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“¡Italia, faltan solo diez minutos para recibir el ‘99! ¿Tienen a su familia cerca? ¿A sus amigos? ¿A sus parejas?” anunció la carismática voz del locutor en la radio que sus vecinos escuchaban al otro lado del muro.
Risotto salió de la ducha y tras abrir la ventana, dirigió la mirada a la calle, concurrida esa noche más que ninguna otra en el año. Vio amantes tomados de la mano, familias en los balcones hablando a voces, borrachos balanceándose con sombreros y gafas de plástico. Risotto siempre escuchaba que las festividades de fin de año eran una época nostálgica para quienes estaban solos y lejos de sus seres queridos; pero él creía no extrañar nada de eso en particular. Ni las cenas, ni las reuniones. Es más, tenía años pasando esas fechas sin compañía. Sus hombres, que a fuerza de costumbre y de trabajar juntos se habían vuelto lo más cercano a una familia, habían intentado en vano invitarlo a una que otra celebración, mas él les rechazaba con un seco pero cordial “No, gracias”. Ellos no insistían ¿Quién querría llevarle la contraria a un hombre de su estatura?
Se pasó una mano por las mejillas para enjugarse una gota que resbaló de su cabello húmedo. Tenía la inicipiente barba de tres días; había olvidado rasurarse pero ya lo haría al día siguiente. A Doppio le causaba risa cuando lo bañaba de besos y le raspaba el cuello con la aspereza de su barbilla. Una sonrisa se dibujó en su rostro sin que se diera cuenta, pero se desvaneció rápidamente. El recuerdo del chico le ardió en el pecho como una herida abierta.
Le sobraban dedos en la mano para contar las veces que se habían visto ese año. Y de todos modos, había decidido que sería mejor no llevar cuenta de los días-semanas-meses que no tenía noticia alguna de Doppio. Trataba de no pensar mucho en él. Prefería seguir con su vida como si no lo conociera, al menos hasta que el muchacho volviera entrar en ella para recordarle que se estaba engañando a sí mismo; pues al marcharse, Doppio dejaría tras él un mundo marchito y desolado. Aquello no era vida.
Se preguntó Risotto si esa noche Doppio estaría en algún lado contemplando el cielo con sus ojos color champagne, o si esa noche no era Doppio quien miraba.
Risotto regresó al centro de su habitación para encender el televisor y luego la estufa para calentar el cotechino que su casera le había convidado de su propia cena familiar. La pequeña anciana le había perdido el miedo y se atrevía a tocarle la puerta más seguido. Seguro que era obra de Doppio, había pensado Risotto al recibir el plato con una leve reverencia. Siempre que el chico aparecía por su apartamento, se detenía un momento en el pórtico para saludarla. Así era Doppio. Era tan fácil tomarle cariño.
Sentado frente a la única fuente de luz que venía de la televisión, Risotto terminó de vestirse mientras los diálogos de la película en blanco y negro competían inútilmente con el bullicio de la calle. El filme era de esos romanticones que a Doppio le gustaba ver…Mierda, otra vez estaba pensando en él. Risotto sintió otra gota resbalar por su mejilla; una gota tibia que no destiló de las puntas de su cabello. Tal vez se había acostumbrado a muchas ausencias, pero aunque no quisiera admitirlo, jamás se acostumbraría a la ausencia de Doppio. Se secó el rostro y tragó con dificultad el sentimiento que comenzaba a quebrarle su serio semblante.
Cuando Risotto se dispuso a pensar en algo más, miró con la esquina del ojo cómo la pantalla de su celular se iluminaba con una llamada. Un vacío se abrió en su estómago. Era un número desconocido. Y Risotto ni siquiera pudo disimular su impaciencia por contestar.
—¿Estás viendo la luna también? Parece una moneda de plata.
La voz de Doppio había sonado tan dulce, más de lo que recordaba, y Risotto tuvo que hacer un esfuerzo por no llevarse el teléfono a los labios. Risotto ensanchó una sonrisa entanto las lágrimas se le agolpaban en los ojos. Olvidó por completo sus males, su soledad, su abandono.
—No, está lleno de nubes por aquí— respondió Risotto, arrastrando una silla hacia la ventana para sentarse y alzar sus ojos al cielo también.
—Aww qué pena. Bueno, está hermosa, muy cerca de la Tierra esta noche. Leí en el periódico que esta luna se llama gibosa creciente y genera en las personas el deseo de cambios. Muy adecuado para el fin de año, ¿no?
Risotto se rió suavemente.
—No sabía que creías en esas cosas.
—No realmente. Pero de vez en cuando es divertido leer sobre esos temas. Esta es la época más supersticiosa de todas. ¿En tu casa jamás hicieron alguno de esos rituales raros de Año Nuevo?
—Una de mis tías repartía bolsas con lentejas crudas, dizque para atraer el dinero; pero cada año seguíamos igual de pobres. Al menos podíamos hacer algo de comer con ellas.
