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Stitches

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Título: Stitches

Pedido: María Lourdes León Trauco

Fandom: SPN

Autora: Taolee

Pairing: Kevin/Sam

Kinks:

02— Sexo contra la pared. Duro contra el muro XD

07— Autosatisfacción.

12— Hair pulling.

14— Mordidas.

18— Primera vez.

46— Confesiones de amor.

Temas:

10— Hospital: ya sea de paciente, de médico, de visita, de fantasma...

14— Orphan.

49— Ciberpiratas/ actuar al margen de la ley.

 

 

STITCHES

 

 

 

Kevin cerró los ojos y giró la cabeza hacia un lado. Sintió cómo una lágrima le recorría la piel quemándole a su paso hasta que desapareció por el cuello. Su vida era un infierno. Hacía mucho que lo era, desde que el mundo de lo sobrenatural apareció ante él.

Jamás se había imaginado ser un profeta en nada. Siempre había sido un niño muy inteligente, pero de ahí a saber leer escritos en un idioma olvidado era tener demasiada imaginación, pero todo eso era real, por eso se encontraba encerrado en ese hospital, porque lo habían pillado con las manos en la masa un mes atrás.

Llevaba un par de meses alejado de los Winchester. Lo hizo a propósito porque no podía soportar más tiempo estar al lado de Sam y no poder decirle nada, no poder hablar con él lo que sentía, lo que anhelaba con toda el alma. Ya lo había intentado muchas veces, pero el menor de los Winchester le había dejado claro que entre ellos jamás podría existir nada de esa índole.

Cuando se lo dijo Sam parecía terriblemente enfadado, como si no se creyera que eso le estuviera pasando a él, por eso no volvió a hablar del tema y lo esquivó todo lo que pudo, hasta que el búnker se le quedó pequeño, por eso se buscó una habitación en un motel alejado de donde ellos estaban.

Durante varias semanas había ido todo bien, hasta que ya no pudo pagar más la habitación. No tenía dinero ni para comer, así que no tuvo más remedio que ofrecer sus servicios informáticos a quien quisiera contratarle. Sabía que piratear una página oficial del estado era un delito muy gordo, pero le iban a pagar tan bien que no se lo pensó dos veces.

Entonces lo pillaron, claro que lo pillaron, de hecho sospechaba que había sido una trampa y él había caído de lleno en ella. Cuando lo citaron para que contara la verdad, él lo hizo, contando, sin nombrar a los Winchester, todo lo que había vivido entre demonios, ángeles y seres paranormales.

Lo metieron en un psiquiátrico de cabeza. Allí, tras varias pruebas, demostró que no estaba loco, pero no lo dejaron en libertad, jamás volvería a estarlo porque si decía que se lo había inventando todo, lo meterían en la cárcel de cabeza, mientras que escudándose en todo lo que había contado le diagnosticaban enajenación mental transitoria y si lo consideraban un loco no iba a la cárcel, aunque no sabía qué era peor.

Lo habían encerrado en ese hospital para chicos jóvenes. Era un orfanato para muchachos como él, que habían superado los dieciocho años pero no los consideraban preparados mentalmente para llevar una vida por sí mismos, así que el gobierno había creado un lugar para ellos; para chicos menores de veintiún años que no tenían lugar a donde ir y que tenían algún tipo de problema mental.

Era muy duro estar allí dentro porque había chicos con serias patologías, problemas de personalidad y conducta, y un sinfín de cosas.

No podía culpar a los Winchester de nada porque había sido él el que se había metido en ese lío, y no los llamaría para que lo salvaran. No lo haría. No quería complicarles la vida más de lo que ya era, así que sólo le quedaba estar allí el tiempo que le quedaba para cumplir los veintiuno y luego ya se vería. Quizás lo meterían en la cárcel directamente por su delito. No tenía ni idea de lo que iba a ser su destino, ni siquiera su presente era prometedor. Se levantaba todas las mañanas cansado de haberse pasado la noche llorando, temblando de frío, sintiéndose solo y deseando poder echar atrás su vida, a cuando vivía con su madre y todo iba bien.

