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LA PLAGA DE BUNDIMUM

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Una plaga de Bundimum, la más feroz y virulenta que cualquier mago con más de cien años pudiera recordar, había asolado al mundo mágico inesperadamente. El Bundimum estaba clasificado por el Ministerio de Magia como XXX, es decir, una criatura mágica que un mago competente debería poder manejar. Pero los Bundimum se habían escurrido entre las tablas del suelo, por detrás de zócalos y rendijas, y sus hediondas secreciones habían podrido los cimientos de las viviendas antes de que la Subdivisión de Plagas del Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas pudiera intervenir. Las dimensiones del desastre habían alcanzado tintes dramáticos cuando las casas habían empezado a desplomarse, una detrás de otra, como si fueran frágiles torres de naipes.

La mayoría de habitantes de Hogsmeade, la población más afectada, se habían quedado sin un hogar habitable y el Ministerio había pedido la colaboración de la sociedad magia mientras se llevaban a cabo las obras de reconstrucción necesarias. Hogwarts había abierto sus puertas a varias familias; otras fueron recibidas en el Caldero Chorreante y en algunos comercios del Callejón Diagon que tenían la vivienda encima de sus negocios. Familias como los Weasley o los Lovegood, cuyas casas no se habían visto afectadas por la plaga, también habían ofrecido las habitaciones que tenían libres para albergar a quien lo necesitara. Aun así, todavía faltaba gente a quien encontrar alojamiento mientras reparaban los desperfectos de sus casas, y el Ministerio se vio obligado a dar un toque de atención a los magos y brujas que habían hecho caso omiso a las dificultades por las que estaban pasando sus conciudadanos y les comunicó que en los próximos días recibirían una carta informándoles de la persona o personas que les agradecerían que alojaran en sus hogares hasta que los  de sus futuros huéspedes volvieran a ser habitables.

 

o.o.o.O.o.o.o

 

Cuando la lechuza picoteó en su ventana, el mago adivinó, sin temor a equivocarse,  quién era el remitente de la carta que el ave llevaba atada a su pata. Había imaginado, iluso de él, que viviendo en el mundo muggle iba a librarse de recibir un extraño en su casa. Pero las garras del Ministerio eran largas y, por lo visto, sus archivos del censo mágico demasiado actualizados.

Draco Malfoy abrió la ventana y dejó pasar a la lechuza, que revoloteó por el salón del apartamento durante unos momentos antes de posarse sobre el respaldo de un sillón. El mago desató la misiva de la pata del animal y, sin molestarse en darle ninguna chuchería, azuzó a la lechuza hacia la ventana, que había dejado abierta. Sólo su rapidez de reflejos evitó el picotazo que la enfadada ave intentó propinarle. Ya de mal humor a tan temprana hora de la mañana, Draco Malfoy abrió el sobre del Ministerio y procedió de mala gana a su lectura.

 

 

Apreciado Sr. Malfoy:

Como sin duda sabrá, varias poblaciones mágicas han sufrido en estos últimos días una implacable plaga de bundimum que ha afectado numerosas casas. Debido a ello, muchas familias se han quedado momentáneamente sin hogar hasta que sus viviendas sean reparadas.

Esta es la razón por la cual el Ministerio de Magia se esté poniendo en contacto con los propietarios de inmuebles que no se han visto afectados, para que alojen a los damnificados.

En su caso, y atendiendo a las características de su hogar, le hemos asignado un mago soltero, de su misma edad, al que esperamos dispense una cálida acogida mientras dure la estancia en su casa. Dicho mago llegará sobre las 19.00 h del día de hoy, martes 17 de julio de 2012.

El ministerio de magia le agradece profundamente su desinteresada  colaboración.

 

Kingsley Shacklebolt

Ministro de magia

 

 

Draco agitó su varita y la carta estalló en llamas. ¡Desinteresada colaboración, sus cojones! ¡A saber qué clase de mago le habrían endilgado!, pensó enojado. Seguro que, sólo para fastidiarle, al más feo, desaliñado y maleducado que hubieran podido encontrar. No le extrañaría que mestizo o nacido de muggles porque seguramente pensarían que así podían fastidiarle todavía más.

Regresó a la cocina para terminar su té y la tostada que había dejado a medio comer. Después se vistió y sobre el traje de verano, de un lino muy fino y fresco, se colocó la túnica oficial de Gringotts. A continuación se apareció en el Callejón Diagon para dirigirse a su trabajo.

Draco Malfoy trabajaba para el banco mágico desde hacía doce años. Después de la cuestionable actuación de los duendes durante la segunda guerra (especialmente por la traición de Griphook a Harry Potter durante su incursión en Gringotts), en la que no se situaron a favor de ninguno de los dos bandos, el Ministerio les habían sugerido que debían flexibilizar la admisión de empleados magos para ocupar otros puestos que no fueran los de rompedores de maldiciones o guardias de seguridad. Con el tiempo algunos de ellos, como Draco o Fleur Delacour, habían alcanzado cargos de responsabilidad.

El heredero de la familia Malfoy trabajaba como Director del Departamento de Comercio con los Muggles y, entre otras cosas,  se ocupaba de gestionar las transacciones con bancos muggles y de que siempre hubiera reservas de dinero no mágico, libras o cualquier otra moneda, para los magos británicos que necesitaran realizar compras en el mundo muggle de cualquier país. Era un poco irónico que hubiera sido precisamente él, sangre pura y con una educación profundamente enraizada en las costumbres mágicas, quien ostentara ese cargo. Pero manejar dinero se le daba bien; casi tanto como a un duende, aunque la comparación resultara odiosa y ridícula para un Malfoy. Sin embargo, había aprendido a tratar a esas criaturas, tan inteligentes como desconfiadas, y se había ganado su respeto. O al menos todo el respeto que los duendes eran capaces de conferir a un mago.

Su jornada laboral empezaba a las nueve y terminaba a las cinco de la tarde, con un breve receso para comer. Acostumbraba a hacerlo solo, pero con cierta frecuencia se le unía Fleur Delacourt, que era la Directora de Relaciones con los Magos del banco —trabajo que Draco no le envidaba en absoluto— y últimamente Jerry Harkiss, un jovencito que se había incorporado a la plantilla de magos de Gringotts hacía un par de años y que le había tirado descaradamente los tejos casi desde el primer momento. Después de comprobar que Jerry era incluso más promiscuo que él y que no le interesaba ninguna relación formal con nadie, Draco se lo follaba discreta y desapasionadamente de vez en cuando en su despacho.

Draco era de esas personas que se entregaban completamente a su trabajo, se sumergía en él y las horas pasaban rápidas, sorprendiéndole que al finalizar la jornada no hubiera podido hacer todo lo que se había propuesto, que siempre solía ser más de lo que podían abarcar ocho horas laborables. Ese día no fue una excepción. Cuando el ex Slytherin abandonó el banco encaminó sus pasos hacia el draco dormiens nunquam titillandus, un pub que habían abierto en el Callejón Diagon cinco años atrás. Lo regentaba Lucian Bole[1], otro heredero sangre pura que había decidido establecerse por su cuenta y darle un nuevo rumbo a su vida, lejos de su familia. La elección del nombre había sido idea de la también Slytherin, Pansy Parkinson, quien había argumentado que un local con el lema de la escuela mágica daría la bienvenida a cualquier mago o bruja, independientemente de cuál hubiera sido su Casa en Hogwarts. Parkinson también se había hecho cargo de la decoración y de darle el ambiente ligeramente elitista —sin llegar a herir susceptibilidades— que lograba que el draco dormiens nunquam titillandus se saliera un poco de la línea de un pub corriente y resultara atrayente para los clientes.

El dueño del local sonrió a Draco nada más verle y preguntó:

—¿Qué va a ser?

Hacía mucho calor. Draco se quitó la túnica, la americana y aflojó su corbata.

—Pimm’s con lemonade[2] —decidió.

—¡Marchando!

Para Draco, lo único que desentonaba en aquel agradable entorno era el propio Lucien. Sin llegar a ser tan obtuso como sus antiguos guardaespaldas, Goyle y el tristemente difunto  Crabe, el otrora bateador del equipo de Slytherin sin lugar a dudas hacía honor a su apellido[3]. Dos años mayor que Draco, ya no se encontraba en la escuela cuando la segunda guerra había empezado. Su familia había estado del lado del Señor Oscuro, al igual que la de Draco. Su padre seguía en Azkaban y Lucien se había librado por bien poco.

—Y, ¿cómo va todo, Draco? —preguntó Lucien, depositando la bebida que éste había pedido frente a él.

—Exactamente igual que ayer, cuando me hiciste la misma pregunta.

Lucien suspiró con una especie de resignación reflejada en el rostro.

—Si no te conociera, pensaría que eres un tipo muy borde, Malfoy —dijo.

—Forma parte de mi encanto…

Al Pimm’s con lemonade le siguieron dos jarras de cerveza y cuando llegó Peregrin Derrick y unos minutos más tarde los hermanos Bletchley, Kevin y Miles, Draco estaba listo para pasar al whisky de fuego. A las siete y veinte se sentía felizmente alcoholizado y dispuesto a volver a casa. No obstante, entre unas cosas y otras, eran casi las ocho cuando el mago llegó por fin a su hogar.

Al salir del ascensor del edificio muggle en el que habitaba desde hacía ocho años, le llamó desagradablemente la atención un tipo que estaba sentado en el suelo, precisamente junto a su puerta. A su lado había una bolsa de deporte vieja y descolorida en la que, a pesar de todo, Draco reconoció los colores de los Cannons. El hombre parecía dormitar, con el  codo apoyado en la bolsa, sosteniéndose la cabeza con la mano. Estaba a punto de soltarle una bonita retahíla de imprecaciones cuando la comprensión se abrió paso entre sus despreocupadas neuronas: seguramente era el mago que enviaba el Ministerio para alojarse en su apartamento. ¿Cómo había podido olvidarse de tamaña contrariedad? El hombre pareció entonces percibir su presencia y levantó la cabeza, clavando unos ojos algo soñolientos e intensamente verdes en Draco. Definitivamente, había alguien en el Ministerio que tenía un extraño sentido del humor, pensó el ex Slytherin. El mago se levantó del suelo  gruñendo algo que Draco no alcanzó a entender.

