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Sweet dreams, kit

Chapter 2: Dulces sueños, kit

Summary:

(español) Gobbles y Kit descubren que quizá no tienen que cargar con sus pérdidas solos.

Notes:

es la misma historia pero en español, espero les guste :3

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

Había frío… o al menos Gobbles lo sentía así. No habían logrado llegar a la base principal de Farcade, y lo único que tenían ahora era la calidez del interior de “The Nimble”, lo bastante amplia como para pasar la noche, pero nunca lo suficientemente cómoda.

Estaba tendido en el suelo metálico, helado hasta los huesos, incapaz de conciliar el sueño. Cerraba los ojos y el descanso nunca llegaba; en su lugar, aparecían las mismas imágenes una y otra vez: sus amigos siendo destruidos, cuerpos corrompidos, su mundo desmoronándose en silencio.

Su respiración se volvió pesada, cada inhalación se sentía como si arrastrara plomo dentro de su pecho. Y en esa oscuridad incómoda, el descanso parecía más lejano que el propio amanecer.

Levantó la vista, buscando algo que lo sacara de sus propios recuerdos y pensamientos por un momento.

A través de las ventanas, el espacio se extendía como un abismo silencioso: infinito, frío y hermoso a la vez. Estelas de colores chirriantes cruzaban la oscuridad, y estrellas lejanas derramaban una luz tenue que apenas alcanzaba a rozar el interior de la nave.

En una de las sillas estaba el robot, “descansando”. O al menos, imitando el descanso.
Era el mismo sujeto que en cada misión; fuera de reconocimiento o rescate.
Insistía en llamarlo lagarto inútil que solo estorbaba. Y aun así, al final de cada operación, terminaba dándole una breve mirada de aprobación, como si su opinión nunca fuera del todo estable.

Gobbles no sabía si era sarcasmo, mal humor o simplemente una personalidad bipolar… pero tampoco lo juzgaba. Había aprendido a observar en silencio, a ver cómo arreglaba la nave con una precisión casi impecable. Era irritante, sí, pero también admirable. Especialmente considerando que todo había empezado con el pie izquierdo.

Le había permitido, no hacía mucho, acceder al sistema de seguridad de la nave para que Gobbles pudiera repararlo. No era algo que hiciera a la ligera, y por eso mismo su sorpresa fue evidente cuando el aprendosaurio logró replicarlo con precisión, tal como él lo había hecho en ocasiones anteriores.

No hubo felicitaciones. Tampoco una sonrisa. Solo una mirada, breve pero cargada de sorpresa.

Esa reacción no pasó desapercibida.

A un lado, la chica gata que observaba la escena soltó una risa burlona, cruzándose de brazos mientras lo señalaba con diversión.

—Parece que el alumno superó al maestro —pronunció divertida de la situación.

Las facciones de Kaboodle se tensaron de inmediato. Frunció el ceño, incómodo, casi ofendido.

—No es para tanto. Hay cosas que todavía necesita mejorar… —respondió con firmeza—. Además, eso solo demuestra que tengo un gran método de enseñanza.

Intentaba sonar seguro, incluso superior, pero el recuerdo ya estaba marcado: no como una derrota, sino como una grieta diminuta en su habitual certeza. Y aun así… era un recuerdo extraño, tal vez era agradable.

Por alguna razón, aquello le dejaba una sensación cálida en el pecho. Recordar la risa de su compañera le provocaba una inquietud extraña, como si ese pequeño momento hubiera dejado una marca más profunda de lo que quería admitir.

Giró con suavidad, saliendo de sus pensamientos, y miró la silla contigua.

Ahí estaba ella.

Kit.

Una chica gato de mirada viva y un corazón demasiado grande para el caos en el que vivían. Fue ella quien le tendió la mano cuando su mundo se desmoronaba frente a sus ojos, cuando lo perdió todo en un solo instante. Sin muchas explicaciones, lo condujo a la nave. Lo sacó de entre los restos de lo que había sido su vida.

Y nunca le dio una razón clara.

Quizá fue culpa. La idea de haber llegado demasiado tarde antes de que él terminara su “juego” y aquello desencadenara la explosión de su mundo. O quizá solo empatía, de esa que no se piensa demasiado antes de actuar, empatía por saber lo que se siente perderlo todo.