 

 

 

Esa mañana se levantó algo más cansado de lo normal. Era martes. Según su calendario de tareas semanal, esa mañana le tocaba barrer el patio. Cogió una escoba y caminó hacia allí arrastrando un poco los pies. Se cruzó con un par de chicos que el día anterior habían organizado una trifulca buena a la hora de la cena y ahora parecían zombis errantes, con la mirada perdida y los hombros caídos. No sabía qué pastillas les habían suministrado, pero esos chavales parecían estar más muertos que vivos.

— Tran —una voz sonó tras él.

Kevin se dio la vuelta para ver al director del colegio caminando serio hacia él. Era un tipo bajito, medio calvo y con los ojos saltones. Le daba mucho asco ese hombre y su presencia nunca presagiaba nada bueno. Que lo estuviera llamando no era buena señal.

— Señor Dale —respondió.

— ¿Dónde ibas?

— A barrer el patio, señor. Es martes.

— Ya —el hombre llegó hasta él y lo miró jocoso—. ¿No se te olvida nada antes?

Kevin chirrió los dientes porque ya sabía de qué se trataba.

— Yo no voy a misa, señor Dale. No creo en esas cosas.

El hombre levantó las cejas.

— Es curioso que no creas en Dios y sin embargo te inventaras toda esa historia enrevesada de ángeles, demonios, Dios de vacaciones y no sé cuántas patrañas más.

Kevin no iba a discutir con él sobre eso.

— No quiero ir a confesarme —dijo—. No puede obligarme.

El hombre se acercó demasiado y lo enfrentó.

— Puedo obligarte y lo haré —le amenazó—. O te unes a las labores de la iglesia y participas como todos los demás o te aislaré de nuevo en la celda de castigo —se sintió victorioso al ver la cara del muchacho—. Tú decides.

Kevin soltó de mala gana la escoba y caminó hacia la iglesia que había en un ala anexada a la casa. Sólo había estado en la capilla una sola vez cuando llegó. Todo aquello era una hipocresía y lo odiaba con toda su alma. ¿Dónde cojones estaba Dios? ¿Por qué no lo había ayudado? Si era un profeta... ¿Por qué diablos no se había dignando a tener aunque fuera dos palabras con él? ¿Por qué había dejado a los ángeles solos sin ningún tipo de orden ni mandato a seguir? No entendía nada, tenía miles de preguntas y ninguna de ellas iban a tener una respuesta sincera a corto plazo.

 

Entró en la iglesia y se quedó en la puerta observando a los demás. Había varios chicos allí dentro. Uno pasaba un paño sobre los bancos, otro barría el suelo y un tercero cambiaba las velas consumidas por otras nuevas. El director llegó tras él y se colocó detrás.

— El padre Bricassart está en el confesionario. Cuando termine ese chico te confesarás tú.

Kevin quiso escupirle en la cara y salir de allí corriendo pero se contuvo. Esperó a que el chico que se estaba confesando terminara para llegar él al confesionario y arrodillarse a un lado. Al otro lado de la celosía todo estaba oscuro y no se veía nada. Lanzó un suspiro y comenzó a hablar.

— No creo en la iglesia ni en los curas ni nada. Todo esto es una falsa, la misma biblia lo dice. Estoy aquí porque me han obligado. No pienso colaborar en nada que implique cambiar mi forma de pensar o mis creencias —guardó silencio unos segundos esperando que el cura le echara un sermón monumental por sus palabras, en cambio escuchó una voz tranquila y relajada al otro lado de la celosía.

— ¿Y en qué crees, hijo mío?

Kevin frunció el ceño porque le sonaba esa voz pero no podía estar seguro.

— Creo en mí —fue lo único que dijo. Esperó a que el padre le pusiera como penitencia mil Padres Nuestros o trescientas Ave María, pero no lo hizo, tampoco lo necesitaba. Se levantó y se alejó de allí. Al darse la vuelta se topó con el director que lo miraba con una ceja levantada. Tras él sintió una figura alzarse a pocos metros de donde él estaba. Sería el cura que lo había confesado. Genial, seguramente entre los dos intentarían comerle el coco.

