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Siempre le gustaron las rosas.
Olían como su madre, aquel perfume que conservaba y del cual utilizaba apenas unas gotitas cada día que salía a trabajar a la lavandería, el perfume que convenció de no vender aún cuando su estomago rugía de hambre, aquel perfume que siempre que se ponía sonreía recordando tiempos felices. Aquel perfume cuyo aroma jamás olvidaría.
A medida que se limpiaba los labios con su pañuelo los pétalos de rosas brotaban de estos, ahogándolo de forma tortuosa con su fragante aroma primaveral.
Siempre se había odiado a si mismo, a su vida, a su destino.
¿Acaso tendría que morir así? De una forma tan patética y cursi.
El golpe suave en la puerta le trajo de vuelta a la realidad, estaba en los baños de la academia tras haber sufrido un repentino ataque de tos en clase solicitó permiso para ir al tocador y ahí estaba, mirándose al espejo en silencio.
Un pétalo de rosa pegado en su labio inferior mezclado con sangre bebió un poco de agua para pasar el sabor metálico de su boca queriendo olvidar su enfermedad lo más pronto posible.
A diferencia de enfermedades como la que asesinaron a su madre, las cuales no tenían cura esta era fácilmente tratable, el problema era que la cura en sí era imposible. Lo sabía desde el fondo de su corazón, lo sabía cuando se acostaba con algún chico de contextura similar que encontraba del otro lado de la ciudad, lo sentía en el estomago cada vez que lo veía.
Jonathan Joestar.
Debió deshacerse de el cuando tuvo la oportunidad, pero ahora mismo el heredero Joestar era su perdición, así como la cura a sus dolencias.
Con una palabra, un simple sentimiento podría curar todos sus males, así como calmar su corazón, podría hacer que estuviera a sus pies mientras intentaba ser alguien decente, alguien que estuviera a la altura y que pudiera amar.
Pero era tarde ya, siete años tarde. Los actos que cometió en la preadolescencia quedarían grabados a fuego viviente en la memoria de quien era su hermano ahora, el incesto no le preocupaba porque técnicamente moviendo sus habilidades y convenciendo a Lord Joestar podría fácilmente cancelar todo aquello de la adopción.
Ni siquiera se veían como hermanos.
En el fondo sabía que Jonathan aún recordaba como arruinó su felicidad.
Y Dio en el fondo comprendía que esto era su castigo. El castigo que había conseguido por haber nacido malvado, por sus acciones, por sus mentiras.
Así que cesó todo sus planes de tomar la fortuna Joestar, ¿de que le serviría una vez muerto? George Joestar tenía más salud que el mismo.
Todo se fue al demonio en la cena.
Estaba jugando disimuladamente con la comida, comiendo pequeños bocados para evitar vomitar.
—¿Has pensado en casarte, hijo? —preguntó el señor Joestar.
Ambos ya estaban graduados, Dio ejercía como abogado en una firma de Liverpool mientras que Jonathan trabajaba en los negocios familiares mientras se preparaba una excursión a Egipto.
Ante la pregunta, Jonathan enrojeció levemente para rascarse la nuca con cierta vergüenza.
—He estado intercambiando correspondencia con una señorita londinense, Lady Margaret. —respondió. —Es una joven brillante, viajo a Francia donde estudio medicina y ahora es una doctora bastante reconocida y amable, planea ir a África en un par de meses para ayudar, planeamos encontrarnos en El Cairo cuando viaje a Egipto.
El señor Joestar sonrió satisfecho mientras Dio se llevaba una mano a los labios, los ojos se le pusieron llorosos mientras una cantidad exorbitante de pétalos escapaban de entre sus dedos.
Se levanto abruptamente de la mesa en el momento que sangre también comenzó a salir, manchando el mantel blanco de aquella elegante mesa y salió corriendo rumbo a su cuarto, dejando un rastro de sangre y pétalos de rosas tras de sí.
Una vez tumbado en la cama boca abajo ignorando los golpeteos en la puerta derramo finalmente unas lagrimas que no sabía exactamente si se trataban por el dolor u a causa del corazón roto que hace un momento Jonathan había destruido.
Una vez se hubo calmado se sentó correctamente en la cama para meditar sus acciones, de la mesita de noche saco una carta y la dejo sobre este con destinatario a el señor Joestar y Jonathan.
Camino al baño escupiendo pétalos de rosas y sangre, lleno la bañera con agua helada y se metió sin dudarlo, con el abrecartas en la mano realizo cortes verticales en sus brazos, recordando como una vez se lo habían dicho en los barrios bajos, recordando la gente que se había suicidado en los barrios bajos.
El agua fría le entumeció el cuerpo y prontamente el dolor en sus brazos fue siendo opacado por la tos repentina que los pétalos le producían, tos que disminuyo hasta que su respiración cesó.
Jonathan tenía un mal presentimiento, aunque su padre le dijo que lo dejará ser no podía apartarse de la puerta, había escuchado el sonido de la bañera junto a su padre quien dedujo que el rubio opto por darse un baño, sin embargo, el malestar en su pecho no hizo más que persistir.
