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El olor a lysoform del baño no hacía nada más que ayudar a la creciente sensación de ahogo que estaba sintiendo.
Emiliano abrió y cerró las manos, le temblaba el pulso al hacerlo pero repitió la acción varias veces hasta asegurarse de que no sentía nada roto. Igualmente, no podía comprobar si estaba en lo cierto con la cantidad de sangre que embadurnada cada centímetro de su palma. Si puede, igualmente, tener una aproximación de los daños: la piel encima de sus nudillos está rasgada como si se la hubiera enganchado en púas de alambre, con tirones aquí y allá.
La luz del baño parpadea y emite un sonido constante de zumbido, la palidezca iluminación envuelve el baño del estadio en un ambiente frívolo, contrarrestante al calor del cuerpo de los tres hombres que allí se encontraban. Uno, estaba al lado de Emiliano, inclinado contra el lavamanos con la cabeza gacha y en silencio.
¿El otro?
En frente suyo, sentado en el piso y espalda contra la pared, con la cara molida a golpes.
Los rizos creaban una clase de velo que cubría el rostro del hombre, obstruyendo la mirada analítica de Emiliano. No era muy difícil ver a través del cabello, pero si lo era a través de la sangre — le cubría todo el rostro, pero parecía haber explotado alrededor de la nariz y boca, donde moretones ya eran notables en la tez morena. Parecía surreal, como en unos minutos uno puede desfigurar el rostro de otra persona.
Hay un camino de sangre desde su nariz, que baja hasta la barbilla donde gotas se juntan antes de caer lentamente, manchando aún más el piso de porcelanato blanco, algunas incluso estaban en las zapatillas del arquero, tiñendo el logo de Nike en splashes rojos.
Puta madre, pensó preocupado, va a ser un dolor de huevos limpiar esto.
Como un ciervo atrapado en los faros, se encuentra inamovible. Cuanto más observa la escena más siente que sus entrañas, repugnantes, son golpeadas por un resentimiento enconado. Siente la garganta tapada, como con cera. Un dolor de decapado en su cuerpo que el enoja ha demostrado ser increíblemente capaz de estallar, y eso es todo lo que se necesita: a veces ni siquiera se necesita una palabra, solo un gesto, un ademán, y todo lo que está reprimido en él estallará.
Emiliano se siente así ahora, mientras presta atención al movimiento sutil que marca la respiración del hombre, se le llena la boca de un sabor amargo. Hay algo que lo frota de la manera incorrecta, no pensó que llegaría a recurrir a algo como esto, o al menos no por Lionel.
Pero el capitán tiene esta— esta forma de meterse siempre debajo de su piel. Hoy no es diferente, una vez más la serpiente que sedujo a Eva deambula por su cabeza susurrando: ¿te arrepientes?
Él observa la sangre en sus manos y la respuesta es un eco: no, no, no.
No era su culpa que las cosas terminaran así. Lo que hizo ahora, lo que pudo haber hecho, no importa. Emiliano estaba consciente que su falsa normalidad tenía una fecha de vencimiento, y se enorgullece de haber aguantado tanto tiempo sin recaer en esta clase de 'soluciones'.
Emiliano simplemente terminó lo que empezó el boludo que tenía enfrente.
Luego del partido, cuando las selecciones se cruzaron en los pasillos minutos antes de que las cámaras estuvieran encima de todos, las cosas parecían marchar bien y aunque Emiliano estaba bastante enojado porque Messi seguía ignorándolo, trato de mantenerse al ritmo de la joda y los festejos.
Eso hasta que vió al portero de la selección mexicana hablarle a Messi... el cabeza de porra se veía bastante ensimismado en conseguir la atención del capitán argentino. Al principio, Emiliano se compadeció de él; estaba caminando en campo minado sin siquiera darse cuenta.
Él no solía entrometerse mucho cuando otros jugadores buscaban a Messi (ya que nunca consiguen algo más que cortesía) Pero esta vez, el capitán incluso abrazó a Ochoa, le tomó la mano, dejó que el otro se le acercara lo suficiente como para ponerle el rostro en el cuello... Emiliano no era el único que miraba a Ochoa con sed de sangre, tanto De Paul como Paredes, Mac Allister, Romero, Dybala y los jugadores más jóvenes como Enzo y Julián tenían los ojos clavados en el arquero mexicano.
Por momentos, Dibu pensó que Ochoa no sabía lo que hacía, que simplemente era un buen perdedor que venía a saludar y mostrar su respeto...
Eso fue hasta que el muy hijo de puta del mexicano, con una mano en la cintura de Messi, le sonrió de manera depredadora a toda la selección argentina que lo miraba mientras que dejaba descender su mano a la curva del culo del capitán.
Y Lionel trató de alejarlo.
Pero el mexicano solo lo acercó más a él, su toque se volvió un agarre y le dijo algo al capitán en el oído, un susurro que pasó desapercibido y demasiado bajo para la escucha externa, pero fuera lo que fuese hizo que la cara de Messi apartara el rostro tratando de alejarse.
Y el toqueteo seguía, y seguía...
Aprieta los puños con tanta fuerza que la piel lastimada se estira solo más y se abre, pero el dolor no sobrepasa la ira que siente al recordar la escena de hace unas horas. El corazón de Emiliano retumba tan fuerte en su pecho que teme que se escuche. Agradeció internamente que fue De Paul quien saltó a intervenir, no puede evitar esbozar una sonrisa al pensar en cómo fue casi inmediato, como una reacción natural, la manera en la que Rodrigo sacó a Messi de las manos del mexicano y se le plantó enfrente, segundos se necesitaron después de un par de palabras para que la pelea se desatara.
El centrocampista realmente es un espectáculo.
Nunca dejaba de sorprenderlo, y eso que bien conocido tenía Dibu a Rodrigo; el hombre era incapaz de contenerse cuando se trata de Lionel. Mientras que la mayoría de los jugadores logran mantener un perfil bajo y discreto, De Paul siempre encuentra la manera de ser el sobresaliente, tanto en la cancha como fuera de los partidos. Ya habían especulaciones, memes, tweets, videos de todo sobre qué clase de verdaderas intenciones tenía el centrocampista con el capitán de la selección argentina.
Aunque realmente aprecia a Rodrigo, él era una de las principales razones por las que Scaloni los ha estado teniendo a todos a rajatabla las demostraciones de cariño en público, ya que si bien pueden abrazar a Messi, tocarlo y levantarlo en el aire luego de un partido, realmente no pueden hacer nada más porque la prensa inmediatamente se les cuelga del cuello como parásitos.
Y todo porque alguien no puede dejar de pensar con la pija.
Su cabeza se redirige a Lionel y no pudo evitar recordar los sentimientos que el hombre le provoca. Su corazón da un vuelco ante la idea de volver al plantel y saber que él está bien, seguro, alejado de todo esto... siente que la tensión en su cuerpo se ablanda, siempre le sucede eso cuando está con Messi.
Es... no puede explicarlo. Cuando el capitán lo toca, le habla o cualquier otra cercanía él comienza a sentir todo tenue a su alrededor, como si acabara de caer en algo lleno de agua, pero no en una piscina. Una especie de pantano espeso se lo traga— pero de la misma manera que él le trae paz, Lionel también despierta cosas oscuras en él, cosas que no le contaría a nadie...