— Padre Bricassart —Dale miró al hombre—. Este es Kevin Tran. Un poco rebelde pero no es mal muchacho, aunque tiene unas ideas un tanto... fantásticas.

— Seguro que tiene algún motivo para ello.

Kevin dejó de respirar porque esa voz que allí dentro le había sonado familiar, ahora era totalmente inconfundible. Despacio se dio la vuelta para toparse con Sam vestido de sacerdote, pantalón negro, camisa negra, alzacuellos y el pelo peinado totalmente hacia atrás y recogido en una coleta.

— Necesitaré trabajar más con el joven Tran si no hay inconveniente —Sam le sonreía a ese capullo mostrando unos encantadores hoyuelos.

— Claro. Si se niega a cooperar, dígamelo. La celda de castigo siempre está preparada.

Sam apretó los dientes imperceptiblemente tras su aún encantadora sonrisa.

— Estoy seguro de que no será necesario. Me dijo que había un despacho donde podría reunirme con los muchachos, ¿verdad? Comenzaré ahora mismo.

Dale les indicó el camino y les cerró la puerta quedándose fuera cuando ambos entraron en la habitación. Luego se marchó con una sonrisa sospechosa en la cara. Dentro, Sam y Kevin se miraron durante unos segundos antes de que el muchacho se sentara en la silla más próxima.

— ¿Por qué, Kevin?

Kevin no quería explicar nada, así que intentó ganar tiempo haciéndose el despistado.

— ¿Por qué, qué?

Sam bufó.

— Te fuiste sin decir nada del búnker, te alquilaste una habitación de motel, hiciste de pirata informático, te apresaron, te han retenido aquí y me preguntas el por qué —acabó sentándose en una silla al otro lado de la mesa—. Es por la última charla que tuvimos, ¿no?

Kevin no iba a disimular más porque sabía que con Sam esas cosas no funcionaban.

— Me dejaste claro que no querías saber nada de mí.

— Eso no es cierto, Kev —abrevió su nombre sin saber por qué. Parecía estar conteniéndose. Respiró hondo y siguió hablando—. Te dije que entre nosotros no puede existir otra cosa que no sea amistad, no que no te quería allí y que te fueras sin decir nada. ¿Sabes cuánto tiempo ha estado Dean buscándote?

¿Y tú no me has buscado? Quiso preguntárselo, pero no tuvo valor porque no quería escuchar la respuesta.

— No sé qué tenéis que echarme en cara cuando vosotros hacéis lo mismo una y otra vez —eso fue una bofetada en toda la cara—. Ya has visto que estoy bien.

— Sí claro, estás de puta madre. No sé cómo no me he dado cuenta de que el orfanato hospital psiquiátrico en el que te han encerrado hasta que te puedan meter en la cárcel es como estar en el Caribe.

— ¿A qué has venido, Sam? —Kevin no respondió nada al tono irónico de sus palabras.

— A sacarte de aquí y a llevarte con nosotros.

— No hace falta. Puedes marcharte por donde has venido y decirle a Dean que no os necesito.

Sam se mordió el labio por dentro. Parecía estar guardándose cosas y que apenas podía contenerse para no decirlas. Sin decir nada más se levantó y se fue de allí dejando al muchacho solo sentado a la mesa. Kevin no se movió a pesar de que ya no pintaba nada en ese despacho, pero no podía moverse. Ver a Sam allí, decirle que había ido a buscarle, había sido como un soplo de aire fresco. Ahora, por culpa de su despecho, lo había echado dejándole ahí a su suerte, tal y como le había pedido. Tenía ganas de llorar porque jamás en su vida se había sentido tan solo. Frustrado, caminó hacia su habitación.

 

 

 

Se había alquilado una habitación de motel en la carretera estatal más próxima. Cerró la puerta tras él y caminó hacia el baño para quitarse ese horrible atuendo de encima y darse una ducha. Kevin se lo había dejado claro; no quería ser salvado y ya no había nada más que decir.

