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Los Hombres Que Hablaban Entre Palabras

Chapter Text

La niña tiene menos de una hora de vida, rosada e indefensa y perfecta. Su peso descansa en el hueco del brazo de John, y John tiene que mirar a otra parte constantemente, porque por primera vez en su vida no puede evitar el llanto. La niña bosteza, y John quiere poner el mundo a sus piececitos arrugados, darle el sol y la luna y no soltarla nunca. Es éxtasis, esta primera hora de paternidad, y terror.

No ha sostenido algo tan valioso y frágil a la vez en toda su vida.

–Dios, tómala tú. Yo no puedo… –dice John, pasándosela a Mary aunque todo su ser se siente vacío al dejarla ir. Se enjuga los ojos con firmeza, secándose las lágrimas, la boca temblorosa.

–Lo estabas haciendo bien, viejo sentimental –dice Mary con cariño, meciendo a su hija. Lo mira a los ojos–. Todo irá bien, John –él le besa la cabeza, luego la del bebé, y se obliga a respirar. Es sólo el agotamiento, y el estrés de un parto de treinta y seis horas, y demasiado café, se dice con firmeza. Todos los padres primerizos se sienten así.

–Voy a llamar a Sherlock –le dice a Mary, y ella se ríe mientras él deja la habitación, confuso pero radiante.

–Míralo. Cualquiera diría que es él el que acaba de dar a luz –le dice a la enfermera, que suelta una risita.

–Si me dieran una libra por cada padre que tenía peor aspecto que la madre después del parte, me reiría como una loca de camino al banco –le dice, y luego le enseña a Mary cómo dar el pecho por primera vez.

__________________

 

Su hija tiene setenta y cuatro minutos de vida cuando Sherlock finalmente contesta el teléfono.

–¿Qué?

–Soy yo –dice un ansioso John–. Ya está aquí, Sherlock. Dos kilos setecientos.

–¿Qué?

John tropieza por encima del desinterés de Sherlock con su entusiasmo.

–¡La niña, zopenco! –dice, exasperado pero demasiado feliz para sentir algo que no sea cariño por Sherlock–. Hace cosa de una hora. ¿De verdad no viste los mensajes que te he estado mandando?

–Oh, estuve ocupado. Un asesinato por venganza arreglado para que pareciera un accidente. Absolutamente fascinante. Eh, felicidades.

–Felicidades a ti también –dice John, irónico–. Ven a verla pronto, ¿quieres?

–Mmm –dice Sherlock, sin comprometerse. Se recuesta en el abrazo de su sillón, jugueteando con el arco de su violín.

–Lo digo en serio; cuando quieras –replica John–. ¿Has vuelto a pensar en…?

–Oh, no, eso otra vez no.

–Sí, Sherlock –dice John, empezando a irritarse; no esperaba que Sherlock se pusiera a dar volteretas para celebrar el nacimiento de su hija, pero su actitud está dejando mucho que desear–. ¿A quién más se lo íbamos a pedir?

–¿Mycroft?

–Él no es mi mejor amigo. Por favor, Sherlock. Serías un buen padrino, de verdad.

–Hmm –dice Sherlock de nuevo.

–Mira, te llamo más tarde. Al menos ven a verla antes de decir que no –suspira John.

–Más tarde entonces –Sherlock duda–. Estoy segura de que la niña es… –¿qué suele decir la gente en estos casos? Busca en su memoria algo para hacer que John esté menos dolido ante lo dolido que él mismo está–, un encanto.

John está demasiado ocupado con su propia alegría como para detectar la falsedad, aunque en realidad, debería haberlo hecho.

–Es preciosa, Sherlock. Díselo a la señora Hudson, por favor. Se debe de estar muriendo por saberlo.

–Sip –dice Sherlock, y cuelga. Se pone de pie, tira sin cuidado su teléfono en el asiento del sillón, y coge su violín. Por un momento se queda quieto, junto a la ventana, viendo a la gente pasar y preguntándose cómo pueden ignorar de esta manera el fin del mundo. La adicción le pica en las venas. Con brutalidad se encaja el violín bajo la barbilla y procede a informar a la señora Hudson del nacimiento durante las siguientes tres horas, maltratando las cuerdas sin piedad.

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La niña tiene ciento veintisiete días cuando John se despierta en mitad de la noche, su cadera húmeda y tibia.

–¿Mary?

Manotea confuso, buscándola, y la encuentra temblando. No respira. Se sienta, busca el interruptor con súbito terror y la luz lo ciega.

–¡Mary! ¡Mary!

Está blanca como una sábana y lucha por respirar; el colchón está empapado de orina. John convierte el miedo que le sube por la garganta en una bola sólida y vuelve a empujarlo hacia abajo, se obliga a fingir que Mary es sólo otra de sus pacientes y trata de hacerlo todo a la vez. Tarda un segundo en marcar el 999 y pegarse el teléfono a la oreja. Tarda dos segundos en colocarla en posición de seguridad y comprobar sus signos vitales.

–Ambulancia –ladra al teléfono, el pulso de Mary aleteando bajo las yemas de sus dedos. Le flota la cabeza; siente que está teniendo una pesadilla, pero sus rodillas están frías y húmedas y Mary lo mira con dolor y miedo y tiene que hacerlo, tiene que seguir funcionando. Dispara los detalles como si fueran balas.

–…norte de Londres, zona uno, 9LU, treinta y cinco años, mujer, despertó con dificultades respiratorias, pulso irregular… –las palabras, el griego y el latín de los médicos que siempre ha sido capaz de escupir sin problemas bajo presión, se le escabullen esta vez–. Es mi esposa –se le cierra la garganta–. Está teniendo un infarto.

No tiene ni cuarenta años. Esto no debería estar pasando. Su hija duerme en el cuarto de al lado y necesita a su madre.

John las necesita a las dos.

La ambulancia entra aullando en su calle menos de diez minutos después; a John le duelen el cuello, porque aún tiene el teléfono apretado en el hueco del hombro, y los brazos, por las cien compresiones por minuto que ha descargado sobre el esternón de Mary.

Los paramédicos toman el control, y lo único que John puede hacer es quedarse ahí como un inútil. La bebé llora, recordándolo con una sacudida de su presencia. Diez minutos de puro horror han sido suficientes para bloquear su pequeña existencia en la mente de John. Están preparando a Mary para subirla a la ambulancia. Los dedos de John están entumecidos al sacar a la niña de la cuna, con mantas y todo, nada más, y seguir a los paramédicos a la ambulancia.

Arrancada abruptamente del sueño, odiando el ruido y las luces, la niña grita durante todo el camino al hospital.

La mente de John también es un grito.

 

***

 

Llama a Sherlock y se las arreglar para balbucear tres frases.

–Es Mary, estamos en el hospital. Por favor, ven. Te necesito.

Sherlock es aún más breve. Sólo pregunta “¿Dónde?”

 

***

 

Se sientan en el sofá de la sala de espera, John como si lo hubieran dejado caer desde lo alto, desparramado en el asiento, un saco de huesos fingiendo que es un hombre. La niña se limita ahora a gimotear, dado que sus alaridos no tienen el efecto habitual en la gente de su entorno. Sherlock está inquieto. Se levanta, se sienta, pasea de un lado a otro toqueteando cosas.

Un médico sale, sólo una vez, para decirles que Mary ha perdido la consciencia, pero que están haciendo todo lo que pueden. John asiente, le pide (de profesional a profesional) que sigan haciéndolo, y cuando se va mira a Sherlock con dolor en los ojos.

–La están perdiendo –le dice simplemente. Conoce la expresión en la cara del doctor, incluso siendo éste un desconocido. Todos los médicos que han trabajado en la sala de emergencias de un hospital conocen esa cara. Uno acaba desarrollándola a lo largo de su carrera profesional. Usan un lenguaje diferente y palabras cuidadosas cuando tiene que salir a dar malas noticias.

Sherlock, veterano de las salas de emergencia, la conoce también. No le ofrece a John falsos consuelos. En lugar de eso, hace lo único que parece lógico cuando el mundo se está yendo al carajo y él no puede hacer nada al respecto.

Llama a Mycroft.

 

***

 

Son las siete de la mañana. Mycroft les ha ofrecido todos los recursos que tiene disponibles en ese momento, y parece haber sido más precavido que Sherlock, ya que uno de sus acólitos, vestido de traje, ha aparecido con una bolsa de ropa limpia para John y la niña, y la media docena de cosas que John se dejó en la casa.

Son las siete y diez, y el reloj se arrastra. Las paredes se arrastran. Una horrible sensación se arrastra por la piel de John. Sherlock le quita cuidadosamente a la bebé y lo obliga a tragar un té tibio y cargado de azúcar hasta que se le aclara un poco la vista. Un enfermero entra buscando algo o a alguien, se detiene al verlos y luego, bendito sea, se ofrece a traer una cuna y un biberón para la niña. Sherlock se sienta al borde de su asiento y observa a John alimentar a su hija con aire ausente, limpiarla, ponerla en la cuna. Está en piloto automático. La niña finalmente se duerme.

Entonces esperan.

Son las siete y cuarenta y dos. A Sherlock le gustaría que la sala tuviese una ventana; el aire está rancio e inmóvil, denso por el olor a nervios y antiséptico. John está demacrado. El médico vuelve, solemne. Sus palabras les llegan como desde una gran distancia.

Miocardiopatía periparto. Disfunción sistólica. Arritmia ventricular.

Son las siete cuarenta y cuatro.

Se administra digoxina. Embolia pulmonar.

Son las siete cuarenta y cinco.

Fracción de eyección en menos de 20%.

Son las siete cuarenta y seis.

Segundo infarto de miocardio.

Son las siete cuarenta y seis.

Muerte cardíaca súbita, no se podía hacer nada más.

Son las siete cuarenta y seis.

