Chapter Text
Todo era demasiado oscuro.
Ese fue el primer pensamiento que recordó haber tenido luego de tanto tiempo sintiendo que flotaba en una nebulosa espesa. A su alrededor no parecía haber absolutamente nada, por lo menos nada que pudiera tocar para darse cuenta del lugar en el que estaba. No había olores, ni texturas, ni sabores, ni sonidos. Simplemente nada. Pero ese estado de nirvana no era lo que lo tenía nervioso, porque había algo más preocupante.
No sabía quién era.
En su mente vacía existían un par de sonrisas, una melodía silbada, una luz roja y azul, y un dolor enorme expandiéndose desde sus brazos al resto de su cuerpo. Frío, mucho frío. Y luego nada. ¿A qué se dedicaba? No sabía. ¿Qué había hecho antes de llegar allí, qué le gustaba, cuántos años tenía? No tenía idea. Lo único que recordaba era su nombre, gritado por la voz desesperada de una mujer. Sus labios temblaron levemente cuando los separó y tartamudeó varias veces hasta poder pronunciarlo, como si fuera un infante aprendiendo a hablar.
- P... Pa... Pab... Pablo.
Sí, era ese el que escuchaba en sus oídos, una y otra vez, pronunciado por aquella persona que no sabía quién era. Pero al menos ahora sabía algo.
- S... S-Soy Pablo...
Fue entonces cuando, a apenas unos metros de él, notó una luz. Era alargada y fina, casi como si fuera la rendija inferior de una puerta, y se veía cálida. Y con la luz llegó también el sonido de tazas siendo manipuladas, el olor de lo que parecía ser café, la textura de algo largo y pesado abrazando su cuerpo, la sensación del hambre... Pablo (si es que realmente era su nombre, pensaba) se puso de pie con dificultad, aferrándose a aquella tela suave que lo rodeaba, y lentamente comenzó a caminar en dirección a aquel haz.
Los primeros pasos fueron pesados y torpes, pero se instruyó a sí mismo para poner un pie delante, después el otro, y así hasta llegar a su objetivo... contra el que chocó de forma brusca. Evidentemente tenía delante una puerta, reflexionó mientras se frotaba el lugar del golpe. Su mano derecha tanteó la superficie amaderada y luego de unos segundos dio con el picaporte, el cual bajó con lentitud, tomando aire para darse valor. Nada del otro lado podía ser tan terrible como no saber quién era.
La luz lo encandiló, haciéndolo parpadear para acostumbrarse. Era tenue, pero aún así fue suficiente para dejarlo quieto en su lugar por unos segundos, registrando todo a su alrededor. Estaba en un bar amplio y obscuro, iluminado por velas y ventanas altas con vitró de colores. Desperdigados por aquí y allá habían pequeños sillones rojos, estanterías con libros gruesos, y macetas con plantas cuyos nombres no conocía. El techo era una cúpula de vidrio casi invisible, permitiendo ver un cielo violáceo repleto de estrellas de colores llamativos, y de esa cúpula tan inestable pendía un elegante candelabro adornado con piedras transparentes.
Todo se completaba con una barra de madera a su izquierda, detrás de la cual había muchísimas botellas, prolijamente acomodadas en estantes. Y también, había una persona preparando algo, quien se volvió hacia él con dos tazas en la mano.
- Bienvenido, que bueno que por fin estés despierto. ¿Querés un café?
Pablo, aún sin entender nada, asintió con la cabeza y se acercó hacia la barra, sin notar como la puerta detrás suyo se cerraba y desaparecía en el aire sin dejar rastros. Estaba mucho más concentrado en estudiar al dueño de aquella voz. Era un hombre alto y fornido, de cabello y ojos oscuros, vestido con una camisa blanca y un chaleco y pantalones de vestir negros. No podía adivinar su edad, tenía algunas arrugas cerca de los ojos y en la comisura de los labios, pero al mismo tiempo irradiaba una juventud inagotable.
En todo su trayecto, pudo comprobar que su rostro no formaba expresión alguna, constantemente estancada en una neutralidad parsimoniosa que lo estaba poniendo nervioso. Era atractivo, no podía negarlo, pero era una belleza enigmática y fría, casi vacía, como si fuera una escultura.
