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Aquella noche parecía ser una como cualquier otra, o por lo menos para Lionel, que como todos los fin de semana y feriados trabajaba en ese bar como bartender. Pero en realidad era una fecha especial, era 24 de diciembre a la noche, horario en el que la mayoría se encuentra reunido con sus más cercanos. Esto no era así para nuestro protagonista, que debía quedarse hasta bien entrada la madrugada, cosa que a veces le fastidiaba un poco pero obtenía una buena paga.
Habían pasado un par de horas desde que empezó su turno, con el bar casi vacío porque todavía faltaba casi una hora para las doce, así que tenía una larga noche por delante. La llegada de un chico que parecía tener más o menos la misma edad que él con un semblante triste le llamó la atención, era raro que aparezca alguien a esa hora en esas fechas, y encima le preocupaba lo mal que se veía.
—Hola buenas noches, ¿Qué te sirvo?
—Un fernet bien fuerte si puede ser.
El chico se sentó en la banqueta al lado de la barra mientras Lionel preparaba su trago. De reojo el bartender veía que jugaba con sus manos y mantenía su mirada baja, se lo notaba nervioso, como no sabiendo bien qué hacer. Cuando terminó de preparar el fernet decidió ser valiente y preguntarle, realmente quería saber qué era lo que le pasaba.
—Acá tenés tu trago. Igual te quería preguntar algo, si no te incomoda claro.
El desconocido después de tomar un sorbo lo miró y le contestó.
—No tengo problema preguntame, me imaginaba que algo me ibas a decir porque mi cara dice mucho, ja.
—Perdón, solo quiero saber qué es lo que te pasa, porque no cualquiera viene en Nochebuena a un bar y encima con una cara que parece que saliste de un velorio.
Los dos rieron un poco ante ese último comentario.
—En realidad lo que me pasó es que me dejaron hace un rato, así que lo único que se me ocurrió hacer es salir y callar las penas en alcohol, porque ni siquiera tengo a mi familia acá para que me acompañe. Iba a pasar navidad con mi pareja, bueno ahora ex pareja en realidad.
Era una de las hipótesis de Lionel pero no quería ser tan cliché tampoco, ahora se da cuenta que la vida es un poco así.
—Uh che que garrón, encima a esta hora y este día, ¿no lo podrían haber hablado después?
—Parece que él no quiso esperar y me soltó la bomba de que ya no me ama y que no quería verme más —dejó largar un suspiro ahogado, como si se hubiera sacado un peso de encima por contarlo y siguió— pero también me di cuenta que me estaba siendo infiel al sentirle el perfume de otro tipo, cayendo que por esa razón no me amaba más, porque ahora está enamorado de otra persona. Obvio que se lo reproché pero no quiso admitirlo, así que me fui a la mierda de ahí, no podía seguir más en ese lugar.
Lionel que estaba limpiando y ordenando un poco su sector de trabajo mientras lo escuchaba casi tira todo. Hay que ser realmente una porquería para hacerle esto a una persona que supuestamente querés, aunque uno ya no la ame más.
—No te lo puedo creer, disculpame pero es un hijo de puta con todas las letras. No te conozco pero si me decis quien es te ayudo y lo cago a trompadas, bien merecido se lo tiene.
El cliente lo miró fijo. Él pensaba de la misma manera pero al mismo tiempo se sentía triste, como que tenía acumulada mucha bronca y dolor y tenía un poco de miedo de explotar. Lo bueno es que encontró alguien con quien descargarse y hablar sin tapujos del tema, total era un desconocido y por lo que parecía no iba a juzgarlo.
—A mi también me dió ganas de molerlo a palos por desgraciado pero me contuve, no valía la pena hacerlo, así que me fui diciendo que no quería verlo nunca más en mi vida, que se quede con su gato de cuarta nomás —le dió un sorbo a su bebida y siguió— Ojalá me lo hubiera dicho antes, así me sacaba un pasaje para pasar las fiestas con mi familia, en vez de estar acá chupando como un boludo, y encima solo.
—Un par de tragos no te hace mal, por lo menos para olvidarte un poco de la razón por la que viniste, pero porfa no quiero que me vomites el baño, que después el que tiene que limpiar todo soy yo —se miran y ríen al mismo tiempo ante el último comentario—.