—Llegas tarde. —La recriminación sí fue dicha en voz alta y clara.

Draco miró al otro hombre de arriba abajo y después a la cochambrosa bolsa de deporte que ahora éste sostenía en la mano.

—Es mi casa, Potter. Llego cuando a mí me parece bien.

Sacó un juego de llaves de su bolsillo e introdujo una en la cerradura, abriendo la puerta del apartamento a la manera muggle. Había aprendido que más valía no correr riesgos aunque pareciera no haber nadie en el pasillo, y también que era conveniente que le vieran entrar y salir con cierta frecuencia, para no levantar sospechas. Entró en el piso sin mirar si el otro mago le seguía. Dejó caer el juego de llaves en el cuenco que había sobre el mueble de la entrada y procedió a colgar su túnica en el perchero.

—Así que la ancestral casa de los Black se ha venido abajo… —dijo a continuación.

—No lo sé; nunca he vivido allí.

Esta vez Draco sí miró a su inoportuno huésped.

—Compré una casa en Hogsmeade —aclaró Potter.

Draco esbozó una sonrisa sarcástica.

—Mala inversión —se burló—. ¿Acaso el Jefe de Aurores no podía permitirse nada mejor?

Harry se encogió de hombros, no queriendo hacer caso del comentario y caer tan pronto en una dinámica de provocaciones que les llevara a revivir los tiempos del colegio. Además, llevaba cuatro noches durmiendo en el sofá de su oficina y la perspectiva de hacerlo en una cama se le antojaba de lo más deseable. Aunque esa cama estuviera en el apartamento de Draco Malfoy. No tenía ganas de discutir con su ex compañero de escuela. Su estancia allí duraría unos pocos días —o eso esperaba—, y venía dispuesto a limitar su presencia en el apartamento de su anfitrión a lo justamente indispensable, que era dormir. Desayunaría fuera, antes de ir al Ministerio, como solía hacer; comería en cualquier sitio, también como siempre y podía cenar en el Caldero Chorreante antes de regresar a su hogar temporal. Observó a Malfoy, que no parecía muy contento, y después echó un vistazo a su alrededor. El salón, que era donde se encontraban en ese momento, parecía sacado de una revista de decoración. Tanto orden y pulcritud hicieron que Harry se sintiera un poco incómodo. Mucho se temía que tomarse una cerveza con los pies en el sofá —que era de un inmaculado color marfil— allí sería completamente imposible. Pero, volviendo a su primer pensamiento, se dijo que tampoco iba a pasar el tiempo suficiente en ese lugar como para sentirse tentado.

—Tienes un apartamento muy bonito —alabó, tratando de ser amable.

—Gracias —fue la seca respuesta.

Draco entró en la cocina, dejando a Harry en medio del salón con la bolsa en la mano y sin saber qué hacer. Con un suspiro resignado, el Jefe de Aurores le siguió al cabo de unos momentos.

—Estaría bien que me enseñaras donde dormiré —dijo, plantándose en el umbral de la puerta—. También me gustaría ducharme, si no te importa.

Por la agria expresión de su rostro, constató nuevamente que Malfoy no estaba muy feliz de tenerle allí. Tampoco Harry se sentía el hombre más afortunado del mundo, pero estaba tan cansado que lo único que deseaba era darse una ducha y acostarse. Mañana sería otro día.

—El baño es la primera puerta que encontrarás en el pasillo, a mano derecha. Tu habitación es la última, a mano izquierda —y cuando Potter estaba a punto de darse media vuelta, Draco añadió—: Y no dejes esa mugrienta bolsa sobre la alfombra. Ni encima de la cama. O en cualquier otro lugar.

Harry se sintió tentado a preguntarle si quería que se la colgara de la nariz, pero se contuvo. Sin mediar palabra, se dio la vuelta y fue en busca de la última habitación a mano izquierda.

 

 

Habían pasado tres días desde que Harry se había instalado en el apartamento de Draco Malfoy. Le había costado dos que el rubio accediera a hacerle una copia de la llave.

No siempre llego a una hora razonable a casa —había argumentado el Jefe de Aurores, harto de que Malfoy le diera largas—. No querrás que aporree la puerta a las tres de la mañana para que me abras y despierte a todos los vecinos, ¿verdad?

Ese había sido su primer rifirrafe; el segundo, que los artículos de higiene del auror molestaban a Malfoy porque estaban desperdigados por el baño en completo desorden. Pero la sangre no había llegado al río. Harry no pudo menos que preguntarse qué haría el quisquilloso mago si algún día se le olvidaba recoger del suelo la toalla con la que se había secado; o sus calzoncillos.

—¿Cómo te va con Malfoy? —se interesó el Ministro Shacklebolt, cuando concluyó su reunión semanal de los viernes con el Jefe de Aurores.

—Supongo que podría ser peor —suspiró Harry, pensando en la bolsa de deporte que flotaba a los pies de su cama sin tocar la alfombra, la propia cama o cualquier otra cosa—. Es un poco maniático, nada más.

—Me alegro —dijo el Ministro, dedicándole a su Jefe de Aurores una sonrisa que a Harry le pareció muy sospechosa—. Porque hay tanto trabajo con la reconstrucción de las casas que ha habido que establecer prioridades —la sospechosa sonrisa ahora tenía tintes de disculpa—. Y tu casa va a ser una de las últimas a la que los constructores echen mano.

—¿Qué? —Harry se irguió en la silla, espantado.

—Compréndelo, Harry. Eres joven, soltero, sin obligaciones familiares…

El Jefe de Aurores dejó escapar un bufido muy poco decoroso y miró al Ministro con cara de pocos amigos.

—¿De cuánto tiempo estamos hablando? —preguntó.

—Tal vez una, dos semanas más…

—Sabes que accedí porque dijiste que sería cuestión de poco tiempo, Kings —y porque los otros tres magos que cumplían las mismas condiciones que él se habían negado en redondo a convivir con Malfoy.

—Siempre puedes irte a Grimmauld Place… —sugirió Shacklebolt, a sabiendas de que la casa había permanecido cerrada durante más de catorce años, desde que la Orden del Fénix había dejado de utilizarla durante la guerra—. Esa propiedad sigue siendo tuya.

Se ganó otra mala mirada del Jefe de Aurores.

—Creí que me tenías aprecio —gruñó Harry.

—Y te lo tengo —aseguró el Ministro—. Pero eres mi segundo en el Ministerio y ya sabes que eso siempre conlleva ciertos sacrificios. Te recompensaré —añadió.

Harry soltó un largo suspiro, arrellanándose en su silla. Después sonrió.

—Puedes empezar haciendo aparecer la botella de whisky, la buena, de donde sea que la escondas.

El Ministro también sonrió y, sacando su varita, convocó una botella y dos vasos largos.

 

 

La noche anterior no había oído llegar a Potter. Tampoco le había oído levantarse, así que Draco supuso que todavía estaría durmiendo. Eran las ocho y media de la mañana. Los sábados y domingos eran los únicos días que Draco se permitía holgazanear un poco. A las diez en punto, ni un minuto antes ni uno después, aparecería uno de los elfos de la Mansión Malfoy para limpiar el apartamento, lavar su ropa y realizar cualquier otra tarea doméstica que fuera necesaria. También traería comida suficiente, cocinada y mágicamente conservada, para toda la semana. Draco sólo tendría que molestarse en ir a comprar algunos artículos muggles a los que se había acostumbrado, como la cerveza, bolsas de patatas fritas de diversos sabores o unas chocolatines que le gustaba llevarse al trabajo para tener algo dulce a lo que hincar el diente cuando estaba un poco agobiado. Sin embargo, sus habilidades culinarias alcanzaban para poner una tetera al fuego y hacerse unas tostadas. Y eso es lo que hizo.

Potter asomó la cabeza por la puerta de la cocina veinte minutos después, duchado y vestido.

 —Buenos días —saludó con un gesto que denotaba su incomodidad—. Er… voy a salir.

 Draco le miró y asintió. No había visto a Potter ninguna mañana y sospechaba que el auror había estado levantándose muy temprano para no coincidir con él. Seguramente más por seguir incomodándole que por verdadera gentileza, se encontró señalando la tetera y  diciendo:

 —Hay té recién hecho, si quieres…

 Harry dudó. Miró la tetera y el plato de tostadas que había encima de la pequeña mesa de la cocina, donde Draco estaba desayunando.

 —Sírvete, Potter —gruñó el rubio—. No voy a cobrártelo. Si acaso, le enviaré la cuenta al Ministerio.

 Harry puso los ojos en blanco, pero finalmente entró en la cocina y se sirvió una taza de té. Cuando se sentó, Draco empujó el plato de tostadas hacia él.

 —¿Mantequilla? ¿Miel? ¿Mermelada? —preguntó, señalando los tarros que había encima de la mesa.

 —Gracias —respondió Harry, acercándose la mantequilla y el tarro de mermelada—. Eres muy amable.

 —Bueno —dijo Draco con una sonrisa suficiente—, no estás molestando demasiado, así que considéralo como un premio.

 Además de demostrarle que seguía siendo un completo imbécil, las palabras de Malfoy recordaron a Harry que aún no le había dicho —de hecho no había tenido ocasión todavía— que seguiría “molestándole” un par de semanas más de las previstas. Aunque tal vez ese no fuera la mejor ocasión para decírselo. La repentina aparición de Difon, el elfo doméstico procedente de la Mansión Malfoy, hizo que Harry casi se atragantara con su tostada. Draco esbozó una sonrisa burlona mientras Harry dirigía al elfo una mirada molesta. Desde que Kreacher había fallecido, de eso hacía ya cinco años, el Jefe de Aurores no había vuelto a tener contacto con ningún otro elfo doméstico. Tampoco sentía el menor deseo de volver a tener ninguno. Mientras Difon empezaba con su trabajo, los dos magos acabaron con su desayuno en silencio.

