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I never told you (what I do for a living)

Summary:

Estrellas de Orión brillan en los ojos de Kazuha, y Scaramouche se queda a la deriva, envuelto por una lluvia de luz de una galaxia propia. Hasta que se vuelvan a encontrar.

Notes:

kazuscara modo sexooo

Work Text:

Érase una vez, Icarus se enamoró del sol. Kunikuzushi escucha el cuento por primera vez cuando era niño. La omnipotente gobernante de Inazuma había puesto una mano en su hombro, engañosamente suave en el toque, y él por inercia, quedado quieto como el granito mientras lacayos lo elogiaban por un trabajo bien hecho.

“Está progresando”, susurró Yae Miko y un atisbo de maliciosa sonrisa digna de un zorro se plasma en su rostro fijo en Kunikuzushi de una manera que lo hace sentir un poco más seguro de sí mismo.

No es suficiente, pensó prontamente la Shogun mientras los sirvientes lo escoltan pasando junto a ella y de regreso a sus aposentos, él es un poco más alto a pesar del peso de su túnica ahora empapada de gotas minúsculas de sangre gracias a su entrenamiento.

Más tarde, la puerta de la lúgubre habitación se abre en silencio, deslizada como una sombra y cierra la puerta detrás de ella. Kunikuzushi está listo para irse a la cama, sentado con las almohadas en la espalda, ambas manos en el regazo, las piernas estiradas bajo el edredón subido hasta la cintura. Él la mira expectante. La vela alta de la mesita de noche de la izquierda parpadea sutilmente, proyectando largas sombras en las paredes. 

Los cumpleaños son especiales, él lo sabe porque cada vez que es su cumpleaños, la Shogun entraba una vez que había cumplido con sus deberes para sentarse a su lado en la cama, ensartar sus afiladas uñas en la larga cabellera de éste mientras le contaba cuentos para adormecerlo. Duerme mejor, en esas noches en que tiene la voz de su /madre/ en el oído. Las historias son más largas cuanto más rápidas son las muertes de los protagonistas de dichos relatos.

“¿Te he contado la historia de Icarus?” Ella le pregunta, aunque Ei más que nadie debería saber que no lo ha hecho. El muñeco niega con la cabeza de todos modos, porque todos le ofrecen siempre contestaciones a su creadora o pagan el precio en silencio.

“Había una vez”, dijo ella, acomodándose sobre su edredón, “Un hombre. Fue encarcelado por el Rey en un laberinto de su propia invención.”

Sin embargo, el Rey no pudo contenerlo, porque era una criatura del aire y deseaba volar libre de ataduras. Él construyó un par de alas para sí mismo y su hijo; alas de plumas y cera, para que salieran volando de su jaula, cruzando el extenso mar. Sin embargo, advirtió a su hijo. “Nunca vueles demasiado cerca del sol”, dijo, “porque tus alas se derretirán y caerás, y no podré salvarte”.

"Sí, padre", ofreció contestación Icarus sin aliento con la idea de la libertad. "No te decepcionaré".

Pero entonces, ¿qué hizo Icarus? Olvidó las advertencias de su padre, extasiado con el viento en su cabello, dedos rozando las nubes, y voló más y más alto, hasta que sintió que podía alcanzar los cielos. Demasiado lejos, demasiado cerca del sol. Por ende, la cera de sus alas se había derretido, las plumas se soltaron con prontitud, y ya no tenía nada que lo sostuviera. Cayó a su muerte, aterrizó en el mar y se ahogó.

“No te esfuerces por cosas que no puedes alcanzar”, finalizó Ei, clavando esos ojos carentes de vida en el asombrado Kunikuzushi. “Y nunca, jamás, desobedezcas a los que están por encima de ti. Será tu perdición.”

La habitación se siente un poco más fría cuando apaga la vela y se va.

Cuando Scaramouche transcurre sus primeros 100 años bajo la tutela de la Raiden Shogun, cree que algo está fallando. Existe un error. Y todo a punta a qué es él. Todavía se está acostumbrando a la idea de una familia, todavía descifrando los patrones, pero el pequeño vacío manifestado en el centro de su pecho dónde debería estar ubicado su órgano vital, su bombeante corazón, es cada vez más notorio. Y no puede evitar sollozar en las noches bajo la fría mirada de Ei. 