Exceptuando a una persona, claro está.
Por algo tiene psicólogo, a ver.
Es un mal querer, lo que tiene Emiliano al momento de amar. Y es peligroso destapar algo así, hay peligro en el despertar de cosas ocultas, porque dichas están enroscadas en raíces con espinas, sumergidas en las profundidades de su pecho. Amar, significa que Emiliano debe existir en ese lado suyo, que debe dejarse ver.
Pero él está atrapado en algún lugar entre un romántico desesperado y un cínico de corazón frío. Hay algo terrible en su cuerpo, un ser que porta su piel; a veces por la noche, Emiliano podía verlo sonriéndole.
Y él sonríe de vuelta, porque aunque le cueste admitirlo, él es justamente así.
Depredador, monstruoso, despiadado. La dulzura lo aburre, pero la caza...
Hay algo en la caza, en el hambre, en la pelea y la desesperación que hacen que Emiliano se ponga duro de solo pensarlo. Hay algo en destrozar al otro dentro y fuera de la cama que simplemente le encanta. Ama susurrarle promesas carnales en el oído al capitán, decirle lo mucho que adora cogerlo, prometerle que se lo va a llevar para él solo, que lo va a tener de puta todo el día, que lo va a hacer olvidar su nombre hasta que la única palabra que salga de su boca sea 'Emi'. Dios, el solo pensar en tener a Messi debajo suyo gimiendo, con las mejillas mojadas de las lágrimas hacen que Dibu sienta que su pene se hincha y endurece en sus pantalones cortos. La violencia, la brusquedad, la posesividad...
Dibu confunde el instinto con el deseo - ¿no es la mordida también un beso?
Y sabe lo que muchos dirán o dicen de esto, que él es un abusivo. Pero no podrían estar peor.
Porque si hay algo en lo que la gente se equivoca seguido, es en pensar que Messi es la presa del depredador. El solo pensamiento hace reír a Dibu, no; Lionel es simplemente un lobo vestido con piel de cordero.
Ellos se complementan, están destinados.
"Emiliano."
La voz del tercero en la habitación lo saca de su trance, haciendo que se ponga visiblemente tenso, pero se relaja al recordar que no es cualquier persona con la que está.
Así que sin despegar los ojos de su obra de arte en el suelo, contesta. "¿Sí?"
"Hay que irnos."
El arquero se gira hacia el lavamanos para mirar a Otamendi. "¿Y qué hacemos con el fiambre?"
"No le digas fiambre, bobo. No está muerto."
"Lamentablemente..." Murmura, antes de suspirar y agacharse en frente del hombre en el suelo. Emiliano estira la mano y una suave presión de aire contra sus dedos confirmó la sospecha de que el hombre seguía vivo, al menos por el momento. Sin tonterías de bajo grado, se ergue parado de nuevo.
Otamendi está con su celular en mano, mandando mensajes.
"¿Cuánto?" El arquero pregunta, mientras miraba hacia la puerta en el reflejo del espejo detrás de Nicolas. No hay ningún ruido proveniente del pasillo.
"Van a tardar un poco", le informó al otro hombre. "Unos 10 minutos tal vez."
"Uh... pucha." No tenía muchas ganas de quedarse más tiempo acá, se pasó la mano por la cien. Sus dedos dejaron un rastro de olor a cobre por la sangre. "Podemos despertarlo."
La vista del defensa hace ping pong entre su celular y su compañero. "¿Para qué, para volverlo a cagar a palo?"
Emiliano negó con la cabeza, aunque la idea lo divertía. "Puede que no tenga sentido." Admitió, con los ojos vagando lentamente sobre el ocupante de la cama. "Pero hay que asegurarnos de que no hable."
"Ya nos aseguramos de eso, gordo, ¿vos le viste la cara?" Otamendi reprocha, el hombre también tiene las manos lastimadas, pero parece no tener problema en ello puesto que se está literalmente arrancando los pedacitos de piel levantados. "El loco no va' decir ni mu'."
"Nico." El nombre del otro hombre salió de la boca de Emiliano antes de que tuviera tiempo de considerarlo. "Acordate por qué hacemos esto. Pelotudos como señor mexichango acá van a haber siempre, esto no va a llegar nunca a la prensa, pero vos sabes a quién le va a llegar por cucaracha."
Otamendi se mordía el labio mientras pensaba, frunció el ceño pero finalmente aceptó. "Bueno, pero rápido porque ese flaco necesita ayuda urgente, meterle otra piña para dormirlo va a dejarlo peor."
"Ni para tanto, además de última con lo de acá nos arreglamos."
"¿Con lo de acá?" Pregunto incrédulo, antes de extender los brazos como señalando el alrededor. "No se si vos sos pelotudo o te haces, pero esto no es exactamente un hospital."
"Ya, ya. Mimo, mimo." Emiliano siseó, luchando contra la emoción por no alzar la voz. Las posibilidades de despertar al hombre eran escasas o nulas, desmayado como estaba no creía que siquiera registrara algo, pero no estaba demasiado interesado en arriesgarse. "Pone la cámara, hay que mandarle esto a Rodrigo."
"Sos un morboso..." señaló Nicolás, pero igualmente levantó el celular y tomó un buen ángulo. "Vos decime y le doy play."
"Dale, dale."
3 HORAS ATRÁS...
Fue después de dicho suceso que todo se tornó un tanto tenso, no solo porque Messi actuaba como si nada, sino porque toda la selección se tragaba la bronca. Nadie habló cuando Rodrigo salió de los vestidores con más moretones de los que había entrado, tampoco comentaron de la nariz ensangrentada de Scaloni.
Pero los susurros iban y venían, dentro de las habitaciones a puertas cerradas preguntas se hacían, y los chats privados recibían mensajes a cada minuto.
Emiliano, quien buscaba al capitán, estaba rondando el establecimiento cual depredador al acecho. Son aproximadamente las once de la noche, los pasillos están aislados y oscuros, no hay nada más que algún que otro guardia de seguridad. Lautaro, quien simplemente estaba pasando de largo hacia la cocina de la universidad, casi se muere de un infarto cuando en la oscuridad se chocó con el portero.
"Gordo, ¿qué mierda haces?" Le preguntó el delantero, quien pese a su mirada preocupante portaba una sonrisa, aunque dicha se tornó más en una mueca cuando vió con atención al otro hombre. "¿Qué pasa, por qué esa cara de asesino, uhm?"
Emiliano trató de esquivar al menor, pero Lautaro se le colocó en frente, obstruyendo su paso. "No me pasa nada, salí."
Se quedaron unos segundos en silencio, como dos leones mirando el mismo plato de comida pero esperando que el otro meta el primer bocanazo. Al final, Lautaro se pasó la lengua por los dientes en un gesto provocativo. "Aaah, ya sé que te pasa... ¿es por el Memo ese?, ¿El pelo de cotillón del otro equipo?"
Dibu se quedó callado, pero apretaba los guantes de portero en una mano como si fueran un stress ball. Entonces dijo. "¿Qué mierda sabes vos?"
"Uy, Dibu... vos sos bueno ocultando esto al público, pero cómo te cuesta hacerte el que no te afecta." Le respondió el otro hombre con una risita que tenía más gracia de la que debía, como si la situación fuera algo que le da deleite. "Tranqui, papá. No tenes que preocuparte por el contrincante, yo que vos..."
