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—Quiero convertirme en una leyenda del fútbol, jugar en River y salir campeón —dijo Enzo mientras ataba una figura de San La Muerte que él mismo había tallado. No le había quedado perfecta, pero estaba bastante orgulloso del resultado.
Se encontraba a solas en su cuarto. No quería que nadie de su familia lo viera haciendo ese ritual. Todos en su casa eran creyentes sin ser extremadamente religiosos, solo lo suficiente para cagarlo a pedos si lo veían rezándole a ese santo popular.
Tenía que hacerlo, había que cubrir todos los frentes. Al día siguiente era la prueba en River. Ya le había pedido a Dios, a la Virgen y a Gilda. Por alguna razón, algo le decía que era San La Muerte el que iba a atender su pedido.
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Arrasó en la prueba. No es que Enzo fuese creído, simplemente tenía buen criterio y sabía que lo había hecho bien. Podría pecar de varias cosas, pero jamás de falsa modestia. Él y los demás chicos estaban de camino al vestuario. Tendrían que esperar a que les dieran la lista oficial en un rato, pero eso era un trámite.
Estaba en las nubes. Se duchó con una sonrisa en los labios, se cambió rápidamente y salió del vestuario. Se supone que los iban a buscar cuando hubiesen tomado la decisión, pero no podía esperar. Sin embargo, no fue muy lejos. Lo último que quería era que lo retaran por andar dando vueltas por donde no le correspondía, así que se quedó a pocos pasos de la puerta del vestuario.
Un chico salió a los pocos segundos. Enzo lo miró y le sonrió. Era Matias, un rubio fachero que lo había estado relojeando durante todo el día. Él se había dado cuenta porque había hecho exactamente lo mismo.
—¿Te gustó cómo jugué? —le preguntó para sacarle charla.
—Sí, seguro quedás —dijo el chico, un tanto inquieto—. Yo le erré a todas las pelotas, estaba muy nervioso. No creo que quede.
—No pasa nada, ellos ven más allá de eso. De última, podés volver a probarte en algún otro momento —lo animó, colocándole una mano sobre el hombro.
—Gracias —respondió.
Enzo hizo presión con sus dedos como si lo estuviese masajeando para tantear la reacción del otro. Para su suerte, Matias lo miró interesado y con los labios un poco separados.
El rubio había captado que en morocho se lo quería levantar y no parecía estar desalentándolo, aunque sí se lo veía sorprendido.
—En el peor de los casos, podrías venir a la cancha como mi invitado —dijo dando un paso más cerca del otro—. ¿Qué te parece?
—Es-estaría bueno —dijo después de tragar saliva y Enzo sonrió con satisfacción. Todo le estaba saliendo de forma espectacular ese día.
—Pasame tu instagram así estamos en contacto —su mano bajó hasta la cintura del chico por su espalda lentamente mientras, con la otra, sacaba el celular del bolsillo para dárselo.
Nunca llegó a hacerlo.
—¿Están por comerse la boca, putitos?
La puerta del vestuario estaba abierta y cuatro de sus compañeros habían visto el intercambio. No tenía sentido mentir, no había sido para nada sutil.
—¿Qué te pasa a vos, pedazo de gil? —lo enfrentó Enzo.
—Yo seré un gil pero no me la como, como vos —el otro no se achicó.
Enzo lo fue a pechear. No iba a golpearlo, sabía que eso le podía costar la oportunidad. Desgraciadamente el marmota que tenía enfrente no pensaba lo mismo y lo empujó cuando vio que se le acercaba.
No recuerda quién dio el primer golpe, pero le gustaría pensar que no fue tan boludo como para darlo él. Lo que sí tiene muy presente es que se necesitaron cinco personas del staff del club para separarlos, a él, al gil y a otros cuatro chicos que se fueron sumando por simpatía a uno u otro a medida que salieron del vestuario, sin saber el motivo de la pelea.
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—Mirá, Enzo, te voy a ser completamente sincero —dijo el hombre frente a él.
Los entrenadores los habían sentado a todos en la cancha y les habían pedido que explicaran lo sucedido. Después de eso, decidieron que todos debían irse y esperar los resultados que les llegarían por correo electrónico dadas las circunstancias, mientras que las autoridades del club pensaban en qué acciones disciplinarias ejecutar contra los involucrados.
Así que ahora el morocho estaba sentado en la oficina del representante de River, el mismísimo Enzo Francescoli.
—El otro chico no iba a quedar aunque no pasara esto. Vos sí —hablaba con demasiada calma para el grado de ansiedad que manejaba el más joven—. Podríamos dejar pasar la situación y darte una segunda oportunidad, teniendo en cuenta que todavía no sos un jugador nuestro, así que no nos costaría nada darte una patada si te la mandás otra vez, pero…
—Pero me gustan los tipos —completó.
Enzo nunca se había escondido. Él tenía mucho amor para dar al prójimo y lo hacía sin preocuparse por el género. El complejo lo tenían los demás.
—A mí no me interesa lo que cada uno haga en la intimidad, pero vos sabés cómo es el ambiente del fútbol.
—Decime que no me quieren porque me quise levantar a uno de mis compañeros y listo.
—No es eso —Francescoli suspiró pesadamente y empezó a mover las manos frente a su cuerpo como si estuviera formando la idea—. Lo que pasa es que los rumores corren como el viento. Los otros pibes se van a acordar y no te lo van a dejar pasar, después llega al periodismo y ya te marca la carrera.
—No me importa.
—Si te fuiste a las piñas por eso, sí te importa —el morocho quiso protestar, pero el otro se apuró a continuar—. Ese es el verdadero problema. No podemos tener un jugador que se vaya a las piñas ante el primer insulto y menos si ese insulto se va a repetir. Olvidate del escándalo en los medios que, en todo caso, te afectaría a vos y decís que no te importaría, tené en cuenta que los rivales tendrían una ventaja sobre vos: sabrían cómo hacer que te saquen una tarjeta roja.
—Entonces tengo que renunciar a mis sueños por una situación que todavía no pasó —se cruzó de brazos.
—No. Yo te sugiero esperar un poco y probarte en otro club, uno más chico. Vas a quedar seguro. Si mantenés el nivel, en pocos años te compramos y nadie, ni los pibes que se probaron hoy que queden jugando con nosotros, te van a asociar con lo que pasó hoy.
Enzo llegó a su casa hecho una furia. Había sido cordial con el representante del club al momento de la despedía por el respeto que le tenía, pero la calentura que tenía no le bajaba con nada.
Entró a su cuarto con ganas de romper algo y vio colgado al santo al que le había pedido ayuda la noche anterior. Una poronga era el San La Muerte ese. Lo agarró y lo colgó boca abajo a modo de castigo, como se hacía cuando no te cumplía lo que le pedías.
