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Supervivencia del más fuerte

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Notas de traducción: Por favor, nótese que no es una traducción literal. La traducción está hecha en lo que yo llamo castellano, es decir español peninsular/europeo, por lo que es posible que, para aquellas personas que no estén familiarizadas con él, les resulte extraño. Esta traducción se ha realizado con el permiso del autor del fic, Potboy.


 

Capítulo 1

–Se trata de una expedición científica. Soy el jefe del equipo científico. Cuando nos encontramos ante un fenómeno espacio-temporal hasta ahora desconocido, sería de la mayor irresponsabilidad por mi parte el no investigarlo. Es por eso que estoy aquí, Eli.

–Sí, pero Volker. –Eli levantó sus manos, torciendo la boca en lo que no era exactamente una sonrisa. –Volker es nuestro astrofísico. Fenómenos espacio-temporales son completamente su campo. ¿No crees que se le debería permitir ir?

–En realidad. –Volker bajó la cabeza, como si esperase que le esposaran. –Prefiero quedarme y verlo a través de la kino. –Sonrió con nervios de acero ante el aspecto disgustado de Rush. –Analizar los datos según van viniendo es lo suficientemente excitante para mí. No me importa si el Dr. Rush va en mi lugar.

Oh mierda, pensó Eli, volviéndose al ver que el piloto del transbordador había llegado al hangar. Se había formado una pequeña multitud, con las sospechas de siempre, y no sabía si se sentía mejor o peor al saber por sus expresiones que él no era el único que pensaba que esta era la peor idea en la historia de las malas ideas. Aún así, parecía que era el único con el sentido común suficiente como para decir algo en su contra. ¿Quién había muerto para que, de repente, él fuera el único adulto responsable de la nave?

–Em, ¿coronel Young? ¿Quizás el teniente Scott debería ser el que pilotara en este caso?

Oh Dios, ya lo estaban haciendo. Eli miró de Rush a Young consternado. Eso en lo que podías ver cómo se estaban midiendo mutuamente, preparándose para la próxima pelea. Rush entrecerró los ojos. Young cruzó sus brazos. Sus sonrisas parecían lanzar cuchillos.

–Scott está aún en cuarentena, de modo que me tenéis a mí. ¿Vamos?

Ambos giraron para subir a bordo, con una rara sincronización para dos personas que estaban tanto en desacuerdo. Eli no estaba seguro de a quién estaba intentando salvar la vida esta vez – a los dos, quizá – cuando siguió insistiendo. –Así que, como le iba diciendo al Dr. Rush, no creo que estos datos merezcan tanto la pena como para correr el riesgo. Quiero decir, cada vez que mandamos el transbordador para investigar algo, algo sale desastrosamente mal. Así que, ¿qué tal si lo ignoramos esta vez? ¿Salvarnos? ¿Aprender de nuestros errores como personas racionales? Ese tipo de cosas.

Dí lo que quieras a cerca del coronel, pero generalmente escuchaba a la voz de la razón, incluso si luego decidía ignorarla. Arqueó sus cejas en dirección a Rush, invitándole a añadir algo más.

–¡Oh, por el amor de Dios! Estamos en los confines del universo, rodeados de maravillas científicas, ¿y nos vamos a quedar tranquilamente sentados sin hacer nada? ¿Para qué hemos venido, entonces, si no es para ganar conocimientos? ¿Para qué molestarse?

Young presionó los controles de la puerta del hangar e hizo señas al científico para que abordara. No lo dijo, aunque algo en su micro-sonrisa sugería que lo estaba pensando. Fue Greer quién susurró después de él: –Algunos no tuvimos elección.

Rush se abrochó el cinturón. Young se giró, al otro lado de las puertas, preparado para sellar y presurizar el compartimento. Debió ver la angustia en los ojos de Eli – paró y se inclinó, poniendo una mano en su bíceps, dándole un apretón tranquilizador. –Eli, no te preocupes. Todo saldrá bien.

La sonrisa de Young se amplió un poco, cariñosa y triste. Un hombre tan simpático, amable, silencioso, cálido, que se daba cuenta de cuándo te sentías decaído y trataba de darte consuelo. Eli podría haber picado, si no fuera porque ya había caído, dejando que Young asesinara a Rush la última vez.

–Os estaremos esperando a los dos de una pieza –dijo, sintiéndose impotente y cómplice, culpable y enfadado consigo mismo por ello. –A los dos, ¿de acuerdo?