“Te duele en lo más profundo de tu ser saber que has errado. Después de todo, las deidades tampoco se salvan de experimentar el amargo sabor del orgullo,” Kunikuzushi reconoce la voz de Yae Miko, incluso estando escondido estratégicamente entre las paredes de la habitación. Posee esa costumbre de inmiscuirse dónde no le llaman.  

Desde allí, logra observar a la kitsune rodear a la omnipotente Shogun entre sus brazos sin atisbo de vergüenza o pudor. La sonrisa sigue plasmada en su rostro igual que siempre. “Yo podría matarlo por ti, Ei. Sin remordimiento alguno.” Y las palabras se clavan como estacas en el estómago de Kunikuzushi. Ardientes deseos de vomitar. Y ni la misma gravedad parece ser suficiente para sostenerlo. 

Sus ojos buscan desesperadamente a Ei, con una pequeña y desesperada esperanza aferrada en ellos. “Miko...” escapa de los labios de la gobernante. Que no parece sorprendida por su atrevido y osado comentario.

Una risilla se adueña de la habitación. “A menos que hayas experimentado afecto por tu defectuosa creación, Ei. Me pregunto si será eso... ¿O es qué deseas matarlo cada que lo miras porque en el fondo te recuerda arduamente a alguien?” Y Ei frunce el ceño por inercia. Las memorias de su hermana mayor siempre son agridulces. 

Y cuando piensa en Kunikuzushi, en esa ingenua mirada llena de pureza, no puede evitar relacionarlo con... No obstante, Scaramouche no está allí para escuchar la negación de la gobernante de Inazuma puesto que ha huido. Y los misteriosos ojos de la kitsune siguiendo su rastro con diversión. Los humanos siempre son tan interesantes. 

 

“Kunikuzushi-san, ¿crees que quieres crecer para ser como tu madre algún día? Ya sabes. Una buena persona.” La pregunta de su hasta ahora, único conocido, –como así él mismo lo llama–, Katsuragi lo toma desprevenido. Kunikuzushi parpadea un tanto desorientado. 

Las palabras resuenan en su mente. Él sabe que Katsuragi no tenía idea de cuán reales suenan. No ha dicho una palabra sobre su pasado ni que es una marioneta para la gobernante de Inazuma, e incluso si le hubiera contado a éste, Katsuragi es demasiado honorable para contárselo a alguien más. Así que es...

Fue una suposición afortunada, o su mejor amigo es realmente tan ingenuo. Lo suficientemente ingenuo como para pensar que todos tienen la oportunidad de ser buenos, que las personas nacen con amor en el corazón. Lo suficientemente ingenuo como para mirar a alguien nacido en un sudario de oscuridad y sentir amabilidad en lugar de miedo.

"No." Fue su única respuesta. 

“Pues, yo... Lo he decidido, Kuni.” Añadió el acompañante un par de segundos más tarde, regocijándose en la brisa del viento. “¡Quiero unirme al ejército de la Shogun, quiero ser importante para mí nación y un futuro héroe! Me gustaría que estés presente en mis nuevos pasos. Últimamente mi padre recibe amenazas de otros clanes... Creo que eso ayudaría a mejorar nuestra imagen.”

Kunikuzushi se cuestiona mentalmente quién podría traer rencor hacia alguien como Katsuragi. Pero es tan ajeno a conflictos de esa índole, que el pensamiento desaparece tan pronto como llegó.

“No seas presa de ineptitud. Actúas primero antes que mentalizarte, un paso en falso y sería tu fin, ¿comprendes?” El regaño solo ocasiona que Katsuragi explote en carcajadas. Y Kunikuzushi frunce el ceño en respuesta, a veces, no logra comprender a tan extraño sujeto. Si él estuviese en su lugar, la Shogun lo llamaría imprudente por poseer tan ingenua ideología. 

“¡Es lindo que te preocupes por mí, Kunikuzushi! Eso es lo que hacen los amigos.”

Piel. Músculo. Tendón. Sangre. Hueso. Hay palabras más cálidas con las que cuantificar la vida humana, pero la comprensión de Kunikuzushi del lenguaje del pacifismo siempre ha sido tenue. Y justo ahora, son las gotas de lluvia que descienden por su rostro las únicas capaces de disimular perfectamente sus propias lágrimas. Desde un punto de vista terciario, aquel muñeco actualmente parecía ajeno a la realidad. Orbes violeta carentes de brillo mientras vagaba tranquilamente entre el sinfín de cuerpos a su alrededor. Posee una navaja en su poderío, una con la cual ha decidido cortar mechones de su cabello sin mostrarse dubitativo.

