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Lisandro tenía un dolor de cabeza insoportable que empezaba desde su coronilla y terminaba en sus ojos. Estaba tratando de apaciguarlo masajeando el puente de su nariz y sus sienes, pero sus compañeros en la parte de adelante del auto no lo estaban ayudando teniendo la peor discusión de pareja que había tenido la desgracia de presenciar hasta el momento.
Julián le había ofrecido pasarlo a buscar con el auto de Erling, el que era su ¿novio? ¿Chongo? ¿Compañero del laburo con derechos? Eh. Lisandro ya no tenía idea y no le hacía más preguntas ni planteos al cordobés sobre su relación —o dinámica, como le gustaba decirle Julián a esa sociedad que tenía con el noruego de dos metros—.
Pero todavía no eran ni las ocho de la mañana y Lisandro estaba en el asiento de atrás escuchando cómo se peleaba Julián con Erling. Primero fue porque Julián le reclamó al noruego que no preparó la audiencia como habían quedado en que iban a hacer. Después empezó Erling con sus planteos de que nunca se ponen tan de acuerdo con hacer cosas juntos por su relación como con las cosas del trabajo porque a Julián no le importa lo suficiente. Seguido de Julián, histérico y con un inglés que estaba muy próximo a mutar a cordobés con bronca, le decía que no le gustaba que le rompieran las bolas cuando estaba por ponerse a laburar.
Lisandro solo quería abrir la puerta y tirarse.
A veces se preguntaba por qué Julián se molestaba tanto en insistir con Erling cuando todos a su alrededor sabían que no existía lo suficiente entre ellos para creer la mentira. Todos en el estudio sabían que Erling y Julián se vivían poniendo los cuernos mutuamente, aunque después jugaran a la parejita feliz y creyeran que vendían el cuento de lo más bien.
En una de sus tantas charlas sobre su relación con Erling, Lisandro le preguntó genuinamente por qué estaba con él, si sentía algo por él, si realmente quería tener una relación estable con él como a la que estaban jugando.
Julián levantó un hombro, miró para otro lado y dijo:
—Me gusta garchar con él.
Y Lisandro se sintió muy triste, porque ni Julián mismo creía en sus propias palabras. El entrerriano no insistió en el tema, no le dijo que no tenía que tener miedo de que Erling fuese su manera de llenar un vacío que nadie había podido llenar hasta el momento, que capaz fuese su manera de no aburrirse hasta que alguien la pegara.
Pero ¿quién era Lisandro para cuestionar la vida amorosa de su mejor amigo cuando a él le costaba tanto vincularse con otras personas?
Gracias a Dios, Lisandro no tuvo que tirarse del auto porque llegaron al palacio de Tribunales en Londres. La próxima se iba a quejar con los judiciales por poner audiencias presenciales y con Guardiola por mandar a la dupla de abogados más infumable de todo el estudio. No le iba a temblar el pulso para admitir que prefería mil veces a los pajeros de Grealish y Foden, que por lo menos tenían química sexual y cero mambos amorosos.
Lisandro cerró de un portazo y miró de manera incrédula a los dos estúpidos que seguían discutiendo. A Julián casi se le cae el maletín con todo un expediente impreso mientras hablaba rápido, en un inglés cerrado y con los dientes apretados. Erling no paraba de gesticular y hacerle caras de burla y reírse sarcásticamente.
—¿Pueden cerrar el orto un segundo, por favor? —explotó Lisandro, con su tono más pacífico pero con cero paciencia.
La parejita se calló en seco. Erling miró a Lisandro bastante sorprendido, porque el entrerriano era una persona tranquila y diplomática, que no tenía exabruptos y que siempre encaraba de una manera apaciguadora. Julián apretó los labios y se rascó la nuca, mirando para otro lado.
—What did he say? —preguntó Erling con toda la cara arrugada en un gesto de confusión. Julián resopló y revoleó los ojos.
—Shut up, Erling —contestó Julián—. He just said that, but shut up, again.