–Eli, lo sé. –Young se enderezó, expresión ilegible a cerca de lo que pensaba, completamente relajado1. Tocó los controles. Las puertas blindadas se cerraron de golpe para preocupación de Eli, los cierres girando. El pequeño grupo comenzó a alejarse cuando desde el otro lado de la puerta vinieron los sonidos del transbordador desacoplándose del casco y el débil y rápido desvanecimiento de la vibración de los propulsores contra el exterior de la Destino.

–Hora de irse y ganarse el pan –dijo Volker a su lado encantado, como el inocente que era, ante el prospecto de nuevos datos astrofísicos. –¿Sabes? Esto es lo que yo creía que era a lo que me estaba apuntando. Más entendimiento de los principios fundamentales del cosmos, menos ser perseguido por corredores por aliens con pistolas. Esto debe ser bueno.

–¡Oh! No digas eso. –Eli le siguió de vuelta a la sala de control, negándose por principio a retorcerse las manos. –Es como decir «¡Es pan comido!» o «¿Qué podría ir mal?». Nosotros no vamos provocando al universo con afirmaciones como esas. Es como hurgar en un hormiguero con un palo. ¿No has aprendido nada?

El silencio en el transbordador era tan incómodo como cualquier otro momento en el que estuvieran ellos solos. Young, concentrado en los controles, simplemente agradecido de poder volar de nuevo. No siempre tenía la oportunidad, y aunque el transbordador era más como un autobús – pesado, de respuesta lenta, potencia baja – que la rápida precisión de un F302 al que estaba más acostumbrado, cogería lo que se le ofreciese y trataría de estar agradecido.

Ante ellos, la cosa que estaban investigando se retorcía a través miles de kilómetros en el espacio, como los rayos de Zeus, plateadas corrientes de energía. Se paró a una distancia prudencial de la cosa y se giró hacia la consola cercana a la segunda silla. Rush se levantó de su asiento, se sentó en la silla del copiloto, comprobando los datos de una sola mirada inimpresionada. –No podemos saber nada desde aquí. Tenemos que acercarnos.

Con cualquier otro, Young hubiera admitido que estaba nervioso. Se sabía cómo reaccionaba un planeta, o una estrella. Incluso se podría predecir el comportamiento de un agujero negro. Sabía a qué distancia quedarse, qué tipo de trayectoria tenía mayor posibilidades de escapar si la gravedad o el calor o el campo electromagnético eran demasiado fuertes. Esta cosa era nueva, y, por lo tanto, totalmente impredecible.

Él hubiera apreciado alguna que otra discusión a cerca de la ruta de vuelo y sus riesgos, pero con Rush no sabías nunca cuándo te estaba contando la verdad, o sólo lo justo para que hicieras lo que él quería. Así que era inútil. Peor que inútil, trabajar con mala información. Mejor no tener ninguna.

–De acuerdo. Tomaré un rumbo en espiral hacia estribor acercándonos a ese... tirabuzón que tenemos en las doce en punto. Desconozco qué tipo de condiciones habrá, así que agárrate a algo y grita si ves algo peligroso.

–Sí, sí –dijo Rush con desdén dirigiéndole una sonrisa de reo de muerte. –Aunque, tú y yo debemos tener diferentes significados con respecto a eso, ¿verdad?

Young pilló el humor negro y le sonrió de mala gana. Hacía mucho que había dejado de pensar que Rush era un cobarde, pero había que tener un tipo especial de cojones para burlarse de tu asesino de ese modo, incluso si, por circunstancias ajenas a su control, la sentencia de muerte no hubiera sido tan determinante como todo el mundo esperaba. Eso le recordó, deliberadamente, lo afortunado que era que Rush fuera más resistente que cualquier cucaracha. Se la debía a Rush por seguir viviendo aún a pesar de todo, lo mejor que nadie había hecho por él en toda su vida.

Aún así, eso no significaba que le cayera bien. –Cualquier cosa que le suceda a esta nave te pasará a ti también.

Una fría, horripilante sensación subió por espalda hasta la nuca. Quizá lo había sentido antes con un F302, con el que estaba más familiarizado – la sacudida del aleteo a través del armazón, el casi inaudible zumbido de los motores encendiéndose. Las lecturas cambiaron un instante después, justo como él sabía que ocurriría.

–¿Te crees que no lo sé? –Y entonces, el semi-sarcástico tono de guasa2 desapareció de la voz de Rush cuando se inclinó hacia delante con fiera concentración en los monitores, viendo el cambio. –Valla, valla.

