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"Vos estás loco."
"Sí, y vos tampoco estás muy sano."
Aimar daba vueltas en la cama pensando en aquellas palabras, sin poder pegar un ojo y más despierto de lo que había estado en todo el día.
Le carcomía la cabeza.
Estaba acostado, con la miraba fija en el techo, esperando que alguna respuesta llegase a él y lo pudiese dejar dormir tranquilo. Claro, Aimar sabe que no puede proporcionar palabras claras y sensatas a todo ese desastre que le invade el sueño, pero intenta, al menos, no tener la imagen de Scaloni dándole vueltas en la cabeza.
Podía recordar de manera vívida como la sonrisa de Scaloni crecía ante las palabras y sus ojos comenzaban a brillar incluso más de lo que ya lo hacían, mientras caminaba por la orilla del mar de Valencia y hablaba con entusiasmo sobre la propuesta de la selección Argentina.
Aimar espera jamás tener que decirlo en voz alta, pero siente que el pecho se le oprime cada vez que recuerda las sonrisas que el mayor le regaló durante toda esa tarde.
Lionel siempre fue tan bello, piensa Pablo. Revive la imagen de él a su lado, frenando de golpe y girando su rostro con expresión serena, pensando en algo que decir a su favor, como siempre. Su nariz recta y afilada, la piel bronceada, el leve asomo de barba creciente y sus labios rosados que dibujan una línea torcida y se divierten en una pequeña risa.
"Vos tampoco estás muy sano."
Vuelve a pensar Aimar en esas palabras, en el tono en el que las había exclamado, y decide adueñarse de esa imagen y no hacer otra cosa más que pensar en la forma en que sus labios mostraron picardía al decirlo.
Piensa que ha tenido razón desde ese momento, porque Lionel debe de estar loco, completamente loco, ya que no logra encontrar alguna otra explicación a la forma en la que su sonrisa se ensanchó sin decir más nada, tal vez esperando su respuesta, o asumiendo la complicidad de ambos en esa mirada.
Pablo suelta un suspiro largo y cansado, y su mente de despega un segundo de aquel cálido recuerdo para observar con detenimiento cómo el tiempo siempre parece devolverlos el uno al otro.
Aimar siempre supo que la pregunta nunca estuvo en discusión, porque, hasta ahora, sabe que nunca le diría que no a Lionel Scaloni. Lo sabe cuando lo mira a los ojos y ve la felicidad habitando allí, invitándolo a sumergirse en ellos. Lo sabe cuando no siente la necesidad invasiva de usar palabras, porque puede decir sí con una sola mirada y sin ninguna vacilación, sabiendo que lo entenderá mejor que nadie.
"Qué loco que estoy." Se dice a sí mismo ahora, habiendo pasado horas desde aquella conversación, con el mismo tono estupefacto con el que se lo había dicho a Lionel.
Sigue dando vueltas en la cama, pero ya no siente que los recuerdos le pesen tanto, incluso ahora puede decir que posan con levedad sobre su consciencia, dandole un respiro por esa noche.
...
Ninguno nunca dijo nada al respecto, pero ambos sabían que las cartas estaban sobre la mesa y la suerte esperaba de forma paciente a su lado.
Había algo que siempre había habitado en los dos; entre los dos.
Si uno desviaba su mirada al otro, éste último se vería tentado a seguir el juego. Era extraño, algo entre sutil, silencioso y volátil, y sean las ganas, el deseo o algo más complejo de lo que podrían imaginar, pero lograban atraerse y terminar bailando alrededor del otro, casi como si la inercia fuese más que el pensamiento, o éste último siendo acaso la razón de todo.
Tal vez había sido ese el descubrimiento que a Scaloni lo había hecho actuar de manera tan impulsiva, como si se encontrara fuera de sí mismo y no tuviera el total control de sus decisiones.