"Yo que vos presto más atención a tus amigos, porque te quedas atrás," Lautaro señaló disimuladamente no sólo a sí mismo, sino que señala lejos para el fondo del pasillo de la universidad, donde dos siluetas se veían enroscadas contra una pared. "¿Lo que hizo hoy Rodrigo, saltar a defenderlo? Tsk, tsk, todos queríamos, pero lo hizo él... Lionel se lo va a recompensar seguro."
Enfocando la vista, Emiliano siente que se le contraen al menos 10 músculos de la cara cuando nota, con bronca, que las siluetas al final del pasillo son justamente Rodrigo y Lionel. De Paul tiene arrinconado al capitán con su rostro enterrado en el cuello del hombre, parece que hablan de algo, el centrocampista se ve peor que antes, los moretones visibles incluso a la distancia.
Reiterando, Dibu es al final del día algo arbitrario con las cosas que considera, en parte, suyas. Pero ya se prometió que no se dejaría llevar por esta clase de situaciones, porque sabe cómo terminan; su relación con Lionel es y será sólo en la cancha, lo que sucedía fuera no era nada más que una clase de desquite mutuo del Emiliano sabía que no era el único formando parte. No es nada más que sexo, el único compromiso real es la intimidad, es mantener el secreto del capitán.
Él recuerda como si hubiera sido ayer cuando Messi se le acercó con dos vasos de gancia y pomelo en la mano a hablarle la noche del festejo de la Copa América. Portaba una camisa blanca y unos pantalones de gala que debían estar hechos un talle más chico a propósito, porque no había manera de que cualquier pantalón pudiera pegarse tan finamente a los muslos del capitán.
Lionel le había extendido el vaso antes de tomar un asiento al lado suyo en el cómodo sillón que había en el bar al que fueron a festejar y simplemente procedió a charlar con él. La conversación iba y venía, con ello lo hacían las copas y también se iba la distancia entre ambos. De a poco, el capitán y él habían cerrado la brecha de espacio que los separaba. Emiliano no sabe en qué momento fue que la mano del capitán encontró sitio en su hombro, acariciando los músculos del portero Messi lo felicitaba por sus grandes atajadas, también por su manera de intimidar al contrincante antes de los penales.
Dibu ya sabía que lo que fuera que estaba sucediendo bien no estaba, ¿que tu capitán esté insinuándose de una forma tan inocente, pero abierta como una invitación? Y que además dicho capitán era un futbolista de liga, una estrella, un Dios en la cancha. Alguien fuera de su alcance pero aún así ahí habían estado, sentados y pegados el uno al otro, con roces de manos y toques poco profesionales.
No era la primera vez, cabe aclarar, Emiliano desde hacía meses presentía que la atención que le daba el capitán de la selección era algo más que solo una mutua amistad intensa por el deporte, pero el portero no le prestó atención porque se negaba a aceptar que de a poco fue cayendo en los hechizos del otro hombre.
También, porque temía que el otro hombre cayera preso de las obsesiones de Emiliano, de su lado más repudiable: de aquella parte de él que tanto trata de ocultar.
Pero aunque quiera, no puede evitar quererlo.Algo de Lio... algo de Lionel era embriagador, intoxicante, algo sobre su tan humilde y delicada apariencia que contrastaba tanto con la sonrisa coqueta que le dedicaba a Dibu estaba volviendo loco al portero que, dejándose llevar por el instinto, el deseo y la tentación, esa noche le preguntó al capitán si preferiría ir a hablar a un lugar más privado.
Los recuerdos que tiene luego de ese momento son mezclas de besos, dientes y muchos arranques de ropa, mucha hambre y demasiada necesidad por parte de ambos. No se habían terminado de sacar los pantalones cuando Messi empujó al portero contra el colchón y se sentó a horcajadas sobre su regazo, las piernas fuertes y largas de Emiliano se vieron atrapadas debajo de las del otro hombre quien le tiraba del pelo, lo acariciaba y le mordía el cuello.
Emiliano había estado deseando esto desde hace mucho, sentía cómo se le acelera el corazón y le retumbaba en el pecho, y cada sensación de la escena la recuerda vívidamente: lo espectacular que se sentían los muslos grandes y fuertes de Messi apretados alrededor de su cintura, o como el roce de su entrepierna contra el portero se sentía como la invitación al cielo.
Pero, lo que más tiene plantado en su memoria, es el segundo en el que recuperó consciencia de lo que estaba sucediendo y se dio cuenta de que, de hecho, no sentía un bulto en los pantalones contrarios. Por momentos, pensó que estaba haciendo todo mal, o que el capitán no estaba disfrutando la escena. Así que Emiliano se había separado del beso.
"Lio- Lio para, ¿qué...?" La pregunta no se completó, pero la mano de Dibu bajó hasta la entrepierna de Messi y acarició suavemente la zona, dicha acción hizo temblar al capitán y, en parte, hizo que una sonrisa se esparciera por el rostro del arquero cuando le cayó la ficha de la situación."¿Sos lo que creo que sos?"
"¿Un error?" Fue la respuesta sarcástica pero cruda del delantero, "Emi, si te molesta mejor no deberíamos-"
Emiliano había callado de un beso al capitán, quién de la sorpresa jadeó contra la boca del hombre más alto. "¿Que si me molesta? Ah, nene..." Le susurró contra sus carnosos labios, mordiendo suavemente la comisura de los mismos. "Lo único que me va a molestar esta noche es pensar que no te puedo llenar de hijos."
El portero, desde joven, deseó poder sentir el amor en la palma de su mano. Ser un hombre de bien, recto y derecho, conseguir a alguien a quien amar, lograr alcanzar la cúspide de la felicidad, formar una familia tal vez. Había soñado con el perdón de sus pecados, con poder dominar al monstruo que en su interior vivía y ser una persona sana.
Pero toda esa fantasía se vino abajo con Messi sin camisa sentado encima suyo luego de ganar la copa América. Aquel amor que juraba sostener con las mano scada vez que veía a su ex mujer, no es nada pero inexistente ahora.
Porque si el amor es tangible— es en la boca Lionel, es en su piel, en sus labios, en cada rincón de su cuerpo. Lionel dice su nombre y Emiliano jura que todo el cielo habla.
Desde aquella noche hay algo que se presiona contra su vientre en deliciosa tensión, pinchazos que le hacen temblar. Emociones entre la culpa y la necesidad, algo que rondaba peligrosamente las limitaciones de sus propias creencias, de su propia personalidad y acciones.
Deseo.
Denso, lúgubre, extasiante, férreo y pastoso deseo.
Desea a Lionel.
Pero la realidad lo está torturando, Lionel no lo busca desde hace días y encima ve al hombre siendo abrazado apasionadamente por su compañero de equipo en medio de un pasillo, compañero que hoy fue su príncipe azul, compañero que es manso y dócil, dulce y poético. Compañero que es todo lo contrario a Emiliano.
El portero siente que se le atasca la sangre en las venas al ver que Messi se estremece en los brazos de De Paul cuando el centrocampista le besa los labios para despedirse de él. El capitán, quien se había quedado momentos en su lugar sin moverse, se fue en dirección a los baños.