Doppio soltó una carcajada del otro lado de la línea.
—El padre Naso decía que eran costumbres paganas, pero me enteré un día que usaba calcetines rojos en Nochevieja. Supongo que lo hacía en caso de que sí le trajeran buena suerte.
—Uno nunca sabe…—comentó Risotto y Doppio solo asintió desde su lado de la llamada—. Oye, adivina quién me trajo la cena.
—¡No me digas! ¡¿La nonna Giulia?! ¡Ay, ella es un amor! Tendré que llevarle unos chocolates la próxima vez que la vea.
Doppio no dijo cuándo sería eso. Pero sí empezó a contarle qué había comido él para cenar y sobre las deliciosas pasticcini que encontró en una pastelería. A Doppio le encantaba hablar; y a Risotto le encantaba escucharlo llenar su silencio de risas y anécdotas, quejas de su trabajo, o solo historias de su infancia lejana. Sin embargo, a través de un auricular no era lo mismo. Le entristecía no poder jugar con el cabello de Doppio mientras lo oía; o interrumpirlo por el repentino impulso de pellizcarle la nariz o besarle los labios.
Cuando Doppio hizo una pausa, Risotto se atrevió a hacer una pregunta que le estaba cosquilleando la lengua desde que había contestado la llamada.
—¿Doppio…?
—¿Hm?
—¿Dónde estás?
—Sabes que no puedo decirte, Ris— susurró el chico—. Pero desde aquí puedo ver el mar también…
Risotto asintió resignado. Siempre era la misma respuesta, pero él seguía intentándolo. Quizás un día Doppio le diría, y Risotto abandonaría todo para ir a buscarlo. No le temía a la presencia invisible de la que Doppio insistía estarlo protegiendo. Risotto quiso insistir, pero ya imaginaba cómo iría aquella conversación: “¿Y cuándo volveré a verte?” “No es tan simple…” “¡Claro que lo es! Tan simple como que me dejes ayudarte, Doppio.” Seguramente escucharía al chico sorber el llanto; y Risotto volvería a enfurecerse contra ese enemigo que no podía ver ni derrotar sin perder a Doppio en el proceso. Pero esa noche no quería eso. Tenía tanto sin oír su risa, que prefirió aceptar la distancia.
“¡Dos minutos para el Año Nuevo!” resonó la radio de los vecinos.
—¿Oíste eso?— preguntó Risotto.
—¡Sí! ¡Ya casi!— contestó el muchacho emocionado.
Unos cuantos segundos de silencio llenaron la llamada.
—Ris…¿Tienes alguna resolución de Año Nuevo?
Eso le tomó por sorpresa, como muchas cosas que Doppio solía preguntarle con aquella espontaneidad que lo hacía impredecible.
—No he pensado en eso. Seguir vivo, supongo— contestó después de que nada se le viniera a la cabeza.
—Esa es una buena. Espero de todo corazón que la cumplas— se rió Doppio.
—¿Y tú?
—Bueno…— hizo una pausa y prosiguió con voz baja—He pensado que tal vez podríamos intentarlo. Eso. Lo del doctor… No sé si vaya a funcionar, pero…
Un cohete de pólvora adelantado a la medianoche silbó y estalló a unas cuadras del edificio de Risotto y llenó de colores sus oscuros ojos. De repente tenía una posible resolución. ¿Era muy iluso pensar que el año próximo podrían compartir juntos lo que todos los demás compartían? Celebraría; no porque la Tierra terminara de dar una vuelta al sol, sino por el simple hecho de tener a Doppio a su lado. Lo besaría al dar el reloj las doce; tal vez tragaría doce uvas; hasta daría una vuelta a la cuadra con una maleta; o se llenaría el bolsillo de lentejas crudas; vaciaría un vaso de agua hacia la calle para secar las lágrimas y la angustia de ese amor que le dolía tanto; tiraría las cosas viejas por la ventana para espantar a los malos espíritus, en especial aquel que los atormentaba desde el fondo de la psique de Doppio.
—Podemos intentarlo. Recuerda que no estarías solo, Doppio. Me tienes a mí— le aseguró.
Risotto no podía verlo pero sintió la alegría sobrecoger al muchacho, quien de un momento a otro exclamó:
—¡Oh dios! ¡Ya faltan ocho segundos! ¡Dieznueveocho!— dijo de prisa para compensar la cuenta regresiva tardía.
—Siete— continuó Risotto.
—¡Seis!
—Cinco.
—¡Cuatro!
Tres, dos, uno. El mundo a su alrededor de pronto fue risas, besos, explosiones de pólvora y abrazos. Risotto sintió una repentina nostalgia por las cosas que no tenía pero que podría tener.Por ahora, al menos podían ver los fuegos artificiales juntos, en lugares distintos de Italia.