No quiere, por mucho que a su parte lógica le cueste admitir, frenar aquél impulso naciente en su interior. Se siente confiado, audaz, siente que el cuerpo le vibra de anticipación, de pánico disfrazado de valor, tal vez busca una vez más algo que lo obligue a parar, a frenarse en aquel pasillo y dar la vuelta e irse. Pero nada parece emerger de la profundidad humana que quiera causar algún impedimento, por eso sigue caminando hasta la habitación en la que espera encontrar a Aimar.
Camina dando pasos largos y no se detiene a pensar una última vez antes de tocar dos, tres, cuatro veces a la puerta, porque sabe que será muy tarde entonces, y aquello que se instaló todo el día en sus entrañas y lo dejo con el cuerpo lleno de duda y miedo lo consumira por completo.
Es ahora, ahora o nunca, piensa Scaloni, mientras que el frío pánico comienza a nublar gran parte de su actitud tranquila.
Le sudan las manos, siente una presión desconocida en medio del estómago, y se apodera de él una sensación que lo estrangula y lo hace querer vomitar.
No está bien, se dice mentalmente. Nada de esto está bien.
Es tanto que no aguanta. No sabe qué está haciendo, no sabe cómo seguir.
Aborta cualquier tipo de idea a cometer y se dispone a huir del lugar y correr a su habitación.
Gira sobre sus talones y da dos, tres, cuatro pasos, nuevamente hacia la dirección por donde había llegado.
Se detiene de nuevo. Piensa. Ya no quiere pensar más. ¿Por qué no te dejas de boludeces?. Qué pelotudo que sos, decidíte de una puta vez. Intenta callar la voz que lo saca de quicio y concentrarse en respirar, cierra los ojos y aprieta los puños. No te mandes una cagada.
Abre los ojos a la par que distingue el sonido metálico de una cerradura y el peso de una puerta abriéndose, y Lionel no lo puede ver desde su posición dándole la espalda, pero puede sentir como Pablo sale de la habitación y asoma su cabeza como queriendo averiguar qué pasa.
"¿Lionel? ¿Qué haces acá?". Lionel siente que le cae un balde de agua fría en ese preciso instante, se le congela el cuerpo y cualquier curso de pensamiento que quiera tomar, desearía poder esconderse en alguna parte, salir afuera y gritar hasta quedarse sin voz o saltar desde el techo del edificio.
La voz de Pablo es ronca y muestra un tono confundido, y es más que evidente que había sido despertado por los insistentes toques en su puerta.
Scaloni nunca se sintió tan boludo.
Y es evidente que la cagada ya se la mandó.
No le queda otra, tiene que enfrentarlo y seguir con lo que sea que se le haya cruzado por la cabeza en primer lugar.
Gira lentamente hasta quedar cara a cara con el castaño, y la imagen que logra nublar una vez más su cabeza es algo que espera jamás olvidar.
Aimar está todavía con el sueño encima, totalmente dormido en conciencia y con los ojos achinados, su aspecto es siempre el mismo, pero ahora muestra un poco más de esa juventud inmortalizada en sus rasgos.
A Scaloni siempre le gustó ese brillo que mostraban sus ojos, las arrugas alrededor de éstos y cómo no era otra cosa más que hermoso.
Siempre fue hermoso, se detiene a pensar una última vez antes de ser interrumpido.
"¿Lionel? ¿Hola? ¿Me podés decir que carajo estás haciendo acá a ésta hora? ¿Pasó algo?." Pablo habla rápido y efusivo, su tono lleno de una desesperación frustrada, suena impaciente y preocupado, todo al mismo tiempo, y Lionel se siente culpable de hacer enojar a su amigo después de haberlo despertado en la madrugada para Dios sabe qué.
La culpa por todo lo invade.
"Pablo. Disculpa, no era mi intención molestarte, soy un boludo, no me des bola. Ya sé que no sirve de nada ahora pero ya está, volve a dormir. Nos vemos mañana." Scaloni habla muy rápido para su propio gusto, y es probable que las palabras le hayan salido demasiado juntas y el más bajo no entendiera nada, pero lo intenta e intenta salir de aquella situación de la forma más sutil posible, restándole importancia y fingiendo demencia, sí, eso haría.
