Chapter Text
–Julián Álvarez, esta corte lo encuentra culpable de la muerte del menor Jasón Moore y lo sentencia a cinco años de prisión en la penitenciaría North Collan. – El martillazo del juez hizo un eco sordo en su cabeza y una silenciosa lágrima descendió de sus orbes, rojos e hinchadas.
– Perdón – Susurró su mejor amigo y abogado, Rodrigo De Paul, mientras lo abrazaba, aguantando las lágrimas. – Hice todo lo que pude–
Julián veía a su alrededor, sintiéndose ajeno a esa caliginosa situación. El llanto de su madre y amigos, la sonrisa cruel de quienes lo inculparon, los murmullos de los presentes. Se sentía deleznable, como si en cualquier momento su piel fuese a agrietarse, transformándose en tierra seca que caería a pedazos hasta no dejar más que un rastro de polvo.
Miró de reojo a su antiguo novio, al culpable de que estuviese ahí. Siendo sepultado en vida por un crimen que no cometió. Todo por un nimio error, una infidelidad que desembocó en una amenaza sobre hundirlo; que arrogante fue al pensar que solo eran palabras tontas.
Aún recordaba cómo se había reído de su exnovio cuando este le dijo que lo aplastaría, que lo destrozaría. A sus ojos, Alexis solamente estaba despotricando debido a la ira; patético.
Poco le importó que el padre de este fuera el director del hospital donde trabajaba. Y es que jamás pensó que ese hombre, serio y razonable, se dejaría llevar por las palabras de mierda de su hijo, incriminando a Julián sobre la muerte de uno de sus pacientes.
Sí. Julián había pecado de soberbio e ingenuo. Acostumbrado a una vida donde todos a su
alrededor celebraban cada cosa que hacía o decía. Destacado en su trabajo como pediatra, de facciones sensuales y hermosas; con una labia digna de envidia y anhelo.
Pensó que su aventura de unas cuantas noches con el lindo enfermero de la planta de cirugía no tendría importancia y cuando Alexis su novio de un año, lo descubrió, con el chico montándolo como un profesional, imaginó que simplemente significaría el término de su relación sentimental. Nada que realmente le importase.
Ahora vivía en carne el alcance de su error.
–Julian. Haremos todo lo posible para sacarte cuanto antes– Rodrigo lo apretó en un abrazo, no queriendo dejarlo ir. –Esto es una mierda de injusticia amigo. Voy a buscar una solución, te lo prometo Juli.
–Rodri– Musitó con la voz quebrada. Sus ojos fijos en su pobre y agotada madre. –Necesito pedirte un favor.
–Lo que sea hermano. Pídeme lo que sea.
–No quiero que Mariana vaya a verme a prisión. No lo voy a soportar.
¿Cómo permitir que su madre sufriera yendo a verlo a prisión? No podía ser tan egoísta.
Rodrigo retuvo las lágrimas y asintió con un movimiento de cabeza.
–Está bien.
– Gracias amigo.
Dos guardias se colocaron detrás Julián y Rodrigo, al notar la presencia de los hombres, ellos rompieron su abrazo. No dejaban de mirarse y Julián limpió con sus dedos pulgares las mejillas húmedas de su mejor amigo; era como su hermano.
–Julián Álvarez debe acompañarnos.
–Tengo que irme. – Un tirón de la comisura de sus labios fue lo mayor que logró esbozar en similitud a una sonrisa alentadora.
–Voy a ir a verte. Tenes que ser fuerte.
–Ya sé. Cuidate y cuida a mi mamá, por favor.
Contó los pasos que retrocedió, fueron tres.
Miró a su madre por última vez y cuando ella se levantó, apretando su húmedo pañuelo debido a las lágrimas, Julián le indicó con un movimiento de cabeza que no se acercara. Se dijeron todo con los ojos. Ella era la persona más importante en su vida y quien más sufriría por lo que a él iba a ocurrirle, lo sabía. Ocasionar tal dolor a su madre era su peor castigo.