Luego de un rato de charla al ahora soltero le empezó a agradar demasiado el bartender. Lo hacía reír contándole chistes para animarlo, y además le sonreía de una forma que hacía teñir de rojo sus mejillas. En conclusión le gustaba, su encanto estaba funcionando en él, estaba cayendo, y a pesar de que su cerebro le decía que no era lo correcto su corazón decía que debía olvidarse de quien lo lastimó, que tenía que seguir lo que el destino le mostraba.
No quería parecer un despechado por querer besar (o algo más) a la primera persona que le tira un poquito de onda pero realmente lo estaba, y este flaco le gustaba bastante, porque lo hacía reír para que trate de olvidar aunque sea un momento de lo mal que se sentía, así que no iba a desaprovechar la oportunidad de tirarle onda.
—Vos tranquilo, voy a tomar un poco y ver si me puedo olvidar de este imbécil, no solo gracias a la bebida —le guiña un ojo a su acompañante—.
El bartender creyó entender por donde iba la mano con ese guiño y decidió poner en marcha su fase seductora aunque pudiera comprometer su trabajo. El chico enfrente suyo le parecía muy atractivo y simpático, por lo que no le molestaba colaborar con su sed de venganza.
—Me interesa saber del lindo cordobés que tengo enfrente, si no me equivoco con el acento, ¿no? —Lionel se acerca un poco a su cliente y lo observa con una sonrisa coqueta, remarcando su hoyuelo—.
El más bajo también se acerca un poco al darse cuenta que captó su intención y que iban a jugar el mismo juego, por lo que toma un sorbo para armarse de valentía y averiguar hasta dónde llega esto.
—Pablo Aimar, y si, soy cordobés, más específicamente de Río Cuarto ¿Y vos, bombón? Me suena que no sos de acá al igual que yo, ¿O me equivoco?
La sonrisa se le había contagiado y hasta se olvidó del porqué estaba en ese lugar, solo quería terminar la noche con el chico que tenía enfrente.
—No le erré entonces y vos tampoco —apoyó el mentón en su puño mientras tocaba despreocupadamente la parte superior del vaso de su cliente con el dedo índice de su mano libre— Soy Lionel Scaloni, nací en un pueblito de Santa Fe cerca de Rosario, pero me vine acá a Capital a probar suerte, y por lo que parece elegí bien, porque de casualidad casi siendo Navidad apareciste vos de la nada —remató lo dicho con un guiño y acercándose lo más posible al otro—.
Ya había una cierta tensión en el aire que los dos disfrutaban sentir, más sabiendo ahora sus nombres y un poco del otro. La pregunta es: ¿Quién rompería esa tensión primero?
—Parece que no fue mala idea venir a este bar a tomar y desahogarme después de todo, creo que voy a festejar la Navidad como corresponde —Pablo se acerca más, haciendo que se mezclen sus respiraciones y que se toquen sus manos sobre el vaso— Antes de que sean las doce podes cerrar el bar así nos divertimos un poco.
—Me parece una idea genial hermoso —Scaloni se contuvo de comerle la boca en ese preciso momento y se separó para buscar las llaves— Voy a cerrar ahora porque faltan 10 minutos para la medianoche, y apenas termino preparo un trago para que brindemos los dos, o busco algún champán, lo que quieras.
—No quiero parecer muy fifi, pero si me ofreces champán te lo voy a tener que aceptar, hay que brindar como corresponde y después tomamos otra cosa, podes sorprenderme con algo más.
Eso había sonado a desafío y a Lionel le gustó, porque no sólo implicaba a la bebida, si no también a lo que podían hacer después. Así que mientras cerraba la reja y bajaba la persiana se imaginaba las cosas que le haría al cordobés, ya no aguantaba más.
Apenas finalizó con su trabajo se dirigió hacia el depósito a buscar el mejor champagne de la vinoteca. Sabía que el dueño guardaba algunos para ocasiones especiales y que no eran de cualquier tipo, y aunque no estuviera del todo bien “tomar prestado” uno hoy era un día especial y tenía que agasajar a su nueva compañía como se debe, luego vería como resolverlo.
Encontró un Rutini de colección que valía más o menos la mitad de su sueldo en un mes, y lo llevó a la barra. Justo cuando empezó a descorcharlo se escucharon de golpe fuegos artificiales y bombas de estruendo, ya era Navidad. Luego de servirlo en las copas brindan los dos, y aparece de nuevo esa tensión que genera ansiedad y expectativa por lo que pasará.
—Feliz Navidad Lionel; por el ahora y lo que vendrá.
—Feliz Navidad Pablo; yo brindo por este momento, no me interesa el futuro, solo lo que pase ahora.
