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Una vez cada mil años

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—Os digo que sí. Está aquí, ya veréis.

Junsu se puso de puntillas para tirar del extraño gancho que abría la puerta del desván, que carecía de pomo, y entró en la pequeña estancia sintiéndose dueño de toda la sabiduría del mundo. El sol que entraba a través de la pequeña claraboya del techo lo cegó durante un instante, mientras el polvo acumulado hacía estornudar a su amigo Yoochun. Jaejoong, por el contrario, sonreía mientras sus enormes ojos miraban los montones de objetos que se arremolinaban contra las paredes, llegando hasta el techo inclinado. Parecía un lugar de fantasía, como sacado de un cuento, un sitio donde se podrían encontrar tesoros piratas, espadas de samurais o fantasmas de esos de las películas que arrastraban cadenas por las noches. El desván de su casa era una habitación más que ocupaban dos de sus hermanas mayores, y todo estaba tan impoluto que estaba seguro de que hasta a los fantasmas les daría miedo colarse por temor a la ira que podían desatar sus hermanas si encontraban las cosas fuera de su sitio.

Este, sin embargo, tenía el aspecto que Jaejoong suponía que debían tener los desvanes, lleno de luz pero también de sombras tan oscuras en las esquinas que parecía como si cualquier criatura mística pudiese vivir ahí. La madera del suelo crujía, y los libros que se apilaban en algunas de las estanterías parecían tan antiguos como lo era su abuelo. Puede que más.

Sonrió, dando vueltas sobre sí mismo, mientras Junsu se encaramaba a una de las estanterías, tratando de alcanzar un libro con el lomo descolorido, del que sobresalía un lazo rojo oscuro por la parte inferior. Yoochun aprovechó para sentarse sobre un baúl de color verde mohoso y sonarse los mocos con el pañuelo de papel arrugado que siempre llevaba en los pantalones.

—¡Aquí está! —exclamó Junsu sonriendo, mientras bajaba de la estantería con esa agilidad de gato tan característica suya—. Mi hermano dice que lo escribió nuestro abuelo de hace muchos, muchos años.

—Se dice tatarabuelo —apuntó Yoochun, todavía tras su pañuelo—. Nos lo enseñaron el otro día en el colegio.

Junsu puso los ojos en blanco, ignorando a Yoochun, mientras se sentaba en el suelo con las piernas cruzadas y el enorme libro sobre el regazo. Jaejoong sólo rió, corriendo a sentarse junto a él y acariciando la cubierta del libro. Era suave, como si fuese de algún tipo de tela, y las hojas que guardaba tenían el aspecto de los periódicos viejos cuando su madre los usaba para apoyar las ollas calientes sobre ellos. Sin embargo, cuando lo abrió, las hojas parecían mucho más duras que las de los periódicos, y las letras eran de una caligrafía tan bonita que Jaejoong no pudo evitar soltar una exclamación ante la belleza que tenía delante.

Junsu rebuscó entre las páginas con rapidez, pero a la vez con tanto cuidado y tanto cariño como si ese libro fuese en realidad un pequeño gatito de los que su amigo era tan dado a alimentar de camino a clase. Y al fin se detuvo cerca del final, en una página aun más oscura que las anteriores, cuyas letras parecían haber sido escritas de modo más apurado. El lazo que cruzaba el libro de arriba a abajo estaba detenido en esa página y el color se había transferido al papel volviendo rojizas las páginas cerca de la costura que las unía.

—Esto es lo último que escribió mi abuelo —dijo mirándolos, con una sonrisa enorme en los labios—. “Lo he comprobado, en todos y cada uno. Y parece ser cierto. Desde que el mundo es mundo la malidici-maldición nos ha perseguido, exactamente cada mil años. Y creo que no voy a ser capaz de escapar de ella. En cuanto cumpla los veintiocho dejaré esta vida pacífica para convertirme en el ser que vuelve terror-í-fi-cas las noches de toda la humanidad. La sed de sangre nublará mi mente y se convertirá en mi todo, haciendo que mate a las personas más cercanas a mi como si fuesen nada. Mañana, quince de diciembre, me convertiré en vampiro.”

Su vacilación al leer ciertas palabras no hizo menos aterradora la historia. Jaejoong abrió mucho los ojos, llevándose las manos a la boca, mientras Yoochun ponía los ojos en blanco.

—Está claro que sólo es una historia para aterrorizar a los niños —dijo su amigo, todavía sentado sobre el baúl, mirándolos como si tuviese muchos más años que ellos y no esos 6 recién cumplidos hacía un par de semanas.

—¡Cumple años el mismo día que tu! —exclamó Jaejoong, ignorando a Yoochun por completo.

—Sí. Y esto fue escrito el catorce de diciembre del año 1013. ¡Yo cumpliré 28 años en el año 2013!

Jaejoong se puso en pie, incapaz de seguir sentado en el suelo dándole vueltas en su cabeza a toda la información, saltando prácticamente sobre las puntas de sus pies. Mil años después cumpliría 28 años, los que tenía su abuelo cuando afirmó que se convertiría en vampiro. Si la maldición esa que se supone que tenía su familia no se había roto, quería decir que su amigo…

—¡Vas a ser un vampiro! ¡Cómo mola! —exclamó Jaejoong, lanzándose sobre Junsu impulsivamente y haciéndolo caer al suelo de espaldas—. ¡¡Tienes que prometerme que vas a convertirme en uno!! ¡Va a ser tan genial!

—No seas idiota, nadie se va a convertir en vampiro, eso es imposible. Seguro que su antepased… su ante-pa-sa-do se dedicaba a escribir cuentos para niños que se creían cualquier cosa.

—No seas aguafiestas, Yoochun. ¿Por qué iba a inventarse algo así?

—Igual se aburría, no lo sé. Pero eso definitivamente no es posible. ¿Cómo va a transformarse aleatoriamente alguien en una persona muerta si no se muere? No tiene lógica.

—¡Y tu tienes demasiada! Estas cosas pasan, estoy seguro.

Junsu sólo rió ante la discusión de sus dos amigos, cerrando el libro con cuidado.

—Bueno, lo que sí sé es que no hay nada más escrito a partir de este momento. Sea lo que sea lo que pasó el 15 de diciembre del 1013 con mi abuelo no quedó constancia en ninguna parte. Lo que sí hay es un diario de su hermano mayor diciendo que su mellizo desapareció antes de las navidades de ese año.

Jaejoong volvió a saltar sobre sus pies ante la nueva información, y Junsu amplió su sonrisa.

—¿También tenía un hermano mellizo? ¿Un mellizo mayor? ¿No son demasiadas casualidades?

Yoochun puso los ojos en blanco nuevamente ante el entusiasmo de Jaejoong y Junsu solo asintió, complacido por la reacción de su amigo, que era exactamente la que había esperado. Uno siempre podía contar con Jaejoong para obtener las reacciones apropiadas. No así con Yoochun, que se limitó a decir:

—Es sólo un cuento.

—Ya lo veremos, Yoochun —dijo Jaejoong, sin dejar de sonreír—. En sólo 22 años lo veremos.

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Seúl, 2 de septiembre de 2013
05:52 AM


Suspiró contra la almohada mientras las caricias bajaban por su espalda, lenta y suavemente, sin ninguna pretensión. Sus manos habían sido hechas para acariciar, para despertar su piel a la vida y rescatarlo de la prisión de los sueños. Sonrió, los ojos cerrados, los brazos bajo la almohada mientras esas manos volvían a subir, dibujando su columna, haciendo que su vello se erizara de forma involuntaria. Y sintió su aliento acercándose a él, respirando contra su nuca, su voz, algo ronca todavía por el sueño, derramándose en su oído.

—Sé que estás despierto.

Amplió su sonrisa y ronroneó bajo la caricia que en ningún momento se había detenido, sin tratar siquiera de negar lo evidente. Por sistema no le gustaba mentir, pero con ese hombre era absolutamente incapaz, puesto que había podido leer en él como un libro abierto desde el momento en que se conocieron. Junsu todavía podía recordar ese día como si lo hubiesen grabado a fuego bajo sus retinas, como si no existiera un antes de él, un punto de inflexión. Ni siquiera quería recordar un momento anterior.

Tras sus párpados volvió a verlo como aquella primera vez, hacía ya ocho años. Junsu y sus amigos habían estado hablando tras la presentación del curso, en la facultad de ciencias políticas, esperando a que colgaran los horarios de cada módulo. Ni siquiera lo había visto durante la misma, concentrado en el discurso del decano y pensando en las optativas que tenía por delante, pero no había podido obviar a ese chico en aquel momento en el pasillo, cuando se alzaba en medio de todos los estudiantes, mirándolo fija y directamente a los ojos, separando a la multitud con cada paso que lo acercaba a él.

Se había detenido a apenas un metro, sin dirigir siquiera una mirada a cualquiera de sus compañeros de clase. Y tras esbozar una sonrisa por la que medio mundo mataría, le había pedido que fuese su tutor durante su primer año.

Junsu había reído, al igual que todos sus amigos, alegando que las cosas en la facultad no funcionaban así, que los tutores eran asignados de entre los alumnos de quinto, y por sorteo, no por decisión del novato. Y que no se dedicaban a lo que la sonrisa y la mirada del chico sugerían.

A esas alturas Junsu ya no era ningún niño inocente. Había comenzado a salir a los dieciséis recién cumplidos, junto a Yoochun y Jaejoong, y en seguida se había dado cuenta de que podía lograr a quien quisiera. Puede que no tuviese el atractivo de Jaejoong, con su rostro perfecto y sus enormes ojos que lo hacían destacar entre la multitud, ni la voz de Yoochun con que embaucaba a cualquiera hasta dejarlo sin voluntad, completamente a su merced. Pero Junsu sabía moverse para atraer todas las miradas, sabía sonreír para atraparlas y sabía pedir con sus ojos aquello que las palabras nunca llegaban a pronunciar, porque nunca era necesario.

Por eso podía reconocer una mirada de lujuria en cuanto la veía, una sonrisa lasciva aunque estuviese enmascarada. Y por eso no le había sorprendido tanto el atrevimiento del novato, cuando resultaba obvio que quería algo más. Junsu había estado convencido de que a ese chico le daba igual quien fuese él, o si sus notas eran lo suficientemente buenas como para ayudarlo realmente. Que todo lo que quería era meterse en su cama hasta que el amanecer los atrapara. Y, honestamente, había estado más que dispuesto porque el chico frente a él era espectacular.

Pero cuando pensaba que lo había calado en una sola mirada, lo sorprendió. El chico inclinó la cabeza, ampliando su sonrisa para decir:

“Lee Sooman dice que eres el alumno más prometedor que ha pasado por esta facultad desde hace siglos. Y si Kim Junsu es el mejor, yo quiero aprender de él”.

Lo dejó clavado en el suelo, con los ojos ligeramente más abiertos y una sonrisa verdadera naciendo en sus labios. Ese chico sabía lo que quería e iba a por ello. Y, si hacía caso a su intuición, no iba a detenerse hasta lograrlo.

Junsu no accedió a ser su tutor ese día, ni llegó a serlo de forma oficial, pero esa petición sin respuesta se había convertido más en una broma entre ellos que en algo real. Porque apenas se habían separado desde ese momento. La facultad se volvió infinitamente más interesante, sus noches dejaron de estar llenas de rostros anónimos que satisfacían sus más bajos instintos, y encajó tan bien con Jaejoong y con Yoochun, cuando se los presentó, que casi parecía que se conocían desde hacía siglos.

—Vamos a llegar tarde a la reunión con los franceses —volvió a susurrar esa voz en su oído, trayéndolo de vuelta al presente.

Junsu gruñó pero no hizo ademán de moverse y la caricia tampoco se detuvo. La risa suave de su compañero llenando la habitación de color con mucha más efectividad que la luz que el sol aun no asomaba a su ventana.

—¿Por qué tiene que ser tan temprano?

—Supongo que tendrá que ver con el jet-lag.

—En Francia es hora de irse a dormir, no de levantarse.

—Los franceses son raros.

Su compañero volvió a reír, pero esta vez sí detuvo las caricias. Besó su nuca y le dio una palmada en el trasero antes de apartarse de él, y Junsu volvió a gruñir. Aun así abrió los ojos, girando la cabeza sobre la almohada para contemplar el espectáculo de ese cuerpo masculino, completamente desnudo, dirigiéndose hacia el baño. Y sonrió, cerrando sus ojos al sonido del agua cayendo dentro de la ducha.

No quería levantarse. Junsu era una persona a la que no le importaba madrugar, que siempre se levantaba de buen humor y con energía. Pero eso no aplicaba cuando se había quedado dormido cerca de las cuatro de la mañana después de haberse reencontrado efusivamente con Changmin, que había estado de viaje diplomático por Japón los últimos quince días. No cuando los ministros franceses habían insistido en reunirse con sus homólogos a las siete de la mañana de ese lunes, reunión a la que los secretarios de ambos no podían faltar.

Junsu suspiró nuevamente y abrió los ojos, dándose la vuelta sobre el colchón para mirar al techo. A veces le gustaría convertirse en el vampiro legendario de su familia para no tener que abandonar la cama cuando Changmin estaba en ella, para poder cargarse de un sólo mordisco a todo aquel que estropease sus planes.

Era una verdadera pena que no lo fuera.

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Seúl, 2 de septiembre de 2013
11:48 PM


La inauguración había sido todo un éxito. El local sólo llevaba abierto dos días, tras su larga reforma, pero la mitad de Seúl ya se había pasado por el pub, impelidos por esa curiosidad tan propia de la gente adinerada que siempre hacía pensar a sus congéneres que lo último de lo último estaba ya desfasado.

Sin embargo, El Santuario siempre estaba de moda. Los snobs se quejaban de la decoración y de las bebidas, y en general de todo aquello que estaba a la vista. Los que no tenían tantos medios se quejaban de los snobs, y del precio excesivo de algunos cócteles que no siempre podían costearse. Los fanáticos se quejaban de la música, porque era muy moderna, o demasiado vieja, porque estaba excesivamente alta o porque según ellos no se oía. Pero todos acababan volviendo, si no era un fin de semana, era el siguiente. Así se había mantenido a flote los últimos diez años.

Y por fin era suyo.

Jaejoong no podía esconder su sonrisa, aunque francamente tampoco lo había intentado. Había trabajado en ese local desde su primera inauguración, y desde el mismo momento en que le puso la vista encima había sabido que algún día sería suyo. Como una revelación del camino que debía tomar en su vida, una Epifanía de esas que sólo ocurren en los libros.

Junsu sólo se había reído de su “locura de turno” durante su primera noche de camarero, asegurando que si quedaban copas intactas tras la primera semana sería un auténtico milagro. Yoochun, por su parte, había sonreído y contemplado el local bajo otros ojos, como evaluándolo, para acabar asegurando que lo conseguiría. Jaejoong todavía estaba convencido de que su afirmación había sido más por llevarle la contraria a Junsu que por apoyarlo realmente, pero le daba igual. Porque su apoyo, por los motivos que fuera, nunca había vacilado.

Y ahora por fin había logrado su sueño. Y si no podía borrar la sonrisa de su rostro, a nadie tenía por qué importarle, al fin y al cabo siempre le había ayudado a vender más.

—¿Crees que vendrán? —preguntó impaciente a su amigo, que permanecía sentado en la barra tras un vaso de Whisky on the rocks.

Yoochun no respondió. Se limitó a poner los ojos en blanco y a darle otro sorbo a su bebida.

Para ser honesto, no era la primera vez que lo preguntaba. Era lunes. Los lunes eran importantes cuando podía reunirse con su aquelarre, como le gustaba llamarlos. Igual que los martes, los miércoles, o los jueves cuando no podían reunirse en lunes. Y hacía casi un mes que no estaban todos juntos. Para Jaejoong era como el ritual que hacía que el nombre del pub tuviese sentido, no porque se pusiesen a rezar o cualquier estupidez semejante, sino porque estaban juntos, y juntos eran una fuerza imparable. O algo así.

Durante años se habían reunido cada semana puntualmente, pero desde que Junsu y Changmin consiguieron trabajo en sus respectivos ministerios, no siempre podían cumplir con las citas. Jaejoong odiaba profundamente a sus jefes, por las horas intempestivas en que los hacían trabajar, por las reuniones de última hora, las cenas diplomáticas y, sobre todo, los viajes que los mantenían alejados de Seúl durante semanas. No sólo porque no podía quedar con ellos y asegurarse de que estaban bien, sino porque, desde su punto de vista, era un crimen penado separar a esos dos por periodos tan largos.

Jaejoong nunca había visto a dos personas que encajaran tan bien. Y no se trataba de lo guapos que eran, lo bien que se veían juntos, o de que tuviesen grandes muestras de afecto en público, porque en realidad Jaejoong ni siquiera los había visto besarse. Se trataba e algo más profundo, que apenas podía explicar, pero que había estado presente desde la primera vez que vio a Changmin, hacía ocho años, cuando Junsu lo había traído a una de sus noches de grupo. Yoochun y él habían tenido que insistir durante semanas para conocer a ese chico misterioso que había hecho que Junsu pasase de ser un rompecorazones incorregible a disfrutar simplemente de la música sin buscar nada más, rechazando cortés pero enfáticamente a todas las chicas y chicos que se le acercaban. Y cuando al fin se lo presentó, Jaejoong había necesitado apenas diez minutos para darse cuenta de que iban a estar juntos hasta el fin de los tiempos.

Por desgracia, Seúl seguía siendo demasiado homofóbica y nunca se sabía dónde podía haber ojos indiscretos. Junsu terminó la carrera a finales de un mes de abril, y en mayo del mismo año ya estaba trabajando para la parte internacional del ministerio de Economía. Lo que conllevaba que, como miembro del gobierno, que alguien descubriese su relación con un hombre supondría su expulsión inmediata y el fin de su carrera, por muchas excusas absurdas que se inventaran para justificar ese despido tan injusto. Y aunque nunca habían sido especialmente cariñosos entre sí frente a ellos, se habían vuelto incluso más reservados después de eso.

A Jaejoong le daba la risa cada vez que recordaba que vivían juntos sin que nadie lo supiese. Porque habían comprado dos pisos independientes en el mismo edificio, que habían convertido en un dúplex sin que nadie tuviese la más mínima idea. Changmin salía por la puerta del apartamento que había comprado, en la séptima planta, mientras que Junsu lo hacía siempre por la sexta. Y ninguno de sus vecinos tenía la más mínima sospecha de lo que ocurría en esos apartamentos en realidad.

Como si los hubiese invocado con el pensamiento, Junsu entró en el local, seguido de Changmin, y Jaejoong amplió su sonrisa mientras los veía acercarse a la barra.

—Bienvenidos a mi local.

Junsu puso los ojos en blanco, como minutos antes había hecho Yoochun, mientras Changmin se reía.

—Felicidades, supongo. Siento no haber podido estar en la inauguración.