Las miradas acusadoras de los gendarmes podrían atravesarle la dermis. Lo escoltaron para que saliese del tribunal, haciendo sonar sus grotescas botas militares. Julián se volteó una última vez y miró de reojo lo que dejaba atrás.
Ya no le quedaban más lágrimas, solo un vacío lacerante en su pecho y los músculos de su
garganta resentidos por la cantidad de gritos y lamentos que había vociferado la noche anterior.
El fin de su vida estaba a punto de comenzar.
- -
La prisión de North Collan era conocida como una leyenda urbana. Las bromas que buscaban infundir miedo siempre se basaban en aquel calabozo tétrico y aterrador. Un leviatán hecho de concreto y barrotes metálicos que se alimentaba de aquellos desdichados infractores de la ley y el orden.
El aire a su alrededor era seco y denso. Julián apenas si podía observar la inmensa y macabra estructura sin largarse a llorar como un pendejo mocoso enfrentándose al monstruo de sus pesadillas. Sus pisadas crujían en la tierra mohosa y pútrida, un lugar donde no llegaba el sol. Todo ahí indicaba muerte y desasosiego. La melancolía
desgarradora de los muertos, caídos por la dureza de aquella ergástula, era palpable.
Julián tomó cada uno de sus sentimientos y los ahogó. Si pretendía sobrevivir a ese lugar, debía olvidarse de la palabra esperanza y simplemente arrojarse ciegamente a lo que su caprichoso destino le tuviera preparado.
Pasaría frío y hambre. Aquello era tolerable.
Sería violado. Estaba consciente de eso.
Podría morir. Ya lo había aceptado.
– Camina flaco! – Lo zarandeó un gendarme.
Julián no llevaba cadenas, pero sus pies pesaban como si los tuviera.
El chirrido metálico de las rejas al cerrarse tras él lo hizo estremecer. Miraba de reojo todo el
lugar, tan desahuciado como repugnante. El olor a orines llegaba a su pequeña y respingada nariz; quiso vaciar su estómago por la boca.
Lo empujaron hasta una especie de recepción donde uno de los guardias de la prisión lo hizo firmar y llenar un formulario. Le indicaron el reglamento interno, algo estúpido ya que en aquel lugar la única regla vigente era 'Sobrevive como puedas'.
–A las duchas. Te vas a cambiar de ropa y te van a llevar a tu celda.– Asintió, con la cabeza gacha y mansa.
No quería mostrarse desobediente con los gendarmes, ellos podrían hacer de su estadía un
infierno si se lo proponían. No se haría ilusiones falsas, pensar en ganarse el favor de los uniformados era simplemente ridículo. Podía verlo en sus rostros, ellos disfrutaban tanto del dolor ajeno como quienes lo ocasionaban.
Sus estilizadas ropas se veían sucias y añejas. Era el resultado de haberlas tenido puestas durante la semana que pasó en una cárcel preventiva a espera del juicio. Olía como la verga.. Sus ojos estaban hinchados y ojerosos. Sus labios secos y agrietados por el frío de las noches. Su piel había adquirido un semblante grisáceo y apagado. Poco tenía que ver con el Julián Álvarez de días atrás. Aquel despampanante y cautivador médico que sonsacaba suspiros con solo caminar por los pasillos del hospital.
–Ahí.– El guardia señaló con su luma una de las regaderas –Abrí la llave y sacate ese olor a
mierda que tenes.
Julián tragó grueso. Comenzando a quitarse sus ropas ante la atenta mirada de los hombres. Si decidían abusar de él, no habría nada que pudiera hacer. No iba a resistirse, sabía que eso solo prolongaría su sufrimiento. Cuando estuvo desnudo, sin nadie asaltando su perfecto cuerpo de piel caramelizada, pudo respirar. Se adentró en el agua gélida, soltando un quejido cuando esta chocó con su piel. Parecía quemar y dolía.
Dios, como dolía.
Unas lágrimas se filtraron de sus ojos miel. No hizo nada para reprimirlas ya que pasaban inadvertidas debido a la lluvia artificial. ¿Qué daño hacía mostrar algo de humanidad y sufrimiento antes de que todo le fuese arrebatado?