Son las siete cuarenta y seis y el reloj se mueve de manera extraña. Gira en la pared frente a los ojos de John. Son las diez en punto por un momento, luego la una y catorce.

El médico y Sherlock lo sujetan antes de que se caiga al suelo, uno por cada axila.

–John. John, mírame –susurra Sherlock con urgencia. Sostiene la cabeza de John entre las manos. John no llora, pero todo su cuerpo se contrae. A través de sus dientes apretados sale un sonido como el que produce frotar entre sí dos trozos viejos de madera.

El médico les deja discretamente los papeles que hay que firmar.

 

***

 

La niña tiene ciento dieciocho días cuando se queda huérfana de madre.

John tiene treinta y siete años, y es viudo.

__________________

 

La niña tiene cuatro meses y veintitrés días e ignora por completo lo fuera de lugar que se ve Sherlock en el sofá de John y Mary, encaramado en el asiento como un gran pájaro oscuro. Empieza a poder ver hasta el otro lado de la habitación, pero a menos que un objeto sea de color brillante y esté a menos de un metro de ella, no le presta atención.

Sherlock, por el contrario, lo mira todo en el salón, sus ojos saltando por encima de todos los detalles de la vida matrimonial; los retazos de las relaciones domésticas entre dos personas. El toque de Mary está en todas partes. Su fantasma aparece por toda la casa, desde el estampado del papel de pared hasta cómo están dispuestos los sillones. Flota en el olor del detergente, su voz hace eco desde el teléfono.

Ésta es su casa; ¿dónde más iba a estar?

–¿Qué piensas hacer? –pregunta Sherlock.

John dobla la ropa limpia, tenso, los hombros encorvados.

–Aún no lo sé –responde escueto. Ha dejado de trabajar; le han concedido una excedencia por compasión, pero sabe que no durará para siempre, al igual que el dinero. Los ahorros de Mary aún están en fase de prueba; resulta, le dijeron delicadamente sus abogados, que hay algunos problemas con los papeles. John se quedó ahí sentado en la reunión, mirándolos educadamente mientras por dentro se reía de pura desesperación. “Por supuesto que hay problemas” hubiera querido decir, “¡todo es una puta farsa!”

De vuelta al presente, Sherlock frunce los labios.

–¿Te vas a quedar aquí?

–No lo sé –quiere quedarse. Deseaba tanto todo esto: una casa, una familia, un trabajo estable y buenos amigos. Deseaba todos los cursis indicadores del éxito adulto. Renunciar a todo esto apesta a fracaso.

Sherlock silba bajito, paseando la mirada por los altos techos blancos de la bonita casa victoriana, las paredes de color magnolia, que parecen demasiado lejanas y demasiado frías en las noches, cuando John se deja caer frente a la tele gastando las horas, esperando a que la niña llore para que la cambie o le dé de comer o la tome en brazos.

John ve a Sherlock pasar los dedos por los cojines del sofá, sin duda leyendo en ellos como en un texto en braille que John ha dormido ahí demasiadas noches.

La cama es grande y está vacía. John la detesta.

–Basta –salta John–. ¿Dónde más voy a ir? Deberíamos quedarnos aquí –“por el bien de mi hija”, razona. Debería crecer en la casa que su madre eligió para ella, incluso aunque…

Sherlock se encoge de hombros, lacónico, como si no le pudiera importar menos. Pero, si hay algo que John aprendió de Mary, es a leer a través de los engaños de Sherlock, aunque sea un poco.

–¿Baker Street? ¿Con un bebé?

Sherlock empequeñece ante sus ojos. Se levanta, recoge del suelo un calcetín pequeñito que ha escapado de la furiosa distribución de John, y lo coloca frente a él, junto a su pareja, como una ofrenda de paz.

–Tu cuarto está como lo dejaste –ofrece.

John traga saliva y recoge la ropa limpia de cualquier manera. Sherlock lo mira desde arriba y suspira con irritación. Dándole la espalda, John marcha hasta la habitación de la niña y vuelca la ropa en los cajones sin orden ni concierto. Su hija lanza perezosos manotazos al móvil de cuna, gloriosamente ignorante.

Sherlock aún está ahí cuando vuelve.

–¿Por qué haría tal cosa? –exige John.

El otro hombre se pone recto, su expresión un poco arqueada al ponerse al nivel del desafío.

–No puedes permitirte esta casa: sólo la hipoteca se llevará buena parte de tus ahorros, que no son tan grandes como piensas. Hay una posibilidad del sesenta por ciento de que las finanzas de Mary resulten ser fraudulentas, y aunque sin duda mi hermano intervendrá para acallar el escándalo, no podrás, legalmente, reclamar mucho de sus propiedades, incluyendo la mayor parte de las cosas que hay en esta casa. Te aferras a las necesidades de tu hija por un sentimiento de deber y pérdida, rechazando ayuda, pero eso es también porque esta casa está aislada de cualquier otro cuidador potencial. Eso te deja exhausto y con una sensación de fracaso. Conoces a tus vecinos de vista, pero no sus nombres, y desde luego no habláis de manera casual, lo que entorpece tu ya de por sí mínima vida social y te aísla de tu comunidad; eso te hace infeliz. Tienes lazos emocionales con esta casa, que actualmente dañan tu capacidad para centrarte en las medidas prácticas que hay que tomar. Finalmente, la pérdida inesperada de tu esposa te ha vuelto irracionalmente paranoico por la seguridad de esta casa y la salud de tu hija.

A John lo deja sin aliento el mismo dolor furioso que se siente cuando alguien que supuestamente iba a ayudarte te arranca sin avisar la venda que cubría una herida. Sherlock arquea los labios y continúa, su tono frío y mecánico.

–No hay cafeterías, supermercados o guarderías en la zona que sean fácilmente accesibles a pie, odias el autobús y no sabes conducir. Tampoco tienes los medios para aprender a hacerlo. Entretanto, Baker Street tiene una seguridad económica marginalmente superior, a la señora Hudson, vigilancia callejera las veinticuatro horas y una afluencia regular de visitantes. En resumen, vuelve, porque odias estar solo.

La voz de John, cuando consigue sacarla, es de profunda desdicha.

–No estoy solo –alega, siendo consciente de que el hecho de que no lo esté es, justamente, el problema: su hija es su única compañera, y el motivo por el cual necesita con desesperación a otras personas. Sherlock mira a la niña en confirmación y alza las cejas, como diciendo “¿a eso llamas compañía?” Ella lloriquea, babeando sobre un enterizo que esta mañana estaba limpio, pero que ahora hay que cambiar.

Sherlock abre la puerta delantera, alisando las solapas de su gabardina. Ve el rostro de John en el espejo del recibidor, y se detiene en seco. Su expresión es pétrea, como si lo hubiera mirado una gorgona, y Sherlock lamenta haber sido tan duro.

–¿Estás haciendo esto por ella?

John no se lo puede creer.

–¡Por supuesto que sí! Me necesita aquí, Sherlock. Aquí. ¡A su lado! Aquí, donde tengo que estar, maldita sea –aprieta los puños, furioso.

Sherlock exhala.

–Sí –dice, y hay un dejo de algo en su voz; quizá de disculpa–. Pero Mary ya no está.

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La niña tiene cinco meses y dos días cuando se mudan de vuelta a Baker Street. John amontona la última de las cajas escaleras arriba y siente que, más que acabar de escalar la montaña, recién ha llegado al pie de ésta.

Hunde los talones en la alfombra de la sala de estar y mira a su alrededor. La señora Hudson y Sherlock han hecho un trabajo más que decente de inspección y limpieza en anticipación a su llegada. La bebé lo mira todo, agitando sus puñitos regordetes para mostrar su interés.

–Casa nueva para ti, cariño –murmura contra su cabecita–. Casa vieja para mí.

–Oh, John –dice cariñosamente la señora Hudson, detrás de él. Lo rodea con un brazo, haciéndole arrumacos a la niña–. Es maravilloso tenerte de vuelta, aunque claro, en unas circunstancias tan tristes… –alisa un mechón rebelde en la rubia cabeza de la bebé–. Voy a traerte una taza de té.

–Gracias –replica John. Se quita los zapatos con la punta de los pies y siente el suelo bajo sus plantas. Parece sólido.

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Dos semanas después de la mudanza, las cosas empiezan a ir mal otra vez.

–No se duerme. ¿Te parece que tiene fiebre?

Sherlock aparta la mirada de su teléfono, o más bien se ve obligado a ello cuando John mete la cabeza de la niña delante de su nariz como un ariete.

–Oh, ¿hemos cambiado los papeles? ¿Hoy tú eres el detective consultor? –pregunta lacónicamente, pero obedece y pone el dorso de la mano en la frente de la niña.

–Cállate –dice John, distraído– y dime, ¿te parece que tiene fiebre?

La niña no ha dormido bien desde que se mudaron, pero esta noche está especialmente inquieta. Su carita se crispa en una mueca de disgusto, y sus mejilas están coloradas y húmedas. Gimotea cuando Sherlock la toca, pero débilmente.

–La tiene –asiente Sherlock, frunciendo el ceño–. Está enferma.

–Mierda.

John la acuna contra su pecho y se dirige al baño, donde debería haber un termómetro, si Sherlock no lo ha tomado prestado para uno de sus experimentos con bacterias. Sherlock lo mira salir, y luego se levanta de su sillón para observar el drama. Hay pelea respecto al termómetro (a la niña no le hace gracia) pero John es inflexible.

–Treinta y siete coma cuatro –informa John, preocupado–. Tiene calentura. ¿Puedes sostenerla un momento? Ay, olvídalo –no espera la respuesta, se limita a ponerla sobre el cambiador junto a él, dejando a Sherlock parado torpemente junto a la puerta. John revuelve el cuarto buscando la medicina de la niña. Ella levanta los ojos para mirar a Sherlock, su cara la viva imagen de la infelicidad, y gime. Sherlock no sabe qué hacer.

