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Acquaforte

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2.

Las dos novicias tenían círculos de un morado profundo bajo los ojos; ahí terminaban las semejanzas. La más alta, Chiara de los Edelconi, era una belleza clásica. Frente despejada, mejillas tersas, piel oscura y ojos dorados, la viva imagen de su antecesora Benedetta Edelconi, que había ascendido a la nobleza cien años antes cuando los retratos que le pintaba su amante empezaron a adornar los salones de baile de media Venecia. Benedetta no fue la primera modelo a la que se le otorgaba un título, pero sí la primera que conseguía un título sólo por ser modelo, sin un matrimonio para excusarlo. Los Edelconi se habían acostumbrado pronto a la Corte y cuatro generaciones después cualquiera que viera a Chiara esa mañana en el patio privado de las aiunteri habría pensado que su familia llevaba sentada a la derecha de la reina desde la creación de la ciudad. Había encontrado tiempo para arreglarse el pelo en su estilo habitual, los rizos castaños y espesos enmarcando su cara de musa, adornados con lazos y perlas. El Ama Ornungia estaba describiendo los errores que las novicias habían cometido en la cena para el gremio de cultivadores de perlas la noche anterior, pero por la expresión de Chiara parecía más bien que estaba escuchando a una cocinera quejándose del precio al que estaban los percebes de roca mientras removía la crema de marisco. El uniforme de las novicias de las aiunteri, una simple camisa de seda azul oscura y pantalones de sarga gris, habría podido pasar en ella por el traje informal de un día en el Campo de Santa Margherita. Era increíble la diferencia que podían marcar las formas redondas de la buena alimentación. Desde la balconada donde preparaban el desayuno, Daniela se inclinó para susurrar.
-¿El Ama Ornungia le arrancará los pasadores antes o después de hacerla fregar el suelo de rodillas? ¿Quieres apostar?
Beate sonrió y después negó con la cabeza. Utilizó los nudillos para volver a aplastar la masa del hojaldre por enésima vez, recogiendo las bolitas harinosas que habían ido quedando a medida que daba forma a los rollos de cabello de ángel. Por el rabillo del ojo veía los dedos veloces de Daniela ocupándose de la delicada tarea de formar los paquetes. Tenía la misma destreza para manejar una baraja de cartas, y también la misma capacidad para hacer que pareciera sencillo.
-¿Has visto su último retrato? -preguntó Beate-. ¿El que le ha regalado la condesa de los Maiale a su esposo? El otro día fui a recoger dos cuartas de damasco que les habían traído en el trasbordador. Tiene una mirada que podría volver de piedra a los monaguillos de San Bartholoma.
Susurraban sin detenerse, sin bajar el ritmo en ningún momento. Beate juntaba de nuevo la delicada masa, la extendía sobre su parcela de la mesa y recortaba con la espátula una nueva porción idéntica a la anterior. Al mismo tiempo, Daniela recogía el rombo, despegándolo sin que se rompiera, y lo agitaba en el aire con una indiferencia que era del todo aparente; si otra persona lo hubiera intentado se habría quedado con una esquina en la mano y el resto hecho un montón inútil en el suelo.
-La condesa está loca. -Daniela colocó otro rollo en la fuente de madera y se recolocó el pañuelo sobre la frente.
-Al contrario. Sabe lo que hace.
-¿Regalarle al conde un retrato de una Edelconi cuando todo el mundo sabe que la madre de nuestra Chiara le rechazó en todos los bailes en los que coincidieron antes de que se casara?
-Es su forma de decirle “Puedes pasearte del brazo por San Marco con todas las cortesanas de Venecia...”
-“...pero arrásquese usted, su excelencia, que las que ya nadan en seda por nacimiento no tienen interés alguno en besar su calva manchada”
Para su sorpresa Chiara alzó la mirada en ese instante. Era difícil saber si estaba indignada por algún fragmento de la regañina de Ornungia o si se trataba de su expresión habitual. De cualquier modo era imposible que las hubiera escuchado. Beate retomó su silencio. Daniela observó con satisfacción cómo el ama chasqueaba sus dedos huesudos prácticamente en la nariz de Chiara.
-Háblame de ese damasco -pidió Daniela sin dejar de mirar al patio, sin dejar de mover las manos-. ¿Vas a ayudar?
-Sólo lo recogí. Ni siquiera Su Majestad sabe para qué lo va a usar aún, fue un regalo sorpresa de la de los Maiale. Creo que la condesa prepara el terreno para el regreso de su sobrina...
-No quiero saber nada de las sobrinas de los Maiale. Son muchas y todas se empeñan en cantar. La tela, Beate, ¡la tela!. ¿De qué color? ¿Qué motivos? ¿Tú para qué la usarías?
Beate echó un rápido vistazo a su alrededor. Sólo Daniela y ella ocupaban la amplia balconada de la cocina, rodeadas de vides trepadoras. Dentro las cocineras cocían huevos y pelaban mandarinas recién llegadas en el trasbordador, llamándose a gritos de un lado a otro de los fogones. Bajó la voz; si Su Majestad llegaba a utilizar la tela para el baile de apertura y de alguna manera se corría la voz de que Beate había hablado antes de que la viera la corte, incluso si era sólo dentro del claustro de las aiunteri, estaría en serios problemas.