–Estás listo. Dale, salí del agua– Julián obedeció, con algunos restos de jabón en su cuerpo.
Se colocó las prendas de vestir otorgadas en la recepción. Eran viejas y olían a humedad, y eran algunos talles más grandes que él, cuyo menudo y curvilíneo cuerpo quedaba oculto tras ese vestuario.
Con un gesto lacónico le fue señalada una silla. Se sentó en ella y cerró los ojos al escuchar el ruido de la máquina de cortar cabello. Pensó que lo raparían, más los guardias solamente lo cortaron, dejándolo algo disparejo y de muy mal gusto.
Al colocarse de pie y verse en un sucio espejo, Julián se golpeó mentalmente por no haberse dejado crecer la barba. De haberlo hecho su rostro no luciría tan infantil y femenino.
–Vamos. Vas a conocer a tu compañero de celda– Sin decir palabra alguna, caminó entre los guardias y todo el poco coraje que había reunido, lo abandonó al llegar al área de los calabozos compartidos.
–Vos, cosita linda, te voy a romper el orto hasta que se te salgan los intestinos.
–Miren! Nos trajeron una princesa.
–No necesitamos más putas acá. Para mañana vas a estar muerto.
–Bonito, ¿Qué te parece convertirte en mi putita personal?
Julián dejó de escuchar las insinuaciones y amenazas. Temía vomitar de no hacerlo.
–Eu– Volteó al escuchar la voz de un guardia. –No dejes que te intimiden, pibe.
Y realmente no esperaba aquella muestra de humanidad en ese lugar. Inclinó su cabeza en un gesto asertivo. No, no estaba intimidado y es que ya se había resignado a lo peor. Pero aun así le daba asco ver a qué nivel podría denigrarse su especie.
Evolución humana. Sí, claro.
Detuvo sus agonizantes pasos cuando uno de los guardias que caminaba por
delante de él, dejó su andar.
–Acá.– Sacó un manojo de gruesas llaves metálicas del enganche que tenía en su cinturón y la introdujo en la cerradura, girándola –Disfruta tu estancia en North Collan, Julián Álvarez.
No eran prisiones de barrotes nada más. Eran habitaciones aisladas con muros de concreto y puertas de metal con una rendija de barrotes. Dio unos cuantos pasos. Aferrándose
las mantas de cama que sostenía con recelo entre sus brazos. La puerta tras él se cerró y
escuchó las risas viles de algunos gendarmes al irse.
Recorrió el lugar con sus macilentos ojos. No era especialmente pequeño pero sí repulsivo, como la cueva de un demonio.
Las paredes ralladas, el suelo desnivelado y una litera vieja. Un inodoro y un lavamanos. Del techo colgaba una lamparita que centelleaba de vez en vez, haciendo que el lugar se sumiera entre tétricas sombras. Un enorme saco de boxeo y unas pesas se encontraban en un rincón.
–Opa pero que tenemos acá– De la litera superior vio un cuerpo removerse.
Su voz fue ronca y tronó en los oídos de Julián. Si no hubiese sido porque mordió su lengua, habría dejado escapar un lastimero gemido.
El hombre saltó de la cama, haciendo que sus pies, enfundados por botas militares, chocaran en un ruido tosco contra el suelo.
Los ojos de Julián bajaron inmediatamente al enladrillado piso. No quería mirar al hombre, no quería demostrar lo que era innegable. Tenía miedo, sin embargo, no temblaba.
Respiró tan bajo como le fue posible, pero los latidos de su corazón ejercían presión contra
sus costillas debido a la intensidad con la que su músculo cardíaco bombeaba sangre. Todo su cuerpo estaba tenso y se sentía indefenso.
Los pasos del hombre resonaron en sus oídos. La percepción de él acercándose hizo que su piel se erize. Los dedos de sus manos se crisparon en torno a las mantas de la cama que sostenía.
Podía escuchar la respiración del otro, densa y pesada.
