Work Text:
"Avísame cuando estés afuera."
Es el último mensaje que el hombre le había enviado.
A Julian nunca le gustaron las cosas rápidas. Si hay algo que le guste es la anticipación que hay en la calma, el poder de ver cada cosa con la cabeza fría. Es natural y entendible que no le guste lo que se pierde si uno se distrae. En la rapidez uno no puede pensar, tiene que decidir al segundo. Y Julian es un poco indeciso, tal vez por eso odia esto. Tal vez por eso ama esto.
Al cordobés también le gustaría poder decir que no sabe cómo llegó a esta instancia, pero eso sería mentir. Porque si está dónde está, parado en el portal del hotel y viendo la noche porteña cobrar vida, es porque eligió hacerlo.
Pero para entender por qué está ahí, en el lobby de un lujoso edificio, tendría que retroceder un poco y contextualizar. Y cuando piensa en palabras para resumirlo, son solo dos las que aparecen en su cabeza.
Lionel Scaloni.
Él es todo el contexto que tendría que dar.
Decir su nombre tendría que hacerlo. Pero es que ninguna persona lo creería, y en una forma retorcida eso solo lo hace mejor.
Absolutamente nadie sabe que Julian está allí, yendo a verse con alguien que no ha visto más que a través de la pantalla de su celular. Bueno, y obviamente en todos los canales por los que ha podido ver al entrenador de la mismísima selección argentina, ya sea dando entrevistas o en los mismos partidos.
Aún le parecía irreal, Julian no sabía mucho del deporte. Sus conocimientos son básicos, pero habiendo crecido en una familia tradicional argentina donde se respira fútbol era inevitable no terminar viéndolo. Sin embargo, sus intereses radican en cosas diferentes, la música, el arte, y otras cosas no tan convencionales: las fiestas, el alcohol y si Julian lo admitiera en voz alta, también son parte de su deleite cotidiano los hombres mayores.
Porque Julian tiene un gusto por la vida nocturna. Le gusta divertirse, le gusta la joda. Le gustan las noches en que todo el mundo parece acelerado aun cuando no tienen un lugar al que escapar. Le gusta que la gente vaya y viene, siempre hablando a los gritos, con el trago levantado en el aire para que no se derrame, o con el cigarrillo por lo bajo para no quemar a nadie.
Le gustan los boliches y en muchos de ellos suele ir acompañado de su mejor amigo, Paulo. Quien era como él, otro chico con una afición por lo divertido de una salida caótica.
Había sido el chico de ojos claros quien lo había empujado a cruzar camino con el exclusivo entrenador de fútbol. En una de sus tantas salidas, Paulo lo había arrastrado a un boliche exclusivo en Puerto Madero, con entradas auspiciadas por alguno de sus tantos amantes que transitan la adultez intermedia.
Julian había aceptado, y aunque había sido una salida relativamente tranquila, donde se había dedicado a bailar entre los cuerpos pegajosos y sudados, aceptando los tragos que eran enviados a él a lo largo de toda la noche, no espero de ninguna forma que a la salida un hombre se acercara para, en nombre de su amigo, pedir su número.
Cuando el cordobés que, sin ánimos de entablar ninguna conexión por el momento, estaba listo para rechazarlo, vio que el amigo representado, ese hombre que se escondía en las sombras de la noche mientras fumaba un pucho y esperaba a un lado del Bentley negro, era un hombre muy asemejado al entrenador de la selección argentina, río incrédulo.
Incredulidad que se transformó en sorpresa cuando el número fue agendado y la foto de perfil era un Lionel sonriente, parado frente a un espejo.
Ahora mira nervioso el chat en la pantalla de su celular y su pulso aumenta cuando la tilde azul aparece y los tres puntos le avisan que el otro ya está escribiendo.
Toda esta semana había estado intercambiando mensajes. Nada demasiado concreto en realidad, Julian sabía que no era más que una mera formalidad, un preludio para el inevitable final en el que se encuentra.
Este fin de semana iba a verse con Lionel Scaloni.
La respuesta aparece enseguida, Julian sabe que los mensajes llegan de un teléfono descartable, y la situación es por demás peligrosa, ya que nada le asegura que quien esté esperando en la habitación del hotel realmente sea Scaloni. Pero cuando lee la respuesta, Julian está muy lejos de importarle cualquier bandera roja que aparezca ante sus ojos.
"Ya arregle abajo. Podes subir."