John sí, pero está demasiado nervioso para hacer las cosas como es debido. Dicen que los doctores son los peores pacientes del mundo, y Sherlock sabe, por experiencia, que John pertenece al club del “tómate dos aspirinas, métete en la cama, toma mucho líquido y deja de lloriquear” en lo que a afecciones leves respecta, así que está un poco sorprendido de verlo reaccionar así por un simple resfriado.

Pero claro, los bebés tienen tendencia a volverlo todo un poco estúpido, opina Sherlock. Quizá si la señora Hudson estuviera aquí charloteando, John se comportaría con algo más de compostura, pero a estas alturas de la noche debe de haberse fumado ya la mitad de sus “hierbas calmantes” y estará fuera de juego hasta mañana.

–Cálmate –dice Sherlock, ganándose una mirada furibunda–. Sólo es un resfriado.

–Tiene calentura –repite John, testarudo, lavándose las manos con rabia–. ¿Sabes cuántas enfermedades infantiles son precedidas por fiebre y síntomas similares a los de un resfriado? –extiende las manos, apuntando a la toalla cuyo acceso está bloqueado por Sherlock, y éste, irritado, se la lanza.

–Muchas, me imagino –espeta–. Y ella no tiene ninguna de ellas.

Se aparta mientras John recoge a su hija y regresa a la salita de estar para poder sentarse y administrarle la medicina. Es un coqueto frasquito que Mary se trajo del hospital, “sólo por si acaso”, y ya ha sido utilizada parcialmente, pero no por John.

La levanta a contraluz, entorna los ojos y maldice. Queda una dosis o dos, pero no mucho más. Le da lo que puede, le seca la carita y se acomoda en el sofá con el termómetro en la mano, aguardando ansiosamente a que le baje la temperatura.

Sherlock se sienta en el escritorio, haciendo ver que está ahí, pero John no le pide nada, ni parece tener intención de hacerlo, y el tiempo va pasando. La niña no come ni duerme, sólo hipa y llora suavemente de vez en cuando. En realidad, reflexiona Sherlock, no se está portando muy mal dadas las circunstancias, pero John se pone histérico cuando no consigue ponerla a descansar.

–Shh, cariño, lo sé –le dice bajito, acunándola. Después de un par de horas le da lo que queda de la medicina, y tira el frasco en la papelera, la cara contraída por la preocupación. Sherlock no necesita preguntar para saber que, aunque la medicina alivia un poco los síntomas, no está mejorando de manera significativa su estado. John trata de darle un poco de agua, que ella rechaza para lamentarse y patalear bajo su mantita.

Se está haciendo tarde; ya pasa de medianoche y un sombrío John hace café con una sola mano, preparándose para una larga noche sin dormir. Consigue que acepte un poco de zumo con un gotero, consiguiendo que al menos tenga algo de hidratación en el cuerpo, pero es un trabajo arduo.

Después de otro par de horas, Sherlock cierra su ordenador y se levanta a coger su gabardina. John lo mira furioso, aunque en realidad no tiene ningún derecho a decidir si Sherlock puede irse o no si quiere. Su enfado se derrite cuando Sherlock mete la mano en la papelera y pesca el frasco de medicamento.

–¿Éste? –dice con sencillez, y John, súbitamente avergonzado de su comportamiento, asiente–. ¿Algo más?

La lista de la compra adherida de manera semipermanente al fondo de la mente de John salta al frente, pero agita la cabeza haciendo “no”.

–Sólo la medicina. Gracias –las palabras se sienten mezquinas y demasiado pequeñas en su boca.

–Por supuesto –dice Sherlock, enigmático–. Vuelvo en treinta minutos. Menos si encuentro un taxi.

John lo mira, y Sherlock piensa que parece extrañamente pequeño, sentado en medio del sofá con la niña en el regazo y los desperdicios de las últimas horas esparcidos a su alrededor. Se lo ve asustado, y cansado, y solo.

–Volveré pronto –repite, más suave. John le obsequia con un fragmento de sonrisa, más triste que alegre.

–Aquí estaré.

 

***

 

Fiel a sus palabras, John no se ha movido del sofá cuando Sherlock vuelve. El alivio inunda su cara al ver a Sherlock entrar por la puerta.

–Se está calentando de nuevo –reporta, los ojos pegados a la bolsa que cuelga de la mano de Sherlock con intensa desesperación. Sherlock le pasa la medicina sin perder tiempo. No es la misma marca, pero es una que John reconoce, con ingredientes similares. No es lo único que Sherlock ha traído; hay suero rehidratante para niños y un paquete de rollitos de higo. Sherlock deja que le dé la dosis a la niña y se va a enredar con el microondas.

Al cabo regresa, y se apretuja junto a John en el sofá, poniéndole una taza en la mano y un rollito de higo en la boca sin ningún tipo de cuidado.

–Come –ordena Sherlock. Con ambas manos ocupadas, John tiene que elegir entre escupir la galleta encima de su hija u obedecer. Elige la segunda opción. La masa de que está hecha se siente dulce y seca en su lengua; la pasta de higos se le pega a los dientes, pero lo hace ser súbitamente consciente de que se muere de hambre, y de que el dolor de cabeza que tiene podría deberse a una bajada de su azúcar en sangre. Ausente, toma un trago de la taza para ayudar a pasar la galleta.

Es cocoa.

–Está rica –dice, ahogando un ruidito y bebiendo otro ansioso trago de chocolate. Casi nunca bebe estas cosas (demasiado dulces para su gusto) pero en este momento es justo lo que necesita–. ¿Le has puesto whisky a esto? Tiene algo.

–Brandy francés.

John emite un sonido que en algunos círculos sociales se consideraría indecente, y luego vuelve a dejarse caer en el sofá. Busca de nuevo el termómetro, agotado.

–Dale un momento para que haga efecto –le aconseja Sherlock. Se inclina hacia delante para observar a la bebé, que tose. Su respiración se ha congestionado un poco, pero ya no llora tanto, y se ha reducido la rojez de las mejillas. Luce exhausta. John luce peor. Las bolsas bajo sus ojos son demasiado prominentes para el gusto de Sherlock, y si bien no ha perdido peso por el estrés, se lo ve consumido. Su pelo parece más fino, su piel más áspera.

–Estás horrible –le dice.

–Me siento… –balbucea John, demasiado agotado para discutírselo, pero aún demasiado tenso para relajarse como es debido– aplastado –termina.

Sherlock no hace ningún gesto para quitarle a la niña, o para relevarlo de sus obligaciones, pero cuando vuelve a mirarlo, hay una comprensión no verbal de que está, al menos mínimamente, ahí. Siempre ha estado ahí para ayudarlo, comprende John, es sólo que él ha estado siendo demasiado imbécil como para permitírselo.

Para ser honesto, no estaba seguro de que Sherlock quisiera tener nada que ver con la niña, pero ahora que de repente el hombre está metiéndole rollitos de higo en la boca y corriendo a Tesco a las tres de la mañana, se pregunta si no lo habrá entendido todo mal. Puede que los bebés no sean la especialidad de Sherlock Holmes, pero ya se ha ganado sus galones en el campo de la amistad.

–Gracias –dice John de nuevo, humilde.

–Apenas he hecho nada –señala Sherlock. Vuelve a inclinarse hacia adelante y escruta a la niña–. Bébete la cocoa.

Recoge al bebé del regazo de John mientras éste come, y la manipula como a un experimento científico: delicado, pero distante. John traga pesadamente. No es la primera vez que Sherlock ha tenido en brazos a su hija, pero es la primera vez que lo hace por voluntad propia. No sin algo de orgullo, Sherlock levanta el termómetro para que John lo vea. La temperatura de la niña ha bajado medio grado. John sonríe radiante, y parte de su cansancio se borra de su rostro por un breve momento.

–No está fuera de peligro todavía, pero dale una hora más –dice Sherlock, pensando para sí que John no tiene pinta de aguantar otra hora. Probablemente se quede dormido ahí mismo en el sofá. Bien. Eso es lo que necesita; ha pasado la mayoría de las noches de la última quincena durmiéndose y despertándose sin parar como un yoyó, ya sea ocupándose de la niña o acosado por sueños desagradables.

–Fantástico –bosteza John–. Gracias a Dios –se chorrea por la esquina del sofá, como si alguien le hubiera cortado los hilos, y extiende las manos buscando a la niña. Sherlock se la pasa, la observa bostezar también, arrugar la naricita en un gesto malhumorado y volver a dormirse, observa cómo todo eso hace sonreír a John de nuevo. Ya se le caen los párpados. Sherlock espera, lo deja quedarse dormido, y luego se levanta del sofá silenciosamente.

La mejilla de John está caída contra su hombro, su cara laxa y su mano derecha amenaza caerse por el costado del sofá. Sherlock desliza la suya por debajo y comprueba su pulso. Es lento y constante, como la respiración de John. Bien. La mano de John está fresca dentro de la de Sherlock mientras le acaricia el dorso con la yema del pulgar, y luego, sin poder contenerse, Sherlock pasa la palma de su otra mano por el pelo de John.

Después de eso, le toma un par de minutos estirar las piernas de John por la zona del sillón donde Sherlock se sentaba antes, y meterle una de las almohadas de su cama bajo la cabeza. La bebé es más fácil de mover, y la coloca bien arropada en su carrito junto a John, para que sea más fácil de vigilar, antes de cubrir al padre con una manta. Sherlock da un paso atrás para contemplar su obra, comprueba que John esté cómodo. Nota el hueco agotamiento comiéndose los contornos de John, y toma nota mentalmente de convencer a la señora Hudson de que vuelva a cocinar para ellos. Buena y pesada comida inglesa casera: una bendición para el alma, aunque no tanto para las arterias.

Por ahora, una noche de sueño y el subidón de azúcar de los rollitos de higo tendrán que bastar.

Sherlock recoge las tazas y tira los restos en el fregadero de la cocina, enjuagando los finos polvos que deja la cocoa. Frunce el ceño ante el grumo blanco a medio disolver que aún aparece en la taza de John.

