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Tú a Flandes y yo a la Movida.

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Esa noche se despertó pensando que debía aprender a cocinar de una vez. Se pasó la lengua por los labios, secos, mientras su mano se encargaba de retirar el sudor que brillaba en su frente. Al tercio le dolía el estómago, era el mismo dolor que sentía cuando estando en Flandes bebían agua de un pozo estancado porque no quedaba otra cosa con la que sobrevivir.

No quería decir que Pacino cocinase mal, en absoluto, Alonso adoraba esos huevos revueltos con chistorra o esas crujientes empanadillas de atún que venían congeladas en una bolsa, por no hablar de los bocatas de chorizo, pero el recetario de su compañero de piso era escaso y él no tenía ni repajolera idea de cómo usar una placa vitrocerámica. De hecho, aún miraba ojiplático como aquella lámina de cristal negro podía calentar las sartenes pero si pasabas la mano no te quemaba. En otro tiempo habría pensado que eso era cosa del demonio pero ahora, simplemente, se apuntaba en la cabeza el nombre de un nuevo chisme del siglo XVI del que leerse el manual de instrucciones. Al menos, le consoló que Pacino al principio tampoco tuviese ni idea de qué era esa extraña placa para cocinar.

Su Blanca le obligaba a tomar verduras y fruta fresca para que no se le encogiesen las tripas, guisos y caldos calientes para templar el alma… Pero en ese piso compartido estaban todos los días a bases de carne y vino (más bien era cerveza, pero para el caso era lo mismo) a base de algo mejor, por pereza o, simplemente, porque Pacino no habría tenido una buena alimentación desde hacía mucho tiempo y solo sabía hacer cuatro cosas para “salir de paso” como diría él.

Se agarró con fuerza del vientre notando el retortijón tensarle los abdominales y maldijo en voz baja, pidiéndole a Dios en susurros que ojalá no fuese gota o algo peor, ya que él no era Rey ni mucho menos para padecer tal enfermedad.
-Agua…- susurró y su voz se quebró en la oscuridad. Necesitaba beber algo para paliar un poco el dolor. Hubiese recurrido a algún medicamento pero aún no se aclaraba de para qué era el ibuprofeno y para qué la aspirina. Que galimatias. En su época se hervían hierbas de hinojo y romero para los males de vientre y era más natural, menos lioso. Gruñó, levantándose por fin para ir a la nevera a por algo de agua fría.
Fue al terminar de beber, justo cuando se pasó el dorso de la mano por el bigote humedecido de beber cuando escuchó a Pacino quejarse desde su habitación. Eran pequeños bufidos, gemidos lastimeros que le hicieron agudizar el oído.
No podía ser. Otra vez no.

Alonso ya sabía lo que rondaba en la cabeza de su compañero por las noches, sus demonios, sus pesadillas con la cara de su padre y el redoble de un disparo suicida. Tan solo de imaginarse toda esa escena al tercio se le helaba la sangre, no quería ni pensar en cómo debía ser para Pacino, por toda la viveza que poseían los sueños, a veces tan reales que hacían temblar al más fiero de los hombres.
No lo dudó. Dejó el vaso en la pila, atestada de platos sucios por lavar que se acumulaban sin ningún reparo, y se acercó a la puerta. Esta vez no empuñaba su puñal como aquella primera vez que le escuchó gritar en la noche. Esta vez sabía que Pacino no estaba en peligro, no un peligro más allá que sus fantasmas.
Acarició con los dedos en picaporte y lo agarró después con fuerza, conteniendo la respiración, escuchándole respirar con fuerza por detrás de la madera y las paredes de hormigón. No dudó en abrir. Nunca solía vacilar en cuanto a sus decisiones.

Pero lo que se encontró tras la puerta no fue, ni por asomo, lo que el tercio se hubiese esperado ver. Encontró a Pacino, de eso no había duda. Pero el de Usera no estaba, ni mucho menos, luchando contra una pesadilla. Sin embargo, sí tenía la frente sudorosa y las mejillas enturbiadas. Toda la habitación olía a Pacino, toda la habitación sonaba a Pacino. Toda.
De hecho, si Alonso hubiese agudizado la vista, podría haber alcanzado a ver unos ojos entrecerrados, que brillaban como el vidrio.