El resto del mensaje le indica el piso y número de habitación y el cuerpo de Julian hormiguea en emoción cuando se da cuenta que la habitación es, según sus cálculos, el penthouse del hotel.
Cuando finalmente llega al piso y golpea la puerta, Julian siente que está apunto de dar el último respiro de su vida.
La puerta se abre y lo tiene ahí, frente suyo. Tan alto como siempre lo imagino. Con su remera negra y sus jeans del mismo color, Lionel tiene un brazo reposado en el marco de la puerta por encima de su cabeza y en su rostro la sonrisa que se dibuja es por demás de canchera, es relajada, es segura.
"Viniste." Dice, como si no lo hubiera estado esperando en absoluto.
"Si." Es todo lo que Julian puede responder, casi sin aliento. Le sonríe sin saber muy bien qué hacer.
El hombre frente a él sonríe burlón, y sin más se hace a un lado, dejándolo pasar.
La habitación del hotel no luce como una. Después de todo, las sospechas de Julian son verdaderas. El penthouse es demasiado espacioso, mucho más grande que el mismo departamento de Julian. Pero no lo sorprende, sabe en donde se está metiendo. Con quién está a punto de joder. Lionel Scaloni es un hombre de dinero, de poder.
"Ponete comodo." La voz de Lionel viene detrás de su espalda. Julian está junto al ventanal, aún hipnotizado por la vista de afuera. "¿Qué querés tomar?"
"Cualquier cosa está bien." Julian se encoge de hombros, lentamente deshaciéndose de su campera.
"Pedí gin, ¿te copa?"
Julian asiente con la cabeza, sin decir nada. De repente todo lo extrovertido le abandona el cuerpo. Se convierte en alguien torpe, que se queda solo allí, sentado en su lugar, con los dedos tamborileando sobre el costado de su pierna. No se culpa del todo, la presencia varonil de Lionel es intimidante, un hombre de tanto éxito hacía sentir a Julian como un nene.
Mientras Lionel prepara los tragos, Julian se permite mirar más detalladamente. El hombre no podía estar lejos de sus cincuenta, las arrugas al costado de sus ojos y las líneas de expresión en su frente lo delataban. Al igual que las escasas pero notables canas al costado de su cabeza. Aunque honestamente al cordobés le daba lo mismo, no sería el primer ni el último hombre mayor de edad con el que se va a la cama y además de todo, Lionel era un hombre atractivo para su edad, estaba en forma y se notaba a leguas que cuidaba de su apariencia. Cosa que a Julian le recordaba un viejo dicho: mientras más viejo el vino, mejor.
El entrenador vuelve a entrar a su espacio físico para entregarle la bebida y sentarse a su lado. Julian le da un trago y deja al líquido amargo caer por su garganta. El hombre también lo hace, toma su vaso y se acomoda en el sofá con un brazo extendido sobre el respaldo, muy cerca de los hombros de Julian.
"¿Todo bien, no tuviste problemas en encontrar el hotel, no?"
Julian esconde una sonrisa detrás de su vaso. Mentiría si dijera que no le gusta esto. Esta obertura, el calentamiento que siempre se realiza antes de que el deseo finalmente ponga pie en la pista y comience a liderar el baile.
Un poco lo hace querer reir, esto de saberse todo el ritual. Todas las preguntas que se realizan en el interludio son banales y desinteresadas, Julian está seguro que a Lionel no le importa si él tuvo problemas para encontrar el hotel, o si tuvo un buen día, o si ya ceno. Todo lo que salga de la boca son piedras que construyen un camino. Son la preparación necesaria para acceder a la degustación. Julian entiende su idea como si fuera a decorar un plato de comida: no es indispensable pero sí establece un ambiente.
Pero a Julian no le importa mucho tampoco.
Para el chico, es algo animal en realidad. Casi como un ritual mamífero. Julian se acicala así mismo para su compañero, se lame sus labios, responde a las inquisiciones, expone su cuello. Lionel se prepara para atacar, hace preguntas, sonríe enseñando los colmillos, listo para cortejar. Y cuando la expectativa alcanza su punto más alto, la tensión no es más que una burbuja para explotar.
"No, para nada." El menor vuelve a tomar otro trago, esperando que el alcohol lo ayude a soltarse un poco más.
Como Julian esperaba, Lionel termina apoyando su mano en su muslo. Es el primer toque de la noche y Julian no se espanta ni se mosquea, en cambio, abre ligeramente sus piernas y envía una invitación a que la acción se repita.