Lautaro a su lado silba apreciativamente y parece salido de película vaquera. "Y bueno, al final gana el príncipe no el dragón, ¿no?" Le habla el delantero con el mismo aire burlón de antes y, sin decir nada más, le palmeó la espalda al arquero. "Chau, Dibu. La próxima ya sabes qué tenes que hacer... si no queres que te reemplacen."
Por el rabillo del ojo, ve a Lautaro caminar hasta una esquina, donde se encuentra con Leandro quien parecía haber estado viendo la situación desde hace rato. Ni bien ambos hombres desaparecen por la vuelta del pasillo, Emiliano enderezó su postura, respiró hondo para no dejarse llevar por el impulso de seguir al capitán a su habitación, y se retiró hecho una fiera hacia su habitación.
No, no se iba a dejar mechonear, no iba a dejarse alcanzar por las ganas que tenía de- de-
A mitad de camino, Dibu dio la vuelta y fue a los baños.
Y ni bien pone un pie dentro, Messi se queda congelado en su lugar en frente del lavamanos. La tensión tan tangible en el aire que podría ser guardada en un frasco. Ninguno de los dos dice algo por los próximos segundos, ni siquiera se mueven. No es hasta que Dibu deja sus guantes en el suelo al lado de la puerta y comienza a caminar hacia el capitán que Messi abre la boca para hablar.
"¿Qué querés?" Le dice, seco y al pie. Tan, pero tan cortante que Emiliano jura se le caen gotas de sangre de los oídos de solo escucharlo hablar con ese tono.
"Vos y yo tenemos que hablar." Responde el hombre más alto, que en largos pasos llegó hasta Messi, haciendo uso de su metro noventa y cinco de estatura, Dibu se cierne sobre el capitán como una torre.
Los perros pueden tener tendencias violentas, incluso contra los dueños.
Messi no retrocede ni un paso, en cambio, alza la mirada para encontrarse con los ojos del arquero. "No hay nada de qué hablar."
"Si hay, Lionel."
Messi se exhala por la nariz, como conteniendose. Es entonces que trata de pasar por al lado Emiliano. "Ya te dije que no."
A veces son ladridos, en peores casos, los perros muerden .
Martínez es rápido en tomarle de ambas muñecas con una sola mano, la palma del arquero siempre fue más grande, con un agarre fuerte y vicio. No oculta su molestia cuando encierra con el otro brazo a Lionel, bloqueando el paso. "¿Y vos te pensas que voy a creer eso cuando lo único que haces todo el día es tratar de llamar mi atención?"
"Yo no hago nada," Responde entre dientes el hombre más bajo, pero no hace más que retorcerse apenas en el pequeño espacio. "Vos sos el delusional acá, que no sabe afrontar que se mandó una cagada."
Todo nace de la emoción , de su estado y de su ambiente. Al final del día, no dejan de ser animales .
Emiliano hace una mueca, y miente "No sé de qué hablas."
"Sabes muy bien de qué hablo, no te bancas que te trate como me tratas-"
Hasta un simple paseo puede alterar al perro, y tornarlo agresivo.
"¿Y cómo te trato yo?" Interrumpe el arquero, metiéndose cada vez más en el espacio personal contrario. "Si siempre te traté igual, no entiendo la queja ahora. ¿Es todo por Rodrigo, no? "
A Lionel se le oscureció el rostro ante el comentario. El capitán se retorció en el agarre del arquero quien, de manera recíproca, sólo aumentó la fuerza con la que lo sostenía en su lugar. "Soltame."
Los perros suelen tirar mucho del collar cuando están agitados, por eso el dueño debe tener siempre un agarre firme.
"Responde primero." Dibu no esconde sus emociones, iracundo. Su voz es ronca, llena de enojo y sobre todo desquiciada. Se le está cayendo el acto, siente como si todo aquello que trató de construir alrededor de su verdadera personalidad se le desmorona. "¿Qué hace él que yo no? Si es más atento yo te puedo dar la atención del mundo, si te regala cosas te compro hasta el alma del diablo, Lionel, ¿no entendes que mataría por vos?"
"Me tratas bien cuando te conviene nada más," Escupió el capitán, mientras negaba con la cabeza, como si las palabras de Emiliano le despertaran algo. "Si fuera por vos, me tendrías de muñeca de trapo."
Eso es mentira, piensa el portero, el enojo burbujeante en su garganta. ¿Quién le dijo que lo trataba mal? No, no, él-- él lo ama.
Pero al dueño a veces se le suelta la correa del perro. Y muerden.
"No decís lo mismo cuando te estoy cogiendo-"
Y el dueño a veces recurre a la disciplina .
La sorpresa de sus propias palabras lo hace soltar las manos de Messi. El capitán, sin perder ni un segundo, cierra el puño y le mete una trompada ahí mismo.
Emiliano tiene que apoyarse del lavamanos para mantener el equilibrio, la piña fue directa a la nariz y a la boca, no necesita verse al espejo para saber que le rompió el labio y que tiene sangre cayendo hasta la barbilla. Sus dientes se resienten en un dolor punzante e insoportable que sube por sus encías por medio de los nervios hasta llegar al resto de la cara.
El portero se inclinó por inercia, cayéndose al suelo, se queda sentado sosteniendo la zona sangrante y cubriendo su rostro con su otra mano, jadeando en busca de aire y saboreando el óxido pastosamente cálido de la sangre que se le metía a la boca.
Antes de que pueda decir algo, siente que la mano de Lionel le agarra los mechones cortos del cabello y fuerza su rostro hacia arriba, obligándolo a mirar sus ojos. Y aún con la forma en la que el dolor le opaca los sentidos lo ve, se ve incómodo— y quiere pedir perdón, quiere decirle que no fue su intención volver a dejarlo ver ese lado suyo, quiere prometer que no volverá a pasar.
Pero Lionel, incluso con sus ojos asustados y desorbitados, lo besa. Lento y apasionado y Emiliano no puede ahogar el pequeño jadeo que le sube desde el vientre hasta la boca.
La sangre se mete en la boca de ambos y les mancha los labios, los dientes, puede sentir la salva mezclarse pero no le importa no, porque ahí están los labios del otro hombre y ahí está la aceptación desnuda; es la manera de decir de Messi que no importa como es Emiliano, que lo quiere igual.
El pensamiento lo calienta.
Lionel le tironea el pelo, rompiendo la unión de sus bocas. "Emi... lo que pasó no fue una boludez." Lionel tiene la boca roja y manchada, sus pequeños labios se ven algo hinchados y el arquero no puede evitar observar detenidamente. "No se puede volver a repetir."
"¿Qué queres que haga?" Murmuró inmediatamente, la voz rocosa y gorgoteante por la sangre. "Decilo, Lionel, lo que necesites lo hago..."
Hay interés en la voz del delantero cuando pregunta: "¿Lo que sea?"
"Lo que sea..." Aclara y sonríe con genuina entretención que se ve estropeada con dolor, sus dientes están manchados de sangre y su lengua los limpia sin mucho éxito antes de rodar contra el interior de su mejilla... están tan cerca que puede oler el perfume de De Paul en la ropa de Messi, y Emiliano siente la necesidad de llenar la ropa de capitán de su sangre, esperando que tal vez así se le quede solo su olor. "Solo pedilo."
