Actions

Work Header

La casa de Dios

Summary:

¿Seguir el camino marcado por un padre ausente o aprender a vivir y encontrar consuelo en algo más?
Quizá si Dios no esta presente, entonces amarte no sea un pecado.

Notes:

⚠ Temas religiosos
El tema de Dios en este fanfic es abordado de forma similar que en la serie de "supernatural", como un padre ausente y sin real interés por su creación.
Todo es ficción y no pretendo ofender a nadie con lo expuesto en este fanfic.

Work Text:

La oscuridad del bosque lo abrigaba mientras caminaba sin un rumbo. Sus pensamientos comenzaban ahogarlo, necesitaba un descanso, un minuto de silencio, algo que le hiciera entender mejor todo lo que estaba sintiendo.

Camino hasta encontrarse con pequeño sendero que siguió sin pensar mucho, ese camino lo terminó dirigiendo al lugar que menos esperaba. Soltó una risa amarga mientras contemplaba la belleza de aquel edificio.

 

—La casa de Dios —susurró. Esas palabras tenían un sabor extraño, agridulce, tanto como el sentimiento que se implantaba en su pecho.

 

Se acercó a las puertas y logró abrirlas empujando con un poco de fuerza. No pudo evitar sentir seguridad tan pronto puso un pie adentro, dejo salir aire con fuerza, a pesar de la calma que le transmitía estar en ese lugar, también su cabeza le generaba más y más confusión ¿Por qué había tanta paz cuando dios no estaba?

Se adentró más y terminó por sentarse en una de las bancas, observó cada rincón y recordó la decepción que sintió al descubrir la verdad, las pinturas en las paredes, las imágenes en las vidrieras, la cruz frente a él… todo ese lugar comenzaba a carecer de sentido ¿por qué estaba sintiéndose de esa forma? ¿Era todo su cuestionamiento parte del plan perfecto de dios? ¿Realmente existía ese plan?

No pudo soportarlo más, sus ojos se llenaron de lagrimas a punto de precipitarse, la tranquilidad que había sentido se convirtió en completa ira, reproche que estaba por explotar, deseaba romper los cristales, las imágenes frente a él que parecían burlarse por sus creencias, por ser un hijo obediente de un padre ausente.

¿Cuál era su propósito?

La garganta comenzó a picarle y estaba por sacar todo su dolor en un grito que seguro desagarraría su garganta, sin embargo, una mano se posó en su hombro distrayéndolo por un segundo, las lagrimas rodaron por sus mejillas y su mirada se dirigió, de aquella mano, al rostro de su recién llegado acompañante.

Un hombre, un sacerdote de túnicas negras le regalaba una sonrisa serena. Esa imagen le pareció irreal, el hombre parecía brillar gracias a la escaza luz que se filtraba por las ventanas e iluminaba su figura desde atrás, apenas podía ver su rostro, pero podía decir que era alguien hermoso.

Salió de su trance ante tal visión cuando aquel joven le pidió que se recorriera un poco para poder sentarse junto a él.

Ninguno de los dos hablo por un par de minutos, el hombre que vestía túnicas observaba al frente, hacia el altar y la cruz enorme que adornaba el sitio. Mientras el joven perdido observaba con la misma atención, adoración y calma a aquel hombre, descubriendo un nuevo sentimiento dentro de él: curiosidad.

“Tan hermoso” pensó para si mismo, mientras se preguntaba si esa clase de imagen es a lo que la gente se refería cuando decían “parece un ángel”.

 

—Realmente pareces perdido… —por fin habló, su voz suave y melodiosa llegando de forma certera a quien ansioso había estado esperando escucharlo. — Dime ¿Qué te ha traído por aquí? ¿Qué te esta atormentado?

 

El nudo en la garganta del joven perdido le imposibilitaba el hablar de forma clara, pero, aun si las palabras fluyeran de forma correcta, ¿Qué podría decirle? Como podría explicarle.

 

—Realmente —comenzó con su voz saliendo de forma extraña. —¿Dios está en alguna parte?

 

Fue la pregunta que pudo formular, una pregunta que no esperaba que saliera de su boca, pero realmente necesitaba una respuesta.