Gobbles no lo sabía.

Y, en el fondo, tampoco estaba seguro de querer saberlo. Solo entendía una cosa: no había motivo lógico para que alguien ayudara a un desconocido así, ofreciéndole refugio y calma cuando lo había perdido absolutamente todo… y aun así, ella lo hizo.

La admiraba. En más de un sentido.

Era impresionante verla en combate, enfrentándose a los agentes de Syntax junto a Kaboodle, que en esos momentos se convertía en una armadura viviente. Kit se movía con una agilidad casi imposible: esquivaba golpes, proyectiles y cualquier cosa que intentara alcanzarla como si el campo de batalla fuera un lugar que ya hubiera aprendido de memoria. Para Gobbles, verla pelear era un espectáculo en el sentido más puro de la palabra.

Y no solo eso.

También admiraba la forma en que cuidaba a otros como él. A los que habían perdido algo irreemplazable. Como cuando acogió a Flappers, su amigo delfín, que ahora dormía plácidamente cerca suya mientras Gobbles seguía despierto, perdido en sus pensamientos sobre ella.

De verdad la admiraba… quizá demasiado. ¿Era algo malo? No creo que sea así.

Porque Kit no solo era fuerte. También era bonita. Gobbles no encontraba una forma más precisa de decirlo, así que la comparaba con un girasol: brillante, cálida. El color amarillo parecía hacer que su pelaje color caramelo resaltara aún más, como si la luz misma la eligiera para posarse sobre ella.

Su pelaje, se veía… suave.

Ese pensamiento lo desconcertó.

Parpadeó, como si pudiera borrar la idea de su mente ignorándola, pero no se fue. Solo se quedó ahí, insistente, obligándolo a notar algo peor: que ya no estaba describiendo lo suficiente. Que había más detalles, más cosas en ella que su mente quería capturar… y aun así, sentía que ninguna palabra alcanzaba.

Bonita… sí. No le daba vergüenza admitirlo.

Valiente… también. Mucho más que él.

Agradable… por supuesto.

Pero aún faltaba algo.

Claro que la conocía. O al menos eso creía. Pero no tanto como le gustaría. Su relación se reducía a conversaciones breves entre misiones, intercambios rápidos entre el ruido del trabajo y el cansancio del después.

Y aun así… siempre sentía que había más.

Más capas. Más matices. Como si Kit fuera alguien que nunca terminaba de mostrarse del todo, o como si él no hubiera aprendido todavía a verla completa.

¿Algo más que admirar?

No lo sabía.

Solo entendía una cosa con una claridad incómoda: quería conocerla más. No por obligación, ni por utilidad dentro de la tripulación. Era algo distinto, más difícil de justificar.
Una necesidad silenciosa.

Quería entender a su compañera gatuna, saber más de ella, como si al hacerlo también pudiera mejorar él mismo, volverse más útil, más digno de estar ahí.

Quizá eso era todo…

O quizá era solo la excusa más fácil que su mente había encontrado para no admitir lo que realmente estaba empezando a sentir.

*Beep Beep Beep*

La pantalla frente al asiento de copiloto brillaba en verde mientras la alarma insistía con su tono constante. Kit reaccionó de inmediato, estirando la mano para apagarla con rapidez, soltando un suspiro por lo bajo apenas lo hizo.

Gobbles la observó desde su lugar.

Fue un instante breve, casi accidental, pero suficiente para verlo: sus ojos, el leve temblor en sus movimientos, la forma en que su cuerpo reaccionaba como si ya estuviera acostumbrado a ese tipo de interrupciones.

No estaba dormida.

Como él.

Siempre era lo mismo.

No era la primera vez que la encontraba así, despierta antes de tiempo, como si el sueño la rechazara. A veces apenas cerraba los ojos y volvía a despertarse de golpe, respirando con dificultad, como si algo dentro de ella la empujara fuera del descanso.

Kaboodle solía preguntarle si había vuelto a soñar lo mismo. Ella respondía con silencio o con una mirada cansada seguida de un sentimiento amargo.

Y Gobbles… solo observaba.

Quería entenderlo.

¿Qué era ese sueño que se repetía?

¿Podría ayudarla si lo supiera?

¿Sería algo parecido a lo que él veía cuando cerraba los ojos?