Para alegría de Lisandro, los dos se quedaron callados y con los hombros caídos como dos nenes que habían sido retados por portarse mal.
—Gracias —soltó Lisandro, mirando al cielo.
Finalmente, con los tres de acuerdo, subieron las escaleras de la entrada de Tribunales. Lisandro iba adelante, porque obvio que Erling y Julián se pusieron a discutir de nuevo, pero esta vez con murmullos. Por lo menos, Lisandro agradeció que estuviesen hablando de la audiencia y no de sus problemas amorosos mezclados con trabajo.
—Licha —lo llamó Julián cuando Lisandro se dispuso a dejarlos ahí y desaparecer a hacer lo que tenía que hacer: trabajar.
Se paró antes de llegar a las escaleras, dándose vuelta para encontrar a Julián medio agitado porque había trotado para alcanzarlo. De lejos vio a Erling sosteniendo todas las cosas que le había encajado Julián, también con su abrigo de piel y su propio maletín. Pobre tipo, pensó Lisandro, porque bancarse a Julián con sus idas y vueltas, con sus decisiones e indecisiones, tenía que ser agotador, y ahí estaba el noruego, atrás del cordobés como un perrito faldero.
—Perdón por hacerte pasar ese momento de mierda —dijo Julián, sonando apenado y avergonzado—. Con Erling no estamos muy bien que digamos.
—Nunca están bien, Julián —dijo Lisandro en un suspiro pesado—. A veces me pregunto si alguna vez lo estuvieron. ¿No te cansás de vivir peleando con el flaco por cualquier boludez? Si tanto te molesta, la podés cortar y listo.
—Dios, ya sé, Licha, pero…
—Sí, te coge bien y todo lo que quieras —cortó Lisandro—, pero a veces eso no es suficiente para insistir tanto con una persona.
—Vos no podés saber eso porque no estás con nadie, Lisandro —retrucó Julián. Lisandro levantó las cejas—. Capaz no entendés que no todos podemos tener relaciones sanas y duraderas como vos buscás. Y estar solo tampoco es una solución.
—Tener una relación con una fecha de prescripción tampoco me parece una solución, Julián —dijo Lisandro—. Pero eso tampoco lo entenderías porque estás cegado con el concepto de no estar solo nunca, por más dañino que sea para otra persona.
—Tengo que entrar a una audiencia en cinco minutos, no puede ser que estemos teniendo esta conversación en el medio de Tribunales —se quejó Julián.
—En eso estamos de acuerdo —dijo Lisandro.
Se quedaron mirando en completo silencio hasta que Julián soltó un resoplido y se dio vuelta, volviendo a Erling. Desde su posición, Lisandro escuchó que los llamaban a la audiencia y dio por finalizado el tema.
Mientras subía las escaleras, pensó en todas las cosas que le dijo el cordobés, pero también en las que se había quedado con las ganas de decirle. A Lisandro no le gustaba meterse en la vida privada de los demás, pero Julián lo hacía partícipe de la suya cada vez que podía y no podía evitarlo.
Tampoco podía evitar sentirse dolido por las cosas que había dicho Julián, con ese tono hiriente que usaba con sus compañeros del estudio que tan mal le caían, pero que jamás usaba con Lisandro porque era su mejor amigo, su único amigo en ese lugar tan lejos de su casa y de su familia. Al final del día, Julián era su único amigo cercano en la actualidad.
Su cabeza estaba dividida en lo que había preparado para consultar en un tribunal y la otra en el tema de Julián. Por eso no le prestó atención a nada de lo que estaba pasando cuando llegó a la mesa de entradas, donde un muchacho alto hablaba en un acento roto y con un tono de voz levantado.
Lisandro estaba totalmente en otra, por eso nunca reparó en que se escuchó un culiado de mierda por lo bajo y cuando se quiso dar cuenta, algo chocó de lleno contra él y muchos papeles volaron por el aire. Lisandro soltó su maletín por inercia y sostuvo de los codos al flaco que se le vino encima.