—Tu tenías excusa, estabas perdido en algún pueblucho de Japón. Éste —añadió, señalando a Junsu—, no. Estaba en Seúl y no quiso venir.

—Sabes muy bien que eso no es cierto. Tuvimos que recibir a los franceses, que acababan de llegar, y después tuve que ir a la cena de gala. Y ya sabes como son esas cosas, uno nunca sabe cuándo terminan. Además, apuesto a que tenías demasiado trabajo como para prestarnos atención, así que no te quejes.

Jaejoong le frunció el ceño, pero no pudo mantenerlo ni siquiera un minuto, sustituido de forma inmediata por la preocupación. Ambos parecían cansados. Lo entendía de Changmin, que había llegado la noche anterior después de un viaje eterno en el que a saber cuántas horas de sueño había perdido, pero era extraño en Junsu. Junsu siempre tenía energía para afrontarlo todo.

—¿Estáis bien?

—Y aquí va mamá gallina al ataque —dijo Yoochun, elevando su vaso en un fingido brindis.

Jaejoong lo fulminó también con la mirada.

—Sí, sólo estamos algo cansados.

—No me puedo imaginar por qué… —murmuró Yoochun, con su sonrisa de medio lado, al mismo tiempo que Jaejoong exclamaba un “tu te callas” en su dirección. No necesitaba conocerlo desde hacía tantos años como para saber que no iba a dejar pasar un comentario así.

—Ponnos lo de siempre, anda.

Junsu y Changmin se sentaron en la barra, junto a Yoochun, mientras Jaejoong preparaba sus bebidas. Y justo cuando las estaba sirviendo, el reloj de péndulo que había en una columna en medio del local marcó la medianoche, dejando sonar las campanadas que daban comienzo a la hora de las brujas, cuando las bebidas espirituosas estaban a mitad de precio.

Y con la última campanada, el rostro de Junsu adquirió una palidez mortal.

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Seúl, 3 de septiembre de 2013
12:00 AM


Fue sólo un segundo, apenas lo que dura un parpadeo, pero fue suficiente para lograr que su estómago se revolviera, que la bilis amarga quemase su esófago en dirección a la boca y un espasmo incontrolado le hiciese arquearse. Porque su cóctel favorito sin alcohol, el que Jaejoong acababa de poner frente a él, durante ese interminable momento le había parecido sangre. La olió. La había sentido sobre su lengua como si ya le hubiese dado un trago a esa copa, espesa y caliente, llenando sus sentidos como el más exquisito de los manjares…

Solo que no lo era.

La arcada le sobrevino y si logró detenerla fue por pura fuerza de voluntad. Se agarró al borde de la barra mientras sentía la mano de Changmin en su hombro, transmitiéndole su preocupación sin palabras. El rostro de Jaejoong, frente a él, mostraba cierta sorpresa mezclada con ansiedad, pero fue Yoochun el que puso en palabras lo que, con seguridad, todos estaban pensando.

—No creo que sea sólo cansancio. Nunca te había visto tan pálido…

—Tengo analgésicos por alguna parte —añadió Jaejoong, comenzando a buscar a su alrededor, de manera un tanto frenética—. Creo que estaban en el despacho, en la parte de atrás…

Junsu inspiró despacio y se enderezó, reduciendo la presión de la mano con la que sujetaba el borde de la barra. Parecía volver a estar perfectamente, cansado, sí, pero bien. Echó un vistazo a la copa con ese líquido rojo que tanto le gustaba, pero no sintió nada. Olía a arándanos y fresa, y probablemente estaba tan dulce y delicioso como siempre.

—No hace falta, estoy bien —dijo, dando un par de golpes suaves sobre la mano de Changmin, que aun permanecía sobre su hombro—. Creo que tanta comida francesa comienza a pasarme factura…

La sonrisa de Changmin, a su izquierda, era tan burlona como la de Yoochun, sentado a su derecha.

—Eres un blando.

—Puede que haya sido “otro tipo de comida” la que te ha sentado mal. Tantos días de abstinencia… —sugirió Yoochun, elevando ambas cejas, mientras Jaejoong ponía los ojos en blanco.

—¿Nadie te ha dicho nunca que eres un maldito pervertido, Park? Déjalos tranquilos.

—Sí. Tu me lo dices cada vez que puedes, Kim.

—Pues no veo que te corrijas al respecto.

—¿Qué sería la vida si la gente olvidase sus principios y se dejasen llevar como borregos al matadero?

—¿El Nirvana?

—Sí, claro. Te aburrirías mortalmente. En ese mundo tu y yo no seríamos amigos. Eso sin contar con que tu eres mucho más pervertido que yo, Jaejoong. No engañas a nadie.

Junsu se rió, acercándose la copa, sintiendo como si todo ese malestar repentino y fugaz hubiese sido sólo un sueño, un espejismo, una alucinación provocada por las campanadas de medianoche, por la oscuridad y el cansancio y esa comida que no terminaba de entender con que los franceses se sentían tan a gusto. Porque, si se paraba a pensarlo, no tenía ningún sentido. ¿Por qué iba él a pensar en sangre al ver su copa, cuando hacía años que tomaba ese cóctel y jamás lo había asociado con algo semejante?

Changmin, a su lado, bajó la voz, mientras Jaejoong y Yoochun seguían teniendo una de sus típicas discusiones de matrimonio añejo.

—¿En serio estás bien? Podemos irnos a casa y quedar otro día. Ya me encargaré yo de aplacar la ira de Jaejoong.

Junsu bufó.

—Dijo quien es capaz de exaltarlo con una sola mirada.

La sonrisa de Changmin se hizo más amplia y más oscura mientras volvía la vista hacia Jaejoong. Junsu todavía se preguntaba hoy en día cómo esos dos podían llevarse tan bien, cuando se pasaban la mitad del tiempo que estaban en la misma sala discutiendo. Y no eran el tipo de discusiones que podían tener Jaejoong y Yoochun, que hacía que Junsu volviese a ver en ellos a los dos niños que conoció hace tantos años. Eran golpes bajos y directos, de uno y de otro, como si se estuviesen enfrentando dos enemigos irreconciliables que se hubiesen visto obligados a permanecer en la misma sala. Pero que los volvía inseparables la otra mitad del tiempo, dos imanes que se buscan y se repelen con la misma facilidad. Y cualquiera que tuviese la osadía de meterse en medio sin duda salía escaldado.

Junsu aun podía recordar su primera discusión. Había sido precisamente en ese local, veinte minutos después de que se conociesen. Jaejoong había acusado a Changmin absurdamente de mantenerlo alejado de sus amigos de toda la vida, de seducirlo y obligarlo a adaptarse a él. Changmin le había preguntado a su vez si tenía envidia, y había insinuado que si hacía tanto que se conocían y no se había acostado con Junsu era problema suyo, que no pagase sus frustraciones con él.

Previsiblemente Yoochun se había partido de risa, tirado en el antiguo sofá que había en uno de los laterales, y se había declarado fan de Changmin de forma inmediata. El antiguo dueño del local, que los había escuchado sin querer, se había sentido horrorizado por el comportamiento de Jaejoong y había tratado de separarlos, intentando evitar una pelea dentro del pub.

Nunca le quedaron ganas de volver a intentarlo.

Changmin había salido en defensa de Jaejoong antes que nadie y le había lanzado una mirada tan torva a Kangta que sólo pudo fruncir el entrecejo y dar media vuelta.

Y si bien había visto miles de discusiones entre ellos dos, a Junsu todavía le faltaba ser espectador de una que involucrara a Changmin y Yoochun, aunque fuese pequeña. Porque era imposible. Jamás habían tenido el más mínimo desacuerdo y Junsu, en ocasiones, estaba seguro de que podían leerse la mente. Jaejoong los había acusado de ello en más de una ocasión, y no era el único. Simplemente no era natural… Pero al mismo tiempo sí, porque Junsu era incapaz de imaginarse una conducta distinta en ellos.

Sacudió la cabeza, mientras comenzaba a sonar su canción favorita, y le sonrió de vuelta a Changmin.

—Estoy bien —reafirmó—. De hecho, me apetece bailar, ¿te apuntas?

Como esperaba, Changmin negó con la cabeza, y Junsu amplió su sonrisa mientras se ponía en pie. Era un acuerdo no escrito entre ellos. Y no se trataba de que a Changmin no le gustase bailar, que sabía perfectamente que no era el caso, o que estuviese haciendo alusión a su propio cansancio. Era otra cosa.

Si Changmin tenía una debilidad, era verlo bailar, y Junsu lo sabía. Siempre podía sentir sus ojos recorrerlo de arriba a abajo como lo hacían después sus manos en el apartamento que compartían. Y sabía también que su amante no confiaba en poder esperar hasta llegar a casa si compartían la misma pista de baile.

Junsu se alejó, sonriendo, dejando que la música lo envolviese. Y el malestar fugaz de medianoche quedó completamente olvidado.

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Seúl, 3 de Septiembre de 2013
8:52 PM

 

A Yunho le encantaba su trabajo. Desde que podía recordar, siempre había querido ser parte del gobierno, conocer de primera mano cómo funcionaban en realidad los ministerios sin la visión distorsionada que solían dar de ellos los medios de comunicación. Había pasado muchísimas horas en la biblioteca, investigando en libros y periódicos viejos, y se había tragado todos los debates y programas políticos que salían por televisión. Era mucho más que una afición inusual en un niño, una rareza de esas que las personas mayores eran tan dadas a desechar; era un sueño, la ilusión de una vida que quería dedicar a hacer las cosas mejor para le gente de su país.

Conseguir convertirse en el ministro más joven de la historia de Corea no había sido nada fácil. Los niños de su edad lo llamaban aburrido y lo dejaban de lado, más interesados en el fútbol que en lo que pasaba de verdad en su país; cuando era adolescente nunca tenía tiempo para salir por ahí porque siempre estaba demasiado ocupado preparando el examen para la mejor universidad de Corea, lo que eventualmente le había dejado sin ningún amigo; y ya de adulto todo lo que había ocupado su mente era lograr ser el mejor para ascender rápidamente y conseguir el puesto que ahora ocupaba.

Hasta Junsu. Hasta el joven, extrovertido y malditamente follable Junsu.

Yunho había tenido sus mas y sus menos con el sexo opuesto, relaciones que nunca llegaban a nada porque sus libros siempre eran más atractivos que pasar tiempo con sus supuestas novias, que terminaban hartándose de él y su, literalmente, “falta de sensibilidad, atención y libido”. Y aunque había fantaseado con algún que otro chico, siempre había desechado tales fantasías como producto de la mente ociosa de un adolescente. Nada a lo que darle importancia, porque simplemente no la tenía.

Y entonces, recién nombrado Ministro de Asuntos Exteriores, había acudido a una reunión en el Ministerio de Economía y se había cruzado con Junsu.

Yunho podía recordar esa mañana como si hubiese sido ayer, porque nada había vuelto a ser lo mismo desde entonces. Ojos rasgados, seductores sin pretenderlo, y sonrisa deslumbrante; movimientos medidos y precisos, exudando seguridad por cada poro de su cuerpo; ropa a medida que se adhería a su piel en los lugares precisos y que había hecho a Yunho salivar como si estuviese delante de su postre favorito.

Cuando lo había seguido hacia el despacho del Ministro, Yunho no había podido apartar los ojos de ese culo que escapaba a todas las leyes de la física. Y estaba seguro, aun después de todos esos años, de que Kim Junsu se había dado cuenta de lo que estaba pasando por su cabeza en ese momento.

Ese era uno de los motivos por los que Yunho todavía no podía verle a la cara sin sonrojarse. El otro era que ese deseo no se había apagado con el tiempo, sino que se había hecho cada vez más acusado. Yunho no podía ver a Junsu sin pensar en besarlo hasta el agotamiento y follárselo sobre la primera superficie disponible que encontrase. E incluso había tenido que ceder a sus más bajos instintos e ir de incógnito a Itaewon más de una vez para desahogarse con cuerpos que siempre tenían el rostro del ahora secretario de Estado.

El consuelo que le había quedado, si es que podía llamarse así, era que no trabajaba en su Ministerio y no tenía que verlo a menudo.

Solo que Yunho ya no había podido seguir mintiéndose a sí mismo, ni negando esa parte de sí que siempre había mantenido escondida bajo sus libros y sus muchas responsabilidades. Y lo peor era que, aunque no hubiese sido así, aunque Junsu no hubiese despertado en él ese deseo apabullante y arrollador, no hubiese podido ignorar, ni aun con toda la fuerza de voluntad que poseía, que no era poca, a alguien como Shim Changmin. No cuando había esperado encontrarse, tras la recomendación de Sooman, con el típico estudiante de pelo engominado, ropa pasada de moda y gafas de pasta que apenas ha visto la luz del sol en años. Y en su lugar había aparecido un dios griego con sonrisa pícara y lengua rápida que le había conquistado tras el primer parpadeo y lo había dejado en K.O. técnico tras intercambiar apenas dos frases con él.

Yunho lo había contratado en contra de su buen juicio, porque sabía que él mismo se iba a cavar su propia tumba si lo tenía allí todos los días, con toda esa perfección al alcance de su mano. Y se había arrepentido de ello el mismo número de veces que se había congratulado de su buena decisión, porque Shim Changmin no podría ser más eficiente ni trabajando veinte horas al día.

Pero Yunho era su superior, cosa que se recordaba tan a menudo como lo veía. Y además Changmin se sentiría terriblemente ofendido si supiese que pensaba en él de ese modo, tanto que podría acabar fácilmente con su carrera si lo denunciaba por acoso. Por lo que él sabía, Changmin no tenía una relación estable, pero podía ver cómo todas las chicas babeaban en cuanto se daba la vuelta, o a veces incluso delante de él, y estaba convencido de que en cualquier momento alguna de ellas lograría conquistarlo.

Suspiró, recostándose en su silla. Yunho adoraba su trabajo, había luchado mucho para llegar hasta ahí. Pero había días, como ese, en que tenía la sensación de que no era capaz de hacer lo que se esperaba de él. Porque se había pasado toda la mañana en una sala de juntas llena de dignatarios extranjeros exigiendo cosas, de otros ministros de su mismo gobierno intentando a su vez conseguir acuerdos favorables, y todo lo que él había podido hacer era pensar en lo tremendamente atractivos que estaban Junsu y Changmin, sentados uno al lado del otro, haciendo anotaciones y hablando entre ellos en susurros que parecían encerrar mucho más que la amistad que sabía que había entre ellos.

De algún modo la idea de ellos dos teniendo sexo sobre esa misma mesa se había colado en su mente, trayendo calor a su cuerpo y volviendo sus pantalones tan estrechos como si hubiesen encogido dos tallas de golpe.

Yunho volvió a suspirar y negó con la cabeza, tratando de alejar esa imagen de su mente.

Estaba en serios problemas.

Abrió los ojos, con determinación renovada y se puso en pie. Estaba claro que necesitaba un descanso, porque imaginar que esos dos podrían llegar a hacer algo así era una completa locura.

Necesitaba alcohol. Puede que no le sentase del todo bien, pero ese día lo necesitaba. Y sabía exactamente dónde iba a encontrarlo: en ese local del que su secretaria no paraba de hablar, cuyo camarero era, según sus propias palabras "un regalo de los dioses".

Era hora de conocer El Santuario.

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Seúl, 3 de Septiembre de 2013
10:43 PM

 

Yoochun estaba acostumbrado a pasar en El Santuario todo el tiempo libre que tenía, que no era poco. No por nada era el heredero de un Chaebol, y eso, a grandes rasgos, significaba que podía entrar donde quería, cuando quería, y además gastarse una cantidad ingente de dinero sin que nadie lo cuestionara. Yoochun había disfrutado de esos privilegios como cualquier adolescente, gastando más y más y forzando nuevos límites cada vez para ver hasta dónde era capaz de llegar, pero con el tiempo se había dado cuenta de que esa vida no era para él. No quería rodearse de gente que sólo buscaba su poder o su dinero, ni quería la fama que acompañaba a su posición y que venía llena de restricciones en forma de guardaespaldas y sistemas de vigilancia sofisticados que lo hacían sentirse prisionero aun en el más grande de los palacios.

Por eso se había negado a seguir las enseñanzas que correspondían a alguien de su posición. No quería saber cómo funcionaba la bolsa, ni cuáles eran las empresas a las que debían vigilar, ni pasarse horas interminables en reuniones que no entendía y que le hacían bostezar cada dos minutos. Su madre y su padre lo habían intentado todo, desde sermones interminables hasta negarse a seguir financiando sus caprichos si no se implicaba más, pero todo había sido en vano.

Yoochun se había ido a vivir a casa de Jaejoong durante dos meses en cuanto cumplió los dieciocho. Sin nada. Había dejado toda su ropa, su cartera, sus tarjetas e incluso su identificación personal. Pensaba demostrar que podía vivir por su cuenta y encontrar un trabajo que sí le interesase, en el que pudiese destacar y sentirse libre de verdad por primera vez en la vida.

Sus padres habían claudicado primero. Ni dos meses después de su jaque en forma de huída, habían mandado a su secretario personal a buscarlo, con una oferta de paz que no pudo rechazar: un apartamento propio en el edificio de Jaejoong y la promesa de que no iban a obligarlo a continuar con los negocios familiares. Al fin y al cabo todavía tenían a Yoohwan y su hermano, Yoochun lo sabía, era exactamente el heredero que necesitaban, el que seguiría sus pasos con todo el interés y las ganas que a Yoochun le faltaban.

Volvieron sus tarjetas, su ropa de marca, su deportivo inmaculado que paseaba por la ciudad a velocidades de vértigo. Y la perspectiva alentadora de poder dedicar su vida a lo que quisiera, de buscar una profesión donde pudiese dar todo de sí y sentirse igual de feliz que sus mejores amigos en las diferentes carreras que habían tomado en la vida.

No lo había conseguido.

A sus veintiocho años Yoochun seguía sin saber qué hacer con su vida. Había seguido los consejos de Jaejoong, que se había empeñado en que trabajase en una tienda de ropa que había cerca de casa, porque según él, con esa voz, iba a incrementar las ventas de forma meteórica, ya que nadie podría negarle nada. Pero cuando se vio rodeado de adolescentes alocadas que iban a la tienda a diario a gritarle y tirarse literalmente a sus pies, llegó a la inevitable conclusión de que no podía dedicarse a nada que implicase tratar directamente con el público. No si no quería que aquello terminara como la matanza de Texas.

Junsu había sido más práctico. Le había pasado los folletos de una agencia de publicidad con la que solía trabajar el gobierno, porque estaba seguro de que con su ingenio y creatividad podría convertirse en una eminencia en ese campo. Y aunque se le daba bien, pronto descubrió que era incapaz de publicitar bazofias por mucho que le pagasen, porque mentir sistemáticamente no le parecía bien.

