“No sé, tal vez una cata de cortes “dijo mientras se sacudía una partícula imaginaria del pantalón blanco.
Los amigos de Sergio lo saludaron con curiosidad, uno de ellos, Jo, era especialmente bromista.
“¿Y tú qué? ¿Vienes directo del desfile de Dior o qué?” le pregunto este Jo.
“Él es Franz, es consultor de caballos, ¿a que no es bonito?” intervino Sergio.
Franz asintió rápido, él es bonito, pero no sabe de caballos
“Sí, eh, yo los evalúo para exportación y doma” dijo recordando lo que Gina decía.
“¡Órale! ¿Fuiste a la universidad para eso?”
“Sí. En Suiza”
“Ah, ¿entonces hablas francés? ¿Cómo se dice ‘casco’ en francés?
Max parpadeó, pálido, si sabia varios idiomas, pero no francés, nunca se le hizo necesario, el belga, el neerlandés, el alemán y el inglés eran suficientes.
“Casqueu”
Hubo un silencio de tres segundos, luego Jo soltó una carcajada.
“¡Ah, este güey es genial! ¡Tiene chispa el suizo!” Max no entendió nada, pero rio pensando que era bueno.
Sergio sonrió orgulloso. Franz bebió de su cerveza para ocultar su sudor.
Al final resulto que le gusto la carne e incluso pidió más, eso no le hacia bien a su figura.
A casi tres meses de haber comenzado su relación, Sergio llevó a Franz a un lago escondido en la Selva Negra, el plan era simple, cabalgar un par de horas, comer en el lago y ver el atardecer.
Max se subió al caballo con toda la gracia que podía reunir sin gritar que le duelen los muslos.
El lago era un espejo tranquilo, Sergio se sentó junto a él en el césped, mientras Franz intentaba mantener su pose sin parecer que estaba checando el ángulo de la luz en su cabello.
Sergio se recostó, Max lo miró de reojo y luego hizo lo mismo.
“¿Siempre fuiste así de ordenado?” preguntó Sergio, con la mirada en el cielo.
“¿Ordenado?” Max no entendía lo que Sergio intentaba decir, él siempre fue asi.
“Tus camisas están perfectamente dobladas cuando vienes tu caballo huele mejor que yo recién bañado” ambos rieron, pero internamente Max amaba el olor de Sergio.
“Alguien tiene que mantener la estética en este mundo desordenado”
Sergio río y se giró para mirarlo, su mano encontró la de Max, lo tocó suavemente, el omega sintió un temblor interno, el tipo de temblor que precede a un precalor o a un ataque de nervios.
El perfume natural de Sergio le envolvió, era ese aroma a alfa, a campo, a madera recién cortada, Max se tensó.
“¿Estás bien?” preguntó Sergio.
Max lo miró, con los ojos un poco dilatados.
“Eh soy alérgico a los pinos, me está afectando la nariz” Max se sentía tonto por decir lo primero que se le ocurría.
Sergio lo abrazó de lado.
“Bueno, si te desmayas, te cargo de vuelta” Max deseo hacerse el desmayado solo para sentir esos brazos envolviéndolo.
Max sonrió, intentando concentrarse en el paisaje y no en cómo le palpitaban sus terminaciones nerviosas.
“Mantente frío, Schumacher, todavía no puedes cogértelo si él no sabe quién eres” susurro para sus adentros.
Esa noche, Max llegó a casa con olor a caballo y una sonrisita en el rostro, sus padres estaban fuera con Mick en WEC.
Gina lo recibió en la cocina con los brazos cruzados.
“¿Ya le dijiste?”
“No pero mi cuerpo reacciona a él ¿Eso cuenta cómo avance?” dijo mordiendo una manzana.
“Max, esto ya se está saliendo de control. ¿Y si se enamora en serio?” Gina se preocupaba mas porque su hermano saliera lastimado
“¿Y si? Gina, ya me dice mi cielo en voz baja cuando cree que estoy distraído, mi belleza lo enamoro” Su hermana solo lo vio con una mirada de burla.
