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When you hear the sirens, you better run

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A Brandon le gustaba el abrigo de la noche sobre sus hombros, los últimos rayos de sol resbalando por su espalda. Una vida joven y aún así llena de experiencia le había ayudado a comprender que sus amantes eran mucho más desinhibidas de noche, y también había pequeños detalles que sólo se podían apreciar en esa etapa del día.

 

Siendo de noche, podía escucharlas más claramente, desde sus suspiros hasta sus súplicas, cualquier otro sonido parecía ahogarse en la oscuridad. Él cerraba los ojos –de todas formas no le ayudaban demasiado abiertos–, le gustaba no guiarse por ellos, que fueran sus labios y sus manos los que exploraran la piel desconocida.

 

Las calles no estaban tan atestadas como podrían haberlo estado durante el día. No, apenas había un par de personas, transeúntes comunes, corredores –de esos atletas que él fingía ser– o hasta esa clase de gente que sacaba a pasear a su mascota de noche.

 

Ninguno de ellos era un obstáculo, todos tenían algo en común, todos acababan mirando a otro lado y siguiendo su camino. Ellos continuaban con sus vidas y él con la suya, apretando el cuerpo de su amante contra la pared y devorando ávidamente cada sonido que salía de su boca.

 

Estaba listo para seguir, para hacer lo que mejor sabía hacer, culminar con ese encuentro casual. Pero entonces ella se sacudió y se separó, visiblemente asustada.

 

–¿Qué?– él respiraba con fuerza, insatisfecho y confundido. Le sujetó los hombros y abrió los labios para llamarla por su nombre, pero… no lo sabía. –Háblame– le pidió suavemente. –Háblame, ¿qué…?

 

Ella estiró su brazo encima de su hombro, señalando la patrulla a sus espaldas. El chillido de las sirenas recién llegaba a sus oídos, a su mente desconectada del mundo real. Un suspiro se ahogó en su garganta cuando se giró hacia su amante. Estaba pálida y era joven, muy joven, quizás más de lo que acostumbraba. Aquello se le estaba yendo de las manos.

 

–Ve– murmuró, dando media vuelta y enfilándose hacia la patrulla antes de que los policías pudieran verla. Ellos eran dos, un principiante y lo que parecía ser su ‘tutor’, al menos a simple vista, quizás se equivocaba.

 

El segundo hombre llamó su atención, sus pasos no estaban nada coordinados y siempre tenía una mano sobre el vehículo para sostenerse. Sus ojos desorbitados lo recorrían de arriba abajo, de la cabeza hasta los pies y de regreso, mientras una sonrisa asquerosa surcaba sus labios.

 

–¿Estabas divirtiéndote?– le preguntó con una ceja enarcada. Brandon bajó la cabeza y no respondió, pero no parecía necesitar que lo hiciera. –Yo diría que sí– señaló su cremallera abierta con el mentón. –¿Cuál es tu nombre?

 

–Brandon– respondió tajante.

 

–¿Puedes ponerte contra la pared, Brandon? Ya sabes, como lo hacía la pequeña zorra que crees que no vimos irse–.

 

Una sonrisa socarrona lo recibió cuando levantó la vista. Él no quería más problemas, no quería ninguno, sólo quería que eso acabara de una vez.

 

–Sí, señor…–.

 

Obedeció, tal y como le había pedido. Obedeció de la mejor manera posible, apoyando su frente y sus manos contra la pared, esperando que lo inspeccionara o lo que fuera que tuviera planeado hacerle… No. No lo que fuera, sólo debía inspeccionarlo. Nada más.

 

–Detective Robertson para ti, querido Brandon– le corrigió después de un rato, con sus dedos cerrados sobre sus muñecas y su aliento a alcohol sobre su mejilla. –…O Bruce. Llámame como más gustes, te doy ese derecho.

 

Brandon no hizo caso. Guardó absoluto silencio mientras las manos del detective palpaban sus bolsillos, todavía acorde al procedimiento. Luego bajaron por todo su cuerpo, pero no de la forma que esperaba, de hecho todo era bastante… profesional. Incluso llegó a maldecirse por esperar que fuera de otra forma.

 

–Estás tenso, Brandon– observó Bruce, mientras se erguía de nuevo. –Parece que esa zorra no hizo bien su trabajo…– respiró contra su cuello, presionando su cuerpo contra el suyo, pero sin apretarlo contra la pared. Lo empujaba y retrocedía, empujaba y retrocedía, podía sentir ese duro paquete golpeándole el trasero en cada ocasión. La mano ajena se metió entre sus piernas y tiró hacia arriba de su involuntaria erección. Una risa de victoria vibró en su oído y, a la vez, opacó un jadeo vergonzoso. –Tengo razón, ¿eh?

 

Brandon forcejeó y trató de escapar, pero estaba atrapado entre el detective y la pared.  Bruce siguió interrogándole como si nada.

 

–¿Siempre vienes aquí, Brandon?– él no podía responder sin jadear y, si no hablaba, los movimientos sobre su miembro eran más bruscos. Entonces gemía y Bruce continuaba. –¿Eh? ¿Qué dices? –el detective impulsó sus caderas hacia adelante y pegó su abdomen al muro. Su mano quedó a solas con su entrepierna y empezó a moverla más rápido. –¿Te encontraré aquí mañana? ¿O… quieres más? No entiendo qué dices, Brandon querido.

 

Bruce se fijó en su ropa de corredor, deduciendo que tenía una rutina y sí lo encontraría fácilmente de nuevo. Eso le bastó para quitarle las manos de encima, justo antes de que se corriera, dios, sí que le hubiera gustado que eyaculara en su mano, pero le gustaba más dejarlo deseoso y enfadado como lo miraba ahora.

 

–Hasta la próxima, Brandon…– se despidió con un guiño y una carcajada profunda. Brandon lo miró fijo y con la respiración acelerada, sus ojos brillaban entre la ira y el “al menos termina lo que empezaste, hijo de puta”.

 

Pero ahora tenía mejores planes en mente. La próxima vez, sería más ‘consensuada’. La próxima vez, lo recibiría de una forma completamente diferente.