Changmin, el simplista y directo Changmin, sólo había dicho que se dedicase a follar y a pasárselo bien, que la vida era corta y no valía la pena desperdiciarla en trabajar, cuando era evidente que no lo necesitaba.

Yoochun había reído con los demás, pero no estaba conforme. Quería algo más. Quería levantarse por la mañana con ilusión y vestirse para ir a un trabajo que le apasionara, quejándose hasta el agotamiento de la mierda que era madrugar. Quería medir las horas que pasaba en una oficina o un estudio y quejarse de lo cabrón que era su jefe. Quería esperar el final del día para poder dedicarse a cualquiera de sus aficiones, o para simplemente sentarse en el sofá y perderse en la nada hasta la hora de volver a dormir. Y quería que alguien lo esperase en la cama con una sonrisa, y le abrazase sin más intención que compartir sueños y calor.

Quería lo que Junsu y Changmin tenían.

Nunca lo había dicho en voz alta, pero de algún modo Jaejoong lo sabía. Alguna vez lo había pillado mirando a Junsu y Changmin con esa forma de anhelo que sólo comprende quien también lo ha sentido, esa que grita en silencio lo mucho que le gusta lo que ve. Era difícil no sentirse así cuando Changmin y Junsu tenían uno de sus momentos, esos en los que se perdían en la mirada del otro y sonreían y hablaban como si el mundo alrededor estuviese en silencio. Nunca era nada más, nunca había besos, o caricias disimuladas, pero de algún modo era mucho más íntimo que todo eso, y hacía que Yoochun y Jaejoong se sintiesen intrusos y deseasen al mismo tiempo encontrar a alguien que los mirase así.

Ahora era uno de esos momentos.

Sus amigos habían estado de reunión en reunión todo el día y, agotados, habían decidido pasarse por El Santuario a petición del propio Jaejoong, que necesitaba corroborar que todo estaba bien con Junsu después de su palidez mortal del día anterior. El aludido había reído a pesar del cansancio, recargando parte de su peso en Changmin, y había pedido una botella de agua que apenas había tocado. Y luego había preguntado algo a Changmin sobre los planes para el día siguiente y se habían perdido en ese mundo tan particular que siempre hacía que Yoochun se preguntase cómo alguien podía no darse cuenta de lo muy enamorados que estaban.

Yoochun no pudo evitar cruzar una mirada cómplice con Jaejoong, que sonreía de oreja a oreja ante la imagen, y entonces lo vio: metro noventa de puro músculo enfundado en un traje de corte europeo, caminando hacia la barra con una seguridad que no parecía acorde con el gesto de rostro, donde podía leerse claramente cierta perplejidad. Inseguridad incluso.

A Yoochun se le hizo la boca agua.

No sabía quien era, pero iba a averiguarlo. Y si los dioses estaban de su parte, ese sería el hombre que saciaría todos sus deseos.

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Seúl, 3 de Septiembre de 2013
11:32 PM

Yoochun era una de esas personas que atraía sistemáticamente a todo el mundo. Junsu decía que era por su voz, y Jaejoong que era por ese aire de poder que rodeaba a la gente bien, pero Changmin estaba convencido de que era por su sonrisa. Porque había mil matices distintos en ella, cada uno de los cuales tenía un significado, y Changmin había podido leerlos todos prácticamente desde el instante en que lo había conocido.

En esos momentos la sonrisa de Yoochun era deslumbrante. Y no del tipo deslumbrante de “me siento tan feliz que no puedo contener dentro toda esa alegría”, como solían ser las sonrisas de Jaejoong, sino del tipo de “acabo de ver a mi próxima presa y voy a envolverla entre mis garras sin que se de cuenta”. Changmin no necesitaba mirar hacia la puerta para saber que había entrado alguien nuevo, y que esa persona era simplemente impresionante. “Nuevo” porque Yoochun pasaba demasiado tiempo en El Santuario y sabía quienes eran la mayoría de los habituales, aun sin haber hablado nunca con ellos; e “impresionante” porque sólo alguien así podía lograr que toda la atención de Yoochun volase hacia él en apenas un segundo.

Changmin sonrió también y le hizo un leve gesto a Junsu con la ceja. No necesitó más para conseguir que entendiera su mensaje y girase la vista hacia Yoochun. Y fue la pequeña risa que dejó escapar al leer en su rostro, la que puso en alerta a Jaejoong.

Se giró directamente hacia el desconocido, sin la más mínima sutileza o disimulo. Junsu rió más fuerte mientras lo secundaba, y Changmin, resignado completó la escena.

No sabía lo que había esperado, pero desde luego no era a su jefe ya sin corbata, con el botón superior de la camisa desabrochado, mirándolos con toda la confusión e inseguridad que jamás mostraba en en el ministerio.

—¿Yunho?

El aludido parecía haberse quedado petrificado nada más llegar a la barra, exactamente en el segundo en que los reconoció. Su vista se desplazó de Junsu a él con lentitud, como si estuviese intentando convencerse de que no se trataba de un sueño, y luego, por alguna extraña razón se puso colorado.

A Changmin le entraron ganas de reír. No lo hizo, por supuesto. En primer lugar porque se enorgullecía de su cara de póker, absolutamente necesaria para la política. En segundo, porque estaba acostumbrado a fingir que no se daba cuenta de cómo Yunho miraba su cuello o su sonrisa, o como devoraba el culo de Junsu con los ojos cada vez que podía.

—Changmin. Junsu —saludó con una respetuosa inclinación de cabeza, recuperándose velozmente de su aturdimiento anterior. O, lo que era más probable, escondiéndolo bajo esa serenidad que siempre parecía transmitir.

—¿Puedo servirte algo? —preguntó Jaejoong con abierta curiosidad, como preludio a lo que de verdad quería decir—. ¿De qué conoces a Junsu y a Changmin?

Era evidente que quería descubrir ese misterio que en su cabeza estaría tomando proporciones desmesuradas, y quien sabe cuántos derroteros distintos. Porque teniendo en cuenta la apariencia de Yunho, Jaejoong no podía concebir que no hubiesen oído antes de él, que no lo hubiesen traído alguna vez aunque fuera para que él o Yoochun pudiesen pasar una noche de esas que uno recuerda aunque pasen los años.

Y Changmin podía apostar a que en ese momento su amigo estaba imaginándose dónde podía estar la trampa, el motivo oculto por el que habían decidido mantener a ese hombre lejos de El Santuario.

—¿Yunho? —preguntó Yoochun antes de que ninguno pudiese responder a la pregunta de Jaejoong—. ¿Jung Yunho? ¿El ministro de Asuntos Exteriores?

Ese era exactamente el motivo por el que Changmin adoraba a Yoochun. No era un niño pijo, con buena apariencia y la cabeza llena de pájaros. Era guapo, sí, más que la media. Rico y con gustos caros. Pero era inteligente también, y tenía un cerebro tan rápido que cuando decidiese enfocarlo en algún proyecto, iba a lograr cosas increíbles. Porque sólo de un nombre y la actitud de ambos había llegado a la conclusión correcta.

Y Changmin podía ver también que toda esa nueva información que su cerebro estaba catalogado acerca de Yunho, no iba a desalentarlo en lo más mínimo.

No se podía decir lo mismo de Jaejoong.

—¿El jefe de Changmin? —preguntó, cambiando su sonrisa amable por un ceño fruncido.

La rápida sucesión de preguntas volvió a descolocar a Yunho.

—Culpable, me temo.

—¡Y tan culpable! ¿Cómo puedes hacer viajar tanto a Changmin? Alejarlo por periodos tan largos de su… sus amigos es despiadado y cruel.

Obviamente Yunho no se esperaba el ataque en esa respuesta. Cuadró los hombros y se puso aún más tenso, analizando la situación como siempre lo analizaba todo. Pero le faltaban datos, claro. No podía entender la animosidad repentina de Jaejoong, que hasta el momento había parecido solamente un camarero amable. Ni podía entender esa pausa en la que Changmin leyó “novio”, pero Yunho sólo podía ver torpeza.

—Ignóralo, todos lo hacemos —dijo Yoochun, ampliando su sonrisa demoledora para arrollar con ella a Yunho—. Es demasiado sobreprotector con sus amigos. Tiene la ridícula idea de que si no los ve durante unos días no va a volver a hacerlo.

La explicación no convenció del todo a Yunho. O puede que simplemente la sonrisa deslumbrante de Yoochun estuviese afectándolo más de lo que dejaba entrever. En cualquier caso la tensión seguía presente, y no mejoró cuando Yoochun decidió dar un estudiado trago a su vaso de whisky, de ese tipo que hacía que su marcada nuez subiese y bajase atrayendo todas las miradas.

Yunho no tenía ni idea de dónde acababa de meterse.

—Por cierto —continuó Yoochun, tras volver a posar el vaso en la barra—, como todos conocemos tu nombre es justo que conozcas los nuestros. A Changmin y a Junsu los conoces, obviamente. El camarero del ceño fruncido es Kim Jaejoong, el dueño del local, y te juro que suele tener mejores modales. En cuanto a mi, soy Park Yoochun… y es todo un placer conocerte, Jung.

—Llámame Yunho —respondió automáticamente su jefe, mientras inclinaba la cabeza a modo de saludo, al igual que Yoochun—. Todos lo hacen.

—No puedo ser menos entonces. Tendrás que llamarme Yoochun.

Changmin puso los ojos en blanco, girándose hacia Junsu para compartir la broma que suponía ver a Yoochun desplegar todo su encanto con Yunho. Pero se quedó paralizado a mitad del gesto. Porque Junsu volvía a estar mucho más pálido de lo normal, mirando a un punto fijo hacia el frente, y se agarraba al borde de la barra con tanta fuerza que sus nudillos eran completamente blancos.

—¿Junsu? —preguntó preocupado, olvidando todo lo que tuviese que ver con su jefe, o sus amigos.

No respondió. En su lugar el reloj de péndulo dio la primera campanada para marcar la medianoche, y Junsu, a su lado, perdió el conocimiento.

Changmin sólo tuvo tiempo de alargar el brazo derecho, tratando de amparar su caída, sin darse cuenta de que no tenía ningún punto de apoyo. Y con la inercia del cuerpo muerto de Junsu contra él, ambos terminaron en el suelo.

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Seúl, 4 de Septiembre de 2013
12:00 AM

El golpe fue brutal. El cuerpo de Changmin llegó primero, produciendo un ruido sordo que se escuchó por encima de la música y las campanadas. Junsu cayó sobre él, un peso muerto amparado a duras penas entre sus brazos, brindándole una protección que no se molestó en usar para él. Y los dos taburetes metálicos completaron la escena, volcándose entre las piernas entrelazadas de los dos, apagando por completo el sonido de todo.

Jaejoong sintió cómo su corazón se paralizaba al ver cómo los dos chocaban contra el suelo, en medio del estruendo, sus miembros golpeando las baldosas con una fuerza brutal. El impacto de la cabeza de Changmin contra la superficie dura atenazó sus pulmones, atrapando su aliento sin remedio. En un segundo saltó la barra sin preocuparse por las copas y las pajitas que había frente a él, demasiado ansioso como para rodearla, y se tiró en el suelo junto a ellos.

—¡Junsu! ¡Changmin!

El segundo gimió, mientras sacudía la cabeza lentamente, y Jaejoong tuvo la certeza absoluta de que su aturdimiento no se debía al dolor, sino al golpe en sí. Afortunadamente Yoochun ya estaba allí, a su lado, impidiendo con sus manos que Changmin se moviese, manteniendo su cuello rígido para evitar complicaciones.

Junsu, sin embargo, no dijo palabra. Estaba apoyado contra el pecho de Changmin, aun envuelto entre sus brazos, y obviamente inconsciente. Jaejoong apoyó la mano contra su rostro, tratando de hacerlo reaccionar, y se dio cuenta de que estaba empapado en sudor, pero frío como el hielo.

Miró a Yoochun, aterrado, leyendo en su rostro el mismo miedo.

—¿Junsu? —preguntó Changmin con voz confusa, mirando hacia ellos. Parecía no comprender por qué Yoochun lo sujetaba, ni que estaba haciendo en el suelo. Pero un segundo después, como si recordara repentinamente, repitió casi con desesperación—. ¡Junsu!

Trató de zafarse del agarre de Yoochun, y Jaejoong se vio impelido a llevar las manos a su rostro para detenerlo también, acercándose para que pudiese mirarlo a los ojos.

—No te muevas —dijo despacio, tratando de mantener el miedo lejos de su voz—. Te has golpeado la cabeza, no debes hacer movimientos bruscos.

— ¿Junsu? —repitió, como si no pudiese decir otra cosa.

Jaejoong se obligó a mentir, odiándose a sí mismo por ello.

—Está bien. Tranquilo. Ahora vienen a buscaros.

Junsu no estaba bien. No parecía que fuese a recuperar el conocimiento de forma inminente, y Jaejoong juraría que ni siquiera estaba respirando. Pero no podía estar muerto, no podía. Uno no se caía de repente muerto en medio de su local favorito, especialmente si sólo se tenían veintiocho años. O casi. Era imposible, inconcebible. Una broma cruel de la que Jaejoong nunca iba a ser capaz de reírse.

Giró la cabeza hacia los lados, desesperado, deseando encontrar algo que ni siquiera sabía que era. Una mano sobre su hombro le hizo levantar la vista para encontrarse de frente con el rostro sereno y seguro del jefe de Changmin, cuya preocupación también era visible en su rostro.

—Hay una ambulancia en camino —dijo, apretando la mano sobre su hombro, mientras se agachaba también para contemplar de cerca a sus amigos.

Jaejoong ni siquiera fue capaz de murmurar un gracias. Asintió despacio y volvió a mirar a Changmin, que seguía queriendo moverse. Y a Junsu, sobre su pecho, pálido y frío como un cadáver. Yoochun mantenía completamente rígido el cuello de Changmin, y Jaejoong ni siquiera se había dado cuenta del momento en que sus propias manos habían comenzado a prodigar caricias sobre la piel de su rostro, tenues y suaves, no sabía si para tranquilizar a Changmin o a sí mismo.

El gemido de Junsu, al abrir los ojos, fue como música celestial para sus oídos.

Parpadeó despacio y los miró, primero a él, luego a Yunho, todavía agachado a su lado, y finalmente a Yoochun. Jaejoong pudo ver el momento exacto en que su amigo se daba cuenta de que el cuerpo cálido sobre el que estaba apoyado era el de Changmin, porque el aturdimiento perdió terreno en su rostro en favor del miedo.

Se incorporó antes de que pudiesen detenerlo, girándose hacia Changmin con una rapidez que no debería ser normal en alguien que acababa de desmayarse.

—¡Changmin!

Jaejoong apartó las manos, dejándole espacio a Junsu para que lo reemplazara. La delicadeza con que lo acarició suavemente, mientras se perdía en sus ojos, mucho más expresiva que cualquier palabra. Yoochun y Jaejoong se miraron uno a otro, tratando de darles una intimidad difícil de conseguir en semejante situación, y de algún modo el jefe de Changmin también se sintió obligado a apartar la vista mientras se fundía en uno de esos momentos en que el resto del mundo sobraba.

Las sirenas sonaron a lo lejos, trayendo cierta calma a Jaejoong en forma de aliento. Iba a sentirse mucho mejor cuando tuviese a Changmin y a Junsu rodeados de máquinas en un hospital, donde pudiese tenerlos controlados hasta que volviesen a estar completamente bien, hasta que pudiese gritarles lo imprudentes que eran por trabajar tanto y no cuidar lo suficiente de su salud. Juraba por todos los dioses en los que no creía que iba a encargarse personalmente de que esos dos recuperasen la salud de hierro de la que siempre habían hecho gala.

Jaejoong le hizo un gesto a Sungmin, uno de sus camareros, mientras se ponía en pie, apoyándose en Yunho. Brevemente le explicó, mientras se dirigía hacia la puerta para indicar a los médicos dónde estaban los heridos, que se quedaba a cargo del local esa noche porque no iba a regresar. Jaejoong no iba a dejar solos a Junsu y a Changmin en manos de desconocidos cuando no estaban en plenitud de facultades. Es más, no pensaba perderlos de vista, y sabía que Yoochun, que normalmente se reía de su actitud sobreprotectora, iba a estar con él en esa ocasión.

Contempló impaciente cómo los médicos bajaban de la ambulancia dos camillas. Obviamente Yunho debía de haber explicado que había más de un herido y venían preparados para ello. Jaejoong los condujo a través de la multitud, que se apartaba dejando paso a los hombres enfundados en trajes reflectantes y a las camillas de metal. A pesar de que la música aún estaba sonando, nadie bailaba, todos pendientes de los hombres que permanecían en el suelo, rodeados de cristales rotos. Sungmin había levantado los taburetes, y Yunho esperaba ya de pie, al lado de la barra, con la preocupación aún visible en sus ojos oscuros. El único que permanecía en el suelo, junto a Junsu y Changmin, era Yoochun, pendiente todavía de que el segundo no moviese el cuello.

Jaejoong se agachó para apartar a Junsu con delicadeza. No parecía querer soltar a Changmin, ni siquiera ante la presencia de los médicos, y Jaejoong podía entender su forma de sentir. Y al mismo tiempo no, no del todo, porque Changmin significaba mucho más para Junsu de lo que nunca lo haría para él. Su forma de mirarlo en ese momento era incluso dolorosa, totalmente visceral, y no ocultaba ni siquiera un poco lo que había entre los dos. Su necesidad de tocarse evidenciada en la mano que Changmin agarró mientras los médicos lo inmovilizaban para subirlo a la primera camilla.

Junsu se negó a subirse a la otra cuando los médicos condujeron a Changmin hacia la puerta del local. Jaejoong intentó convencerlo alegando que se había desmayado hacía menos de diez minutos, pero fue inútil. Se puso en pie y caminó decido tras la primera camilla, y todo lo que Jaejoong y Yoochun pudieron hacer fue seguirlo. Daba igual la forma, todo lo que Jaejoong quería era que se metiese en esa ambulancia también y los condujesen a ese hospital donde iban a examinarlos de arriba abajo, con todas las máquinas que fuesen necesarias para asegurarle que se iban a recuperar.

No respiró tranquilo hasta que las puertas de la ambulancia se hubieron cerrado y esta se puso en marcha.

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Seúl, 4 de Septiembre de 2013
6:52 AM


Sentía frío. No físicamente, porque la habitación a donde lo habían trasladado era amplia y cálida, y todas las máquinas que lo rodeaban no hacían sino corroborar que su cuerpo se encontraba en un estado óptimo. Y aun así no podía apartar de sí la sensación de irrealidad que atenazaba su pecho y comprimía su garganta, marcada por la ausencia del hombre que debería descansar en la cama de al lado, pero a quien seguían haciendo pruebas en algún lugar del hospital.