Los ojos del hombre más bajo descienden hasta el bulto formado en los pantalones del arquero quien, sin vergüenza, abre más las piernas. Messi vuelve sus ojos al rostro del arquero pero lleva su mano a su entrepierna, haciendo mínima presión en la zona, pero es suficiente para tener a Emiliano jadeando por aire.
"Quiero que él pague." Susurra Lionel mientras que, cruelmente, frota la punta de su botín contra lo que sería la cabeza del miembro del arquero que se retuerce en su lugar entre el dolor y el placer. "Y cuando termines... venís a mí."
Como una despedida, el capitán le pasa la mano manchada en sangre por la camiseta a Dibu, limpiándose antes de soltar el cabello del arquero e irse del baño, no sin antes dejar un objeto en los guantes del portero en el piso.
La ida de Messi hace más eco en su corazón que su propio pulso.
2 HORAS ATRÁS
"Ese hijo de re mil puta..." Murmuró el defensa, que aunque hablaba tranquilo, se le notaba en la mirada que no lo estaba. "¿Qué se pensó que íbamos a hacer, nada?"
"Vos escuchaste lo que dijo," Dibu exhalo el humo del cigarro que fuman con bronca, estaba encerrado en la habitación de la universidad con Otamendi fumando al lado suyo también. Un ámbito que ambos compartían en secreto, no lo hacían mucho, pero solían escaparse a fumar cuando estaban tensos. Le pasa el pucho al otro hombre. "Esto no lo sabe por saber, no sé quién pero alguien debe estar rumoreando el secreto del capitán."
"Si lo sabe un mexicano de mierda... ¿qué nos afirma que otros, más importantes, no saben?" Otamendi señaló, tomando el cigarro entre sus dedos antes de darle una larga calada. "Tenemos que hacer algo, cuánto antes mejor..."
Respirando profundamente para calmar la creciente sensación de ira que le quemaba el cuerpo, el portero argentino asintió a las palabras de su compañero. Tenía razón, no podían pasar de largo esta situación y meterla debajo de la alfombra del olvido...pero él ya había pensando en eso. Se pasa la mano por el pequeño algodón en su naríz, el dolor del golpe de Messi aún presente en su rostro.
Durante la conmoción de la pelea, antes de que Scaloni se llevará literalmente de los pelos a Rodrigo hacia los vestidores, el capitán había tomado algo que se había caído al suelo... y se lo había entregado al arquero en el baño.
"Yo tengo un plan, " dice, manteniendo la voz baja y rotunda, el defensa mira de reojo al arquero, la pregunta escrita en su rostro. "Pero tiene que hacerse hoy a la noche."
El cigarro vuelve a él, entonces pregunta "¿Qué tenes en mente?"
Emiliano sonríe mientras que comienza a tantear los bolsillos de su pantalón. "El hada madrina me dio un pequeño regalito..." Explica, el pucho posa entre sus labios y el humo se le escapa a la par que habla, "Algo que estoy seguro nuestro amigo va a querer recuperar."
Y entonces extiende la mano, mostrándole el objeto a Otamendi.
"Jodeme..." Suspira el defensa, con la cara incrédula pero satisfecha. "¿Es el...?"
"Es el celular de Ochoa, sí."
A Otamendi le brillaron los ojos con un resplandor peligroso, y Emiliano no pudo evitar sonreír.
1 HORA ATRÁS
Cuando se tornaron las 2 de la mañana y tanto la cama de Emiliano como la de Otamendi estaban vacías, el arquero trató lo mejor de despejar su mente.
La noche estaba fría, ambos se encontraban vestidos completamente de negro, incluso se habían tomado el laburo de ponerse un pasamontañas del mismo color para cubrirse la cara. Entrar al estadio no fue difícil, hacer que su invitado viniera hacia ellos tampoco, solo les tomó un par de llamadas y mentiras, además de la colaboración de algún que otro contacto... especial.
Mientras esperaban, ocultos en la oscuridad, Emiliano trato de olvidarse de la sensaciones que lo perseguían: de la mano del capitán en su cabello, del metálico sabor a sangre, del intoxicante aroma... pero su cabeza daba vueltas como una calesita, sin dejar de pensar ni dos minutos en Messi y en cómo el hombre lo estaba tratando... nuevamente, ambos tuvieron un pequeño altercado luego de Arabia, no fue realmente algo malo. Emiliano solo estaba enojado, no fue a propósito.
Él nunca lastimaría a Lionel a propósito.
Pero a veces ni la más dulce de las drogas o la más fuerte de las anestesias son capaces de poder frenar a un perro lobo cegado por la rabia.
Luego del partido contra Arabia Saudita, parecía que una depresión y malestar se había sembrado sobre todo el equipo, ninguno decía nada, todos se enojaban por la más mínima cosa, y Emiliano era la fuente principal de energías negativas. El arquero se había comido dos goles de unos monos que no conocía nadie, rompiendo la racha de invictos del país. Se sentía más allá de enojado, estaba frustrado, destrozado, consumido por las ganas de cagar a piñas a alguien.
Nadie podía pararle el enojo ese día, ni siquiera Lionel— persona a la cual tanto juró nunca dejarle ver su verdadero rostro.
Esa noche en la habitación del capitán, Emiliano tiene las piernas de Messi en los hombros mientras embiste con enojo, el coño del capitán está tan mojado que las gotas caen de sus muslos al colchón. Entre súplicas y llantos, Lionel se vuelve una mezcla de inentendibles palabras mientras Emiliano no se contiene, persiguiendo su propio placer para tratar de sentirse un poco mejor consigo mismo.
Agarra las caderas de Messi, tirando del flojo y cansado cuerpo del capitán hacia atrás contra la dura cogida de su pija, los sonidos húmedos que hace la vagina de Lionel por los repetidos golpes son una sintonía angelical en sus oídos, el arquero se inclina sobre el pecho de Lionel, empujando sus caderas con puntadas duras y profundas.
"Dios, si pudieras verte ahora mismo..." Emiliano se ríe, "Casi llorando, sin poder decir nada más que mi nombre y encima disfrutando que te rompan como una puta."
Él lo folla con dureza, mientras una mano sostiene las piernas de Messi en su hombro, los dedos de la otra se clavan en las caderas con la suficiente fuerza como para que ya pueda empezar a dejar moretones y marcas rojizas en la piel del capitán. "Decime la verdad, ¿te cogen igual que yo?"
"E-emi—"
El arquero se inclina lo suficiente para pegar su pecho con el del otro hombre, forzando la elasticidad de Messi al máximo. La barba fina de unos días rasca a lo largo de la mandíbula del capitán; él lleva su boca a lo largo de su cuello, arrastrando los dientes hacia abajo contra la piel antes de chupar lo suficientemente fuerte como para dejar unas hermosas marcas moradas contra la suave piel blanca del delantero; Messi arquea hacia atrás la espalda por la sensación, su coño ya sobre exigido derrama más chorros húmedos contra el colchón.
"Apuesto a que me vas a sentir por días, hasta tu hermosa conchita me va a extrañar." Dibu se inclina hacia atrás, suelta las piernas del capitán y simplemente las deja abiertas mientras toma con fuerza las caderas del hombre debajo suyo, "Nadie se va a igualar a mí... ni siquiera tu noviecito portugues." Dice, maldiciendo y susurrando en voz baja.