Los dos beben de sus copas y se miran fijamente. Ya saben que el champagne era para agregarle un picor más a la situación, más que brindar por las fiestas, y ahora que estaban tan cerca no aguantaban más.
El que dió el primer paso fue Scaloni, que rodeó la cintura de Aimar para acercarlo, haciendo que sus narices se rocen y sus respiraciones se mezclen. El aroma a fernet y a champán invadía el aire, embriagandolos más que las bebidas en sí mismas, aumentando la sed de probar al otro. Tanto jugueteo fue demasiado, el cordobés no aguantó y capturó los labios del bartender al mismo tiempo que tomaba con fuerza su cabeza, achicando la distancia todo lo humanamente posible. El beso no era ni romántico ni sutil, realmente se estaban comiendo la boca. Era un beso sucio, con mordidas y lenguas que luchaban una batalla por quien exploraba más de la boca del otro. A veces cortaban el beso para morder la mandíbula o el cuello de su acompañante, pero enseguida volvían a la batalla. No querían parar por nada del mundo, solo la falta de aire pudo hacerlo y las ganas de probar el cuerpo de su nuevo amante.
—Vení, subamos al cuartito de arriba que ahí hay una cama, vamos a estar más cómodos que cualquier mesa de acá.
Lionel lo llevó de la mano hasta el depósito que al fondo tenía una escalera caracol. Al subir había una pequeña habitación con solo una cama individual y una mesa de luz. Poco les importaba el tamaño de la cama en ese momento. Luego de abrir la puerta y cerrarla con el pestillo por precaución Pablo se sentó en el borde de la cama, y Lionel se posicionó sobre él para continuar con su rutina de besos y mordidas. Todo eso no bastaba porque necesitaban sentirse más cerca, eso hizo que comenzaran las caricias y roces de sus entrepiernas, provocando suspiros a mitad de los besos.
Las prendas ya estorbaban demasiado, así que Scaloni procedió a retirarle la remera al más bajo, para así comenzar a besar y mordisquear toda la piel que encontraba a su paso. Aimar largaba pequeños gemidos de satisfacción y apretaba el agarre sobre la cabeza del otro, sentía una electricidad en su cuerpo que hacía mucho no experimentaba y estaba fascinado. El santafesino fue bajando sus besos hasta la pelvis del cordobés y subió la mirada buscando aprobación, así que cuando vió el asentimiento de Pablo bajó con lentitud el pantalón junto al bóxer, más que todo para torturar al otro.
—Por favor Lio hace algo, no doy más. —le suplicó con ansias—
—Tranquilo, vamos paso a paso lindo, te voy a dar el regalo de Navidad que te mereces. —responde en su oído mientras toca sus piernas—.
El pelinegro baja nuevamente su cabeza pero esta vez para reemplazar a sus manos, y así comenzar a propinarle besos y mordidas por esos muslos que le resultaban tan tentadores. Iba pasando de uno a otro de a ratos al mismo tiempo que masturbaba muy lentamente el miembro de Aimar.
—Lionel dejá de torturarme, tengo la pija más dura que un cascote, ¡Chupamela! —le dijo impaciente y excitado por demás.
—Upa, ¿Estamos mandones?, creo que mejor te voy a hacer callar un poco, porque yo también necesito un poco de atención.
Scaloni lo dió vuelta rápidamente, se quitó la camisa y se desabrochó el pantalón, para luego tomarlo de la nuca y llevarlo hasta su entrepierna, que se veía muy afectada por todo el juego anterior.
—Ahora vas a chuparme la pija hasta que yo te diga, ¿Me entendiste?, si no te voy a castigar feo, bonito. —le pegó un cachetazo despacio para enfatizar lo dicho haciendo que el cordobés largue un gemido, para después abrirle la boca con sus dedos gruesos y largos e introducirlos en ella— primero chupa los dedos así te voy preparando.
Luego de asentir Pablo empezó a chupar como todo un experto en la materia y Lionel aprovechó para propinarle un par de nalgadas al chico “rebelde”.
—Que lindo se te ve así, no me imagino cuando tengas mi verga en tu boca o cuando te la ponga, hermoso —retiró sus dedos y le dió un beso rápido— ahora quiero ver que hace esa boquita preciosa que tenés.