-¡Joder! ¿Pero que coño haces aquí, macho?- gritó el policía, mientras ponía las manos donde el Tercio pudiese verlas (en un lugar más decente). Aún daba bocanadas de sudor. Su cara era la viva imagen del susto, de las malas pulgas y del más profundo acojone, todo junto, como un mix casposo de canciones de verano de los 80.
Sus ojos no le habían engañado. Se había encontrado a Pacino haciendo lo que estaba haciendo, aliviándose entre las sábanas con la luz de la mesita encendida. Y, en esos momentos, Alonso no supo muy bien qué hacer, si marcharse, si disculparse o no decir nada. No estaba seguro, lo único que tenía seguro es que tenía fuego en las orejas y el estómago le apretaba, pero por razones muy distintas a una mala digestión.
- Lo lamento, no quería importunaros- se disculpó subitamente, inclinando un poco la cabeza pero sin paliar su azogue por haber importunado a su compañero- Pensaba que estábais…
Intentó explicarle que había ido a ayudarle, alertado por sus bufidos, creyendo que volvía a sufrir un mal sueño pero Pacino alzó la voz, cortándole sin ningún tipo de educación.
- No me cuentes milongas ¿Ni un solitario puede hacerse uno en paz o que?- gruño, incorporándose para sentarse contra el cabecero. No miró a Alonso, tenía un nudo en la garganta. Menudo escenita, digna de una película de Fernando Esteso: Alonso allí plantado, disculpándose y, para colmo, parecía no haber pillado lo del solitario.- Una paja, vamos, una gayola- explicó, ahí, en la cama, seguramente con cara de subnormal. Encima tenía la camiseta sudada, pegada y una erección de caballo que ya estaba empezando a bajase del susto. La cita perfecta, vamos.
- No se que es una milonga pero no os estoy contando nada de eso- bramó Alonso, apretando ligeramente los puños, los hombros, entre la rabia de no entenderle y el azogue.- Solo intentaba pediros disculpas pero mejor será que me marche. Podéis continuar o hacer lo que os plazca- intentó arreglarlo Alonso, mientras veía a Pacino tantear la cajetilla de cigarros y sacar uno, calzárselo en la boca.
- Ya da igual… Ahora a ver quien es el guapo que se concentra.-chasqueó la lengua con su chulería habitual y Alonso se lo quedó mirando mientras fumana. Tenía el pelo pegado a la frente y la cara encendida. Normal, pensó el Tercio. ¿Quién no la tendría en una situación como aquella?- Eh… ¿Quieres uno? Siéntate y cuéntame qué mosca te ha “picao”
Alonso parpadeó con cara de no entender.
- No me ha picado ninguna mosca- respondió con ingenuidad, aclarándose la voz y tomando asiento. En el mismo sitio que la otra vez- Veréis, oí vuestros quejidos en mitad de la noche y pensaba que estabais siendo presa de una pesadilla de nuevo. Debí llamar a la puerta antes de entrar pero no quería despertaros- ahora, explicándose, se sentía algo ridículo. Así que se limitó a negar estoicamente con la cabeza ante el ofrecimiento de un cigarrillo.- No, no fumo.
- Ah, es verdad. ¿No había de estos en tu época, no?- preguntó, pero no le dejó tiempo a contestar, mirándole con un ojo entrecerrado. Era la misma expresión que usaba cuando interrogaba a los yonkis en comisaría, la ponía de manera involuntaria- ¿No fumas porque no te gusta o porque no lo has probado?
- Ni lo he probado ni me gusta- espetó el Tercio, irguiéndose en la silla.- No le veo el más mínimo sentido a aspirar humo y empañar los pulmones.
- ¡Eh, eh!- Pacino frunció aún más la mirada, con una pequeña sonrisa ladina, acentuada por ese bigote canalla que era un éxito en su época y una horterada en el 2016.- No puedes decir que no te gusta entonces ¿No crees? Anda, no seas tonto. Toma.
El poli no vaciló al extenderle el cigarro, aunque Alonso si que dudó en si cogerlo o no. No sabía si ser fiel a sus principios o cogerlo como una especie de gesto de paz, de respeto y disculpa por haberle interrumpido en un momento tan cálido y delicado.
- Está bien… -dijo a la vez que agarraba el cigarro con torpeza, no sabía cogerlo y se notaba. Pacino apreció como lo cogía con todos los dedos sin saber muy bien que hacer.- Pero solo por no ser maleducado.