—Disculpá… la puta madre, sorry I mean —dijo el más alto, separándose de Lisandro para empezar a levantar las cosas, y lo primero que levantó fue el maletín de Lisandro—. I wasn’t… ¿cómo mierda se dice?
—Está bien, no te preocupes —reaccionó Lisandro, agachándose para ayudarlo con todo ese mar de papeles. El otro levantó la mirada de golpe y los dos quedaron enfrentados.
Lisandro se quedó duro cuando vio la cara dormida cubierta por una barbita delicadamente cuidada. No era de quedarse mirando fijamente a la gente cuando le parecía atractiva, pero en ese momento no pudo evitarlo.
—Al fin alguien que habla español en esta ciudad del orto —dijo el otro con una risita, y Lisandro casi se desmaya al escuchar ese acento, parecido al de Julián pero un poco más grave y fluido—. Ya me estaba volviendo loco porque soy un perro con el inglés.
—Cuesta bastante, pero te terminás acostumbrando —dijo Lisandro.
Terminaron de juntar las cosas y Lisandro se paró con los papeles del otro argentino, mientras que este se paraba con su maletín y el de Lisandro en ambas manos. Los dos se aclararon la garganta e hicieron cambio de pertenencias con sonrisas cómplices.
—Es mi primer día —explicó el más alto—. Me quejo porque tengo ganas y dormí tres horas por los nervios nada más.
—¿Y ya te revolearon a los lobos de tribunales? Eso no se hace —comentó Lisandro con seriedad.
—Sí, y me parece que se dieron cuenta de que no estoy muy canchero que digamos porque ni una mano me dieron —siguió el cordobés. Miró a Lisandro con una sonrisa tímida y le extendió una mano grande—. Soy Cristian.
—Lisandro —respondió el entrerriano, dándole un suave apretón a esa mano cálida y grande que envolvió la suya, siempre fría y un poco áspera por el constante manejo de papeles o el teclado de su computadora—. Un gusto.
Cristian se sentó en los asientos de la sala de espera para ordenar sus cosas. Lisandro, sin saber por qué, le señaló que iba a acercarse a la mesa de entradas. El de pelo negro asintió con la cabeza y una sonrisa algo tímida.
Por suerte, Lisandro hacía su trabajo por inercia y a veces no necesitaba pensar demasiado. Ver expedientes viejos no era nada del otro mundo, menos en la era digital en la que vivían, así que mientras ojeaba tres expedientes y al mismo tiempo tomaba nota, se daba el lujo de mirar por encima del hombro a Cristian, quien ahora tipeaba de manera feroz en su celular con tremenda cara de culo que hizo reír por lo bajo al entrerriano.
Guardiola le había pedido un análisis de tres sentencias distintas de expedientes que habían terminado hace diez años. Para Lisandro era pan comido, en su otro trabajo de Manchester vivía viajando a Londres para analizar expedientes del año del pedo, no por nada había terminado en el estudio jurídico más prestigioso de todo Manchester.
Lisandro amaba esos viajes larguísimos en tren en donde se sentaba con esos papeles amarillentos después de pedir prestados los expedientes en tribunales para analizar. A veces se lamentaba que todo fuese digital hoy en día, porque muy de vez en cuando tenía el privilegio de hacer ese mismo viaje en la actualidad, y justo hoy le había tocado la mala experiencia de tener que compartirlo con los tortolitos tóxicos de Erling y Julián.
—Dame esos tips, culiado —dijo Cristian, apareciendo al lado de Lisandro, haciendo que pegara un salto y casi se infartara del susto.
Lisandro le dedicó una sonrisa de lado al más alto.
—No estoy en condiciones de hacer favores —dijo Lisandro.
—¿Aceptás tomar un café conmigo a cambio de esos tips? —preguntó esa voz grave pero suave, calando hasta lo más profundo de cada uno de los sentidos de Lisandro, porque así de fácil era caer para él.