Lionel comienza a bajar y subir su mano, Julian juega a la inocencia y deja que el toque se acerque cada vez más a su entrepierna. El chico también sabe lo que quieren los hombres, todo ese juego de ratón y gato. Muchos podrían pensar que a la población masculina le gusta lo fácil, y en cierto punto es así. Pero para Julian, los varones tienen más gratificación cuando deben luchar un poco por meterse entre sus piernas. Aún cuando la situación sea obvia (Julian está allí, en plena noche de un fin de semana, en un hotel. Sabe lo que busca y lo que está por obtener) el ceder ante ellos los hace sentir como ganadores indiscutibles.
Lionel le va hablando mientras lo acaricia, entre sorbos a su bebida le va contando su día a día. Revela un poco de su rutina como entrenador, señala anécdotas graciosas para Julian y parece satisfecho cuando ve el asombro en el rostro del cordobés. Álvarez lo escucha fascinado. En parte por el encanto que el hombre desprende, su forma de hablar y gesticular lo tiene maravillado, todo en él grita seguridad, su lenguaje corporal exuda confianza. Lo cual para Julian es solo otro atractivo más.
De repente, Lionel se silencia y cuando Julian lo mira a los ojos, ve cómo tiene los suyos fijos en sus labios.
"Estás muy hermoso" Su voz suena rasposa y Julian se estremece. El halago lo sonroja pero también complace, siente que es un reconocimiento para el tiempo que gasto en prepararse para la noche. "¿Cuántos años me dijiste que tenés?"
"Tengo veintitrés." Julian admite tímidamente.
"Veintitrés. Un nene." Una sonrisa se dibuja en el rostro de Lionel, quien lo mira de arriba a abajo. "Te podría enseñar tantas cosas."
"Me gustaría que me enseñes." La idea suena tentadora para el chico, que se acerca aún más al entrenador.
"¿Sí? Qué bueno, porque tengo muchas ganas de enseñarte cosas, cosas malas." El hombre tampoco se queda atrás, se corre hacia delante hasta que la distancia es inexistente y Julian es aturdido por la fuerte colonia que se desprende del cuerpo ajeno.
Julian mira a los labios del hombre, finos y sin barba que los decore. Las posibilidades que cruzan por su mente son infinitas, la atracción es tal que cuando finalmente se tira para besarlo, Julian cree que este es un antes y después en su vida. Una anécdota para los libros.
Lionel lo besa y Julian piensa que si hay chance alguna de que coja como besa, entonces no tiene otra opción más que averiguarlo. Porque Lionel está logrando ponerlo duro con tan solo un beso. Pero es que ese choque de labios no es para nada simple, Lionel lo tiene sujetado por la nuca y la callosidades de su mano hace que Julian siente que está con un verdadero hombre. La lengua dentro de su boca baila, lo empuja a ser más descarado y acercar su cuerpo hasta que no quede centímetro sin estar en contacto.
Pero no todo lo bueno dura, Lionel lo separa para tomar aire. Aunque Julian no lo deja ir sin antes dar una mordida a su labio inferior.
Los dos están un poco acalorados, no hay nada como el primer beso del encuentro para establecer el ritmo de la noche, para hacer saber que tan intensas van a ser. Ahora Lionel lo mira con esos ojos perversos y Julian quiere que se lo coma entero.
"Supongo que ya sabes quien soy, así que me imagino que entendés cuando te pido…confidencialidad."
El pedido es un poco obvio para Julian. Todavía no se olvida de quién es Scaloni. De cuál es su vida. El hombre debería estar tranquilo, porque Julian no es ningún tonto y no planea arruinar este milagro. Aparte está seguro de que si intenta contarlo, nadie con dos dedos de frente le creería. Al mismo Julian le cuesta creerlo.
"Si, obvio. Nadie va a saber nada." Julian piensa en volver a los toques, ahora que las cosas se aclararon, pero Lionel parece tener otro plan.
Antes de que Julian pueda volver a besarlo, Lionel le pone una mano en el pecho, frenando su avance.
"Pero también tengo que advertirte sobre ciertos gustos particulares que tengo. Los cuales me gustaría aplicar con vos, o en vos."
"¿Gustos como…?"