El calor se acumula, caliente y pesado en la base de su columna vertebral y Emiliano gimotea mientras su polla duele pulsante por lo caliente y apretadas que son las paredes vaginales del capitán, chorreando débilmente líquido preseminal: su visión se vuelve borrosa y negra en los bordes por la sobreestimulación y jadea, respira con fuerza clavando las uñas en la piel ajena.
"¿Cómo elegís quién te rompe cada noche, eh? Seguro sos una puta caprichosa," Dice entre dientes, el sonido de sus caderas golpeando contra Messi se torna inaudible mientras la ira solo lo hace perseguir el calor. "Pft, qué digo, si te conformas con cualquier hijo de puta mientras tenga una verga grande."
Los ojos de Lionel eran del color exacto de la miel, y sus labios portaban un rosado que le calmaba el alma, pero no fue suficiente para apaciguar el fuego interno que lo consumía lentamente.
"Emi— Emi para—"
"¿Qué pasa, no te gusta ahora?" Emiliano presionó a Messi en el colchón con tanta fuerza que estaba seguro que la cama se hundía más de lo que debía.
Cuando Lionel trató de escabullirse de su agarre él solo lo arrinconó más, usando su cuerpo como una clase de caja para evitar que se escapara. Llevó una de sus manos al cuello del capitán, mientras que la otra le dejaba los dedos marcados por encima de la cadera, Messi emitió un jadeo ahogado.
"No entiendo porque sos tan rencoroso conmigo." Sus dedos se cierran alrededor de su cuello, con la manzana de adán entre el pulgar y el índice, su palma lo suficientemente grande para cubrir toda esa pálida piel, Emiliano aprieta con fuerza mientras sigue cogiendo el húmedo coño. "¡Cualquiera puede, ¿por qué no yo?!"
Messi no tardó mucho en comenzar a retorcerse, por la falta de aire y la cogida él yacía allí llorando lastimosamente, pero Emiliano sabía que no era solo de dolor, gemidos se colaban entre los sollozos. Su otra mano descendió por su cuerpo y rasguñaba los muslos internos del hombre, rozando la humedad caliente en la entrepierna del capitán donde su pija entraba y salía violentamente.
Sonríe como un depredador, solo un poco la presión ejercida en el conducto de aire. Lionel jadeba para recuperar el aliento, y la imagen del hombre sonrojado, llorando y con su mano marcada lo hace babear. Ya puede sentir la sangre ardiente corriendo hacia el sur, llenando su pija gorda con la necesidad de venirse; ha pasado tanto tiempo desde que sintió este tipo de calor y deseo carnal, hace tanto que no tiene a Messi para él solo. La bronca del partido contra Arabia lo tiene prendido fuego, enfocando su rabia en el hombre debajo suyo. "Mírame a la cara cuando te pregunto algo."
El capitán le miró con dificultad, sus pupilas desenfocadas le daban un aspecto perdido y precario, con lágrimas aún colgando de sus pestañas. Lionel estiró sus blancos brazos, tomando el rostro de Emiliano y suplicando perdón en su oído justo como el portero deseaba entre jadeos ahogados, él no puede aguantarse más y lo besa. Su mano aún un collar alrededor del cuello del capitán.
"Te haces el que no sabes lo que me causas... no te cree nadie." Suspira contra la boca de Lionel, deslizando su mano por el puente de venus del otro hombre antes de bajar, rozando a propósito el agujero caliente y húmedo de Lionel, las uñas de Emiliano causando que los músculos de las piernas del capitán se tensaran alrededor de sus caderas. "Todo mío, ¿qué sos Lio, qué sos?" Pregunta repetitivamente mientras sigue acariciando sin estimular el clítoris, sus embestidas bajaron de velocidad pero lo están destruyendo al otro hombre.
Cuando no obtiene respuesta y solo gemidos, Emiliano se inclina para morder sus labios. Es un desordenado y sin cuidado; los labios del portero se enganchan a lo largo de la boca de Messi, su lengua resbaladiza con demasiada saliva, le marca a mordidas la mandíbula como si quisiera devorar al capitán entero. Su mano "Respóndeme, ¿qué sos?"
Y es entonces que, entre los labios y los dientes de ambos amantes, se revela el secreto más íntimo. El peor pecado cometido.
Porque cuando Emiliano se fija en el rostro de Lionel en vez de en sus labios, o en la manera en la que su cuerpo lo abraza, siente que se le escapa el alma.
Lionel está llorando.
Se rompe el beso al instante, los ojos enrojecidos del capitán podrían ser señal de sobre estimulación en cualquier otro momento, pero ahora, con esa expresión de angustia y dolor, Emiliano se atragantó con tal auto desprecio que no le llegaba aire a los pulmones. Lionel está llorando de miedo.
Miedo hacía él.
"Emi—" Un sollozo le atraviesa la oración, "Me duele, me estás lastimando."
El silencio que inundó a ambos era peor que la muerte, de haberse caído un alfiler, estaba seguro de que lo habría escuchado.
Su vista bajó a ver la mano aún fuertemente anclada alrededor del cuello del capitán, quién se retorcía en espasmos por la falta de aire. Inmediatamente la soltó, y las marcas no tardaron en aparecer en la pálida piel, un moretón enorme con la forma de su mano floreció, y estaba seguro que al pasar los días se pondría peor.
Y no eran las únicas marcas en el cuerpo de Lionel, no— además de las mordidas y los chupetones, las caderas y muslos del hombre estaban repletas de golpes, no tan notables ahora, pero que no cabía duda que el día de mañana serían oscuros como la noche.
La sorpresa que trajo consigo el enojo desencadenó algo más, y esa era la culpa.
Todo eso lo hice yo.
"Dios mío, Lio, perdoname, yo no..." Cada palabra que se deslizaba por su lengua sonaba peor, se le traba la lengua y su voz de a poco fue muriendo en su garganta, porque Lionel sigue llorando.
Los ojos marrones, que habían estado teñidos de un brillo casto al comienzo de la noche, ahora se oscurecieron, y Emiliano no pudo evitar recordar la muerte de las estrellas: cómo ellas colapsan de adentro hacia afuera en una clase de destrucción bala en cadena, como si hubiera una brecha que se rompe de manera fugaz.
¿En qué momento hizo esto?
Presenciar la dulzura ser arrancada de Lionel se sentía exactamente igual que ver el hidrógeno de una estrella acabarse, y Emiliano sintió que la culpa y la vergüenza lo sumergían en un letargo mortal: fue él quién, ahora, había ocasionado esto.
Lionel tragó saliva, le temblaba el labio al hablar. "¿Qu–qué mierda fue eso?"
Emiliano trató de explicarse, pero el dolor que trajo consigo ver a Lionel así le hizo tragarse la lengua, no sabía si era una pena o no, pero los sentimientos cayeron pesadamente sobre él. No lo llevó a palabras, su dolor era terriblemente discreto, pero tan persistente y casi tan silencioso como el sangrado de una herida sin coser.
Es entonces que él empieza a llorar, porque se dió cuenta de que arruinó todo.
Las palabras en español temblorosas y arrastradas de Emiliano salen apresuradamente de su boca, su corazón estremeciéndose en su pecho, Lionel se distanció, haciendo que el miembro del portero se saliera de su interior y, por unos momentos él solo se quedó mirando al hombre que se alejó de él sin una sola palabra más.
