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El mundo luce diferente cuando tu corazón se siente completo. El verde de los árboles, la claridad tan gustosa del sol o incluso el tacto de la antigua y rugosa piedra que conforma el esqueleto del castillo de Hogwarts aparecen ante tu vista como una primera vez constante: siempre única e irrepetible.
Tres años después de aquella fatídica confesión que dio lugar a que las manos de Sirius Black y las tuyas se entrelacen siempre en una eterna promesa, eres la persona más feliz de todo Hogwarts. En verdad, sois, pues Sirius Black también siente esa bella esperanza de levantarse cada día y vivirlo intensamente, esperando cada una de tus sonrisas con la suya ya dibujada en su joven rostro.
Tres años de mucho aprendizaje y combate con el eterno enemigo: uno mismo. He aquí aquella primera batalla a la que os enfrentasteis juntos para nunca volver a separaros ante las complicaciones más dolorosas: las impuestas por uno mismo.
En aquellas vacaciones tras la confesión, cada Merodeador restante, además de la inolvidable mención de Lily, celebró vuestra relación como la suya propia. Remus finalmente veía a su querido amigo Canuto creyendo en sí mismo, no solo de cara a la galería, intentando mantener las apariencias; sino desde su sincero interior. Lily, un tanto preocupada en el pasado por tu aislamiento en ti misma con respecto a tus compañeras de cuarto, recibía con alegría la sorpresa que sentía cada vez que ahora eras tú quién comenzaba las conversaciones, haciendo que os hicieseis más amigas y, especialmente, que sintieses más confianza en tu acento americano. Nadie aprendió tanto ese año sobre Estados Unidos que Lily.
Los demás alumnos de Hogwarts hablaban mucho, especialmente las primeras semanas en las que la noticia de vuestra relación escandalizó hasta a los hufflepuffs menos curiosos. No fue fácil para ti enfrentarte a ello y la presión se clavó en la comodidad que sentíais el uno con el otro, haciéndote sentir incómoda cuando estabais en público. A Sirius verte así le hacía sentir inseguro: ¿realmente te hacía bien estar con él?
Una noche en las que las miradas ajenas de todo un día se volvieron una carga dolorosa en tus hombros, te refugiaste en un rincón de la sala común de los cuervos, lleno de polvo. Una estantería llena de libros sobre los secretos del universo y muchas paranoias más impedía el acceso de cualquier escoba mágica. Siempre eras capaz de encontrar los mejores sitios para una soledad triste pues en aquel momento la ausencia de un amigo era lo que caracterizaba cada día de tu vida. Te sentaste en el sillón azul, observando los viejos libros mientras suspirabas. Las comisuras de tus labios apuntaban hacia abajo, la presión que sentías en el centro del pecho no hacía más que aumentar. Ya deberías de sentirte acostumbrada a toda la atención que recibías desde inicio de curso debido a ser una estudiante proveniente de otra escuela mágica, pero nadie se acostumbra a la atención ajena, no importaba cuanto la experimentases: uno no está hecho para ver su propia expresión continuamente. Algunos aman y otros odian la existencia de los espejos, verte como una otredad, como algo ajeno.
Te miraste las uñas, el estrés te las estaba haciendo desaparecer. Querías a Sirius, pero si realmente lo hacías, ¿por qué rechazabas su mano cada vez que intentaba unirse a la tuya sintiendo esa ansiedad de no ser dueña de tus actos sólo por estar siendo observada por un grupo de personas? La rechazabas con un gesto nervioso sin poder mirar los orbes oscuros del gryffindor, evadiendo lo que acababa de suceder con un intento de risa o, mejor dicho, un amargo espasmo de tu boca. La mano de Sirius se congeló por unos segundos siendo perfectamente consciente de que la habías rechazado. Se mordió el interior del labio con duda y dolor: ¿estaba haciéndote sentir incómoda? ¿estabas arrepintiéndote de tu decisión? Miles de preguntas en un segundo devoraron su cabeza y sembraron la ansiedad en su corazón. Os despedisteis, era hora de la siguiente clase. Sirius temió que ese adiós fuese lo último que le dirigieses, un miedo irracional: cualquier cosa era estúpida ante la posibilidad de perderte.