Lionel no responde, toma de la mano a Julian y comienza a caminar hasta llegar a la habitación. Julian está confundido pero cuando se encuentra con todos los artículos arriba de la cama, entiende que una imagen vale más que mil palabras.
En medio de la cama redonda, un par de juguetes sexuales posan sobre las sábanas rojas satinadas. A un lado de estos, hay una bolsa de cartón plateado, la cual Lionel indica a Julian que abra. Cuando retira el papel de envolver que rellena la bolsa, Julian se encuentra con prendas que reconoce como un suspensorio y un collar para su cuello.
Lionel toma asiento en la esquina de la habitación y espera hasta que Julian se voltee hacia él para hablar.
"Quiero que te pongas eso." Sentencia sin titubeo alguno.
Julian traga saliva. Es un suspensorio de algodón color blanco, una prenda que dejaría al descubierto su trasero y solo cubriría su miembro. La tela se sentía suave contra sus dedos y la idea de que está se deslice sobre su piel, lo excitaba. Pero el contraste con el collar de cuero era interesante también. Ni contar con todos los elementos que descansaba sobre la cama y que Julian estaba seguro que iban a ser utilizados sobre él.
Nunca antes lo había hecho. Julian había estado con muchos hombres, pero el sexo siempre era convencional. Tal vez había habido un poco de rudeza en su vida sexual: una nalgada, otra mano en su pelo. Incluso recuerda una vez en que un chico le dio una bofetada mientras lo hacían. Pero fustas, vendas y esposas escapaban de su repertorio.
La propuesta lo hacía sentir desventaja, de alguna manera.
"¿Y qué recibo yo a cambio?"
Lionel sonríe ante la pregunta, sus piernas se abren sobre la silla roja aterciopelada. Julian nota que hay un bulto en su entrepierna. Un bulto grueso y curvado.
"Bueno, eso depende de qué tan bueno seas. Ya nada se consigue sin trabajo duro, ¿no crees?" Julian parece insatisfecho con la respuesta. Lionel suspira y lo vuelve a intentar. "En primer lugar, te puedo dar lo que quieras. Plata, celular, ropa. Aunque yo no creo que eso sea lo que te interese." Lionel lo mira de arriba a abajo y Julian debe coincidir con este último pensamiento. "Y en segundo lugar, vas a tener el privilegio de que te coja."
Si hubiera sido cualquier otra persona, aquella frase lo habría hecho estallar de risa pero la declaración tiene tanta firmeza en su pronunciación que Julian no puede evitar estremecerse. La convicción de su habladuría no parece ser fingida, Lionel es un hombre experimentado y quiere impartir su conocimiento sobre él.
Julian se sonroja, la flojera de sus rodillas delata su aceptación. Sin decir nada comienza a desnudarse frente al hombre. Lionel se reclina hacia atrás y disfruta el show, sin pudor alguno va perdiendo ropa por ropa hasta que su cuerpo desnudo se presenta ante los ojos del espectador, que eleva una ceja ante lo erecto de su miembro. Julian se pone el suspensorio y luego cierra la correa de cuero sobre su cuello. En ese minuto, Lionel se pone de pie y lo sujeta por el anillo de metal que cuelga de la gargantilla.
"A partir de ahora vas a hacer lo que yo te diga." La demanda es soltada sobre sus labios, aliento chocando aliento, Julian solo atina a asentir embobado. "Arrodillate y chupa"
Julian cae en sus rodillas y desabotona los jeans, revelando unos boxers negros de algodón. Con mucha picardía hunde su rostro en ellos, la curvatura gorda y dura choca contra su nariz, ese almizcle varonil que desprende la piel de Lionel lo pone rabioso. Deja una lamida por encima de ella y se gana un tirón de pelo.
No juega más, con una mano agarra la base del pene. Ya está duro y puede sentir la pesadez sobre sus dedos. El pene de Lionel es grande y grueso y las venas en él saltan haciendo agua en la boca de Julian. El cordobés nunca tuvo problemas para ponerse de rodillas, pero tampoco era algo que hacía siempre. Sin embargo, ahora con el pene de Lionel frente a su cara, Julian se da cuenta que moría de ganas de llevarlo a su boca, de meterlo hasta que sus ojos lloren y ahogarse con él. Julian se pone duro y mojado con solo pensarlo.
Tentativamente da una lamida alrededor de la cabeza, el miembro está hinchado y gotea con líquido preseminal. Julian lame otra vez la punta, ahora delineando su lengua sobre la raja. El sabor de Lionel es amargo y adictivo.