Mientras más se observa a sí mismo. Lo único que ve es un reflejo simétrico de la omnipotente Shogun y las náuseas se manifiestan en su centro. Es casi admirable, piensa, que exista algo en Katsuragi que se niega a ser atenuado. Al mismo tiempo, es absolutamente frustrante que Kunikuzushi se vea obligado a lidiar con la "fuerza por la justicia" más molesta y novata que jamás haya conocido. A Kunikuzushi antes no le molestaba esa inocencia, pero.

Pero ahora, mientras la sangre de su ropa es más visible, sabe que hay algunos aspectos de la vida que requieren más que una buena palabra y fe. Que hay algunas partes que quitarían esa luz pura. Y si alguno de los dos tiene que tener sangre en las manos, entonces, Kunikuzushi preferiría que fuera él aunque sea demasiado tarde para ello.

Él nunca iba a ser puro, después de todo. Esa oportunidad le había sido robada antes de su primer aliento. Al menos, a esa conclusión llega cuando decide marcharse con una voz molesta azotando su mente como un grotesco recordatorio de horas atrás. 

"La ejecución de Katsuragi Mikage ha sido llevada acabo." 

 

 

Kaedehara Kazuha es un hombre sumamente extraño. En un nivel objetivo, las emociones son una debilidad que debe explotarse. Scaramouche ha sido entrenado para ser nada más que un arma, y se supone que las armas no deben sentir. En un nivel objetivo, él lo sabe. En un nivel más profundo y primitivo que él no pensó con mayor claridad, siempre ha sido una espada rota desde el día en que nació. Pero Kazuha es diferente. 

Es una idea extraña que toma lugar en la psique del balladeer cuando el peligroso filo de una espada, cargada de energía anemo se ubica contra su cuello. Y los furiosos orbes rojos de Kazuha buscan una respuesta en los suyos. 

“¿Fuiste tú?” cuestionó Kaedehara. Y la presión ejercida en el guante de la espada es tanta que ésta tiembla un poco. Incluso si no quiere mostrarse débil, impotente, humano, Scaramouche sabe que Kazuha es presa del nerviosismo y la desesperación. “¿Fuiste tú?” interrogó otra vez. Una sonrisa adorna las facciones de Scaramouche. Mientras más oportunidades tiene de observar las facciones del bello rostro del samurai, más se pregunta cómo éste pudo hacerle frente a la Raiden Shogun. ¿Se habrá vuelto más débil? Patético. 

Scaramouche se inclinó al frente, rozando más peligrosamente la espada contra su propia piel. “¿Qué si fui yo?” Los ojos del Fatui lo examinaron divertido y halagado. “Pero esa respuesta ya la sabes, Samurái, te niegas a aceptarlo.”

Y algo cambia en Kazuha. Por una fracción de segundo, se deja llevar por algo no propio de su carácter. Ser impulsivo. Tratando de apartar la espada para clavarla en un golpe preciso y estratégico en el cuerpo de su enemigo.

Aunque no puede. Porque Scaramouche con suma tranquilidad, casi anticipando sus movimientos, aferró la mano diestra a la espada, entre el mango y el comienzo del filo. Sin ponerle importancia a la sangre descendiendo de su palma al cortarse. Entrelazando en el acto su mano con la de Kazuha, casi como si la espada que les impedía tocarse por completo no existiera. 

“No, no, no, Samurái.” Intervino Scaramouche con melodioso tono. “Aún no he terminado nuestra conversación. ¿Todos los de tu estirpe carecen de modales? Ah, tal vez, es por eso que cuando asesiné a tu bisabuelo, que él...”

"¡Cállate!" 

Kazuha hizo uso de su pierna izquierda para tratar de apartarlo con una patada en el abdomen. Un golpe que ni inmutó a Scaramouche, es más, solo frunció el ceño. Alzando una ceja. Observándole con una expresión de, "¿en serio?" 

