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El día fue recibido con una tormenta mañanera que parecía querer atacar con granizo, truenos y viento a todo el pueblo, lo cuál, era extraño teniendo en cuenta que estaban a mitad del verano. Y un cielo así, que lucía capaz de causar una catástrofe y reducir los hogares a restos, sólo podía ser a causa de una persona a la que se le atribuía el clima en base a sus emociones.
« Algo debe estar mal con los Madrigal » , pensó la gente del exterior. Y tenían absolutamente toda la razón, al igual que la suerte de no haber amanecido entre los escombros luego de que Pepa se enterase que Bruno Madrigal, su hermano, había muerto.
Estaba dentro de Casita cuando pasó, y la primera persona que se dio cuenta, sin saberlo, fue Dolores.
Tres semanas atrás durante una cena, su hermano Camilo la vio intentando no llamar la atención de los demás en la mesa cuando levantaba el oído en señal de que había captado algo interesante.
Sin embargo, la expresión triste y preocupada en el rostro de la morena le dio una respuesta inmediata.
—¿El llanto otra vez?—Preguntó su hermano.
Ella asintió, y volvió a la mesa queriendo ignorarlo.
Su don de audición conllevaba saber mucha información que no le gustaba, y la mayoría de veces, se angustiaba porque las cosas que parecían ser graves no estaban a su alcance como para saber de donde provenían. Como, por ejemplo, aquel llanto que comenzó a escuchar a penas un par de meses atrás, y qué por más cerca que sonara, parecía tan lejano a la vez.
—Se lo diré a la abuela—Murmuró, mientras miraba de lejos a la anciana carcajeando con uno de sus yernos.
—¿Cerca de la celebración de Toñito?—Contestó Camilo refiriéndose a su hermano menor, y negó lentamente. Lo que menos necesitaba la mujer era ser responsable de un problema ajeno a su familia— Suerte con eso.
Dolores le dio la razón con su silencio y prefirió seguir con su plan de no hacer nada.
Sólo se lo había contado a Camilo, y ambos trataron de buscar al responsable de aquellos lamentos sin tener éxito. La verdad es que lo único que tenían era un patrón; sólo se escuchaba después de la cena y algunas veces, durante la madrugada.
Esa misma noche no hubo excepción. Sólo que esta vez fue diferente, Dolores despertó cuando escuchó el sonido de un corte que había percibido antes muchas veces; cuando su tía Julieta cortaba algo con lentitud para cocinar. Aunque dudaba mucho que lo estuviese haciendo a esa hora.
Poco después de aquello, hubo otro corte sin cuidado que trajo consigo un par de sonidos distintivos; una respiración pesada, y un goteo. Ambos coordinados, haciéndose cada vez más leves con el pasar de los minutos.
Hasta un último suspiro de alivió.
Después de ese día no volvió a escucharlo, y, siendo sincera, creyó que se sentiría liberada. Cuando le contó a Camilo, él mismo se mostró con un peso menos de encima ante un problema que no supo porque lo volvió personal. Simplemente... Se sintieron con la necesidad de involucrarse, y, ahora, pensaban que cualquiera que fuese la situación de la persona en cuestión, quizás se había resuelto y ahora tenía paz.
A diferencia de ellos, que tenían un nuevo problema en casa.
Julieta e Isabela fueron culpadas y presionadas hasta el cansancio, porque no veían de qué otra manera algo como esto podía ocurrir en Casita. Flores mal hechas —hasta peligrosas— o comida echada a perder eran la única respuesta lógica que se les venía a la cabeza del porqué del nauseabundo olor por el pasillo de arriba. Definitivamente, por más rosas de agradable olor que Isabela produjera, absolutamente nada cambió y la abuela se hartó cuando se volvió casi imposible estar ahí.
Ni siquiera Casita pudo darle la respuesta por más que se esforzara en hacerlo. Sólo fue hasta que Toñito, gracias a su don recién recibido, pudo darle un mensaje:
—Las ratas están angustiadas—Le dijo a su abuela mientras la guiaba detrás de un par de roedores frente a él—, quieren que lo encuentres.
La abuela le hizo caso sin saber a qué se refería, y ambos fueron llevados hacía un cuadro que Luisa se encargó de bajar.
Había un hoyo ahí, y aquel olor parecía ser peor ahí dentro. Absolutamente toda la familia presente se quejó.
No pasaron ni dos segundos para que la abuela quisiera echar culpas tanto a Camilo como a Mirabel. Se enfocó especialmente en la última, y discutieron hasta que la misma joven dijo que para demostrar su inocencia, entraría ahí, pero que le quedara claro que seguramente se perdería porque no tenía ni idea de que era este sitio.
Cuando estuvo a punto de hacerlo para probar su punto, la misma mujer mayor la detuvo y entró por su propia cuenta para solucionar los problemas como siempre. Todos la vieron entrar con aquella postura obstinada dispuesta a mostrar su mandato.
Hasta qué, más adelante, lo encontró.
Aquel grito de dolor que soltó le causó escalofríos a absolutamente todos en la casa. Agustín y Félix la habían acompañado, y fueron ellos mismos quienes se encargaron de que absolutamente nadie más entrara, por más preguntas e histeria que hubiera.
Pepa, en cambió, forzó su camino, y fue cuando el caos se desató.
Camilo la siguió por detrás, y justo lo acompañó su padre. Ambos fueron manejados por la adrenalina, pero ni aún así lograron llegar para detenerla a tiempo. Sólo la vieron quedarse quieta, en el marco de la puerta del aparente hogar sin hacer nada.
Una nube de calibre peligroso comenzó a formarse lentamente por encima de ella.
