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Inevitable.

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Los siervos se esmeran en limpiar los destrozos que los enanos han causado con su algarabía y los músicos recogen sus instrumentos bajo la atenta mirada de Lindir.

Está de pie, de espaldas al balcón a través del cual puede verse la extensión del verde valle de Imladris, con su túnica azul añil ondeando levemente con el viento y sus cabellos castaños brillando con las últimas luces del día; su rostro procura no mostrar ninguna emoción pero, como siempre, no sabe si lo está logrando. Nunca ha sido muy ducho en lo que al autocontrol se refiere.

Quizá su mirada es demasiado intensa cuando ve a Gilmirë guardar la delicada flauta tallada en su funda, porque ésta le dirige una ojeada conmiserativa, cargada de muda compasión.

Lindir se tensa y aprieta los labios de manera inconsciente, apartando la vista con rapidez.

—Lindir—, la voz de Saelbeth lo devuelve a la realidad. Desvía la vista para encontrarse al rubio sinda mirándolo a su vez. —Lord Erestor desea verte.

Asiente y, mientras pone rumbo hacia el despacho del Jefe de Consejeros de su Señor Elrond, no puede evitar, muy a su pesar, echar un último vistazo rápido y nervioso hacia los músicos.

La mirada de Gilmirë sigue clavada en él, y puede sentir sus ojos fijos en su espalda mientras se aleja.

***

Los golpes resuenan tenues en la madera tallada de la puerta.

—Entra—, responde una voz seca e impaciente. Un imperceptible suspiro se oye antes de que el pomo gire y una cabeza castaña se asome por la rendija.

—Señor Erestor, ¿deseaba verme?

Lindir observa al alto y delgado noldo de negros cabellos y ojos fríos como el hielo inclinado sobre un montón de papeles en su escritorio de caoba pulida. A pesar de que ha conocido al Jefe de Consejeros de su Señor Elrond durante largos años ya y sabe que Erestor no es ni tan frío ni tan arisco como aparenta, no puede evitar que un escalofrío baje por su columna cuando el ceño fruncido del consejero se enfoca en él directamente.

—Por favor, toma asiento, Lindir.

Erestor se levanta de su silla y se frota las sienes mientras Lindir se acerca hasta tomar asiento en uno de los sillones frente a la apagada chimenea, que el consejero le ha señalado con un elegante movimiento de mano. El elfo castaño le observa por el rabillo del ojo mientras pretende tener la mirada clavada en el cuadro que preside el hogar. Glorfindel y el heroico padre de Erestor, Ecthelion, le sonríen desde el viejo retrato. El alto y moreno consejero sirve dos copas de vino especiado y lleva una bandeja con algunos bocadillos desde el aparador hasta la mesita que separa ambos sillones.

Lindir se levanta nerviosamente cuando ve esto.

—Señor Erestor, por favor, ese es mi trabajo.

—Siéntate, Lindir—, Erestor le dice bruscamente y Lindir vuelve a tomar asiento con presteza sin evitar un leve sobresalto. —Nefasto será el día en el que no pueda servir por mí mismo un par de copas de vino y atender a un invitado.

—Señor,…

Erestor le interrumpe de nuevo con un gesto y le pasa una de las copas, que Lindir se apresura a recoger. Beben en silencio durante unos momentos.

—¿Cómo te está yendo?

La pregunta le toma por sorpresa. Como elfo, Lindir está habituado a la política, la cortesía y las inquisiciones corteses y subrepticias. La brusquedad de Lord Erestor es algo, empero, que nunca deja de asombrarle a pesar de los años.

—Bien, milord.

Lindir se remueve en su asiento y ve con vergüenza cómo Erestor esconde una leve sonrisa mediante un sorbo de su copa.

—Me alegra escuchar eso. Pero me gustaría una respuesta algo más elaborada.

—¿Milord?

El rostro del elfo más joven debe expresar su confusión interna, porque Erestor deja su copa sobre la bandeja de plata y suspira, dedicándole una intensa y escrutadora mirada.

—Debe ser difícil para ti renunciar a todo lo que conoces y amas. Un cambio tan drástico jamás es algo fácil de asimilar.

Lindir aspira aire bruscamente y deposita su propia copa en la mesita para luego entrelazar sus dedos firmemente en su regazo.

—Si mi trabajo no os complace, milord,…

La exclamación ahogada del Jefe de Consejeros y su ademán desdeñoso dejan mudo al elfo más joven una vez más.

—No malinterpretes mis palabras, Lindir. No pretendo decir que estés haciendo un mal trabajo, todo lo contrario, te estás desempeñando muy bien pese al poco tiempo que llevas como asistente encargado de las visitas e invitados. —Lindir respira nuevamente más calmado unos instantes. —Lo que me preocupa eres tú.