El teléfono sonó justo cuando salía del baño envuelto en una toalla. Se la agarró bien a las caderas y respondió.

— Sam —la voz de Dean ladró al otro lado del teléfono—. ¿Has podido ver ya a Kevin?

— Sí —carraspeó antes de responder lo que su hermano estaba esperando—. Está bien y no quiere salir de aquí.

Dean levantó las cejas a modo de sorpresa. Ojeó los papeles que tenía en la mano y luego volvió a hablar.

— Pero eso es un orfanato que hace de hospital psiquiátrico para jóvenes menores de veintiuno, ¿no?

— Sí, pero no quiere venir con nosotros.

Dean guardó silencio apresando los labios entre sí. No podía culpar al joven de querer huir de ellos. Él también habría huido de sí mismo de haber podido.

— ¿Crees que te dice la verdad o está siendo coaccionado o algo por el estilo?

Sam sabía la verdad, pero ¿cómo le decía a su hermano que Kevin se había alejado de ellos porque se había enamorado de él y él ya le había dejado claro que jamás podría pasar nada entre ambos?

— Creo que está cansado y que necesita tiempo —fue todo lo que respondió.

Dean asintió.

— Bueno, si ves que no quiere, no insistas y vente. Yo de todas formas voy a seguir trabajando en su caso para que, cuando lo saquen de ahí, no tenga que ir a la cárcel.

— ¿Te está ayudando la agente Mills?

— Jody me ha presentado a un par de personas pero tengo que escalar un poco más. Cas y yo iremos mañana a reunirnos con un pez gordo a ver si podemos conseguir algo. ¿Te esperamos? ¿Vas a venir?

— Voy a pasar aquí la noche y mañana a primera hora saldré para allá. Necesito dormir aunque sea una noche.

— De acuerdo. Llámame.

Sam asintió y colgó el teléfono. Terminó de secarse con la toalla y se vistió. Se tumbó en la cama con una cerveza y puso la tele. No podía sacarse a Kevin de la cabeza. No quería dejarle ahí, pero entendía que el muchacho no quisiera saber nada de él. Tras la tercera o cuarta cerveza y aburrido de los anuncios de la tele tienda, acabó por quedarse dormido apoyado en el cabecero de la cama.

 

 

 

Kevin leía en su cuarto. Algo que tenía que agradecer era que no le hubieran prohibido coger libros de la biblioteca que tenían y llevárselos a su cuarto. Al menos así podía mantener la mente ocupada.

Estaba quedándose dormido cuando oyó el pomo de su puerta. Cerró el libro y lo dejó a un lado para ver quién abría la puerta de su cuarto a esas horas. El director Dale apareció cerrando tras él. Traía una sonrisilla jocosa en la cara y una bolsa de plástico en la mano. Cerró con la llave que traía en la otra mano y se volvió hacia el joven.

— Kevin... tú y yo tenemos un asunto pendiente.

 

 

 

Sam se despertó por el dolor de cuello que tenía. Había pasado toda la noche en la misma postura y ahora esa sensación molesta le llegaba hasta el final de la espalda. Se desperezó y caminó por la habitación rumbo a la destartalada cocina que había en una esquina para hacerse un café. De fondo oía las noticias locales. La voz de la periodista le hizo volverse y darle volumen a la televisión.

— Aún no se sabe qué ha sucedido realmente, pero la muerte ha pisado de nuevo el orfanato de Willesbourgh. Un chico, del que se desconoce todavía su identidad, se ha quitado brutalmente la vida en un acto, aparentemente satánico, en el que estaba participando. Las fuentes oficiales sólo nos han dicho que se trata de un varón, de unos veinte años de edad aproximadamente y rasgos asiáticos.

Sam se vistió a toda prisa y salió corriendo hacia el coche. No era mucha distancia, pero tenía que llegar cuanto antes. Cuando iba a mitad de camino le sonó el móvil.