–Debería haberla molido mejor –murmura para sí, y tira la evidencia por el desagüe.

__________________

 

John celebra el sexto mes de su hija apretándose la frente con las manos hasta que lo ve todo blanco. La niña no deja de llorar.

Lo ha intentado todo: no tiene hambre, no necesita que le cambien el pañal, sin duda está cansada pero no piensa dormir hasta que haya terminado de gritar, y no parece tener ninguna prisa por parar. La toma en brazos y no tiene ningún efecto. Comprueba su temperatura y es normal, aunque su cara está colorada por el esfuerzo de informar a todos de cuán disgustada está con el universo. John camina arriba y abajo por el pequeño salón del 221B rogándole que por favor, por favor se calle.

Sus alaridos, perturbadoramente regulares, se convierten en un pulso que le taladra la cabeza.

–¿Qué te pasa? –le pregunta desesperado. Es médico, se supone que debería saberlo. Como último recurso, le da una pequeña dosis de su medicina otra vez, sólo por si tiene algún dolor que él no puede ver, pero lo único que hace es que llore un poquito más despacio.

Están solos en el apartamento: Sherlock se ha escapado al Saint Bart’s, aunque con la excusa legítima de varios casos sin resolver en los que tiene que trabajar. John deja a la niña en su cuna y se mete en la ducha por cinco minutos, el agua en sus oídos dándole un momento de respiro. No puede ni imaginarse cuán horrible sería todo esto si se hubiera quedado en la casa que compartía con Mary. La señora Hudson subió dos veces para ver cómo estaban antes de irse a pasar el fin de semana en casa de su hermana, pero ella tampoco pudo hacer nada para acallar los llantos de la niña. Ahora se ha ido, y John está completamente solo.

Todo empezó abruptamente, hace menos de una semana. Estaba vistiéndola, y de repente empezó a llorar. Le inspeccionó las encías, por si acaso fuera un caso excepcionalmente precoz de erupción de dientes, pero nada. Está sanísima, pero no para de llorar.

La mece, incapaz de hacer nada más. No hay nada más que hacer. Si enciende la televisión o la radio, no puede oírlas. Los aullidos son demasiado penetrantes como para permitirle leer, o resolver crucigramas. John está a su merced.

John empieza a sentirse aburrido y resentido, y se siente culpable por ello.

La saca a la calle y ella chilla todo el camino hasta la esquina, donde John se rinde y vuelve a llevársela a casa. Las paredes del 221B parecen cerrarse sobre sus cabezas.

–¡¿Qué te pasa?! –dice, mirando su carita rosada y contraída–. ¡Dios, ¿qué es lo que quieres?!

Se sienta en la mesa de la cocina, mordiéndose los nudillos de la mano izquierda, la derecha cerrada en un puño apretado contra la cadera que lo hace cojear, y los alaridos continúan.

Quizá si Mary estuviese aquí, habría sabido encontrar lo que a él se le escapa. John se tira del pelo de la coronilla y siente, perdida toda esperanza, que la verdad es que no importa cuánto se esfuerce y cuánto la ame, no puede hacer esto solo. Nunca planeó entrar solo en el mundo de la paternidad, y tal y como sospechaba, aquí está, cagándolo todo. Ni siquiera puede calmar a un bebé que llora; ¿cómo demonios va a hacer esto durante los próximos dieciocho años?

¿Él lloraba así cuando era bebé? John no tiene ni idea, aunque sí puede señalar el momento en que dejó de llorar delante de sus padres casi con fecha y todo. No le estaba permitido hacerlo. Las pataletas y los gritos y los lloros estaban prohibidos, especialmente cuando su padre estaba en casa. Llorar no te servía de nada. Si se te salían las lágrimas, lo hacías lo más calladito posible, donde nadie te viera, o te armabas de valor para lidiar con las consecuencias.

Se pasea de nuevo, una marcha corta y truncada, el nudo de ansiedad y emociones contradictorias desarrollándose en su interior como un cáncer.

El apartamento parece privado de oxígeno, como si la niña lo estuviera absorbiendo todo con sus gritos, dejándolo en una campana de vacío. Apenas ha salido de la casa, a menos que sea para ir al supermercado o al parque; John está atrapado en una burbuja de rutina y cambio de pañales y biberones y limpieza, y se ha metido él solo.

Dios, sigue gritando. A veces se detiene, traga, hipa, y justo cuando John piensa que finalmente se ha calmado, empieza otra vez, subiendo desde un gemido hasta un aullido completo. No ha cumplido ni un año y ya tiene más energía que su padre.

John aprieta el borde de la cuna, mirándola.

–Para –le dice, la voz ronca–. Por favor, para ya.

Se suponía que la paternidad no iba a ser así. Se suponía que iban a ser Mary y él, trabajando en equipo para superar estos desastres. Se suponía que ella iba a estar aquí para ser la roca a la que agarrarse en estas aguas turbulentas, y en lugar de eso se ha ido a dormir bajo una lápida. Se suponía que su hija iba a ser rosadita y dulce y perfecta, no esta banshee descuajeringada. Se suponía que él estaría feliz y preparado y lleno de amor, y lo único que puede sentir ahora mismo es un pánico creciente.

–¡Para! ¡Para ya!

Su intención era mecer la cuna, pero sin querer la sacude; sus brazos están demasiado tensos para obedecerlo. La niña sube los decibelios hasta niveles supersónicos para castigar su insolencia, y algo en John sencillamente se sale del sitio, y antes de poder detenerse se encuentra gritándole.

–¡¡BASTA!!

El rugido es más alto que los llantos, y la asusta tanto que deja de llorar. En el momento de silencio que sigue, John siente algo en su estómago hundirse, como una piedra cayendo hacia el centro de la tierra. Ella lo mira, sin enfocar todavía, sus puños alzados para desafiarlo, o para defenderse de él, las lágrimas derramándose aún por los rabillos de sus ojos. Tragando saliva, la saca de la cuna, repitiendo una y otra vez “lo siento, dios mío, lo siento tanto, no quería hacer eso, te quiero”, y entonces ella se pone a berrear de nuevo.

–¿John?

Sherlock debe de haber subido las escaleras hace sólo un instante; aún lleva puestas la gabardina y la bufanda. Está parado mirando a John, perplejo.

–Tómala –ruega John, asqueado de sí mismo–. Yo no puedo –sin decir más la suelta en brazos de Sherlock. Éste boquea como un pez.

–¡John!

John lo empuja para salir, baja las escaleras, se detiene sólo para tomar su abrigo del perchero junto a la puerta, y se va.

 

***

 

Falta poco para medianoche cuando regresa, casi diez horas más tarde. El apartamento está silencioso y las luces están encendidas, mortecinas y naranjas a través de las ventanas mientras John se acerca, Baker Street abajo.

Sube las escaleras lenta, pesadamente, las manos metidas hasta el fondo de los bolsillos. Ha sido una jugada muy sucia, lo de abandonar a Sherlock con su hija, y se ha pasado el día vagando por Londres, sintiendo náuseas. No ha comido, porque se sentía incapaz de enfrentarse a la multitud de una cafetería o al olor de la comida, pero nunca en su vida ha deseado tanto tomarse una copa.

La puerta está entornada, esperándolo mientras se acerca al 221B, y desde adentro puede oír a Sherlock jugueteando con su violín. John entra sin hacer ruido.

El ambiente dentro es agradable: las ventanas han sido abiertas sólo un poquito para dejar entrar el tibio aire estival, las luces principales están apagadas pero las lámparas de mesa encendidas. Alguien ha ordenado el desastre que dejó durante las tensas horas precedentes, y todo el lugar está limpio, casi impecable. Aún más sorprendente, hay platos limpios en el escurreplatos y uno sobre la mesa. Sobre el banco de la cocina hay un tupper lleno de algo que parece espagueti a la boloñesa.

Una oleada de emociones recorre a John, y sus hombros se hunden. Hay tantas cosas por las que tiene que pedir perdón, y tantas cosas por las que darle las gracias a Sherlock también, que no sabe por dónde empezar. Y pensar que Sherlock es el que ha puesto todo en orden; Sherlock, a quien todo el mundo considera un ser humano horrible en el mejor de los casos, y difícilmente capaz de actuar como un adulto responsable con otros adultos, no hablemos ya de un bebé.

Darse cuenta de lo mal que ha dejado que se pongan las cosas, y de cómo ha dejado que el estrés lo afecte, es como una bofetada para John. Abre la boca, sin saber muy bien qué es lo que va a decir, pero Sherlock se le adelanta, deslizando el arco del violín por detrás de su hombro y dándole unos suaves golpecitos de advertencia en la nuca.

–No digas nada –le aconseja, sin acritud–. Sé, por personas con más experiencia, que muchos padres primerizos tienen estos momentos –en un gesto muy atrevido para Sherlock, deja que su mano siga el camino del arco y frota el hombro de John. John no puede evitar que se le escape una risita cínica. Está seguro de que los buenos padres no le gritan a un bebé pequeño. Sus acciones se han quedado marcadas al rojo vivo en su memoria: un ejemplo de algo que se prometió a sí mismo que nunca haría, hace mucho tiempo. Esto es lo que dice la gente, ¿no? Que los hábitos de los hogares disfuncionales son cíclicos, que se repiten de una generación a la siguiente.

–Es verdad –dice una voz de mujer, y John levanta la vista para encontrarse con la madre de Sherlock. Lleva en brazos a la niña, que ahora duerme, gracias al cielo–. Sherlock una vez lloró catorce horas seguidas. Estaba tan frustrada con él que le di una bofetada a mi marido.

–Padre tuvo el labio hinchado dos días –explica Sherlock, levantando el índice y el corazón sólo por si a John le queda alguna duda sobre el número. Luego encoge un poco los hombros, incómodo, como pidiendo disculpas por haber llamado a su madre–. La señora Hudson no estaba.