"Perdón..." Es la única cosa que su boca le permite articular antes de desplomarse encima de Lionel, llorando y ahogándose en sollozos que parecen ser arrancados de su garganta. "Perdón, perdón, Lionel, perdón— soy un asco de persona, perdón, perdón."
El capitán se quedó estático en su lugar, su propio llanto se apaciguó con el pasar de los minutos y solo le salían respiraciones entre cortadas, pero Emiliano no, no— él lloraba como un nene y balbuceaba y le decía lo mucho que lo amaba y le imploraba que algún día lo perdonara. Estaba entumecido por un dolor que porta nombre y rostro, su rostro era un desastre de agua, con los ojos rojos e hinchados, las mejillas igual.
Los dedos del capitán rozan su espalda y siente la forma en que su cuerpo se convulsiona con eso, Emiliano enterró su rostro en el pliegue de su estómago y puede sentir cómo su voz flaquea contra la piel lastimada y marcada.
El capitán le acarició la espalda hasta que se quedó dormido, y cuando la luz del sol se asomó por la ventana, el portero despertó por primera vez solo.
Desde esa noche, le caía como un ladrillo en la nuca la cosa que había hecho cada vez que la recordaba. Emiliano sentía un peso inexistente, un hambre que lo carcomía y lo perseguía hasta en la inconsciencia. En sus sueños, los escenarios lo atormentaban.
Siempre siente que la pesadilla se acerca incluso antes de que estuviera acá.
Pero a diferencia de sus anteriores en los últimos meses, estas no eran de perder la copa del mundo, o de algún accidente de avión o sobre alguna película de terror, no. Eran de Lionel.
Como un perro, ladrando a un árbol, a veces en las pesadillas él está sollozando y Emiliano es un monolito; imponente, inquebrantable. En el mundo imaginario están en una habitación diminuta, fría hasta los huesos, oscurecida. Con una luz amarilla colgando del techo que es suficiente para distinguir la silueta del capitán.
En sus pesadillas, Lionel está cubierto de sangre, suciedad, moretones y su ropa está hecha pedazos. Y él está atado, no importa cuanto trate de acercarse a consolar al otro hombre, es como si tuviera una cuerda gruesa envuelta alrededor de sus muñecas y tobillos que le atraviesa la piel. El dolor es real, lo siente vívidamente cada vez que sueña. Es horrible y atormentador, él adivina que se lo merece sin importar la razón.
Aunque lo intente, él no puede no sucumbir al pánico, ni siquiera la lucidez que le deja recordar que todo va a terminar cuando se despierte es capaz de calmarlo. Nada lo consuela, porque en las pesadillas no hay nada que pueda hacer, siempre lo intenta todo. No puede despertar, no puede hacer que se detenga, solo observa cualquier maldad lúcida que le aguarde.
A veces, solo es Lionel llorando así. En las peores, es él ahorcandolo y no deteniéndose.
Es él con las manos envueltas en la garganta del capitán y apretando y apretando y apretando hasta que el cuerpo debajo de él deja de luchar contra su agarre y se desploma, con los ojos abiertos, la cara de un rojo morado y la mandíbula colgando.
Siempre despierta gritando, y con todo mojado. O al menos así se sentía, mojado. Empapado. Sudoroso hasta la médula. Las sábanas se le pegan a la piel, se le enredan en las piernas e incluso si quería desatascarse y dormir destapado, una sola brisa de aire frío lo hacía temblar. Era como tener una descompostura febril.
Esto no está bien, pensar así de su capitán... pero se lo merece, merece sufrir atormentado por lo que hizo. Messi despertó en él innumerables emociones hermosas y dichas persisten día tras día, pero la realidad de la cabeza perversa del arquero se muestra en sus sueños, como si su mente no pudiera pertenecer en ningún otro lado que en hacer daño, incluso al hombre que más ama.
Pensó que las pesadillas pasarían, pero para su desgracia, fue probado erróneamente, una y otra vez.
Al mismo tiempo que las noches pasaban y los sueños se hacían más largos, más reales y más violentos, el corazón del arquero solo ansiaba más al perdón del hombre, y cada vez fue peor la caída del balde de agua fría de que él no merecía eso, que se debía pudrir con lo que hizo.
Y con los entrenamientos, las cosas solo se hacían más tediosas. Porque fue catastrófica la caída de atención después del partido contra Arabia, cuando antes tal vez era recibido con un abrazo, con un mate, con lo que sea- ahora Messi ni lo mira, de pedo y practica penales con él.
Emiliano se obligó a distanciarse de sus emociones, ignorar el veneno que se le escurría en la cabeza cada vez que pensaba en el otro hombre, como una clase de pintura goteante que manchaba su mente cada vez más. Él creyó que no le afectaría, que se le iba a pasar... nuevamente, la vida volvió a pegarle una cachetada, fue notorio que su desempeño estaba siendo pobre y poco productivo. Hasta Scaloni lo había cagado a pedo por cómo estaba trabajando, y que sería mejor que se acomodará la tanga cruzada para antes del partido contra México.
Gracias a Dios, o a quienquiera que le haya hecho de guardián omnipresente el día de hoy, que logró jugar bien. Había estado tan acostumbrado al vacío que se le rebalsaba que cuando atajó ese tiro libre casi no podía creerlo.
Y aún así, Messi lo volvió a ignorar. Y después sucedió lo de Ochoa, y el golpe— Como culminante de la situación, sucedió lo del baño. Dios, Emiliano se pasó la mano por debajo del pasamontañas que ahora tenía puesto tratando de borrar la sensación de la sangre en su cara.
"Gordo," Otamendi lo llamó.
Emiliano lo miró expectante a que prosiguiera.
"No te enganches, no te dejes nublar, ¿querés volver con él? Presta atención entonces mierda." Le dice con bronca el defensa, como un mantra para mantener la cordura. Emiliano se lo traga completamente. "Ponete las pilas, pelotudo, dale."
El portero asintió con la cabeza, sacudiéndose un poco en el lugar como si entrara en calor. Otamendi tenía razón, no podía ahogarse en la miseria, no ahora. Lionel ya le dijo lo que quería de él, lo que debía hacer— si eso significaba poder volver a estar con el hombre una vez más, lo haría todas las veces que sea.
A la vuelta del pasillo en el cual se estaban escondiendo, pasos resonaron lentamente, y un solo asomó por parte de Nico confirmó que era a quién tanto estaban esperando.
Ambos hombres ajustaron los pasamontañas que cubrían sus rostros a la par que se colocaron guantes. Emiliano sacó el frasco con cloruro de metileno del bolsillo de la campera y vertió un poco del líquido en un paño, los pasos cada vez más cerca.
El hombre dobló hacia el pasillo en el que estaban.
La noche se tragó su grito.
PRESENTE
Dos cachetadas fueron suficientes para que Ochoa despertará, exaltado y escupiendo sangre mientras miraba desconcertado su alrededor. Respirando hondo, el mexicano cerró los ojos con fuerza por un segundo y los abrió, rizando los dedos en el suelo sucio, las uñas dejaron líneas en la sangre. Emiliano fue rápido en tomarlo de los hombros para mantenerlo quieto y en su lugar contra la pared antes de meterle un trozo de tela sucia y maloliente a la boca, para callarlo.