— ¡Sam! —la voz de Dean era dura y un tono más grave de lo normal—. ¿Qué diablos ha pasado?

— No lo sé —giró bruscamente el volante para tomar un atajo.

— ¿Es Kevin? —Dean tenía miedo de preguntar porque no iba a admitir que al joven pudiera sucederle algo.

— No lo sé —respondió agobiado—. No lo sé.

Dean parpadeó confundido porque no se esperaba ese tono de voz de su hermano.

— Escucha, no me da tiempo a llegar para hacerme pasar por agente del FBI y tú tampoco puedes porque ya te han visto de cura. Recaba información y hablamos dentro de un rato. Voy a mover algunos hilos aquí para acelerar todo el asunto.

Sam le aseguró que lo llamaría en cuanto supiera algo y colgó. Ni siquiera se despidió. En su mente sólo sonaba la voz de Kevin y la última charla que había tenido con él. No podía estar muerto. No podía ser él.

Se puso el alzacuellos antes de salir del coche y caminó rápido hacia la entrada. Allí la policía le detuvo el paso, pero él fue claro con sus palabras.

— Soy el padre que oficia esta iglesia y ayuda a estos jóvenes a seguir el camino del bien. Voy a darle una despedida digna a nuestro hermano.

El policía pareció dudar pero finalmente asintió levantando el cerco policial y dejándole entrar. En las noticias no decía dónde había sucedido, pero estaba seguro de que lo encontraría.

Y así fue. En un lateral de la iglesia, entre unos bancos, había una figura tumbada en el suelo con una sábana blanca echada por encima. No podía ver nada, ni las zapatillas deportivas, ni una mano, nada. Temblando como no le había pasado nunca se acercó lentamente al cuerpo. Tenía lágrimas en los ojos que pugnaban por caer por el lagrimal de un momento a otro. Cuando llegó a su lado, se arrodilló y respiró hondo. Estiró el brazo y agarró la sábana por una esquina justo al lado de la cabeza. No iba a poder soportar que fuera Kevin el que estuviera ahí debajo de esa sábana, muerto dios sabría cómo. Respiró hondo un par de veces y descubrió la cabeza.

No era él. Era un chico asiático, sí, pero no era él. Cerró los ojos y varias lágrimas le cayeron por las mejillas hasta que se perdieron sobre sus oscuros ropajes. Ahora, sabiendo que no era él, levantó más la sábana para mirar el cuerpo. El joven parecía tener marcas por los brazos, las uñas ensangrentadas y la ropa hecha jirones. En el suelo había restos de lo que parecía ser una trampa para demonios. Los policías o quien quiera que hubiera tapado el cuerpo se habían llevado por delante un millón de pruebas.

— Padre Bricassart —la voz de Dale llegó tras él—. Ya veo que se ha enterado. Ha sido un hecho abominable. Jamás había visto algo así.

— ¿Fue usted el que encontró el cuerpo? —Sam, ahora ya mucho más calmado, intentó reunir algunas pruebas.

— Sí. Suelo entrar a rezar todos los días a primera hora.

— ¿Olía a algo raro en la iglesia, restos de azufre o algo?

El hombre levantó una ceja.

— Ya he respondido a todas las preguntas que tenía que responder esta mañana a la policía, padre Bricassart. Ahora debo irme. Si me disculpa.

Sam no le entretuvo más. Ese hombre le parecía sospechoso y no tenía claro que pudiera ser algún demonio o algo así. Tendría que hablar con Dean al respecto, pero antes tenía que encontrar a Kevin y asegurarse de que estaba bien. Preguntó a un par de chicos que encontró en el pasillo y estos le indicaron la habitación de Kevin. Sin dudar puso rumbo hacia allí. Cuando llegó frente a la puerta abrió sin llamar y se coló dentro.