Lisandro se quedó sin palabras y no pudo retener la risita avergonzada que se le escapó. Sintió los cachetes calientes y no tenía idea dónde meterse para sobrellevar la sorpresa que fue recibida con brazos abiertos y un corazón un poco acelerado.
—¿Fue un montón? —preguntó Cristian con los ojos achinados, una sonrisa nerviosa decorando sus labios.
—No, no —dijo Lisandro, negando con la cabeza. Sonrió en dirección a los papeles que tenía adelante y tamborileó los dedos—. Creo que tengo algo de tiempo para aceptar ese café.
—Ah, bueno —asintió Cristian, haciendo una cara de nada mal. Lisandro se mordió el labio.
—Me vas a tener que esperar un toque igual —dijo Lisandro, señalando con su mano todos los papeles que tenía adelante. Cristian miró fijamente los dedos enroscados en la lapicera elegante, esas que solo se veían en películas de abogados.
—Sí, obvio —dijo Cristian, pero solo se alejó unos pasos, todavía chusmeando lo que estaba haciendo Lisandro. El entrerriano se mordió el labio para retener una sonrisa y negó con la cabeza.
—¿Sos de Londres? —preguntó Lisandro, solo por curiosidad, no porque quisiera sacarle charla a un desconocido de sonrisa hermosa y acento cordobés que sonaba como caramelo derretido a sus oídos. Para nada.
—No, de Córdoba —contestó Cristian, como si estuviese asustado de que otros pensaran que podría ser inglés. Lisandro soltó una carcajada estridente, haciendo que el empleado judicial atrás de la computadora del otro lado del mostrador lo mirara con una ceja levantada y tremenda cara de culo.
—S-sorry —le dijo Lisandro al empleado judicial entre risas. Se dio vuelta para mirar a Cristian—. Me refería a si laburás acá. Yo soy de Manchester.
—Ah, soy un burro terrible —soltó Cristian, pasándose una mano por el pelo. Lisandro escondió otra risita con su mano—. Qué boludo que soy… Sí, laburo acá. Llegué hace unos meses de Italia por una pasantía y terminé quedando.
—Me parece muy bien —comentó Lisandro—. Seguro tienen mejor salida laboral en Italia que en Holanda. Yo probé ahí y me ayudó mucho, pero a otros compañeros… —Arrugó la cara—. No tanto.
—Excuse me, sir? Are you done with these? —los interrumpió el empleado judicial, amagando a agarrar las cosas que Lisandro tenía adelante.
—No, he‘s not —contestó Cristian, acercándose para poner una mano grande encima de todos los papeles de una manera un poco brusca. Le señaló la computadora con una mirada—. Do your job while he does his, okay?
Lisandro lo miró con la boca abierta, completamente azorado. El empleado judicial tragó saliva y alejó sus manos, mostrándoselas a Cristian como para aplacarlo y que no saltara el mostrador para irse a las manos. Se sentó de manera obediente atrás de la computadora bajo la atenta mirada del cordobés y se puso a escribir en el teclado, siempre mirando de reojo a Cristian.
—¿Qué me estabas diciendo? —preguntó Cristian en un tono completamente suave al dirigirse a Lisandro.
Lisandro trató de acordarse en dónde estaba y qué se suponía que tenía que estar haciendo. Era una persona que podía hacer muchas cosas al mismo tiempo, su trabajo se basaba básicamente en la multifunción. Pero Cristian estaba arruinando un poquito su psiquis sin estar haciendo nada en particular.
Capaz Julián tenía razón cuando le decía que él no entendía lo que le pasaba con Erling porque él no lo vivía. Nadie podría entender por qué se ponía así por un desconocido como Cristian después de veinte minutos de conversación.
Pero Lisandro era así. Julián era un poco frío y calculador a la hora de relacionarse con otras personas. Lisandro se aferraba a cualquier persona que lo hiciera sentir bien.
