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¿Qué habla más que el silencio?

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Ya no sentía la mandíbula. Después de tanto puñetazo, ni el tío con la cara más dura la hubiese sentido. Escupió a los zapatos borrosos de aquel que le propiciaba un golpe y otro, recibiendo uno más, con otra odiosa pregunta en inglés. Miró hacia arriba. Sonrió. Tocó alguna de las muelas partidas con la lengua, una que otra herida interna y ese eterno sabor ferroso que le asqueaba.

- Que no te entiendo, gilipollas.

Eran sus primeras palabras después de más de una hora de interrogatorio. Lo demás habían sido gimoteos, palabrotas entre dientes por el dolor y más de una risa para esconderlo. El hombre que estaba de pie miró a la esquina en sombra y, como si de una peli se tratase, de ella salió alguien trajeado, que remangando con cuidado su camisa y, quitándose los guantes, se dirigió al policía, que aún estaba tendido en el suelo. Debía ser el Ernesto de los yankis, pensaba. Y la verdad es que un aire como mínimo se daba.

- Haberlo dicho antes. - dijo con suavidad mientras sacaba una pitillera dorada del bolsillo de su pantalón. Su acento no era de Parla, vamos. De Extremadura para la izquierda, seguro. El cigarro que acababa de encender llenaba la boca del americano con un humo espeso, que al soltarlo dejaba una copia precisa de la apertura de sus labios, dejando un rastro de niebla y superioridad a su paso. Remangó también su pantalón al arrodillarse junto al cuerpo malherido, y dio un par de golpecitos amables en su espalda.- Todo sería mucho más fácil si nos dijeras lo que necesitamos saber.

- Todo sería más fácil si me hubiera tocado la Primitiva, pero ¿te ha tocado a ti? Pues a mí tampoco.

Ante la pregunta retórica, ambos angloparlantes se quedaron desconcertados, mientras el español se reía a pierna suelta. Joder, si se le hubiese ocurrido antes ... Unas apuestas, unas copas... y esa pregunta que siempre le había querido hacer... y que nunca le había hecho. ¿Por qué? Por la incertidumbre, por el miedo al rechazo, por... porque era imbécil. Ya ves tú lo que tenía que perder. Podría haberlo intentado, al menos. Si tan solo lo hubiera intentado... Joder, lloraría si no estuviera secuestrado y tan cabreado que le era imposible llorar.
Se había preguntado más de una vez, por qué los protagonistas de sus películas favoritas hacían tonterías como dejarse "últimas cosas que hacer antes de morir" o "secretos inconfesables que decir con su último aliento"... pero ahora lo entendía. No es fácil ser sincero. No del todo. Parece que si el mundo conoce todo de ti puede destruirte desde dentro sin que te des cuenta. Sentía que debía ser así. Pero ahora se arrepentía. Se arrepentía de tanto. Y los recuerdos vagaban por su mente. Sus sueños, esos sueños que se intercalaban con su recurrente pesadilla. Esa puta pesadilla... joder, lo que hubiera dado por poder demostrar que todo fue cierto. Lo que hubiera conseguido si lo hubiese logrado. El rostro de su padre sin vida rondaba difuso, y el del tormento de su madre, y el de las risas de la gente que no daba una pela por él.

A la mierda. No era el momento de pensar en aquello. Las segundas oportunidades, existen. Esa fecha ya no existía. Y, con un poco de suerte, saldría de esa vivo. Quizá lisiado. Pero vivo, a fin de cuentas.