Luego fue al baño a sacarse la sensación de fracaso de encima, después comió lo que encontró en la cocina y se fue a acostar temprano. Había tenido suerte de no encontrarse con nadie de su familia y quería que siguiera así. Mañana sería otro día.
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Al día siguiente, Enzo se levantó muy temprano y, viendo las cosas más calmado, decidió ir hasta Nuñez y enfrentar al hombre a quien debía su nombre. Le chupaba un huevo lo que dijeran de él. Era un buen jugador y merecía el puesto: si alguien lo bardeaba, le cerraría el culo sin violencia, simplemente demostrando sus habilidades.
Otra vez tuvo que tomar el tren y luego un colectivo para el Monumental. Al bajar del bondi, caminó cuatro cuadras hasta llegar a destino.
El estadio estaba cerrado, por lo que decidió esperar cerca de la puerta que daba al garage, a la espera de que viniera alguien con pinta de ser una autoridad.
La suerte pareció sonreírle cuando, una hora después, vio el auto del mismísimo Enzo Francescoli ingresar en el edificio. El morocho intentó llamar su atención, pero el uruguayo estaba concentrado en lo suyo y apenas lo saludó con la mano desde dentro del vehículo. La entrada se cerró detrás del coche y Enzo perdió su oportunidad.
—Yo también soy un boludo —se dijo a sí mismo—. Debe hablar con un montón de personas todos los días. No se debe acordar de mí.
Probó ingresar por el portón principal, pero el guardia de seguridad le negó el acceso, de modo que decidió regresar a la puerta del garage y esperar a que alguien más llegara.
Sabía que era un gran riesgo y que lo que hacía podía salir muy mal, pero en cuanto las puertas se abrieron para dejar pasar a un camioneta Toyota negra, Enzo se acercó a la caja y se metió adentro. Le parecía imposible que el conductor no lo hubiese visto, sobre todo considerando el tremendo ruido que hizo al caer en el vehículo, pero el hombre en ningún momento frenó para chequear a qué se debió el estruendo.
Luego de que la camioneta estuviese estacionada y el conductor se hubiese bajado, Enzo aguardó unos minutos antes de salir del estacionamiento y buscar a su tocayo. Debía ser rápido. Si los guardias de seguridad lo veían por las cámaras, habría perdido su oportunidad.
Trató de caminar tranquilamente por los pasillos que había recorrido el día anterior, para llamar lo menos posible la atención.
Cuando finalmente llegó a la oficina de Francescoli, llamó a la puerta.
—¡Adelante! —dijo el uruguayo.
Enzo entró y habló.
—Hola, no sé si te acordás de mí.
—La verdad que no, pibe.
En ese momento, el morocho supo que hizo bien en regresar. El día anterior, su tocayo le había prácticamente prometido que lo comprarían en unos años, pero ahora no lo recordaba. Era imposible que aquel escenario ideal se cumpliera. Era ahora o nunca.
—Me llamo Enzo. Ayer hice la prueba y después no quedé porque me peleé con otro de los chicos.
—Me acuerdo que había uno problemático pero no quedó porque no daba con el nivel. Si sos vos, te mintieron, pibe.
—No, no. Ese era el otro, vos me explicaste que era por mi tema.
El uruguayo lo miró con el ceño fruncido, como intentando hacer memoria.
—Yo no hablé con vos para nada. Es la primera vez que te veo.
El morocho estuvo a punto de protestar pero el celular del mayor sonó. Francescoli desvió la mirada para buscar el teléfono, atender y llevárselo a la oreja.
—Hol-¡AH! —gritó—. ¿Cómo entraste acá? —le preguntó a Enzo como si no hubiesen estado hablando hace unos segundos. Acto seguido, colgó el teléfono para mirar al menor con cara de shock.
—¿Golpeé la puerta y me dijiste que pasara? —Enzo no entendía un carajo.
—No me mientas, yo estaba acá solo y apareciste de la nada.
Enzo levantó una ceja por la confusión. ¿Ese hombre estaba gagá?
—Voy a llamar a seguridad —continuó el uruguayo y miró a la pantalla de su teléfono para cumplir su amenaza.
Excepto que, se quedó observando el aparato con la expresión en blanco. Luego, parpadeó un par de veces y volvió a levantar la mirada y a asustarse con la visión del morocho.
—¿Cómo entraste acá? —exigió saber otra vez.
Enzo sintió lástima por el hombre y simplemente salió de la oficina. Evidentemente su tocayo no estaba bien.
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Regresó a San Martín frustrado. Había perdido la oportunidad por calentón y ahora encima se le había caído un ídolo. Pero las desgracias no terminarían ahí.
Ni bien ingresó a su hogar, su madre lo echó a escobazos, acusándolo de ser un intruso y amenazando con llamar a la policía.
Enzo imaginó que se había enojado con él por ignorar a todos las últimas veinticuatro horas. Esperaría por la zona a que su padre volviera de trabajar.
Desgraciadamente, el regreso de Raúl no le trajo la solución. Intentó explicarle lo que había pasado y el hombre le dijo que no le entendía nada pero que le preguntaría a su esposa.
—¡Marta! Vení afuera por favor.
Raúl le preguntó a su señora si ella había echado al muchacho a escobazos y ella lo negó, diciendo que jamás lo había visto.
A Enzo le llamó la atención que su padre se refiriera a él como “el muchacho”, pero no le dio mayor importancia hasta que Raúl le dijo que lo esperara ahí porque le traería una bolsa con alimentos no perecederos. El morocho pensó que lo estaba cargando y quiso entrar a su hogar, pero su padre le prohibió el ingreso, acusándolo de aprovecharse de su generosidad.
Todavía confundido, Enzo desistió y fue en busca de sus amigos y otros familiares, pero todos lo trataron como si no lo conocieran. No le quedó más remedio que dormir en la plaza esa noche.
Le tomó un total de tres días descubrir que no se trataba de una broma muy organizada entre todos sus conocidos, sino de su nueva realidad.
Así era cómo funcionaba: todos se habían olvidado de él. Cada vez que trataba con una persona, esta creía que era la primera vez que veía a Enzo y, si lo perdía de vista, volvería a olvidarlo al instante. No podía escribir su nombre y cuando intentaba sacarse una foto con el celu, esta salía borrosa. Ni redes sociales le quedaron.
Ante su nueva situación, estuvo una semana probando los límites de su nueva vida. Debía robar comida y colarse en hoteles para dormir en una cama caliente. Al cabo de unos días, decidió regresar al Monumental. Allí tendría todo lo que necesitaba para subsistir, las noches serían tranquilas, y, al menos, podría ver los partidos gratis desde una buena ubicación.