No os lo voy a negar, por ser el primero, la desesperación existe en la inexperiencia de los actos. Ahora en la sala común seguías reflexionando sobre ello: te daba más miedo engañar a Sirius con unos sentimientos que a lo mejor no existían que estar haciéndote daño con tanta ansiedad. Tus ojos dejaron de moverse nerviosamente tras esa realización: él iba primero en tus reflexiones, no sentías otra cosa que miedo ante la posibilidad de que esos ojos que os observaban le hiciesen daño a Sirius. No te provocaba incomodidad que te viesen con él, al revés. Sabías lo que decían sobre ti y Sirius no era alguien con el mismo tipo de comentarios fundando su leyenda como merodeador. Estas cosas realmente no tienen importancia, pero en la débil y perdida adolescencia, sí.
Las lágrimas de la realización inundaron tus ojos para después mojar tus mejillas. Estabas haciéndole daño a Sirius por tu falta de confianza en ti misma. Ojalá existiese un libro o algún conjuro que solucionase todos tus problemas con la persona que te devuelve la mirada en el espejo, pero eso no existía: no depende de nadie más que de ti misma.
Con el corazón palpitando y las piernas temblando por el simple hecho de pensar en tener que hablar de Sirius sobre esto (¿y si tus problemas no le interesaban? ¿y si perdía el interés hacia ti por tu baja autoestima?) pero tu convicción propia de una buena ravenclaw no te dejaba otra alternativa: habías encontrado el procedimiento correcto. Aunque en teoría era sencillo decir "debo hablar con Sirius", la práctica se te atragantaba. Pero era necesario hacerlo.
Llegó el día siguiente y agradeciste que fuese sábado: no había clase y Sirius iba a ir a buscarte al cien por cien a la sala común para ir a dar un paseo o hacer algo juntos. Tras ducharte y dejar tu cama hecha, llegaste a la conclusión de que hoy debías encontrar la valentía para tener esa conversación, tomar la iniciativa sobre tus propios sentimientos. Así, tras arreglarte el pelo y colocarte esa prenda de ropa que siempre te daba una protectora confianza, te dirigiste hacia la sala común de gryffindor. Tus mejillas ardían mientras preguntabas por Sirius a un alumno de primer año que estaba entrando por el cuadro que daba a la sala común. Inspiraste y exhalaste varias veces esperando a Sirius, quien, al poco tiempo, apareció tras el cuadro a tu encuentro. De fondo, habías sido capaz de distinguir la voz de James y Remus gritando a modo de celebración. Al ver los ojos sorprendidos de Sirius, comprendiste que habías hecho lo correcto. Te sonrojaste un poco más -si es que era posible- y colocaste tus manos detrás de tu espalda, intentando aparentar calma. Sirius, tras hacer contacto visual contigo, sonrió de oreja a oreja, sintiendo que todas sus dudas del día anterior se había desintegrado al verte. No pudiste no devolverle la sonrisa y un pensamiento se fijó en tu corazón y aclaró tu cabeza: realmente amabas a este chico. Esa ausencia de duda es lo que te dio la motivación para actuar con sinceridad, para hacer las cosas bien, para poder proteger un "vosotros": sin inseguridades.
Empezasteis a hablar de todo y de nada a la vez, riéndoos y bromeando tal y como siempre hacíais cuando estabais juntos. Vuestros corazones latían en sintonía, o eso era lo que sentíais cada vez que os mirabais y os sonreíais. Llegasteis a unos bancos que se encontraban cerca del lago, justo donde unas semanas -un mes ya- antes os habíais confesado.