Decidido a seguir su instinto choco contra la puerta del dormitorio del rubio, con la misma fuerza que realizaba placajes en la academia cuando jugaba rugby.
La habitación era un desastre, las sabanas tenían manchas de sangre por doquier junto con pétalos ensangrentados en el piso y en la cama, los pétalos iban rumbo al baño, pero el piso estaba mojado. El agua seguía corriendo mientras el pánico de Jonathan aumentaba, su ritmo cardiaco estaba acelerado cuando abrió la puerta del baño encontrándose con la horrorosa escena.
Exclamo con fuerza su nombre, llamo a su padre, a los sirvientes mientras intentaba hacer presión con la chaqueta sintiéndose inútil por no poder formar un tabique para detener la hemorragia.
Los brazos de Dio derramaban sus ultimas gotas de sangre mientras de su boca emergía un pequeño botón de rosa roja.
Todo el mundo se movilizo para atenderlo, las sirvientas lograron hacer un tabique sin embargo cuando lo lograron no había sangre que detener.
Jonathan sostenía la mano inerte de Dio mientras lloraba viéndolo tendido en la cama desastrosa rodeado de pétalos de flor.
[…]
Habían pasado tres meses ya desde el funeral. Jonathan decidió quedarse en Liverpool, no tenía ánimos de viajar ni encontrarse con nadie, la salud de su padre empeoró de forma drástica, siquiera tenía ganas de levantarse de la cama por lo que tuvo que hacerse cargo de los negocios familiares.
La mansión se sentía solitaria, se había acostumbrado a ver al rubio maldiciendo en la biblioteca mientras redactaba un escrito, a su sarcasmo, a su ironía y su maldad ahora solo se paseaba cual fantasma por el lugar pensando en que Dio se había suicidado para arruinar su vida otra vez.
A veces la idea le encolerizaba, pero tras fumar un rato se tranquilizaba.
La carta argumentaba que llevaba tiempo esperando el momento propicio para cometer suicidio, que estaba tratando de soportar lo más posible su enfermedad hasta que no hubo remedio y en lugar de morir ahogado por un ramo de rosas prefirió morir de forma que aún pudiera respirar por sí mismo.
Jonathan sentía que, si bien la carta decía la verdad, no la mencionaba toda.
Suspiro con la pipa en sus labios, era medianoche y tenía pesadillas otra vez al ver el cuerpo inerte de Dio, hermoso pero muerto en el agua con cientos de pétalos flotando a su alrededor.
Apagando la pipa decidió enfrentar a sus miedos.
Con candelabro en mano subió las escaleras hasta la habitación de Dio, donde habían colocado una puerta nueva luego de que había destruido la anterior, entro en el lugar y encendió las luces con su candelabro viendo el lugar completo.
La cama había sido hecha como si se estuviera esperando a su dueño, sabanas limpias, pero aun conservando el aroma a rosas de aquel día junto a toda la habitación.
El escritorio estaba intacto, tal y como el rubio lo dejo antes de partir. Escritos judiciales, libros de derecho, apuntes y lápices.
La mesita de noche también fue dejada como tal, tras haber encontrado la carta.
El baño estaba limpio como el hubiera querido, ni rastro de lo sucedido en aquel lugar, la habitación estaba perfecta, pero se sentía demasiado vacía.
Se sentó en la cama en silencio, mirando sus pies ensimismado con las manos temblando cuando vio algo brillando dentro del cajón. Curioso se atrevió a cogerlo, encontrando su antiguo reloj de bolsillo y una carta dirigida a su nombre bajo este.
“Jonathan”
Dejaré las formalidades de lado, esto es importante. Estoy destrozando mi orgullo con esta carta, pero antes de morir me gustaría que lo sepas.
Lo siento. Siento haber arruinado tu vida cuando niños, sé bien que sabes a que me refiero. Así como yo se que esto no arreglara nada, no traerá de vuelta a Erina ni a Danny, sin embargo, por minúsculo que sea te devolveré tu reloj de bolsillo, jamás lo utilice o rompí, todas las noches le daba cuerda. Es un buen reloj. Cuídalo.
Ahora viene lo vergonzoso. No se como decirlo. De hecho, ni siquiera sé cómo paso, pero estoy enamorado de ti, con toda mi alma, con todo mi corazón.
Y si, me estas matando lentamente pero no es tu culpa. Nunca fue tu culpa, solo mía. Quizá, de no haber sido un desgraciado podría tener una oportunidad de tener tu corazón, pero me atengo a las consecuencias.
Por eso, te escribo esto porque quiero que sepas que te amo, y seguramente siempre te amaré.
Las velas se habían derretido por completo cuando Jonathan cayó dormido tras derramar un largo llanto, abrazando la carta contra su pecho mientras el aroma de rosas inundaba el lugar y pensaba que Dio era una rosa.