Entre líneas, John escucha un “y me entró un poquito de pánico”.

–Gracias por venir –es todo lo que John puede decir. No se acerca a la magnitud de su agradecimiento ni de lejos, pero de todas formas Mamá le resta importancia con su aplomo habitual.

–Cuando quieras –dice sin rodeos–. Al fin y al cabo, tú le haces de niñero a mis chicos todo el tiempo.

–¡Madre!

–Oh, no finjas que no es así. A estas alturas debería haber organizado un jardín de infancia para todo Scotland Yard.

John se pasa la mano por la cara. La mano de Sherlock sigue en su hombro, estabilizándolo mientras Mamá se le acerca con el esponjoso bulto de mantita y bebé en los brazos. Al mirar esa pequeña cara dormida, John siente otro pinchazo de preocupación.

–¿Estás listo? –pregunta Mamá.

No. Su brazos están rígidos y se niegan a cooperar, y su expresión habla por sí misma.

–Respira –le dice bajito, colocando a la niña entre sus brazos. Encaja tan fácilmente…–. Se irá volviendo más fácil.

John traga saliva, exhalando finalmente un largo y trémulo suspiro. Las manitas de la niña descansan sobre la manta, curvadas como pequeñas anémonas rosadas. Sherlock le acerca un dedo y deja que se lo agarre. John se siente conmovido.

–Personalmente, yo la hubiera cambiado por un perro –dice Sherlock, y es inapropiado y ofensivo y hace a John reírse, y sentirse un poco mejor. Golpea a Sherlock con un lado del cuerpo a modo de castigo, y siente evaporarse un poco de su tensión acumulada.

–Jamás –replica.

–¿Por qué no la pones en la cuna, y vienes a cenar algo? –dice Mamá, en ese tono que los padres siempre acaban desarrollando, consejo en la superficie pero orden en el fondo–. Sherlock hizo espaguetis, y me he asegurado de que no metiera nada raro en la olla.

–Yo cocino muy bien, muchas gracias –replica Sherlock, gruñón, por encima de la cabeza de John. Mamá suelta un amable pero incrédulo “¡Ja!”, y sale apresuradamente para meter los espaguetis de John en el microondas.

La niña se siente tibia entre sus brazos; todo el apartamento huele a jabón de baño y cebolla frita, y Sherlock se pelea con su madre acerca de si a lo que hace Sherlock se le puede llamar “cocinar” si lo único que hace es memorizar las recetas de otros. Es desgarradoramente doméstico.

John trata de tragarse el nudo que tiene en la garganta, mientras el que tenía en el estómago se afloja un poco, y va a dejar a la niña en la cuna. Se queda quietecita, con las mejillas sonrosadas, como si todo el día de hoy nunca hubiera existido.

Sherlock se asoma por detrás de él, silencioso mientras John alisa los mechones rebeldes de la pequeña.

–Le grité –le dice John, y se le quiebra la voz.

–No se va a acordar de eso –responde Sherlock, pragmático.

–Sigo habiéndole gritado.

–Y ella no lo recordará. No recordará nada. A menos que esperes a que crezca lo suficiente y se lo cuentes, y para entonces ya tendrá edad para entender por qué.

John se queda ahí parado, como si estuviera hecho de plomo, las manos apoyadas en el borde de la cuna. Su expresión se oscurece.

–Espero que no. Espero que nunca tenga que entender… eso –dice con dolorosa honestidad.

Sherlock lo mira, el ceño fruncido, entre perplejo y preocupado.

–¿John?

John sólo niega con la cabeza, casi imperceptiblemente. Sherlock lo observa con más atención, registra la caída de los hombros, las arrugas en torno a los ojos y el leve, leve temblor de sus manos.

–Te hice una promesa, ¿recuerdas? –dice Sherlock. John lo mira sin entender–. Aquella vez. Cuando nos enteramos de que Mary estaba embarazada.

John lo recuerda. Sus brazos están tan rígidos que tiene que dar un tirón brusco para sacar su mano izquierda de debajo de la derecha. Vacila un momento con la mano extendida, le da una palmadita en la espalda a Sherlock en una parodia ridícula de un gesto de consuelo, y luego se deja ir y lo rodea con un brazo, que es lo que realmente quiere hacer. Cierra los ojos y espera que Sherlock pueda por lo menos sentir su gratitud, porque no tiene palabras para expresarla. Quizá es así, porque un instante más tarde el otro devuelve el gesto.

Afuera, en la cocina, suena la alarma del microondas. Sherlock aprieta brevemente a John para que lo mire a los ojos, y luego le hace una vieja oferta.

–¿Cenamos?

 

***

 

–Ayúdame –dice John. Tiene la cabeza apoyada en los nudillos y mira a Sherlock desde abajo, aún avergonzado de sí mismo. Mueve sus espaguetis con el tenedor–. Por favor. No quería acabar involucrándote, pero necesito tu ayuda.

Sherlock pulsa las cuerdas de su violín, después descruza las piernas y se endereza en su asiento.

–Cuéntame todo lo que hiciste hasta que empezó a llorar.

John reflexiona y detalla el día hasta donde se acuerda, incluso las cosas que para él son redundantes e irrelevantes. Sherlock parece haber aceptado los misteriosos ataques de llanto como un caso provisional, algo que resolver entre casos reales. John repasa en voz alta las cosas que compró ese día, las cosas que tiró a la basura, la ropa que llevó y la comida que comió, el clima, la gente que ha entrado y salido. Ninguna solución obvia salta a la vista, pero Sherlock parece pensativo, y empieza a tañer su violín, abstraído, lo que sugiere que su mente está ya volcada en el problema.

John trata de preguntar, pero los dos Holmes se alían contra él en cuanto su plato se vacía, y lo envían a la cama. No le queda más que dejarlo todo en manos de Sherlock.

Escaleras abajo, puede oír a Mamá yendo de un lado a otro, y luego acostándose en la habitación de Sherlock; Sherlock va a o bien dormir en el sofá o no dormir directamente, algo que haría que John se sintiera aún más culpable si no fuera porque ya lo hace con regularidad. El apartamento se queda en silencio.

John juguetea con el monitor de vigilancia de la niña, lo coloca entre las almohadas de su cama y se echa junto a él, escuchando a su hija respirar suavemente for un momento. A través de él también puede oír el crepitar de los pasos de Sherlock moviéndose por la casa, el golpe seco que hace al quitarse los zapatos con las puntas de los pies, y luego el crujido del sillón al sentarse. John puede imaginárselo aovillado, subiendo los pies al sillón como un niño.

Murmura, tan bajito y tan suave que su voz suena incoherente a través del monitor, y al principio John se pregunta si estará repasando algún caso, quizá el de la niña. Gradualmente su voz se eleva, y John se da cuenta de que está recitando algo.

–… y grita al pelotón “¡seguidme!,
Atraparemos a estos contrabandistas
Y aquellos que se resistan colgarán,
Ding dong, del árbol de los ahorcados”,
Dice el Inspector:
“Ding dong, para que la triste luna lo vea”.

John nunca ha oído algo así, y tampoco le parece que venga de ninguno de los libros que tienen en las estanterías del apartamento, aunque no puede decir que haya recorrido completa la biblioteca de Sherlock.

Aún está dándole vueltas al asunto cuando el timbre y el ritmo de la voz de Sherlock cambian, cambiando la poesía por prosa.

–La aldea de Moonfleet está a media milla del mar, sobre el margen derecho, u oeste, del arroyo Fleet. Este curso de agua, tan estrecho a su paso entre las casas que he visto a más de un buen saltador cruzarlo sin necesidad de pértiga, se ensancha y se transforma en unas salinas más abajo del pueblo, y acaba perdiéndose en un lago de aguas salobres. El lago vale para muy poca cosa, excepto para las aves marinas, las garzas y las ostras…

Y continúa desde ahí.

John se recuesta sobre la espalda y cruza los brazos bajo su cabeza, un oído inclinado hacia el monitor. Pasan un par de minutos antes de que se dé cuenta de que es un libro, y no un caso a resolver, y otro par más antes de que, a pesar de sí mismo, se duerma.

En el piso de abajo, Sherlock oye a través del monitor la respiración de John adquirir el ritmo del sueño, cierra los ojos y, por el puro placer de contar una historia, continúa recitando para sí mismo.

__________________

 

–Deberías dormir en su cuarto –anuncia Mamá durante el desayuno, amenazándolos a ambos con una cuchara–. Es ridículo que te la pases subiendo y bajando todas esas escaleras cuando ella está aquí abajo, y todas sus cosas están en la cocina y en el baño, y la cuna en ese rincón de ahí. Deberías ponerla en tu habitación. ¿Qué vas a hacer cuando empiece a gatear?

John se atraganta con sus huevos revueltos, toma un buen trago de té y hace lo que puede para recuperarse de lo que ha estado a punto de convertirse en un malentendido muy incómodo.

–Estamos bien así –dice. Sherlock ya ha hecho bastante, arrastrando la patética existencia de John y a su hija bebé de vuelta al 221B. No puede pedirle más. Mamá, obviamente, no está de acuerdo.

–Bobadas. Es poco práctico. Manda a Sherlock al piso de arriba con todos sus trastos; estarás más tranquilo y le evitarás problemas a todos.

–El cuarto de arriba es más pequeño –contraataca John, pensando en el ingente volumen de objetos que Sherlock tiene almacenados en su habitación, por no hablar de la enorme cama de dos plazas.

–Puedo dejar las estanterías –dice Sherlock, sorprendiéndolo. Está sentado a la mesa con las piernas pulcramente recogidas bajo su cuerpo, comiendo tostadas y aparentando ser la persona mejor educada del mundo.

–Puedes ir a buscar cajas después de desayunar –dice Mamá con decisión, dejando la sartén en el fregadero. A sus espaldas, John mira a Sherlock con incredulidad. Sin decir nada, Sherlock se encoge de hombros.

