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El club de los imperdibles

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"¡Diablillos en impaciente corro
Se rifan mi Alma!"

-Emily Dickinson

 

“¿Lo primero que he hecho al despertarme? Llorar ¿Lo segundo? Cagar…”.

 

Las malas lenguas dicen que jamás debes usar una canción a la que tengas un mínimo aprecio como despertador. Quizá tienen razón. Pero hay algo de atractivo en aprender a odiar lo que una vez amaste y algo de inofensivo en que se trate de una canción.

 

La piel mullida y rosada de la planta de sus pies descalzos quedó aplastada contra el frío suelo de mármol. A eso se le llama despertar. El frío le sube por los gemelos, se propaga por su torso y el intento de estallido en el cerebro queda frustrado por un sueño todavía demasiado pesado y denso.

 

Se incorpora, bosteza y zarandeándose el pelo, intenta arrancar los testarudos pedacitos de sueño que se niegan a abandonar. Avanza por el oscuro pasillo hasta llegar al cuarto de baño. Abre la puerta de un golpe de espalda y le presenta batalla al espejo. Esta vez pierde. Pierde por la palidez que se extiende por su frente y que invade también sus mejillas, la rosadez acostumbrada de las cuáles, parece aglutinarse hoy bajo las cuencas de sus ojos: rojizo, sí, y morado también. La paleta de colores hoy está toda mezclada y pronto recuerda el porqué.

 

El nombre se le escapa en un susurro de estupefacción entre los labios y con él se va todo el aliento que almacenaba en su cuerpo. Le cuesta acordarse de cómo respirar. Cuando lo hace, el aire ha cambiado de textura y de sabor, ahora se vuelve ajeno y extraño.

 

Abre la ducha y el fluir del agua le recuerda que todo sigue avanzando, el mundo no se ha detenido, ni se ha acabado. “De todas maneras”, piensa, “todos los que se enamoran acaban mal”. Sacude la cabeza, salta dentro de la ducha y ahoga sus pensamientos. Se ha convertido en agua azul transparente ahora él también. Esa frase no tiene sentido porque él no se ha enamorado.

No puede haberse enamorado.