Aimar dejó pequeños besos sobre la prenda y después la retiró con prisa, no quería hacer enojar a su acompañante, además que ansiaba tener ese músculo de carne dentro de su boca. Se encontró con una virilidad totalmente erguida, repleta de venas y con un tamaño y largo muy adecuado, se le hizo agua la boca de ver semejante miembro solo para él. Así que prosiguió a besar la punta, tomar la base con una mano, y con la otra amasar uno de los grandes muslos del santafesino. De a poco lo fue introduciendo en su cavidad, chupando con rapidez y marcando un ritmo constante, que el mismo Lionel iba acompañando con una mano sobre su cabeza. Este último estaba maravillado con la gran habilidad de su amante, lo hacía tan bien que ya largaba varios gemidos que resonaban en la habitación junto a los ruidos obscenos por la succión en su miembro.
En un momento de lucidez el bartender recordó que debía preparar a su “cliente”, así que bajó su mano y abrió con sus dedos mojados el agujero que tanto ansiaba por poseer. Solo con tocarlo bastó para que el cordobés largue un gemido con el miembro en su boca, haciendo que Scaloni también reaccione de la misma forma.
Lionel introdujo un dedo y empezó a moverlo con mucha paciencia para no lastimarlo, cosa que llevó a que Aimar se desespere y empuje su cadera hacia la falange, obligando a que el pujatense agregue otro más y que aumente la velocidad de las penetraciones.
Pablo seguía succionando y lamiendo como nunca lo había hecho, le encantaba tenerlo en su boca y escuchar los sonidos de placer que soltaba el más alto. Pero lo que más quería en ese momento era que lo coja hasta ver las estrellas, ya esos ahora 3 dedos en su interior no eran suficientes, quería sentirse tan lleno que pudiera quedarse sin aire.
—Lio por favor… —le suplicó mirándolo a los ojos mientras se mordía el labio inferior—.
Scaloni paró de penetrarlo y le contestó.
—¿Qué es lo qué querés? Decimelo bien claro que quiero escucharte —le tomó el rostro con la mano desocupada para que puedan verse mejor—.
—Quiero tu pija por favor, la necesito —hizo un pequeño puchero lastimero y se mordió el labio nuevamente— no aguanto más sin tenerla dentro mío, papi.
El apodo hizo enloquecer a Lionel, lo ponía más caliente de lo que estaba de por sí. Lo acostó ágilmente debajo suyo y lo empotró de una sola embestida, haciendo que Pablo largue un grito de dolor y placer.
—¿Querías la pija de tu papi? Acá la tenés, bien dentro tuyo —el santafesino se introducía despacio pero profundo, abriendo cada vez más al cordobés y acrecentando la lujuria de ambos— Te voy a dejar sin caminar por una semana de lo bien que te voy a romper el orto precioso, ¿Me escuchaste? —le golpeó el glúteo derecho y aumentó la velocidad para reafirmar lo dicho, y Aimar reaccionó a esto con sonidos irreproducibles debido a la cantidad de estímulos.
Lo único que se escuchaba eran los repetidos choques de pieles sumados a los gemidos de los dos. Nunca habían experimentado tan buen sexo como este; eran indescriptibles las sensaciones que afloraban en esos cuerpos sudados de tanto esfuerzo, sentían que en cualquier momento llegaban al cielo y podrían ver las estrellas.
Y así fue, porque luego de unos minutos los dos llegaron al clímax casi al mismo tiempo; primero Pablo que se derramó sobre su estómago, y luego de un par de embestidas Lionel, que acabó dentro y se mantuvo un rato así mientras se reponía.
Aimar lo miró con ternura y le acarició la mejilla, para así abrazarlo y que se acueste sobre él, sin aplastarlo claro está. El nombrado se rió un poco por lo que acababa de suceder; había tenido sexo con un total desconocido, había dejado relucir uno de sus fetiches como si nada y ahora estaba que se moría de la vergüenza. A pesar de eso el post-sexo le daba tranquilidad, porque se olvidó completamente de la razón por la que fue al bar y, aunque no estaba del todo bien acostarse con el primero que le tiró una pizca de onda, no se sentía culpable en absoluto porque era la primera vez en mucho tiempo que experimentaba
—¿Estás bien? —le preguntó.
—Estoy un poco cansado pero si, estoy bien lindo, ¿y vos?
—La verdad que mejor no podría estar, porque si pudiera sentir siempre lo que siento en este momento lo repetiría cada segundo de mi vida; te juro que me siento en paz y recién te conozco.
Lionel no se esperaba tal respuesta, pero a él también le pasaba algo similar.