Junsu todavía no podía creer lo que había pasado. En un segundo estaba perfectamente, divirtiéndose ante la imagen de Yoochun desplegando todos sus encantos para seducir al jefe de Changmin, y al instante siguiente todo se había convertido en una pesadilla. Las voces y la música habían subido de volumen de forma exponencial hasta atravesar sus tímpanos y marearlo por completo, apagando cualquier pensamiento racional, mientras los latidos de su propio corazón ganaban en ritmo hasta cerrar su garganta, ahogándolo, matándolo poco a poco.

En algún punto la falta de oxígeno y el ruido brutal se habían convertido en una mezcla demasiado explosiva para su cuerpo cansado, y Junsu había perdido la consciencia. Ni siquiera sabía cuanto tiempo había permanecido ausente, escondido en el reino de la oscuridad silenciosa, de la calma indolente. Todo lo que sabía era que, cuando al fin había abierto los ojos, estaba sobre Changmin, en el suelo, su cuello sujeto entre las manos de un Yoochun que trataba de enmascarar el miedo con practicidad, y un Jaejoong cuya preocupación era perfectamente visible en cada uno de sus rasgos.

Nadie le había contado lo que que había pasado entre medias, pero Junsu lo sabía. Changmin, dándose cuenta de que le sucedía algo, habría tratado de amparar su caída sin detenerse a pensar en su situación vulnerable. Y con él a salvo entre sus brazos se había encontrado con el suelo de la forma menos halagüeña, provocando el pánico a su alrededor.

Junsu no podía culparlo, porque en la situación inversa hubiese hecho exactamente lo mismo. Sin embargo, la lógica no ayudaba a mitigar ni un ápice la culpa, el miedo, y ese intenso frío paralizante que subía a su garganta y templaba su pecho.

La puerta de la habitación se abrió y Junsu se giró inmediatamente hacia el sonido, expectante, sólo para encontrar la cabeza de Jaejoong asomando con cautela.

—Estás despierto —dijo, marcando lo obvio, mientras daba un paso al interior de la habitación y cerraba la puerta.

—¿Sabes algo de Changmin?

Jaejoong se acercó, sonriendo con cariño y se detuvo junto la cama, subiendo la mano para acariciar con suavidad su pelo.

—Siguen haciéndole pruebas. Tienen que asegurarse de que todo funcione correctamente, ya sabes. Pero Changmin es fuerte, va a estar bien.

Junsu asintió a sus palabras, no con alivio o conformidad, sino simplemente para marcar que había escuchado su respuesta. Porque no ayudaba, no realmente. Sólo iba a sentirse mejor cuando pudiese verlo con sus propios ojos y sentir la calidez de sus manos en su cuerpo, acariciando y robando su cordura poco a poco.

—Me preocupas tu, Su —continuó Jaejoong, su mano todavía creando senderos en su pelo—. Van dos noches en las que estás al borde del desmayo, o lo cruzas. Y eso significa que no estás cuidando adecuadamente de tu salud.

Junsu cerró los ojos, desdeñando por completo la preocupación de Jaejoong.

—Los médicos dicen que estoy bien. Me siento bien.

—Los médicos no estaban allí, no vieron tu rostro pálido como el de un fantasma. Yo sí. Estabas helado y empapado en sudor al mismo tiempo. No puedes decirme que eso es normal.

Junsu volvió a mirarlo, leyendo la preocupación en sus rasgos, en esa sonrisa con la que obsequiaría a cualquiera de sus sobrinos mientras les curaba las heridas. No quería preocuparlo, pero tampoco estaba mintiéndole. Se sentía bien, fuerte, frustrado por tener que permanecer en observación atado a esa cama que le impedía acompañar a Changmin. Sólo había sido un desmayo, ni el primero ni seguramente el último de su vida, y las pruebas realizadas por los médicos no hacían más que corroborar que todo era normal, sus constantes estables, y sus análisis dentro del rango esperado para alguien de su edad.

Pero eso no iba a aplacar a Jaejoong, mucho menos si Changmin también necesitaba cuidados. Iba a plantarse en su casa con comida casera día sí y día también hasta asegurarse de que todo era normal. Y no había nada que Junsu pudiese hacer para evitarlo.

Suspiró, cerrando los ojos, agotado sólo de pensarlo.

—¿Qué haces aquí? —preguntó a cambio, tratando de desviar la conversación de su salud—. No estamos en horario de visita. Te meterás en un problema si te pillan.

Jaejoong rió, bajito, todavía acariciando su pelo con cuidado.

—Yoochun vigila, aunque creo que no debería fiarme de él —murmuró, frunciendo ligeramente el entrecejo—. Está afuera, con el jefe de Changmin, que llegó poco después que nosotros, preocupado. No sé si tenga ojos para nada más.

Junsu bufó, poniendo los ojos en blanco.

—Me alegro de que alguien se lo pase bien en esta situación.

—Y hablando de situaciones… —continuó Jaejoong, volviendo a fruncir el entrecejo—. Tengo la impresión de que lo vuestro… ya sabes, Changmin y tu, ha dejado de ser un secreto para él. Juro que no he dicho nada, pero…

Junsu no necesitaba que terminara la frase. Era perfectamente consciente de cómo habían actuado Changmin y él en El Santuario, de la desesperación que había estado presente en sus voces y sus miradas, de la necesidad de tocarse evidenciada en el agarre de sus manos. Su comportamiento superaba con creces lo que se esperaba de un amigo, lo que habían hecho Yoochun o Jaejoong para intentar ayudarlos. Normalmente eran discretos, siempre comedidos en público, relegando la intimidad a ese apartamento que compartían, oculto a los ojos del mundo. Pero Junsu sabía bien que no se necesitaban besos o grandes muestras de afecto para delatar el secreto mejor guardado. Siempre eran los pequeños detalles los que lo sacaban a la luz, y lo que sentía por Changmin no era precisamente pequeño.

Volvió a suspirar, dejando escapar el aire, y la preocupación se hizo más marcada en el rostro de Jaejoong.

—¿Crees que eso os meterá en algún problema? ¿Piensas que puede contárselo a alguien dentro del ministerio?

Junsu negó con la cabeza, aun antes de que Jaejoong terminara de hablar.

—No. Conozco a Yunho desde hace tiempo. Es discreto y no va a meterse en nuestra vida privada.

El asentimiento de Jaejoong bastó para diluir su ceño fruncido. Luego resopló.

—Voy a tener que darle algo de crédito —dijo, como si estuviese luchando contra la idea con todas sus fuerzas.

Junsu rió ante el gesto, sin poder evitarlo.

—Tendrás que hacerlo. Tengo la sensación de que Yoochun no va a darse por vencido fácilmente. Vamos a ver a Yunho con asiduidad, me temo.

El bufido de Jaejoong se hizo más sonoro, al mismo tiempo que las puertas de la habitación volvían a abrirse. Junsu se giró hacia el sonido, toda diversión olvidada, para observar cómo una enfermera arrastraba la cama de Changmin hasta situarla al otro lado de Jaejoong.

Se incorporó, para mirarlo mejor. Parecía dormido, y el color había vuelto a su rostro, pero tenía una bolsa de suero enganchada a su mano a través de una vía.

—¿Cómo está? —preguntó ansioso.

—El médico vendrá enseguida —respondió, sin hacerlo en realidad. Y luego se giró hacia Jaejoong, con gesto duro—. No puede estar aquí, señor. Le ruego que salga.

—No estoy haciendo nada malo.

—Son las reglas del hospital.

Jaejoong puso su mejor puchero, con el ceño aun fruncido, pero ni siquiera eso funcionó con la enfermera, que lo condujo hasta la puerta y salió tras él, dejándolos solos.

En cuanto la puerta se cerró, Junsu apartó las mantas de su cama y se puso en pie con cuidado, acercándose hasta Changmin, que abrió los ojos aun antes de que hubiese llegado hasta él, como si lo estuviese esperando. Y sonrió al verlo, extendiendo la mano en que tenía la vía hacia Junsu, para coger una de las suyas.

—Estoy bien —dijo, antes de que Junsu pudiese preguntar nada.

Pero a Junsu no le bastaba. Con cuidado acarició su rostro, con su mano libre y se inclinó para besarlo. Toda la preocupación, la tensión de la espera, y el amor que sentía por ese hombre estaban presentes en ese beso, casi casto, así como un sentimiento de pertenencia absoluta que nunca había sido tan fuerte como en ese momento. Era un instinto casi animal, fuerte y devastador, que nubló su mente en un segundo haciendo que desapareciera todo lo demás.

Era suyo. Sólo suyo. E iba a protegerlo, incluso de sí mismo si era necesario.

Y en ese instante suspendido en el tiempo, demasiado corto como para ser racional, Junsu se sintió un cavernícola y un asesino sin piedad al mismo tiempo. Porque se dio cuenta de que, si bien siempre había sido un pacifista, sería capaz de matar si algo le pasaba.

Despedazaría y asolaría el mundo hasta volverlo un reino de terror si perdía Changmin.

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Seúl, 6 de Septiembre de 2013
9:02 AM

No lo esperaba, al menos no hasta el lunes. Yunho no fue capaz de evitar que la sorpresa se reflejara en su rostro cuando llamaron a la puerta y Changmin apareció en su despacho. Parecía el mismo de siempre, con su sonrisa sapiente y sus modales perfectos, sin rastro de haber sido hospitalizado hacía menos de tres días. Pero la imagen de su cuerpo golpeando con brutalidad el suelo, abrazando a Junsu, estaba todavía tan grabada en su mente que Yunho sabía que iba a poblar sus pesadillas durante mucho tiempo.

Se levantó con premura para acercarse al secretario de estado y se inclinó a modo de saludo.

—¡Changmin! No hacía falta que volvieras tan pronto, el trabajo puede esperar.

—Estoy bien —respondió, inclinándose también—. ¿Tienes un momento? Me gustaría hablar contigo.

Yunho asintió, señalando la silla frente a su escritorio y volvió a situarse tras él, desconcertado. Changmin estaba inusualmente serio. Aunque solía tomarse su trabajo con la gravedad que requería, Shim se comportaba de un modo relajado en el ministerio. Era capaz de bromear con las secretarias y no era para nada extraño que su deslumbrante sonrisa eclipsara al mismísimo sol varias veces al día, hechizándolos a todos, él incluido. Sólo solía mostrar el tipo de semblante que tenía en ese momento cuando se enfrentaba a reuniones importantes y tensas, o cuando asistía a actos solemnes, ya fuera en Corea o en algún país extranjero en un viaje oficial.

Yunho no tenía ni idea de qué era lo que podía tener en mente su mejor empleado, pero sabía que fuese lo que fuese lo había meditado hasta el infinito, previendo todas las posibles eventualidades.

—Te escucho.

Su mirada franca y directa le provocó un escalofrío.

—Tengo una relación con Junsu —dijo de repente, obviando cualquier tipo de rodeo—, y no me refiero a una de amistad.

Si estuviese menos acostumbrado a mantener las apariencias, su mandíbula habría caído hasta el suelo convirtiéndose en una caricatura perfecta de sí mismo, mientras sus ojos saltaban en sus propias órbitas. Afortunadamente lo estaba, y pudo controlar su reacción corporal, hasta cierto límite. Porque su voz había tomado el camino de la huida desbocada de su ser, ya que no era capaz de encontrarla. Y su boca estaba de repente demasiado seca, mientras sus mejillas se teñían de rosa.

Por supuesto que había sospechado algo semejante cuando los vio en El Santuario, cuando fue testigo de la desesperación de los dos, de la forma en que se buscaban con las manos de forma instintiva, como si el tacto del otro fuese el único oasis de calma en medio del caos. Y sus miradas habían sido tan transparentes, tan llenas de un sentimiento crudo y visceral, que Yunho había necesitado apartar la vista, sintiéndose un intruso, un delincuente de los que roban momentos que eran sólo de dos.

Pero intuir, o sospechar, no era ni remotamente parecido a tener la confirmación de labios de uno de los implicados, expuesta de modo tan directo y tajante que no dejaba espacio a la improvisación, a las conjeturas o los dobles sentidos.

Yunho no podía entender a qué venía de repente esa declaración. Pero tampoco era capaz de salir del estupor que se había apoderado de él en un segundo para preguntar. Todo lo que podía hacer era mirar a Changmin embobado mientras lo imaginaba con Junsu en un millar de situaciones que no eran para nada apropiadas en la oficina.

Ante su silencio, Changmin continuó.

—Obviamente no es algo que podamos hacer oficial, pero necesito saber si va a ser un problema.

Yunho sacudió la cabeza, intentando apartar a un lado su aturdimiento ante la seriedad mortal de Changmin. Hasta el más ciego podría darse cuenta de que no bromeaba, y Yunho comenzaba a intuir a dónde conducía todo eso.

—Por supuesto que no —respondió, tras aclarase la voz, con la misma seriedad que estaba empleando Shim—. Es tu vida privada. Pero no entiendo qué…

—Estabas presente cuando nos caímos, en el local de Jaejoong, y Yoochun nos contó que habías venido también al hospital. No estoy muy seguro, porque no puedo recordar bien todo lo que pasó, pero creo que nuestra actitud pudo hacerte sospechar al respecto. Prefiero confirmártelo ahora y que decidas conociendo toda la verdad, a que te sientas traicionado más tarde si te enteras de algún otro modo.

—¿Decidir? —preguntó desconcertado, obviando todo lo demás.

—Si vas a permitir que siga trabajando en el ministerio o a cortar los posibles rumores futuros de raíz. Comprendo mejor que nadie lo que una información como esta puede suponer en la carrera de un político en este país.

—¿Qué?

La pregunta salió de sus labios apenas sin voz, mientras la sorpresa volvía a ganar terreno en su rostro. Porque aunque pensaba que los tiros podrían ir por ahí, no esperaba un ultimátum tan rotundo. Yunho era un ferviente defensor de que la vida privada era precisamente eso, privada, y que nadie tenía derecho a meterse en la de los demás. Mucho menos iba a culpar a su mejor empleado por querer a otro hombre, especialmente si estaba dispuesto a abandonar el trabajo de toda una vida sólo por la amenaza potencial de futuros rumores que pudiesen afectar a su jefe.

No se lo planteaba, ni por un solo segundo. Pero antes de que pudiese expresarlo en palabras, Changmin volvió a hablar.

—Esto no es algo pasajero, una fase o como quieras llamarlo. Llevo ocho años con Junsu y no tengo la más mínima intención de dejarlo. Así que piénsalo bien, Yunho. Te prometo que no voy a sentirme ofendido.

—No hay nada que pensar. En lo que a mi respecta, tu trabajo es intachable. Y en lo demás, sólo puedo felicitarte porque obviamente eres feliz. Conseguir algo así es tan difícil que sólo puedo aplaudirlo. No sería capaz de vivir conmigo mismo si hiciese cualquier otra cosa.

El suspiro aliviado que escapó de sus labios dejó entrever mucho más que todas sus palabras. Yunho observó, fascinado, cómo la tensión desaparecía de los hombros de Changmin, relajando su postura. Ni siquiera había sido consciente de cuánta estaba soportando, porque el secretario parecía tan firme y seguro como si fuese su estado natural. Sólo ahora, podía darse cuenta de la diferencia, porque era tan abismal como el día y la noche.

Yunho no pudo evitar la sonrisa que se dibujó en sus labios al advertirlo, que fue contestada por una propia de Changmin, ladeando la cabeza.

—En ese caso gracias, supongo —dijo poniéndose en pie.

Yunho lo imitó.

—No hay por qué —replicó. Y sin poder ni querer evitarlo, añadió—. ¿Junsu está bien? ¿Se ha recuperado totalmente?

La mirada de Changmin se hizo instantáneamente más cálida, a la par que su sonrisa.

—Sí.

—Me alegro.

Y ante una última inclinación de cabeza, Changmin abandonó su oficina, dejándole una sensación tan extraña en el pecho que apenas podía explicarla.

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Seúl, 8 de Septiembre de 2013
11:15 PM

Cuando llegó ya estaban todos ahí, charlando animadamente en esos pequeños grupos que se formaban aquí y allá cada vez que se reunían. El buen humor casi se podía palpar en el ambiente, entre las copas, las sonrisas y las miradas de abierta celebración que sólo mostraban en ocasiones señaladas. No era raro que fuese el último en llegar, a pesar de que faltaban casi tres cuartos de hora para que comenzase la ceremonia. Todos los presentes eran metódicos, disciplinados y precisos, y eso lo aplicaban a todos los ámbitos de su vida, incluida una puntualidad que rallaba en obsesión, que provocaba que siempre se anticipasen a todo.

Caminó entre ellos, haciendo inclinaciones con la cabeza aquí y allá cada vez que alguien se acercaba con intención de intercambiar saludos y alardear de sus últimas victorias, pero no se detuvo. Necesitaba hablar con el líder antes de que el acto comenzase, porque sabía por experiencia que en cuanto terminara desaparecería con la misma rapidez con que una estrella fugaz se pierde en la noche.

Lo divisó casi al fondo de la sala, dando un corto sorbo a la copa que tenía en la mano, mientras un par de hombres, algo mayores que él, reían interrumpiéndose uno a otro, a buen seguro contando historias fantasiosas sobre sus grandes hazañas de juventud. Nadie se las creía nunca, ni siquiera ellos mismos, pero eso nunca los detenía.

En cuanto sus ojos se cruzaron, el líder se disculpó, dejando la copa sobre la mesa que tenía al lado, y salió a su encuentro con una sonrisa.

—Por fin llegas, hijo —dijo, abriendo los brazos para envolverlo en el tipo de abrazo espontáneo que reservaba sólo para él—. Te perdiste la última reunión.

—Ya sabes que no estaba en Corea.

—Sí. También recibí el informe de Matsura sobre tu… reunión. Bien hecho.

No era un cumplido de verdad, a pesar de las palabras y la sonrisa que las acompañaba, y él no se dejó engañar por ellas. Lee Sooman no era un hombre cálido, dado a los elogios fáciles y la vida respetable y relajada que debería tener un hombre de su edad. Aunque lo pareciera. Aunque cualquier persona fuera de esa sala, e incluso la mayoría de los que estaban en ella, lo describiesen precisamente así. No lo conocían. Se dejaban engañar por esa fachada tan bien construida y esa personalidad arrebatadora que atraía y conquistaba la voluntad de aquellos que se acercaban a él. Era un líder nato y sabía desenvolverse en su papel igual de bien que lo haría un pez en el agua más pura.

En realidad era inflexible, severo e inclemente, incluso cruel si la situación lo ameritaba y las cosas no salían como él quería. Podía no mostrarlo abiertamente, pero siempre se aseguraba de que la persona que lo había ofendido o malogrado sus planes, pagara.

Cuando salían bien, sólo constataba el hecho de que habían cumplido con su deber, ni más, ni menos. Y como cualquier deber, cumplir con él no merecía un elogio, o palabras de aliento, sino el recordatorio de que tenían que seguir en la misma línea si no querían caer. A pesar de ello, el verdadero discurso sólo estaba presente en sus ojos, oscuros y fríos en contraposición a su sonrisa, ocultos tras esas gafas que parecían hacerlos brillar y que no eran más que otro antifaz para esconderse del mundo.

