Work Text:
—Saca una foto bonita —pide Dazai. Ango se ríe con amargura y nos toma una foto a Dazai y a mí juntos. Dazai también me pide que les haga una a ellos dos, sentados uno al lado del otro—. Si la sacas desde este ángulo te hace parecer más guapo —dice mientras sube los pies en el taburete y se inclina hacia atrás.
La peor parte de los conflictos importantes en la Port Mafia, bajo el punto de vista de Jun Takami, era que alteraban su ritmo de trabajo preferido: el aburrido.
Algunos jóvenes se unían a la organización ansiosos por la acción, con esperanzas de encontrar en la violencia un significado a su vida, o a su muerte. Él no. En todos los años que llevaba ejerciendo como tesorero, nunca tuvo interés en otra cosa que no fueran sus estanterías llenas de archivos y sus libros de contabilidad. Poseía de forma natural todas las cualidades necesarias para ser administrador de las finanzas de la mafia. Disfrutaba del trabajo individual, organizado y, sobre todo, tranquilo.
Por eso detestaba los grandes enfrentamientos contra organizaciones enemigas. La oficina se desbordaba con presupuestos que diseñar, ingresos que blanquear, pérdidas que registrar. Tenía que contabilizar todos los movimientos, incluido el balance de personal. En otras palabras, las muertes.
Otros miembros sacaban fotos de los cuerpos y recogían sus posesiones en el lugar del suceso. Después las llevaban a este local situado en la trastienda de la empresa que servía como tapadera. Allí se clasificaba la información, se identificaba a la persona y se registraba el fallecimiento. Una tarea desagradable pero que, con el paso del tiempo, se tornaba tan monótona como las demás.
Excepto para Ango Sakaguchi.
Takami dejó escapar un suspiro y miró las pertenencias esparcidas sobre su escritorio. Correspondían a cuatro personas. Había más, por supuesto, los agentes que las habían traído no pudieron cargar todo de una sola vez. Así que tiraron los objetos sobre la mesa, volvieron al lugar del desastre a por el resto y lo dejaron solo en la oficina con sus pensamientos.
Se estimaban varias decenas de muertos a manos de Mimic, la organización enemiga que había amenazado a la mafia esta vez. El conflicto había terminado el día anterior en una gran pelea de la que provenían estas últimas pertenencias. Y todos los involucrados rumoreaban lo mismo: Mimic había llegado tan lejos gracias a la colaboración de un traidor, Ango Sakaguchi. Un antiguo aprendiz de Takami.
Ango había trabajado como ayudante en este departamento tres años antes, aunque no duró mucho. Estas cosas pasan cuando se asigna una profesión a alguien que no ha nacido para ella. La mayoría de los jóvenes se aburrían al poco tiempo y suplicaban un traslado. En el caso de Ango, fue ascendido a informante personal del jefe, un puesto muy por encima de lo normal para un principiante.
Por aquel entonces tampoco pareció un ascenso tan extraño. Ango se había ganado el favor del jefe rápidamente debido a su facilidad para recabar y registrar información. No se limitaba a anotar los nombres de las bajas y pasar a la siguiente tarea, no. Empezó a crear registros completos con detalles personales de cada miembro: antecedentes, familia y logros. Takami nunca supo de dónde sacaba toda esa información.
Lo que sí sabía es que el tipo de hombre que se molesta en dejar constancia de la vida de cada uno de sus compañeros, no es el tipo de hombre que los traicionaría sin que haya más factores en juego.
Takami volvió su atención hacia los efectos personales que tenía que comprobar. No servía de nada perderse en reflexiones que no llevaban a ninguna parte cuando tenía trabajo por hacer. Decidió concentrarse en el registro durante el resto de su jornada, descansando sólo de vez en cuando para intercambiar algunas palabras con los recaderos que entraban y salían de la oficina.
Pasaron unas horas sin interrupción ninguna hasta que un joven volvió a aparecer. Tenía la cara pálida y le temblaba la mano al posar la bolsa de pertenencias sobre el escritorio. A diferencia de las veces anteriores, lo hizo con extrema delicadeza, como si estuviera manejando una bomba a punto de explotar.
—Esto es lo último. Trátalo con cuidado —dijo el recadero, nervioso. Takami se lo quedó mirando a la espera de una explicación—. Debe ser importante. Había un ejecutivo junto al cuerpo. No nos dejaba llevarnos nada.
Era tentador preguntar por los detalles del encuentro, por qué habían intentado llevarle la contraria a un ejecutivo y cómo lo habían conseguido, pero el cansancio pudo a la curiosidad. Agradeció al agente por su trabajo y lo dejó irse. Antes de cerrar la puerta, sin embargo, el chico se giró un momento y murmuró:
—Repetía que lo único que necesitábamos saber era su nombre. Lo llamó ‹‹Odasaku››.