Y eso es todo.

__________________

 

A Sherlock le toma más de dos semanas resolver el misterio del llanto irracional de la niña. John no puede discernir ningún patrón particular en el método que usa para descifrarlo; parece consistir mayormente en quedarse mirándola cuando llora, si está en casa cuando ocurre, y luego salir corriendo para juguetear con una miríada de objetos tan variados que John no termina de creerse que Sherlock sepa realmente qué está haciendo.

–¡Demasiadas variables! –gruñe cuando John le saca el tema después de un intento frustrado, pero incluso entonces parece que Sherlock está acercándose poco a poco a la solución.

Una tarde salta al sofá, le quita la niña de los brazos justo cuando está preparándose para lanzar uno de sus aullidos, y desaparece escaleras arriba. “¡Cinco minutos!” grita sin volverse.
John levanta las manos en gesto de rendición y deja que se vaya, curioso, y no menos aliviado, si es verdad que Sherlock está a punto de hacer un descubrimiento definitivo.

Durante cuatro de los cinco minutos, John sólo puede oír a Sherlock dando golpes esporádicos aquí y allá, y a la niña llorando, y luego, de repente, ambos guardan silencio. John escucha intensamente, conteniendo el aliento, pero no se oyen más llantos. Ha parado. Por primera vez desde que adquirió el hábito, simplemente ha parado. John no es un hombre religioso per se, pero ofrece una oración al símbolo de la razón pura que Sherlock prefiera, agradeciéndole por la excéntrica genialidad de su amigo.

Se pone de pie en cuanto Sherlock baja las escaleras, con aspecto de estar increíblemente satisfecho de sí mismo.

–¿Cómo lo hiciste? –pregunta John, mirando a su hija con incredulidad. Ella chupa calmosamente sus propios dedos, mirando a Sherlock con enormes ojos de ciervo.

–Hice una deducción –replica Sherlock, regodeándose en su triunfo. John espera a que se lo explique, pero Sherlock se limita a reír con disimulo, negándose a clarificar nada. En lo que a John respecta, lo único que ha hecho Sherlock es desordenarse el pelo y cambiarse la camisa, y no consigue ver qué tiene que ver eso con nada.

–Sí, pero ¿cómo? –insiste John.

–Física cuántica –bromea Sherlock, y se aleja con la niña en brazos para teclear en su portátil. John cruza los brazos.

–No puedes aliarte contra mí con mi propia hija –objeta–. Yo la hice.

Sherlock le lanza una mirada que es dos partes tratar de contener la risa y una parte arrugar la nariz ante la alusión sexual; en general, resulta desdeñosa.

John suspira.

 

***

 

Es como brujería. La bebé llora, John recorre todo el ciclo de opciones obvias (biberón, pañal, cuna, revisarla en busca de dolor o enfermedad) y finalmente, como última opción, se la pasa a Sherlock. Nunca falla. John aún no ha conseguido averiguar cómo lo hace.

–Hipnosis –aventura.

Sherlock se limita a reír por la nariz.

 

***

 

John baja el frasco de talco y señala a Sherlock.

–¿Digitopuntura?

–No seas absurdo.

–Demonios.

 

***

 

Orange 3G 2:23 PM
‖Mensajes‖ Sherlock ‖Editar‖

Más te vale que no
sean drogas

 

John. No. –SH
Trae más azúcar. –SH

Le estás dando
azúcar?

NO. –SH

Demonios.

 

***

 

–¿Es el detergente? –pregunta John, mientras su taxi rodea la esquina de Hyde Park–. Has tirado entera la caja nueva.
Sherlock lo mira de lado, deja de teclear en su teléfono y frunce los labios.

–Te estás acercando.

A John lo complace oír esto, pero aún está desconcertado.

–¿No le gusta el Fairy que no es biológico? No puede ser que le tenga alergia, ¿verdad?

–Y te has alejado de nuevo.

–¡Demonios!

 

***

 

–Dame una pista –pide John, cuando ya no soporta no saberlo. Durante la última semana y pico, la niña ha dejado completamente de llorar sin motivo, y John está harto de andar adivinando. Quiere la respuesta. Sherlock pone los ojos en blanco con irritación exagerada, y suspira.

–Muy bien. Una pista –se levanta de su silla en la mesa de la cocina, sube sin prisa al antiguo dormitorio de John y reaparece después de un momento, abriendo los brazos en un gesto dramático–. Tachán –dice, irónico. John no ve nada diferente en él.

–Oh, vamos –protesta John–. No has hecho nada.

–Sí lo he hecho.

–Un carajo lo has hecho.

–Es obvio.

–¡No has hecho nada!

–Lo tienes literalmente en las narices.

John le frunce el ceño.

–Té, John –dice Sherlock, agitando un dedo en dirección a la tetera, que acaba de hervir. Irritado y aún mirándolo mal, John se encamina a buscar las bolsitas de té. No hay NADA diferente en él. La primera vez salió corriendo y se cambió de camisa, pero no lo ha vuelto a hacer, y John no encuentra nada en las camisas que lleva que le indique que hay algún tipo de patrón. Son las mismas camisas pretenciosas, ridículamente caras y absurdamente ajustadas que usa siempre, en los mismos colores de siempre.

–Deja de ponerme esa cara –murmura Sherlock, sin despegar los ojos de su microscopio– o te quedarás así para siempre –alza brevemente los ojos–. Bueno, no habrá mucha diferencia –matiza.

–Ja ja, cabrón.

John hace mucho ruido en la cocina, vierte leche en las tazas, añade azúcar a la de Sherlock y agrede al té con la cucharita para descargar un poco de su frustración, y luego se inclina sobre Sherlock para dejarla caer justo a su lado. Entonces, abruptamente, agarra a Sherlock por el cuello de la camisa y le olisquea el cuello.

–¿Te has puesto PERFUME?

Sherlock lo mira con timidez desde debajo de sus rizos.

–Ariel, talco para bebés, crema de manos de magnolia, pomada de camomila para la irritación de pezones, y sí, perfume –le dice, y no protesta cuando John lo huele de nuevo–. Deberías reconocerlo…

La expresión de John se suaviza, yendo de la confusión a la comprensión, y exhala un pequeño “oh” maravillado.

–Dios mío. Es Mary. Así es como olía para la niña… es… –se inclina de nuevo, inhala el olor, y viaja en el tiempo. La taza de té en su mano tiembla, y por enésima vez en su vida, John Watson se queda abrumado por la agudeza de Sherlock. Es ella. Es Mary. Huele un poquito a Sherlock también, pero es imposible negarlo, es Mary.

–Cambiaste el detergente y lo lavaste todo, incluyendo tu bata. La niña ha crecido lo suficiente como para… notar la diferencia.

John se hunde en una silla, dejando su mano resbalar desde el cuello de Sherlock, y lo mira a los ojos.

–Es increíble –sonríe con suavidad, impresionado–. Es increíblemente astuto.

–Una simple deducción –replica Sherlock, pero hay una fugaz emoción en sus ojos que traiciona cuán complacido se siente.

John está fascinado.

–Entonces, ¿qué es? ¿Un spray o algo así? ¿Puedo usarlo?

–Mejor no, y además, ya no será necesario para ti.

–¿Qué quieres decir?

Sherlock se levanta, sube las escaleras y regresa con otra camisa, que le lanza a John. Curioso, la olisquea.

–No huele a nada –dice, sin notar cómo los ojos de Sherlock se abren levemente.

–Huele a algo para ella –dice, divertido. Para él también. Ha estado trabajando en ello cuidadosamente, alterando de forma gradual la mezcla de olores, añadiendo un elemento nuevo, quitando otro, hasta acostumbrar a la niña a la combinación final. No pueden seguir comprando tanta crema de manos y pomada para pezones si ninguno de los dos las usa.

Y menos llantos significa menos estrés para todo el mundo.

–Entonces, ¿a qué huele ésta? –pregunta John, aún perdido.

Más tarde, recordará que Sherlock parecía un poco avergonzado al contestar.

–A ti.

__________________

 

A la niña le quedan sólo unos días para cumplir siete meses, y Mycroft aún no la conoce. Ha visto fotos de ella, claro; la de su carita arrugada y violentamente rosada que John subió a su blog el día en que nació; y otras cuya existencia John ignora.

–Tiene usted una visita –anuncia Anthea, asomándose por la puerta.

–Recuérdale amablemente a McKee –dice Mycroft sin levantar la mirada de sus papeles, aunque dignándose a cambiar su expresión por una más burlona– que nuestra cita no es hasta dentro de veinte minutos –la puntualidad es una cosa, y la intrusión otra muy distinta.

–Lo haría si pudiera, señor –replica Anthea, sarcástica, y Mycroft levanta la mirada para encontrarse a Sherlock asomándose por el fondo como una mala noticia. Justo lo que le hacía falta antes de comer.

Deja su pluma en el escritorio, no sin antes firmar un documento con más fuerza de la necesaria, y contempla a su hermano menor con una expresión de deleite completamente falsa. Espera que Sherlock lo note.

–Hermano querido –dice zalamero, fingiendo con todas sus ganas–. ¿A qué debo este placer?

–Mycroft –replica Sherlock, enseñándole una de sus miradas “bonitas”: esas que son todo dientes y mal humor. Hoy, sin embargo, abandona la mueca enseguida.

Se trata de algo serio, entonces. Mycroft se recuesta en su asiento y cruza las manos sobre el escritorio.

–Hay algo que te preocupa. ¿O es que jugar a "¿dónde está papá?" se ha vuelto demasiado repetitivo, incluso para ti? –fisgonea.

Mycroft no cree, ni por un segundo, que Sherlock haya caído tan bajo como para jugar a cucú con la descendencia de John, pero la pulla era demasiado fácil como para no hacerla. Sabe que Sherlock ha estado tratando con la niña. Puede ver la mancha en sus pantalones donde se ha limpiado la papilla de avena hace una hora o dos.