 —Gracias, Malfoy —agradeció Harry después de dejar plato y taza en el fregadero—. Nos vemos esta noche.

 Draco simplemente asintió.

 El ex Slytherin pasó el resto del día dedicado a sus asuntos. Salió poco después del desayuno para ir al Callejón Diagon y comprar varios libros en Flourish & Blotts; encargó una túnica nueva en Madame Malkin y adquirió varios ingredientes en Slug & Jigger para elaborar poción para la resaca. Después, sobre las doce, se dirigió a La Tante Claire, uno de sus restaurantes londinenses favoritos por su espléndida bodega francesa, donde había quedado para comer con Pansy Parkinson.

Como era de esperar, una vez intercambiados los saludos de rigor, ella no esperó ni un segundo para formular la pregunta que Draco sabía le estaba quemando en los labios.

—¿Y cómo te va con tu huésped, cariño?

Sin levantar la mirada de la carta que el camarero acababa de entregarles, el rubio respondió:

—Increíblemente apacible —después añadió—: ¿Por qué tengo la impresión de que pareces terriblemente decepcionada?

—¿Cómo lo sabes si ni siquiera te has dignado mirarme? —le recriminó ella sin demasiada acritud.

—Porque te conozco, Pans. No me hace falta mirarte para saber lo que estás pensando.

Ella suspiró.

—Habríamos sido un matrimonio magnífico —dijo—. Lástima que no haya pociones contra la mariconería.

—Lástima que tampoco las haya contra la insolencia y la grosería —sonrió Draco, dejando la carta sobre la mesa.

El camarero, pendiente de su mesa, se acercó a ellos nada más ver el gesto.

—¿Los señores han decidido ya?

Draco volvió a tomar su carta y tras una breve mirada a Pansy y el asentimiento de ella, recitó:

—Para la señora vieiras en salsa de tinta y puré de coliflor y de segundo pechuga de pato asada en salsa picante dulce. Para mí, sopa de pescado provenzal con picatostes y cordero asado con verduras.

—¿Para beber, señor?

Draco le echó un rápido vistazo a la carta de vinos.

—Un Puligny Montrachet para los primeros y un… Château Vieux Sarpe para los segundos.

—Buena elección, señor.

El camarero se retiró con una rimbombante inclinación de cabeza.

—Entonces, ¿nada interesante? —atacó Pansy en cuanto el camarero estuvo lo suficientemente lejos de su mesa.

—¿Qué esperabas oír, Pans? —preguntó él en tono irónico— Todavía no estoy tan loco como para pensar en meterme con el Jefe de Aurores —sonrió—. No mucho, al menos…

Ella también sonrió.

—He estado investigando… —dijo en un tono insinuador.

Draco puso los ojos en blanco y negó con la cabeza.

—No quiero saberlo.

Pansy ignoró sus palabras.

—No te creas que ha sido fácil —continuó con entusiasmo—. Potter es terriblemente discreto. O demasiado anodino, todavía no lo tengo muy claro. Pero lo que sí es cierto es que su vida social deja mucho que desear. Trabaja más horas de las que deberían estar permitidas. Vive solo, en una casa a las afueras de Hogsmeade, que compró al poco de salir de Hogwarts. Sigue manteniendo contacto con Weasley y Granger, quienes por cierto están casados, pero por lo que me han dicho no se ven con demasiada frecuencia por culpa del trabajo de Potter. Pero es el padrino de su hija mayor, Rose. Y también de Teddy Lupin, el hijo de tu prima, ¿lo sabías? La que se casó con el licántropo…

Draco asintió. Por supuesto que sabía que ese niño existía. Fue el propio Voldemort quien tuvo la maliciosa deferencia de hacérselo saber durante una de las reuniones de mortífagos que se celebraron en la Mansión. Pero desconocía que Potter fuera su padrino.

—Su romance con la menor de los Weasley terminó después de la guerra —continuó Pansy, sin decaer en su entusiasmo—. O, mejor dicho, no se reanudó. Cuando termine de contarte comprenderás por qué. Ella se casó hace unos años con Dean Thomas, creo. De todas formas, su relación con esa familia sigue siendo buena. Pasa las Navidades con ellos, asiste a celebraciones familiares y esas cosas… Pero siempre va solo; ni amigas, ni novias, ni siquiera un simple ligue.

—Todo un asceta social —se rio Draco, que seguía sin comprende tanto entusiasmo por parte de Pansy, pero la conversación le estaba entreteniendo.

—Eso pensaba también yo, pero…

El camarero llegó con el Puligny Montrachet y ambos guardaron silencio mientras descorchaba la botella y servía a Draco para que diera su aprobación.

—¿Pero? —preguntó el rubio cuando el camarero se retiró.

Pansy sonrió misteriosamente, dando a entender que lo que todavía no había contado era lo más jugoso de la historia. Se hizo un poco la remolona, pero Draco no quiso apremiarla y concederle el placer de descubrir que empezaba a sentir bastante curiosidad. Sabía que ella no resistiría mucho sin soltarlo.

—Según una de mis fuentes, una bastante fiable debo decir, Potter no es tan antisocial como quiere hacernos creer. Lo que sucede es que nadie ha estado mirando en los lugares adecuados.

De nuevo apareció el camarero para servirles las vieiras y la sopa de pescado que habían pedido. Después de echarle una recalcitrante mirada al pobre hombre por haberla interrumpido de nuevo, Pansy se inclinó un poco hacia delante y susurró:

—A Potter le van las varitas.

Draco dejó escapar una pequeña carcajada, tan rápida y espontánea, que ofendió increíblemente a Pansy porque no era ese el efecto que esperaba causar en su compañero de mesa.

—Eso es imposible, Pans —aseguró Draco—. Después de tantos años, en un momento u otro hubiera tropezado con él. O lo habría hecho algún conocido que se mueva en los mismos ambientes, que no habría tardado en hacerme llegar el chisme —negó con la cabeza con una sonrisa burlona en los labios—. Tu fuente te ha tomado el pelo, cariño.

Ella hizo un pequeño mohín y le dirigió una mirada cargada de argumentos.

—Sabes que mis fuentes nunca me fallan, Draco —le recordó—.  Son la base de mi negocio.

Draco detestó tener que darle la razón. Desde su confortable y anónimo hogar, que no había sido invadido por ningún huésped inesperado, Pansy manejaba una extensa red de información que en algunos casos vendía, en otros suministraba a cambio de favores o simplemente dejaba caer en los oídos adecuados en espera de obtener un futuro rendimiento que sirviera a sus intereses. Pansy era la Christine Keeler[4] del mundo mágico.

—Nadie puede ser tan discreto —refunfuñó Draco, a pesar de todo, reticente a creer en las palabras de su amiga.

—¿De veras? —se burló Pansy, mirándole de arriba abajo.

Él se limitó a tomar su copa de vino y dar un largo sorbo para ahorrarse  tener que darle nuevamente la razón.

—De todas formas, todavía estoy trabajando en descubrir dónde se escabulle Potter para cubrir sus necesidades. No a Londres, desde luego. Dame un par de días más y lo sabré.

Draco dejó la cuchara en el plato y miró a Pansy intrigado.

—¿Y a cuenta de qué viene todo esto? —preguntó.

—Siempre protejo a mis amigos, ya lo sabes —respondió ella—. Y si el Ministerio ha metido al Jefe de Aurores en tu casa, debo asegurarme de que los motivos son exactamente los que se han expuesto oficialmente —después sonrió con absoluta malicia—. Y, sinceramente, ahora tengo una malsana curiosidad por saber dónde diablos le gusta a Potter meter la polla.

Esta vez, cuando Draco volvió a reírse, Pansy no se ofendió.

 

 

Cuando Draco regresó a su apartamento aquella tarde se sentía extrañamente contento. Tal vez porque ahora pensaba que tenía una ventaja sobre Potter: sabía algo de él que el Jefe de Aurores ignoraba que sabía. Y no tenía muchos argumentos para pensar que Pansy pudiera estar equivocada. Incluso estaba algo impaciente por averiguar cuál era el terrero de caza de Potter. O dónde le gustaba ser cazado, posibilidad que no había que descartar. Se sentía tan satisfecho consigo mismo que hasta estaba dispuesto a compartir la cena con su huésped aquella noche, antes de arreglarse y marcharse él mismo a su propio territorio de caza. Pero Potter no apareció. Cuando Draco regresó, ya de madrugada, un rápido Homenum Revelio le hizo saber que el apartamento estaba vacío. Se preguntó dónde diablos la estaría corriendo Potter a las cuatro de la mañana.

Y siguió preguntándoselo al día siguiente, cuando Potter apareció por la puerta a las once de la mañana, con el pelo húmedo, sus ropas delatando que se había vestido a toda prisa y una expresión en el rostro que revelaba que lo que hubiera estado haciendo en las últimas horas le había sentado muy bien. El Jefe de Aurores esbozó una sonrisa que casi habría podido parecer avergonzada.

—Buenos días —saludó. Y caminó rápidamente hacia su habitación.

Draco oyó el sonido de la puerta al cerrarse antes de haberse podido siquiera plantear responder al saludo. Parecía que cuando Potter se corría una buena juerga lo hacía hasta bien entrada la mañana.

El Jefe de Aurores no salió de su habitación hasta el final de la tarde. Draco estaba leyendo uno de los libros que había comprado el día anterior. Potter se sentó en el sofá con aspecto soñoliento y durante unos momentos no dijo nada. Draco fingió que le ignoraba, a pesar de estar pendiente del menor movimiento que el otro hombre realizaba.

—¿Te importa si pongo la tele? —preguntó Potter tras un breve carraspeo— Creo que hoy juega el Arsenal contra el Chelsea…

Draco levantó la mirada de su libro y negó con la cabeza.

—Adelante —dijo.

Aunque miraba aquel curioso aparato muggle de vez en cuando, no era muy fanático de los estúpidos programas que los muggles se inventaban para entretenerse. Pero sabía que el Arsenal y el Chelsea eran equipos de fútbol. Sus conocimientos sobre la cultura muggle habían aumentado bastante en los últimos años.