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Habían pasado dos meses y Enzo tenía una rutina establecida. Había robado una almohada, frazadas y ropa de cama de casas cercanas y tenía una especie de guarida en un depósito abandonado del Monumental. En ocasiones salía y conocía gente con la que terminaba pasando la noche, pero al día siguiente tenía que salir corriendo para evitar una confrontación incómoda. Incluso, a veces solía recorrer los mismos lugares para levantarse a las mismas personas y así lograr la falsa ilusión de un vínculo, pero eventualmente regresaba a su improvisada cama. Esperaba algún día conseguir un colchón.
Los días en los que tenía mucha energía, se colaba en el entrenamiento del equipo. Le gustaba apostar consigo mismo cuánto tiempo iba a pasar hasta que lo descubrieran. Si eso ocurría, no hacía más que correr hacia las tribunas y perderse de la vista de todos. Era entretenido, pero no lo hacía seguido porque provocaba que la práctica se interrumpiera por media hora como mínimo hasta que todos olvidaran lo que estaban haciendo y retomaran el entrenamiento. Lo último que Enzo quería era perjudicar al club de sus amores.
Aquel día en particular, el morocho tenía mucha energía contenida. Se acababa de recuperar de una gripe que lo tuvo en cama por cinco días. Ahora que se sentía un poco mejor, necesitaba la adrenalina.
Como era invierno, Enzo tenía cubierto todo el cuerpo por la ropa de entrenamiento, con capucha incluida. Por eso, no llamó la atención de nadie. Obviamente, Gallardo conocía a sus jugadores y, si se hubiera detenido a marcarle algo, sabría que no era parte del equipo, pero el morocho procuraba siempre darle la espalda y hacer todo correctamente.
Llevaba cuarenta minutos de práctica cuando su cuerpo le pidió un descanso. Evidentemente, todavía no estaba del todo recuperado. Decidió sacarse la capucha y dirigirse hacia el vestuario para ducharse antes que los jugadores.
—¿Cómo hiciste?
Enzo se giró para mirar al chico que le había hablado. Era joven, castaño, de ojos marrones, tez clara y un poquito más bajo que él. Bastante lindo. Estaba claro que era un pibe de la reserva, pero no había estado el día de su convocatoria. Enzo se acordaría de él.
—¿Qué cosa? —le preguntó.
—Entrenar con ellos.
Por lo visto sí había captado la atención de alguien. Lo tendría en cuenta si se lo volvía a cruzar cuando estuviera del todo curado. Podrían compartir algunos momentos interesantes por varios rincones del club.
—Ah —dijo Enzo echándole una mirada a la cancha—. Me colé —se encogió de hombros.
—¿Así nada más? ¿No tenías miedo de que te sacaran los de seguridad?
—La vida es una sola —dijo Enzo y se fue sin más. Estaba transpirado y hacía demasiado frío. Temía tener una recaída.
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Al día siguiente, volvió al entrenamiento. Estaba decidido a aprovechar esa especie de camuflaje que le otorgaba la ropa invernal para completar todas las prácticas que pudiera.
Sin embargo, nuevamente se retiró antes. Esta vez no fue porque estuviera cansado, sino porque le había venido bien poder disfrutar de las duchas a solas.
—No entiendo cómo lo hacés —le dijo el mismo chico del día anterior cuando estaba dejando la cancha.
Enzo largó un suspiro antes de enfrentarlo, pero no se frenó. Le pasaba seguido eso de tener conversaciones parecidas con las mismas personas una y otra vez.
—Tenía ganas de entrenar con el equipo y lo hice. La vida es una sola —aceleró el proceso porque hacía más frío que el día anterior y le urgía tomarse una ducha calentita.
—¿No sabés decir otra cosa?
—¿Ah?
—Lo mismo me dijiste ayer —explicó el chico—. Decime la verdad, ¿sos conocido de alguien importante del club y por eso te dejan entrenar con ellos?
—¿Qué dijiste? —Enzo dio un paso hacia el chico sin salir de su asombro.
—Jugador nuevo no creo que seas porque evidentemente te podés ir cuando querés de la cancha. ¿Quién sos?
—¿Te acordás de mí? —preguntó Enzo.
El chico lo miró como si estuviera loco.
—Sí, culeado, hablamos ayer. ¿Vos no te acordás de mí? Ya me han dicho que paso desapercibido pero no pensé que tanto.
Enzo le dio un gran abrazo de oso al castaño.
—No te lo dije para que me tengas lástima, eh —protestó el chico cuando Enzo lo soltó.
El morocho lo miró y pudo apreciar que sus mejillas se habían tornado de un color más rosado.
—No te abracé por eso. Es que estoy contento porque se terminó.
—¿Qué se terminó?
—La peor época de mi vida —dijo Enzo y se alejó. Su destino ya no era el vestuario, sino su improvisada habitación. Tenía que agarrar su teléfono y llamar a sus padres.
En cuanto llegó al depósito en el que estaban sus pocas pertenencias, buscó su celular y marcó el número de su madre desde el chat de Whatsapp. Le habían suspendido la línea el hace un mes, pero todavía conservaba su identidad en esa aplicación y tenía acceso al wifi del estadio. Cuando la mujer lo atendió, no lo recordó. Lo mismo ocurrió con todos los familiares y amigos que se empecinó en contactar antes de darse por vencido. Arrojó el dispositivo móvil contra la pared y se echó a llorar mientras se dejaba caer al piso.
—¿Estás bien?
La voz lo descolocó. No se había dado cuenta de que el mismo chico que lo había reconocido estaba ahí.
Enzo no le respondió.
—Yo también, lo que vengo a preguntar —dijo acercándose y agachándose a su lado—. No soy muy bueno en estas cosas de consolar porque yo prefiero que me dejen solo cuando estoy mal, así que, si querés que me vaya, lo voy a entender —explicó, recién entonces Enzo notó que tenía un leve acento—. Si necesitás alguna otra cosa, vos pedime, nomás.
El morocho lo miró y pude ver la sinceridad que desprendían sus ojos.
—¿Es muy raro si te pido un abrazo?
El chico no le respondió. En lugar de eso, pasó su brazo por encima de los hombros de Enzo y lo atrajo hacia su cuerpo, mientras se tiraba hacia atrás. Ahora el castaño estaba con la cola en el suelo y las rodillas levantadas. El morocho se apoyó en una de ellas, a modo de almohada improvisada.
—¿Vivís acá? —preguntó el chico después de un rato.
—Sí.
No tenía sentido mentir. Las frazadas lo habían delatado.
—¿No tenés casa o familia?
—No tengo a nadie.
—Ahora me tenés a mí —dijo el chico—. Me llamo Julián. ¿Y vos?
—Enzo —respondió sin enderezarse.
Era verdad. Ahora tenía a Julián.
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Julián no le creyó. Por supuesto que Julián no le creyó cuando le contó lo que le pasaba. A él mismo le llevó días de desesperación comenzar a hacerse a la idea de que era posible.
—Sacame una foto —le dijo Enzo.
Todavía estaban en el suelo del depósito.
—¿Qué?
—Intentá sacarme una foto y va a salir borrosa.