El de túnicas negras se giró para mirarlo, su mirada apenas visible entre la oscuridad le regaló al contrario la calma que necesitaba, aunque al mismo tiempo creaba nuevas emociones que le confundían.

 

— Este lugar puede ofrecer consuelo, pero no siempre te dará todas las respuestas.

 

La mirada de confusión del joven ante aquella respuesta hizo que el mayor soltara una risita.

 

—Quiero decir, depende de ti la respuesta a esa pregunta, para muchos, dios esta en todas partes, para otros, dios está en su corazón y eso es lo que les da un consuelo, no siempre hay que creer que dios esta en el cielo observándonos. —Conforme hablaba regresaba su vista al frente y sonreía mientras observaba la cruz, se notaba el amor que profesaba por su religión.

 

Aquellas palabras fueron dichas con una intención que no lograba llegar a su receptor, no cuando esa persona sabía la verdad: Dios los había abandonado, no estaba en alguna parte protegiéndolos, juzgándolos, amándolos. Dios no era como lo pintaban en la iglesia, no era lo que ese joven creía y adoraba.

Sintió una opresión en su pecho, el amor que aquel hombre profesaba estaba dirigido a un dios ausente.

 

 

 

El joven perdido había hecho de aquella iglesia en el bosque un lugar el cual visitar cada noche, se había vuelto su rutina desde hacía ya dos meses. Aquel sitio divino había empezado a tener un nuevo significado, ya no lo visitaba por la tranquilidad que un hogar de dios podía proveer, sino por la paz que generaba el estar al lado de aquel hombre de fe que cuidaba el recinto.

Le gustaba preguntar al sacerdote acerca de sus dudas, ya fueran sobre religión o sobre sentimientos, o solo la vida común, lo segundo era lo más complicado. No siempre había una respuesta para las cosas que cuestionaba, pero sus conversaciones le guiaban a ampliar su perspectiva, a crear una visión del mundo diferente, aprender de nuevo y entender que tenía derecho a elegir su propio camino, no tenía porque seguir atado a lo que siempre creyó.

 

—¿Cree que desobedecer a dios es realmente malo? —cuestionó ante la atenta mirada del contrario.

 

Sabía que su pregunta era sorpresiva, también podía predecir la respuesta del religioso, era algo obvio ya que con seguridad pensaba lo mismo que él meses atrás.

Sin embargo, la respuesta no llegaba.

El sacerdote observo la cruz y apretó el rosario entre sus manos, parecía meditar antes de responder. Algo dentro de él le decía que su respuesta “común” no ayudaría en nada al joven frente a él, también presentía que ser sincero era la mejor opción. Sin embargo, su sinceridad podía costarle demasiado y no sabía si podía arriesgarse.

Observo al “niño” frente a él, lo miraba atento, con esos ojos curiosos que parecían adorarlo. En esos meses había aprendido a leerlo, entendía que no llegaba cada noche buscando consuelo de dios, que no buscaba respuestas en la fe, pero aun así continuaba visitándolo, así que debía ser un guía, debía encaminarlo.

Debía… debía ser muchas cosas y eso mismo es lo que lo tenía ahí, cuidando de una vieja iglesia, aconsejando a la poca gente que vivía en ese lugar y aun la visitaba, pero no quería hacer lo que debía, quería ser sincero.

 

—Creo que depende Jeongin… —contestó. Notó la mirada sorprendida del contrario y se sintió satisfecho. —Hay cosas que pueden ser una ofensa a dios, pero no creo que sean malas, tampoco creo que en verdad eso haga que dios nos odie o nos cierre las puertas del cielo.

 

Esa respuesta era algo que él hubiera querido escuchar, era algo que el sentía, pero que en el fondo también dudaba por miedo, no sabía si a dios o si a la sociedad que lo juzgaba, quizá si le cerrarían las puertas del cielo por sus pecados.

El corazón del más joven latió con rapidez, sonrió, aquello era algo que él nunca hubiera respondido cuando aun estaba cegado por Dios, aquel sacerdote amaba su religión, era un fiel creyente y seguidor, pero eso no lo cegaba, eso era lo que él más admiraba.

