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La Luna sobre la Casa Miyamori

Summary:

La distinguida familia Miyamori es una institución por sí sola. Conocida por su linaje alfa impecable, sus incontables hijos, su influencia en la política local y, sobre todo, por la belleza y dedicación de los omegas que llevan su apellido, esta familia es vista como un modelo de tradición y excelencia.

Cuando el hijo del medio, Miyamori Renji, un alfa serio y prometedor, se casa con un omega forastero llamado Yukimura Aoi, todos esperaban que el nuevo miembro fuera otro ejemplo perfecto de elegancia, compostura y habilidad doméstica.

Pero Aoi es... otra cosa. Hermoso, sí. De buenos modales, también. Pero es torpe en la cocina, ineficiente en la limpieza, y tiene la mala costumbre de quedarse dormido en las clases de etiqueta. Sus esfuerzos desesperados por encajar solo lo hacen resaltar aún más.

Y sin embargo, día tras día, su dulzura y honestidad y terquedad empiezan a dejar una huella inesperada en la casa Miyamori, que solo es llena de perfección. Tal parece que, lo que esta familia necesita no es otro omega perfecto.

Chapter 1: La Llegada

Chapter Text

Yukimura Aoi había pasado semanas emocionado en su hogar, con la cabeza en las nubes, por decirlo de algún modo, lo que ocurre es que está feliz de finalmente casarse, y ni más ni menos con un Miyamori, es un honor, al menos eso ha estado diciendo su madre, Mikoto.

La cual le ha comprado kimonos nuevos, pues se va en tan solo unos días, para ya no volver, lo cual no emociona tanto a Aoi.

—Madre, usted debería acompañarme, así no hago ninguna tontería—. Aoi murmura, recostado en el tatami con el kimono mal puesto, hasta se le ven las piernas.

—Sientate bien, y sabes que no—. Mikoto suelta, cerrando con cuidado el baúl donde guardo las cosas de Aoi —. No siempre voy a estar para arreglar las tonterías tuyas, debes hacerlo por ti mismo.

—Madre, ¿Y si me regresan por las mismas una vez que se den cuenta de que soy bien inútil?—. Aoi susurra.

—Pues te esfuerzas, pero de qué te casas con un Miyamori, te casas con un Miyamori.

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Aoi paso pensando en eso todo el camino a Kyoto, pensó que su mamá exageraba, pero no, porque una vez que se planta frente a la mansión Miyamori, casi se va hacia atrás, sorprendido de lo gigante que es. La madera rojiza del arco de entrada resplandecía con los primeros rayos de la tarde, y el aire olía a ciprés y a té seco. Yukimura Aoi bajó con cuidado, sosteniendo con ambas manos una caja envuelta en un pañuelo color durazno. Su cabello largo se deslizaba por sus hombros con cada paso nervioso que daba, ahora sí se puso más nervioso, no pensó que esta familia era así de adinerada.

—Ah… es más grande de lo que imaginaba…

Dos sirvientes se acercaron para recibirlo. Aoi intentó hacer una reverencia sin soltar la caja, pero en su torpeza tropezó con el borde del escalón y casi cae de bruces al suelo. La joven que lo sostuvo por el brazo disimuló una sonrisa.

—Bienvenido a la Casa Miyamori —dijo ella con voz firme—. Soy Tsuchiya Emi, guardia personal de Renji-sama. Lo acompañaré desde aquí.

Aoi se sonrojó, inclinándose otra vez, ahora con más cuidado.

—Gracias… Tsuchiya-san. Es un gusto.

Mientras avanzaban por los largos corredores de madera pulida, Aoi miraba con asombro los biombos pintados, los arreglos florales, los jardines internos. La casa entera era un mundo silencioso y majestuoso, y él se sentía como un cachorro suelto en un templo.
Cuando llegaron a la sala principal, varias figuras esperaban, y se presentan tan rápido que Aoi tiene que quedarse pensando, pero si le queda a alguien bien en claro, Renji, de pie como una estatua, con las manos a la espalda, su futuro esposo, si es que todo va bien. A su derecha, Hina, esposa del hermano mayor de Renji, Haruka, Omega femenina, tan perfecta como una pintura. A la izquierda, Haruka, con expresión seria. Un poco más atrás, la matriarca Sachiko y el patriarca Daisuke, sentados, observándolo como jueces de un tribunal.
Aoi tragó saliva y se adelantó, arrodillándose torpemente frente a ellos.

—Muchas gracias por aceptarme en su honorable hogar. Soy Yukimura Aoi y… y preparé esto para celebrar nuestra unión —dijo, levantando la caja con ambos brazos—. Son dumplings de verduras con jengibre. Los hice yo mismo esta mañana.

Un murmullo casi inaudible recorrió la sala. La matriarca entrecerró los ojos. Renji, inexpresivo, miró la caja sin moverse. Hina inclinó levemente la cabeza. Haruka simplemente cruzó los brazos.

—¿Los preparaste tú? —preguntó Emi desde la entrada, divertida—. ¿Con tus propias manos?
—Sí —dijo Aoi, sonriendo con nervios—. Sé que no soy un gran cocinero, pero puse mucho corazón.

