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Language:
Español
Stats:
Published:
2025-03-13
Words:
1,203
Chapters:
1/1
Hits:
10

Vendrán nuevos días

Summary:

Una secta ha estado rondando las calles, anunciando el haber encontrado a su nuevo señor y creador, las personas mueren y desaparecen a diario, los ruidos se apaciguan y siempre llegan nuevos días

Work Text:

Fue otra mañana igual a la anterior, y a la anterior a esa, y a la anterior a aquella… Pero no era como la que precedió a todas ellas. La casa comenzaba a parecer irreconocible para quienes alguna vez la vieron en su esplendor. En mi plato, los cereales podían contarse con los dedos de las manos. No fue sino hasta que forcé la vista para tratar de discernir qué había frente a mí que comprendí cuán gruesas podían ser las cortinas de nuestra—no, de mi casa.

Al haber consumido la última porción de comida en mi refrigerador, me levanté con dirección a un cuarto polvoriento, impregnado con un hedor apenas soportable. Ante mí se erguía la cama matrimonial, sombría y decadente, y sobre la mesa reposaba un objeto viejo que de vez en cuando emitía sonidos. Aquel aparato, insignificante para cualquiera, era lo único que conservaba un atisbo de valor en esa habitación desolada

Encendí la radio y me acosté. La voz era la misma de ayer, la misma de anteayer, la misma que seguramente oiría mañana. La noticia más relevante fue la de un perro extraviado. Sin darme cuenta, caí en un sueño profundo, del que desperté con un dolor de espalda molesto, pero tolerable.

Asomé un ojo por la ventana. La luz del sol me golpeó con tal intensidad que me hizo retroceder de inmediato. Fue entonces cuando lo comprendí: el sol me repugnaba, su mera presencia acechando mi hogar me resultaba insoportable. A partir de ese momento, declaré con solemnidad que la luz y yo éramos ajenos el uno al otro.

Entonces, escuché voces. Voces entre llantos, súplicas y lamentos, como si mi propio corazón hubiese encontrado palabras para gritarme desde el exterior. No les di importancia. A fin de cuentas, era lo más interesante que me había sucedido en meses, aunque si tuviera que elegir lo mejor que me había ocurrido desde aquel fatídico día—ese en que el sol apenas se asomó por el horizonte—sería haber encontrado aquel trozo de carne enmohecido.

La casa se vaciaba de recursos, pero cada vez que intentaba girar la perilla de la puerta, sentía como si empujara una roca inamovible. Mis brazos no tenían fuerza suficiente para abrirla. Comprendí entonces que lo que alguna vez consideré mi hogar se había convertido en mi prisión, una cárcel para almas desoladas.

—Disculpe, ¿hay alguien ahí?

La voz al otro lado sonaba alegre, vibrante. Era imposible creer que así sonaba una persona normal. Su tono contrastaba radicalmente con el de la voz robótica que escuchaba en la radio cada mañana a las 7:40. Traté de responder, pero solo escaparon de mis labios sollozos y alaridos.

El visitante exhaló un pequeño jadeo, un susurro de miedo. Su temor me hizo sentir como una bestia.

La radio volvió a sonar, arrancándome de mi ensoñación. Aquel aparato, único vestigio de que el tiempo seguía su curso, anunciaba una mañana más. Todo se repetía: la rutina, la soledad, la monotonía inquebrantable.

Vi sombras recorriendo la casa. Comencé a perseguirlas, a jugar con ellas. Éramos solo nosotros tres en aquel instante. Se reían con carcajadas infantiles, llenas de júbilo. Me sentía más vivo que nunca. No necesitaba mis ojos para seguirlas, bastaba con el instinto. Pero cuando estuve a punto de atraparlas, desaparecieron sin siquiera despedirse. Sentí un líquido caliente y espeso descender por mi mejilla.