Continuaron su rutina hasta que era lo suficientemente tarde y el sacerdote debía despedirlo en la entrada de la iglesia, lo vio marchar con una energía más tranquila que otras noches, con una sonrisa que por primera vez le pareció genuina y él mismo se encontró sonriendo, con una calidez en su pecho que, aunque se sentía bien, también le daba miedo.

 

 

 

—¿Por qué cuida de este lugar? —la pregunta llegó de forma improvista, la persona a quien era dirigida detuvo todas sus acciones, sintiendo aquella cuestión como un balde de agua fría.

 

El silencio por primera vez se sintió incomodo entre aquellas dos personas, algo que hizo que el más joven se preocupara ¿había hecho algo mal?

Los movimientos del sacerdote se reanudaron, se giró para dar la espalda a su acompañante mientras seguía encendiendo velas.

 

—Es un lugar lejano, pocas personas visitan esta iglesia, en este lugar puedo llevar mi fe sin ser juzgado. —Su voz se escuchaba apagada, casi le sabia amarga a Jeongin. —Además es un bonito lugar, me gusta estar rodeado de naturaleza, lejos del bullicio de la ciudad —agregó con rapidez, con un tono más dulce y normal.

 

El joven que había preguntado solo genero más dudas en su interior ¿ser juzgado? ¿Quién se atrevería a hacerlo? Quizá él no conocía tantos hombres religiosos, pero de los que conocía, el que estaba frente a él era el único que refleja lo que creía sobre dios, lo que se sentía estar en el cielo: “paz”, “amor”, “amabilidad”.

 

—Si alguna vez lo juzgaron por su fe, créame que ellos son los equivocados.

 

El sacerdote dudaba de esas palabras, pero le hicieron sonreír.

 

—Hablo en serio Hyunjin, me has enseñado más que nadie, eres sabio, transmites calma y tu amor por la religión es tan puro, tan genuino y aun así no es ciego, estas dedicado a dios, pero no te pierdes a ti mismo.

 

Mientras hablaba se levanto de la banca y se colocó frente al otro hombre tomando sus manos y mirándolo directamente a los ojos, esperaba que sus palabras calaran en el corazón ajeno, que creyera cada cosa que le decía, que notara la adoración con la que pronunciaba cada palabra.

 

—De verdad, aun no puedo creer que existe alguien como tú.

 

Las palabras no salían del sacerdote, no tenía nada para decir, ni siquiera creía que había algo que decir. Dejó salir el aire que no sabía que había contenido y con un movimiento suave se soltó del agarre ajeno, acomodó sus ropas solo para no pensar en aquel extraño momento que acaba de vivir, dio la espalda al joven y trató de pensar en algo que decir.

 

—Eso ha sido muy efusivo de tu parte ¿no crees?

 

El contrario asintió con una sonrisa y pensó en los sentimientos que crecían cada vez más en su pecho.

 

—¿Cómo se siente el amor? —preguntó ahora mientras observaba el perfil a medio iluminar del sacerdote, esas facciones bonitas que había aprendido a grabar en su memoria, era más hermoso que cualquier imagen en esa iglesia.

 

—No creo que pueda darte una respuesta a eso —respondió esperando que su voz saliera con normalidad, los nervios comenzaban a recorrer su cuerpo, no quería pensar en aquellas emociones. Además, él no conocía esos sentimientos ¿no es así?

 

El amor no era ese cosquilleo en su estómago que presencio el día que el menor dijo su nombre por primera vez, o la tranquilidad que se generaba alrededor de ellos cuando estaban en silencio, o la esperanza de verlo entrar cada día y escuchar su voz.

 

—Supongo que no es algo sencillo de describir —habló el más joven desviando la vista, tratando de no pensar demasiado en el tono rojizo que había llegado a las mejillas del otro. —Yo creo que el amor se siente como verlo a usted.

 

El hombre de túnicas negras se tensó, tragó duro antes de girarse y enfrentar al hombre a su lado, al hombre que sonreía complacido por sus palabras, a ese que le daba una imagen etérea a la luz de las velas, porque esa sonrisa era nueva, por que la forma en que sus ojos se convertían en finas líneas estaba provocando más sensaciones en su cuerpo y no podía permitirlo.