—Ya casi termino con esto —dijo Lisandro, después de parpadear varias veces, aclarándose la garganta y fingiendo una tos. Miró los papeles fijamente e hizo como si estuviese tomando nota de manera desinteresada, pero en realidad escribió su nombre como cinco veces—. La podemos seguir con ese café que me prometiste.
—Joya —sonrió Cristian—. ¿Escuchaste? He’s almost done, man.
Lo último lo dijo mirando al empleado judicial, que asintió con la cabeza sin siquiera dirigirle la mirada. Lisandro y Cristian compartieron risitas cómplices, y finalmente Lisandro empezó a acomodar todas las cosas para devolverlas. Siempre podía volver después de tomar ese café con ese cordobés lindo que acababa de conocer.
—¿Dónde me vas a llevar? —preguntó Lisandro cuando ambos salieron a los pasillos extensos y anchos del palacio.
—Conozco un lugar —contestó Cristian con una sonrisa totalmente ganadora.
Dios, Lisandro no era lo suficientemente fuerte como para soportar algo así.
◇◆◇
Hacía más de cinco minutos que Lisandro no se podía parar de reír por algo que le estaba contando Cristian. Si le preguntaban qué era lo que le estaba diciendo, Lisandro iba a decir que no era eso lo importante, sino lo gracioso que era para contar anécdotas y lo bien que la estaba pasando con una persona que apenas conocía.
Lisandro había empezado el día como el culo, no iba a mentir. Se había levantado tarde, no iba a llegar a tiempo para tomar el primer tren a Londres, por eso surgió la gauchada de Julián y Erling, aunque a ellos les quedaba de paso porque tenían una audiencia.
Pero en ese momento, con Cristian, los dos sentados abajo del techito de una cafetería súper humilde y chiquita, la garúa insoportable propia del país rompiendo las bolas de fondo pero llenando el silencio, Lisandro se olvidó completamente de que estaba lejos de su casa, de su trabajo, de sus compañeros, divirtiéndose cuando debería estar trabajando.
Los papeles habían quedado de lado, porque Lisandro había cumplido con su parte y le había dado sus tips a Cristian para hacer más fácil su trabajo, incluso le comentó hasta cómo tratar con empleados judiciales, a pesar de que había visto que Cristian no iba a tener ningún problema con semejante carácter. Lisandro era más diplomático, pero se plantaba muy bien si alguien quería pasarlo por arriba. No por nada Guardiola lo había pedido para su firma.
—Te está sonando el celular —dijo Cristian en un momento que Lisandro se lo quedó mirando como el pelotudo idealista que era.
Lisandro se enderezó en su silla y se estiró para ver la pantalla de su celular arriba de la mesita, al lado de la taza de café que se había terminado hace bastante. Vio que era Julián y recién en ese momento se dio cuenta de que habían pasado dos horitas desde que habían entrado a la audiencia con Erling. Atendió y se llevó el celular al oído.
—Juli —dijo.
—¿Dónde estás, culiado?
Lisandro miró a Cristian y trató de pensar en qué decirle. ¿Cómo le explicaba una situación así? Estoy con un desconocido que me desconfiguró el cerebro con un par de palabras, pensó Lisandro, pero se podía imaginar la cara de Julián, esa cara que ponía cuando algo no le cerraba y le parecía medio raro.
—¿Licha ? ¿Estás ahí?
—Sí, Juli —contestó Lisandro, pasándose una mano por la parte inferior de la cara—. Estoy con alguien en un café a un par de cuadras de Tribunales. ¿Qué necesitás?
Hubo un silencio de un par de segundos del otro lado de la línea. Lisandro contuvo la respiración.
—¿Con alguien?
Lisandro sonrió porque podía escuchar la sonrisa de Julián del otro lado. Dios, a veces lo odiaba, pero la mayor parte del tiempo solo quería abrazarlo y pedirle que ahogaran todas sus penas en alcohol, pero juntos, siempre juntos.