Julián lo miró incrédulo, pero sacó su celular y apuntó con la cámara trasera al morocho. Apretó el círculo blanco que aparecía en pantalla y, efectivamente, la imagen estaba borrosa.
—¿Cómo hiciste? —le reprochó.
—No hice nada. Es lo que pasa.
—No tiene sentido. Tiene que ser un truco.
—Te voy a probar que digo la verdad de otra forma, entonces. Decime el nombre de alguien que trabaje acá. No importa que tan alto en la jerarquía esté.
—Enzo Francescoli —dijo después de considerarlo unos segundos.
—Dale, vamos a buscarlo —dijo el morocho levantándose y ofreciéndole una mano al otro.
—Qué vivo que sos. ¿Cómo sé que no sos, no sé, su sobrino y te va a seguir la joda?
—¿Vos crees que, si tuviese algún contacto, estaría durmiendo acá?
Julián, pensativo, se lamió los labios.
—Tenés razón —dijo rendido—. Eso no quiere decir que te crea.
Fueron en busca del uruguayo y Enzo llamó a la puerta de la oficina de su tocayo. El hombre salió, no pareció reconocerlo y Enzo le preguntó qué le parecía el clima.
—Estoy ocupado, pibe —dijo el ídolo de River, luego de mirarlos a ambos con extrañeza y cerró la puerta.
—Eso no prueba nada —protestó Julián.
—Esperá —dijo Enzo antes de volver a golpear la puerta.
—¿Sí? —dijo el uruguayo cuando salió.
—¿Qué te parece el clima? —volvió a preguntarle el morocho.
—Estoy ocupado, pibe —dijo con la misma seriedad, sin dar muestras de reconocerlo, pero su expresión se oscureció un poco al posar sus ojos en Julián—. ¿Vos no viniste recién? ¿Estás buscando una sanción?
—Él me quiso frenar y yo no le hice caso —intervino Enzo.
—¿Y vos quién sos? —preguntó su tocayo, poniendo los brazos en jarras.
El morocho echó a correr hasta doblar en un pasillo y la expresión de Francescoli cambió en cuanto lo perdió de vista.
—¿Precisás algo? —le preguntó a Julián.
—N-no —respondió tímidamente—. Me dijeron que me buscaba, señor.
—Imposible, no pedí que viniera nadie a verme —dijo y cerró la puerta.
Cuando Enzo volvió a buscarlo, la cara de Julián estaba roja como un tomate.
—¡Avisá que me vas a dejar solo! —le reprochó.
El morocho se rió, pero lo envolvió con sus brazos para calmarlo, entonces notó cómo el otro todavía tenía acelerado el pecho por el susto.
—Te prometo que no lo voy a volver a hacer.
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Los siguientes días fueron, en parte, una tortura. Siempre que se separaba de Julián, Enzo tenía un miedo atroz a que el castaño no lo reconociera la próxima vez que se encontraran.
—No entiendo por qué solamente vos podés acordarte de mí —protestó Enzo.
—Yo que vos me preocuparía más por descubrir por qué me pasa esto —dijo Julián con tono defensivo.
Enzo lo miró y notó que estaba mirando al suelo. Uh, lo había ofendido. Le colocó una mano en el muslo, cerca de la rodilla, para tranquilizarlo y demostrarle que su enojo no era contra él.
—No hay un motivo para eso.
—Entonces no tiene que haber un motivo para que sólo yo te vea —razonó.
Estaban sentados en el banco de suplentes, a la espera que empezara el entrenamiento de la reserva.
Julián llevaba en River un año. Si Enzo hubiese controlado su temperamento el día de su prueba, ahora serían compañeros.
—Necesito encontrarle la lógica para no vivir con miedo a que me olvides, Juli. Estoy durmiendo muy poco por eso.
—Podemos estar en contacto —sugirió—. Así, cuando te entra la duda, me escribís y listo.
—No puedo usar redes sociales. Todo lo que escribo, que esté asociado a mi nombre o mi imagen, se borra. Hasta hace dos días tenía whatsapp sin foto y ahora el celu no me deja acceder ni a eso. Le deben haber dado mi número a alguien más. Es como si fuese un fantasma.
—Te puedo pasar un correo mío y nos mandamos mails.
—No sé si funcionaría.
—No perdemos nada por probar, Enzo.
Un silbato sonó dando inicio al entrenamiento y el morocho se fue a buscar su teléfono.
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Funcionó. Enzo intentaba no escribirle todo el tiempo a Julián. Se reservaba las charlas para aquellos momentos en los que lo gobernaba el miedo a no ser recordado y recién entonces cedía. Aunque la velocidad con la que el castaño le respondía siempre, hacía que las charlas fluyeran hasta que el cordobés tuviese que dejarlo por algún compromiso. El ciclo volvía a comenzar con Enzo intentando contenerse de escribirle, pero pocas veces era capaz de aguantar las ganas.
Cuando estas surgían muy tarde por la noche, lo que hacía era recorrer la bandeja de entrada y releer las conversaciones anteriores.
Ahora podía dormirse tranquilo, sabiendo que tenía una prueba de que existía, que alguien lo recordaba y se interesaba por él.
Le gustaba la idea de que, si solo una persona fuese a reconocerlo, ese fuera Julián. El castaño le caía muy bien y era dulce con él. No dudaba en darle un abrazo cuando el morocho estaba bajoneado. A menudo le llevaba golosinas y postres al depósito que Enzo usaba de habitación, a pesar de que él podía conseguirse lo que necesitara, y hasta se ocupaba de lavarle la ropa. Lo atendía.
El hecho de que fuese lindo no era una contra. Excepto que Enzo no planeaba intentar nada con él. Seguía recurriendo a conquistas que duraban un encuentro a pesar de anhelar un vínculo más fuerte. No podía arriesgarse a que las cosas terminasen mal con Julián por el lugar especial que ocupaba en su vida.
Además, parte de él dudaba de si los sentimientos que había desarrollado en esas semanas por el castaño eran completamente genuinos o si se debían a ese lugar especial. Enzo sospechaba que era lo primero, ya que cada noche se ponía a reflexionar sobre lo mismo y caían en la conclusión de que, sin importar las circunstancias, siempre se sentiría atraído hacia Julián. Incluso si el castaño fuese de Boca.
En un intento de ocupar su mente en otras cuestiones, le pidió al cordobés que intentara crearle redes sociales con usuarios de fantasía para ver si podía usarlos. Por suerte, eso también funcionó y ahora Enzo contaba con unas distracciones necesarias.
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Pasaron unos díez días y una nueva ola polar azotó Buenos Aires. Fue tan extrema que suspendieron los entrenamientos.
“Querés que te lleve abrigo?”, le escribió Julián a su nueva cuenta de instagram.
“No vengas, no te van a dejar pasar. Preparámelos que mañana paso yo”.