 

—Estas equivocado, eso no es amor —soltó, tensó, con su mirada llena de dolor por lo que decía, porque sabía que por primera vez estaba haciendo lo que “debía” —Si crees que lo es, estas cometiendo un pecado, no deberías dirigir esa clase de afectos hacia alguien como yo —agregó con severidad, apretando sus puños con tanta fuerza que comenzaba a lastimarse. Esperaba que no se notara su voz quebrarse.

 

Comenzó a caminar hacia la puerta principal esperando que el otro joven lo siguiera para echarlo de su iglesia.

 

—Pensé que había dicho que había cosas que no eran malas aun cuando parecían una ofensa a dios ¿no es esta una de ellas? —cuestiono el joven junto a la puerta, observando como el padre le pedía que saliera.

 

Aquella pregunta caló en el padre, sabía que la respuesta era un sí, el amor nunca sería considerado un pecado para él, pero eso era cuando el afecto no provenía de él o cuando no era dirigido a él.

 

—No Jeongin, lo que sientes si es un pecado, deberías reflexionar antes de perder tu camino —sentenció, su voz distante

 

El contrario le dirigió una mirada llena de dolor, la sonrisa tan bonita que le había regalado apenas unos instantes antes había desaparecido, no quedaba ni un rastro de ella y eso fue lo que más le dolió al sacerdote. Aun así, cerro las puertas del recinto, esta vez no espero a verlo marchar hasta que su figura se perdiera entre los árboles del bosque como solía hacerlo, en su lugar se quedó recargado en la puerta, con su corazón en la garganta y las lágrimas comenzando a fluir.

Después de unos minutos decidió caminar hasta el altar, tomar su rosario y pedir perdón por sus pecados, perdón por la forma en que aquel hombre le hacia sentir, por el amor que comenzaba a surgir sin control, por el deseo que sentía por Jeongin.

 

 

 

—¡Sabe padre, ahora entiendo cuál es su problema!

 

Se escuchó un gritó y aquella voz podía reconocerla en cualquier lugar. El joven sacerdote estaba cuidando de las flores que había plantado a un costado de su iglesia, era más temprano del horario normal en que veía aquel joven que se acercaba con un paso decidido. El solo verlo le provoco un malestar en el estómago, quiso huir, esconderse y no enfrentar nuevamente aquellos ojos que expresaban tantas cosas, así que corrió hasta la entrada del templo y tomo las puertas listo para cerrarlas, así como lo había hecho desde hacía dos semanas.

Sin embargo, esta vez el joven estaba ahí, lleno de decisión y una fuerza sorprendente que le impedía cerrar aquellas puertas.

 

—Sabe que dios no prohíbe mi amor hacia usted ¿no es así?

 

El sacerdote dejo de empujar, dejo las puertas a medio cerrar y fulminó al otro con la mirada, salió nuevamente de su iglesia y se paró frente al otro hombre con severidad.

 

—¿Qué acabas de decir?

 

—¿Qué? ¿Qué lo amo?

 

Apenas aquellas palabras fueron pronunciadas la mano del sacerdote se estampó contra la cara del otro joven.

 

—No vuelvas a decir eso —su voz era dura, tanto como su mirada.

 

—Las reglas que han creado para tu iglesia no significan nada —continuo el más joven, aun con su semblante decidido, no iba a irse de ese lugar sin hacer entender al otro hombre que lo amaba y que no había nada de malo en ello. —Al menos no significan nada para dios.

 

La mano del hombre de túnicas volvió a elevarse, el otro joven esperaba el golpe, pero este no había llegado, en su lugar solo escucho un sollozo que dolió aún más.

 

—Pensé que te importaba lo que creía, pero ahora vienes a decirme esas cosas, lo siento, pero no puedes imponer tus creencias sobre las mías —su dolor llegaba hasta el contrario que se sentía terrible por lo que acababa de decir, pero no mentía.

 

El sacerdote entendía que el joven quisiera amarlo y sentirse libre de hacerlo, él mismo quería creer que realmente su amor no era malo o indebido, pero no podía creer que negara a dios en el proceso, no cuando sabia que era importante para él.