“Mi turno.~” El Fatui en un santiamén lo apresó con su mano libre del cuello y terminó por estamparlo bruscamente contra una pared. Creando rupturas en la misma por el impacto del cuerpo de Kazuha. “Debiste verlos, Samurái. Pidiendo clemencia, consternados, preguntándose cómo no fueron tan fuertes.... ¡Todos ellos eran tan débiles que destrozar sus huesos me generó PLACER!”

La presión en el fragil cuello de Kazuha se volvió más notoria. Obstaculizando la respiración. Los oscuros ojos violeta de Scaramouche resaltando un brillo de sadismo. No existía nada mejor que las expresiones de dolor en rostros ajenos antes de morir. “Muéstrame más. ¡Llora, súplicame, pídeme piedad! Por ser tú, el último en tu estirpe. Podría tener clemencia... Y darte una muerte gentil.”

Kazuha ahogó un grito ahogado. Colocando ambas manos alrededor de la de Scaramouche para apartarlo de su cuello con todo el esfuerzo y las energías que aún le quedaban. “J-Jamás.... Incluso si he... de morir aquí... Yo jamás...”

En su último aliento, Kaedehara manifestó su espada de energía anemo en la mano libre. Elevándola lo suficiente para dirigir el filo de la misma contra el rostro de Scaramouche. 

Pero en un parpadeo, uno que ni el mero ojo humano sería capaz de registrar, ambos se separaron. Cayendo Kazuha contra el suelo y recuperando el oxígeno en sus pulmones. 

Scaramouche, por su parte, se llevó un dedo al mentón, expectante. Cómo si restase importancia al asunto y mentalizara algo más importante. “Si, es así...” murmuró para sí mismo. Llevándose las manos al pecho e inclinarse para soltar una maliciosa carcajada.

“Ah, ah. ¡Fantástico... Fantástico...! Eres único en tu tipo, Samurái. Creo que me divertiré mucho contigo.” Explicó, finalizando por aproximarse al adolorido ronnin y darle una patada en el abdomen. Posterior a ello, se inclinó hasta estar a su misma altura. Tomándolo del mentón para obligarlo a mirarlo. Los ojos rojos de Kazuha cargados de un brillo que Scaramouche carecía. Sonrío divertido. “Me cautivas, Samurái. La pasaremos bien juntos. La siguiente vez que nos veamos, espero tu odio por mí haya crecido con tanto esmero que no puedas aguardar los días para asesinarme.”

Una vez se recuperó en postura para estar decidido a marcharse. La débil mano de Kazuha se aferró en dígitos a su tobillo. Impidiéndole el paso. “A-aguarda...” 

Por el rabillo del ojo, el Fatui lo analizó con descaro. “¿Hah...? ¿Sigues consciente incluso con tus costillas rotas?”

Pero los dedos magullados de Kazuha se aferraron al tobillo de Scaramouche como si su vida dependiese de eso. “Tú... te llevaste la sangre de mi familia... Me lo arrebataste... Todo. Incluso si el deseo de mi predecesor fue seguir adelante... ¡No puedo...!”

Hubo cierta fuerza en el agarre. Pero Scaramouche no pareció molestarse. Al contrario, estaba atento a las palabras sin sentidos de su enemigo. 

“No puedo olvidarlo.... Olvidarte. ¡Me siento egoísta porque en el fondo de mi corazón, contra su deseo, sé que nunca podré perdonarte...! Te buscaré hasta mi último aliento y Barbatos sea testigo de que jamás he de rendirme por ti... Así que... Incluso si nuestros destinos se encuentra a manos del otro... En otra vida...” añadió Kazuha, tratando de recuperarse del suelo. “En otra vida... Espero que podamos ser amigos...”

Las estrellas parpadean arriba en el cielo nocturno, puntitos de luz en un mar de oscuridad. Briznas de hierba le hacen cosquillas en la piel cuando entra una ligera brisa que trae el aroma de la salvia y las lilas. Hay una cierta quietud en el aire que es absolutamente impresionante. Scaramouche piensa que Kazuha le recuerda a alguien. Pero en el fondo de su vacío interior, le duele saber a quién. 

Kazuha comienza a tirar de su agarre, esperando una respuesta. Está la asfixiante negrura del dolor, un fuego crepitando en sus oídos, como si su brazo fuera a ser arrancado con más presión, su visión se arremolina en blancos y negros y se unen en chispas brillantes y estremecimientos de calor y luego... Se acabó.