“Puedo decir que me confundí y pensé que había práctica”.
“Caíste a la práctica a las cuatro de la tarde? Además, vivís en la pensión de River, Juli. No hay chances de que no te enteres. Si podés, preparame un buzo y unas frazadas y mañana voy”.
“Pero esta noche va a bajar la temperatura a -3 grados, te vas a congelar!”
“Me voy a meter en alguna oficina que tenga aire acondicionado frío-calor. Vos tranquilo”.
Esa respuesta pareció satisfacer a Julián y se pusieron a intercambiar videos graciosos que habían visto en tiktok, como lo hacían habitualmente.
Le había mentido. Enzo sabía que, por las noches, las oficinas se cerraban con llave, pero no quería que Julián se arriesgara a ser sancionado metiéndose a escondidas en el Monumental y hacía demasiado frío como para que el morocho fuese hasta la pensión con el poco abrigo que tenía. Sería un problema para el día siguiente.
Era obvio que la mentira le pasaría factura: por la mañana, Enzo se despertó hecho percha. Le dolía todo el cuerpo y no paraba de estornudar. Se sonaba la nariz, pero le seguía saliendo moco.
Julián le escribió por la mañana avisándole que ya tenía todo listo, pero Enzo estaba demasiado dolorido para caminar las quince cuadras que lo separaban de la pensión.
“¿Me lo podés traer tipo una de la tarde? Me enfermé y no quiero tomar más frío. Avisame cuando estés cerca y nos encontramos a una cuadra de la puerta así no entrás”.
“Sos un pelotudo, yo te dije” respondió Julián.
El morocho tomó eso como un “sí”, de modo que puso la alarma de su celular media hora antes de la una y se dispuso a seguir durmiendo.
—Enzo, Enzo. ¡Despertate, Enzo! —sintió que una fuerza lo sacudía y escuchó una voz que lo llamaba.
—¡Enzo!
Era Julián. Abrió los ojos lentamente y se encontró al castaño frente a él. Lo miraba con ojitos preocupados.
—Juli —susurró.
—Enzo, estás volando de fiebre, pelotudo —lo reprendió.
—Juli, no va a ser ni la primera ni la última vez que tenga fiebre. No te preocupés.
El cordobés negó con la cabeza y lo ayudó a incorporarse.
—Te traje un café —le alcanzó un vaso término y Enzo se lo llevó a la boca sin dudarlo.
Siempre se aseguraba de tener una botellita con agua y algo para comer en su improvisado cuarto, pero pocas veces tenía chances de tomar algo caliente y esa mañana no había querido levantarse.
—No podés quedarte acá, Enzo.
—¿Qué querés que haga, Juli? No tengo a dónde ir.
—Venite a la pensión —dijo firmemente.
—No da, sería un quilombo.
—El chico con el que compartía cuarto se volvió a su pueblo hace dos días —le contó—. Podés venir a pasar unos días allá hasta que mejores. No creo que vaya a aparecer nadie nuevo por ahora.
—¿Estás seguro que no te traería problemas? —extrañaba dormir en una cama y la presencia de Julián sería un plus.
—No, culeado —le garantizó—. Lo peor que puede pasar es que caiga un pibe nuevo, y no estamos en época de renovaciones de contrato.
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Julián entró en la pensión de forma natural y Enzo lo siguió con un paso un tanto torpe. El cordobés había querido acompañarlo por medio que se cayera al suelo por la fiebre, pero el morocho le insistió en que, si alguien los veía entrar, les harían menos preguntas de esa manera, ya que simplemente se olvidarían de él.
Afortunadamente, Julián no encontró a nadie en la sala común de la pensión y regresó a buscar a Enzo, que deambulaba como ido, a la entrada. Fueron todo lo rápido que su estado les permitió hasta su cuarto, lo ayudó a recostarse en la cama y lo arropó.
Los días pasaron y Julián apenas se despegaba de su lado. Solamente lo hacía cuando salía a comer y cuando se retomaron los entrenamientos.
—¿Quién sos? ¿Qué hacés acá?—le preguntó un chico colorado en una ocasión.
Enzo ya se estaba sintiendo mejor y se animaba a andar libremente por la pensión cuando los chicos se iban a las prácticas.
—Me llamo Enzo, soy amigo de Julián —le respondió—. ¿Vos?
—Yo soy Lucas. Soy compañero de Julián. Él está entrenando —dijo con desconfianza.
—Lo vine a visitar sin avisar y resulta que ya se tenía que ir. Me dejó quedarme a esperarlo porque vivo lejos. ¿Vos por qué estás acá en lugar de haber ido con ellos?
—Estoy lesionado —señaló una venda que tenía en la rodilla izquierda y se sentó en una silla, del otro lado de la mesa, frente a Enzo—. No tenés acento cordobés.
Enzo soltó una risa.
—No conozco a Juli de Calchín sino de acá —nombró a propósito el pueblo del castaño para que el otro se dejara de joder y se diera cuenta de en verdad lo conocía.
—¿Es así de tímido siempre? Desde que lo conozco que es callado, pero últimamente está encerrado en sí mismo. Me preocupa que le esté pasando algo.
Enzo se puso a pensar en cómo responder. No sabía si era una prueba o si a esta persona realmente le importaba su amigo. A la larga, no importaba lo que dijera, pero era una oportunidad de conocer al cordobés más a fondo.
—Creo que es algo que le pasa cuando está con grupos grandes de personas. Nosotros nos solemos juntar solos y, aunque es un toque introvertido, se suelta más. ¿En qué lo notás diferente?
Siguieron hablando y Enzo se dio cuenta de que estaba monopolizando el tiempo de Julián con sus compañeros. Hacía unos días que se había curado de su gripe pero seguía quedándose a dormir en la pensión.
Esa tarde, estando cada uno recostado en su cama, Enzo le sugirió a Julián que pasara más tiempo con sus compañeros en lugar de estar encerrado con él en la habitación.
—Pero te vas a quedar solo —argumentó.
—Puedo entretenerme con otras cosas, Juli. No tenés que estar todo el tiempo conmigo.
—A mí me gusta pasar tiempo con vos.
La dulzura en su tono hizo que Enzo tuviera que contenerse para no pararse y estrujarlo contra su cuerpo.
—No quiero que te canses de mí. Por alguna razón sos la única persona con la que puedo sostener un vínculo y no quiero quemarlo.
Julián se había sonrojado. Era raro. Siempre que Enzo aludía a su situación, pasaba eso. No entendía por qué.
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Llegó un nuevo chico a la pensión. El pobre entró a la habitación con su valija, seguido de una persona del staff de River, para ver a Enzo acostado en la que iba a ser su cama.
Julián se empezó a comer una cagada a pedos por meter a alguien en la habitación, pero el morocho se escapó del cuarto metiéndose en el baño y el tipo de River se olvidó de por qué estaba enojado.