—¿Vos sabés que me siento más o menos así? No me pasó esto nunca; no solo sentirme atraído físicamente a otra persona si no también tener esa química o conexión tan rápidamente, que creo que creció con lo de recién, porque fue maravilloso, te lo digo enserio—
Muy asombrados y felices, se abrazaron por un momento, disfrutando la compañía del otro.
Estaban muy agotados y solo querían dormir, pero no podían quedarse allí para que el bartender no tuviera problemas con su jefe, así que decidieron irse del lugar lo más pronto posible.
—¿Te llevo a tu casa? —le preguntó mientras cerraba la puerta de servicio, por donde habían salido.
—No es muy lejos de acá pero dale, si querés —dijo con una pequeña sonrisa.
Caminaron un par de metros hasta llegar donde estaba la moto de Lionel, se subieron (con casco por supuesto) y emprendieron viaje.
Al llegar a la dirección de Pablo ninguno sabía bien de qué forma despedirse para no incomodar al otro, pero finalmente es el santafesino quien le roba un beso y le deja un papelito en la mano, para luego subirse a su moto nuevamente, saludarlo con la mano e irse a su hogar.
El cordobés al abrir su mano se encontró que el papel tenía el número de teléfono de Lionel y abajo de este decía “espero tu llamado ;)”. Esto hizo que sonriera como un niño cuando recibe un regalo tan esperado, estaba muy feliz.
Un año después…
Pablo y Lionel oficialmente cumplían un año de haberse conocido y para celebrarlo invitaron a unos amigos a que pasen la nochebuena con ellos. Entre esos amigos estaba el ex de Pablo, Román, que a pesar de todo pudieron seguir teniendo una relación cercana, aunque por dentro el hincha fanático de Boca no podía superar al chico amante de su club rival. Esa misma noche lo estaba corroborando, porque sentía muchos celos de Scaloni, que pudiera tocarlo y besarlo como tantas veces hizo. Lo extrañaba enormemente pero sabía que se lo merecía al haberlo engañado, y ahora estaba con una persona que lo valoraba y amaba como nadie. Su angustia se transmitía en esos ojos que veían a la pareja al otro lado de la mesa, estos cuchicheaban y sonreían cual adolescentes que experimentan su primer amor.
A pesar de todo, la cena siguió normalmente, brindaron con champagne para recibir a la Navidad, y cada uno de los invitados se fue retirando poco a poco.
—¿Gordo? —Pablo le habla a Lionel desde el patio.
—Ya voy amor —contesta Scaloni que estaba cerrando la puerta de calle ya que se habían retirado todos los invitados.
Al volver al patio se encuentra con Pablo bebiendo lo que quedaba de champagne sentado en su habitual reposera, eso hizo sonreír genuinamente a su novio.
—¿Vos sabías que me encantas? —le dice al mismo tiempo que abraza su cuello por detrás, y besa su cabeza con cariño.
—Umm creo que me viene bien que me lo recuerdes — ahora es el menor que sonríe con ternura. Está más enamorado que nunca, como si recién hubieran empezado a salir.
El mayor se da vuelta y se agacha hasta la altura del otro para verlo al ojos detenidamente, toma su mentón y aplica un beso en sus labios.
—Te amo, y nunca me voy a cansar de decírtelo.
Lionel sonríe enormemente y decide que ese es el momento indicado para realizar eso que llevaba planeando desde hace un mes. Se arrodilla rápidamente, saca de su bolsillo una pequeña caja de terciopelo y la abre frente a un Pablo totalmente mudo.
—Pablo César Aimar, ¿querés casarte conmigo y pasar el resto de tu vida a mi lado?
El cordobés no podía creer lo que sus ojos veían y escuchaban. El amor de su vida le estaba proponiendo matrimonio, se sentía el hombre más feliz del mundo. No para de llorar de felicidad y es entre lágrimas que le contesta.
—Claro que si amor mío, quiero estar con vos todos los días que resten de mi vida porque te amo con locura.
Se abrazaron por un largo rato, con lágrimas, mimos y besos de por medio, hasta que se separan y Lionel toma la mano de izquierda de su amado para insertar allí el anillo de compromiso. Este tenía una pequeña piedra de rubí que le había costado todos sus ahorros, pero valía absolutamente la pena, haría todo lo que le fuera posible por su Pablo.
La noche terminó con ellos entre las sábanas como hacía un año, pero esta vez ya no eran extraños que se necesitaban con locura. Habían encontrado a su persona destinada, a su otra mitad y nada ni nadie podría separarlos. Esa noche en el bar les cambió la vida por completo y siempre agradecerían al destino por haberlos cruzado, sea por casualidad o no.