—En casa te cuento —contestó Lisandro mientras jugaba con una servilleta. Se animó a levantar la mirada y encontró a Cristian mirando algo en su celular, sonriendo medio embobado—. ¿Ya terminaron con la audiencia?
—Uff, sí, después de como diez interrupciones y descansos. Erling se puso a discutir con los jueces y casi me hace perder el caso el pelotudo. Yes, I’m talking about you, don’t look at me with that face.
Lisandro revoleó los ojos, porque se podía imaginar al noruego haciéndole burla con caras, porque al final del día no dejaba de ser un pendejo. Miró al techo mientras escuchaba el intercambio del otro lado, la pelea boluda que siempre se armaba porque sí, porque uno decía negro y el otro decía blanco.
—Julián, ¿me llamaste para hacerme escuchar las peleas pelotudas con tu novio o qué?
Cristian levantó la mirada y Lisandro vio la curiosidad brillándole en los ojos. El entrerriano no pudo evitar guiñarle un ojo y devolverle la sonrisa.
—Estás picado hoy, eh. Con Erling vamos a almorzar algo antes de volver a Manchester. ¿Querés venir con nosotros o estás tan bien acompañado que me vas a cambiar por otro?
—Me parece que sí —contestó Lisandro rápidamente—. Encima es cordobés.
—¿Cómo? Lisandro Martínez, ni se te ocurra cortarme, porque te conozco.
—Nos encontramos después, Juli.
—Lisandro, la re concha de tu m…
Lisandro terminó la llamada con una sonrisa y después soltó un suspiro de puro desahogo. Cristian levantó las cejas, claramente esperando que Lisandro le contara el chismecito.
—Mi mejor amigo —explicó Lisandro, cruzándose de piernas. Cristian hizo lo mismo, poniendo toda su atención en él—. Pero realmente no quiero hablar de él porque estoy un poco podrido de sus idas y vueltas con su chongo. ¿Te parece resolver en Tribunales lo que estuvimos viendo y después almorzamos algo?
Fue el turno de Cristian de mirarlo con la boca abierta. Dios, Lisandro amaba ser el que daba vuelta la tortilla y terminaba sorprendiendo a los demás.
—Obvio que sí —respondió Cristian, empezando a juntar todos los papeles para meterlos de manera apurada en su maletín. Lisandro se estiró para atrás y levantó la mano para pedirle la cuenta al mozo.
Cuando Lisandro encontró a Julián y Erling después de otras tres horas que pasó con Cristian hablando de todo y de nada, lo hizo con el número de Cristian escrito en la parte de atrás de la tarjeta del Estudio Jurídico Conte y Asociados.
Erling estaba sentado atrás del volante, chupando la bombilla de uno de esos juguitos que tanto amaba, mientras que Julián miraba su celular de manera desinteresada del lado del acompañante.
—¿Qué onda vos, misterioso? —preguntó Julián mientras Lisandro se sentaba en la parte de atrás. Levantó la mirada y encontró los ojos del cordobés en el espejo retrovisor.
—Nada —contestó Lisandro con una sonrisa privada—. Creo que me quiso chamuyar un cordobés.
Julián se puso el cinturón de seguridad y le pegó un manotazo a Erling, quien se quejó pero puso en marcha el auto. El cordobés se dio vuelta para mirar a Lisandro.
—El viaje a Manchester es largo —dijo Julián—, así que me empezás a contar ya.
Lisandro se olvidó de que habían discutido a la mañana y todo gracias a Cristian. Le contó todo con una sonrisa, cómo fue que se conocieron (por lo que obviamente Julián hizo el sonido de una arcada y dijo: «Como en esas comedias románticas que tanto te gustan a vos») y cómo fue que se quedaron hablando de sus vivencias tan lejos de casa, de sus pasantías en otros países antes de terminar en Inglaterra.
—¿Y cuándo lo volvés a ver? —preguntó Julián.
—No sé —dijo Lisandro alrededor de un suspiro—. Labura en Londres. Por lo menos intercambiamos números.