—Me voy a tener que ir, entonces —dijo Enzo cuando Julián lo fue a buscar.
—Es tarde —comentó el cordobés.
—Tampoco es tan tarde —le quiso restar importancia—. Si le meto, en veinte minutos estoy en el estadio.
—Pero no sabés si vas a poder entrar —le retrucó.
Enzo estaba acostumbrado a entrar y salir durante el día, cuando llegaba algún auto y se metía al garage.
—¿Y qué querés que le haga, Juli? Tengo que pasar la noche en algún lado.
—Te podés quedar acá, conmigo —dijo con una vocecita chiquita.
—¿Acá? ¿Dónde? —preguntó no entendiendo.
—Podés venirte a la pieza cuando todos se hayan dormido, si no te molesta compartir conmigo —Julián se rascó la nuca mientras le esquivaba la mirada—. Todavía hace frío, no quiero que te vuelvas a enfermar.
Enzo le sonrió pícaramente, pero el otro no lo vio.
—Tenés razón, Juli —dijo con tono serio.
Algo le decía que sus sentimientos eran un poquito correspondidos. Eso le gustaba y le asustaba en partes iguales.
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Decidió intentar que Julián se vincule más con sus compañeros.
Enzo iba a verlo a las prácticas pero se quedaba lejos, en la tribuna. Lo visitaba en la pensión y participaba de las charlas con sus compañeros para darle pie a su amigo que se luciera. Por supuesto, tenían sus momentos a solas y sus charlas por instagram, pero intentaba no acaparar al castaño demasiado.
Fue una linda rutina a la que se habían acostumbrado pero duró unas pocas semanas porque a Julián lo convocaron para jugar con el equipo mayor. Iba a debutar en primera.
—No sé si va a pasar pronto —dijo cuando Enzo lo felicitó—. Por ahora es entrenar con ellos.
—Pero es una banda igual, Juli. Hay que celebrarlo.
—Por favor, no. Hasta que no pase, no quiero quemarlo.
—No te tenía supersticioso a vos.
—Nunca lo fui, pero se ve que pasan cosas inexplicables —respondió señalando al morocho con el mentón.
Julián estuvo un mes entrenando con el equipo antes de que Gallardo le comunicara que iba a estar convocado como suplente.
“No me puedo dormir” le escribió el cordobés la noche anterior al partido.
Enzo no le contestó. Directamente tomó la decisión de ir a la pensión. Ya era primavera y el clima era mucho menos hostil.
“Vení a abrirme, estoy en la puerta”.
“No estoy para jodas, Enzo”.
El morocho se sacó una selfie en la puerta de la pensión y se la envió. En menos de dos minutos, la puerta se estaba abriendo.
—¿Qué hacés acá? ¿Sos loco?
—Te conozco y, para reconocer que no podías dormir, tenés que estar cagado hasta las patas por mañana. Así que te vine a hacer compañía.
—Gracias —dijo Julián apenas. La palabra quizás no transmitía demasiado, pero su expresión lo decía todo.
Se alegraba mucho de verlo ahí y para Enzo era importantísimo. No pudo evitar abrazarlo.
—No te pongás nervioso, va a salir todo bien —le dijo mientras lo tenía entre sus brazos.
—Nunca nadie se calmó después de escuchar eso.
—Bueno, vamos por otro lado —pensó qué decir por unos segundos—. Tené en cuenta que este es apenas el comienzo. Va a llegar el momento en el que vas a haber jugado tanto pero tanto en primera que te va a resultar un trámite. ¿Ahí sí?
—Un poco me reconforta, pero a futuro —explicó todavía aferrado a Enzo—. No me calma.
El morocho le recorrió la espalda, acariciándolo.
—Entonces, pensá en que si Gallardo te convocó es porque estás listo y él sabe que sos capaz. Además, va a ser tu primer partido. Seguro jugás pocos minutos y nadie espera que la rompas. Lo único que tenés que romper es el hielo.
—Tenés razón —dijo contra el cuello del más alto antes de separarse—. ¿Te quedás?
—Obvio, Juli.
El castaño lo tomó de la mano y lo tironeó hacia adentro. Cerró la puerta de la pensión y lo guió hasta su habitación.
Una vez en la cama, Enzo se acurrucó contra la espalda del otro no solo porque así entraban mejor, sino también porque quería darle contención.
Sintió que Julián murmuraba en la oscuridad.
—¿Qué decís? —susurró. No quería despertar al compañero del castaño.
—No te hablaba a vos, estaba rezando… por los nervios.
Enzo se tensó. Julián lo notó y se giró sobre su cuerpo para enfrentarlo.
—¿Qué pasa?
—Nada, nada.
—No me digas que no sos religioso porque tenés unos tatuajes que demuestran lo contrario.
—Digamos que estoy decepcionado de la religión.
—¿Por?
—Porque por eso estoy en este lío.
—No entiendo.
—Recé mucho para quedar en River y digamos que fui un pendejo pelotudo e impulsivo.
—Contame la historia completa… si no te molesta.
Enzo se refregó la cabeza contra la almohada en un intento de despejar las ideas y le relató a Julián lo que había ocurrido el día que se fue a probar al Monumental
—¡Pero sos un boludo! —lo retó—. ¿No sabés que se te puede volver en contra hacerle eso a San La Muerte?
—Ahora lo sé.
—Por ahí podemos pedir ayuda. Sabiendo qué originó lo que te pasa, quizás se puede hacer algo.
—¿A quién le querés pedir ayuda, Juli? ¿A un sacerdote? ¿A un pai umbanda? No se puede.
—Con probar no perdemos nada.
—Dejá, mirá si arruinamos algo y vos te olvidás de mí —le dijo Enzo.
—Pero mirá si arreglamos algo y tu familia se acuerda de vos —insistió.
El morocho negó.
—Tiene que tener un sentido que solo vos me reconozcas.
Sintió las piernas de Julián removerse en la cama. Estaba nervioso. Se estiró para darle un besito en la punta de la nariz.
—¿Viste cómo te distraje cambiándote de tema? Soy buenísimo —fanfarroneó.
—¡Callate! —todo su cuerpo estaba ahora en cierto grado de tensión, pero Enzo no creía que fuese por el día siguiente.
Le dio otro beso en la nariz y Julián escondió la cara en su pecho, agarrándolo de la remera. Enzo aprovechó y posó los labios sobre su pelo.
El castaño lo miró y Enzo le sonrió mientras se acercaba para dejarle otro beso, esta vez en la comisura de la boca. Listo, no lo jodería más.
Estuvieron unos veinte segundos mirándose, midiéndose, hasta que finalmente Julián se estiró para darle un piquito. Enzo aprovechó para agarrarlo de la nuca e impedirle que se separara enseguida.
Aflojó el agarre, permitiéndole tomar pocos centímetros de distancia antes de volver a acercarse, esta vez, para lamerle los labios, pidiéndole permiso para entrar. Julián abrió la boca y comenzaron a besarse como ambos querían.