El ceño fruncido de Scaramouche se profundiza, como si Kazuha estuviera actuando en un papel que es tan difícil de descifrar que está considerando darse por vencido. “Imbécil.”

Si Kazuha es como una tormenta cuidadosamente controlada, capturada en una botella de vidrio llena hasta reventar, Scaramouche es como un huracán: siempre en movimiento, girando de un lado a otro con trazos desordenados y un núcleo basado en la simplicidad. Están destinados a chocar y dejar destrozos a su paso. Kazuha nunca conocerá la sensación de la vida saliendo de una herida tan fácil como el agua, de una llama apagada por sus propias manos. El peso de una vida inocente entre sus dedos, lo simple que es poner sus pulgares en puntos de estrangulamiento, cómo la vida humana se compone de nada más que débiles ataduras físicas. Y en cierto modo—..

En cierto modo, Scaramouche se alegra. Hay una cierta fealdad en el mundo que él ha experimentado y vivido. Una fealdad que rompería el espíritu de Kazuha hasta el infierno y de regreso. Scaramouche ha vivido lo peor para expiar lo que había hecho, y aunque Kazuha es del bando contrario, hay...

Hay algo en él. Una luz, tal vez, que ciega a Scaramouche como la escarcha abrasada por los rayos de la mañana. No es sorprendente, y tal vez sea un poco cliché pero Scaramouche no tiene otras palabras para describirlo en ninguno de los muchos idiomas que conoce. Es un rayo abrasador de puro sol en sí mismo: sin fronteras, sin límites y sin entrenamiento, es probable que se queme. Cómo Icarus. 

Posee la misma energía que Katsuragi. Y es un sentimiento contradictorio que le genera hastio. Sabe que, en algún punto, al igual que Katsuragi, personas como Kazuha solo son aplastadas por la crueldad del mundo. 

Las estrellas son una mentira, y sin embargo, cuando Scaramouche reposa el cuerpo inconsciente del samurai contra una pared. Y dedica un breve momento para remover ciertos mechones de su cabello, ladeando su rostro con incertidumbre. Cómo si Kazuha fuese un espécimen raro ante sus ojos, cree, piensa, que como los cuentos de la Raiden Shogun, estrellas de Orión brillan en los ojos de Kazuha, y él se queda a la deriva, envuelto por una lluvia de luz de una galaxia propia. Hasta que se vuelvan a encontrar.

Dottore es excepcional en su labor. Un portador de sumo conocimiento, fanático del perfeccionamiento. Pero aquello no evita que cierto dolor punzante se manifieste en la anatomía de Scaramouche, quién, reacio gruñe por lo bajo. 

“Ya casi está hecho.” Mencionó el otro Fatui. Permitiendo que la gaza en la herida de la dermis de Scaramouche menguase el curso de la sangre. "Más, debo admitir de la sorpresa, que tu imprudencia en esta ocasión ha captado mi interés, Balladeer. Es la primera ocasión que logran herirte," mencionó, tono burlesco adherido en las palabras como si hiciera un descubrimiento fascinante.

El dolor es nada comparado con el vacío que Scaramouche siente dónde su corazón debería estar ubicado pero solo reina la nada. Una mano se lleva al pecho. “Creo que está latiendo...” 

“Sabemos que no necesitas mi opinión profesional para recordarte que careces de un órgano vital,” contrarrestó Dottore. Observando al menor en estatura con desconcierto. 

Pero una brutal carcajada escapó de los labios de Scaramouche, producto de la ansiedad y frustración en su ser, traviesas lágrimas traicioneras descendiendo por su faz. Heladas. Algo que desde hace más de 400 años no experimentaba. “Ah... Se siente como tal. Creo que estoy descompuesto. ¿Es posible? ¿Seré tan desiquilibrado como tú deseabas, Ei...? ¿Al final tenías razón?” 

Dottore ladeó la cabeza y finalizó por partir, dejándolo solo en su propia batalla mental. Fue allí, dónde Scaramouche se dejó caer en la camilla. Aún con la mano aferrada al pecho. Extasiado y sorprendido. Con la gnosis de la Omnipotente Shogun en su mano restante. Jugueteándola entre sus dedos, solo así, se permitió murmurar por lo bajo. Preso de un solo pensamiento.

 

“Kaedehara Kazuha. ¿Qué me has hecho...?”