 

—No, no, no es que quiera imponer mis creencias, es la verdad

 

La mirada de dolor volvió a ser dura y pronto dejo de dirigirse a él, volvió sobre sus pasos para cerrar las puertas de la iglesia, pero el joven con rapidez se lo impidió.

 

—No creas que estoy negando tus creencias, pero dios no tiene reglas, no dudo que haya cosas en tus libros que él de verdad haya dicho o querido para ustedes, pero no hay reglas estrictas, no hay nada que diga que él prohíbe el amor entre hombres y estoy seguro que ni siquiera le interesa.

 

El sacerdote apretó los labios con fuerza y forcejeo para cerrar la puerta.

 

—Incluso si es así, soy un sacerdote.

 

—Y yo soy un ángel.

 

La mirada ahora estaba llena de indignación por sus palabras.

El ángel rio, entendía que había tirado aquella información de una forma poco ideal.

 

—Habló en serio, dime ¿se te prohíbe enamorarte de un ángel?

 

El sacerdote se rindió, dejo en paz la puerta y caminó hacia adentro de la iglesia, dejándose caer en una de las bancas y doblándose, colando sus codos en las rodillas llevando su cabeza entre sus manos con frustración.

 

—No entiendo cuál es tu problema.

 

El contrario se quedó parado frente a él, observando como el otro contenía todo su dolor, su ira. Parecía siempre contenerse, siempre ser tan correcto.

 

—Mi problema es que me enamore de ti cuando buscaba respuestas, mi problema es que el cielo nunca se sintió tan bien como el estar contigo, mi problema es que mi felicidad tiene tu nombre, al igual que el amor y mi problema es que el dios en el que crees niega que todo lo que siento sea correcto.

 

El hombre en la banca se tenso al escuchar aquellas palabras, la sinceridad al ser pronunciadas era tangible, incluso si no podía verle sabia que su mirada reflejaba ese amor tan profundo, pero también el dolor que sentía por su rechazo ¿de verdad podía creer que su dios no lo rechazaría si aceptaba su amor? Pero incluso si dios no lo rechazaba, la sociedad lo haría, la iglesia lo haría, ya no podía huir más.

 

—Si me amas ¿Por qué me mientes?

 

—¿Cuándo he mentido?

 

—Dijiste que eres un ángel.

 

—Es la verdad —dijo para luego mostrar sus alas, una parte pequeña de él que podía mostrar sin herir, su imagen real no podía ser vista por los humanos sin causar un daño. —¿Es una prueba suficiente?

 

El otro hombre se había quedado sin palabras.

 

 

 

El ángel querría decir que después de revelar su “secreto” todo había ido a mejor, pero era lo contrario.

El joven sacerdote se había distanciado y encerrado más en si mismo, ya no prohibiéndole verlo, sino simplemente ignorándolo, aunque su mirada le decía que no era rechazo, más bien confusión, miedo, quizá más sentimientos que el ángel aun no comprendía. Esa mirada le recordó a la propia, a él cuando recién llegó a ese lugar y encontró lo que buscaba. Él había encontrado paz, pero quizá por ello había robado la del sacerdote.

Decidió que debía dejar de visitar la iglesia, tenía que darle espacio al otro hombre, si tenía suerte eso le ayudaría a despejar su mente y pronto podría volver.

La primera noche que la casa de dios se encontró solitaria, el sacerdote pensó que si el ángel no volvía sería lo mejor, aunque su corazón se apretara en su pecho y doliera, eso era lo mejor para ambos. Dio un largo suspiro mientras continuaba con su rutina nocturna y al final se colocó de rodillas frente al altar y rezó buscando consuelo, buscando lo que la religión siempre había sido para él.

Sin embargo, no podía encontrar tranquilidad, su mente se llenaba de las preguntas del ángel, de las cosas que comenzaban a tener sentido con aquella revelación.

“¿Dios realmente está en algún lugar?”

Soltó una risita, levantó la vista y observó la cruz frente a él, junto al resto de imágenes que había terminado de grabar en su memoria debido al largo tiempo que había pasado observándolas junto al ángel.