—¿Te gusta el futbol? —preguntó, observando cómo Potter se manejaba la mar de bien con el mando a distancia.

—Bastante —respondió Potter—. No es Quidditch… —dijo dando a entender que nada podía compararse con el deporte mágico por excelencia—… pero es entretenido.

En su rostro apareció una expresión de satisfacción cuando por fin encontró el canal que buscaba. Se repantingó en el sofá y, por un momento, a Draco le pareció que reprimía el gesto de poner los pies donde no debía. No le pasó desapercibido la rápida mirada de Potter para ver si él se había dado cuenta de lo que había estado a punto de hacer. Pero el partido ya había empezado y el Jefe de Aurores se sumergió completamente en él, olvidándose de todo lo demás. Draco le echaba breves vistazos de vez en cuando, hasta que finalmente perdió completamente el hilo de lo que estaba leyendo y se dedicó sólo a fingir que lo hacía y a observar disimuladamente al hombre sentado en su sofá.

Potter tenía ahora un aspecto circunspecto que Draco no recordaba que hubiera tenido antes. Tal vez la responsabilidad del cargo que ahora ostentaba le había obligado a adoptar una actitud mucho más prudente y reflexiva;  incluso más política. Físicamente era algo más fornido, aunque apenas más alto de lo que lo había sido en su adolescencia. Su pelo, tan negro e indomable como siempre, enmarcaba un rostro en el que la adultez había dibujado pequeñas marcas de expresión alrededor de sus ojos, bajo unas cejas espesas y oscuras. Seguía llevando esas gafas redondas y aburridas, que sin embargo ahora le daban un aire juvenil, arrancándole un poco de gravedad a su rostro. No obstante, si Draco no supiera que era la misma que la suya, no habría sabido ponerle edad. La discreta mirada se detuvo un buen rato en los labios del auror, bajo los que asomaban unos dientes blancos y perfectos.  De pronto, Potter le pareció extrañamente atractivo.

 —¿Una cerveza? —preguntó, apartando ese último pensamiento de su cabeza.

—Genial, gracias —respondió Harry sin apartar la mirada del televisor.

Draco cerró el libro y, dejándolo sobre la pequeña mesa al lado del sillón donde estaba sentando, se levantó para dirigirse a la cocina. Se dijo que esa era la primera vez, desde que había llegado a su apartamento, que había podido observar a Potter con tanto detenimiento y que, seguramente, la posibilidad de que también le gustaran los hombres era lo que, de repente, le hacía tan atrayente ante sus ojos. Cogió dos cervezas de la nevera, las abrió y volvió al salón.

—Toma.

Potter alargó la mano para coger la cerveza y le sonrió.

Qué sonrisa tenía, el muy cabrón. Esta vez Draco se sentó en el sofá y miró las imágenes que se sucedían en el aparato muggle. Se preguntó si a Potter le gustaría verdaderamente el futbol o lo que realmente le entusiasmaba de aquel deporte eran todos estos tipos sudorosos en pantalón corto, musculosos y tan desinhibidos a la hora de abrazarse y restregarse unos encima de otros cuando celebraban un gol.

—¿Quién gana? —preguntó, simplemente por preguntar.

—Empatan a uno —respondió el auror tras darle un trago a su cerveza—. Pero creo que hoy el Chelsea acabará imponiéndose.

—Ah…

Draco también le dio un trago a su cerveza y después se dedicó a darle vueltas a la botella entre sus manos hasta calentarla. Realmente no tenía mucha sed. Mientras observaba el juego, se dijo que aquellos tipos corriendo tras una pelota tenían su punto, pero no el suficiente para mantener su atención durante demasiado tiempo.

—¿Te aburres? —le preguntó Potter durante el intermedio del partido.

Draco sonrió un poco y se preguntó cómo le sonaría al auror lo que iba a decir a continuación.

—Me preguntaba cómo sería jugar al Quidditch en pantalón corto…

Potter le miró como si se hubiera vuelto loco.

—La verdad es que sería bastante incómodo —afirmó—. Se nos helarían las piernas.

—Tienes razón —tuvo que admitir Draco de mala gana.

Había sido un deplorable intento para que Potter demostrara algún tipo de entusiasmo por los pantalones cortos y las piernas masculinas. El ex Slytherin se levantó para dejar la recalentada cerveza en la cocina y después volvió a su libro. O al menos lo intentó.

 

 

El lunes por la mañana, siguiendo la misma tónica de la semana anterior, Potter ya se había marchado cuando Draco salió de su habitación, duchado y vestido, para prepararse el desayuno. Desde luego, no podía quejarse de que el Jefe de Aurores estuviera molestando demasiado. Ahora que ya se le estaba pasando el disgusto inicial por tener que alojar a alguien en su casa, casi estaba agradecido de que ese alguien hubiera sido Potter. Y tenía que reconocer que empezaba a sentir por él una curiosidad tanto o más insana que la de Pansy. Si Potter era gay, se abría ante Draco un infinito número de posibilidades. La semana se le iba a hacer muy larga si Pansy no le llamaba en breve para decirle lo que había averiguado.

El jueves, después de haber tenido que reprimirse en más de una ocasión las ganas de enviarle una lechuza a su amiga, poco dispuesto a demostrarle su impaciencia, ella le citó para cenar en otro de sus restaurantes favoritos en Londres, Aubergine. Cuando Draco llegó al establecimiento ella ya estaba esperándole. Pansy llevaba impresa en la cara una sonrisa tan resabida que Draco no tuvo la menor duda de que traía noticias jugosas-

—Brighton —soltó Pansy una vez el camarero hubo dejado las cartas sobre la mesa para que eligieran.

—¿Brighton? —interrogó Draco.

—Potter se escapa a Brighton cada vez que quiere desahogar su fogosidad —aclaró ella con una sonrisa maliciosa.

—¿Por qué Brighton?

—¡Oh, por favor! —se burló ella— ¿Y tú eres gay…?

Él bufó, molesto.

—Sé la clase de diversión que puede encontrarse en Brighton —afirmó—. Sólo me pregunto el porqué de ir tan lejos si puede encontrar lo mismo aquí, en Londres.

—Tú mismo lo dijiste —le recordó Pansy—. Si os movierais en los mismos círculos, tarde o temprano Potter habría acabado encontrándose con algún conocido. Es evidente que nuestro Jefe de Aurores no ha salido del armario. O que, al menos, no quiere correr el riesgo de que sus asuntos privados se aireen públicamente.

Draco recordaba que la última vez que El Profeta había hecho un gran reportaje sobre Potter había sido cuando le habían nombrado Jefe de Aurores, de eso hacía ya cinco años. Su escasa presencia en los periódicos se debía siempre a algún asunto de su departamento. Nada sobre su vida privada, que mantenía celosamente en secreto.

—¿Vas a utilizarlo? —preguntó Draco, seguro de que aquella información valía su peso en oro para Pansy.

—¿Existe la magia? —pregunto ella en un tono juguetón.

Draco se quedó unos momentos pensativo. Una cosa era mantener una conversación divertida a costa de Potter entre ellos dos; otra muy distinta pretender o amenazar con comprometerlo ante la opinión pública.

—Creo que es un poco arriesgado —le advirtió—. Es el Jefe de Aurores; es Potter, Pansy. No creo que tenga un buen recuerdo de ti después de haber intentado entregarle al Señor Oscuro frente a todos los estudiantes y profesores en el Gran Comedor de Hogwarts ese día. No le des una excusa para mandarte a Azkaban —concluyó muy serio.

—¿Puede saberse qué diantres te pasa? —preguntó su amiga, un poco sorprendida— ¡Será que nunca te has aprovechado de alguna de las informaciones que he conseguido!

Él tuvo que admitir que sí, que en ocasiones lo había hecho.

 —Sólo digo que llevamos una vida muy tranquila, Pans —se justificó—. Fue un poco difícil al principio, pero ahora vivimos bien; no podemos quejarnos. Y me gustaría que continuara siendo así.

Ella también se puso seria. No había esperado tal reacción por parte de Draco. Más bien había imaginado que a él también le parecería divertido utilizar de alguna forma lo que ahora sabían sobre el Jefe de Aurores del mundo mágico.

—No pienso hacer nada temerario —aseguró—. Sólo guardaré la información por si algún día la necesito —Draco asintió en silencio—. Además, venía dispuesta a entregarte algo que seguramente te alegraría el día… —sonrió perversamente—… o la noche; pero ahora ya no sé si dártelo…

—Solamente estoy siendo prudente, Pans. Yo también me preocupo por ti.

 Ella extendió la mano y acarició la de Draco.

—Lo sé —agradeció.

El resto de la cena fue mucho menos divertida de lo que Pansy, incluso Draco, habían esperado. Pero, cuando ella se despidió de su amigo, antes de aparecerse en su hogar, dejó en su mano un pequeño vial.

—Para que pases un buen rato. Después, destrúyelo, si quieres. Yo ya tengo una copia.

 

 

Aquel vial había quemado en el bolsillo de Draco hasta el fin de semana. Se moría de ganas de saber qué clase de memoria le había entregado Pansy. Pero el único pensadero al que tenía acceso estaba en la Mansión Malfoy y tuvo que esperar a que llegara el sábado para poder fingir una visita familiar. Draco no se prodigaba mucho por la Mansión, principalmente, porque la relación con su padre, sin ser del todo mala, jamás había vuelto a ser la misma desde el final de la guerra.

Lucius guardaba el pensadero en su despacho, pero Draco no quería compartir con él el motivo por el cual lo necesitaba y, sin duda, el solo hecho de pedirle permiso para cogerlo hubiera despertado la curiosidad de su progenitor. Así que se apareció en la Mansión cerca de las cinco de la tarde, hora en la que previsiblemente su padre se encontraría ausente. Tomó el té con su madre y se doblegó a un buen rato de conversación intrascendente; y a capear como pudo las directas preguntas que vinieron después sobre su vida amorosa, con las que siempre terminaba cualquier encuentro entre Narcisa y él. Otra de las razones por las que se dejaba ver poco por el hogar de su niñez. Finalmente, con la excusa de buscar algo que guardaba en su antigua habitación, dejó a su madre en el salón y se deslizó sigilosamente hasta el despacho de su padre. El pensadero, que no era demasiado grande, estaba guardado en uno de los estantes de la gran librería que ocupaba la pared principal. Draco lo depositó sobre la mesa y sacó de su bolsillo la memoria celosamente guardada. A continuación, la vertió sobre la plateada superficie y hundió el rostro en ella.