Por eso no respondió en modo alguno a sus palabras, imaginando perfectamente lo exagerado que sería el informe de Matsura, que seguramente estaría poniendo sus habilidades por las nubes. En cambio pasó directamente a la razón por la que necesitaba dirigirse a su mentor.

—La maldición de los Kim… ha comenzado.

La sonrisa creció en el rostro de Sooman, no así la calidez en la misma. Era el tipo de sonrisa torva que mostraría un hombre muerto de hambre ante la primera forma de vida que se cruzase en su camino, justo un instante antes de lanzarse sobre ella y devorarla cruda.

—¿Estás seguro?

—No completamente. Pero… ha empezado a sufrir extraños episodios a medianoche. Justo como indican las crónicas.

La sonrisa se convirtió en una breve carcajada, mientras el hombre pasaba el brazo derecho sobre sus hombros, volviendo a atraerlo hacia él al tiempo que lo arrastraba hacia uno de los laterales de la sala. Obviamente no quería que nadie escuchara ni siquiera por casualidad esa breve conversación. Sooman llevaba esperando demasiado tiempo, había planeado cuidadosamente cada paso de su estrategia, y había esperado el momento preciso para ejecutarla, una vez que todas las piezas estuvieron colocadas en su lugar.

—Por fin —dijo Sooman, obviamente complacido con la información—. Llevamos años esperando esto.

Era cierto. Ese hombre prácticamente lo había criado ante la temprana muerte de sus padres, una noche cuando contaba apenas con seis años. Oficialmente su custodia había pasado a sus tíos, con quienes había vivido toda su adolescencia y juventud, pero su verdadera figura de referencia fue Sooman. Él se había implicado directamente en su educación, aportando todas esas cosas que no se enseñaban en ninguna escuela oficial, pero que eran, según su mentor, fundamentales para él. Como el niño que era nunca entendió del todo por qué, pero acostumbrado a seguir las reglas puso lo mejor de sí mismo en su entrenamiento.

Hasta que se enteró de la verdad al cumplir los dieciséis: sus padres no murieron en un accidente, fueron asesinados. Y los culpables del crimen eran seres de pesadilla, de cuentos infantiles, de relatos fantasiosos con que entretener la aburrida rutina de las personas.

Vampiros.

Y lo que llevaba haciendo años, sin ser consciente de ello, era aprender a combatirlos. A eliminarlos.

No le costó poner toda su determinación en ser el mejor, el odio y la incredulidad todavía corriendo por sus venas. Su ceremonia de iniciación se celebró pocos meses después, convirtiéndose en el cazavampiros más joven en obtener tal condición, ante el asombro de la mayoría del clan. Y sólo después de su primer enfrentamiento real con estos seres, Sooman le contó lo que en verdad esperaba de él, cuál era el rol que debía desempeñar en ese plan que llevaba años elaborando.

—Si todo ocurre como está escrito, en catorce semanas a partir de hoy se efectuará la transformación completa —replicó, asintiendo a las palabras de Sooman—. Sin embargo, creo que él no es consciente de lo que va a ocurrir.

La sonrisa se desdibujó ligeramente en el rostro del líder, al mismo tiempo que su mirada se volvía de acero, fría, dura e inflexible. Aunque estaba acostumbrado a ser el receptor de esa mirada, y a mantenerla sin mostrar el más mínimo resquicio de perturbación, en esa ocasión sí le molestó. Porque imaginaba perfectamente cuáles serían sus siguientes palabras.

—No es nuestro problema. Por culpa de la maldición no podemos eliminarlo antes de que se transforme o seremos nosotros quienes acabaremos siendo esas despreciables criaturas. Pero una vez lo haga no habrá salvación para él, sea consciente o no de la clase de monstruo que es.

—Lo sé.

—Es por culpa de su familia que esas criaturas se propagaron por la tierra, trayendo la destrucción al ser humano, librándolo de su condición de la peor de las maneras. Cuando desaparezca el único transformado que no ha muerto, todos los demás morirán.

—Lo sé —repitió, mordiéndose la lengua para evitar decir algo más que no debiera.

—Recuérdalo —añadió, apretando su hombro con excesiva fuerza mientras era fulminado por su mirada—. Te puse en su camino por una razón: confío en ti. Has cumplido bien con tu papel, pero sólo era eso, un papel. Más te vale no olvidarlo.

No le dio tiempo a replicar nada más. Tras una última mirada severa se apartó de él, dirigiéndose al frente de la sala mientras comenzaban a sonar las campanas de medianoche. Una nueva ceremonia de iniciación, un nuevo cazavampiros que a partir de esa noche recorrería las calles, que utilizaría, como él, la excusa de su trabajo real, fuera el que fuese, para recorrer el mundo y enfrentarse a esos seres. Alguien que, con suerte, sólo podría enfrentarse al peligro unas cuantas semanas más…

El tiempo que tardaría Changmin en clavar una estaca en el pecho de Junsu.

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Seúl, 20 de Septiembre de 2013
23:56 PM

 

Se apoyó en el lavabo con las dos manos, los brazos estirados, la mirada ausente. Ni siquiera necesitaba mirar el reloj para saber que se acercaba la medianoche, podía sentirlo en su propia piel, como si cada segundo abriese un poco más esa puerta que permanecía cerrada durante el día, blindada, absolutamente inaccesible.

Apretó más las manos y cerró los ojos, calmando su propia respiración, aun a sabiendas de que no iba a funcionar. Nunca lo hacía. No desde la primera vez que su cuerpo se había vuelto loco en El Santuario, hacía casi tres semanas, confundiendo sus sentidos durante las doce campanadas de medianoche.

Cada vez era peor. Esos pocos y agónicos segundos se habían transformado en minutos, interminables, donde todo lo que Junsu era dejaba de existir. La sangre se congelaba en sus venas, clavando esquirlas dolorosas en su piel, arrastrando frío en oleadas que cerraban sus pulmones impidiéndole respirar. Y quemaba al mismo tiempo, abrasando su pecho, su garganta y los labios que buscaban oxígeno y resuello. Una nube intensa y aborrecible de distintos olores se mezclaba abotargando su mente, haciéndole perder la noción del tiempo y el espacio, porque no sabía en dónde estaban sus pies ni cuál era su función. Sus oídos se embebían de sonidos que ni siquiera podía describir porque no parecían de ese mundo, haciendo vibrar sus tímpanos hasta el umbral de la rotura, torturándolo lentamente, destrozando su equilibrio. Y sus ojos… sus ojos ardían abrumados por la luz, fijos y muertos, incapaces de enfocar o haciéndolo demasiado, ni siquiera podía precisarlo. Pero era aun peor si los cerraba, porque la sensación de estar atrapado en su propio cuerpo se volvía visceral, aterradora, miedo inexplicable ocupándolo todo, tejiendo una trampa imaginaria a su alrededor que lo cercaba cada vez más y más…

Todo terminaba igual de rápido que había empezado, con Junsu en el suelo, a veces tras perder la consciencia, otras recuperando el aliento lo justo para incorporarse hasta la taza del váter y vomitar la cena. Su cuerpo tembloroso y exhausto, empapado en sudor, helado.

Al menos ahora estaba prevenido. Podía prepararse, buscar la soledad durante esos interminables minutos y esperar a que todo terminarse sin preocupar a nadie. No podía seguir siendo el causante de las miradas conmiserativas de Changmin, llenas de tristeza y calidez al mismo tiempo, ni quería ser receptor del cuidado casi reverente con que lo había tratado tras salir del hospital, como si Junsu estuviese a punto de romperse o fuese a perderlo en cualquier momento. Tampoco quería los cuidados obsesivos y agobiantes de Jaejoong, que se escapaba del trabajo cada noche para llevarle comida casera que terminaba devorando Changmin, y luego se quejaba incansablemente de todo el peso que estaba perdiendo. Ni las llamadas de Yoochun con cualquier excusa, dos veces al día, sólo para asegurarse de que estaba vivo.

Se sentía bien. Quitando esos primeros minutos de cada nuevo día, todo era normal. Y al mismo tiempo no, porque esos episodios no tenían explicación lógica, mucho menos médica. Lo había comprobado. Tras su experiencia en urgencias había acudido a su médico para exigir exámenes más minuciosos, esperando que los resultados arrojasen algo de luz a lo que ocurría en su cuerpo. Pero fue en vano, puesto que las pruebas siempre mostraban lo mismo: estaba bien, sano, mejor que la media. Era el prototipo perfecto de un hombre saludable de casi veintiocho años.

Casi veintiocho años.

Se le enredó el aliento en la lengua, tropezando en su camino al exterior, mientras el tiempo huía hasta dejar de existir, la vorágine de sensaciones ocupándolo todo. Junsu trató de aferrarse a su cordura con la misma fuerza que al lavabo, pero la avalancha pudo con él una vez más, derribándolo, enterrándolo entre un mar embravecido de sonidos y olores que no podía separar, sus sentidos tan mezclados que se confundían, hasta escuchar con los ojos y captar el olor a través de la piel.

Ni siquiera fue consciente del momento en que sus rodillas se doblaron, ni cuando su frente golpeó con fuerza el lavabo sobre el que se sostenía. Cuando todo cesó estaba en el suelo, desmadejado, las piernas dobladas bajo su cuerpo, y una clase distinta de dolor sacudiendo sus extremidades. Inspiró, tratando de recuperar el control de su respiración, parpadeando despacio para alejar la pesadilla, la irrealidad. Y levantó una mano temblorosa, mirando el reloj.

Tres minutos y veinte segundos desde la medianoche.

Con apenas dos movimientos de sus dedos cambió la visión al pulsómetro que había activado en cuanto entró al baño. Sus latidos eran acelerados, casi ciento veinte pulsaciones por minuto. Aun temblando, mientras estas aumentaban, lo detuvo y regresó al histórico, a la última medición, un minuto atrás. Y luego a la anterior, hasta la registrada en el último minuto antes de medianoche.

Noventa y dos pulsaciones. Y durante los tres minutos siguientes, cero.

Se llevó las palmas de las manos a los ojos, tapando su visión, apretando con fuerza, mientras trataba de conciliar la parte de sí mismo que le gritaba lo que estaba pasando con aquella que imponía, no con menos fuerza, lo imposible de la hipótesis: esa absurda idea que llevaba danzando por su mente la última semana, fruto del miedo, el desconcierto y una frustración tan profunda que nada lograba aplacarla.

No podía estar transformándose en un vampiro. Para empezar eran seres mitológicos, no existían más que en la literatura y el cine para aplacar esa parte del ser humano que necesitaba estímulos creativos para sobrellevar la rutina. Y para terminar, obviando todas las imposibilidades biológicas y médicas, uno no se levantaba una mañana transformado en vampiro por las buenas, sin haber sido mordido, o haber muerto, o lo que sea que hiciesen los vampiros esos que brillaban con purpurina.

Y desde luego, en ninguna obra estaba contemplada una transformación a plazos en cómodas entregas de medianoche. No en una obra editada y publicada para las masas, al menos.

Pero Junsu recordaba haber leído algo en su niñez, en el desván de la antigua casa de sus padres, que había llamado su atención y llenado sus tardes con Jaejoong y Yoochun de juegos llenos de vampiros durante todo un verano. Lo había desechado de su mente en cuanto se apuntó al equipo de fútbol, como tantas otras cosas, y apenas le había dedicado un pensamiento o dos a lo largo de los años, la mayor parte de las veces para bromear con sus amigos. Pero en ese antiguo diario se relataba la paranoia y el miedo que había invadido a uno de sus antepasados durante meses, antes de cumplir veintiocho años.

Un antepasado que creía estar convirtiéndose en esa criatura imposible.

Junsu separó las manos de su rostro, abriendo sus ojos y clavándolos con determinación en el techo. Si la medicina no era capaz de darle respuestas, tendría que buscarlas en otro lado. Y ese libro parecía ser el sitio perfecto por donde empezar, aunque sólo fuese para reírse de sí mismo por haber contemplado siquiera la posibilidad de estar transformándose en vampiro.

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Seúl, 28 de Septiembre de 2013
23:42 PM

 

Hacía tiempo que alguien no le gustaba tanto, quizás demasiado. No se trataba de que viviese como un célibe, ni mucho menos pero hasta el atractivo físico cansaba después de un tiempo, especialmente si no venía acompañado de un mínimo de conversación inteligente con el que llenar los huecos entre un polvo y otro. Pero mucho tiempo atrás había descubierto que inteligencia, lógica y sentido común no eran cualidades cultivadas con la misma intensidad que la mayoría de los chicos ponían en machacar sus cuerpos en el gimnasio.

Yunho era alto, imponente, con un rostro arrebatador y una sonrisa que podía paralizar el tráfico de la calle más transitada de Seúl. Yoochun había fantaseado con él desde el primer momento, desde que lo vio cruzar las puertas de El Santuario enfundado en ese traje caro, con pinta de necesitar desesperadamente olvidarse del mundo entre los brazos de alguien. Y su interés, lejos de disiparse, se había incrementado con cada nueva cosa que descubría de ese ministro que había poblado sus más tórridos sueños. Era atento, cortés y decidido cuando había una emergencia, cuando tenía que tomar el mando ante una situación inesperada, como descubrió esa primera noche cuando Changmin y Junsu tuvieron el pequeño percance que los llevó al hospital. Era cálido y protector al preocuparse por su gente, por eso había seguido a la ambulancia para enterarse del estado de su secretario y el amigo de este. Y era encantador con todo el personal, de un modo que no parecía fingido, aunque Yoochun sabía que era parte de su trabajo el parecer honesto, transparente y mejor persona de lo que realmente era.

Yoochun se había ido a casa de día, después de pasar la noche en el pasillo de ese hospital hablando con Yunho, con la promesa arrancada entre bromas de que volvería por El Santuario alguna otra noche para que pudiese comprobar en persona que no todas las veladas terminaban de manera tan accidentada en el club de Jaejoong.

Yunho había cumplido su promesa. Tardó más de lo que esperaba, casi dos largas semanas, en volver a pisar El Santuario, pero había regresado. La sonrisa de Yoochun al verlo había sido capaz de abarcar todo Seúl en ella, estaba seguro, y le había valido la posterior sorna de Jaejoong, afortunadamente el único presente en su lamentable exhibición de interés. Y entonces había descubierto que además de encantador era divertido cuando se relajaba, algo ingenuo para su cargo, con ideales marcados y una forma de ver la vida que le hacía desear contemplar el mundo a través de sus ojos. Era inteligente, despierto y a menudo hacía a Yoochun cuestionarse cosas en las que no había pensado, interesante de un modo que muy pocas cosas lo eran para él, que podía tenerlo todo con sólo una mirada y un par de palabras. Y hacía que el tiempo desapareciese de todos los relojes en medio de sonrisas paralizantes y miradas de fuego.

Yoochun no había intentado nada con él. A pesar del número de teléfono que tenía guardado en su móvil desde esa noche, de los subsiguientes encuentros para tomar una copa y despejarse. A pesar de todas las veces que habían quedado juntos, de lo cercanos que se habían vuelto en tan poco tiempo. A pesar de que lo deseaba de un modo arrollador y casi, casi desesperado. Yoochun sabía que era una muy mala idea, por más de una razón, empezando porque era el jefe de Changmin y no quería buscarle problemas a su amigo si la cosa salía mal. Lo hubiese obviado si fuese para una sola noche, o un par, como había sido su intención al principio, porque si los dos lo tenían claro no tenía por qué afectar a sus vidas.

Pero de algún modo las cosas se habían complicado. Porque el interés de Yoochun iba más allá del sexo espectacular que estaba seguro de que Yunho podría ofrecerle. Disfrutaba su compañía, del mismo modo en que disfrutaba la de Jaejoong, Changmin o Junsu, como el buen amigo en que estaba camino de convertirse, y Yoochun no se acostaba con sus amigos. Además, Yunho tenía un cargo público importante, debía mantener una imagen y Yoochun nunca había llevado bien lo de esconderse. Podía entender por qué lo hacían Changmin y Junsu, pero nunca se había visto capaz de hacer algo semejante, por nadie.

Y, por supuesto, estaba el pequeño detalle de que Jung Yunho no había mostrado el más mínimo interés en ese sentido. No iba a joderlo todo por un deseo que podía saciar con cualquiera, como había hecho esa misma noche, en el cuarto oscuro de uno de los clubs de Itaewon, tras despedirse de Yunho después de un café de última hora. Ni siquiera sabía el nombre del ese chico que había empalado contra la pared, ni recordaba su rostro, pero había sido suficiente para extinguir momentáneamente ese fuego que tenía nombre propio.

Era casi medianoche cuando entró en el ascensor del edificio donde vivía, agotado y con ganas de meterse bajo la ducha. Y por eso hubiese ignorado por completo al hombre que estaba sentado en las escaleras, frente a su puerta, si este no hubiese susurrado su nombre.

Yoochun se giró hacia Junsu, sorprendido de encontrarlo ahí, solo en medio de la oscuridad, como si llevase esperándolo siglos. Era sábado, se suponía que iba a visitar a su familia, en Gyeonggi, aprovechando el fin de semana en que Changmin había tenido que viajar a Busan por cuestiones de trabajo. Pero por alguna razón había vuelto, y en lugar de llamarlo se había presentado en su edificio, con cara de estar realmente enfermo y una mirada que pedía a gritos ayuda, una que Yoochun jamás iba a negarle.

—¡Junsu! ¿Qué ha pasado? ¿Estás bien? —exclamó, mientras se acercaba a él.

Su amigo sólo asintió, una vez, y suspiró antes de volver a encontrar su voz.

—¿Podemos hablar un momento?

—Por supuesto. Pasa y te preparo un café.

—No. Será mejor que no tome nada —replicó Junsu, mientras se ponía en pie, agarrando con fuerza un andrajoso libro que parecía haber ocultado en su regazo hasta ese momento.

Yoochun frunció el ceño ante la respuesta, pero no replicó. Era evidente que Junsu necesitaba desesperadamente hablar con alguien, y si no había buscado a Jaejoong, que indudablemente estaría disponible para él sin importar lo que tuviese que abandonar para ello, era porque necesitaba encontrar en él calma y sensatez para lo que sea que estuviese atormentándolo.

Siempre había sido así, desde niños. Mientras Jaejoong alentaba todos sus sueños, entusiasmándose y regalando sonrisas y abrazos y energía desmedida hasta volverlos irreales, Yoochun era la voz de la razón que los traía de vuelta al presente, haciendo que sus pies tocasen el suelo. Cuando Changmin se había unido a ellos, mucho más tarde, las fuerzas se habían equilibrado, porque su amigo era aún más tajante que él y solía bastar una frase irónica y un alzamiento de ceja para que Jaejoong cayese de las nubes y se diese de bruces con una realidad que se esforzaba en no ver.