-Un rojo cambiante. Hilo de oro para los motivos. Cuernos de la abundancia y uvas -murmuró sucintamente. No tenía ningún sentido responder a la tercera pregunta; las telas que llevaba la reina Giovanna no eran precisamente las más adecuadas para preparar pasteles o diseñar una batalla de flores. Sin embargo no era difícil imaginarse a la joven Edelconi enfundada en terciopelo y gasa, rizos escapándose del recogido tras las máscaras doradas de su familia. En el baile de apertura del año anterior Chiara había llevado verde. Un vestido de corte en apariencia anticuado rematado con un tocado espectacular, una corona dorada y roja entretejida con el color chocolate del pelo de Chiara, intenso de una forma imposible, dándole el aspecto de un árbol en pleno otoño. Beate lo recordaba con claridad porque era un diseño de Publio Marai y casi había tenido la oportunidad de entrar en su equipo de ayudantes, hasta que el Ama Ornungia insistió en ponerla al frente de las champaneras.
Los Edelconi no eran la clase de familia veneciana que mandaba a sus terceras hijas al continente como institutrices, o a vivir en las cortes extranjeras como embajadoras del misterio que era la isla, ante la imposibilidad de casarlas. Y aunque lo hubieran sido no cabía la menor duda de que a Chiara no le iban a faltar pretendientes, incluso si les lanzaba su mirada de hidra. Cualquier noble de Venecia estaría más que dispuesto, por la dote de una onza de sal. Y allí estaba, mirando por encima del hombro al Ama Ornungia, en su primer día como novicia. El primer día del resto de su vida como aiunteri, si conseguía convencer a las amas de que merecía un puesto haciendo funcionar los entresijos de la Corte. Si no, sería cocinera, o remendona, o sacudiría las alfombras en las buhardillas y cuidaría a niños ajenos. Era imposible que sus antiguos amigos la acogieran con los brazos abiertos, incluso suponiendo que la Reina Giovanna firmara una dispensa liberándola de su compromiso.
A la chica de pie junto a ella, Verena Bacchiega, la conocían todas. Era la sobrina del Ama Eliana y ni siquiera el Ama Ornungia habría podido ponerle pegas a su disposición esa mañana. Llevaba la camisa metida en los pantalones, las manos a la espalda, las botas relucientes y el pelo en una coleta con un lazo de terciopelo negro que seguro que le había dado su tía, porque era igual que el que Daniela y Beate llevaban bajo el pañuelo de cocina. Verena era popular entre las aiunteri por la facilidad con la que podía hacer un par de cambios insignificantes en el uniforme y convertirlo en algo un poco más individual, sobre todo las tardes de domingo, cuando se les permitía sentarse a los pies del Orologgio a beber horchata, sin las máscaras. Por supuesto al regreso al claustro el ama de turno repartía bofetadas y arrancaba detalles de color sin miramientos, pero debía merecer la pena, porque había algunas aiunteri que corrían a buscar a Verena todas las semanas. Ya no tendrían que correr demasiado. Tenía una boca de muñeca con las comisuras perpetuamente curvadas hacia arriba, que daba a su cara bonita un aspecto risueño. Beate consideró unos segundos si sería difícil para Verena adaptarse a la vida en el claustro, a las clases y a participar en todas las fiestas pero no disfrutar de ninguna. Las sirvientas solían asomarse a los balcones y bailar en los jardines a oscuras cuando sus amos lo hacían en los salones. Las aiunteri por el contrario tenían que estar allí, en las estancias iluminadas, cuidando de que todos los demás disfrutaran, pero sin ser vistas ni oidas.
Tuvo que estirar el último pedazo de masa un poco más de lo necesario. Después limpió la mesa con el paño húmedo y se quitó el pañuelo del pelo, comprobando su reflejo en una de las bandejas que colgaban de la pared. Junto a ella, segundos después, Daniela hizo lo mismo. Ni harina en las mejillas ni restos de masa bajo las uñas. Se deshicieron de los delantales y rodearon el patio por la balconada, justo cuando el ama daba por terminado su sermón. Engañosamente, Ornungia ordenó a ambas novicias volver al dormitorio. Por la forma en que Chiara y Verena giraron sobre sus talones era obvio que creían que se las permitiría descansar. Se habían unido al claustro ayer, pasado gran parte de la noche escondidas tras las cortinas del salón de los espejos y despertado con el resto de las aiunteri, antes de que saliera el sol. En el mundo de Chiara posiblemente a esas horas sólo empezaban a desperezarse entre cojines, con el olor a pan recién hecho esperándoles cuando decidieran abrir los ojos. Y aunque Verena venía de ser una sirvienta en la Corte, la jornada de las aiunteri era más larga y variada. Sería una sorpresa para ellas, como lo había sido para todas las novicias, llegar al dormitorio pensando que iban a poder tomarse una corta siesta antes del desayuno y encontrarse con que las había tocado en suerte cambiar la ropa de las treinta camas y preparar las habitaciones para el invierno. En el mejor de los casos las llevaría hasta después del almuerzo. Y a dos días del baile de apertura había menos posibilidades que nunca de poder arañar media hora de sueño antes del toque de queda. Como dándole la razón, las campanas del claustro llamaron a las aiunteri veteranas a asamblea, resonando en los patios y en los canales.