Kevin se vio sobresaltado. Estaba haciendo la cama y la presencia de Sam allí dentro lo dejó durante unos segundos sin poder reaccionar. Sam por el contrario cerró la puerta tras él de un golpe y caminó rápido hacia él para estrecharle entre sus brazos. Acto seguido lo besó. Tomó posesión de sus labios sin preguntarle, sin pedirle permiso, sin cuidado. Lo besó hambriento, saboreándole los labios, abriéndolos e invadiendo su boca. Era un asalto en toda regla, pero Kevin no parecía tener nada que objetar cuando le devolvió el beso con la misma potencia, mordiéndole los labios y jugueteando con su lengua.

— Joder, Kev —Sam dejó de besarle y apoyó la frente sobre la suya mientras mantenía los ojos cerrado. Tenía al muchacho agarrado contra su pecho a dos palmos del suelo. No recordaba haberlo levantado en peso pero ahí estaba. Se agachó y lo dejó a salvo sobre el suelo—. ¿Estás bien? ¿Sabes algo de lo que pasó anoche? ¿Escuchaste o viste alguna cosa?

Kevin sonrió complacido.

— ¿Así es como comenzáis los Winchester los interrogatorios? No me extraña que tengáis tanto éxito —se burló.

Sam se sonrojó un poco.

— Lo siento, yo...

Kevin lo cortó porque no quería oírle decir que sólo lo había besado porque estaba preocupado.

— Anoche ese cabrón entró en mi habitación.

— ¿Qué? —la expresión de Sam cambió radicalmente—. ¿Te hizo algo? Como ese hijo de puta te haya puesto una mano encima...

Kevin lo tranquilizó poniéndole una mano sobre la suya y apretándosela con suavidad.

— No. Vino con esas intenciones, pero...

— ¿Pero? —Sam necesitaba saberlo todo para poder recuperar la normalidad.

— Me reí de él.

Sam parpadeó porque se había esperado un conjuro mágico, un golpe maestro, una varita mágica, incluso el toque de algún ángel, pero no; el profeta simplemente había utilizado su risa.

— ¿Perdón? —parpadeó confundido.

— Ese tipejo entró en mi cuarto, traía una bolsa en la mano llena de juguetitos o no sé qué historia. Comenzó a quitarse la ropa y debajo de ese austero traje de rayas llevaba como un arnés de cuero negro y tachuelas. Tenía miedo, claro, pero cuando lo vi de esa guisa, sólo pude echarme a reír. Debió de enfadarse y bajársele la libido o yo qué sé, pero salió de aquí cagando leches.

Sam comenzó a reírse sin poderlo evitar. El asunto era serio porque ese hijo de puta había querido abusar sexualmente de Kevin, pero por suerte el final había sido muy distinto, por fortuna para él y no para el otro muchacho. Cuando pararon de reír, ambos se miraron.

— Si te hubiera pasado algo, yo... —Sam no pudo terminar la frase.

Kevin se acercó a él y lo abrazó.

— Estoy bien —le aseguró.

— Kevin, el beso que te he dado antes no...

El joven lo cortó. No quería oír cómo se disculpaba y achacaba el momento a la preocupación que había sentido.

— No por favor. No me digas que ha sido porque estabas preocupado por mí. No quiero oírlo.

Sam no lo negó, ni siquiera se deshizo del abrazo.

— Iba a decir que sí que estaba preocupado por ti, pero no te he besado por eso sino porque necesitaba hacerlo —lo miró a los ojos—. Si fuera besando a todo aquel que me preocupara, mi hermano y Cas tendrían que apartarme con una espátula.

Kevin no pudo evitar soltar una carcajada que se vio interrumpida por otro beso de Sam, ésta vez más corto y menos profundo.

— Voy a decirle a ese cabrón de Dale que voy a instalarme en una de las habitaciones para continuar con mi trabajo con los chicos. Así lo tendré vigilado de cerca.

— ¿Crees que ha sido él el que ha matado a Jin Yuan?

— No lo sé. Le he hecho un par de preguntas y ha salido corriendo. Tú no te metas en líos, ¿entendido?

Kevin asintió. Estaba pletórico y no podía ocultar esa sonrisa tonta que se le había quedado en la cara.

— Tú tampoco.