–Así que vos sos la putita desafortunada que me mandaron– Julián tuvo dificultad para seguir respirando. – Cuando solicité un compañero para divertirme, no imaginé que me traerían un corderito.
La voz del desconocido era como un ronroneo amenazador. No había emoción alguna en sus palabras, solo un fetén veneno que se adhería a la dermis de Julián.
–Mirame.
Las tupidas y generosas pestañas de Julián se batieron con lentitud mientras procesaba la orden de su verdugo personal. Su labio inferior tembló, y los segundos pasaron como horas al ejecutar lo mandado. Levantó la vista, enfocando sus notables y expresivos ojos en el hombre frente a él.
Mucho más grande que el cordobés, de complexión maciza e inconcebiblemente trabajada.
Julián no recabó en los detalles del cuerpo frente a él, simplemente se dirigió hasta el rostro del hombre. La luz encima de sus cabezas parpadeaba mientras se mantenían la mirada.
El desconocido tenía el cabello corto a los lados y largo en su parte superior, levemente
despeinado.. Sus facciones eran tan hermosas como frías y atrapantes. Ojos marrones oscuros y que destilaban avidez de contacto carnal. Con una perfecta mandíbula cuadrada que se veía pulcramente rasurada y que Louis estaba seguro se apretaba con rigidez.
El hombre se acercó con vesanía a Julián, entornando los ojos e inspeccionándolo sin mesura alguna. Lo estaba analizando, igual que un depredador antes de cazar a su presa.
–Decime tu nombre– Exigió.
–Julián Álvarez– Respondió sin titubear. Manteniéndose tan sereno como le era posible
aparentar.
Batió perezosamente su abanico de pestañas cuando sintió sus ojos ajados, y las pupilas del hombre frente a él se dilataron. El calor corporal del desconocido llegaba hasta Julián, era pastoso y húmedo, como miel caliente.
–Tenes miedo Juli?– Preguntó con un atisbo de diversión. Sin quitarle los ojos de encima en ningún momento.
–Si– Se limitó a responder. Soltando una bocanada de vapor caliente.
–Por qué estás acá?
–Yo. Eh. Me inculparon de una negligencia médica que no cometí– Aquello pareció divertir al hombre ya que arrugó su nariz y se pasó los dedos por su espesa cabellera con una sonrisa ácida.
–Así que sos un pobre inocente arrojado en esta fosa de bestias hambrientas– Julián asintió. –Pobre y para tu mala suerte, te pusieron a compartir celda con el desquiciado EnzoFernández.
Julián mordió su labio inferior antes de soltar una pregunta. No debía aventurarse y es que ya bastante bueno era que el hombre aún no lo hubiese golpeado y lanzado a la cama para violarlo.
Así que Enzo Fernández era el nombre de su verdugo, del que sería su amo. Al menos esa noche...
–Sos doctor?
–Sí. Especializado en pediatría– Contestó escueto. Dudaba que sus conocimientos médicos le fueran a servir en ese lugar.
–Hmmm– Enzo tarareó. –Supongo que sabes cómo se rigen los lugares como este, no?”
Julián ratificó en silencio.
–Perfecto. No quiero escándalos o gritos. Si sos piolita no me vas a hacer romperte el cuello como a tantos otros– La saliva del cordobés se quedó atrapada en su garganta. Así que
efectivamente tendría que tener sexo con él.
–Co-comprendo– Julián no sabía que lo sorprendía más. Si la calma que aparentaba o la forma en que Enzo hablaba.
–A la cama. Sacate el pantalón– Julián de manera inconsciente negó con la cabeza y Enzo abrió sus ojos, sorprendido. –Te acabas de negar?
–Uhm. Y-yo, ¿Qué gano yo? ¿O estás tan, tan de-desesperado que no puedes obtener una buena garchada si no es por la fuerza?
La mandíbula de Enzo se apretó en un rictus amargo. Sus manos se hicieron puños a los
costados de sus muslos y su rostro se izó, altivo y firme.