Young le dio la vuelta al transbordador, 180º morro sobre cola, motores a toda potencia, maniobrando los propulsores, mientras la protuberancia blanca azulada de la cosa ocupó la pantalla de visión trasera, entrando, curiosamente, en movimiento. Una siempre cambiante corriente eléctrica sin nada visible que la estuviera generando. El quejido de los motores se volvió estridente y aullante. El suelo bajo sus pies tembló y crujió mientras el transbordador luchaba por alejarse del repentino e implacable tirón.

–Nunca había visto un vector3 como este. –Rush sonaba fascinado. Young apretó los dientes, sus manos rompieron inconvenientemente a sudar. De acuerdo, de modo que no podrían escapar por la fuerza. Pero si los aparatos de Rush pudieran señalar los márgenes de la cosa, él podría trazar un nuevo rumbo para bordearla, encontrar una vía recta, salir de ahí.

–¿Qué tal algo de ayuda? –Trató de alterar el ángulo de escape, pero el tirón era tan fuerte en 90º como lo era en 0º, y no le gustaba ofrecer el costado de la nave a la cosa, aún siendo un pensamiento irracional.

El interés científico de Rush por fin fue reemplazado por un más apropiado nivel de miedo. Encendió algunos conmutadores. Los escudos del transbordador se encendieron, dorados frente a enfadado y retorcido plateado, que comenzaba a verse a través de la ventana frontal, iluminando los cubículos de la pequeña nave con violenta luz halógena. –No es sólo gravedad. Se trata de algún tipo de campo electromagnético junto a esas llamaradas que los escudos pueden interrumpir.

Algo del bestial apretón se flaqueó. No lo suficiente. A Young no le gustó la sensación de los motores, sintiendo los controles de los propulsores laxos e insesibles en sus manos. ¡Oh, mierda! Este iba a ser otro de esos jodidos desastres por los que su mando era tan famoso. Ya lo sabía. –No está funcionando. Necesito un rumbo. Encuéntranos una ruta sin turbulencias.

–Yo, eh... – Rush se agarró del pelo, luego levantó un panel en el margen de su consola. –Demasiados datos a la vez. La unidad central del transbordador está desbordada. Los estoy desviando hacia la Destino ahora mismo.

Un momento. Un momento muy, muy largo. Voces aterrorizadas a través de la radio. Olor a humo inundó el aire cuando algo en los motores se incendió. Pequeñas grietas comenzaron a aparecer en la cubierta a causa de las sacudidas en el fuselaje. Un conducto en el compartimento de pasajeros estalló en una lluvia de chispas.

–De acuerdo. –Rush se apoyó con ambas manos en los bordes de su consola, como si la información que estaba llegando pudiera escurrirse si él no la sujetaba. –Bueno, esto no está tan bien. La Destino no puede encontrar un rumbo sin que acabemos hechos pedazos en quince o veinte minutos. En el mejor de los casos.

En ese momento ya no era una sorpresa. Young se preguntó si podría permitirse rendirse ahora, aceptar la muerte con la que había flirteado desde que todo el asunto de la base Ícaro comenzó. Sería un alivio y no se le ocurría un mejor modo de morir.

–Pero las corrientes en el interior de esta cosa son mucho más suaves –Rush todavía hablaba. –De hecho, tiene similitudes con el interior de los agujeros de gusano que crean los stargates. –Se le veía excitado y fascinado y en su elemento. Young tenía que admitir que le envidiaba.

–¿Y?

–Si seguimos intentando liberarnos el transbordador se romperá. Pero hay una posibilidad de que si entramos de cabeza ahí, podríamos pasar a través y salir por el otro lado, relativamente ilesos.

–¿Salir dónde?

–Ni idea – dijo Rush, burlonamente –, pero seguramente mejor que esto.

A Young le sonó injustificadamente optimista. Un afloramiento de oscuridad, cansancio y desesperación amenazaron con inundarle. Si se interponía, si no hacía nada, todo acabaría por fin y podría descansar.

Pero eso significaba dejar morir a Rush también, y se había jurado a sí mismo que eso nunca, nunca volvería a ocurrir. Giró la nave de nuevo, con el hervidero de energía plateado y ultravioleta rebosando a ambos lados de la pantalla delantera. –Propulsores fallando. Dame un rumbo mientras aún pueda manejar la nave.

Transmitió los datos a su estación. –Ahí lo tienes.

Inspiró hondo y dirigió el transbordador hacia el centro de la tormenta. Una luz terrible invadió toda superficie, borrando toda forma, cegándole. A su lado, Rush rió y eso le hizo sonreír con cierta resistencia.

–Te veré en el otro lado.

La luz les tragó.