El elfo castaño baja la mirada y la clava en su regazo. Sus uñas aprietan fuertemente su carne de manera inconsciente.

—Estoy bien, señor —dice bruscamente.

—Lindir,…

—Estoy bien, señor—, repite con cierta ira desesperada.

Hay unos instantes cargados de tenso silencio en los que Lindir teme haber sobrepasado su lugar. Lord Erestor vuelve a suspirar y coge de nuevo su copa de vino. Da un par de sorbos antes de hablar quedamente.

—Como quieras. Pero debes saber que puedes hablar conmigo si lo necesitas y no sabes a quién acudir.

Lindir asiente y se queda en silencio hasta que Lord Erestor le da permiso para marcharse.

***

Los cocineros murmuran con enfado sobre la descortesía de los enanos, que parecen haber arrasado con la despensa. Sus insistentes quejas irritan a Lindir pero se obliga a tener paciencia y a transmitir calma. Cuando abandona las cocinas tiene la tentación casi irresistible de ir a sus aposentos a servirse una copa de miruvor, para recuperar fuerzas ante tanto estrés, pero en su lugar se dirige hacia una de las terrazas desde las que contempla el valle y busca con la mirada a sus invitados non gratos.

Le percibe antes de verle, incluso, y le recorre un leve temblor prohibido y la respiración, así como sus latidos, se acelera sin poder evitarlo momentos antes de escuchar sus tenues pasos tras él. No importa cuántas veces se reprenda a sí mismo por ello.

—Lindir

La voz de su señor Elrond es una tonalidad más grave que la de la mayoría de los elfos varones. Sus inflexiones recorren a Lindir de la cabeza hasta los pies y tiene que cerrar los ojos porque sabe que sus traidores orbes deben estar mostrando demasiado claramente su alma.

Qué vergüenza. Qué falta de autocontrol, se recrimina.

—Mi Señor Elrond —, traga saliva y maldice el leve temblor de su propia voz. Respira y gira la cabeza para encarar a Elrond, que está ahora de pie a su lado con los brazos apoyados en la baranda y la mirada perdida en el valle. —Bienvenido de vuelta a casa—, logra decir en un suave susurro.

Con tanto ajetreo, siente que no lo había dicho apropiadamente la primera vez.

Su Señor curva levemente sus delgados labios pero no desvía su mirada de las cascadas para enfocarla en él. Como si supiera que elfo castaño no podría evitar morir de vergüenza al ser visto en semejante estado.

—Gracias—, dice suavemente.

A Lindir le entran unas horrendas ganas de alzar una de sus manos para tocar el brazo que está sólo a unos centímetros del suyo. Casi puede sentir la calidez emanando de la piel más oscura que la suya y debe emplear cada ápice de su fuerza de voluntad para no hacer algo tan impropio.

Logra inclinar la cabeza con respeto y se obliga a desviar la mirada y a dejar de recorrer el ascético rostro de su señor como un perro hambriento, desvergonzado y sin modales.

—Camina conmigo, Lindir. Cuéntame cómo van las cosas con nuestros amigables invitados.

El elfo más joven se permite una leve sonrisa de alivio y camina al lado de su Señor mientras recorren las terrazas de camino al edificio principal.

***

Su Señor Elrond, su amable Señor Elrond, siempre logra hacerle sentir cómodo pese a la constante incomodidad de Lindir consigo mismo. Cuando siente que el elfo menor está nervioso, hace preguntas afables sobre su nuevo puesto de trabajo y desvía el tema hacia áreas socialmente cómodas, evitando que Lindir se avergüence a sí mismo a pesar de que parece estar predispuesto a ello, según lo ve él mismo.

Por enésima vez cuando está solo otra vez esa misma noche, revisando el trabajo de los cocineros y atendiendo sus interminables quejas, Lindir se pregunta cómo sería posible no amarlo.

***

—Mi Señor, los enanos,… se han ido.

La mirada sorprendida y ligeramente airada de su señor atraviesa a Lindir como un puñal. Se siente como un inútil. Ha fallado a su señor Elrond como encargado de vigilar a los invitados no deseados.

Su señor se gira para mirar con las cejas alzadas a Mithrandir, que parece esconder una sonrisa, y Lindir inclina la cabeza cortésmente, agacha la mirada y se marcha discretamente. No ha sido invitado al Concilio y el mero hecho de que se haya atrevido a interrumpirlo, por no hablar de que lo ha hecho por haber fallado a sus deberes, es en sí una descortesía inasumible.

Cuando el sol se desliza esa mañana por el hermoso valle de Imladris, el elfo está sentado en uno de los bancos de los jardines frente al edificio principal, esperando a su Señor.