Que Junsu lo buscase a él, en lugar de al hombre con quien compartía todo lo demás, daba cuenta de la gravedad del asunto, y de que probablemente no quería preocupar más de la cuenta a su pareja. O al menos, Yoochun suponía que esa sería la razón, porque a pesar de que eran humanos, y por supuesto habían discutido más de una vez en los años que llevaban juntos, a él seguía haciéndosele imposible imaginar a sus dos amigos en una situación que llevase a Junsu al estado en el que estaba.

Aun así, mientras introducía el código en la cerradura del apartamento y abría la puerta, decidió asegurarse.

—No ha habido ningún problema con Changmin, ¿verdad?

—¿Qué? —preguntó Junsu, frunciendo el entrecejo, como si no comprendiera la pregunta. Y un instante después pareció darse cuenta de por dónde iban los derroteros de Yoochun, porque aclaró—. No, no, por supuesto que no. Es… es otra cosa.

—Sabes que puedo partirle la cara si te hace algo, ¿verdad?

Tal como esperaba, una sonrisa se dibujó en el rostro de su amigo, disipando un poco las líneas de cansancio que parecían esculpidas en él.

—En tus sueños, Park. Changmin te ganaría con los ojos cerrados.

—Tu opinión no cuenta, no eres objetivo.

—Lo que tu digas.

Mientras Junsu se encaminaba al salón, Yoochun fue a la cocina a preparar igualmente el café. Puede que su amigo no lo necesitase, pero él sí, y por experiencia sabía que iba a necesitar cafeína en su sistema para afrontar lo que vendría, porque si había llevado a Junsu a tener ese aspecto enfermizo y un pelín desquiciado, tenía que ser serio.

Ya con la taza humeante entre sus dedos, se sentó junto a él, toda broma olvidada en la gravedad del momento.

—¿Qué es lo que ocurre, Junsu?

Suspiró, como si estuviese armándose de valor, o quizás ordenando sus pensamientos para poder ponerlos en palabras. Finalmente, lo que hizo fue levantar el libro que seguía sujetando con excesiva fuerza, para ponerlo a la altura de sus ojos.

—¿Recuerdas esto?

Yoochun lo miró, sin comprender. Parecía un libro muy antiguo y pesado, forrado en terciopelo de un color que probablemente habría sido vistoso y brillante en su época, pero que ahora resultaba sucio y difícil de determinar, debido al polvo, la humedad y lo que sea que hubiese pasado hasta llegar a las manos de Junsu. Fue el lazo, de color rojo, que marcaba las hojas en alguna página determinada, lo que trajo a su memoria las imágenes de varias de las tardes que habían pasado en el desván de la casa de los padres de Junsu, siendo demasiado pequeños como para comprender que no se escondían fantasmas entre las pilas de cajas y las sombras.

—¡Es el diario de ese pirado antepasado tuyo que creía ser un vampiro! —exclamó, riéndose al recordar lo mucho que Jaejoong y Junsu se habían emocionado al descubrirlo, y las tardes que habían pasado elaborando planes para cuando Junsu se convirtiese en ese vampiro legendario.

Junsu no se rió. Su gesto, mortalmente serio, sólo varió para asentir una vez.

—No creía que aún lo conservasen. ¿Puedo verlo?

Junsu volvió a asentir, estirando el brazo para depositar el diario en las manos de Yoochun. Aún sonriendo, lo abrió con cuidado por la página marcada, acariciando las hojas amarillentas y las letras dibujadas con pincel.

—Recuerdo lo bien que lo pasamos gracias a este diario. Jaejoong y tu os pasasteis todo un verano jugando a ser vampiros.

Esperaba una risa, o al menos una sonrisa cansada ante la hilaridad de los recuerdos compartidos. Lo que obtuvo fue una respuesta seca y contundente de Junsu.

—Ya no es ningún juego. Está ocurriendo.

—¿Qué? —fue todo lo que pudo decir, completamente desconcertado.

—Yoochun… me estoy convirtiendo en un vampiro.

Sonrió desdeñoso, esperando que terminase con la broma y le dijese la verdadera razón que lo había llevado a su casa en medio de la noche. Pero Junsu no dijo nada más, ni varió su gesto, y la seriedad mortal seguía presente en su rostro, como si en verdad se estuviese creyendo lo que decía.

—No seas ridículo. Los vampiros no existen —remarcó lo obvio, cerrando el libro.

—Ya lo sé. Y sin embargo…

Volvió a callarse, nuevamente como si no pudiese expresar correctamente en palabras todo lo que le pasaba por la cabeza.

—¿Es esto algún tipo de broma? ¿Tu y Changmin habéis apostado a ver cuál de vuestros amigos era tan ingenuo como para tragarse esa historia?

—No. Hablo en serio, Yoochun. ¿Recuerdas lo que pasó en El Santuario hace casi un mes? La palidez, el desmayo… Ha seguido ocurriendo. Cada noche, al dar las doce, pierdo el control de mi propio cuerpo, mis sentidos se magnifican, a veces pierdo el conocimiento y otras acabo en el suelo, empapado en sudor, temblando. No es divertido, y te juro que como broma no le encuentro la maldita gracia.

Hablaba en serio, podía notarlo. Ahora tenían más sentido sus ojeras, la palidez, el aspecto enfermizo, todo el peso que había perdido en las últimas semanas. La preocupación superó en un segundo a la suspicacia ante la gravedad de lo que acababa de contarle, porque si era cierto, y no tenía por qué dudarlo, su amigo estaba más enfermo de lo que habían supuesto, y se lo había guardado para sí, probablemente intentando no preocuparlos.

Yoochun se acercó más a él, apartando el libro, mientras apoyaba una mano en su hombro.

—¿Has ido al médico?

—¡Por supuesto que sí! Me han hecho todo tipo de pruebas, y estoy más sano que una manzana. Pero los episodios siguen repitiéndose, cada vez con más virulencia. Y lo que siento en esos minutos está detallado con claridad en ese diario, como si yo mismo lo hubiese escrito. Son los mismos síntomas, Yoochun, las mismas sensaciones. Y comenzaron al mismo tiempo en que lo hicieron los de mi antepasado: quince semanas antes de mi cumpleaños número veintiocho.

Estaba desquiciado. Era evidente que la presión de su trabajo había podido con él y estaba cobrándose su precio en lo que tenían toda la pinta de ser ataques de pánico. La mente de su amigo lo había racionalizado, de alguna manera, hasta hacerlo coincidir con algo que había leído de niño, y que probablemente había permanecido en algún rincón de su memoria todos esos años.

Yoochun lo abrazó, tratando de calmar sus miedos, fueran los que fuesen, de apaciguar esa parte de su amigo que se estaba revelando contra él.

—No estoy loco, Yoochun. No lo estoy —dijo con voz quebrada, como si pudiese leer su mente y le partiese el corazón que no fuese capaz de creerle.

Y justo en ese momento dieron las doce, sonoras en ese pitido con que su reloj marcaba las horas en punto. Yoochun sintió a Junsu temblar entre sus brazos, e ilusamente creyó que estaba llorando. Apretó con más fuerza su abrazo, calmando y confortando, transmitiéndole sin palabras que iba a estar a su lado, sin importar el qué.

Y de pronto lo sintió inerte, un peso muerto en su regazo. Los brazos de Junsu resbalaron por su espalda, su cabeza cayó de su hombro, su respiración se detuvo. Asustado, Yoochun se separó de él para mirarlo, para comprobar si realmente se había desmayado. Estaba pálido y frío, con los ojos cerrados, el gesto tenso todavía en la línea de su boca.

Pero su pecho no subía como se supone debería hacerlo con el aire, y al acercarse a su rostro se dio cuenta de que no estaba respirando en absoluto. Con el corazón en la garganta, Yoochun buscó el pulso de su amigo, primero en la muñeca, luego en el cuello ante el vacío, sus propios dedos temblorosos.

Y antes de que pudiese encontrarlo los ojos de Junsu se abrieron, rojos como lo más profundo del averno, y en un movimiento que ni siquiera alcanzó a ver lo atrapó contra el sofá y hundió los dientes en su cuello.

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Seúl, 29 de Septiembre de 2013
00:01 AM

 

La sangre sabía dulce, espesa contra su lengua, y se colaba a borbotones en su boca como el más delicioso manjar. Junsu cerró los ojos y gruñó ante la sensación de plenitud, apretando más los labios contra el pulso que sentía latir bajo ellos, rápido y atronador, música para sus perceptivos oídos. Se apretó más contra la calidez casi obscena de ese cuerpo, contraposición perfecta al hielo de sus venas, y acarició la piel expuesta del hombro, de líneas duras y tacto suave, casi aterciopelado.

—Junsu...

La palabra fue apenas un susurro, voz baja y grave, y se quebró hacia el final en un gemido de dolor que hizo que el cuerpo bajo el suyo se estremeciera y la sangre supiese aún mejor, más intensa, el pulso más acelerado. Volvió a gruñir de pura satisfacción y succionó con más ganas, su necesidad lejos de saciarse por completo. Llevaba demasiado tiempo muriéndose de sed, ahogándose, demasiado débil para buscar sustento, incapaz de controlar sus propios miembros para que respondiesen como deberían. Sentir la sangre llenándolo poco a poco era como volar después de haber estado roto, inválido y atado por mil cadenas, liberador y adictivo.

—Junsu... —volvió a repetir la voz, apenas aire colándose entre sus dientes, inaudible para la mayoría de seres humanos, pero no para él—. Por favor...

Volvió a gemir de dolor, constreñido, y de repente la sangre ya no sabía tan bien en su boca, perdiendo parte de su esencia dulce en favor de un punto salino y amargo, menos espesa contra su lengua. Junsu abrió los ojos y frunció el entrecejo, confundido por un instante y frustrado por la interrupción de su merecido banquete. Y entonces vio las lágrimas caer por un rostro que conocía demasiado bien, bajando por la piel de su cuello hasta la herida recién abierta, donde se apreciaba con claridad la forma de los dientes que perforaron la sensible zona.

Y lo que acababa de hacer penetró en su cerebro en medio de la bruma, trayendo el horror, la preocupación y el asco en una oleada tan abrumadora que subió a su garganta y tuvo el tiempo justo de apartarse para no vomitar sobre el cuerpo que permanecía quieto bajo el suyo. Se inclinó a un lado y escupió sobre la alfombra mientras las arcadas le sobrevenía como un alud. El sabor de la sangre todavía estaba en su boca, pero no había nada dulce en ella: era ácido, repugnante, mezcla de bilis y el pobre contenido de su estómago. Sentía sus propias manos temblorosas y la fuerza lo abandonó por completo, mientras el horror por lo que acababa de hacer lo consumía y lo llenaba todo.

¿Qué había hecho? ¿Qué le había hecho a Yoochun?

Una mano se posó en su espalda con suavidad, casi con dulzura, y comenzó a moverse, intentando calmar su náusea, pero el efecto fue precisamente el contrario. Junsu se apartó y se dejó caer al suelo mientras otra arcada le hacía escupir sangre sobre la alfombra, sus propios ojos cerrados con fuerza y húmedos debido al esfuerzo.

No podía creer lo que había hecho. No podía. Se había abalanzado sobre uno de sus mejores amigos para beber su sangre como si fuese una alimaña, un monstruo, pero mucho, mucho peor, porque no se habría detenido hasta terminar con toda la que había en sus venas, hasta que la vida se hubiese escurrido por completo apagando su respiración y callando sus latidos. Lo que sintió en ese breve momento de euforia fue que nada más importaba salvo su sed, y la sangre caliente y espesa que se deslizaba por su garganta para saciarla, llenándolo de un modo distinto a cualquier cosa que hubiese probado alguna vez. Terminar habría sido fácil, porque la fuerza de Yoochun era insignificante, su resistencia apenas una molestia, sus gemidos lastimeros parte de una banda sonora que había disfrutado enormemente.

Si no hubiese llorado, si las lágrimas involuntarias no se hubiesen mezclado con la sangre volviéndola más líquida y salada, no se habría detenido. A pesar de los gemidos con su nombre y la súplica en su voz. A pesar de que Yoochun era una de las personas más importantes para él, vital, alguien que había estado a su lado toda su vida, que lo había cuidado y consentido como solo un hermano mayor podía hacerlo.

Jadeó, intentando coger aire, dolor agudo en su garganta y sabor repulsivo en su boca. Y haciendo un tremendo esfuerzo giró la cabeza para mirar a Yoochun. Le costó dos segundos de más enfocar la imagen de su amigo, que todavía estaba sentado en el sofá, con la mano en el cuello cubriendo la herida pero inclinado hacia él, mirándolo con toda la preocupación del mundo pintada en sus rasgos.

—¿Estás bien? —preguntó en cuanto sus ojos se encontraron.

Junsu dejó salir todo el aire ante la ironía de que fuese Yoochun el que preguntase, cuando era él quien tenía un agujero en el cuello y había estado a punto de perder mucho más que sangre. Por su culpa.

Y a pesar de ello no había miedo en sus ojos. Preocupación, seriedad, cansancio y un dejo de dolor, pero no miedo. Debería estar aterrado, y debería estar odiando hasta el aire que llenaba sus pulmones. Él mismo lo odiaba. Pero Yoochun sólo parecía estar preocupado por las náuseas que habían convertido su carísima alfombra en algo tan inservible como él mismo.

—¿Me crees ahora? —respondió, su voz apenas más alta que la súplica que aún resonaba en sus oídos.

La sonrisa de Yoochun le sorprendió, porque seguía siendo cálida como sólo lo eran las sonrisas de Yoochun. A pesar de todo.

—Me gustaría decirte que no, pero es difícil mentir cuando aún puedo sentir tus dientes atravesando mi piel como si fuese mantequilla. Auch, por cierto.

Junsu suspiró e hizo el esfuerzo de moverse, que pareció costarle hasta el último átomo de energía que le quedaba, como si se hubiese drenado a sí mismo por completo en apenas segundos. Se acercó a Yoochun, moviéndose deliberadamente despacio por si quería alejarse, evitarlo como la alimaña que era. Él lo haría de estar en su lugar, probablemente, pero Yoochun no se movió. Sólo permaneció con los ojos clavados en los suyos, confianza tan absoluta en ellos que resultaba casi abrumadora y hacía que su propio corazón golpeara con fuerza dentro de su pecho.

Con dedos más temblorosos de lo que le gustaría giró su rostro, con cuidado, y apartó la mano que aún mantenía en su cuello, dejando al descubierto la herida. Aun manaba algo de sangre, que resbalaba con lentitud por su piel, pero no tanta como temía, como lo había hecho cuando eran sus labios los que se presionaban contra ella.

Volvió a sentir una arcada ante el recuerdo, pero trató de controlarla tragando saliva.

—Hay que desinfectarla. Puede que te quede una cicatriz, quizás deberíamos ir a urgencias.

—Ni de coña. Pensarían que hemos tenido una noche de sexo salvaje que se nos fue de las manos, y no iban a hacer mucho más que ponerme un apósito. Eso podemos hacerlo aquí. Además no quiero que Changmin piense que le pones los cuernos conmigo.

Era una broma, por supuesto, pero Junsu fue incapaz de reírse. Porque su mente se llenó de imágenes que no quería ver, que ni siquiera deberían existir como opción, pero que estaban ahí. Veía a Changmin, ese cuerpo que conocía tan bien, que había recorrido tantas y tantas veces que casi era capaz de dibujar de memoria, tirado en el suelo, herido por su causa, la sangre de sus venas ardiendo en su boca mientras su vida se extinguía para siempre. Y un dolor abrumador cayó sobre él como un yunque, aplastándolo, mezclándose con la culpa y el miedo hasta hacer que sus manos temblasen.

Las cerró en sendos puños para obtener algo de control y se puso en pie, sin decir una palabra, sintiendo cómo todo le daba vueltas. Casi a ciegas llegó hasta el baño y abrió el botiquín para coger algo de alcohol, gasas y un apósito, utilizando la tarea como excusa para encontrar cierta calma. Él no era lo importante en ese momento. Sus miedos podían esperar, Yoochun no.

Cuando volvió, Yoochun seguía en el sofá, pero era obvio que se había levantado para lavarse la mano llena de sangre y coger el pañuelo que ahora presionaba contra su herida.

—Esto va a escocer un poco —dijo innecesariamente al acercarse a él, señalando la botella de alcohol.

Yoochun se encogió de hombros por toda respuesta, y el gesto provocó un obvio latigazo de dolor que se reflejó en su expresión.

Junsu sabía que debería disculparse, pero no era capaz. Porque una disculpa no iba a cambiar lo que había hecho, y era evidente que Yoochun no se sentía furioso, ni iba a recriminarle su monstruosa acción. No lo entendía. Apenas se entendía a sí mismo.

Con cuidado quitó el pañuelo y comenzó la desinfección, acompañado por algunos siseos de Yoochun que se clavaban en él como agujas.

—¿Por qué no tienes miedo?

Ni siquiera fue consciente de que había hablado. Sus labios se movieron en contra de su voluntad, haciendo audible ese pensamiento que giraba en su mente sin control, sin encontrar respuesta. Y la mirada de Yoochun cuando se enfocó en la suya había ganado calidez, las líneas de cansancio más marcadas en su rostro.

—Porque eres tu —respondió simplemente.

No lo entendía. Él había provocado todo eso, podía recordar cada segundo, horrorizarse con ello, y estaba seguro de que era un recuerdo que jamás se iba a borrar mientras viviese.

—Yo soy quien casi te mata.

—No. Quien me atacó fue ese ser de ojos rojos como la sangre, fuerte y duro como el acero. Tu solo eres tu, con una pinta horrible, sí, pero solo tu.

¿Ojos rojos? Nunca se había visto los ojos rojos. La fuerza sí, la sed asfixiante también, los sentidos distorsionados al magnificarse en nanosegundos… todo eso lo había sentido, lo había visto. Pero nunca había percibido que sus ojos cambiasen de color durante esos minutos.

—Tienes que contárselo a los demás, Junsu —continuó Yoochun, seriedad casi mortal en sus rostro y en su voz—. Tenemos que encontrar una solución para esto. No se va a pasar sin más, si lo que pone en ese diario inconcluso sucede.

Ya lo sabía. Lo sabía desde hacía mucho, prácticamente desde que esos episodios comenzaron. Pero no era nada fácil, especialmente ahora que sabía que la vida de todos aquellos que lo rodeaban corría verdadero peligro a su lado.

Junsu asintió, porque no podía hacer nada más, no había otra respuesta que pudiese dar.

Pero no iba a hacerlo.

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Seúl, 04 de Octubre de 2013
23:52 PM


Llegaba tarde.