“¿Y vas a seguir mintiéndole? No creo que sepa que el alemán que ama es un mentiroso”
“No puedo decirle ahora. ¡El odia el concepto de mentira! Una vez me contó que le rompieron el corazón por eso y luego quemó una carta con un encendedor miniatura, muy telenovelesco”
Gina suspiró.
“¿Y tú solución es?
“Huir a Italia si se entera, lo tenemos planeado cuando nos estresan, tú manejas, yo lloro”
“¿Y si ya estás embarazado?” dijo bromeando y el omega solo se puso rojo
“Como voy a estarlo, aun no lo hacemos, creo que el solo me cogería estando casados”
“Solo cuídate hermanito, eres la joya de nuestra familia”
Gina lo abrazó, palmeando su espalda.
“Eres un Schumacher, dramas es lo mínimo que podemos esperar en esta familia”
Cinco meses.
Cinco largos meses de doble vida, escapadas bien calculadas y mentiras dichas con la sonrisa más adorable que Max podía poner, ya se sentía un maestro del engaño, Franz Hermann era más que una identidad falsa, era una performance de su vida ideal.
Esa tarde, Sergio lo invitó a una subasta privada de caballos de élite.
Max aceptó feliz, pensando que sería solo otra tarde de sonrisas y miradas, pero no contó con la presencia de viejos conocidos de su familia.
A mitad del evento, mientras Max tomaba una copa de jugo porque el vino fuerte lo mareaba, un criador alemán de mediana edad se acercó.
“¿Tú no eres Max Schumacher?” el mundo se congeló un segundo.
Sergio, que estaba justo al lado, frunció el ceño, Max casi se atraganta con el jugo.
“¿Perdón?” respondió, usando su tono más serio
“Creo que me está confundiendo”
El criador lo miró por unos segundos y luego a Sergio, luego soltó una risa.
“Ah, claro, qué tonto, es que te pareces muchísimo al hijo de Michael Schumacher, el menor, Max, hasta los ojos tienes iguales”
“Sí, me lo dicen seguido” murmuró Max, riendo falsamente.
Sergio no dijo nada, pero lo miró con más atención de lo normal por el resto de la tarde.
Max ya planeaba que ropa poner en su maleta para huir a Italia.
Fue una noche sin plan previo.
Solo ellos dos, el cielo lleno de estrellas, y una cabaña pequeña en la montaña que Sergio había reservado sin decir nada.
Max dudó por horas, se sentía vulnerable, ansioso, pero también irremediablemente feliz. Sergio le había cocinado, le había llevado cobijas extras, le había dicho que lo amaba, susurrado como si fuera un secreto que el mundo aún no merecía escuchar.
Y Max le correspondió. Esa noche fue la más cálida, más tierna y más intensa de su vida. Fue también la primera vez que no pensó en el precio de nada. Solo en lo que sentía.
Fue su primera vez, y lo hizo con alguien que amaba
Y alguien a quien engañaba.
La mañana siguiente, Sergio dormía profundamente. Max, enredado entre sábanas y remordimientos, sabía que no podía seguir más, se sentó en la cama, respiró profundo, y lo despertó con una mano temblorosa.
“Tengo que decirte algo” dijo en voz baja.
Sergio abrió los ojos despacio.
“¿Pasa algo?” pregunto algo preocupado.
“No me llamo Franz Hermann” soltó con los ojos cerrados.
Sergio parpadeó.
“¿Perdón?” dijo, ahora si despertando bien.
“Soy Max Schumacher, tengo 19, no soy consultor, no fui a Suiza más que a esquiar en vacaciones y tampoco soy alérgico a los pinos” confesó de golpe, con voz temblorosa.
Sergio no respondió de inmediato. Solo se sentó en la cama, muy despacio.
“¿Me mentiste todo este tiempo?” pregunto con la voz muy tranquila
“Sí” susurró Max, con lágrimas a punto de escapar.
“Pero todo lo que sentí fue real, desde el primer día.”