–Julián es tu nombre, no?– El nombrado acertó con un movimiento de cabeza. –Dejame
explicarte algo. Él único que va a estar desesperado porque lo coja, vas a ser vos en unos días. Cuando todos los hijos de puta de acá te violen hasta romperte el culo.
Julián no sabía que decir a eso. Por supuesto, si no era Enzo sería alguien más o muchos más.
Necesitaba protección, eso era innegable. Sabía que sería violado, estaba tan resignado a ello que incluso se había jurado a sí mismo no oponer resistencia, sin embargo, su boca
había formulado aquellas palabras antes de poder procesarlas y retenerlas.
–En-entonces, si me dejo cojer por vos, me voy a librar de ser violado por otros?– Enzo negó con la cabeza. –Si me abris las piernas y me mantenes satisfecho te salvas de ser la nueva puta de North Collan. Hasta que me aburra al menos.
Bien, eso era suficiente. Podría aguantarlo.
–Co-con preservativo– Negoció. No sabía si Enzo tenía enfermedades venéreas y no iba a confiar en su palabra.
Sabía que en prisión los condones eran entregados de manera gratuita para evitar enfermedades venéreas en los reclusos.
Enzo soltó una risa sardónica, cruzándose de brazos y negando con la cabeza.
–Crees que estás en posición de negociar?– Y su voz sonó más áspera. De un solo paso llegó hasta Julián y con sus manos de grandes proporciones lo levantó por el cuello de su camiseta, aventándolo contra una fría y dura pared. Julián soltó un gemido de dolor.
Sus ojos se cerraron ante el impacto de su espalda golpeándose contra el concreto.
Había tentado demasiado su suerte
–Contesta– Exigió Enzo.
–N-no– Respondió, luctuoso y melancólico.
–Escuchame bien, Julián. Me gusta tu actitud, pero no te arriesgues de nuevo. Quien manda en North Collan soy yo. Vos aca no sos nada. Sos una simple basura traída hasta mi celda para dejarse cojer y mantenerme bien atendido.
Julián lo sabía, cuán verídicas eran esas palabras. Él solo era un cordero mancebo, lanzado a los pies de ese fastuoso verdugo y aun así, le había hervido la sangre escucharlo. Toda una vida obteniendo el mundo a sus pies le habían forjado un carácter difícil de destruir de la noche a la mañana. Incluso si su lado racional se lo imploraba.
–Queres cojerte a... a una basura?– Preguntó inquisidor. Su voz no era más que palabras temerosas y susurrantes.
Enzo lo soltó con desprecio y no demoró en jalarlo del cabello, quedando con sus rostros a una peligrosa distancia.
–No te hagas el gracioso conmigo, Julián– Una de sus manos se cerró en torno al cuello del
castaño, ejerciendo demasiada presión. –No si queres sobrevivir.
Los músculos del antebrazo de Enzo estaban apretados y algunas venas sobresalían de su
bronceada piel. Sus ojos irradiaban cólera y Julián estaba seguro de que Enzo quería matarlo.
Pero no lo haría, no sin tomarlo antes.
–En-Enzo– Se las arregló para decir con dificultad. Temiendo que esa fuera la última palabra que saldría de sus fríos labios escarlatas.
Su garganta dejó de doler cuando el agarre de Enzo se soltó. Julián se deslizó sobre la muralla de concreto, tosiendo con dificultad y sobando lo lastimado de su piel. Sus ojos estaban levemente vidriosos debido a las lágrimas que querían dejarse ver.
–Vas a volver a negarte, Juli?
Sacudió su cabeza de un lado a otro. Sin dejar de acariciar su magullada piel.
–Enf-enfermades. Tenes enfermedades?– Para ese instante solo podía rogar porque Harry lo negara y no fuese mentira.
–No. Elijo bien a mis putas.
Julián se sintió casi aliviado al escuchar eso. La palabra 'puta' se resentía en su estómago. Eso sería desde ese día, la puta de Enzo Fernández.
Apoyándose en la pared, sin colocarse de pie y buscando una forma de hacer esperar el
momento donde su cuerpo sería vilmente ultrajado, decidió abrir su boca nuevamente:
–Cómo sabes si...?– Harry frunció el ceño. –Cómo sabes que yo no tengo nada?