No lo sabía.

Pero sí sabía otra cosa, algo más simple y más pesado: su compañera estaba agotada. Y por más que intentara ocultarlo, el cansancio ya se le notaba en cada gesto, en cada pausa, en cada pequeño segundo en el que fingía estar bien.

Aún faltaban unas horas para llegar a la central de Farcade. Quizá por eso la alarma había sonado con tanta insistencia: recordatorio de turno, de ruta, de que el viaje seguía.

Gobbles quiso apartar esas preguntas de su mente… pero no pudo.

Ver a su compañera así, cansada, negándose incluso a tomar una siesta breve mientras los demás dormían, le generaba una incomodidad difícil de explicar. No era justo. Ella también merecía cerrar los ojos sin miedo, aunque fuera por unos minutos. Aunque fuera solo para dejar la mente en blanco.

Se incorporó lentamente desde el suelo metálico.

A un lado, su compañero delfín dormía en una postura anatómicamente imposible para un ser acuático. Gobbles lo miró un segundo, dudó, y terminó por ignorarlo… aunque aun así le acomodó la manta que estaba a su lado, cubriéndolo con cuidado.

Luego tomó su propia manta.

Y con un pequeño impulso, se acercó a Kit.

En un salto breve, le colocó la tela sobre los hombros.

Las orejas y la cola de la gata se erizaron al instante. Sus ojos, marcados por el cansancio, lo buscaron con sorpresa, como si no hubiera esperado ese gesto.

Y aun así… sonrió.

Una sonrisa suave, agotada, pero genuina.

—Lo siento, Gobbles… te desperté. No programé bien la alarma. Perdón —dijo en un susurro, cuidando de no romper el silencio de la nave.

Gobbles negó con la cabeza de inmediato.

—N-no te preocupes… yo tampoco he podido dormir bien. No fue tu culpa —respondió, devolviéndole la sonrisa con algo de torpeza.

El silencio que siguió no fue incómodo.

Fue distinto. Agridulce, como si el espacio entre ambos no necesitara ser llenado con palabras.

No había mucho que decir. Y Gobbles no quería forzar preguntas, ni romper ese momento con dudas al azar o con curiosidad mal colocada. No quería incomodarla… ni provocar otra reacción como aquella misión en el mundo de Flappers.

Así que simplemente se quedó ahí.

Respetando el silencio.

Kit desvió la mirada hacia el ventanal.

Y el universo se abrió frente a ellos.

Gobbles lo veia maravillado, era hermoso. Inmenso. Lleno de colores y luces que parecían moverse sin prisa, como si el tiempo ahí fuera diferente, pero…

Gobbles no miraba el espacio a través de la ventana de la nave… miraba el reflejo en los ojos de Kit.

Pequeños desde su altura, sí… pero en ese instante parecían contener algo más grande que la nave, más grande que el viaje mismo. Como si dentro de ellos hubiera galaxias enteras esperando ser vistas con calma, apreciadas con un alma desnuda.

 

—Debes estar cansado después de la misión de reconocimiento —dijo Kit, sin llegar a mirarlo directamente—. Nunca habías estado en un shooter. Debió ser complicado… aunque te adaptaste rápido.

Lo decía con naturalidad, pero evitaba su mirada a propósito. Gobbles lo notó. Era evidente que no quería que él viera las ojeras que insistía en negar, como si admitir el cansancio la hiciera menos capaz.

—Ah… sí, fue fácil con tu ayuda —respondió Gobbles, rascándose la nuca con cierta vergüenza—. Quiero decir… tienes mucha experiencia. Imitarte me ayudó bastante.

Kit soltó un bufido suave, halagada pese a todo.

—Deberías dejar de darme el crédito de todas las misiones —respondió ella, cruzándose de brazos—. Kaboodle va a seguir llamándote “lame botas”. Eres un aprendosaurio, obviamente vas a aprender rápido. Así que… date algo de crédito también.

Gobbles se quedó en silencio un segundo, procesándolo.

—Tienes razón… —dijo al final, con una risa suave—. Somos un buen equipo.

La frase quedó flotando entre ambos. Como una declaración de afecto.