Max se puso de pie, alejándose un paso, esperando el inevitable rechazo
“Lo sé”
Y Max solo lo miro atónito.
Sergio le dio un beso, Max soltó una lagrima, porque no esperaba la aceptación.
Sergio no era tonto, muchos lo considerarían un cara bonita pero no lo era.
Siempre le dio curiosidad el pensar en Franz, era literalmente el nombre más alemán que se ocurría.
Había vivido un tiempo en Alemania, aprendiendo de caballos.
Desde que supo que Franz era un niño rico le dio curiosidad.
Obviamente se enamoró, era una tremenda belleza, elegante, graciosa, sarcástica, y que le correspondía.
No paso mucho antes de que pensara en porque jamás lo dejaba en su casa, sino en otro lugar, en cómo solo conocía a Gina, la hermana mayo, pero no sabia nada de sus padre.
No sospecho nada, era un alfa enamorado de un güerito de ojos azules.
Pero cuando aquel criador menciono a Max Schumacher, pensó en el piloto con el mismo apellido.
Lo busco, y efectivamente aquel chico con el rostro de Franz, era Max, su Franz.
Tardo en procesarlo, pero no se enojó, solo le dio risa que un chiquillo lo engañara.
Pero ya estaba enamorado.
Ya no podia hacer nada, mas que esperar a que el omega le dijera la verdad.
Y cuando llegara le momento, el alfa estaría junto a él.
Max aun no creía en su suerte.
“¿No estas enojado?”
“No amor, no lo estoy, solo algo confundido, pero no enojado” le dijo, abrazándolo y apapachándolo.
“Tenia miedo de que me odiaras, te fueras y me abandonaras” dijo, llorando y por fin sacando lo que tuvo durante casi 6 meses.
“Amor, te amo, y tenias tus razones, aunque en algún momento me encantaría saberlas”
“Yo tambien te amo”
Ambos se abrazaron por un largo rato.
“No quería que me relacionaran con mi padre” hablo después de un rato de silencio el omega
“Es entendible, es famoso” dijo comprensivo el mexicano.
“Varios solo se acercan por fama, asi que cree una identidad falsa” explico.
“Mi omega es un caso rebelde” dijo dándole besos en el cabello
Ambos estaban mas tranquilos después de esta aclaración.
“Pero me debes presentar a tu familia”
Max solo sonrió, como le decía su alfa que su familia era una sobreprotectora.
Dos meses habían pasado desde aquella confesión, ambos habían fortalecido mas su relación, y bueno, Max lucia más relajado, vistiendo más bohemio y menos pasarela.
Ahora, después de casi 7 meses de conocerse y con un Max de 20 años, por fin conocería a su familia.
La casa Schumacher era silenciosa, elegante y cargada de tensión. Sergio cruzó la entrada con un ramo de flores, vestido formal, visiblemente nervioso.
Lo recibió Michael, cruzado de brazos, con Jos detrás de él, Gina, Victoria y Mick mirando desde la escalera como si esperaran el desastre
Blue, Jaxx y Mila, los menores, sentados en el sofá, mirando a su hermano mayor con curiosidad
“¿Usted es Sergio?” preguntó Michael, mirándolo fijamente.
“Sí, señor, vengo a hablar con ustedes y pedir disculpas, nunca supe que Max era menor, nunca fue mi intención” y es que eso era la principal preocupación de los Schumacher, que Max no fuera consciente de lo que sucedía.
No terminó la frase, el puño de Michael le pegó directo en la mandíbula.
Sergio cayó al suelo, las flores quedaron torcidas, y Gina gritó.
“¡Papá, por Dios!” grito Max
Jos no se metió, si por el fuera un golpe no sería suficiente.
Jaxx y Mila susurraban “Pelea, pelea”
“¿Lo dejamos como advertencia? Esto es lo mínimo si dañas el corazón de Maxie”
“No fue su culpa” intervino Gina, bajando las escaleras, con la voz firme pero suave.
Michael se giró, incrédulo.
“¿Lo estás defendiendo hija?”