Merece un castigo, y lo sabe.

—¿Lindir?

La voz de Erestor le sobresalta y alza la mirada con cierto temor. ¿Su señor habrá enviado al consejero a buscarle?

Erestor lo mira durante unos instantes con intensidad mientras Lord Glorfindel, a su lado, vestido con una armadura de plata con filigranas de oro y el símbolo de la Flor Dorada en el antepecho, lo observa con muda curiosidad.

Lindir se levanta como un resorte y hace apresuradamente una reverencia adecuada, sintiéndose mortificado por haberse quedado mirando a la pareja de elfos sin haber saludado con corrección. Escucha a Glorfindel murmurar un cansado ‘buenos días’ y susurrarle algo al consejero antes de oír sus ligeros pasos alejarse por la terraza. Lindir vuelve a inclinarse a sus espaldas en una despedida cortés y se gira hacia Lord Erestor.

—¿Has desayunado? —le pregunta el alto noldo.

—¿Milord?

Erestor parece exasperado y el elfo más joven tiene que ahogar la tentación de removerse inquieto sobre sus propios pies.

—Sígueme, aún me queda algo del desayuno que he compartido con Glorfindel. Y no me vendría mal otra taza de esa desdichadamente deliciosa bebida del este, caefé la llaman, creo.

—Café, señor—, corrige Lindir antes de arrepentirse mientras sigue apresuradamente al consejero por los pasillos en dirección a la terraza del ala privada que éste comparte con el héroe de Gondolin.

Erestor resopla y Lindir enrojece.

—Como sea.

Las túnicas negras del consejero ondean cuando abre la puerta y Lindir, tras un instante de vacilación, entra en el santuario del arisco noldo.

No puede evitar contemplar con curiosidad la larga habitación iluminada por amplios ventanales y puertas de cristal que dejan pasar el cálido sol matutino, con objetos que muestran las personalidades tan dispares de sus dueños. Hay armas colgadas en las paredes y otras apoyadas en diversos muebles y sobre butacas coloridas: espadas, dagas, flechas terminadas y a medio hacer e incluso una larga lanza adornada en oro y plata. Hay decenas de libros, cuidadosamente colocados en estanterías, en mesillas y sobre los sillones frente a una amplia chimenea de piedra blanca tallada con motivos de pájaros y ciervos.

A plena vista, se pueden ver capas y ropajes dispersos sobre los respaldos de las sillas que rodean una mesa redonda de brillante madera situada junto a las ventanas, desde las que se contempla una de las mejores vistas del valle, algunas oscuras y otras más coloridas, en azules, rojos, violetas e incluso turquesas, que recuerda haber visto a Glorfindel llevar puestas alguna vez. Un par de botas de cuero desgastadas y algo embarradas descansan al lado de un gabinete en el que varias bebidas (principalmente caros vinos) relucen en sus diversas botellas de cristal, con algunas etiquetas que Lindir es incapaz de reconocer.

Ve un par de dobles puertas entrecerradas hechas de roble, con el estilo de tallas en vides y pájaros que es habitual en Rivendel, y supone acertadamente que deben dar al dormitorio, ya que a través de éstas se puede ver una gran cama de sábanas rojas revueltas y cortinas de gasa colgando de cuatro elegantes postes.

—Perdona el desastre. Por favor, pasa a la terraza.

—No tenéis por qué disculparos, milord, soy yo quién debe disculparse por irrumpir en vuestros aposentos—, se apresura a decir Lindir.

Erestor se ríe entre dientes y le hace un gesto a Lindir para que tome asiento frente a él en una de las sillas que rodean la pequeña mesa blanca junto a la barandilla de piedra de la balconada, en la que aún hay dispuestas bandejas con un desayuno abundante, en gran parte sin tocar.

—¿Café? —pregunta Erestor mientras coloca dos tazas en la mesa y coge una jarra de cristal de la que aún humea la oscura bebida. —A Glorfindel no le gusta, pero yo lo encuentro delicioso.

—Sí, gracias señor. Aunque no mucho, encuentro su sabor demasiado intenso.

—¿Lo has probado con leche y azúcar? —pregunta Erestor mientras sirve la bebida y hace gestos para desdeñar la ayuda ofrecida por Lindir cuando éste se levanta para auxiliarle.

—No, señor—, responde, tirante, Lindir, mientras vuelve a tomar asiento.

—Entonces permíteme introducirte en semejante delicia.

Erestor sonríe como si hubiese dicho algo divertido y extiende una de las tazas con café, leche, azúcar y una cucharilla de delicada plata a su invitado. Después observa al elfo más joven mientras sorbe su propia taza de café.

—¿Es de tu gusto?