Kit sonrió y, como siempre, hizo aparecer una cajita de jugo entre sus manos. No parecía algo práctico ni necesario en medio de una nave en reposo; más bien era un gesto repetido, casi instintivo, como si le gustara hacerlo sin pensarlo demasiado cada vez que veía a Gobbles… estuviera bien o mal.

El aprendosaurio tomó la caja con cuidado.

Y entonces la vio.

Más de cerca.

Las ojeras de Kit eran más marcadas de lo que aparentaban a distancia. Sus orejas, normalmente vivas, descansaban caídas contra su cabeza. Su sonrisa seguía ahí, sí… pero era una sonrisa que no terminaba de sostenerse sola. Había algo detrás de ella: cansancio acumulado, silencios largos, la costumbre de fingir que todo estaba bajo control.

Seguía siendo bonita, claro.

Pero cansada.

Y a Gobbles le pareció injusto.

Injusto que alguien que se esforzaba tanto en cada misión, que cargaba con los demás sin pedir nada, no pudiera permitirse ni siquiera una sonrisa completamente sincera.

Sin decir nada, ajustó la caja en sus manos, metió el popote en el orificio y se la ofreció de vuelta a Kit.

Era un gesto simple entre ellos. Uno que él ya había repetido antes cuando sentía que ella lo necesitaba más que él.

Kit lo entendió de inmediato.

Y aceptó.

Quizá habría preferido algo más sustancioso, un buen perro caliente con mostaza para recuperar energía de verdad, pero no iba a rechazarlo. No era solo jugo. Era otra cosa. Un tipo de cuidado silencioso que ninguno de los dos sabía nombrar, pero que ambos reconocían.

Bebió un poco.

Pequeños destellos verdes aparecieron alrededor, como si el cuerpo respondiera más a la intención que al líquido. Sus orejas dejaron de estar tan aplastadas, levantándose apenas.

Aun así, las ojeras no desaparecieron.

Y el recuerdo de su mundo tampoco.

Porque había cosas que ningún objeto podía devolver… nada de lo que se había perdido realmente.

—Te ves cansada, Kit —dijo Gobbles.

La mencionada apartó la mirada hacia la ventana de la nave, como si el espacio pudiera servirle de escondite otra vez. A Gobbles no le gustó ese gesto… pero tampoco insistió. No quería presionarla.

—Solo estoy un poco cansada —respondió ella, con voz baja—. Dormiré cuando lleguemos a la base de Farcade.

Dijo eso sin mirarlo. Tomó la esquina de la manta que él le había ofrecido y la levantó apenas, como si pudiera usarla también para cubrirse el rostro.

Gobbles se acercó con cuidado.

—¿Hay algo que pueda hacer por ti?

Apoyó su mano sobre la de ella. Su toque fue leve, medido, como si tuviera miedo de romper algo invisible. No era invasivo. Solo quería que supiera que estaba ahí.

El silencio cayó entre ambos.

Esta vez no era el silencio cómodo del espacio.

Era uno frío.

Pesado.

—No es asunto tuyo, Gobbles —dijo Kit al fin, un poco más fría de lo que pretendía—. No creo que puedas hacer mucho —dijo ella melancólica.

El golpe no fue fuerte… pero sí preciso.

Y en su cabeza, Kit lo sintió de inmediato. Porque no era rabia lo que hablaba, era defensa. Un reflejo. Cada vez que rozaba el tema, su mente se llenaba de imágenes que no pedía: su mundo, su familia, los últimos segundos antes de que todo se rompiera y desapareciera. Y después… el vacío.

No quería repetir eso. No quería hacerlo frente a nadie.

Mucho menos frente a él otra vez.

Gobbles lo entendió.

No insistió.

El agarre no fue correspondido.

Así que soltó un pequeño suspiro.

—Entiendo… lo siento, no debí tocar el tema —dijo con sinceridad, bajando un poco la mirada—. Solo… quiero que sepas que estaré aquí para ti, ¿ok? Lo prometo.

Le dedicó una sonrisa suave, honesta, sin exigir nada a cambio.

Empezó a retirar su mano.

Pero entonces… Kit no lo dejó.

Sus dedos volvieron a cerrarse sobre los de él, con un gesto leve, casi automático. No fuerte. No firme. Más bien como un reflejo de alguien que no quiere quedarse sola aunque no sepa cómo decirlo.