La última reunión se había alargado más de la cuenta, entre negociaciones demasiado tensas como para interrumpir el acalorado discurso de su contraparte japonés. Yunho llevaba semanas preparando el encuentro, trabajando en ese nuevo tratado que iba a proporcionar a Corea del Sur una mayor relevancia en el panorama internacional, a cambio, por supuesto, de intereses económicos. El problema era que el precio estimado por los japoneses estaba muy lejos de lo que podían asumir, especialmente al cambio de divisa, y Yunho había peleado cada punto con diplomacia y no menos firmeza, ayudado por un Changmin que siempre encontraba hasta el más mínimo resquicio legal por el que colarse, avasallando con datos precisos que casi parecía imposible que retuviera en su cabeza.

Si no lo conociese de antes, Yunho juraría que las ojeras marcadas y el rostro serio obedecían a la diligencia del trabajo y las horas dedicadas. Pero Yunho sabía perfectamente que Changmin podía abarcar eso y mucho más sin que su sonrisa torcida decreciese ni un grado, rompiendo hasta el corazón más duro de la secretaria más amargada del ministerio. Sin embargo, algo había hecho menguar su sonrisa y marcado líneas de acero en su rostro, grabando en su mirada años de cansancio acumulado que Changmin no poseía. Yunho le había dado espacio, no queriendo entrometerse en la vida privada de su compañero, pero sabía que no iba a poder aplazar más una conversación con él en cuanto las negociaciones terminasen.

Intuía cual era el problema, por supuesto. No era un secreto que Junsu tenía problemas de salud que le habían llevado a perder peso de forma fulminante, preocupando a todos aquellos cuantos le conocían. Los rumores y las especulaciones ya inundaban todos los pasillos de su ministerio, y eso que Junsu ni siquiera trabajaba ahí, pero Yunho no podía culpar a sus empleados de que hubiesen caído rendidos ante el magnetismo inherente al secretario de estado, cuando él mismo no había sido capaz de evitar pensamientos para nada apropiados con un colega. Mucho menos referentes al compañero de su mano derecha, cuya preocupación era tan evidente que Yunho estaba seguro de que el secreto de su relación no iba a seguir siéndolo mucho tiempo.

Yunho quería ofrecerle su apoyo y preguntar si podía ayudar, con lo que fuese. Imaginaba que Changmin no iba a tomar sus palabras en cuenta, pero iba a hacerlo de todos modos. Se lo debía. A él que siempre fue un trabajador ejemplar y comprometido, a Junsu cuyo talento y carisma lo iban a conducir directamente a la cima, y a Yoochun que era…

Que era amigo de los dos, con diferencia la persona más interesante que había conocido en los últimos tiempos, y que había comenzado a colarse descaradamente en sus fantasías masturbatorias como si no tuviese suficiente con haber perdido años soñando despierto con Junsu y Changmin para terminar descubriendo que estaban juntos. Yunho comenzaba a pensar que había hecho algo muy malo en una vida pasada para tener que atravesar tal tormento en esta.

O algo muy bueno. A veces ni siquiera él mismo lo tenía claro.

La facilidad con la que se había acostumbrado a la ironía de Yoochun, a sus modales regios y refinados, y a esa mirada capaz de desentrañar el alma de cualquier pecador, resultaría aterradora si no lo hiciese sentir tan bien, tan vivo. Era inteligente e intuitivo, de esa forma en que ambas cosas se mezclaban en la mirada de un anciano después de haber pasado mil penurias. Sus opiniones eran contundentes, fundamentadas en hechos que podía probar, pero eso no lo hacía arrogante, ni provocaba que se cerrase a otras opciones solo porque no concordasen con la suya o no se le hubiesen ocurrido. Y lo aderezaba todo con un sentido del humor que envolvía a Yunho como un abrazo cálido, lleno de sonrisas de las que cortan la respiración, música en forma de carcajadas, y estremecimientos apenas ocultos en una voz que debería estar tipificada como arma de destrucción masiva, porque Yunho podría vender a su país, a su familia incluso, si Yoochun se lo susurrase contra el oído.

De algún modo resistir esa tentación era más difícil de lo que nunca habían sido Junsu y Changmin. Porque mientras que sus compañeros jamás habían demostrado ni el más mínimo interés, al punto de que Yunho estuvo convencido durante muchísimo tiempo de que eran completamente heterosexuales, Yoochun sí lo hacía. No abiertamente, claro, y Yunho estaba convencido de que ni siquiera era intencional. Pero no podía ignorar la calidez y el deseo de sus ojos cuando creía que no estaba mirando, ni su manera casi necesitada de mantener contacto constante, ya fuera de un muslo contra otro, una rodilla o un hombro, o la palma de su mano que quemaba como el fuego cuando la apoyaba en su brazo para dar énfasis a lo que estaba diciendo. A veces fruncía los labios como si estuviese batallando para contener palabras que no debía decir, provocando en Yunho el deseo de liberarlas con los propios, y en otras ocasiones mojaba con la lengua su labio inferior cuando él hablaba, atención absoluta y casi abrumadora en su persona, traicionando lo que escondía tan bien la mayoría del tiempo.

Sucumbir sería fácil, como soñar imposibles. Y terriblemente complicado a la vez.

En Corea del Sur seguía habiendo ciertos tabúes que impedían una libertad de la que cualquier nación debería gozar, sobre todo si se trataba de querer a otro ser humano en lugar de destruirlo. Con todo lo que amaba a su patria, Yunho no podía comprender por qué resultaba tan fácil hablar de guerra, y de hermanos muertos unos kilómetros hacia el norte, como si se tratase solo del clima, pero se ponía el grito en el cielo si un hombre en un cargo como el suyo decidía elegir a alguien de su mismo sexo para compartir cama o vida.

Yunho sabía que lo más sensato era poner algo de distancia, dejar que la novedad y esa atracción mutua se disipase un poco hasta que quedase solo amistad, una que quería conservar durante muchos años. Sin embargo, llevarlo a cabo no era tan sencillo como elaborar la estrategia, porque apenas llevaba unos días sin verlo, ni siquiera llegaba a la semana, y ya extrañaba sus ojos, su sonrisa y esa voz pecaminosa que iba a llevarlo de cabeza al desastre. Y por eso había aceptado su invitación a tomar algo esa noche, aun sabiendo que la reunión sería larga y tensa, después de no haber dormido apropiadamente en toda la semana por haber estudiado cada detalle desde todos los ángulos posibles.

Y llegaba tarde.

Afortunadamente Yoochun no había elegido El Santuario para su cita. No era que a Yunho le disgustase el local, ni mucho menos, pero sí le molestaba un poco, a veces, la excesiva familiaridad del dueño con él. Por supuesto conocía la historia, de labios del propio Yoochun: eran como hermanos. Junsu, Jaejoong y él habían crecido juntos, llevando su amistad casi a la categoría de épica, por lo bien que se llevaban y las maravillas que decían unos de otros. Lo comprendía e incluso lo envidiaba un poco, porque Yunho no había conocido nada parecido en toda su niñez, adolescencia, ni por supuesto de adulto. Lo que no podía entender era por qué a veces Jaejoong se sentaba a la mesa con ellos, y pasaba un brazo por encima de los hombros de Yoochun con una facilidad casi ofensiva, o apoyaba la cabeza en su hombro como si no fuese un hombre adulto, sino apenas un niño buscando cariño tras caerse en el parque. Ni la sonrisa que Yoochun siempre le regalaba en respuesta, llena de hoyuelos y cariño infinito, arrancando promesas de visitarlo después, o pasar más a menudo, o lo que sea que Jaejoong buscase de Yoochun, que invariablemente conseguía.

En su lugar había elegido un pub más pequeño, algo más alejado, con reservados que ofrecían a sus clientes una intimidad que Yunho deseaba y temía a partes iguales. Sobre todo porque era viernes por la noche, estaba cansado de dignatarios extranjeros y asuntos de gobierno, y nada le apetecía más que mandar al cuerno toda la prudencia y perderse entre los brazos de Yoochun para descubrir si su piel era tan suave y perfecta como parecía, si su olor podía enloquecerlo de la misma manera en que lo hacía su voz…

Si no se había marchado por culpa de su retraso de casi cincuenta minutos, del que no había podido avisar ni siquiera en un mensaje de texto sin parecer insensible y grosero con su homólogo japonés.

Yunho subió al segundo piso, con pasos acelerados y y disculpas dispuestas en los labios para saludar a la medianoche, el corazón casi en la garganta henchido por todo el aliento que retenía. Y lo dejó salir en un suspiro derrotado al abrir la puerta y comprobar que la sala estaba vacía, un único vaso con hielo, ya vacío, sobre la mesa.

Puede que fuera lo mejor. Pero casi sabía a derrota.

Giró sobre sí mismo, dispuesto a irse, y fue entonces cuando vio los zapatos al lado de la puerta, alineados junto a unas zapatillas preparadas para él. Yunho frunció el entrecejo y volvió a levantar la vista, esperando estúpidamente haber pasado por alto algo con la forma de Yoochun sentado a la mesa.

No estaba.

Pero al dar un paso hacia dentro de la estancia sí pudo distinguir el cuerpo de Yoochun, caído sobre el sofá que rodeaba la mesa en una postura poco apropiada, con una mano bajo su cadera y la otra rozando el suelo.

Inconsciente.

Y cuando lo sostuvo entre sus brazos, alarmado, pidiendo ayuda a gritos, se dio cuenta de que estaba más frío que los cuatro grados bajo cero que marcaba el termómetro de Seúl esa noche.

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Seúl, 05 de Octubre de 2013
00:30 AM


Prácticamente acababa de acostarse cuando el móvil comenzó a vibrar sobre la mesilla de noche. Changmin lo cogió instintivamente, apretándolo contra su mano para evitar que el sonido de la vibración fuese tan fuerte, y se giró hacia Junsu, preocupado. Seguía dormido. Estaba girado hacia él, ojos cerrados y labios ligeramente abiertos para permitir el paso del aire, las sábanas acariciando su piel desnuda. Era la viva imagen de la calma, su pecho subiendo con cada respiración, sin líneas de ansiedad y miedo marcando su rostro como en los últimos tiempos. El único vestigio de que no era el Junsu de siempre, alegre, risueño y algo infantil en ocasiones, eran las sombras oscuras bajo sus ojos, que denotaban las noches sin dormir, llenas de pesadillas que solo Changmin conseguía calmar, apenas un poco, cuando lo rodeaba con sus brazos y lo apretaba con fuerza contra él, sin pedir unas explicaciones que no necesitaba.

Se estaba volviendo loco, superado por algo que seguramente no comprendía, que lo volvía esquivo y reservado con él y apagaba poco a poco la esencia brillante de ese Junsu con el que llevaba compartiendo su vida los últimos ocho años. No había intentado contarle lo que le estaba pasando y Changmin lejos de insistir hasta que no pudiese más, callaba. Porque hablar de ello no iba a ayudarles, a ninguno de los dos, y Changmin odiaba la expresión desoladora y casi desesperada con que le miraba a veces, como si fuese tan consciente como él de que no les quedaba mucho tiempo para estar juntos, que iban a tener que separarse de forma definitiva, con la irrevocabilidad que traía la muerte. Por eso prefería distraerlo con banalidades, sacar tonterías de una chistera que jamás le había quedado bien, y apelar a esa parte de Junsu que era suya, que no podía resistir sus caricias o sus besos, que borraba de su mente cualquier cosa que no fuese el calor y la urgencia de piel contra piel, de cuerpos entrelazados y respiraciones arrebatadas.

Solo durante esos instantes volvía a ser el Junsu de siempre, con los ojos oscuros y llenos de ese afecto que sólo le entregaba a él, sus sonrisas brillantes, juguetonas y lascivas, su voz arrebolada en gemidos que no eran de ese mundo y que transportaban al mismo Changmin a una realidad paralela en donde todo estaba bien.

Pero se desvanecían. Y con ellos la realidad volvía a caer, pegándose a sus cuerpos, robando aliento y plenitud, y dejando solo vacío.

Suspiró y se apartó despacio, esperando que sus movimientos no arrebatasen a Junsu del mundo de los sueños. Cada segundo de descanso que pudiese proporcionarle contaba. Ya que estaba destinado a arrebatarle la vida no quería privarlo también de sus últimas semanas como ser humano, y al paso que iba terminaría ingresado en el hospital de puro agotamiento.

Se dirigió al salón, cerrando con cuidado la puerta, y por fin observó en la pantalla del teléfono móvil quien le estaba llamado. Y al verlo frunció el entrecejo, desconcertado.

Era Yunho.

Su jefe nunca le había llamado a esas horas de la noche, y teniendo en cuenta que prácticamente acababa de dejarlo en el ministerio, despidiéndose de los japoneses, Changmin no podía imaginar que motivo podía tener para contactar con él.

Sin perder más tiempo, movió el dedo sobre la pantalla para descolgar.

—Hola Yunho, soy Changmin. ¿Ha ocurrido algo?

La respiración al otro lado era agitada, y a juzgar por los ruidos de fondo estaba en un lugar público.

Hola Changmin. Siento molestarte, pero no sabía a quien llamar —dijo, con voz insegura, e inspiró como si estuviese intentando reunir valor—. Estoy en el hospital. Yoochun se ha desmayado hace media hora y los médicos todavía no han conseguido hacer que se despierte.

El miedo era completamente audible en su voz, dando cuenta de lo preocupado que estaba. Para un hombre como Yunho, acostumbrado a mostrarse firme y cortés, escondiendo de forma efectiva cada uno de sus sentimientos, como el magnífico político que era, resultaba insólito. Y dejaba claro que Yoochun no era un conocido más para él, que había pasado a engrosar la lista de personas que eran importantes para Yunho.

Changmin ni siquiera se molestó en preguntarle qué hacía con Yoochun a esas horas de la noche, ni que estaban haciendo antes de que perdiese el conocimiento. Había visto el interés de Yoochun cuando se conocieron, y sabía que Yunho no era para nada indiferente al sexo masculino. No pensaba meterse en lo que fuera que hubiese entre ellos, no era asunto suyo.

Pero la noticia sí le sorprendió, y un halo de preocupación se instaló en su pecho, sumado a todas las demás que ya tenía. Quería a Yoochun como a un hermano, igual que a Jaejoong, y no concebía que algo malo pudiese sucederles. Desde el principio fueron mucho más que amigos para él, aceptándolo con una facilidad tan absoluta, tan poco corriente, que habían hecho sentir a Changmin parte de su improvisada familia.

—¿En qué hospital está?

En el Gangnam Severance Hospital.

—Voy en seguida. Gracias por avisar, Yunho.

Ni siquiera le dio tiempo a contestar. Changmin colgó y se dirigió inmediatamente a la habitación, el ceño fruncido y la preocupación haciendo mella en un ánimo que ya no estaba en su mejor momento. Tenía que avisar a Junsu. Yoochun era uno de sus mejores amigos y querría estar a su lado cuando despertase, porque Changmin ni siquiera contemplaba otra posibilidad.

Pero cuando llegó al umbral de ese cuarto que compartían se detuvo. Junsu seguía durmiendo, plácidamente, un asomo de sonrisa en sus labios que denotaba un sueño agradable, para variar. Verlo así, con el pelo desordenado, el rostro en calma apoyado sobre su propia mano, respirando de manera tranquila y profunda, era demasiado agradable y calmaba en cierta medida ese nudo apretado en su pecho que cada día ahogaba más.

No podía despertarlo para agregar otra preocupación a sus cansados hombros. Changmin era consciente de que Junsu no iba a perdonarle que se fuera sin él, pero aun así no iba a hacerlo. Así que cogió unos vaqueros y una camiseta del armario, sabiendo, sin necesidad de ver, la ropa que cogía por el sitio en que estaba guardada, y se alejó para vestirse en el salón, en el más absoluto de los silencios.

Antes de salir, sin embargo, escribió una nota para Junsu que dejó en la cocina. Tampoco era cuestión de que despertase de repente y entrase en pánico por no verlo a su lado.

—~oOo~—

—¿Qué ha pasado? —preguntó nada más llegar, tras inclinar la cabeza en un rápido saludo—. ¿Se sabe algo ya?

Yunho estaba de pie, en el pasillo, mirando por la ventana con expresión adusta. Se giró hacia él en cuanto escuchó sus pasos y le devolvió el saludo, en sus ojos grabada toda la preocupación que sentía.

—Sigue en observación. Los médicos han detectado un ritmo anormal en sus latidos, y todavía no han conseguido que vuelva en sí.

—¿Es grave?

—No lo sé. Cuando lo encontré estaba helado, como si hubiese pasado horas enterrado en la nieve sin más abrigo que su piel. Y mucho más pálido de lo habitual. Temí…

Ni siquiera fue capaz de terminar la frase y apartó los ojos antes de que Changmin pudiese ver en ellos su tormento. Pero no lo necesitaba, lo conocía bien. Yunho podía pretender ser fuerte e ilegible para la mayoría de personas, pero Changmin siempre había leído en él como si estuviese escrito en un idioma compartido, único y fácil de descifrar al mismo tiempo. Apoyó la mano en su hombro, en un mudo gesto de apoyo y trató de sonreír para infundirle una calma que ni él mismo sentía.

—Estará bien, no te preocupes. Yoochun es fuerte, créeme.

Yunho asintió, levantando la vista un segundo y volviendo a apartarla hacia la ventana. Su propio reflejo lo sorprendió, porque se llevó la mano a la boca y carraspeó suavemente, de esa forma que siempre usaba para disimular la vergüenza frente a los demás.

—Pensaba que vendrías con Junsu y Jaejoong. No tenía sus teléfonos, no he podido avisarlos —dijo, cambiando de tema en un obvio intento por alejar de sí preguntas que Changmin no pensaba hacer.

—Jaejoong está en camino, pero estaba intentando localizar a Sungmin para que se quedase a cargo del local mientras él venía. Junsu no vendrá.

Su tono fue templado, casual, pero aun así su respuesta pareció sorprender a Yunho, que se giró hacia él, curiosidad desbordante en sus ojos oscuros.

—¿Está bien?

—Sí —asintió, aun antes de que terminara la pregunta—. Estaba durmiendo, y necesita el descanso. Yoochun estaría de acuerdo conmigo.

—Dudo que Junsu lo esté también —replicó Yunho, el primer asomo de sonrisa en sus labios—. No lo conozco tanto como tu, pero siempre me ha dado la impresión de ser alguien a quien lo le gusta permanecer al margen.

Changmin volvió a asentir, correspondiendo la sonrisa y apoyado la espalda contra la pared, al lado de la ventana. Pero antes de que pudiese responder siquiera, una enfermera se acercó a ellos, inclinándose ante Yunho.

—El paciente está estable, aunque todavía no ha despertado. El médico dice que si quiere puede pasar a verlo, señor ministro —dijo con voz nerviosa y obvia admiración hacia Yunho brotando a través de cada uno de sus poros.

Changmin puso los ojos en blanco, pero se apartó de la pared, lanzando a Yunho una rápida mirada que su jefe comprendió a la perfección.