Aquello era indudablemente el cuarto oscuro de algún club. Al principio, le fue imposible distinguir claramente entre los cuerpos que se movían en la penumbra. Las escasas luces, de un verde oscuro y siniestro, iluminaban lo justo para no darse de bruces contra alguien o contra la misma pared. Draco tardó todavía unos momentos en adaptar la vista a aquel ambiente. Caminó despacio por el centro del pasillo, como si temiera rozar a alguno de aquellos hombres, cosa que en realidad era imposible. Casi al final del recinto, uno en especial llamó su atención. Ahora que sus ojos se habían adaptado a la escasa luz, solo necesitó acercarse un poco más para confirmar que era Potter.

El hombre al que el auror penetraba tenía los pantalones por los tobillos, pero los de Potter seguían prácticamente en su sitio. Se los había bajado apenas para poder moverse con comodidad y Draco solamente podía ver el principio de unos glúteos que se anunciaban gloriosos. El hombre que se apoyaba en la pared jadeaba ruidosamente, pero de Potter, quien le sujetaba firmemente por las caderas, apenas podía oírse su respiración ligeramente entrecortada. Excitado, Draco observó con fascinación los movimientos del cuerpo del auror, lentos, firmes, y deseó poder apartar a ese muggle de la pared y ponerse en su lugar. Al fin y al cabo, el tipo no era nada del otro mundo. Seguramente Potter podía aspirar a un cuerpo mucho mejor. Aunque si lo único que buscaba era descargar su necesidad, probablemente le daba igual un culo que otro. Entonces, el auror  apoyó sus manos en los hombros del otro y empezó a penetrarle con más fuerza, más rápido, casi como si quisiera atravesarlo. Draco cerró los ojos unos segundos, reprimiendo las ganas de meter la mano en el interior de sus propios pantalones. Cuando los abrió, Potter había apoyado la cabeza en el hombro del otro hombre y su cuerpo temblaba los últimos retazos de su clímax. Habría sido un gesto casi tierno si el auror no se hubiera apartado rápidamente, como si ese gesto traicionara sentimientos que no quería mostrar, y empezó a acomodarse los pantalones.

Entonces el recuerdo se oscureció, indicando que había terminado. Draco estaba tan caliente que lo único que deseaba era volver a su apartamento para pasarse un buen rato bajo la ducha. Jamás podría volver a mirar a Potter y verle de la misma manera. ¡Maldita Pansy!

 

 

El viernes de la semana siguiente, Potter regresó al apartamento mucho antes de lo que solía hacerlo. Tenía un aspecto cansado, incluso algo enfermo. Saludó a Draco con un pequeño gesto de cabeza y sólo dijo:

—Voy a ducharme.

El dueño del apartamento asintió distraídamente, como si no le hubiera prestado mucha atención. Potter tardó bastante en salir del baño, tanto, que Draco se preguntó si no se habría ahogado bajo el chorro de la ducha. Cuando finalmente apareció otra vez en el salón, llevaba solamente unos bóxers y una camiseta que hicieron que Draco deseara maldecir hasta el último de sus huesos.

—Me preguntaba si tendrías un vaso medidor —preguntó el auror en un tono contenido, como si le supiera mal tener que recurrir a Draco—. Tengo que diluir esta poción en agua y las medidas tienen que ser exactas.

Draco tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para apartar la mirada del cuerpo de Potter, especialmente del lugar donde se insinuaba ese hermoso y turgente trozo de carne que había visto en acción la semana anterior. Finalmente, logró apartar los ojos y reparar en el frasco que el auror sostenía en la mano. ¡Por supuesto que tenía un vaso medidor! Cualquiera que se vanagloriara de hacer sus propias pociones lo tenía.

—En la cocina —dijo, levantándose.

Potter le siguió y observó como abría uno de los armarios bajos, donde guardaba un pequeño caldero y otros utensilios, de donde extrajo el vaso medidor que le había pedido. Cuando se lo alargó y Potter lo cogió, Draco notó que la mano del auror temblaba un poco.

—¿Quieres que lo prepare yo? —se ofreció.

Potter asintió sin pensárselo demasiado. Devolvió el vaso mesurador a Draco, junto con el frasco de la poción, y se sentó en una de las sillas de la cocina. La etiqueta del frasco era de San Mungo y, aunque especificaba las instrucciones de preparación, no decía qué poción era o para qué estaba indicada.

—¿Para qué es? —preguntó Draco mientras mesuraba cuidadosamente las cantidades.

—Sufrí una pequeña maldición —reconoció Potter. Pero se apresuró a añadir—: Nada importante. Ya sabes, gajes del oficio…

Sin embargo, Potter parecía estar mucho más jodido de lo que pretendía aparentar. Draco vertió la preparación en un vaso y se lo tendió al auror.

—Me lo tomaré en la cama —dijo Potter, levantándose—. Me han dicho que este brebaje me dejará K.O. durante unas cuantas horas —y añadió en tono jocoso—. No quiero desmayarme y ser la nota disonante en el suelo de tu inmaculado salón.

—No te preocupes, siempre puedo esconderte detrás del sofá, para que no desentones —respondió Draco con igual humor.

Potter le dirigió una pequeña sonrisa.

—Gracias, Malfoy.

—De nada, Potter.

 

 

A la mañana siguiente, demasiado temprano para un sábado, unos persistentes golpes en la puerta acabaron por despertar a Draco. Todavía un poco aturdido por el sueño se levantó preguntándose quién sería el inoportuno visitante. No esperaba a nadie. Cuando abrió la puerta se encontró con una mujer de mediana edad, vestida con una extraña combinación de ropas muggles que desentonaban chillonamente entre sí. Llevaba un maletín negro en la mano.

—¿Es esta la residencia temporal del señor Potter? —preguntó.

Sorprendido, Draco preguntó a su vez:

—¿Quién quiere saberlo?

No iba a dejar entrar una extraña en su casa solamente porque fuera conocida del auror.

—Oh, perdone, no me he presentado. Soy la sanadora Emma Gibbon —la bruja extendió la mano hacia Draco y éste la estrechó sin muchas ganas—. ¿Sería usted tan amable de dejarme pasar e indicarme la habitación del señor Potter?

—¿La ha llamado él?

La sanadora sonrió y al hacerlo se formaron dos simpáticos hoyuelos en sus mejillas.

 —Según mis cálculos, el señor Potter debe estar todavía completamente dormido, así que no, él no me ha llamado. Sólo vengo a comprobar su estado porque la poción que tomó ayer es nueva. Simple rutina —sonrió de nuevo.

No sin cierta reticencia, Draco se apartó de la puerta y la dejó entrar. Lamentó no haber cogido su varita, que seguía sobre la mesilla de noche, porque la experiencia le había enseñado que no había que fiarse de nadie, por muy inofensivo que pareciera a simple vista. Al pasar por delante de su propia habitación, la invocó silenciosamente y se la metió en el bolsillo.

—Aquí es —dijo después, deteniéndose delante de la puerta de la habitación del auror.

Llamó, esperando que Potter respondiera a pesar de lo que había dicho la sanadora. Pero éste no lo hizo.

—Como ya le he dicho, sigue dormido —insistió la bruja.

Y apartando suavemente de la puerta a Draco, la sanadora la abrió y entró. Potter estaba en la cama, dormido, con un aspecto mucho más relajado y sano del que lucía la tarde anterior. El vaso estaba sobre la colcha, junto a su mano, como si no le hubiera dado tiempo de dejarlo en la mesilla antes de caer dormido, desmayado o lo que fuera que la poción le hubiera hecho.

—Si me permite… —Gibbon cerró la puerta sin mucha ceremonia, dejando a Draco en el pasillo.

Resignado a que su maravillosa mañana de descanso se hubiera frustrado, Draco regresó a su propia habitación para coger ropa limpia y se dirigió después al baño para tomar una ducha rápida y vestirse. Tomó una ducha rápida y se vistió. Acababa de poner la tetera al fuego cuando oyó los pasos de la sanadora Gibbon por el pasillo.

—Señor…

Draco asomó la cabeza por la puerta de la cocina.

—Malfoy —completó.

—He terminado, señor Malfoy —la bruja sonrió y Draco pensó que aquellos hoyuelos le daba un aspecto simpático—. Calculo que el señor Potter despertará a media tarde. Dígale que descanse todo el fin de semana y el lunes estará como nuevo.

—¿Eso es todo?

—Eso es todo —afirmó la sanadora, sin darle ninguna pista de lo que podía estar aquejando a Potter.

Gibbon le tendió la mano, que Draco estrechó, y después él la acompañó hasta la puerta, donde se despidió de ella. Después se dirigió a la habitación de su invitado para comprobar que seguía tan dormido como antes. Entró despacio y sin hacer ruido, aunque estaba seguro de que ningún sonido, por fuerte que fuera, sería capaz de despertar al hombre que dormía plácidamente en la cama. Una vez más, se preguntó qué clase de maldición había afectado a Potter.

Eran sobre las seis de la tarde cuando Draco oyó la puerta del baño. Aunque se había repetido hasta la saciedad que no era asunto suyo, no se había atrevido a marcharse y dejar solo a Potter en el apartamento. Así que su sábado estaba resultando una completa mierda. En algún momento le había asaltado el pensamiento de que el auror parecía ser muy confiado o era un absoluto temerario. Una persona como Potter, acostumbrado a guardarse las espaldas, tenía que haber pensado que al tomar esa poción estaba poniéndose completamente en manos de su anfitrión; que durante todas las horas que durara el efecto sería completamente vulnerable. Por mucho que las rencillas estudiantiles y la guerra hubieran quedado atrás, a Draco le asombraba que Potter no hubiera preferido quedarse en casa de algún amigo de confianza o incluso en el hospital mágico.