Lionel gruñe de gusto y Julian se siente animado a ir por más, despacio relaja la garganta y lo toma hasta que su nariz choca contra el abdomen bajo de Lionel. Intenta respirar pausado mientras sube y baja superficialmente, sin llegar a sacarlo del todo. Julian usa la lengua para dar giros sobre su falo al mismo tiempo. Lionel parece disfrutarlo mucho y aún más cuando el cordobés ahueca las mejillas y el ritmo acelera, el gemido que deja salir Lionel, le genera placer a Julian, hace querer que acabe en su boca.
"Que gauchita que sos, pendejo" Lionel lo sujeta por el cabello, y tira de él para hacerlo inclinar la cabeza. Su pene se desliza fuera de los labios hinchados y rojos de Julian, ahora solamente conectados por un hilo de baba. Lionel se toma a sí mismo y da pequeños golpes sobre sus labios, solo para provocarlo. "Quiero que me mires a los ojos mientras te la tragas, escuchaste. Y pone cara de putita que a papi le gusta."
El menor se siente embobado por la vista frente a él. Lionel parece irreal, apenas puede tallar su figura bajo la oscuridad pero son las luces de la ciudad e incluso la de la luna que alumbra su lado, bañando su perfil hasta iluminar sus abdominales marcados, brillosos por el sudor.
El entrenador no espera otra respuesta, se vuelve a hundir dentro de su boca. Julian solo abre la boca y afloja la mandíbula dejando que haga con él lo que quiera, y Lionel toma pase libre de esto. Comienza a moverse, su cadera va y viene pausadamente, hace que su pene se deslice sobre su lengua y Julian solo succiona.
El sentimiento de ser usado es retorcidamente gratificante. Julian sigue las palabras de Lionel y pone su mejor cara de trola, lo cual básicamente es él frunciendo el ceño y haciendo contacto visual con sus ojos grandes y llorosos.
"Estuve esperando esto toda la semana. Mirando tus fotos." Julian está extasiado ante las palabras. No había nada que lo hiciera sentir más poderoso que cuando alguien le dejaba saber lo mucho que lo deseaba. Lionel retira su verga de la boca de Julian y lo hace poner de pie. "Pero, ¿sabes en qué estuve pensando más?"
Julian deja escapar un sonido en forma de pregunta. Es todo lo que puede hacer, ya que Lionel lo tiene reclinado sobre la cama y puede sentir al miembro húmedo pegarse contra sus nalgas, un dedo merodeando por su agujero lo acompaña. Formar una oración completa le está costando.
"En esto. En este tesorito, que tenes acá atrás." Julian escucha el sonido de un escupitajo y la saliva cae por la raja de su espalda baja hasta que llega a su centro y Lionel la usa para que aquel dedo curioso se meta dentro suyo.
"¿Y qué pensabas?" Julian lo incita a seguir hablando.
"Uf, en tantas cosas. En cómo estaba, si
ya estaba usado, o si estaba apretadito todavía." Lionel hace un gesto con su dedo y tiene a Julian mordiéndose los labios. Otro dedo se inmiscuye entre sus piernas y se pierde rozando su próstata. "Pero más que nada en lo mucho que quiero llenarlo de leche. ¿Me vas a dejar, mmh, vas a dejar que papi te coja el culo y te lo llene de leche?"
La petición envía escalofríos por todo su cuerpo. El apodo es perverso, porque si bien no es una realidad material, hay posibilidades de que lo sea. Lionel casi le saca treinta años de ventaja y él es apenas un pendejo. Pero a Julian en realidad no le interpela en lo más mínimo. Lionel siempre podía terminar de criarlo.
"Si papi, por favor." La agudeza de su voz está muy lejos de ser fingida aun cuando a Julian se le pidió un papel y él está empeñado en dar lo mejor de sí.
El entrenador de fútbol se acerca entonces. Le planta un beso en la boca, un toque rápido que va agarrando intensidad hasta que Julian está sobre la cama y con Lionel encima suyo.
"Extendé los brazos." Julian pone cada uno contra la cabecera de la cama y Lionel rebusca en su arsenal de juguetes y extrae de entre ellos dos pares de esposas plateadas, cada una termina cerrada alrededor de sus muñecas y lo atan a los postes de la cama.