Sherlock lo mira con indignación, y masculla “no me mortifiques, hermano mío”. Se sienta sin esperar invitación, toqueteando con aire crítico el forro del sillón de Mycroft.

–Quiero ver los archivos de John.

Desde el día en que secuestró a John Watson y lo sometió a interrogatorio en aquel aparcamiento subterráneo, Mycroft ha sabido que tarde o temprano Sherlock le haría esta petición, y ahora que finalmente ha ocurrido, se siente cauteloso. Está claro que ocurre algo, y es incapaz de adivinar qué implica eso para ninguna de las personas involucradas. Incluyendo a Sherlock.

–¿Para qué? –responde, alzando una ceja–. Seguramente ya has deducido qué contiene… –oh. Mycroft mira a Sherlock con ojos entornados, uniendo de pronto los puntos previamente solitarios. No lo ha hecho.

Sherlock luce disgustado; siempre ha odiado admitir las cosas que se le escapan.

–No lo tengo –miente Mycroft, sin siquiera molestarse en ser sutil. No necesita serlo; no cuando está en posesión de algo que Sherlock quiere.

–Mycroft –exige Sherlock, sin ningún efecto, porque por una vez no tiene nada con lo que contraatacar.

Mycroft está tan complacido que podría ponerse a cantar.

–Supongo que podría hacérmelo traer… –ofrece como por casualidad, agitando la posibilidad como una carnada ante la nariz de Sherlock, jugando con él.

Esta vez es Sherlock quien entorna los ojos con asco, pero no hay manera humana de que Mycroft se detenga ahora. No con todas las veces en que Sherlock lo ha avergonzado en público. Sherlock rechina los dientes y hierve de rabia.

–Muy bien. Si pudieras conseguirlo –dice, y pone los ojos en blanco como si estuviera tragando ácido– te estaría muy… muy ag… –evita la palabra, prácticamente mordiéndose la punta de la lengua. Mycroft, burlón, cierra los ojos, como si escuchara con atención la más dulce de las arias, y hace bocina con la mano junto a una de sus orejas– …me harías un favor –escupe Sherlock al fin.

Mycroft ríe bajito, feliz como una perdiz, y asiente con la cabeza. Un suspiro de repugnancia mal disimulada hace vibrar a Sherlock, que se pone en pie.

–¿Cuándo? –exige, levantándose el cuello de esa ridícula gabardina suya.

–En las bodas de rubí de papá y mamá.

Sherlock se vuelve a mirarlo, sulfurado.

–¡Faltan siglos para eso!

–Así es –conviene un alegre Mycroft–. Y tú estarás allí –le sonríe, un querubín con alma de troll–, BIEN vestido –añade–. Y siendo amable con los invitados.

Por una fracción de segundo parece que ha ido demasiado lejos y que Sherlock va a explotar, pero Sherlock se las arregla para tragarse la humillación y contentarse con escupir con rabia sólo dos palabras.

–¡Muy bien!

En el tono de Sherlock, suena como una palabrota.

–Maravilloso –replica Mycroft, aplaudiendo, su sonrisa alcanzando hórridas proporciones–. Anthea te acompañará a la salida –extiende un dedo hacia la puerta, indicándole el camino al mismo tiempo que lo ahuyenta como a un perro, sólo para asegurarse de que a Sherlock no le queda ninguna duda de quién ha ganado en su pequeña reunión de hoy.

Sherlock se va, derrotado, no sin antes lanzarle un último ataque. Se vuelve justo antes de salir por la puerta y le hace una mueca que lo hace parecer una gárgola.

–Adiosito –dice Mycroft a su espalda, despidiéndose con la mano.

 

***

 

Sherlock se lleva la carpeta que acaba de robar Támesis abajo, pasando el London Eye, hasta Whitehall. No tiene ninguna razón especial para ir allí, salvo que en ese lugar puede estar solo en medio de Londres. Busca soledad, y aire libre.

Descarta el Departamento de Energía y Cambio Climático, aunque su techo ofrece una vista mucho mejor, y dobla la esquina buscando el pub que se levanta ahí. Es un techo más fácil de escalar, y tiene menos posibilidades de causar una perturbación cívica si lo hace. No es hasta que se ha instalado allí, escondido entre mugrientas chimeneas, con Westminster extendiéndose ante sus ojos, que Sherlock se saca la carpeta de entre los pliegues de su gabardina Belstaff.

Es fina, pero Sherlock no duda que detrás de esas tapas de cartón la información es exhaustiva. Es un poco triste: la enormidad de John Watson, doctor y veterano de Helmand, condensada en esta magra resma de papeles.

Hubo un tiempo en que esto le habría resultado suficiente. Ese pensamiento lo ayuda a mantener los pies en el suelo.

Trata la carpeta con reverencia, pasando delicadamente un dedo por el borde y abriéndola sin ningún signo exterior de vacilación. Aunque no está seguro de querer leer lo que se esconde dentro, ya ha decidido que no le van a temblar las manos.

La primera hoja es la partida de nacimiento de John, idéntica a la que ya tiene en el apartamento, los nombres impresos igual de escuetos y ordinarios. John y Hamish y Helen Elizabeth, y James.

A continuación hay una copia de la primera página de su pasaporte, y una hoja impresa, sin encabezado, que detalla todas su idas y venidas del país, y todas las visas que se le han concedido. No ha viajado tanto como Sherlock pensaba: las vacaciones sexuales post-boda, Irlanda, Nueva Zelanda y por supuesto, Afganistán. Ha pasado por Irán e Irak, aunque no ha combatido en ninguna de ellas. Hay una gran laguna más atrás en el pasado, y luego, a los diecinueve años, Ibiza. Es un destino tan groseramente ingenuo comparado con los gustos de John hoy en día, que Sherlock sonríe. John debe de haberse pasado toda la semana borracho, gastándose todos sus ahorros del verano en cerveza barata, y tratando de ligar con chicas.

Se salta las notas de su terapeuta, los expedientes del ejército, los historiales médicos y los registros de los impuestos; hay finiquitos y copias de las direcciones de todas las residencias que John ha ocupado previamente.

Las páginas que Sherlock busca están al final: endeble papel de fotocopiadora en gris y rosa, y arrugados formularios cumplimentados a mano. A diferencia del resto de documentos en la carpeta, ambos son copias originales, y proceden de un tiempo anterior a que las computadoras se volvieran de uso común. Mycroft debe de haberlas pescado de algún archivo en Dios sabe dónde, y a nadie debe de haberle importado que se las llevara. Ahora son historia antigua. Otro niño más que se desvaneció del sistema.

La letra de la asistenta social es confusa y apretada, indicadora de una mujer a la que no le quedan tiempo ni energías para prestarle mucha atención a su caligrafía, y que empezaba a presentar los primeros síntomas de la artritis. Los informes son breves. Sherlock encuentra el nombre de Harriet Watson apretujado junto al de John, como si se hubieran acordado de ella a posteriori; los dos nombres están apelotonados en el recuadro correspondiente como pollitos en una caja. Sherlock comprueba las fechas. La hermana de John tenía trece años, John tenía nueve. Trece años es ya la frontera del “demasiado tarde”; trece años significan furia y exigencias y adolescencia, un momento en que ya eres suficientemente mayor como para meterte en problemas, pero no tanto como para salir de ellos solo.

Nueve años…

Y luego otros nueve años de hogares que no eran el de John. Los cálculos son simples: en torno al 24%, poco menos de un cuarto de la vida de John.

John nunca lo ha mencionado.

Hay algunas notas cortas de la comisaría de Chelmsford detallando el caso, palabras vagas acerca de cumplir horas de servicio comunitario por agredir a un oficial de policía, y luego nada más acerca del padre de John. En cuanto a su madre, no hay demanda de divorcio, pero el matrimonio se anula igualmente. El certificado de defunción está grapado en la parte de atrás, y la fecha es de un año después de la separación. Causa de la muerte: asfixia. Autoinfligida.

Sherlock exhala y mira al cielo. Las nubes se han esparcido sobre él formando una ancha sábana, lechosa y oscura. En algún lugar detrás de ellas está el sol, dando vueltas alrededor de la tierra y escupiendo una luz que se confunde al filtrarse entre las nubes, haciendo chispas en sus retinas. Las gaviotas se precipitan desde el cielo con chillidos felinos, y bajo sus pies, Londres hormiguea.

El borde de la azotea está rematado en piedra, blanca como un sudario. Nadie va a subir aquí, y no hay baranda de seguridad entre él y la caída que lo separa del pavimento. Sherlock se encoge para apartarse de esa idea, apretándose la boca con el dorso de la mano.

Vuelve la vista hacia las notas. No puede ser que todo haya sido malo. Sherlock reconoce dos nombres de los comentarios en el blog de John: la pareja mayor que le envió un telegrama el día de su boda. Nunca se le pasó por la cabeza preguntarle quiénes eran. Nunca fue relevante para nada.

Sencillamente, no le importó lo suficiente como para preguntar.

John a veces se burla de él, por saber detalles tan ridículamente pequeños como la diferencia entre las marcas blancas que dejan en la ropa las distintas marcas de desodorante, y sin embargo mantenerse deliberadamente ignorante en asuntos cotidianos, evidentes para todo el mundo. Esta es una de esas veces en que Sherlock se siente inclinado a estar de acuerdo con él. ¿Cómo es que siempre ha sabido cuál es la marca preferida de pasta de dientes de John, pero nunca ha sido consciente de que creció en un hogar de acogida?

Y de por qué.

Cierra la carpeta y vuelve a escondérsela en la gabardina, contra el pecho; esto no es algo que pueda ir paseando por ahí en público como si fuera la lista de la compra. Esto no es algo que los demás deban ver, ni siquiera un poco. Es la vida de John, y él ha jurado que siempre la mantendrá a salvo.