—Buenos días… ¿tardes?

Vestido con unos simples vaqueros y una camiseta, con el pelo todavía húmedo debido a la ducha, Draco tuvo la impresión de que el auror parecía mucho más joven.

—Más bien tardes —respondió—. ¿Cómo te encuentras?

—Muy bien —aseguró Potter—. ¿Cuánto he dormido?

La voz del auror sonaba seductoramente ronca. ¿Sería siempre así cuando despertaba? ¿Cómo sonaría cuando...? Draco se apresuró a apartar ese pensamiento de su mente y a mirar su reloj.

—Casi veinticuatro horas —dijo.

Harry dejó escapar un pequeño silbido.

—Vaya, ¿tanto?

—La sanadora Gibbon dijo que despertarías sobre media tarde.

—¿Ha estado aquí? —Draco asintió— Bendita mujer… —murmuró. Después miró a Draco con expresión de disculpa—. Espero que todo esto no te haya ocasionado demasiadas molestias…

—No —respondió el ex Slytherin con un gesto displicente de su mano—, quedarse en casa un sábado entero es lo que todo hombre desea cuando llega el fin de semana.

Potter pareció apenado tras las palabras de Draco.

—Lo siento, no pretendía causarte ningún inconveniente, Malfoy —se disculpó.

—No importa —Draco se levantó de un salto del sillón donde había estado leyendo hasta ese momento, iluminado por una repentina idea—, porque ahora vas a compensarme invitándome a cenar.

Primero, Potter le miró sorprendido, pero después esbozó una pequeña sonrisa y asintió.

—Claro —convino—, donde tú quieras.

Draco también sonrió, sorprendido de que hubiera resultado tan fácil.

—Espero que tengas traje y corbata, Potter.

Pero resultó que no los tenía porque no había puesto ninguna prenda formal en esa mugrosa bolsa que flotaba a los pies de su cama. Aún así, Draco estaba empeñado en salir a cenar, aunque tuviera que conformarse con un restaurante normal y corriente. Potter le llevó a una pizzería en James Street, Made in Italy, que tenía toda la pinta de formar parte de una de esas cadenas de restaurantes a los que los muggles eran tan aficionados y Draco detestaba. Era un local de tres pisos con una pequeña terraza al frente. La planta baja no era muy espaciosa y sí bastante bulliciosa; pero Potter, tras hablar con un camarero, le dirigió hasta el primer piso, mucho más tranquilo. No demasiado acostumbrado a este tipo de locales, Draco dejó en manos de Potter —y no es que le hiciera mucha gracia— la decisión del menú. El auror pidió unas aceitunas variadas para picar, una ensalada rústica para compartir y una gigantesca pizza con multitud de ingredientes. Claramente la bodega no era el fuerte del restaurante, así que Draco tuvo que conformarse con una cerveza.

—Sigues debiéndome una cena decente —masculló en cuanto el camarero se hubo retirado.

Potter sonrió, indudablemente feliz de haber acabado en ese local.

—¿Quién te ha dicho que lo que vas a cenar no es decente? —preguntó.

—¿Por dónde quieres que empiece? ¿Por la mesa? —servilletas de papel y manteles de poliéster. Gracias a Merlín, los vasos eran de cristal.

Potter se rió, mirándole con expresión divertida.

—Sé que te gusta comer en el Aubergine o en La Tante Claire; y aunque te encanta el Gordon Ramsey, tiene el inconveniente de que hay que reservar con un mes de antelación. Adoras los vinos franceses y prefieres la carne antes que el pescado. Tus postres favoritos son el pastel de vainilla y la crema de chocolate blanco.

Perplejo, Draco cerró la boca, consciente de la cara de idiota que debía tener en ese momento.

—¿Me has estado investigando? —preguntó, incrédulo.

Potter sonrió de nuevo.

—Investigo a mucha gente, Malfoy. No siempre porque hayan hecho o sospeche que vayan a hacer algo malo.

—¿Y cuál es mi caso? —preguntó Draco, un poco tirante.

Potter se encogió de hombros, restándole importancia.

—Simple curiosidad.

—¿Tanta como para averiguar mi postre favorito? —inquirió Draco con ironía.

Potter permaneció pensativo unos momentos antes de responder.

—Al igual que de todos los empleados del Ministerio, tenemos expedientes de todos los magos y brujas que trabajan en Gringotts. Por seguridad —añadió—. Es una de las exigencias que impusieron los duendes. Pensé que lo sabías.

No, Draco no lo sabía. Empezó a sentirse bastante molesto.

—¿Y qué más has averiguado de mí? —quiso saber.

 Potter suspiró.

—Estás limpio, Malfoy. No te preocupes.

—¡Por supuesto que lo estoy! —rebatió Draco con ironía—. Me ducho cada día; incluso varias veces, si es necesario.

Potter negó con la cabeza y sonrió, como si le hiciera gracia que Draco se sintiera tan ofendido.

—No voy a hablar de mi trabajo —aseguró después—. Simplemente acepta mi palabra de que no hay ningún problema contigo, ¿de acuerdo?

Draco apretó los labios y desvió la mirada de Potter, negándose a contemplar un segundo más su sonrisa condescendiente. ¡Gilipollas! Se dedicó a observar a la gente de las mesas cercanas a la suya, aunque pudieran pensar que estaba siendo un maleducado. Le importaba una mierda lo que pensaran esos muggles; la culpa era de Potter. Sólo cuando el camarero dejó las aceitunas y las cervezas sobre la mesa, Draco dejó su aburrido entretenimiento y se dedicó  a devorar aceitunas y a ignorar a Potter con absoluta resolución.

—¿No piensas hablarme en lo que resta de cena? —preguntó el auror al cabo de un rato.

—¿Para qué? —preguntó Draco sin mirarle— Parece que ya lo sabes todo sobre mí…

—Estás sacando las cosas de quicio, Malfoy —le recriminó Harry.

Draco notó por su tono de voz que estaba molesto. El Jefe de Aurores no volvió a dirigirle la palabra. Cuando el camarero dejó en la mesa la ensalada y la pizza, ambos comieron en silencio, apenas sin mirarse. Al cabo de un rato, Draco empezó a sentirse ligeramente incómodo. Y contrariado. Había esperado poder sonsacar a Potter. Siempre había tenido gran habilidad para dirigir una conversación hacia el punto que a él le interesaba. Se había propuesto averiguar más sobre lo que el auror había definido como una “pequeña maldición”. Y si además lograba ingeniárselas para hacerle reconocer que era gay, podría dar su noche de sábado por bien empleada. Toda su maniobra de la cena se había jodido por culpa de la revelación del Jefe de Aurores y su, tal vez, sólo tal vez, desorbitada reacción. Además, no reconocería ni bajo una batería de Cruciatus que la cena estaba resultando mucho más sabrosa de lo que esperaba.

—¿Vas a querer postre?

Oír la voz de Potter después de tan tupido silencio entre ellos, completamente hundido en sus propios pensamientos, le sobresaltó un poco.

—Por supuesto —afirmó Draco—, ¿tú no?

El auror negó con la cabeza. Draco se encogió de hombros e hizo una señal al camarero para que le trajera la carta de postres. Acabó eligiendo una sfogliatella, que era una pasta dulce rellena de ricota, fruta confitada, canela y vainilla. Potter sólo pidió un café. 

—¿Vas al gimnasio o algo? —le preguntó Potter con curiosidad, mientras le observaba comer— Porque no sé dónde metes todo lo que engulles…

Draco sonrió. El tono del auror volvía a ser normal, casi amable. Y a él ya se le había pasado la corajina y había retomado sus intenciones iniciales.

—Primero, dejemos algo muy claro, Potter: yo-no-engullo. En cuanto a tu pregunta, no, no voy a ningún gimnasio. Supongo que tengo un buen metabolismo —respondió—. ¿Y tú?

El gimnasio y mantenerse en forma solía ser una obsesión para algunos gays. Y Potter no tenía ni un gramo de grasa en el cuerpo; podía dar fe de ello.

 —Tampoco —negó el auror—. Siempre he sido delgado.

Y completamente fibrado, añadió Draco mentalmente. ¿Cómo sería tirarse a Potter? Que Potter se lo tirara a él tampoco le importaría demasiado. Lástima que no pudiera utilizar lo que sabía sin acabar implicando a Pansy. Estaba seguro de que, de saber de la existencia de esa memoria, Potter no se detendría ante nada para encontrar al culpable. Y era fácil suponer que  el poder de Harry Potter como Jefe de Aurores podía llegar mucho más lejos de lo que a  Pansy y a él les convenía.

—¿Qué te apetece hacer luego? —preguntó Draco tras unos instantes de breve silencio— Podemos tomar una copa en algún lado… Yo invito —añadió, viendo por la expresión del auror que éste no parecía muy inclinado a aceptar la oferta.

—La verdad es que no me apetece demasiado.

—Venga, hombre —insistió Draco—, deja que te invite. Siento haber estado un poco borde contigo antes…

Potter pareció considerarlo y, aunque no se le veía del todo convencido, al final accedió.

—Conozco algunos locales bastante buenos en el Soho —insinuó Draco. Y esperó algún tipo de reacción. Al ver que ésta no llegaba, aclaró—: Soy gay.

—Lo sé —dijo tranquilamente Potter, en el mismo tono que hubiera respondido si Draco le hubiera dicho que estaba lloviendo.

¡Claro que lo sabía!, rezongó el ex Slytherin mentalmente. Al parecer, lo sabía todo sobre él.

—Entonces, ¿no te importa ir a un club de ambiente? —preguntó.

—No me importa —aseguró Potter en el mismo tono neutro.

Draco sonrió para sus adentros.