El metal es frío contra su pulso y el más joven se mueve entre las sábanas satinadas para tratar de quedar lo más cómodo posible. El entrenador de fútbol sale de la cama para desnudarse y vuelve a ella para buscar entre sus juguetes. Separa algo de entre ellos, en su mano, y luego mueve el resto fuera de la cama.
Lionel vuelve a subirse hasta la cama y revela un frasco pequeño de color amarillo que sostiene entre sus dedos, el cual lleva a la nariz de Julian, con claras intenciones de que oliera lo que sea que aquel frasco contenia. Julian se echa hacia atrás, confuso y pregunta qué está haciendo.
"Inhala, dale. No hagas enojar a papi." Lionel aprieta el frasco contra una de sus fosas nasales. Julian lo mira asustado. Usar drogas no estaba en sus planes.
"No, yo no quiero usar eso." Su voz tropieza en temor.
Lionel lo mira exasperado, como si Julian estuviera arruinando toda la diversión.
"No seas dramático, es para que estes mas suelto." Pone un dedo sobre el costado de su nariz, incitando a que inspire. Julian sigue dudoso y se remueve incómodo. Su indecisión impacienta al hombre mayor que vuelve a insistir. "Dije que inhales trola de mierda." El insulto lo pone rojo como un tomate y un poco lo asusta, pero no es como si realmente tuviera otra opción. Las esposas de metal lo han convertido en un esclavo a merced de los antojos del hombre.
Julian se rinde e inhala con una de sus fosas nasales la sustancia. El líquido viaja a través de su sistema y Lionel hace un sonido de satisfacción. "¿Ves? Es más fácil cuando sos un buen nene."
El líquido tiene un fuerte olor característico que marea a Julian. Una ráfaga de sensaciones le recubren el cuerpo y Lionel sonríe perversamente cuando nota lo receptivo que el chico se pone, dejando atrás toda la tensión de la situación anterior.
El aumento del ritmo cardíaco de Julian se dispara, su pecho es un núcleo de calor llenó de euforia. Lionel mira los estragos que él causó, a medida que va volviendo a introducir sus dedos dentro de Julian. El popper hace su parte y ahora el agujero del chico está más receptivo.
Julian siente perfectamente como los falanges trabajan dentro suyo, los dedos de su pies se curvan cuando se doblan dentro suyo y acarician su próstata. Tiene que morder la almohada, pero Lionel la tira fuera de su alcance y lo obliga a gemir en voz alta. Pequeños y agudos ah ah ah saliendo de su boquita roja.
"Lio, por favor." Julian suena histérico.
Las súplicas son deliciosas para Lionel, que lo mira desde arriba, arrodillado detrás de su espalda. El sentimiento de control que tiene sobre Julian lo embriaga, verlo retorcerse, desesperado por ser cogido y humillado, realmente lo envía al borde.
"Pedime lo que querés." Lionel lo sostiene por uno de sus muslos mientras lo trabaja con sus dedos lenta y tortuosamente.
"A vos, papi, por favor. Quiero que me uses." Lloriquea prácticamente y Scaloni se ríe porque sabe que es la euforia del líquido hablando.
"Que buen nene que sos, papá te va a compensar." Lionel agarra un forro y lo enrolla sobre su miembro, le da un suave apretón a la base del mismo, solo para tratar de no correrse aun. "Te va a coger todo ese culo de pendejo hermoso que tenes, ¿querés?"
Una seguidilla de afirmaciones llena el espacio de respuesta y Lionel toma acción. Se va escabullendo dentro de Julian, quien tiene el ajuste perfecto. Es caliente y la carne está un poco apretada para su verga incluso con el uso del popper. Cuando está enterrado hasta su base Lionel maldice y desea nunca tener que salir del chico.
Así, el hombre comienza sin adoptar un ritmo lento ni compasivo. Sus estocadas son constantes y determinadas. Cada golpe de sus caderas es un gemido arrancado de la boca de Julian.
"Ngh, más rápido." Julian está aplastado por el físico pesado del entrenador, sus brazos están extendidos por la exigencia de las esposas y el dolor que hormiguea sus muñecas ya comienza a extenderse en el resto de sus extremidades.
Con una mano Lionel le levanta la pierna al hombro y el ángulo se profundiza, el sentido común de Julian se esfuma en el aire y ahora entiende esa frase narcisista que el entrenador había soltado más temprano. La forma en que está siendo follado se siente como un privilegio: el largo miembro de Lionel está tocando lugares dentro de él de una forma tan deliciosa que Julian pone sus ojos en blancos y babea con la espalda arqueada violentamente.