"¿Vives en el campo en tu casa? ¿O eres de ciudad?" Sirius preguntó mientras te sentabas en el banco, observando las cristalinas aguas que tenía en frente. Le miraste mientras pensabas en tu casa. Le respondiste y Sirius te dirigió una mirada con conocimiento de causa. "Algo en mí lo sabía. Déjame decirte que me considero un especialista en poder intuir como te sientes, como si fueses un libro abierto" Sus palabras te desconcertaron por un momento y entendiste que era ahora el momento para sacar el tema. La ansiedad hizo que tu pierna comenzase a temblar levemente y tu boca se secase. Apartaste tu mirada mientras suspirabas disimuladamente.
Sirius fue perfectamente consciente del cambio en tu actitud y se sintió al borde del precipicio. Todos los miedos que se habían esfumado volvieron a asentarse en su corazón, pero esta vez pesaron más, como si hubiesen venido de un viaje largo muy cansados y su corazón fuese la cama perfecta para descansar y depositar toda su carga sobre él. Se sentó a tu lado mientras dejaba que el silencio dominara y te ayudara a concentrarte en lo que querías comunicarle.
Pero Sirius no era conocido por su paciencia y mucho menos si se trataba de sus dudas, así que no tardó en hablar primero: "No sé si esto ha pasado. Espero que no. Pero por si acaso te pido perdón si te he hecho sentir incómoda en algún momento. últimamente eres más reacia al contacto físico y lo siento si he hecho algo que te haya hecho sentir incómoda o cohibida. Que sepas que no era-" "¡Sirius!" Le cortaste cuando procesaste sus palabras. Con el corazón doliendo, te diste cuenta de que no le estabas haciendo a Sirius ningún daño por verte contigo, sino por tu silencio sobre tus sentimientos, permitiendo crear miles y miles de malentendidos. "Sirius, tranquilo, no es eso. Soy yo quien debería pedirte perdón"
Aquellas palabras hicieron que las neuronas de Sirius dejasen de funcionar, que su cerebro casi se parase. ¿Tú? ¿Pidiéndole perdón a él? ¿Qué?
"No soy reacia al contacto físico ni me agobia. Es más, me tranquiliza y reconforta" Posaste tu mano sobre la suya. Sirius la rodeó al momento, brindándote la fuerza necesaria para poder hablar. "En verdad... no tengo la suficiente confianza en mí misma como para que pueda olvidarme de las miradas de los demás. Es por eso que me da miedo lo que puedan decir de ti por estar conmig-" "No sigas" Sirius te acarició la mejilla, haciendo que no pudieras evitar su mirada. "No sigas por ahí, por favor" Susurró débilmente.
Tus ojos se llenaron de lágrimas: "Lo siento, es que nunca he hecho esto antes. Me da miedo hacer cualquier cosa que pueda hacer que no quieras estar conmigo o algo así" Sirius asintió con la cabeza para después responder "Sabes, yo tampoco he hecho esto antes. Tengo el mismo miedo que tú a espantarte, a que ya no quieras saber nada de mí" Sirius dejó tu mejilla para abrazarte. "Te quiero y es una sensación nueva. Querer a alguien es como permitir que tu corazón sea de esa persona sin que puedas evitarlo. Y es un poco desesperante cuando uno no está acostumbrado a esa sensación".
Le devolviste el abrazo a Sirius mientras hablabas: "Creo que debo tener más confianza en mí misma para poder administrar esta nueva sensación, Sirius" Él asintió. "Lo entiendo porque a mí también me pasa" Tu nombre sonó reconfortante en sus labios.
"¿Podemos aprender juntos a enfrentarnos a esto?" Preguntaste mientras os mirabais.
"Ya lo estamos haciendo"
Os sonreísteis mientras cada uno agradeció en su interior por haber encontrado al otro y por tener el privilegio de sentir aquellos sentimientos: amar y ser amado.