 

 

Malfoy le llevó a The Edge, un club que estaba en la esquina de Soho Square con Soho Street. Harry había estado en algunos locales del Soho hacía muchos años, algún tiempo después de la guerra. No conocía aquel en particular; o al menos no lo recordaba. Se respiraba una atmósfera bastante cosmopolita, aunque la música se aferraba a la habitual en ese tipo de locales: Britney, Kylie y Madonna. Harry tuvo la impresión de que las bebidas no debían ser precisamente baratas, pero de todas formas era Malfoy quien pagaba. Mientras seguía a su ex compañero de escuela hasta una de las barras del local, comprobó que éste se movía en el ambiente como pez en el agua. Malfoy era extraño: tenía serios inconvenientes para cenar en lo que él consideraba un restaurante demasiado vulgar, pero aceptaba felizmente ser apretujado y hasta empujado en un local repleto de muggles chillones y sudorosos.

—Cualquier cosa sin alcohol —respondió cuando Malfoy le preguntó sobre qué bebida prefería—. Ya sabes, la poción…

La verdad es que no tenía ni idea de si el alcohol era contraproducente con la poción que había tomado. Aunque estaba seguro de que Gibbon se lo habría dicho si así fuera. Pero prefería tener la cabeza bien despejada esa noche. Que Malfoy pareciera tan enfadado un momento y se comportara de forma suave y amable al siguiente, le tenía un poco mosqueado. Si bien ahora eran dos hombres adultos y maduros, estaba convencido de que a Malfoy las rabietas no se le pasaban tan pronto y que tampoco pondría despreocupadamente en sus manos información tan privada como lo era sus tendencias sexuales. Hacía años que sabía que Malfoy era gay, como también sabía que, a pesar de no esconderlo, era una persona reservada y discreta que no iba pregonándolo a los cuatro vientos. El instinto de Harry le decía que fuera cuidadoso.

—Toma —gritó Malfoy prácticamente en su oreja—. Un cóctel de granada, sin Cointreau y sin Martini.

Harry dio un sorbo para comprobar que, efectivamente, sólo sabía a una mezcla de frutas. Estaba bueno. Miró de reojo a Malfoy, quien se había apoyado en la barra y observaba la pista de baile con concentrado interés. El líquido de su vaso tenía un color dorado y Harry supuso que era whisky. Se preguntó si Malfoy estaría buscando su presa para esa noche. Tal vez ahora que había puesto las cartas sobre la mesa con respecto a sus inclinaciones y Harry le había demostrado que no le importaba, se sentiría libre para llevar a alguien al apartamento para pasar la noche. El auror le dio otro trago a su cóctel mientras observaba a los desenfrenados bailarines que danzaban frente a ellos. Nunca había entendido como alguien podía bailar de esa forma y no acabar desencajado. A él no le gustaba bailar.

Durante el rato que estuvieron en la barra, Harry se dio cuenta de que Malfoy había rechazado más de una oferta; y que la mayoría de tipos se lo comían con los ojos, a falta de poder comérselo de otra forma. Reconoció que su ex compañero de escuela era guapo en toda la extensión de la palabra, mucho más de lo que recordaba de sus tiempos de colegio; incluso después de la guerra. Se parecía bastante a su padre —quien mortífago o no, sin duda había sido un hombre atractivo—, pero en una versión más moderna y mugglelizada de Lucius. A diferencia de su progenitor llevaba el pelo corto y Harry sólo le había visto vestir túnica o ropajes propios de magos cuando iba al trabajo. Y estaba claro que no le importaba relacionarse con muggles. Harry se preguntó qué opinaría su padre de eso; aunque era bastante probable que Lucius ignorara esa parte de la vida de su hijo.

Finalmente, Malfoy pareció encontrar a alguien de su agrado. Un moreno bastante atractivo, mucho más vestido que la mayoría de hombres que había por allí. Muchos habían perdido sus camisetas y, a medida que avanzaba la noche, algunos incluso sus pantalones. Con su segundo cóctel de granada en la mano, Harry observó a la pareja. Hacía rato que Malfoy parecía haberse olvidado de él. Ahora, entretenido en tontear con el moreno, le ignoraba por completo. No es que le importara demasiado. A Harry le gustaba observar a la gente. No sabría decir si siempre había sido así o era una deformación profesional que había desarrollado a lo largo de su carrera como auror. Tenía que reconocer que no quitarle ojo a Malfoy —disimuladamente, por supuesto—  le estaba entreteniendo bastante. Malfoy era… elegante. Refinado en cada uno de sus movimientos; incluso comiéndose una tostada en la cocina. Su sonrisa tenía un punto de ironía y un punto de provocación que le hacía muy atrayente, tanto que le hacía desear intentar algo con él a pesar de esperar un más que probable rechazo. Como los veinte primeros tipos que se le habían acercado antes de aquel moreno, quien probablemente todavía no podía creer la suerte que había tenido.

Harry suspiró interiormente y apartó la mirada cuando empezaron a comerse la boca. No es que Malfoy y el otro tipo estuvieran haciendo algo fuera de lugar en aquel sitio; pero se sintió incómodo. La forma en que Malfoy estaba besando a aquel hombre era demasiado caliente como para que las hormonas de Harry no empezaran a alterarse un poco, a pesar de que a su alrededor había un montón de hombres más haciendo exactamente lo mismo. De que él podría estar haciéndolo también, si quisiera. Pero no quería. No pensaba bajar la guardia.

Eran poco más de las dos de la mañana cuando Malfoy le dijo que se largaba con aquel tipo. Harry agradeció poder marcharse, por fin, a casa. El ex Slytherin regresó al apartamento a las seis de la mañana. Cuando oyó la puerta, Harry, finalmente, se rindió al sueño.

 

 

—No sé, Pansy —hablaba Draco unos días después—. Si no fuera por esa memoria, juraría que realmente tu fuente te había fallado esta vez. Ni se inmutó, ¿puedes creértelo?

Pansy notó cierto desaliento en la voz de su amigo.

—Había un montón de tíos buenos bailando a su alrededor, insinuándosele, y lo único que hacía él era beberse esa mierda de cóctel sin alcohol e ignorar a todo el mundo.

—¿También te ignoró a ti, cariño? —preguntó Pansy en un tono ligeramente burlón.

Draco la fulminó con la mirada. Pero ella le lanzó una nueva andanada.

—Reconoce que no puedes ignorar el culo de Potter desde que lo has visto —sonrió con malicia—. Ni esa hermosa herramienta que Merlín le ha dado.

Él se llevó la copa de vino a los labios para no responder. Jamás confesaría lo que caliente que le ponía esa memoria de Potter. Lo único que le jodía era que fuera precisamente del Salvador del mundo mágico.

—Había poca luz…  Y seguramente las he visto mejores… —aseguró después con desdén

—Y también peores —se rió Pansy—. Venga, Draco, no seas desdeñoso —bajó un poco la voz—. La polla de Potter es estupenda. Y demostrado está que sabe cómo utilizarla. Ya quisiera yo… —suspiró.

Draco guardó un breve silencio, asesinando a su amiga con la mirada.

—Está bien —se rindió por fin—, tal vez me haya obsesionado un poco —sus ojos destellaron un enojo apenas contenido—. ¡Por culpa de una retorcida harpía que me dio algo que preferiría no haber visto!

—¡Oh, por favor! —se rio Pansy, en absoluto impresionada por la amenazadora mirada de su amigo— Torres más altas han caído. Acuérdate de Krum…

Draco no pudo evitar esbozar una mueca de hastío ante el recuerdo del jugador búlgaro. Desde el Torneo de los Tres Magos que se había celebrado en Hogwarts, Krum había sido su obsesión y el protagonista de sus sueños más húmedos durante mucho tiempo. Hasta que, seis años atrás, el Mundial de Quidditch se había vuelto a celebrar en Inglaterra y Draco había conseguido entradas con acceso a los vestuarios para saludar a los jugadores de las distintas selecciones. El heterosexualísimo culo de Krum había caído bajo las ansiosas manos —y la no menos ansiosa polla— de Draco. Había sido una completa decepción. El búlgaro había sido un frustrante compendio de fabulosos músculos esculpidos en un cuerpo de infarto, que al parecer solamente se movía con gracia encima de una escoba, incapaz de acoplarse a un ritmo satisfactorio para ambos, acompañado por un concierto de guturales gruñidos que en lugar de enardecer la libido, la extinguían sin compasión.

—Y algunas se han estrellado —se mofó.

Pansy se rio porque conocía la decepcionante historia al detalle.

—Entonces… ¿piensas intentar algo con Potter? —preguntó después.

—¿Estás loca? —bufó su amigo—. Ni que me hubiera vuelto loco yo también.

Pansy levantó ambas manos en señal de rendición. No pensaba entrar en una discusión con Draco que no les llevaría a ninguna parte y acabaría con su amigo de malhumor y molesto con ella. Sin embargo, Pansy conocía muy bien al apuesto y engreído rubio sentado frente a ella. Tal vez no quisiera confesarlo, pero estaba segura de que Draco trataría de meterse en los pantalones de Potter más temprano que tarde. La tentación era demasiado grande.

 

 

El lunes siguiente por la mañana, a medida que avanzaba por el corto corredor que desembocaba en el salón, un delicioso aroma a beicon, huevos fritos y, sin temor a equivocarse, tostadas francesas, inundaron la sensible nariz de Draco. Cauteloso, caminó los cuatro pasos que le separaban de la pequeña cocina y se detuvo, apoyándose en el quicio de la puerta. Observó perplejo el atareado despliegue de Potter: las sartenes que nunca utilizaba estaban al fuego, se oía el oloroso burbujeo de una cafetera que no recordaba tener y las siempre impolutas superficies de las encimeras tenían desparramados sobre ellas, cáscaras de huevos, mantequilla, espátulas y rebanadas de pan. Potter se dio la vuelta en ese momento y le dedicó una sonrisa tímida. Llevaba un ridículo delantal blanco con grandes letras rojas que rezaban: ¡Felicita al Cocinero!

—Espero que no te importe —dijo con la expresión de no tenerlas todas consigo—. Me apetecía cocinar esta mañana…

Draco recorrió lentamente con mirada crítica cada palmo de la cocina para acabar posándola finalmente en Potter.