La sonrisa en la cara de Pacino era amplia y picaresca cuando Alonso se acercó el cigarro a los labios dubitativo, ya se le había pasado el mosqueo, no del todo el calentón, pero eso prometía demasiado. Sabía perfectamente lo que iba a pasar. Pero era obvio ¿No? Le estaba dando de fumar a un hombre del siglo VXI.
Y, conforme a las sospechas del policia de Usera, Alonso se puso rojo, después morado, comenzando a toser como un condenado. Le lloraban los ojos y parecía que iba a ahogarse. No pudo evitar reírse, era para grabarlo.
- ¡Dios Santo! ¡Esto es un invento del Demonio! -consiguió decir el Tercio, aún entre el ahogo y la tos, arrojando el cigarro al suelo sin ningún miramiento.
- ¡¿Pero qué haces, animal?!- Pacino no tardó ni medio segundo en salir de la cama para recoger la colilla a medio acabar del suelo- ¿Quienes que salgamos a arder?

Alonso se quedó mirando, mirándole. Se había levantado como una centella y eso había captado su atención pero ahora la retenían otras cosas. Tenía la camiseta arrugada y la ropa interior mal puesta, con la gomilla algo bajada. No quiso fijarse, pero era difícil no apreciar la protuberancia bajo su vientre y la mancha humedecida de la tela por el flujo que todo hombre emanaba cuando estaba incitado. Se alarmó al notar como un escalofrío bajaba directamente a su bajo vientre, a un lugar que nunca había sido estimulado por un hombre. ¿Qué le estaba pasando? Debía estar perdiendo el juicio. Se reacomodó en el asiento y apretó las piernas.
Pacino interceptó enseguida su mirada, no había que ser muy tonto para saber a donde apuntaba, y tragó saliva como si esta fuese hormigón armado. Alonso, Alonso el honorable, el justo, ese que en su época sería el machirulo de turno... ¿Le estaba mirando el paquete?
- ¿Qué? ¿Te gusta lo que ves, Alonsito?- le dijo con socarronería, guiñandole un ojo. En el fondo tenía los cojones de corbata pero era su manera de rebajar los nervios, tomándoselo a guasa. Porque esa noche era demasiado surrealista.
Fueron ambos testigos de cómo la cara del soldado que había combatido en mil batallas se tornaba del rojo al blanco, de cómo se levantaba súbitamente de la silla y agachaba la mirada a los pies.
- ¿Cómo? ¡No! No, no era mi intención quedarme mirándolos.- se excusó. Esta vez sin la mitad de genio que antes, miró a un punto indeterminado de la habitación que no fuese Pacino y continuó- Simplemente me pilló de soslayo que os levantáseis como un rayo y…-tragó saliva, no sabía muy bien cómo continuar. Él tampoco se explicaba qué había pasado por su cabeza- mejor será que me vaya y os deje dormir. O fumar. O lo que Dios quiera. Dormid bien, Pacino.
Y como un relámpago, como un faro estropeado de un seiscientos, Alonso salió a zancadas de la habitación, cerrando la puerta a su paso. Dejando al poli solo, con la colilla aún encendida entre los dedos y el gesto torcido. Ahora sí, ahora sí que sí.debía tener una cara de subnormal de manual. Pero, aún asi, se llevó el cigarro a los labios y volvió a la cama.
Al mismo sitio donde se metió Alonso nada más volver al salón, intentando olvidarse de Pacino, del sabor del cigarro aún quemándole la boca y del dolor que seguía asediando su estómago.
Un dolor sordo y sin tregua.