—Sí, milord. Gracias por la amabilidad.

El noldo parece contener un suspiro exasperado y Lindir se siente más incómodo que antes con su fría mirada azulada clavada en él. El severo consejero deposita la taza sobre el platillo y se arremanga la oscura túnica.

—¿Tortitas? ¿Bollos de crema? ¿O quizá te apetezca algo salado? Creo que Glorfindel no se ha comido todos los rollos de jamón y queso, qué raro,…y aún queda una tartaleta de verduras. Y está tibia.

—Gracias, Lord Erestor, pero, por favor, no hace falta que haga esto, si quisiese algo de la mesa yo mismo podría servirlo para ambos,…

—Tonterías —, replica el oscuro consejero mientras sirve un montón de tortitas en un plato y les añade frutas de un cuenco y una generosa porción de miel por encima. —Ten, come. A no ser que cambies de idea y prefieras algo salado. Aún estás a tiempo.

—No, gracias señor Erestor, esto estará bien—, Lindir no tiene ningunas ganas de comer, nervioso como está y con el estómago revuelto, pero no quiere ser descortés con el noble elfo que lo ha invitado (o, antes bien, obligado) a desayunar con él.

Tras unos desganados sorbos de su café con leche, coge el tenedor y come unos tentativos bocados de tortitas. Están deliciosas, pero su estómago protesta con angustia.

—No le des tantas vueltas.

La frase un tanto brusca de Erestor, dicha en una voz más baja de la acostumbrada por el consejero, corta el ambiente y Lindir casi deja caer su tenedor.

—Lo lamento, milord, pero no entiendo a qué se refiere.

Erestor sonríe y apoya los codos en la mesa (y, ante semejante falta de etiqueta, Lindir no puede nada más que parpadear estúpidamente), cruza los dedos y reposa la barbilla sobre sus manos, observando fijamente a Lindir con el café aparentemente ya olvidado.

—No es culpa tuya que los enanos carezcan de modales. No es culpa tuya que un mago haya cubierto su huida. No es ninguna falta por tu parte el haber tenido que informar a tu señor de ello en mitad de un Concilio. Y, sobre todo, no deberías avergonzarte por amar a Elrond.

Lindir se queda tenso como un resorte durante unos segundos, mirando incrédulamente al Jefe de Consejeros. Súbitamente, deja caer el tenedor que parece causar un estrépito insoportable al golpear la porcelana de su plato y se alza airado arrastrando la silla con un chirrido.

—¡Milord! —sisea con furia hacia Lord Erestor, quién se limita a descruzar las manos y relajarse apoyándose en el respaldo de la silla, mirándole fijamente con la cabeza ladeada, como si contemplase un rompecabezas particularmente interesante.

—No tiene nada de malo estar enamorado, Lindir. Te lo digo por experiencia. Aunque a veces sea difícil.

—¡Milord!—, grazna un furibundo asistente una vez más—, no creo que mi situación personal sea un tema que deba ser de su interés.

—Pero lo es, querido Lindir —sonríe el consejero con descaro.

—Con el debido respeto, sire, ¡no es de su incumbencia!

—Con el debido respeto, joven, pero todo lo que atañe a mi hermano de corazón es, indiscutiblemente, de mi total incumbencia.

—Esto es inaceptable, señor.

Erestor resopla de risa y el elfo de cabellos castaños siente ganas de arrearle un puñetazo en la aristocrática cara.

—Lo que es inaceptable, niño, es que andes por ahí como si estuvieses a punto de morir por tu tonto sentido de la moralidad. Que hayas renunciado a tu hermosa voz porque eres incapaz de afrontar tus sentimientos con valentía y que te escondas tras la cortesía par-

—Erestor, basta. Es suficiente.

Cuando Lindir piensa que está a punto de cometer un imperdonable acto de barbarie y darle una bofetada al que hasta entonces había sido una figura respetable y confiable para él, la cortante voz de su Señor Elrond interrumpe todo pensamiento, palabra y emoción, dejándole mareado.

Con los grandes ojos abiertos por el miedo y el rostro blanco y conmocionado, contempla a su Señor de pie frente a las puertas de la balconada, mirando fijamente a su Jefe de Consejeros como si le estuviese comunicando algo con la mente que claramente a Lord Erestor no le es grato, como refleja la mueca primero desafiante y luego avergonzada del pálido rostro del viejo noldo.

Lindir empieza a temblar y, cuando su amado señor parece querer hablar con él tras apartar la mirada airada de su amigo y maestro, echa a correr como el cobarde que parece que al fin y al cabo realmente es, huyendo de la amable y cognoscente mirada del Señor del Valle.

Pero, sobre todo, intentando huir de sí mismo.