Pero nada es tan sencillo cuando Pablo parece querer una respuesta que le alcance y le sobre, mirándolo con esos ojos de cordero herido que hacen que Lionel deje de querer huir y anhele quedarse para siempre iluminado por esa mirada.
"Mira Lionel, no tengo cara de boludo, y eso que recién me despierto eh, pero no la tengo. Pasa y hablemos, dale, no seas cabeza." Y Aimar siempre exije algo que parece tan simple y sencillo y no lo es, que Scaloni ya no sabe qué hacer para no tirarse de palomita a la razón por la cual está ahí desde el inicio.
Lo mira a los ojos tratando de hablar pero no le salen las palabras. Pablo le sostiene la mirada en un tono entre preocupado y demandante, queriendo entenderlo, esperando entenderlo, pero Lionel sabe que no es algo que el más joven tenga que hacer, porque siempre ha sido de ese modo, Pablo siempre terminaba entendiendo todo.
Aquello parecía una ventaja que debería estar a su favor, pero en vez de verlo así, Lionel se siente expuesto y débil bajo los atentos y metódicos ojos del cordobés.
Mientras cruzan esa eterna mirada, Pablo ya no sabe qué mierda hacer o decir para quitarse aquel sentimiento de expectativa abrumadora que lo cubre por completo, queriendo ser objetivo y concentrarse en aquel hombre que había llamado a su puerta a mitad de la madrugada para, simplemente, quedarse parado frente a él y mirarlo de aquella forma tan intensa, casi íntima se atrevería a decir.
Porque ahora mismo pareciera que está a punto de prenderse fuego algún cable dentro de su cabeza, y Aimar se siente inquieto y confundido, pero por sobre todo siente una creciente e inexplicable exitacion.
La forma en la que se miran le recuerda muchas cosas; nuevamente el recuerdo de la tarde en la playa, sus palabras, la risa contagiosa, el atardecer juntos, el trabajo, las miradas, los roces discretos y las bromas sutiles, Pablo piensa en los labios rosados de Lionel mientras le regala una de sus tantas sonrisas.
Y es así que el momento no parece llevar a ningún lado. Solo se miran, intentando entender la misma cosa.
Lionel ya no siente presión alguna que lo aleje del extraño tirón que se aloja en su interior cada vez que está frente a Pablo, porque parece entender lo que habita allí hace años, y solo espera que él también lo haga.
Lo mira casi como si fuera la última vez, queriendo guardar otro recuerdo, y puede ver que algo más brilla en los ojos del más bajo cuando da un paso, acercándose con recelo, aún sin decir una palabra.
Ambos ahora están a escasos centímetros, y saben que no es un error, no es aleatorio, esto debería ser así, piensan sin saberlo. Esto siempre debió ser así.
Es por eso que ninguno se sorprende del todo cuando Lionel se adentra en la habitación de un solo movimiento y empuja a Pablo con él, lo acerca a su cuerpo y posa sus manos grandes y firmes sobre su cintura, guíandolo más cerca. Lionel lo besa tiernamente en los labios, contrario a cualquier pronóstico pensado, y Pablo puede sentir plenamente todo lo que no ha podido exteriorizar antes. Siente como su pecho implosiona desde lo más profundo y todo su cuerpo se hunde, sus manos hormiguean y sus brazos se accionan por sí solos, rodeando el cuello de Lionel para acercarlo aún más, de manera totalmente inconsciente. O tal vez no.
Pablo siente la respiración que se mezcla y hace que quiera mantener los ojos cerrados y encapsularse mentalmente en ese momento.
Casi temiendo tener que enfrentar a esos ojos que tanto lo entienden y tienen el poder de sabotearlo enteramente en cuestión de segundos.