 

—El me preguntaba, pero las respuestas que le daban no significaban nada —rio con amargura pensando que había parecido un tonto, había hablado de dios, hablado de fe, del cielo con alguien que lo conocía todo de primera mano.

 

La risa amarga se convirtió en llanto, sabía que el ángel no se había burlado de él, pero se sentía tonto.

El ángel siempre había hecho comentarios sobre que dios no estaba presente, que dios no los escuchaba, que dios no era lo que creían, ahora entendida que no era un joven que carecía de fe, sino un ángel que renegaba de su padre ausente.

Dejó salir un grito de dolor, ¿Qué podía hacer ahora? Cuando se sentía perdido, cuando algo dolía o se sentía solo, hablaba con Dios, pero ahora no podía, no había consuelo en la oración que no llegaba a nadie.

Lloró toda la noche frente al altar, lloró hasta que cayó dormido.

 

 

La segunda noche solitaria el ángel observo los vitrales, pensó en lo que su fe había significado para él durante todo ese tiempo, como siempre había sido un consuelo para su vida solitaria, había encontrado en su fe un lugar donde sentirse tranquilo y acompañado.

Dios era su compañía, pero si dios no estaba con él ¿entonces porque siempre sintió lo contrario? Quizá no era Dios en sí, si no solo la idea, quizá siempre se trato solo de la idea que cada uno tiene sobre lo que es o significa Dios y nada más importa, pero ahora él no tenía ni siquiera eso, porque sabía que Dios en verdad existía, pero no le importaba su creación.

Esa noche pensó en como la ausencia de dios resignificaba todo, pensó en que las enseñanzas que tenían y como solo tenían significado para sus creyentes, pensó en lo absurdo de algunas reglas que ni siquiera eran útiles para la sociedad, pero ahora tenia sentido porque existían, solo el ser humano era capaz de escribir esas absurdeces.

 

—La idea de ti siempre fue un consuelo, aunque en muchos momentos también fue una tortura —habló para si mismo, aun derramando lagrimas por los recuerdos y por el vació que sentía.

 

Recordó el porque había optado por el camino del sacerdocio, recordó a la gente que venía día a día a la iglesia, las sonrisas con las que se retiraban sintiéndose más tranquilos. Quizá Dios los había abandonado, pero lo que había dejado aun significaba tanto para muchos, lo que él hacia al predicar su palabra aun era de valor para otros, aun era un consuelo.

 

—Al final, darles a otro lo que yo recibí de ti es la mayor razón por la que me quede en este camino.

 

Nuevamente la iglesia se volvía un consuelo, aunque con un nuevo significado.

 

 

La tercera noche el ángel no podía estar más tiempo lejos y observó entre las penumbras. Observó los pasos más tranquilos del sacerdote, la forma común en que encendía las velas, pero su mirada ya no estaba llena de devoción, ni sus manos se cerraban con esperanza alrededor del rosario mientras pronunciaba sus oraciones.

El ángel pensó que quizá había sido un error haberse acercado, pensó que no había sido justo hacer que alguien como él se cuestionara toda su fe. Sin embargo, la mirada suave de la sacerdote dirigida a las imágenes religiosas seguía siendo la misma, el ángel estaba confundido.

 

—Mucha gente va y viene todo el tiempo ¿sabes? —pronuncio.

 

El ángel sabía que le estaba hablando, aunque no sabía en qué momento se había percatado de su presencia.

 

—La gente me hizo entender que la fe no deja de existir solo porque Dios “no este”, siempre hemos creído en él, aunque nunca lo hemos visto, aunque nunca recibamos una respuesta, la fe es lo que nos da consuelo y lo que nos hace sentir menos solos, lo que nos da un camino que seguir y a veces eso no es solo Dios, sino también todo lo que nos rodea y lo que amamos, no importa si Dios esta o no, nosotros seguiremos creyendo.

 

El ángel lo observó con sorpresa, su aura continuaba siendo la misma que cuando lo conoció, lo que le transmitía y la calma con la que hablaba no había cambiado.

 

—Quizá ya no siento la compañía de Dios, pero ahora entiendo que todo lo que hice al final vale por la gente a la que he ayudado y si algo cambia después de saber lo que sé, es el miedo por algunas reglas, es curioso como siempre pude alentar a los demás a hacer las cosas, pero nunca me permití a mí mismo hacerlas.