Lisandro seguía jugando con la tarjeta que le dio Cristian con su número. Julián la miró y se la sacó de las manos con dedos rápidos y ágiles, leyendo la presentación del estudio donde trabajaba el otro cordobés.
—Erling me comentó que Pep está buscando un recambio —comentó Julián con una mirada curiosa y las cejas levantadas—. Le podemos pedir que considere a este muchacho. ¿Qué dice acá? ¿Leo bien o dice Cuti?
—Debe ser un apodo —dijo Lisandro—. Y le queda tan bien.
—Ah, pero vos sos medio facilón —dijo Julián alrededor de una risita—. Recién lo conociste. ¿Cómo podés quedar tan flechado por un flaco que acabás de conocer?
—No sé, Juli, no todos somos unos fríos de corazón como vos —se quejó Lisandro—. Ni tampoco nos quedamos con el que mejor nos cogió en el baño del laburo.
—No voy a entrar en esa —dijo Julián, enderezándose en el asiento, dando por finalizada esa conversación por no tener argumentos en contra de lo que le dijo su amigo.
A Lisandro no le molestó dejar de hablar del tema, porque para él fue un alivio. Miró la tarjeta con el nombre y el número de Cristian, de Cuti, y sacó su celular del bolsillo de su saco para agendarlo. Lo hizo como «Cuti Procurador» y le mandó un mensaje simple.
[13:45] Lisandro: Soy Lisandro
[13:45] Lisandro: Este es mi número
[13:45] Lisandro: Espero haberte ayudado hoy
Ni siquiera terminó de guardar su celular, que el aparato ya estaba vibrando entre sus dedos. Leyó los mensajes que le llegaron en una seguidilla con una sonrisa completamente boba.
[13:46] Cuti Procurador: Me ayudaste un montón
[13:46] Cuti Procurador: Sos una máquina
[13:46] Cuti Procurador: Te agradezco de todo corazón
[13:47] Cuti Procurador: Nos estamos viendo por tribunales
Lisandro le respondió con caritas sonrientes y manos que saludaban. No pudo evitar abrir la foto de perfil de Cristian y quedarse mirándola como un tarado. Era una foto casual del cordobés en una cancha de fútbol, sentado en una pelota al lado de un arco, mirando al costado y con una camiseta de Belgrano puesta.
—¿Ya te mandó mensaje? —preguntó Julián. Lisandro pestañeó y se encontró con la mirada de su amigo en el espejo retrovisor otra vez—. Esa sonrisa de boludo te mandó al frente.
—Dejame en paz, enano diabólico —se quejó Lisandro, haciendo que su amigo soltara una carcajada.
Cuando llegaron a Manchester, la sonrisa de Lisandro estaba intacta a pesar de que no había mandado ni recibido mensajes nuevos, pero mirar cada cinco minutos la foto de Cristian parecía suficiente para hacerlo poner como un boludo.
No les prestó atención a Erling y Julián cuando se pusieron a hablar muy cerca en el ascensor, las manos enormes del noruego en la cara del cordobés, robándole besos suaves y sonrisas cómplices.
Lisandro no iba a darle la derecha a Julián en nada que tuviese que ver con el amor. Julián era pésimo en eso, pero capaz había encontrado algo en Erling que lo hacía quedarse y él no quería admitirlo. No como Lisandro, que había conocido a Cristian y ya estaba pensando en una casa de dos pisos, tres hijos corriendo por todos lados y dos labradores jugando en el patio.
A Lisandro no le daba vergüenza ser así. Para nada.
—¿Podés evitar tener relaciones en el ascensor donde trabajás? Gracias —se quejó Lisandro cuando vio las manos de Erling en posición adelantada en el culo de Julián.
—Erling —lo reprendió Julián con una sonrisa suave, agarrando las muñecas del más alto para alejarlas de donde estaban. El noruego soltó una risita pero las puso en la cintura del cordobés, como si no pudiera dejar de tocarlo. Julián miró a Lisandro medio escondido en el hombro del rubio—. Siempre nos quedan los baños del estudio, ¿no?