"Wakey, wakey hijo de puta." El portero habló a través de la tela de su pasamontañas. "¿Supongo que con la cogida de orto que te dimos ya estás más lúcido que antes, no?"
"Pofg fagthor— pfor favrr no meg peghuen másf—" Las palabras de Ochoa eran difícil de identificar con tanta gárgara que hacía y la cantidad de sangre que se le colaba en la boca, pero lo más probable es que estuviera llorando y pidiendo que no le hagan nada.
"Qué asco que sos..." Emiliano murmura mientras roda los ojos, "No te dije que hablaras así que callate si no queres que la tela esa te quede en la tráquea."
El mexicano inmediatamente no emitió otro sonido además de sus pesadas respiraciones, que parecían volverse más difíciles conforme los segundos, el argentino no pudo evitar pensar que parecía un bulldog francés.
"¿Viste que no es difícil cerrar la boca cuando te lo piden?" Pregunta con burla, "Mira, cómo sé que sos medio pelotudo para entender las cosas cuando te las dicen, te la voy a hacer muy fácil."
Otamendi, detrás suyo, se acercó un poco a la escena con la cámara. Y aún con el pasamontañas, Emiliano podía notar la sonrisa esbozada en el rostro del defensa cuando éste pareció tomar un buen ángulo de la situación.
"La situación es está, vos sabes lo que hiciste y las cosas que dijiste, tenemos los chats de tu celular en un pendrive con todas las conversaciones que tuviste sobre nuestro capitán así que no te hagas el desentendido de la situación porque no te va a servir de nada." Comienza a explicar, mientras que se lleva su mano enguantada al rostro del mexicano para moverle los rizos, dejando que su rostro literalmente desfigurado se viera bien para la cámara. "Lo que sucedió hoy, es solo una advertencia. Y te juro, se te escapa aunque sea una sola palabra de esto y vas a aparecer en una bolsa de consorcio, ¿me entendes?"
Ochoa lo miraba con los ojos abiertos y asustados, pero no respondía.
Emiliano lo agarró del pelo y le sacudió la cabeza, el mexicano lanzó un profundo suspiro alrededor de la mordaza. "Te pregunté algo, pajero de mierda ¡responde!"
Un quejido de dolor traspasó la tela de la boca, seguido de balbuceos y asentimientos de cabeza. "¡Siph!"
El portero soltó los rizos del otro hombre, cuya cabeza cayó hacia adelante por la fuerza y el presunto mareo de tanto golpe, entonces, Emiliano miró a la cámara y siguió hablando. "No pensamos hacer nada más, que conste, somos bastante misericordiosos."
Otamendi se rió y el ruido hizo saltar al mexicano en su lugar, Emiliano sonrió, disfrutando de la mirada de aprensión que el moreno le estaba dando a su amigo mientras murmura. "Pero, hay algo más que falta antes de que vengan los doctores."
Los ojos de Ochoa volvieron a los de Dibu mientras el hombre continuaba sonriéndole, la confusión llenaba profundamente sus ojos ante las palabras que se le decían, "A ver, no soy un maldito monstruo Guille. Además, no puedo seguir golpeándote si estás muerto...Bueno, podría, pero no sería muy divertido." El portero argentino se rió entre dientes, percibiendo su confusión como una sorpresa. "Pero, como te decía, falta hacer una cosa... y mira, es muy simple. Yo te voy a sacar la telita sucia de tu boca, vos vas a mirar a la cámara conmigo y le vas a pedir perdón a vos ya sabes quién, ¿dale?"
El mexicano asintió, por lo que una mano enguantada agarró su barbilla y su cabeza se volvió de modo que una vez más se enfrentó a Emiliano de frente. Ochoa desvió la vista hacia sus botas, sin querer encontrarse con los ojos engreídos del hombre.
Dibu le quitó la tela y tomó con fuerza la barbilla de otro hombre, forzandolo a mirar hacia la cámara, que dicha Otamendi acercó para que se viera a detalle.
"P–perdón." Es lo único que le sale al hombre.
¿A este tipo le gusta que le peguen o es pelotudo? Pensó Emiliano, ya con la paciencia muy en cuerda floja, su comentario una advertencia: "Vamos, Guille. Los dos sabemos que podes hacer mejor que eso..."
El mexicano temblaba, "Lo lamento por... por haberte tocado y— por las cosas qu–que dije."
Otamendi le hizo una señal con la mano detrás de la cámara como diciendo que continuará, así que Dibu preguntó: "¿Y qué cosas dijiste exactamente, eh? Dale, ilumínanos."
"Que no debía andar de—" Se ahogó con su propia saliva y sangre, tosió un poco antes de continuar, voz ronca. "De puta si después– ngh– si después n-no quería que lo traten como— como una."
"¡Ahí está! No costaba tanto, ¿no?" Lo felicitó Emiliano, abrazando al hombre por los hombros y sacudiendolo en falsa camaradería aun cuando el mexicano jadeaba de dolor. "La próxima vez vas a saber cerrar el orto y guardarte las manos si no queres que te las corten, ¿uhm?"
Ochoa gruñó con la boca cerrada, tenía los ojos llorosos.
"Uuh, ya va a llora'." Se burla Dibu, mirando a la cámara nuevamente con falsa pena. "Parece que fue suficiente para él por hoy, ¿no? Cualquier cosa, nosotros siempre podemos hacerle otra visita, ¿verdad, Oso?"
Otamendi vuelve a reír, "Y eso que hoy solo le pegaste vos más que nada, no me quiero imaginar cuando lo agarremos de a más..."
"Nooo, es un montón eso...." Responde Emiliano, su brazo se ajusta alrededor de los hombros de Ochoa, su voz baja una octava mientras le susurra algo que la cámara seguramente no logrará captar. "Que ni nos enteremos que decís algo, Guille eh...porque te vamos a encontrar."
Lo último que se escucha en el video es el sollozo del hombre mezclado entre las risas de los otros dos.
Al volver al plantel, después de que Nicolas se retirara a la habitación que compartían, Emiliano tenía otros planes.
Él miró el reloj, era de madrugada, casi las 3 de la mañana. Sigiloso de que nadie se lo encontrara y en silencio él, cual perro que sigue el camino a casa, se direccionó hacia la habitación de Messi. En la noche, con el velo blanco de la luna a su espalda, blanca y tan pálida que le hacía brillar la sangre en su ropa, él caminaba satisfecho, el resuene de sus botas tenía un eco estremecedor.
La esperanza le retumbaba en el pecho; tal vez De Paul todavía no había llegado.
Y tenía razón.
Porque cuando tocó la puerta, Messi estaba solo.
"Lo hice," le anuncia, extendiendo sus manos enfrente suya. La sangre seca en su piel lastimada y partida. "Lo hice por vos."
Hay algo algo mal contigo, piensa el portero cuando Lionel lo deja pasar adentro de la habitación. Pero ambos se abrazan, y Emiliano se aferra a su cuerpo como un santo lo haría a un altar: con desesperación y susurrando plegarias, ven, mi amor, atormentame, rómpeme en pedazos, pero nunca me dejes— porque hay algo mal contigo que también está mal conmigo.
"Te perdono," Le susurra Lionel.
Y desde entonces Emiliano se declaró hombre muerto.