Y fue la sonrisa confiada de Enzo, la forma en que sus pómulos se levantaron dejando a la vista su sonrisa resplandeciente, lo que desató un torrente eléctrico y chispeante por su columna vertebral.
Algo le decía que iba a lamentar haber hecho esa pregunta.
Enzo se agachó, quedando a su altura y apoyando un codo sobre su rodilla, para poder acunarse la barbilla con los dedos.
–Me vas a decir que vos…– Tomó una mano de Julián y deslizó su pulgar sobre la palma de este. – Una cosita linda sin ninguna cicatriz en su piel, que parece un maniquí confeccionado a mano... Con esa carita de putita elegante y que seguramente puede conseguir un chupada de pija del mismo dios si pudieras, ¿Tenes una enfermedad venérea? ¿Qué te dejaste romper como las putas baratas que uno se agarra en las esquinas?
Julián había perdido la capacidad del habla.
Sí antes tenía miedo, luego de las palabras de Enzo había quedado completamente aterrado.
Podía sentir la boca amarga, como si su saliva fuese hiel envenenada. Necesitaba que el oxígeno llegara a sus pulmones y de ahí a su cerebro.
–Esta prisión es un reino, Julián y yo, soy el maldito rey– Las manos de Enzo se ahuecaban en el rostro de Julián, acunando sus mejillas.
–Ahora, vas a abrir esa linda boca rosita que tenes.
Julián inconscientemente frunció los labios, logrando que el entrecejo de Enzo se arrugara y que en un arrebato, le presionara el mentón con fuerza. Hundiendo sus dígitos en la aterciopelada piel de Julián.
– Apa. No te gusta?– Se mofó.–Y qué vas a hacer? Nada. Porque este es mi reino y vos vas a ser mi putita. Estamos Julián?
El tembloroso chico asintió, rogándole a su cuerpo que dejara de sacudirse.
–Decilo.
–Tu…– No quería decirlo. No quería decretar la humillante realidad –Tu…
–Mi?
–No puedo– Y su voz sonó tan devastada como se sentía en ese momento.
No terminó de hablar. La mano de Enzo le había surcado el rostro en una cachetada. La quemazón no se hizo demorar, resintiendo en la piel.
–Mío.– Rectificó Enzo, como si estuviese dándole una segunda oportunidad a Julián.
–Sí.
–Mi prisionero.
Julián boqueó como un pez. Tratando de crear aquel morfema que al parecer su amo estaba ansioso de escuchar.
–Tu prisionero– Susurró. Comenzando a desmoronar su muralla de orgullo.
La sonrisa plena y satisfecha de Enzo se lo decía todo. Cuán fácil había sido para ese hombre pisotearlo y encadenarlo. Julián jamás había sentido una envidia tan enfermiza como en ese momento. Envidia de lo que significaba ser el amo; el dueño.
–Abri la boca– Exigió Enzo.
Julián obedeció, dócil y con los ojos entornados. Sus largas pestañas hacían sombra bajo sus ojos y sus llenos labios, resquebrajados y de un matiz coral, se entreabrieron a la espera.
Enzo simplemente lo observaba, con un amago indescifrable que llevó a Julián a cerrar los ojos.
Con sus manos temblorosas y su rostro levemente inclinado hacia adelante, en espera de que el contrario le devorara la boca.
Julián no abrió los ojos, pero un espasmo lo recorrió cuando sintió la punta de la lengua de Enzo deslizarse sobre sus labios. Fue un simple roce, húmedo y caliente. No duró más de dos segundos y ya había desaparecido.
El castaño corrió el velo de sus parpados para saber que ocurría. Sus ojos se encontraron con los oscuros de Enzo, con su mirada desquiciada. Como si fuese un pirata que había encontrado el cofre de un tesoro, uno que llevaba demasiado tiempo buscando y que ahora iba a disfrutar hasta que no quedara objeto de valor alguno en su interior.
– Dios que corderito bonito.