—Uh, pará. Tomá. —Lisandro hizo que se agachaba y agarraba algo del piso, para después dárselo a Julián. El cordobés lo miró con las cejas arrugadas—. Entre tanto manoseo se te cayó la corona de reina de las trolas.
Julián soltó una carcajada que retumbó en todo el ascensor. Lisandro no pudo evitar seguirlo.
—Sos un culiado —dijo Julián con una sonrisa. Erling los miró sin entender nada.
La tonada de Julián fue tan… Julián, pero así y todo lo hizo acordar a Cristian. A sus sonrisas contagiosas y sus manos grandes. A su perfume fuerte y amaderado ultra varonil, que llenó las fosas nasales de Lisandro cuando se despidió con un abrazo apretado y medio que lo hizo sentir como un borracho o como si hubiese tenido un subidón de adrenalina. A su porte seguro cuando se alejó de Lisandro, pero después volvió a él todo chiquito y tímido para escribir apurado su nombre y su número en una tarjetita que sacó de su billetera con dedos temblorosos.
Lisandro sabía que desde ese día, cada vez que a Julián se le patinara el acento, iba a pensar en Cristian y en la próxima vez que se pudiesen ver.
Sobrellevó su jornada laboral como si estuviese en modo avión. Miraba a cada rato su celular para ver si Cristian le había mandado algún mensaje y entraba en pánico si aparecía justo en línea cuando él estaba con el chat abierto, a tal punto que bloqueaba la pantalla del celular y lo tiraba adentro de su cajón. Julián lo miraba desde su escritorio, con las cejas levantadas y haciéndole el gestito universal de ¿qué te pasa? con la mano.
—Creo que estoy exagerando un poquito —admitió Lisandro cuando se encontraron con Julián en la cocina, con la excusa de hacerse café. Julián hizo un gesto que claramente decía ¿te parece?
—En vez de mirar fijamente el celular hasta que por un milagro de la vida te mande un mensaje, escribile vos, amigo —dijo Julián, con encogimiento de hombro incluido.
—No, ¿estás loco? Voy a parecer un intenso —dijo Lisandro con un tono escandalizado. Entre todo su nerviosismo, casi tira la taza con el café recién hecho a la pileta.
Lisandro soltó un resoplido y sintió las manos de Julián en sus brazos, tratando de anclarlo a la Tierra y calmarlo. El cordobés fue subiendo con sus manos hasta que las sintió en sus hombros y Lisandro respiró hondo.
—Yo sé que te jodo un montón porque sos un enamoradizo serial —dijo Julián—, pero posta me da miedo que te pongas así por un tipo que recién conociste.
—Yo también me tengo miedo cuando me pongo así —dijo Lisandro.
—Mi humilde consejo es que si le querés hablar, le hables y punto —siguió Julián, alejando lentamente las manos de los hombros de Lisandro cuando se aseguró de que ya estaba más tranquilo—. Y si no estás seguro, que lo dejes estar por unos días y veas qué onda. ¿Te parece?
—Sí —asintió Lisandro—. Me tengo que hacer un poco el interesante, ¿no?
—Un poquito nada más —sonrió Julián, juntando los dedos índice y pulgar para indicarle a Lisandro qué tan poquito. Eso le robó una risita.
Lisandro le iba a dar la derecha a Julián con ese consejo. Tenía sentido, acababa de conocer una persona que le interesaba, no podía cagarla siendo un enamoradizo porque eso podía llegar a espantar a cualquiera. Si le daba miedo a Julián, no podía no contar con la posibilidad de que con Cristian pasara lo mismo, por muy arisco y raro que Julián fuese.
Cuando volvió a su escritorio con su café recién hecho y una idea renovada de lo que tenía que hacer, sacó su celular del cajón, lo dejó al lado suyo y se puso a trabajar.
Fue su día laboral más productivo.