Su pulgar trazó un pequeño círculo sobre su palma, un agradecimiento silencioso sobre las escamas de su mano.

Lento.

Inconsciente.

Y en ese gesto mínimo, el frío de la nave dejó de sentirse tan absoluto.

 

El agarre entre ambos se mantuvo unos segundos más.

Las mejillas de Gobbles, de su tono natural, se sentían más cálidas de lo normal. No era solo el contacto; era la cercanía. Era la forma en que todo había cambiado sin que ninguno de los dos lo hubiera planeado. Kit también tenía un leve rubor, apenas visible entre su no tan espeso pelaje, pero suficiente para delatar que no estaba tan serena como quería parecer.

—Gracias, Gobbles… —murmuró ella—. Yo… no quise decirlo de esa forma. De verdad eres mucho más valiente que yo.

Su mano seguía ahí. No lo soltaba.

Y eso, de alguna forma, la mantenía estable. Sus orejas, poco a poco, dejaban de estar tan rígidas.

—No tienes por qué disculparte —respondió él, un poco nervioso, pero más tranquilo al verla así.

Kit soltó una risa suave.

Pequeña. Real. Frágil.

Luego se levantó con cuidado y, sin pensarlo demasiado, se arrodilló frente a él para igualar su altura. Antes de que Gobbles pudiera procesarlo del todo, lo rodeó con los brazos.

Un abrazo.

Sincero. Directo. Dulce y suave.

Gobbles se quedó quieto un segundo, sorprendido. Luego, lentamente, devolvió el gesto, con cuidado, como si temiera romper algo delicado. Su mano se apoyó con suavidad en su espalda.

Podía sentir el calor de su pelaje. La cercanía. La realidad de que ella estaba ahí, no como una idea, no como una compañera lejana… sino como alguien vivo, cansado, humano en su dolor.

Kit, por su parte, parecía por fin permitir que el ruido bajara.

—Extraño a mi familia… a mi mundo —dijo en voz baja, con la mejilla apoyada en su hombro—. Cada vez que intento dormir, veo la última vez que estuve con ellos… el sabor de las pizzas de mi papá, los abrazos de mi mamá, las charlas de Scratch… perdí todo eso por mi culpa, yo… lo provoque.

Su voz se quebró apenas, pero no cayó.

No del todo.

—Solo… no sé cómo procesarlo, Gobbles.

Sus ojos estaban húmedos, cristalinos, pero no al borde del colapso. Era otra sensación, no sentía que cargaba con eso sola.

 

Gobbles apretó el abrazo con más firmeza, sin llegar a hacerle daño, como si por fin entendiera que no tenía que ser cuidadoso con cada emoción.

—Lo entiendo… —dijo en voz baja—. Debió ser muy duro para ti.

Kit no respondió de inmediato. Solo se aferró un poco más.

—No mereces sentir eso —continuó él—. No fue tu culpa. Hiciste lo que creíste correcto. Eso es lo que te define… eres valiente, decidida a salvar a los demás. Ahora eres la protectora de miles de vidas.

Su voz tembló apenas, pero no se detuvo.

—No eres la culpable de nada. Para mí… siempre serás mi heroína.

Kit se quedó quieta un segundo.

Y luego, el peso que había estado cargando en silencio durante tanto tiempo empezó a romperse.

Su respiración se agitó, pero no de pánico. Esta vez era distinto. Era liberación.

Se aferró a él con fuerza, como si por fin pudiera soltar algo que había estado sosteniendo sola durante demasiado tiempo. Y entonces… rió entre lágrimas. Un sonido quebrado, honesto, humano.

Ambos terminaron cediendo.

La compostura simplemente desapareció.

El llanto salió sin permiso, como una válvula abierta después de demasiado tiempo cerrado.

No había vergüenza ahí. Solo alivio.

Después de unos minutos, Kit se apartó lentamente del abrazo. Se limpió los ojos con el dorso de la mano o la armadura que la recubre, respirando hondo. Una parte de ella no quería soltarse todavía… y parecía que a Gobbles le pasaba lo mismo.

Se miraron.

Y en sus caras había algo nuevo: una calma compartida, frágil pero real. Una comprensión que no necesitaba explicarse.

Fue entonces cuando un ronquido rompió el momento.

Ambos giraron la cabeza al mismo tiempo.