Es exactamente como siempre se lo encontró imaginando, incluso antes de que empezara a sentir aquello y no pudiera ponerle palabras, ya sea porque no las necesita o porque hasta el día de hoy no las encuentra.
Lionel besa con una calma que oculta caos, una suavidad que habla de desorden y una pasión que solo puede significar amor.
Aimar sabe que pensará en ese beso todos los días desde entonces hasta el día en que se muera, en ellos juntos, en la forma de sus labios, en la presión de sus cuerpos y la suavidad de su toque, en sus ojos, en su corazón... en todo él.
Sentía una desesperación que lo consumía, una sensación de vacío repentino que lo hacía permanecer allí, un desfallecimiento que se apoderaba de su cuerpo. Era demasiado para él; habría sido demasiado para cualquiera.
Al abrir los ojos, Pablo lo mira y comete el error de elegir sostenerle la mirada. Lionel parece querer decir tantas cosas.
Decime, por favor. Pablo pide con los ojos sin saberlo.
Se separan apenas unos centímetros para observarse, intentando decir algo, cualquier cosa, que puedan usar para lo que sea que se estuviese desarrollando entre los dos.
Scaloni siente las palabras queriendo escapar de su boca y eso provoca que se muerda apenas la lengua, evitando la sinceridad desmesurada que lo desborda.
"Pablo yo..." Scaloni no sabe cómo continuar la oración, siente que cualquier cosa que diga no será suficiente. Había llegado hasta ese lugar con la confianza de quien no se deja atormentar por las emociones, pero con Pablo pidiendo una explicación, mirándolo y buscando una explicación, sabe que no puede elegir el impulso de la verdad. Lo quiere, lo quiere desde hace años, no sabe como se hacen las cosas, como seguir con sus días, si Pablo no se encuentra a su lado. Lo necesita, aprecia tenerlo en su vida, lo completa, lo hace sentirse comprendido, Lionel ya no sabe cómo seguir sintiendo todo eso y es por eso que necesitaba llegar hasta este punto para darse cuenta. Él lo ama. Siempre lo amó.
Pablo lo ve sumergido en un pensamiento pero no puede leerlo por completo, es por eso que decide concentrarse en los detalles. Lionel tiene los ojos de un marrón oscuro que jamás había visto antes, su entrecejo no está fruncido pero muestra un leve indicio de frustración, sus labios están separados como si esperara pronunciar alguna palabra, o casi como si esperara un beso, piensa Pablo débilmente. Quiero besarlo de nuevo.
Levanta sus ojos otra vez y concentra sus ojos en los del más alto, ahora casi convencido del escenario en el que se encuentran ambos, y tomando nota de que ninguno parece tener algo más para decir, simplemente sienten y se sumergen en el entendimiento mutuo que parece florecer una vez más.
Los ojos de Pablo sonríen en paz, y Lionel quiere poder atrapar y conservar aquel regalo inmortal para que siempre le haga compañía.
Se miran y sienten que todo es como siempre ha sido, y aquello que empieza a desenvolverse poco a poco parece correcto y oportuno, y Pablo quiere morderse los labios porque ya no soporta la mirada que el más alto le está dando.
...
Los labios de Pablo son gruesos y suaves, se amoldan a los suyos perfectamente y lo guían a un ritmo siempre perfecto. Lionel los saborea con entusiasmo y reverencia, los trata tierna y desprolijamente, mordiendo y lamiendo cada beso depositado, lo besa con toda la inercia de su cuerpo, con un cariño violento que le nace de lo más profundo, con una pasión desmesurada que solo puede sentir por él.
"Pablo." Scaloni habla en un tono más bajo que el habitual, dice su nombre con deseo y pidiendo permiso, tantea los ojos y su mirada, no quiere perder la oportunidad, sin embargo, Lionel ya se siente dichoso de aquel espectáculo que tiene en frente. Pablo es hermoso, siempre ha sido hermoso, piensa otra vez para sus adentros, aún sabiendo que ahora puede decirlo en voz alta. No cree que haya una persona que lo iguale; su risa, sus ojos compasivos, su cariño, sus besos.