“Sí, porque Max lo ama, y porque tu amas a tu hijo”
Max se acercó y tomó la mano de Sergio.
La colocó sobre su vientre plano, todos vieron esa acción y vieron el desastre venir.
“Tengo dos meses, estoy embarazado” soltó.
Silencio.
Jos se sentó de golpe.
Michael palideció.
Gina murmuró un wow nada disimulado
Victoria y Mick solo miraron a todos, esperando las reacciones.
Y Sergio, después de varios segundos, rompió el silencio:
“Somos tres, y me voy a encargar si me lo permiten, me casare con Max e iremos a mi hacienda a México”
“¿Tienes una hacienda?” susurro Max, ahora quien era el que ocultaba cosas.
Todo se descontrolo.
Pero había una boda que planear y un vientre que ocultar.
Pasaron otros 5 meses, y Max ya era Max Pérez, casado con el dueño de la mayor empresa ganadera y criador de caballos de México.
A pesar de ser joven y muy quisquilloso, se acoplo rápidamente a la vida como patrón en una hacienda, y más estando embarazado.
Ahora Max estaba de pie frente al refrigerador abierto, con una expresión de concentración digna de una cirugía cerebral.
Llevaba una camiseta de Sergio, dos tallas más grande, y calcetas peludas que no combinaban con nada, se rascó la barriga suavemente, mientras inspeccionaba los estantes.
Sergio lo observo en el marco de la puerta.
“¿Estás seguro de lo que estás haciendo? Ya removiste todo y al parecer no encuentras lo que buscas a menos que sea eso” preguntó y señalo las manos de Max.
“Absolutamente” respondió Max, sacando una lata de sardinas y un frasco de mermelada de fresa
“Confía en mí”
Sergio se echó a reír.
“Eres el único ser humano que puede decir esa frase después de mentirme cinco meses y sonar sincero.
Max giró la cabeza con una expresión de fastidio teatral.
“No empieces con eso, estoy hormonal, hambriento y emocionalmente frágil, como un gato mojado, pero embarazado, y de tu bebe”
“Lo sé, lo sé, no dije nada”
Sergio se levantó y caminó hacia él, rodeando su cintura (casi no había) con los brazos desde atrás, apoyó la barbilla en su hombro.
“¿Quieres que te prepare eso?
“No, yo tengo el control de esta operación, además, tú cortas el pan como si odiaras al pan.
“Es un pan casero amor, no un soufflé francés”
Max comenzó a untar mermelada sobre un pan con precisión casi artística, hasta saco la lengua, luego, con la misma seriedad, colocó encima un par de sardinas.
Sergio hizo una mueca.
“¿Eso va a entrar en tu cuerpo?”
“Eso, y tú no lo harás, si no dejas de juzgarme” dijo con una sonrisa.
Ambos rieron.
Sentado en su silla especial, Max comió su creación absurda mientras Sergio lo miraba con una mezcla de asombro y amor absoluto.
Después ambos subieron a su habitación, Max se recostó, dejando que Sergio acariciara su vientre redondeado
“¿Crees que seremos buenos padres? “preguntó Max, de repente en voz baja.
“Yo creo que este niño o niña va a tener el omega más terco y brillante del mundo como madre”
Sergio besó su cuello con suavidad
“Y un alfa que aprendió que vale la pena esperar respuestas, incluso cuando todo se pone difícil.”
“Eso sonó a frase de libro barato”
“Lo saqué de uno, estaba en el baño de tu papá Michael” Max río.
“Si me vuelvo insoportable, ¿me lo dirás?”
“Sí, pero con flores, asi si me golpeas será suave” bromeo el alfa.
Silencio.
“¿Y si me dan antojos de cosas peores que sardinas con mermelada?
“Entonces los comemos juntos, aunque vomitemos los dos”
Max suspiró, acurrucándose contra su pecho, el calor del pecho del alfa lo envolvía, pero no era tan cálido como los brazos de Sergio.
“No te vayas nunca”
“Estoy exactamente donde quiero estar”