Flappers seguía en su posición imposible, durmiendo como si la gravedad fuera solo una sugerencia.

Kit soltó una risa suave.

—¿Sigue vivo? —preguntó con una sonrisa cansada.

—Eso parece —respondió Gobbles.

Entre risas bajas, sus manos se buscaron otra vez. No fue un gesto pensado, ni cuidadoso… más bien algo inevitable, como si ninguno de los dos quisiera que la distancia volviera a existir de golpe.

Kit tomó la manta que había quedado en la silla y la extendió sobre ambos. La acomodó con torpeza, sin mirarlo directamente, como si el simple hecho de hacerlo demasiado consciente pudiera romper el momento.

Gobbles tampoco la miraba.

No porque no quisiera… sino porque todo se sentía demasiado cercano, demasiado real y algo vergonzoso.

Su hombro rozaba el brazo de Kit. Un contacto leve, constante. Suficiente para sentirse. Suficiente para no sentirse solo.

Y en medio de ese silencio ya no frío, sino suave, algo en Kit cedió un poco más.

Su cabeza cayó despacio sobre la de Gobbles.

Sin aviso.

Sin explicación. Solo… natural.

Un sonido bajo apareció entonces, casi imperceptible al principio.

Un ronroneo.

Gobbles se quedó quieto.

No por incomodidad, sino por sorpresa. Era un sonido cálido, instintivo, vulnerable de una forma que no había visto antes en ella. Como si toda la tensión acumulada finalmente hubiera encontrado una salida segura.

Sintió algo extraño en el pecho. No dolor o nervios. Algo más tranquilo.

Kit ya no respondió.

Su respiración se volvió más lenta. más profunda.

Gobbles asumió lo evidente: se había dormido, era imposible que los ronroneos fueran una dedicatoria a su sentir. Y, por primera vez en toda la misión, no parecía estar peleando contra el sueño.

Una pequeña risa le salió sin querer.

—Esto fue más difícil que la misión de reconocimiento… —murmuró para sí mismo.

Se dejó caer un poco más cómodo, sin romper el contacto, recostándose suavemente contra el brazo de Kit, como si también le diera permiso a su propio cuerpo para descansar.

El metal frío del suelo ya no se sentía igual.

Había cambiado sin que Gobbles se diera cuenta. Ahora solo quedaba la sensación suave del pelaje de Kit contra su mejilla, envolviéndolo más que la manta misma.

Y el silencio… ese sí era diferente, cálido con esos ronroneos que cesaron un rato después.

—…

—…

—…

—…

—…

—…

—…

—La señora aprendosaurio no debería estar sentada aquí… ¿o sí? —dijo Flappers, dando otra vuelta en la silla del copiloto, donde Kit debería haber estado hacía más de una hora.

El único ojo del robot mochila empezó a marcar un pequeño tic, claramente síntoma de su paciencia agotándose.

—¿Señora qué? —respondió el robot, sin mirarlo—. Deja de dar vueltas en esa puta silla y… déjala dormir. Yo la despertaré antes de llegar a la base.

Flappers no le hizo caso. Obviamente, la silla era demasiado divertida para dejarla.

Mientras tanto, en el otro lado de la nave, la escena era completamente distinta a la que cualquiera habría esperado.

Gobbles y Kit seguían dormidos. Abrazados, muy abrazados.

Sin haberse dado cuenta de cómo habían cambiado de posición durante el sueño, ni de cuánto tiempo había pasado. Kit tenía a Gobbles entre sus brazos como si fuera un peluche, con una sonrisa de oreja a oreja y Gobbles seguía recostado contra ella sin moverse, incluso la cola de su compañera estaba atrapandolo en ese cálido lugar.

El robot los observó un segundo en silencio.

—Lamebotas… —murmuró al fin—. Con que esa era tu meta, ¿no? Pervertosaurio.

Pero no era realmente enojo lo que había en su voz.
Era otra cosa. La irritación de comprender demasiado bien la situación.
Porque, a diferencia de Gobbles, él sabía que Kit no ronroneaba mientras dormía. Solo lo hacía cuando estaba despierta... y lo bastante tranquila como para dejar de ocultar lo que sentía.

Y llevaba ya un buen rato haciéndolo, en lugar de regresar a su puesto.

Notes:

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Notes:

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