 

Su voz era suave y tranquila. Realmente regresaba aquel primer día, solo reafirmando lo que supo desde ese momento.

 

—Te amo.

 

El sacerdote soltó una risita.

 

—Lo sé…

 

El ángel sonrió, con sus ojos cerrados e iluminando el lugar.

 

—Aun soy un sacerdote y aun prometí dedicar mi vida solo a Dios, aun no puedo soltar eso de un día a otro junto con más cosas que tengo arraigadas en mi —El ángel escuchó con entendimiento, aunque una parte de él sentía una especie de celos por su padre que tenía a ese joven dedicado a él. —También, aun me causa conflicto saber que eres un ángel, uno de mis objetos de devoción, un ser al que debería adorar y que creo no debería amar de esta forma…. Solo dame tiempo.

 

El ángel asintió y continuo a su lado, en la oscuridad, con la luz de la luna entrando por la ventana y la luz de las velas iluminando aquel escenario.

 

 

 

—Puedo decir que ya no le preocupa si Dios está observando.

 

En aquella iglesia solo se escuchaba aquella voz juguetona a la vez que suaves jadeos que no dejaban duda acerca de lo que sucedía.

 

 —Cállate —pronuncio el hombre de túnicas negras mientras reprimía un gemido causado por las manos que comenzaban a recorrer sus piernas por debajo de sus ropas.

 

—¿Esa es una forma adecuada de hablar padre? ¿Se ha olvidado de mi naturaleza? —habló de nuevo, con toda la intención de recibir aquella mirada afilada del hombre que adoraba.

 

No sabía de donde había sacado aquella forma de hablar, pero desde que todo era más claro entre ambos había tomado más confianza, sin mencionar que le gustaba molestar al otro cuando las cosas tomaban ese rumbo “indecente”.

Sacó sus manos de las túnicas del otro y lo tomó de la cintura para pegarle más a él y besarlo, empezó de forma delicada, casi como disculpándose por sus palabras. El sacerdote había respondido apenas, se había tensado por los movimientos repentinos y veloces, pero en seguida comenzó a relajarse y sí se había molestado lo había olvidado.

Tan pronto sintió al rubio relajarse lo tomó entre sus brazos y lo llevó hasta el altar, tiro las cosas del lugar, cosa que provocó que el otro se separara momentáneamente para reclamarle.

 

—Esas son cosas importantes Jeongin y acabas de romper todo —habló nuevamente con aquella mirada que hizo sonreír al ángel. —Aun tengo algo de respeto por mis creencias ¿sabes?

 

El ángel no pudo evitar soltar una risa ante las últimas palabras y antes de que el religioso pudiera decir algo más volvió a tomar sus piernas halándolo hacia él, haciendo que terminara recostado en el altar.

 

—Espero que ese respeto termine por esfumarse el día de hoy.

 

Soltó aquellas palabras al tiempo que tomaba una de las piernas del contrario y besaba con adoración su tobillo, plasmando todo el amor que sentía por el otro, aquella devoción que alguna vez tuvo por su padre ahora era dirigida al completo hacia aquel hombre que le había enseñado un nuevo camino… aunque su amor era bastante diferente.

Continuó su camino de besos al tiempo que iba corriendo la túnica hasta lograr quitarla por completo. Se detuvo un momento a apreciar la desnudez del sacerdote, realmente estaba por cometer lo que muchos llamarían un pecado y no sólo eso, estaba profanando la casa de Dios.

Aquel pensamiento le llenó aún más de excitación mientras miraba los ojos llenos de deseo del sacerdote, no entendía como había hablado de respeto mientras lo miraba de aquella forma, como en el pasado había sido tan reservado y no quería dirigirle la mirada por ser un Ángel y ahora parecía rogarle por tomarlo.

“Tan hermoso”

Subió al altar, aun entre las piernas del otro hombre y comenzó a besarlo con desespero, deseaba sentirlo, complacerlo, llenarse de él.