—Juli —Enzo rompió el silencio que se generó minutos después de que se separaron.
—¿Hum?
—Estoy muy orgulloso de vos.
—Gracias, significa mucho que me lo digas —se pegó más a su cuerpo.
—¿Va a venir tu familia a verte mañana?
—No, me avisaron muy sobre la fecha que iba a jugar y no hicieron tiempo de venir.
—Uh.
—Por suerte vas a estar vos.
—Siempre —le dijo y le dio otro beso.
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El debut de Julián pasó sin goles pero sin errores. Al castaño le hubiese gustado hacer un partido más memorable, pero tuvo una participación digna.
Con el correr de los partidos, fue sumando minutos hasta convertirse en titular. Tenía buenos y malos partidos, pero era un gran jugador y era querido por los hinchas millonarios. Enzo siempre lo miraba desde la tribuna.
Ese día en particular era mediado de diciembre de 2019, la final de la Copa Argentina y River se estaba enfrentando contra Central Córdoba: iban ganando 2 a 0. A pesar de eso, le pesaba que, en los últimos partidos, la gente había empezado a criticar el desempeño de Julián en el equipo.
Enzo tuvo una idea y no pudo evitar ejecutarla: se metió en la cancha.
Le robó la pelota a uno de los rivales y le dio el pase al cordobés. El árbitro estaba pitando como loco. Los otros jugadores ya se habían dado cuenta de que ese chico morocho con un 9 en su camiseta no era Julián y se miraban entre ellos esperando que alguien sacara al intruso del campo de juego.
El cordobés tardó unos segundos en reaccionar, pero guió la pelota hacia el arco. Dos rivales lo defendieron pero él fue más rápido y pateó convirtiendo el gol.
Enzo se enteró después. No lo pudo ver en su momento porque, cuando su chico recepcionó el pase, tuvo que huir para que no lo alcanzaran los de seguridad.
Se escapó justo a tiempo y logró meterse en el vestuario. Podía escuchar que en la cancha reinaba el caos y el desconcierto. No sabía en qué situación quedaría el partido. Estaba seguro de dos cosas: todos ya lo habían olvidado y no aparecería en las cámaras. Sin embargo, decidió esperar un rato más escondido en el vestuario antes de regresar a su cuarto. Que no lo vieran no significaba que los guardias no estuvieran al acecho por los pasillos. Desorientados y sin saber qué estaban buscando, pero al acecho al fin.
—¡Sos un desquiciado! ¿Cómo te vas a mandar así? —lo reprendió Julián esa noche.
—¿Metiste un gol o no metiste un gol?
—Enzo, es peligroso. ¿Y si te atrapaban?
—Me iban a tener que soltar cuando no supieran por qué me tenían.
—O peor: te encerraban y se olvidaban de liberarte.
—No seas teatrero, Juli.
—También podría haberte disparado un policía.
—No iba a pasar eso ni en pedo.
—Si pensaban que eran una amenaza, podía ser —protestó.
Enzo puso los ojos en blanco y se estiró para apoyar su mano en la nuca del castaño y atraerlo suavemente hacia él.
—Pero no pasó —le dio un besito en los labios.
—Prometeme que nunca más lo vas a hacer.
—Lo voy a hacer todas las veces que sea necesario. Es una forma de sentirme útil —explicó.
—Es una forma de darme un infarto y de hacerme renegar.
Enzo lo envolvió en sus brazos y, si bien Julián estaba súmamente chinchudo, bastaron un par de besos en el cuello para que aflojara.
—Bueno, amor. Prometo hacerlo solamente en partidos claves en los que vos estés jugando y vayan perdiendo. ¿Más tranquilo?
—No mucho —respondió, pero le empezó a devolver el abrazo.
—De verdad quiero retribuir de alguna forma lo que hacés por mí —dijo todavía contra el cuerpo del otro.
—Enzo, no tén-
—Yo siento que sí tengo que hacerlo —finalmente se separó para mirarlo a la cara—. Además me dio adrenalina —agregó con una sonrisa para cortar la tensión del ambiente.
Julián lo empujó juguetonamente.
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Así fue como nació la leyenda urbana del jugador fantasma de River Plate. Se documentaron varios goles y asistencias exitosas, pero nadie parecía recordar quién los hacía y las cámaras fallaban colectivamente en esos momentos.
No importaba si el equipo jugaba de local o de visitante. El único denominador común era que siempre que ocurría, Julián estaba en campo de juego.
Después de la confianza que le había generado esa primera intervención de Enzo, el cordobés había logrado ser una sensación en el club por sus propios medios, pero en cuanto un usuario de twitter publicó un hilo asociando las intervenciones fantasmas a la presencia del delantero, el ojo público estuvo en él por otros motivos.
Tanto los dirigentes del club como sus amigos y familia le preguntaron a Julián si no andaba en “alguna cosa rara”.
—Culeado, no podés hacer más eso —le dijo Julián a Enzo en su hogar.
Desde que el castaño jugaba en primera, ganaba lo suficiente para alquilar un departamento para poder vivir juntos. En ese momento, estaban sentados a la mesa del living comiendo carne al horno preparada por Enzo.
—Eso lo decís porque me querés todo para vos —lo peleó en broma el morocho.
—¡Te estoy hablando en serio, Enzo!
—Bueno, bueno. No lo hago más —prometió llevándose una mano al corazón y levantando la palma abierta hacia su ahora novio—. Tenés que reconocer que estuvieron lentos en hacer la conexión. ¡Todas mis asistencias te las hago a vos!
Era verdad. Deberían haber notado que las cámaras solo fallaban antes de goles de Julián o en goles que nadie vio pero que siempre tenían al cordobés como último jugador en patear la pelota. Es que al castaño le iba tan bien por sí solo que Enzo rara vez intervenía. Solamente se había metido en la cancha seis veces en un lapso de ocho meses.
Ocho meses.
Hacía diez meses que estaba con Julián y hacía más de un año que se había vuelto inexistente para todos menos para él. Agradecía constantemente por haberse cruzado con el cordobés en el estadio o ya se habría vuelto loco.
—Por ahí tengas que meterte para ayudar a alguien más y que dejen de hablar al pedo —dijo el castaño mientras se concentraba en cortar la carne.
—Tenés razón, pero voy a esperar un tiempo.
Después de todo, una cosa era arriesgarse a entrar en la cancha para ayudar a Julián y otra muy diferente era hacerlo por cualquier otro. Por mucho que quisiera que River ganara siempre y que le gustara sentirse parte del equipo, no dejaba de ser riesgoso. Nunca se lo admitiría a su novio, pero cada vez le daba más pánico hacerlo.