Las cosas ahora tienen un lugar.
Lionel por fin irrumpe en la tranquila habitación de Pablo y es casi como una tormenta de sensaciones nuevas.
Pablo logra cerrar la puerta y nuevamente está a centímetros de Lionel, siente un calor alojarse en su cuerpo y también otro diferente en su corazón, y sabe que Lionel se encuentra de forma similar y pensando en lo mismo.
Pablo siente que ya no puede más. Necesita tocarlo, necesita que Lionel lo toque a él. Siente como la sangre se le empieza a calentar, las manos ahora son más ágiles, más firmes. El cuerpo de Lionel lo llama, lo atrae como un imán haciendo que quede totalmente pegado al más alto. Puede sentirlo respirando en su cuello mientras deposita más besos, lo que hace que toda la piel de Pablo queme y tenga que soltar un gemido.
Se dirigen hacia la cama sin separarse, besandose como si la leve distancia de sus labios los matara.
Ya sentado, deja que Pablo de posicione sobre él, quedando a horcajadas, mientras tira de su camiseta y se pega a su piel nuevamente. El toque es placentero para ambos, pero Lionel necesita todo ahora mismo, por eso muerde más fuerte la piel expuesta de Pablo y arrastra sus manos por todo el cuerpo hasta sostenerlo de las caderas. El agarre es particularmente fuerte y Pablo ya no cree poder seguir teniendo el control de las cosas.
Las manos de Scaloni tiran de sus caderas haciendo que choquen y ambos emiten sonidos de satisfacción por la fricción que se crea. Lionel insiste besando la totalidad del torso descubierto del más bajo, lamiendo y chupando, mordiendo la piel y dejando que ésta se torne morada. Pablo tiene la respiración pesada y caliente, y logra abrir los ojos y mirar directo al más alto.
Puede ver que Scaloni tiene un semblante tranquilo, como siempre, sus ojos marrones se ven más oscuros y sinceros esa noche, y Aimar piensa que lo mira tanto y tan intensamente que cree que es capaz de hacerle un agujero con la mirada. Su pecho sube y baja con una respiración entre agitada y contenida, pero aún así puede ver el calor en su sangre ocupando todo su cuerpo, haciendo que sus pómulos parezcan más afilados y sus labios más tentadores.
"Lionel." Pablo suplica con la mirada, y puede notar como el pelinegro aprieta sus manos aún más en su piel. Lionel se acerca una vez más y deposita un beso húmedo en su clavícula, Aimar se siente desfallecer por la forma en la que sus cuerpos parecen decirse tantas cosas que ninguno de los dos se detiene a cuestionar, y es como siempre fue. "Te quiero." Termina de decir en un susurro, y lo exije, tan bajo que incluso él mismo no logra saber con exactitud si lo dijo, y no es nuevo, pero los dos hombres pronto sienten el calor agobiante en sus pechos que invade sus sentidos y los hace sonreír con cariño. Lionel entiende el pedido de Pablo y susurra palabras inentendibles para el castaño, reprimiendo una sonrisa en su cuello mientras acaricia con suavidad sus costados.
Pronto levanta la vista de aquel refugio y se posa sobre los ojos de Aimar mientras éste lo ve con el brillo más deslumbrante que ha presenciado, y al darse cuenta de que es solo para él, lo llena de un aire posesivo y amoroso que jamás había sentido antes.
...
Toma poco tiempo que la habitación se inunde de gemidos y suspiros ahogados. El choque de dos cuerpos, el calor sofocante que se pega en todas partes, los alaridos de placer, las palabras que demandan más y más y más, y también los susurros bajos y tranquilos que hablan de pura devoción.