Renji no dijo nada. Dio un paso adelante, tomó la caja con gesto comedido y se giró hacia un sirviente.

—Llévalos al comedor principal. Serviremos el té allí.

Aoi suspiró aliviado, ¿Paso la prueba, no?

La mesa baja estaba dispuesta con tazas de porcelana fina y bandejas de bambú. Aoi se sentó junto a Renji, que mantenía la espalda recta y el rostro sereno. Frente a ellos, Hina y Haruka, con sus hijos en brazos, Riku y Nene. Más allá, Sachiko, observando con ojos de halcón.

Cuando los dumplings fueron servidos, hubo una pausa. Todos miraron el plato. Aoi sonrió con emoción, esperando el primer bocado.

Fue Renji quien lo tomó primero. Lo llevó a la boca con cuidado, masticó una vez… dos… y frunció apenas el ceño. Hina lo imitó, con una sonrisa forzada que se desvaneció casi de inmediato. Haruka tosió tras el primer bocado, disimulando, mientras Nene, en brazos de su madre, hizo una mueca y giró la cabeza.
Aoi parpadeó confundido.

—¿Está muy caliente…? ¿Tal vez el jengibre es fuerte…? Puedo mejorarlos, lo juro.

Renji dejó el dumpling en el plato con un gesto elegante. No dijo nada.

Esa noche, después de la cena, uno a uno comenzaron a retirarse. Primero Hina, cargando a Nene en brazos. Luego Haruka, con expresión pálida. El pequeño Riku fue llevado por una sirvienta con rapidez. Incluso la siempre estoica Sachiko se disculpó y se retiró antes de que el té fuese servido.

Cuando Emi apareció en la cocina con expresión urgente, Aoi ya se estaba lavando las manos.

—¿Qué pasa?

—Los dumplings, Aoi. Todos están… en el baño. Algunos más de una vez.

—¿Qué…? —susurró él, sintiendo el color huir de su rostro, tan pálido como una vela.

—No sé qué hiciste, pero esos dumplings eran veneno con forma bonita. El pobre Kaede está viendo las estrellas y ni los probó.

Aoi dejó caer el paño con el que se secaba, no sabía quién era Kaede, pero ya se siente mal por él, más bien por todos.

—¡No puede ser! ¡Usé solo ingredientes frescos! Yo… yo revisé la receta tres veces.

—Pues algo hiciste mal. Hina-sama apenas puede hablar, Haruka-sama amenaza con escribir un informe, y Renji-sama… bueno, él no ha dicho nada, pero su cara era peor que cualquiera.

Aoi se cubrió el rostro con ambas manos.—¡Quiero desaparecer!

Emi suspiró, cruzándose de brazos.—Bueno, al menos causaste una impresión. Nadie va a olvidarte pronto.

—¡Quiero que me recuerden por algo bueno!

—Pues parece que no lo ha logrado.

Esa noche, Aoi se quedó en su habitación, sentado en el futón, con las manos en el regazo. Había sido un desastre. Su llegada había terminado con media familia enferma, y él ni siquiera entendía cómo.

Tocaron a la puerta.

Se levantó apresuradamente, esperando un regaño.

Pero fue Renji quien entró. Llevaba aún su ropa formal, y su expresión era… cansada, pero tranquila.

—Renji-sama, yo… lo siento mucho. No fue mi intención…

Renji levantó una mano.

—No te preocupes.

—¿No…? Pero todos están…

—Sí. Pero tú no lo sabías.

Aoi bajó la mirada.

—Debí haber probado uno antes de servirlos. Tal vez fue el jengibre viejo… o tal vez el relleno estaba mal cocido…

Renji se sentó a su lado, en silencio. Tras unos segundos, habló:—La casa Miyamori es un lugar difícil. Requiere paciencia.
Aoi levantó la vista, sorprendido.
—¿Me está… consolando, Renji-sama?

—No te confundas—. Exclama tan tosco que Aoi parpadea sin comprender cómo pasó de sonar amable a tosco. Aoi sonrió, débilmente, su madre le dijo que los alfas son así, y que debe estar agradecido si no es regañado, y técnicamente, eso no está pasando.

—Gracias por no gritarme.

—Nunca grito—. Hubo una pausa. Renji se levantó para irse, pero antes de abrir la puerta, se volvió ligeramente.

—Mañana, iras con mi hermano menor, Kaede, al mercado.
Aoi parpadeó.
—¿Al mercado? ¿Tiene más hermanos?— Aoi empieza a preguntar, luego recuerda lo que le dijo Emi, así que Kaede es otro hermano de Renji, ya va ubicando cada vez mejor los nombres.

—Aprenderás a escoger ingredientes, Kaede es un Omega ejemplar, te puede ayudar a corregir ciertas cosas.

Y sin decir más, salió, dejando a Aoi sentado con una mezcla de alivio, vergüenza, causó indigestión en todos el primer día que llegó al hogar, no hay peor forma de empezar. Con ese pensamiento, estampa su frente contra el tatami, pensando en lo bobo que es, en como no ha pasado no un día y ya dio una terrible primera impresión. Casarse no es tan fácil como creía.