— Mi vida , por favor—Susurró Félix con calma. La tomó de los hombros y la abrazó al sentir que temblaba. Ella no lo rechazó. Los ojos los tenía llenos de lágrimas.
El adolescente volteó hacía dónde miraba su madre y se percató que había un cuerpo de espaldas ahí. Específicamente, y sí su memoria no le fallaba, el del tío Bruno.
Se le ocurrió adentrarse, y mirar desde el otro lado. No creyó que fuese real hasta que lo vio de frente, recostado sobre el suelo como abrazándose a sí mismo, con una foto de su familia al lado.
Y la sangre fue lo que hizo que él también comenzará a temblar. Recordó lo que Dolores le había contado y absolutamente todo coordinaba. Su hermana había sido testigo sin saberlo.
El tiempo pareció detenerse, y su cerebro dejó de funcionar. De fondo escuchaba las voces de su familia, incluido el llanto desesperante de la abuela Alma. A la que jamás había escuchado llorar así. Pero, no pudo salir de ahí como una persona normal hubiese hecho, pareció entrar en un estado en el que su cuerpo se movía de manera automática y se puso a revisar todo a los alrededores, mirando todo menos a él .
Necesitaba respuestas.
Se encontró con una de sus visiones; la tomó y la revisó, era toda la familia Madrigal reunida incluyéndolo a él, al rechazado.
—¡Camilo!—La voz de su padre le llegó por sorpresa. La predicción cayó de sus manos y se rompió en fragmentos bajo el suelo.
De todas maneras esa visión no es cierta, Bruno Madrigal está bajo sus pies y se ha suicidado.
Félix lo sacó de ahí junto con su madre. Y después de ese día, no fue una sorpresa que Camilo se quedara traumatizado y haya perdido la habilidad de dormir. Al final, decidieron que todos los primos y hermanos dormirían en una misma habitación, y aunque esto tendría que volverlos más unidos, no se sintieron para nada así. Casita se veía apagada. Los adultos se veían apagados. Nadie hablaba con nadie sobre lo ocurrido, a excepción de Toñito que tenía muchas preguntas que absolutamente nadie quería responder.
Era demasiado joven como para comprenderlo, Camilo era su fiel confidente ante todo, pero, ¿Cómo le explicas eso a un niño? ¿Qué una persona sea capaz de atravesar por tanto dolor hasta llegar a realizar un acto así? Ni siquiera ellos podían entenderlo, pero sí había algo que compartían era la misma pregunta...
Bruno está muerto, y el mundo no se ha detenido. ¿Por qué no se detiene? ¿Por qué sí miran hacía afuera todo parece tan normal? Mientras que dentro de Casita todo parece tan callado y sin vida.
—Camilo—Lo llamó Dolores entrando a la habitación compartida—, la abuela te necesita.
Alma se había rehusado a salir de la cama, y eventualmente se quedó sin lágrimas para derramar. Todos sabían que tuvo que convertirse en una mujer fuerte para sacar adelante a su familia, y creía que entre más rápido le brindará duelo a su hijo, podría volver a ser esa misma matriarca a la que nadie miraba con tristeza.
Por eso tuvo esta idea.
Camilo entró a la habitación convertido en Bruno. Ya no era la bestia que el chico solía representar cuando hablaba de él, simplemente era aquel hombre que siempre fue, sencillo, tímido y noble. El hijo de Alma Madrigal que jamás la abandonó como ella creyó y estuvo entre las paredes protegiéndolos.
Pronto la mujer se dio cuenta de lo equivocada que estaba al creer que podría olvidarse de él tan pronto. Era imposible, ¡Este frente a ella no es su hijo! No es Bruno. Bruno ya no está, y aunque haya querido decirle mil cosas, él jamás las va a escuchar. Jamás va poder decirle la perdone por no haberlo protegido.
Había perdido a su esposo, y ahora perdió al único recuerdo suyo que le quedaba; su hijo. No podía pensar en él, y una vez más, se rehúso a mirar a Camilo; que para éste entonces volvió a ser él mismo. Detestaba hacer esto porque todavía tenía esa última imagen de su tío en la cabeza. Sufría demasiado al esforzarse en no pensar en ello porque seguramente su don le haría una mala jugada. Al salir de la habitación él mismo lloró un poco antes de encontrarse a Julieta junto a Isabela dejando flores por debajo de dónde pasó todo. Su tía lo abrazó porque por el momento, ella tuvo que jugar el papel de madre para todos.
En tanto a Pepa... Ella se rehúso a hablar. Sus hijos no la habían visto en días, y sólo sabían que estaba a salvo porque su padre estaba con ella muy lejos de casa.
A salvo no es lo mismo que bien; el clima parecía igual que el día del acontecimiento. Nublado, triste, y pareciendo que una tormenta estaba a punto de estallar y llevarse todo a su paso. Al igual que quien lo causaba. Pepa no había llorado, y todos podían entender por qué. Ella no podía llorar. Quería hacerlo, quería tirarse al suelo, llorar y gritar hasta que pudiese deshacerse de ese dolor en su pecho que no la dejaba vivir. Pero, ¿Cómo podría ser capaz de hacerlo? Cualquiera de esos sentimientos no sólo la ponían a ella en peligro, sino a todos a su alrededor.
Tenía que guardárselo y aprender a vivir con ello.
No podía pedirle a su hijo lo mismo que su abuela. No terminaría bien, y además, Pepa no quería hablar sobre Bruno. En realidad, quería hablar con Bruno. Decirle que lo sentía, y que por favor, volviese a casa.
Aunque, bueno. Bruno siempre estuvo en casa.