Aimar está sobre su espalda, siente el rastro de sudor correr por todo su cuerpo, haciendo que su delicada piel se pegué a las sábanas. Lionel está sobre él, su cuerpo lo cubre por completo, y Pablo se siente pequeño y a la vez fascinado, le tiemblan las piernas y siente la presión de unas manos duras sobre sus caderas, tal vez marcandolo sin saberlo. Pero Lionel sabe, lo marca con total conciencia y espera adueñarse de esa piel, mordiendo o chupando, apretando, besando, dejando que Pablo lo tome de manera ágil y suntuosa, sintiendo una ola de placer que lo consume de pies a cabeza.
"Te amo." Susurra Lionel rozando sus labios, mientras lo mira con ojos devotos y empuja dentro de él con fuerza, como queriendo enfatizar las palabras dichas. Aimar siente como si se le estuviera quemando el cuerpo, le pica la piel y no soporta el calor agobiante que se esparce por toda la habitación. Escucha a Lionel susurrar las palabras en su mente como un mantra, y se encuentra solo con ese pensamiento. Suelta un gemido alto y echa su cabeza hacia atrás, exponiéndose de forma lasciva al más alto, deseando escuchar aquellas palabras una vez más y para toda la vida.
Lionel dirige una de sus manos al miembro del castaño y se envuelve en la sensación de tocarlo. Establece el mismo ritmo de sus empujes a la vez que observa la reacción del más bajo. Pablo tiene los ojos cerrados y las cejas fruncidas, sus labios están abiertos y exclama palabras que ninguno de los dos entiende totalmente, respira agitado y gira su cuello hacia un lado para ocultar su rostro. Lionel lo desea tanto que gruñe por lo bajo y mueve sus caderas más rápido, más profundo.
El placer y el amor son cosas que juntas desarman a cualquiera.
Aimar se siente tan amado y deseado, tan cuidado y con el corazón tan blando que no lo puede soportar, sus latidos son rápidos y fuertes, y sus manos tiran de las sábanas intentando rasguñar algo que lo mantenga cuerdo, aunque no lo esté, siente el sudor en su pecho, los ojos de Lionel sobre él, simplemente observando, el nudo en su estómago, un pinchazo de placer que lo deja ciego, lo marea y lo lleva finalmente al limite, escalando el orgasmo y terminando con un nombre que escapa de sus labios en un gemido agudo.
Lionel lo ve desarmarse debajo de él y sabe que jamás ha visto algo que lo tenga tan atrapado.
Termina después de embestir dos veces más, sintiendo como los músculos se le tensan y cae rendido sobre el pecho del más chico, respirando agotado.
El cuerpo de Pablo está igual o más caliente que el suyo, y puede sentir como su pecho sube y baja tratando de regular su respiración, unas manos llegan a su cabeza y se envuelven en su pelo, acariciandolo tiernamente. Lionel siente que puede llorar de felicidad.
Deposita besos sobre el torso de Pablo y sube en un camino lento hacia sus labios, no sin antes mirarlo y sonreir.
"¿Me vas a decir que hacías en mi puerta a ésta hora, Scaloni?." Aimar dice en broma. Es suave y gentil, cómo siempre lo ha sido, lo mira con cariño y le sonríe.
"Ya lo sabes, estoy loco." Suelta con naturalidad, esperando que Pablo recuerde sus palabras y se una a él.
Le duele la cara de tanto sonreír con los dientes.
Pablo está igual, y parece que pasará un buen rato antes de que puedan quitarse las sonrisas de boludos enamorados.
"Y yo no estoy muy sano por vos tampoco." Termina de decir con una risa que había estado conteniendo, estallando de amor y ternura.
Lionel se acerca y lo besa tiernamente, Pablo suspira por última vez en el beso y siente que el cuerpo le pesa de tanta felicidad y plenitud que podría dormir por diez años, pero también siente un peso mayor abandonar su cuerpo y el alivio alojarse en su pecho.
Sonríen hasta quedarse dormidos, y aún en sueños sienten que siguen sonriendo.