Scaloni le pasa una mano por la cara y termina con sus dedos sobre el anillo de metal que cuelga del collar de cuero. La circunferencia era complementaria a una cadena, pero Lionel le había dejado fuera del esquema, tal vez para ser usada en otro encuentro sexual.
"¿Te gusta como te doy, pendejito?" La mano que lo sostiene por la correa se sujeta con fiereza, las embestidas toman más impulso y crean el balance a través de aquel soporte. Es un tanto incómodo ya que la correa le aprieta el cuello y cuando Lionel empuja de ella hacia arriba, por breves segundos, Julian se queda sin aire. Pero no se queja, le gusta así: rudo y sin mucho cuidado.
"Si papi, me gusta, no pares por favor."
"Te sentís tan bien, bebé." La voz gruesa del hombre le causa escalofríos. La perversión detrás de su tono también. "Seguí gimiendo así, que ya estoy por acabar."
Julian continúa retorciéndose sobre la polla de Scaloni, apretándolo con sus paredes. La sensación es tan agradable que Julian cree que tal vez podría correrse intacto, sin que Lionel haya puesto una sola mano encima suyo. Otro golpes más se estrellan contra su próstata, Lionel está gruñendo bruscamente y cuando Julian piensa que el hombre se correrá dentro suyo, se retira.
Lionel se saca el condón y se coloca a horcajadas del pecho de Julian, hasta que su pene erecto queda justo encima de la carita del chico. Lionel va dando tirones a su carne y deja que la punta púrpura escupa su líquido preseminal y esté caiga a gotitas sobre los labios entreabiertos de Julian. Crea un movimiento rítmico agradable con su propia mano hasta que está soltando gruñidos y su orgasmo está en la punta de su lengua.
"No cierres los ojos." Le advierte a Julian, que con sus mejillas sonrosadas intenta recuperarse de la sacudida que Lionel le acababa de dar. "Te voy acabar por toda esa carita linda."
Julian hace caso y luego de un par de jaladas más, Lionel gruñe y su estómago se tensa hasta que su verga sufre de espasmos y comienza a derramar tiras de semen sobre el rostro de Julian. El líquido espeso y blanco cae en todas partes, en los labios jadeantes, en las mejillas coloradas, y un poco en la frente del chico, hasta que se desliza y el semen se acumula sobre una de sus pestañas.
A Julian se le cristalizan los ojos por no poder cerrarlos y tampoco por no poder limpiarse a sí mismo. Al entrenador le lleva un segundo darse cuenta porque aún sigue recuperándose de su orgasmo y cuando puede regularizar su respiración baja hasta el rostro de Julian y lame la corrida sobre su ojo lloroso, pero deja el resto de semen que decoran su cara intacto.
Lionel termina el recorrido de lamidas besando sus labios hinchados. Julian puede sentir el semen de Lionel ser pasado a su boca, la sustancia viscosa y amarga termina deslizándose sobre su garganta.
"¿Querés que te haga correr con este?" Lionel le pregunta al oído, con la respiración pesada sobre su oreja. En su mano sostiene un vibrador negro que menea sobre su rostro. Julian asiente fervientemente.
Con una sonrisa, Lionel se encarga de embadurnar al consolador en lubricante, luego lo dirige a la entrada abusada de Julian y lo inserta completo de una sola estocada. La intromisión lejos de ser dolorosa, envía a Julian otra descarga de placer, el efecto del líquido que inhalo dilató sus vasos sanguíneos y ahora mengua dentro de una bruma de delirio sexual. Todo toque está potenciado mil veces más, así que cuando Lionel enciende el vibrador en su segundo nivel y comienza a chupar los pezones de él, Julian siente que podría empezar a llorar.
Julian es pegajoso en todo su cuerpo.
Otra vez el hombre lo está torturando, moja las areolas con su saliva y lengua mientras empuja el juguete vibrante entre sus paredes de carne. Hay semen secándose en sus mejillas, de la corrida de Lionel.
Cuando Lionel nota que está por acabar, sube el vibrador a su último nivel, encierra la garganta de Julian con su mano y con la otra comienza a masturbarlo. La sensación de desesperación se multiplica, las lágrimas caen de sus ojos hasta nublar su vista, siente que ha cedido todo su control al hombre que tiene enfrente y ahora solo es un cuerpo desarticulado e inútil. Lo único que le queda por hacer es sobrevivir al orgasmo que se construye en su vientre bajo.