A pesar de todo, tomó asiento sobre una de las banquetas altas y recibió la taza que le estaba ofreciendo. El sorbo de la bebida recién hecha calentó su interior, relajándolo.
- ¿Cómo te sentís?- inquirió el hombre, soplando el contenido de la suya.
- N-No sé- logró expresar Pablo, aún articulando con dificultad- Dónde... ¿Dónde estamos? ¿Vos sabés quién soy yo? ¿Quién sos vos?
El desconocido tomó un trago de café sin prisa y se sentó, quedando frente a frente con él. Esos ojos eran increíblemente oscuros y penetrantes, tanto que sintió un escalofrío recorriendo su columna vertebral.
- ¿Te acordás de tu nombre?- le preguntó.
- Pablo- replicó el susodicho, algo aliviado de aunque sea tener esa información- Pero... Pero no sé nada más. ¿Vos sabés?
- No, sé exactamente lo mismo que vos, que es lo que me acabás de decir. Pero te puedo ayudar a acordarte de quién sos, de lo que hacías, y de cómo moriste.
¿Eh? Eso lo tomó totalmente desprevenido. El rostro delgado de Pablo empalideció de repente, y sus manos apretaron la taza con tanta fuerza que temió romperla.
- ¿M-Morir?- tartamudeó, de repente temblando- Es un chiste, ¿verdad?
- No sé mentir- replicó el hombre con suavidad, tratando de calmarlo- Ni hacer chistes. Moriste, Pablo.
- No... No, yo no puedo estar muerto... Yo estaba... Estaba haciendo... Eh...
- No te vas a acordar. Nadie se acuerda de cómo murió cuando llega acá. Esto es.. un intermedio, podrías decirle. Todavía no se determinó si reencarnás, si vas al infierno o si tu alma se pierde. Pero sí: sé que es difícil de entender, pero estás muerto.
Pablo lo observó durante unos segundos en completo silencio, y luego rompió a llorar escandalosamente, subiendo las rodillas a la banqueta y abrazándose a sí mismo, todavía sin quitarse de encima la manta. ¿Muerto? ¿De verdad estaba muerto? ¿Cómo se había muerto? ¿Había tenido familia? ¿Lo extrañarían? ¿Estarían tristes? ¿Y si no reencarnaba? ¿Y ahora qué iba a sucederle...? El brazo del hombre se extendió hacia él y se posó suavemente sobre su cabeza, palmeando sus rulos con delicadeza.
- Ayudame, por favor- suplicó Pablo, desconsolado, sin dejar de llorar- Necesito saber quién soy, cómo me morí, si... Si dejé algo pendiente...
- Puedo hacer eso- aseguró el desconocido, repitiendo la caricia- Pero primero, voy a necesitar tu ayuda en los próximos juicios.
- ¿E-En los qué...?
- Los juicios. Como te dije, esto es un intermedio donde se decide si los muertos reencarnan, van al infierno o se pierden para siempre. Y para que se acuerden de cómo murieron y quiénes son, tienen que jugar un juego. Siempre varían, nunca es el mismo para nadie, y a partir de eso puedo considerar quién merece salvarse y quién no. Así que voy a darte un tiempo para que te recuperes tranquilo, y después va a ser tu juicio. Y mientras tanto, vas a juzgar conmigo a los próximos fallecidos.
Pablo asintió entre hipidos, procesando toda aquella información. Estaba en una especie de limbo disfrazado de bar, en la cual decidirían su destino final, y tenía que ayudar al hombre a su lado para determinar los de otras personas muertas. Y luego de eso, por fin podría saber quién había sido en vida y de qué manera había muerto, y entonces... ¿Entonces qué? No lo sabía. Sin embargo, un detalle se le estaba escapando, y no estaba dispuesto a dejarlo escapar.
- Tenés mi ayuda- aceptó, sonriendo apenas, mientras se secaba el rostro- Pero todavía no me dijiste: ¿vos quién sos?
- ¿Todavía no te diste cuenta?
Pablo negó con la cabeza, desconcertado. El hombre depositó la taza vacía sobre la barra y se inclinó levemente hacia él, observándolo con esos ojos profundamente oscuros.
- Me podés decir Lionel. Pero la mayoría me conoce como la Muerte.