Al principio lo vio como un juego, algo emocionante para salir de su nueva rutina. Tampoco le había importado si lo agarraban o si algo drástico sucedía. Sin embargo, ahora que tenía una vida establecida junto al castaño, se tomaba más seriamente meterse en los partidos.
A pesar de que el cordobés siempre le insistía en que no lo hiciera, Enzo sabía que había ocasiones en las que Julián contaba con que lo salvara si todo iba mal. El morocho era como una red de seguridad en caso de que el equipo fallara, por lo que no estaba dispuesto a plantearle a su novio que quería dejar de lado el asunto.
El hilo de twitter había sido una bendición en ese sentido: esperaría un tiempo.
Lo que todavía no sabía Enzo era que nunca más tendría la oportunidad de meterse en la cancha y ser un jugador fantasma.
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—Imaginate cuando estemos allá.
Julián había llegado con una noticia soñada para la mayoría de los jugadores: tenía una oferta para jugar en Europa. En unos meses formaría parte del Manchester City.
Había entrado gritando al departamento y había saltado sobre Enzo, rodeándole el torso con las piernas. El morocho se había puesto a saltar y al girar con él a upa hasta que la euforia bajó y Julián, ya separado de su cuerpo, le pudo explicar bien la oferta.
—Yo no voy a ir, Juli —comentó más calmado.
—¿Cómo que no? Te quiero conmigo.
—Ese no es mi lugar.
Cuando su novio le empezó a hablar emocionado del City, Enzo se dio cuenta de lo mucho que lo estaba frenando. Julián nunca iba a poder estar en una pareja de verdad, tener alguien a quien llevar a una cena familiar, con quien ir a las premiaciones del Balón de Oro o formar una familia, porque solamente él podía verlo.
Podría llevarlo a todos lados, pero si lo presentaba a alguien, la persona en cuestión se olvidaría de su existencia en cuanto fuese al baño y se sorprendería al verlo aparentemente de la nada.
Si quería a Julián, debía dejarlo ir.
—Nos quedamos acá entonces —sentenció el castaño.
—No, no te podés perder esta oportunidad —dijo, agarrándolo de las manos.
—Mi lugar es donde estés vos, Enzo. Si no querés ir a Inglaterra conmigo, no hay otra posibilidad.
Enzo exhaló.
—Te estoy limitando. Siempre te voy a limitar.
—No empecé otra vez con eso —Julián se soltó del agarre y empezó a caminar por el living—. No podemos seguir teniendo la misma conversación siempre.
El cordobés no era ajeno a las inseguridades de su novio. Cada tanto, Enzo las planteaba y, aunque Julián se encargaba de desestimarlas una a una, siempre volvían.
—Uno de mis mayores miedos es que estés conmigo por lástima, porque nadie más me recuerda. ¿Mirá si un día te cansás de mí?
—Eso no va a pasar.
—No quiero ser una carga para vos.
—Ya sabés lo que tenés que hacer, entonces.
—No va a funcionar —negó con la cabeza.
—Enzo, yo te amo, pero no podés ser tan inflexible en todo. En algo tenés que ceder: o venís a Manchester conmigo sin protestar o buscamos ayuda de una vez por todas.
Enzo lo miró seriamente antes sonreír ampliamente.
—Cómo me calienta cuando te enojás.
—¡La puta madre! —renegó Julián, pero estaba lejos de ser inmune a los encantos del morocho.
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Después de lo que le pasó, Enzo había quedado con un terror infernal a todo lo místico. Julián le había insistido hasta el cansancio que fuesen a una bruja, pero él nunca quiso saber nada hasta ahora.
—¿Estás seguro de esto, Juli? —preguntó con dudas.
La casa se veía normal por fuera pero había una energía palpable en el aire.
—Sí, me dijo el Papu que es de las mejores.
—¿Y él cómo sabe?
Julián puso los ojos en blanco.
—Enzo, ya estamos acá. En el peor de los casos, nos dice que no puede hacer nada y nos vamos como vinimos.
—No, en el peor de los casos, la hacemos enojar y te maldice a vos también.
—Entonces no la hagamos enojar —replicó Julián, optimista y se apuró a tocar el timbre.
Una mujer morocha les abrió la puerta.
—Adelante —les dijo. Se metió nuevamente en la casa, dándoles la espalda hasta llegar a una mesa.
La mujer se sentó en una silla, agarró un sahumerio para prenderlo y, al levantar la vista, se sobresaltó al ver a Enzo, pero intentó disimularlo.
—Tomen asiento. ¿En qué puedo ayudarlos?
Ambos se sentaron del otro lado de la mesa y Julián empezó a explicarle la situación mientras el morocho examinaba el lugar. Era una habitación pequeña, con paredes rosas y muchos cuadros. Junto a la morocha, había un mueble de madera alto con una vitrina de vidrios oscuros. Intentó ver lo que había dentro, pero no lo consiguió.
—No es nada que no tenga solución —las palabras de la mujer lo sacaron de su lucha con el vidrio y la miró mientras ella tenía el sahumerio en una mano y pasaba la otra por encima de unas piedras de colores—. Debo avisarles, sin embargo, que, al estar conectados, se revertirían los deseos de ambos.
—¿Qué? —dijo Enzo y se giró para mirar a Julián—. ¿Vos también pediste algo?
—Sip —respondió apenado—. Y se cumplió.
—¿A San La Muerte? ¿Y qué pediste?
—No, le pedí a San Antonio…. un novio secreto.
Enzo echó una carcajada.
—¡Con razón vos sí me podías ver!
De haberlo sabido, hubiese estado menos temeroso a que un día el castaño se levantara y no lo reconociera.
—No puedo deshacer un deseo sin el otro: fueron hechos en el mismo momento —intervino la mujer.
—Hágalo —dijo Julián.
—¡No! —negó Enzo—. No quiero no conocerte, Juli.
Ambos se quedaron mirándose, sin saber qué decisión tomar.
—Seguramente se conozcan de todas formas. Los deseos no se hubiesen entrelazado si ustedes no hubiesen estado en el destino del otro.
—¿Nos vamos a acordar de lo que vivimos? —preguntó Enzo.
—Vos, sí. Es parte del castigo de San La Muerte por ofenderlo: el tiempo volverá atrás pero tendrás recuerdos de todo.
El morocho negó con la cabeza.
—No.
—Enzo, pensá en que vas a volver a hablar con tu familia.
Dudó. En el último año, Julián había sido su todo.
—Te perdería a vos. Ya sé que te van a comprar de otro club y andá a saber en dónde termine yo.
—Hace unos días estabas dispuesto a dejarme y a que viaje solo. Además, te prometo que me voy a volver a enamorar de vos en cuanto te conozca.
—¿Estás seguro?
—Ya pasó una vez, no hay forma de que no vuelva a pasar.
Enzo lo tomó de la mano y le dio un último beso antes de mirar a la mujer y decirle con determinación:
—Hacelo.
Julián siempre cumplía sus promesas.