—Una secta ha comenzado a crecer en el pueblo. Se hacen llamar Las Penumbras. Se tienen registros de su existencia desde hace años, pero solo recientemente han comenzado a mostrarse. No parecen agresivos, aunque algunos vecinos afirman haberlos escuchado hablar sobre una bestia que los acompaña…

Me costaba mantener los ojos abiertos. Había momentos en los que, sin darme cuenta, los cerraba por completo. Y entonces, lo comprendí: no los necesitaba. La oscuridad era mi única aliada. Los cerré para no volver a abrirlos jamás. En este mundo de noches eternas y días desolados, no había diferencia entre la vigilia y el sueño.

Abrí el refrigerador. Era grande, de metal, y su interior estaba helado. Me llevé una sorpresa al notar que no quedaba alimento alguno. Revisé las alacenas y hallé unos pocos víveres. "Demasiado poco", pensé. Si pudiera salir, compraría más. Si pudiera salir…

Tomé la carne que había encontrado y la llevé a la boca. Mi lengua se habituó al sabor indescriptible. No importaba su estado, el hambre hablaba más fuerte que la razón.

La radio sonó a la mañana siguiente a las 7:40.

Me desperté tras aquel atracón, sin arrepentimiento alguno. Al fin podría saciarme sin preocuparme por el mañana. No volvería a comer en días.

Por un instante, creí verlos: dos niños y dos adultos sentados a mi lado, compartiendo una comida en la mesa. Como hace dos semanas…

—Un oficial y tres civiles fueron encontrados muertos la noche anterior. Testigos aseguran haber visto a la secta seguir una sombra extraña. Se sospecha que podrían estar relacionados con los recientes asesinatos. Curiosamente, algunos afirman que se dirigían hacia la calle XxXx, donde ocurrió la tragedia de los Anderson…

 

Como si el mundo quisiera impedirme saber más, la radio se convirtió en un estruendo de ruido blanco. Afuera, la secta cantaba y clamaba. Cada vez más cerca de mi hogar. Cada vez más ansiosos. Pero cada vez más callados.

Avancé por la casa a tientas. Sentí un cristal fino y quebradizo ceder bajo mi pie desnudo. Un dolor punzante se extendió por mi cuerpo cuando la astilla se incrustó profundamente en mi piel. Intenté extraerla, pero solo logré que se hundiera más.

Desperté con el sonido de la radio a las 7:40. La penumbra persistía.

Las voces afuera eran cada vez más tenues, hasta que solo quedó una. La herida en mi pie dejó de doler, pero el suelo se convirtió en mi única certeza. No podía levantarme.

Las moscas zumbaban a mi alrededor, especialmente sobre mi pierna. No entendía por qué.

La radio nunca volvió a sonar. Solo oía el murmullo de los niños que venían a visitarme. Me tocaban, asegurándome que aún existía. A veces, los adultos y los animales de la casa también aparecían. Susurros, risas, sollozos, sueños jamás cumplidos flotaban a mi alrededor. Pero nunca me sentí más solo.

Recordaba aquel día en el auto. Recordaba a los policías escoltándonos. Recordaba el goteo de la sangre.

Dios me odiaba. Me dejaba vivir solo para verme sufrir.

Con un último esfuerzo, me arrastré hasta el refrigerador. Lo abrí. Un enjambre de moscas emergió de su interior. La carne de la noche anterior se había transformado en un hervidero de larvas.

Alguien llamó a la puerta. Insistente. Desesperado.

Avancé como pude, torpe y mutilado, hasta la entrada. Abrí.

El sol me golpeó el rostro.

Escuché la voz de quien me visitaba cada mañana.

Sentí cómo mi carne era profanada, atravesada.

Caí al suelo, gritando, arrastrándome.

El humano. El vil humano que me condenó a esta existencia había regresado.

El mismo que me arrebató la vista.

El que me robó el oído.

El que me privó del olfato.

El que me despojó del gusto.

El que nos asesinó a

todos y nos encerró aquí.

Y como cada noche, llenó mis alacenas con carne fresca.