—Después piensas limpiar, ¿verdad? —fue lo único que se le ocurrió decir.

El auror le dirigió una mirada extraña.

—Por supuesto —balbuceó. Y le dio la espalda a Draco para quitar la cafetera del fuego.

Después piensas limpiar, ¿verdad? Draco deseó abofetearse a si mismo.

—No sé si te gusta el café —dijo Potter, ya sin esa hermosa sonrisa en los labios —. Así que he hecho también té.

—Sí, me gusta. Pero por la mañana prefiero el té. Gracias.

Potter asintió y le sirvió una taza de té. Después se sirvió otra  de café para él. Se sentó a la mesa, donde ya había dos platos con huevos fritos y beicon y le añadió un par de tostadas francesas al suyo. Empezó a comer sin decir una palabra más.

—Así que cocinas…

Potter levantó la vista de su plato.

—Hay que sobrevivir… —sus labios se torcieron en una mueca burlona—. Yo no tengo elfos domésticos en mi todavía desmoronada casa.

—Tú te lo pierdes…

—Seguramente —Potter apartó bruscamente el plato y se levantó—. Tengo que irme.

El auror sacó la varita de su bolsillo y la agitó decididamente en dirección a los fogones y encimeras hasta que todo quedó limpio. Después se quitó el delantal, que aun llevaba, y lo hizo desaparecer.

—Que tengas un buen día, Malfoy —le deseó a Draco, con la misma expresión con la que debía entrar en una sala de interrogatorios. Y desapareció.

Draco se quedó allí sentado, delante de un delicioso plato de huevos fritos con beicon y tostadas francesas, con una sensación de imbecilidad en el cuerpo que no le gustaba nada.

 

 

—¿Que si pensaba limpiar? —Pansy reprimió el chillido porque se encontraban en un restaurante y tampoco era cuestión de llamar la atención— ¿Eso fue todo lo que se te ocurrió decirle?

Draco se encogió de hombros, aparentando una gran indiferencia.

—Eres un idiota —espetó su amiga, dejándose caer hacia atrás en su silla.

—No consiento que me insultes —se mosqueó Draco.

—No voy a felicitarte…

Draco apretó los dientes. Pansy era insoportable cuando se ponía en ese plan. ¿Por qué le habría contado nada?

—¿Y qué ha hecho el resto de la semana? —preguntó Pansy, obviando la cara de pocos amigos que tenía Draco.

—No lo sé —gruñó el rubio—. No le he visto.

Ella dejó escapar un suspiro dramático, negando con la cabeza.

—El tipo intenta socializar y tú te pones en plan tiquismiquis con tu cocina. ¿Se puede ser más imbécil?

—Pansy —advirtió Draco con voz constreñida—, un insulto  más y te petrifico aquí mismo.

—¡Perfecto! —se burló ella— Así cuando vengan los aurores a detenerte por haber hecho magia delante de un montón de muggles, seguramente será Potter quien patee tu culo hacia una celda húmeda y fría y tire después la llave.

—Contrariamente a lo que piensas, no tengo ningún interés en Potter —aseguró Draco con toda la contundencia de la que fue capaz.

Pansy le dedicó una sonrisa condescendiente.

—Sí, claro. Y yo no llevo un Versace que me ha costado 5.000 libras.

—Que te sienta muy bien, por cierto.

—Gracias. Pero todavía me acuerdo de que querías petrificarme.

Draco suspiro. Esa iba a ser una comida muy larga.

 

 

Draco había visitado Brighton en contadas ocasiones. La última hacía ya un montón de años. Desoyendo los consejos de Pansy —¡Claro, vete a Brighton! Potter debe estar tan feliz contigo que apreciará enormemente que le sorprendas follando en algún rincón de un cuarto oscuro. ¡Si acabas en Azkaban, no pienso visitarte!—, quien se había puesto un poco histérica ante la brillante idea de plantarse en Brighton la noche del sábado y hacerse el encontradizo con Potter. En qué momento el auror se había convertido en una obsesión, no lo sabía. Pero lo único que deseaba era tener la oportunidad de sorprenderle como en ese recuerdo y sí, reconoció por fin, meterse en ese culo prieto y jugoso que poblaba sus fantasías más depravadas desde que casi lo había visto.

 Eran las diez de la noche cuando Draco se apareció en Brighton. La ciudad era famosa por su vida nocturna y las comunidades LGBT y heterosexuales se encontraban perfectamente mezcladas. Ofrecía algunos de los mejores bares y clubs para gays y lesbianas del país, que se concentraban en el Kemp Town, una franja compacta de pubs y discotecas a pocos minutos del paseo marítimo. Maravillado por el bohemio y desinhibido ambiente que se respiraba en ese barrio, Draco se preguntó por qué no había visitado Brighton con más frecuencia. A lo largo de la noche y hasta bien entrada la madrugada, Draco recorrió la mayoría de pubs y discotecas de la zona. En un par de ocasiones la tentación fue demasiado caliente como para no acabar en el cuarto oscuro del club en cuestión; y se tomó una copa en cada nuevo local en el que entraba así que al regresar a su apartamento sobre las seis de la mañana, corrió un verdadero riesgo de escindirse. No había encontrado a Potter.

 

 

El domingo por la mañana el resacón era tan imponente que se sentía incapaz de sacar un pie de la cama. Descompuesto y sintiéndose miserable, trató de reunir fuerzas para llegar al cuarto de baño y hacerse con el frasco de poción anti resaca. Pero sólo despegar la cabeza de la almohada un par de centímetros hizo que la habitación girara vertiginosamente a su alrededor. Merlín bendito, ¡menuda cogorza! Y ese fue el último pensamiento coherente que tuvo antes de volver a un cómodo estado de seminconsciencia en el que al menos no le dolía la cabeza. Hasta que unos golpes, desorbitadamente atronadores, le despertaron. Intentó cubrirse la cabeza con la almohada e ignorarlos y la estrategia pareció dar resultado.

—Malfoy, ¿te encuentras bien?

Draco dio un respingo sobre la cama, sobresaltado, y el frágil equilibrio que había entre su estómago y él finalmente se descompuso. Tuvo el tiempo justo de sacar la cabeza para no vomitar sobre las sábanas y lo primero que vio, entre arcada y arcada, fue unas desgastadas deportivas de color rojo que se apartaban rápidamente. Cuando terminó, el dueño de esas deportivas hizo desaparecer el estropicio que inundaba el suelo.

—Vaya, menuda resaca —sonaba a la voz de Potter, aunque Draco era incapaz de abrir los ojos para comprobarlo—. ¿No tienes poción anti resaca?

¿Crees que me sentiría tan miserable y avergonzado si hubiera podido tomármela, capullo?, gruñó Draco mentalmente. Su voz sonó pastosa e ininteligible cuando dijo:

—Baño…

Pero Potter debió entenderle porque a los pocos segundos le ayudaba a incorporarse y empujaba un vaso contra sus labios.

—No creo que te sirva de mucho ya… —murmuró Potter, en un tono ligeramente jocoso que mortificó todavía más a Draco— Duerme, Malfoy. Seguro que luego te sentirás mejor.

A continuación Draco oyó la puerta de la habitación cerrarse y al instante se durmió.

A las seis de la tarde, duchado y vestido, Draco hizo de tripas corazón para enfrentarse a las más que probables burlas de Potter; o a su mirada reprobatoria. Sabía que estaba en casa porque podía oír el sonido del televisor. Estaba mirando un programa de deportes; probablemente un partido de futbol. Se preguntó si sería mejor ignorar el hecho de que había estado a punto de vomitarle sobre los zapatos, fingiendo que no había pasado o, por el contrario, pedirle disculpas. Rechazó inmediatamente la segunda opción.

—Potter —se limitó a decir a modo de saludo.

El auror levantó esa mirada imposiblemente verde hacia él y el estómago de Draco ejecutó una inesperada cabriola.

—¿Cómo estás? —preguntó.

Draco alzó una ceja y esbozó una sonrisa torcida que parecía decir: Por favor, ¿me has mirado bien? Durante unos segundos Potter pareció algo desconcertado, pero después decidió pasar de él.

—Te he dejado comida en la cocina —dijo. Y volvió a concentrarse en el partido que estaba viendo en la tele.

Frustrado por haber perdido su atención tan rápidamente e incapaz de reconocer tal frustración, Draco se dirigió  a la cocina con muy poca hambre y muchas ganas de encontrar algo fuera de lugar y poder así recriminárselo a Potter.

 

 

 

 


 

[1] Slytherin, 1989 - 1995, Bateador de Quidditch . Jugó sucio contra Alicia Spinnet en el partido final de Gryffindor-Slytherin de 1993-4, golpeándole a ella con el bate, alegando que le había confundido con una Bludger.

[2] Si hay una bebida veraniega por excelencia en Inglaterra es el Pimm's Nº 1, que casi todo el mundo llama "Pimm's" a secas. Se trata de un licor basado en la ginebra de un característico color cobrizo. Se suele tomar bien fresquito combinado con lemonade, bebida con sabor a limón pero que es más parecida a la gaseosa que a la limonada española. Así mezclado tiene un sabor algo dulzón pero muy refrescante. Es muy típico de tomar en barbacoas y picnics; en muchos pubs te lo sirven en jarras para que te lo tomes en la terraza. Pimm's es un licor nacional.

[3] Bole: el tronco de un árbol, un nombre apropiado para un bateador de Slytherin.

[4] Christine Keeler (1943). Ex modelo británica. En los 60 provocó un escándalo político en Inglaterra, que recibió el nombre de 'Caso Profumo'. Trabajando en un cabaret de topless, ella se lió al mismo tiempo con el ministro británico John Profumo y el agregado militar y naval de la URSS Eugeni Ivanov. Resultó que ella se enteraba de los secretos del ministro y se los vendía al ruso. El ministro fue sustituido y pasó el resto de su vida trabajando de lavaplatos, mientras que la bella espía ganó mucho dinero por la popularidad que ganó entre los periodistas y fotógrafos.