Recorrió nuevamente su cuerpo entre besos, deteniéndose en algunas partes descubriendo la sensibilidad ajena y fascinándose por sus reacciones, Hyunjin era un desastre, había olvidado por completo su vergüenza y soltaba sonidos indecentes que llenaban el lugar.

El Ángel sonreía satisfecho mientras con sus manos alcanzaba el miembro erecto del rubio y comenzaba a frotarlo.

 

—¿Cómo es que sabes que hacer? —preguntó Hyunjin con la voz irregular y mirando con algo que el Ángel no supo descifrar.

 

Aquella pregunta hizo que el silencio tomara lugar y las mejillas de Jeongin tomaran un rojo más fuerte.

 

—Yo…  hice una especie de investigación —admitió con vergüenza, algo que apenas había sentido un par de veces antes.

 

Hyunjin no supo cómo sentirse ante eso, le causó ternura por la reacción ajena, quería molestarlo un poco.

 

—¿investigaste? ¿Qué cosas viste Innie? —preguntó con diversión y el otro joven fastidiado tomó el miembro ajeno y apretó ligeramente para luego moverla a un ritmo suave, su otra mano la llevó a uno de los pezones que ya estaban algo sensibles por su anterior atención, dio un leve pellizco, todo aquello en conjunto hicieron callar al rubio que volvió su atención a lo importante; deshacerse en jadeos y gemidos.

 

Cuando estuvo satisfecho con su trabajo, Jeongin, dejó de molestar al rubio para buscar entre sus cosas una pequeña botella de lubricante que había conseguido previamente, lo tomó y vacío un poco entre las piernas de Hyunjin deleitandose con la vista, luego vacío un poco en sus dedos.

—Relájate para mi cariño

 

Susurró acercándose al contrario para besarlo al mismo tiempo que comenzaba a dilatarlo. Sus dedos dentro de Hyunjin se movían lentamente mientras su lengua exploraba cada parte de la boca ajena, de esa formal mantenía distraído del dolor que podía llegar a sentir por la intrusión, estaba haciendo un buen trabajo, ya que notaba que el rubio apenas se había percatado de los tres dedos que ya estaba dentro de él, solo fue consciente de esto cuando logró dar con un punto en concretó y Jeongin terminó por tragar uno de sus gemidos mas fuertes.

 

—¿Qué fue eso?

 

La pregunta se quedó sin respuesta pues Jeongin continúo golpeando aquel punto mientras Hyunjin se retorcía por el placer, estuvo así ante la atenta mirada de Jeongin que lo veía comenzar a lagrimear.

De un momento a otro sintió a Hyunjin tensarse y dejó su trabajo, se detuvo por completo solo para colocarse nuevamente entre las piernas ajenas y sacar sus ropas que ya estaban hechas un desastre.

Alineó su pene en la entrada de Hyunjin y comenzó a entrar lentamente, escuchó al contrario quejarse suavemente, no podía decir si aquello le causaba algo de preocupación o si le excitaba más, su mente había perdido completa claridad y su sangre hervía por encajarse por completo y de un solo movimiento dentro de su adoración.

 

—Hazlo, haz lo que sea que desees, estoy para servirte

 

Las palabras del sacerdote causaron una descarga eléctrica por todo el cuerpo del Ángel que sin pensarlo más entró por completo sacando un fuerte gemido del otro hombre.

No tardó en comenzar a moverse con rapidez y certeza. Hyunjin alzó los brazos para atraer al Ángel y poder besarlo mientras lo recibía con gusto, se aferraba a él con todo el deseo y amor que había crecido dentro de él en tan poco tiempo.

No sabía en que momento había olvidado por completo su promesa de servir a Dios, pero quizá si servía a un Ángel no rompía del todo su palabra.

 

—Te amo

 

Escuchó las palabras del Ángel que llenaron sus oídos.

¿Cómo podría aquello ser un pecado?

 

—También te amo —pronunció con el mismo amor llenándolo.

 

Jeongin continuo su trabajo ahora tomando el pene de Hyunjin entre su mano y moviéndola al mismo compás que sus estocadas, de esa forma no tardaron mucho más en ambos terminar al mismo tiempo, Jeongin dentro de Hyunjin que había enredado sus piernas alrededor de su cintura y el rubio sobre su propio abdomen.