Los detalles dan vueltas en su cabeza, otra pelota más que ha de mantener en el aire en su ya complicado juego de malabares. John. La hija de John. No arruinar la carrera de John. El trabajo. Su necesidad de tener trabajo. La necesidad de John de tener trabajo. Adicción. Asuntos Internos. Gran Bretaña. Problemas legales, evitar ir a la cárcel. Familia.

Y todo vuelve, inevitablemente, a John.

Sherlock acaba de descolgarse del tejado y salta los pocos metros que lo separan de la calle.

Para cuando regresa a Baker Street, John ha hervido y molido unas zanahorias y está intentando convencer a la niña de que las pruebe. La niña está abstraída, y más interesada en escupir y golpear cosas contra la bandeja de plástico de su sillita.

Sherlock se demora en la puerta, observando los esfuerzos de John.

¿Cómo puede John haber pensado que es un mal padre?

–Has estado fuera todo el día. ¿Encontraste algo? –le pregunta, haciendo una mueca al enderezar la espalda y notar dolor por haber estado encorvado tanto tiempo.

–Algo –admite Sherlock. Suspira, sintiendo la carpeta rígida contra su pecho. Con discreción pone una mano protectora sobre ella.

–Vino Lestrade, te dejó algunos casos sin resolver. Los he puesto en tu cuarto –dice John–. Oh, a la mierda –añade cuando la bebé se las arregla para tirar al suelo la porción completa de puré de zanahoria–. Supongo que se acabó.

–Está bien –balbucea Sherlock–. Lo que haces. Es… eh… bueno.

John lo mira como si le acabara de brotar una segunda cabeza.

–¿Darle de comer? –pregunta, confuso, levantando la cucharita de bebé, verde neón.

La vida, piensa Sherlock, sería mil veces más fácil si la gente supiera lo que quiere decir sin necesidad de tener que decirlo en voz alta. Exasperado, mayormente consigo mismo, aclara:

–Patea más con la pierna izquierda cuando ve algo que le gusta.

Esto sólo consigue confundir más a John.

–Pero si siempre está dando patadas.

–¡Exacto!

–Ah. Bueno. Es bueno saberlo –vacila John, sin entender nada en absoluto, y luego se pelea de forma poco elegante con el trapo de cocina para limpiar el desastre del suelo.

La niña patea el aire y le tira la cuchara. John ni pestañea, sólo le hace cosquillas en los pies, de buen humor, mientras limpia, haciéndola reír.

–Tunanta –le dice, y se levanta para enjuagar el trapo en el fregadero. Cuando se da la vuelta, Sherlock sigue ahí, con una peculiar expresión en la cara.

¿Qué? Pregunta John con todo su cuerpo, sin hablar.

Nada.

No dejas de mirarme. Ni siquiera te has quitado la gabardina.

John cuelga el trapo y pregunta directamente, porque hay algo en la cara de Sherlock que lo preocupa.

–¿Todo bien?

Lo único que Sherlock alcanza a hacer es pensar en este inmenso, cósmico desequilibrio, en la asimetría entre los fallos y la injusta vida de John, y todas las cosas buenas que salen de él. Sherlock no suele pensar mucho en su propia infancia, pero no puede negar que tuvo amor, dinero y estabilidad a raudales. Todos los problemas que pueda haber tenido, los creó él solo, y mira hasta qué punto se las arregló para arruinar su vida antes de conocer a John.

A John, en cambio, la vida se lo ha negado todo, y aún así sigue preguntando primero a los demás si están bien, antes de considerar si él mismo lo está.

–Estoy bien. No es nada –dice Sherlock–. Estaba pensando.

–Ah –asiente John, sin terminar de creérselo, pero dejándolo en paz. Si Sherlock no quiere hablar de lo que sea que tenga en la cabeza, él no va a obligarlo. En lugar de eso, bromea–: Parecía un pensamiento doloroso.

–He ido a ver a Mycroft hoy.

–¡Ah! –dice John, llegando a una conclusión rápida, aunque errónea–. ¿Cómo está?

–Tan insufrible como siempre. Ha perdido otro medio kilo. Está asquerosamente contento –Sherlock frunce el ceño, recuperando la conversación de su memoria y repasando algunos pequeños detalles previamente ignorados. Cuello alto a pesar del clima cálido. El teléfono delante de él, muestra de estar esperando mensajes, más que llamadas. Sherlock frunce los labios–. Agh, creo que está saliendo con alguien.

Al oír eso John levanta las cejas. Vaya, he ahí una idea que nadie había contemplado jamás.

–Válgame Dios. Engañando a la reina. ¿Eso no cuenta como alta traición?

–No si es con el príncipe Phillip –replica Sherlock, y de repente ambos se estremecen con una mezcla de risa y repulsión.

–La próxima vez podrías preguntarle a Mycroft si le gusta el yogur griego –sugiere John, salaz, y se ríe de la expresión escandalizada de Sherlock.

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La niña tiene siete meses y sus ojos han ido cambiado de color desde que nació. Espía a Sherlock a través de los barrotes de su cuna, parpadeando. John está profundamente dormido, sin ayudas químicas esta vez, y aunque ella está despierta, no llora. Sherlock, despierto otra vez en mitad de la noche, se escurre junto a la cama, la toma en brazos y se la lleva a la sala antes de que se decida finalmente a llorar y moleste a John.

–Se te están pegando mis malas costumbres –le susurra, y ella le replica con su propia versión balbuciente del inglés, grupos aleatorios de vocales y consonantes. No es la peor conversación que Sherlock ha tenido–. Sí, es una bonita noche –asiente.

Se sienta con ella en el sillón de John, en parte porque parece lo más adecuado, y en parte porque así se queda de espaldas al dormitorio, evitando la tentación de observar a John mientras duerme; sospecha que John no lo aprobaría. Sherlock hace muchas cosas que John no aprueba sin pensarlo demasiado, pero hacerlo delante de la bebé se le hace un poco incómodo.

Por otra parte, puede que la niña resulte ser una buena cómplice en el crimen algún día.

Bueno, no en el crimen.

Sólo en fastidiar a John.

Hay una diferencia: una es un experimento prolongado sobre las limitaciones del ser humano, la otra tiene como resultados sólo mala comida y compañeros de habitación malhumorados. Le explica todo esto a la niña. Ella juega con los botones de su camisa e ignora sus divagaciones.

–Eres igual que tu padre a ese respecto. Bueno, más o menos. En que me ignoras. No en que juegues con mis botones.

John nunca, jamás, ha jugado con sus botones.

Eso no se lo dice.

–Bueno, ¿qué opinas de Goethe? –le pregunta, eligiendo entre sus libros con una sola mano; la niña da un inmenso bostezo–. Sí, es muy aburrido. No es lectura para la noche –la mece perezosamente con la rodilla, y ella parece feliz sólo con eso–. ¿Dylan Thomas, entonces? “Es primavera, noche sin luna sobre la pequeña aldea, sin estrellas y negra como la pez; las calles adoquinadas están en silencio, y el encorvado bosque, territorio de amantes y conejos, se inclina lánguido sobre el lento, negriazul, negro, negrísimo mar donde los botes de pesca se agitan”. A tu madre le gustaba esta obra. Trata de galeses aburridos que tienen vidas predecibles y aburridas, pero hay una mujer que tiene tanto TOC como alucinaciones visuales y auditivas, que asesina a sus dos maridos, y un capitán de barco que está enamorado de una prostituta muerta, y poesía. Y una tal Polly, que tiene muchos bebés. Tú te sentirías como en casa allí –tararea un par de estrofas de la canción de amor de Polly Garter y se siente como un completo, indigno idiota.

No puede parar.

La nena gorgotea y le da un golpe amistoso cuando deja de tararear, así que decide continuar, esta vez usando la letra.

–“Una vez amé a un hombre que se llamaba… Tom” –a la niña le gusta la melodía e ignora sus vacilaciones. Sabe que la letra dice “Tom”, da igual lo que su lengua esté intentando hacerlo decir–. “Era fuerte como un oso y tenía…” no, no voy a cantar el resto, es inapropiado. ¿Qué tal la otra canción? Era algo sobre un caracol… ¿Cómo era? “Ahora es mi turno, dijo Flossie el caracol, de sacar al niño del cubo de la leche, y es mi turno ahora, dijo John…” Mira, he cambiado de opinión, esta obra es una abominación total.

La niña se agita y se deja caer contra su pecho. Las manos de él son lo suficientemente grandes como para rodear la circunferencia entera de su pequeño pecho, y es muy consciente de cuán frágil es. ¿Es en eso en lo que John piensa, las veces en que Sherlock lo ve tomarla en brazos, con una expresión en la cara que hasta ahora ha eludido sus deducciones?

Sherlock aprieta mínimamente su agarre, para sentir sus pequeñas costillas empujándole los dedos en cada respiración, y el tamborileo de su corazón. La niña lo mira con sorpresa.

–Perdón. Ha sido sin querer.

La levanta por las axilas hasta que su rubia coronilla está cómodamente instalada en el hueco del cuello de Sherlock; usa una de sus manos para sostenerla, mientras la otra le cubre la espalda. La niña bosteza de nuevo, cerrando los deditos contra su clavícula, su pelo haciéndole cosquillas en la mandíbula. Sherlock suspira también, una larga y lenta exhalación

A veces se parece a Mary, en el singular azul de sus ojos, o en cómo su pelo crece hacia afuera en rizos desordenados. Cuando frunce el ceño se parece a John. También cuando sonríe. Su nuca es imposiblemente suave, y su pelo huele a champú de bebé y al aftershave de John, y su pequeña existencia es un sólido y tibio peso contra el costado izquierdo de Sherlock. Cierra los ojos y la mece suavemente.

–No te enamores nunca –le dice, bajito, entre el tictac del reloj y la medianoche. Le roza la cabeza con los labios–. Te arruina la vida.