Takami abrió la bolsa y miró su interior. Dentro del paquete había un vendaje ensangrentado y enredado con el resto del contenido. Chasqueó la lengua, molesto, no deberían incluir este tipo de desechos entre los efectos personales. Tiró de la tela hasta liberarla y la apartó a un lado para comprobar lo demás. Dos armas. Munición de repuesto. Un paquete de cigarrillos, aunque no mechero ni cerillas. Un móvil. Las llaves de un vehículo, con una especie de muñeco casero a modo de llavero, sin duda hecho por un niño.
En la cartera encontró la identificación: Sakunosuke Oda. Anotó el nombre y cerró el libro de registro. Su día había terminado.
Jun Takami llevaba toda su vida usando las mismas palabras para describir su trabajo ideal: aburrido, ordinario, predecible. Era un gran partidario de seguir la rutina y no involucrarse más de lo necesario en aquello que no le era requerido. Probablemente ese era uno de los motivos por los que seguía vivo después tantos años en la mafia.
Y en ese momento, mientras se resistía a guardar los artículos de la última víctima de nuevo en la bolsa, fue consciente de que sus actos tendrían consecuencias.
Algo no encajaba. Esta persona no era relevante en absoluto. Nunca había oído su nombre ni tenía un rango significativo. Podía ser hasta un miembro nuevo, a juzgar por el estado lamentable de sus armas, que daban la impresión de ser heredadas en vez de material de la mafia. Sakunosuke Oda no parecía más que otro peón desechable en este conflicto.
¿Por qué estaba interesado en sus pertenencias uno de los cinco mandos más altos de toda la organización? ¿Por qué usaría un apodo en vez de llamarlo por su nombre?
Giró la cartera entre sus manos. No tenía nada especial. El cuero estaba agrietado y los bordes desgastados por el paso del tiempo. Su contenido era tan ordinario como el exterior: la identificación, dinero, una fotografía, la tarjeta de un restaurante, el ticket de un bar, otro de un supermercado, un papel con números de teléfono.
Cuando miró la foto obtuvo la respuesta a estas preguntas. Dos hombres sonrientes estaban sentados en un bar. Uno de ellos era Ango Sakaguchi. El otro era Osamu Dazai, la mano derecha del líder de la mafia. Toda la escena transmitía relajación y familiaridad. Dazai incluso tenía los pies subidos a un taburete. Parecían amigos divirtiéndose fuera del trabajo.
En la barra había tres vasos. Oda, Dazai y Ango, los tres eran amigos.
Takami se sintió aún más confundido que antes. Un traidor, un ejecutivo y un cualquiera solían compartir risas en un bar. Estas tres personas estaban involucradas en este conflicto de alguna manera, pero las circunstancias escapaban a su comprensión. Metió todo de nuevo en la bolsa y se quedó un rato sentado en el escritorio, pensando, intentando encajar las piezas, pero no lo consiguió.
Al final tomó una decisión. No entendía lo que estaba pasando, pero sí había algo que podía hacer por ellos. Un homenaje. Una forma de conmemorar a estos tres amigos de los que, con toda seguridad, nunca se sabría la verdad.
Recordó los libros de Ango, aquellos en los que escribía las bajas con todo lujo de detalles. Sabía dónde estaban porque recientemente un joven había venido a la oficina preguntando por ellos. Rebuscó entre las estanterías y hojeó varios tomos hasta encontrar uno con un gran espacio en blanco, tras un fragmento del conflicto de Dragon Head que notificaba cuatro fallecidos: Kurehito Umeki, Shoukichi Saegusa, Miroku Ishige y Kazuma Utagawa.
Justo a continuación, añadió una nueva fecha y registró la muerte de Sakunosuke Oda.
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Siete días después, varios hombres armados irrumpieron en la oficina demandando todos los registros existentes sobre el conflicto con Mimic. Se llevaron también todo el trabajo realizado en los días previos y posteriores. Takami les entregó la documentación a regañadientes. No había nada de valor en esa oficina, nada que pudiera interesar a una organización enemiga.
Mientras uno de los asaltantes apuntaba un arma a su cabeza, finalmente se dio cuenta de lo que estaba pasando. En un segundo, como un torrente de ideas que escapan antes de poder atraparlas. Aun así, le dio tiempo a esbozar una leve sonrisa antes de morir.
Porque en una esquina de la oficina, sepultada entre libros y libros aburridos que nunca nadie querría leer, quedaba para siempre la última evidencia escrita de la vida del hombre sin rostro:
Sakunosuke Oda. Fallecido en Yokohama durante la última pelea del conflicto de la Port Mafia contra Mimic. Amigo de Sakaguchi Ango y Osamu Dazai. También conocido como ‹‹Odasaku››.
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