Lionel tira de sus piernas hacia adelante, de modo que sus rodillas están pegadas a su pecho y el consolador dentro suyo golpea su próstata directamente. Julian desearía poder gritar pero la mano en su garganta aún sigue quitando su habla, así que solo se ahoga entre sus gimoteos y sollozos hasta que las vibraciones lo llevan a retorcerse sobre la cama.
Lionel, quien deja la crueldad de lado, iguala el ritmo del consolador con la mano que lo masturba y dos tirones después Julian está viniendo sobre los dedos de él y sobre sí mismo. Tiras blancas surcan sus pectorales, un último apretón en su garganta y por fin es liberado para poder gemir su camino a través del orgasmo.
Julian rompe en llanto, es una suma de cosas que lo conducen a una locura extrema: el dolor en sus muñecas por la restricción de las esposas, el consolador vibrando contra su próstata sobreestimulada, la mano áspera y rápida de Lionel sobre su apenas tocado pene, el semen fresco sobre sus mejillas, el escozor de su garganta recién liberada y la falta de aire, y todo esto potenciado por la droga recreativa que el entrenador de fútbol le había obligado inhalar reiteradas veces.
Lionel lejos de asustarse, parece satisfecho. Con cuidado se acerca hasta su cara y lo besa hasta tranquilizarlo. Las mejillas le inundan los ojos borrosos y Julian puede limpiarlas una vez que el entrenador abre las esposas y él recobra el movimiento motriz de sus brazos.
"Estuviste muy bien, hermoso." Lionel lo está limpiando pero Julian se siente perdidísimo.
La estimulación del encuentro es tal que aún sigue temblando, sus extremidades son músculos flojos sufriendo un espasmo tras otro y Julian no puede moverse más. Todo lo que puede sentir es el momento en que Lionel retira el ya apagado vibrador de su interior y lo tapa con las sábanas.
El entrenador se queda a su lado e intenta tranquilizarlo, hasta que su catarsis culmina y es el cansancio el que lo vence, cayendo profundamente dormido bajo el arrullo del hombre mayor.
(...)
Cuando Julian vuelve a despertar, el alba se alza por el horizonte y el lado de la cama está vacío. Julian sigue desorientado y adolorido, por lo que no intenta levantarse. Pero tampoco hace falta.
La espalda vestida de Lionel se encorva a los pies de la cama y el chico puede escuchar cómo el hombre tararea al atar sus cordones.
"¿Lionel?" Le llama.
"Ah, te despertaste." Lionel se pone de pie y lo encara. "Yo me voy, surgió una reunión de emergencia a la cual tengo que asistir. Igual recién van a ser las 6, todavía tengo la habitación por otras cuatro horas." Lionel a medida que va hablando, va recogiendo y colocando en sí prendas de vestir que en el remolino de pasión nocturna esparció a lo largo del piso alfombrado. A Julian, que se siente abrumado por todo el descargo de energía, le cuesta procesar sus palabras así que solo mira a sus alrededores y trata de entender qué está pasando. "Podés quedarte y desayunar."
Lionel sigue parloteando sobre como pedir servicio a la habitación y como bajar el blackout, pero Julian solo observa el desorden que arrasa con el penthouse. Cuando ve su corrida seca sobre la funda de la almohada se sonroja fuertemente.
"Juli, vos no te preocupes por nada." El llamado a su nombre hace que finalmente lo mire. "De todo esto se encarga el servicio de limpieza. Son muy discretos."
Él asiente distraídamente y se despereza. Lionel se termina de preparar y toma sus pertenencias, Julian ya lo mira acostado sin decir nada. Las fichas de todo lo que hicieron anoche comienzan a caer.
"Ah, pibe" Lionel llama su atención un momento después. Está parado en el marco de la puerta, a punto de despedirse. Julian lo mira y le da una señal para que continúe. "La próxima traete a tu amiguito. El de ojos claros."
Y sin más que decir, se marcha sonriendo.
(...)
Dos semanas después Julian se encuentra en el centro de la ciudad, comprando ropa con dinero transferido a su cuenta por cierto entrenador de fútbol, cuando un mensaje del mismo le llega.
"¿Te parece vernos?"
Esa misma noche, Julian le pregunta a su amigo Paulo si tiene algo que hacer.
