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Apoteosis

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Él era lo único en Refugio que mi mente era capaz de comprender.

Era imposible asimilar las cadenas alrededor mis muñecas, o el violento interrogatorio. Era imposible asimilar miles de cuerpos carbonizados, o el brillo verde y enfermo que derramaba el cielo. Era imposible asimilar el dolor palpitante que partía la palma de mi mano en dos, o la magia corrupta que parecía contaminar mi maná. Era imposible asimilar todo aquél icor de demonio sobre la nieve, o a un enano imberbe que besaba gentilmente una ballesta salpicada de sangre.

Pero, ¿un elfo apóstata invocando una barrera protectora a mi alrededor? ¿Un elfo mayor tomando mi mano para enseñarme a usar una magia nueva y extraña? ¿Un hahren explicando mi cometido en todo aquel caos en un tono amable? Eso sí tenía sentido, como todo lo que sabía acerca de ser Primera de un clan. Si un elfo como él prestaba su magia a esta causa, yo no podía hacer menos.

Durante esos primeros días, Solas fue una vía de escape.

Cuando la crisis inicial hubo concluido, se me otorgó algo que, como todo lo anterior, sobrepasaba mi capacidad de entendimiento: una pequeña casa en Refugio. A menudo me despertaba aterrada, las paredes parecían cerrarse aún más en torno a mí, bloqueando el consuelo de las estrellas con algo tan nimio como un techo. Solía deslizarme fuera y escalar al tejado para saltar los muros del asentamiento con sigilo y alejarme del campamento militar.

Cruzaba con dificultad la superficie congelada del río hasta llegar a un lugar en el bosque donde guardaba mantas y una botella pequeña. Eso era todo lo que necesitaba. Una hora bajo las estrellas, un árbol contra mi espalda y el suficiente brandy como para pulir los bordes más escabrosos del límite de mi aguante.

Hasta que un día me encontré con él. Caminaba descalzo sobre la nieve, como yo. Con sus largos dedos sujetaba firmemente una flecha. Una de sus elegantes orejas se movió levemente hacia mí, y con una media sonrisa me hizo saber que estaba a salvo. Se mantuvo quieto un poco más, ajustó su puntería y dejó a la flecha volar.

Desde donde yo estaba no podía ver a su presa, sin embargo, estaba segura de que la había matado.

—Dada tu habilidad para adentrarte corriendo en el bosque sin ahuyentar a una cierva, intuyo que los dalishanos todavía conservan alguna habilidad que inculcar en sus jóvenes.

Ma serannas —dije agachando la cabeza en un intento de reverencia.

De alguna manera mi gente debía de haberle juzgado mal. Que un elfo tan versado y perspicaz como Solas no se esforzara por ocultar su menosprecio, lo decía todo acerca del gran error que habían cometido con él. Un error tan deplorable como La Larga Marcha, pues era obvio que necesitábamos desesperadamente a personas como él si alguna vez queríamos recuperar lo que habíamos perdido.

Aquella noche le enseñé mi pequeño escondite y encendí un fuego mientras él trabajaba la carne del ciervo (con la misma naturalidad con la que lo habría hecho cualquier dalishano, cabe decir, aunque no me atreví a comentárselo). Así, encogida sobre mi misma a su lado, podía cerrar los ojos y fingir que estaba en casa. Compartimos la botella de brandy y contó una historia sobre cuando la Heroína de Ferelden viajó a través de aquellos bosques. Fue una elfa, maga también, instruida en el Círculo no obstante, algo que ambos encontrábamos insólito.

—¿Alguna vez has estado con un humano?

Seguramente Solas pensaba en Alistair, el amante de la Heroína, cuando hizo su pregunta. La diferencia entre nuestras edades era la suficiente como para que la pregunta no generara tensión, o para que se me juzgara por mi respuesta. Había escuchado decir que los cuerpos de los elfos y los humanos no eran piezas de un mismo rompecabezas, sin embargo, a algunos les divertía la apreciación de esta diferencia.

—No, nunca. Por lo general mi clan se mantenía alejado de las ciudades. Alguna vez acogimos shemlen en nuestro campamento, sobretodo apóstatas, pero ninguno me llamó la atención. ¿Tú?

—Una vez —dijo casi con demasiada apatía—. No lo recomiendo.

Su honestidad me arrancó unas carcajadas.

—Es ese vello cubriendo sus caras. No puedo soportar el pelo.

—Supongo que Bianca no tiene por qué preocuparse de tu estima por el Maestro Tethras —dije riéndome de nuevo, esta vez con más ganas.

—Lo cierto es que el tapiz pectoral que exhibe es extraordinario, pero no, la dama ballesta no ha de temer por mí.

Sonrió para sí y bebió un sorbo de la botella. Mientras, me fijé en lo suave que parecía su piel, como mármol pulido. Me recreé contemplando el filo de sus orejas... Terminé la botella cuando me la devolvió, claramente había bebido demasiado.

—Sé que no te lo parecerá ahora, pero acabarás apreciando las camas de los humanos, da'len. Te acostumbrarás al lino de la ropa de cama y a los postes de madera de sándalo. Dale tiempo. Deja que el sueño te envuelva en el lecho, aunque prefieras mil veces más dormir bajo las estrellas. Te será más fácil adentrarte en su mundo si te obligas a despertarte en él.

La brisa nocturna era tranquila y por primera vez desde la explosión, no sentí que me estuviera ahogando en el caos.