—El señor Shim es un amigo muy cercano de Park, ¿sería posible que entrase conmigo? —preguntó con esa sonrisa cálida y confiada que poca gente podía resistir.

—Por supuesto. Claro. Puede, sin ningún problema —atropelló su respuesta la enfermera, poniéndose colorada—. Si me acompañan…

Ambos la siguieron a través del pasillo, hasta una de las habitaciones VIP del final de la planta, y atravesaron la puerta que mantuvo abierta para ellos.

Yoochun estaba tumbado en una cama espaciosa, rodeado de aparatos que hacían ruidos suaves, con un humidificador al lado de la cama para ayudar a mantener el ambiente controlado. Yunho aceleró el paso hasta detenerse junto a la cama, mirando a su amigo de una forma que hizo sentir a Changmin ligeramente incómodo. Durante un segundo pensó en salir y dejarlos solos, para evitar en la medida de lo posible que alguien entrase sin que Yunho se diese cuenta y pudiese sorprenderlo con la guardia baja. Pero antes de que pudiese hacerlo, algo llamó su atención, y todo pensamiento de irse huyó de su mente.

Se acercó un poco más, por el otro lado de la cama, el ceño fruncido, y giró poco la cabeza de Yoochun, lo justo para que quedase al descubierto una marca en la base del cuello, una herida prácticamente curada, rodeada de los tonos verdes y amarillos que deja un hematoma cuando se está desvaneciendo.

No pudo evitar contener la respiración. Conocía ese tipo de heridas. Las había visto frescas y todavía calientes en cientos de cadáveres, después de que vampiros a los que había destruido después hubiesen dejado sin una gota de sangre a sus víctimas.

Nunca así, en personas todavía vivas. Con los bordes casi curados del todo, denotando que el ataque tenía algún tiempo, puede que semanas. Y sin que lo hubiesen denunciado, o al menos mostrado signos de miedo o aturdimiento tras el ataque, mostrándose esquivos con las personas cercanas.

Pero Yoochun lo había hecho. Se había callado y había continuado siendo el mismo de siempre.

Y Changmin perdió todo el aliento que retenía al darse cuenta de quién había sido el causante directo de ello.

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Seúl, 05 de Octubre de 2013
00:47 AM

 

Chocó con él nada más abrirse las puertas automáticas de la entrada, distraído y preocupado por la salud de Yoochun. Jaejoong hubiese acabado en el suelo si unas manos fuertes no lo hubiesen sujetado por encima de los codos, amparando la inercia de su caída. Y cuando subió la mirada para darle las gracias, completamente avergonzado por su torpeza, se dio cuenta de que su salvador era Changmin.

—¿Cómo está Yoochun? —preguntó ansioso, obviando toda disculpa o saludo como un perfecto maleducado.

En cualquier otro momento Changmin habría sonreído por su falta de urbanidad, aderezando su respuesta con una mirada jocosa y pullas sobre su proverbial torpeza. Pero Jaejoong sabía, aun antes de que hubiese abierto la boca, que no iba a haber ninguna broma. Su semblante era mortalmente serio y había una cierta palidez enfermiza que jamás había visto en él. Changmin era fuerte y estable, probablemente el menos dado al dramatismo o la alegría extrema, y su forma de contemporizar cualquier situación era un bálsamo para aquellos que, como Jaejoong, solían ahogarse en un vaso de agua con cualquier tontería, al menos en el primer momento. Siempre mantenía la calma y solía tener la palabra justa para tranquilizar los ánimos, aun en la peor de las situaciones.

Que ni siquiera lo intentase era malo, mucho. Jaejoong sintió cómo su estómago se apretaba en mil nudos ciegos, tirando en todas direcciones, el tiempo que tardó Changmin en darle una respuesta.

—Está estable. Los médicos dicen que puede despertar en cualquier momento.

El suspiro que escapó de sus labios se llevó todo el aire que ni siquiera recordaba estar conteniendo. Sus hombros cayeron con el alivio, mientras apretaba los antebrazos de Changmin en un gesto cariñoso para darle las gracias.

—Menos mal.

Changmin asintió y se apartó despacio, y Jaejoong frunció levemente el entrecejo al darse cuenta de que a pesar de sus palabras, la tensión no había desaparecido de sus rasgos. Seguía pálido, mucho más de lo habitual, tan serio y hermético como si supiese algo que el resto del mundo no. Y como si ese algo fuese la peor tragedia imaginable.

No era por Yoochun. Jaejoong cayó en la cuenta al fijarse en las marcadas sombras bajo sus ojos, delatando las noches sin dormir, y en la tensión de cada uno de los músculos de su cuerpo, que parecían dibujar líneas rectas y angulosas donde solía haber calma y refugio. A todas luces estaba intentando mantenerse entero, como si respirar demasiado fuerte fuera a provocar que se resquebrajase en mil pedazos imposibles de volver a reunir.

Solo existía una persona capaz de llevarle a semejante estado. Y Jaejoong sintió como la preocupación volvía a llenarlo con renovada fuerza.

—¿Le ha pasado algo a Junsu?

Por si le quedaba alguna duda, el sonido del nombre marcó aún más la palidez en sus rasgos, y si Jaejoong no hubiese estado atento se habría perdido la breve e intensa inspiración que retuvo apenas segundos antes de encontrar su voz.

—No. Estaba durmiendo y no quise despertarle. Necesita descansar.

Jaejoong asintió, casi por inercia, pero en esa ocasión no se sintió aliviado. Porque era evidente que algo estaba sucediendo y nadie se había molestado en decirle qué era. El primero fue Junsu, con sus repentinos malestares, la pérdida de peso y la falta de sueño. Luego Yoochun enfermaba también, de forma igual de repentina, y cuando al fin lograba llegar al hospital, se había encontrado a un Changmin que estaba a años luz de aquel que tan bien conocía. Era extraño, preocupante, y le hacía sentirse excluido de una forma que no le gustaba lo más mínimo. Quizás se estaba volviendo un paranoico sin remedio, viendo fantasmas donde no había nada, pero comenzaba a tener la sensación de que todo su mundo se iba a desmoronar en cualquier momento. Y que el final del mismo había comenzado mucho tiempo antes de que vislumbrara siquiera las primeras señales.

Sin detenerse por un instante a considerar lo que iba a hacer, Jaejoong se abrazó a Changmin, colgándose de su cuello y apretando con fuerza, pillándolo completamente desprevenido por la brusquedad del movimiento. Giró la cabeza hacia su cuello y bajó la mano derecha hasta la mitad hasta su espalda en una caricia que esperaba le ofreciese lo que fuera que Changmin estaba necesitando de forma tan evidente.

—Todo se va a solucionar, ya verás —murmuró Jaejoong, intentando sonar igual de calmado y seguro que el Changmin de siempre.

No funcionó, no del todo. Jaejoong sintió cómo le devolvía el abrazo varios segundos después, como si despertase de un trance, y cómo se aferraba a él con tanta fuerza que juraría que escuchó su propia espalda crujir en respuesta. Era casi desesperado, como si necesitase de repente un ancla, algo que lo mantuviera en un puerto seguro, lejos de la tempestad que quería arrastrarlo.

Pero como vino se fue. Los brazos se aflojaron a su alrededor y Changmin se apartó lentamente, sin mirarlo a los ojos, toda la tensión aun presente en sus brazos, sus hombros y, sobre todo, en ese semblante serio y neutro más propio de un anciano que de un hombre de su edad.

—Debo irme.

Jaejoong asintió, incapaz de hacer nada más, y se quedó observando como Changmin se alejaba hacia la noche.


—~oOo~—



Yoochun aún no había despertado, pero según las enfermeras todos los exámenes estaban bien, y lo único que sufría era un agotamiento extremo, como si hubiese estado realizando un trabajo muy pesado durante demasiado tiempo sin alimentarse de forma apropiada. Jaejoong se sintió ligeramente aliviado por las noticias, porque implicaba que iba a ponerse bien, pero no pudo evitar que la preocupación siguiese anudada por encima de su ombligo, especialmente después de su breve encuentro con Changmin. Yoochun era su mejor amigo, lo conocía desde que tenía uso de razón y había estado a su lado en cada uno de los momentos importantes de su vida, dándole consuelo o compartiendo su alegría cuando desbordaba a Jaejoong por los cuatro costados. Conocía lo mejor de él y también su peor cara, la que ocultaba magistralmente entre sonrisas de revista que jamás llegaban a iluminar sus ojos, y sabía hasta qué punto de autodestrucción era capaz de llegar cuando no estaba bien anímicamente.

Que hubiese llegado a un extremo tal de agotamiento era inimaginable para Jaejoong, porque traspasaba una línea que sabía que Yoochun jamás cruzaría, si no por él mismo, por todos los que eran importantes en su vida. Y dejaba en evidencia que había algo que le estaba haciendo daño, dando vueltas en su mente, y Jaejoong ni siquiera había llegado a advertir que algo estuviese mal.

Se sentía como si fuese un amigo miserable, tan metido en sí mismo que era incapaz de ver lo que estaba ocurriendo con los que más quería. Porque hubiese jurado que la última vez que lo vio estaba bien, reía como siempre y parecía ilusionado con Yunho de un modo que hacía mucho que no veía en Yoochun, a pesar de que se había atrevido a negar en sus narices que quisiera algo con él.

Y sin embargo…

Jaejoong se giró hacia Yunho, que permanecía cerca de la cama de Yoochun, con preocupación mal disimulada en sus rasgos, y no pudo evitar preguntarse si había pasado algo entre ellos que llevase a Yoochun a ese estado. Jung le caía bien. A pesar de no conocerlo demasiado, le parecía sincero, amable y bastante íntegro para tratarse de un político, además de que miraba a Yoochun de una forma que siempre hacía sonreír a Jaejoong. Pero si le había hecho algo a Yoochun…

Se mordió el labio inferior para callarse la pregunta, porque sabía perfectamente que iba a sonar a acusación, además de rozar lo indiscreto, y no era forma de tratar a un ministro conocido por guardar con celo su intimidad.

—Dilo —dijo de pronto Jung, girándose hacia él—. Es evidente que quieres preguntar algo.

Jaejoong dejó escapar todo el aire de un golpe, flagelándose por ser tan fácil de leer, pero se aferró a la invitación como a un clavo ardiendo.

—¿Ha pasado algo con Yoochun? ¿Os habéis… peleado?

Intentó sonar casual, pero aun así fue bastante más brusco de lo que pretendía, y Jaejoong no pudo evitar fruncir el entrecejo, frustrado consigo mismo. ¿Por qué no podía ser tan buen actor como Yoochun, que siempre lograba lo que quería de todo el mundo sin ningún esfuerzo?

Yunho lo miró con sorpresa, y no parecía en absoluto fingida.

—Por supuesto que no. Yoochun es… —hizo una pausa, como si no supiese bien cómo continuar la frase, y tras aclararse la garganta decidió no concluirla—. No tengo motivos para enfadarme con él.

—Yo creo que sí —replicó, incapaz de detenerse aun cuando era consciente de que debería—. No encaja en tu perfecta vida.

—¿Qué quieres decir?

—Creo que lo sabes bastante bien. Puedes hacerte el tonto con Yoochun, pero conmigo no. Y no quiero que le hagas daño.

No respondió. Yunho se quedó ahí quieto, mirándolo de forma intensa y con una leve expresión de desconcierto, como si no tuviese ni idea de qué estaba hablando. Pero el silencio le delataba, así como el puño en que había cerrado su mano derecha, del cual Jaejoong estaba convencido de que ni siquiera era consciente. Y cuando apartó la vista durante un instante para volver a observar a Yoochun, su gesto se suavizó de tal modo que ni siquiera necesitaba poner en palabras lo que estaba sintiendo.

Jaejoong nunca iba a saber si estaba a punto de admitirlo o no. Porque justo entonces volvió a abrirse la puerta de la habitación y un acalorado Junsu entró como una tromba para romper el momento.

—¿Qué tal está? —preguntó, acercándose a un desconcertado Jaejoong.

Estaba tan pálido como Changmin, incluso un poco más, y tan delgado que parecía extremadamente frágil, como si fuese a romperse en cualquier momento. Las ojeras llegaban casi a la mitad de sus pómulos y el pelo desordenado denotaba la urgencia con que había salido de casa.

Estaba aterrado. Intrínsecamente asustado, más allá de la preocupación obvia por la salud de un amigo.

Jaejoong entendió solo con mirarlo por qué Changmin había preferido dejarlo dormir. Lo necesitaba. Desesperadamente.

—Estable —respondió—. Despertará en cualquier momento.

Junsu asintió, pero su expresión no se suavizó ni un ápice al mirar a su amigo tendido en la cama. Parecía culpable, como si algo lo estuviese superando por completo. Y cuando apartó la vista, para echar una mirada a su alrededor, pareció apagarse incluso un poco más, como si las fuerzas lo abandonasen.

—Pensé que Changmin estaría aquí.

—Se fue hace un rato. Puede que os halláis cruzado por el camino. Deberías llamarle para que no se asuste al no verte en casa.

—Lo he hecho —replicó, con todo el peso del mundo sobre sus cansados hombros—, incluso antes de salir de casa, pero no me responde.

Jaejoong frunció el entrecejo ante esa respuesta. Podía haber mil razones para que alguien no contestase al teléfono a esas horas de la noche. Era muy tarde y podía tener el móvil en silencio sin darse cuenta de que intentaban localizarlo, o podía estar conduciendo y no tener un manos libres disponible, o simplemente podría haberse quedado sin batería sin darse cuenta…

Pero era Changmin. No existía persona más organizada y previsora sobre la faz de la tierra.

Jaejoong sacó su propio teléfono del bolsillo de forma automática y marcó el número de Changmin antes de procesar siquiera lo que estaba haciendo.

No hubo respuesta.

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Seúl, 05 de Octubre de 2013
03:52 AM

 

Su respiración era pausada, tranquila, en contraposición con lo que el aire causaba en sus pulmones con cada inhalación. Oprimía, llenándolo demasiado sin traer la calma suficiente, sin templar ni un ápice la crispación de sus nervios. Su corazón aún latía con demasiada fuerza justo en el centro de su pecho, réplica de lo que sintió al leer la nota apresurada de Changmin, la preocupación serpenteando por sus venas con la fuerza arrolladora de un vendaval, y el cansancio por su lucha interna mellando cada músculo, cada hueso, haciéndole sentir mucho más viejo de lo que en realidad era.

Junsu apenas podía contemplar cómo Yoochun dormía sobre esa cama de hospital, rodeado de máquinas que pitaban suavemente. No sin sentirse mal, culpable, maldito, pensamientos que corroían su interior como termitas la madera. Era consciente de lo absurdo de ese sentimiento, porque él no tenía nada que ver con lo que le estaba pasando a su amigo, cuyo desmayo se debía probablemente a una bajada de tensión o algo similar, si hacían caso a los médicos…

Pero la marca de su cuello, a medio curar, atraía su atención como si fuese un farolillo rojo en medio de la noche, y Junsu casi podía sentir el dolor que le había causado sobre su propia piel, el sabor dulce y acerado de la sangre cubriendo su lengua, bajando por su garganta como un elixir milagroso. No había sido él mismo cuando lo mordió, cuando casi termina con su vida como si fuese insignificante, desechable. Se había sentido ajeno, desapegado, un observador incapaz de tomar las riendas de su propio cuerpo, el deseo y un instinto salvaje e irracional llenándolo todo.

Pero sí había sido él. Podía recordar cada segundo como si se hubiesen alargado durante horas. Recordaba el calor, la humedad, los huesos quebradizos bajo la fuerza de sus manos, la sangre trayendo un alivio que estaba mucho más allá de cualquier cosa que hubiese sentido alguna vez, llenando, saciando…

Una parte de sí mismo quería repetir, y no necesariamente con Yoochun. Una parte que había logrado mantener a raya los últimos días, que se había replegado a las sombras como si fuese un vago recuerdo, una ilusión de la mente ociosa. Pero Junsu sabía que esa pieza imperfecta de sí mismo estaba al acecho, alimentándose de sus miedos, riéndose de la cobardía en que se refugiaba, huyendo de todo y de todos.

Desde esa noche en el apartamento de Yoochun no había vuelto a perder el control, ni siquiera al llegar la medianoche. Junsu había tomado las precauciones habituales, encerrándose durante esos agónicos minutos donde dejaba de ser humano para convertirse en una criatura salvaje, peligrosa y completamente irracional. Pero los extraños episodios habían cesado. Por el contrario, cada noche se sentía más fuerte y seguro de sí, capaz de vencer sus demonios y seguir con su vida, como si nada hubiese cambiado.

Pero la sensación siempre se desvanecía en cuanto abandonaba su encierro y buscada soledad, y veía a Changmin, esperándolo, con una sonrisa lista para él y las marcas de preocupación oscureciendo sus ojos.

Junsu sabía que no quería agobiarlo, que le dejaba su espacio para que se encontrara a sí mismo, pero también sabía que tenía preguntas que le estaba torturando por dentro y que se guardaba para no quebrar la poca tranquilidad que lograba reunir. A veces, por las noches, se aferraba a él con tanta fuerza mientras dormía que Junsu se despertaba, pero ni una sola vez había hecho ademán de alejarse de esa repentina prisión que lo envolvía. Porque cuando lograba ver su rostro en esos instantes, aun a pesar de la penumbra, siempre había tanta desesperación en él, tan cruda y descarnada, que sólo podía devolverle el abrazo para intentar disipar las pesadillas que lo acosaban.

Pensar en que la siguiente víctima de ese monstruo que él era fuese Changmin, y que el siguiente ataque fuese mortal, era más de lo que podía soportar. Y por lo mismo sabía que debía alejarse, que era lo sensato, la opción segura en medio de todo ese caos en que se había convertido su perfecta vida.

Pero no iba a hacerlo. No era lo suficientemente fuerte para ello. Escapar de Changmin, hacerle daño conscientemente, el suficiente como para que no lo buscase más… No podía hacer eso. Ni siquiera cuando era lo mejor, cuando suponía una diferencia tan abismal como vida y muerte.

Era egoísta y era más débil de lo que nunca hubiese imaginado. Además de un cobarde atribulado por sus propios fantasmas…

Y un potencial asesino si lo que el diario decía, lo que él mismo había sentido en su piel, era cierto.

—¿Vas a contármelo?

La voz de Jaejoong lo sobresaltó, trayéndolo de vuelta de ese oscuro pasaje a donde siempre le llevaban sus pensamientos. Junsu lo miró con sorpresa, sin comprender del todo a qué se refería, y sintió la mano de Jaejoong acariciando la espalda hasta el hombro opuesto, acercándolo al calor de su propio cuerpo.

—Ni siquiera intentes decirme que no pasa nada porque sabes que eso nunca ha funcionado conmigo —añadió con voz cálida, todo el cariño que era capaz de destilar Jaejoong enredado en cada sílaba.

Junsu dejó que acariciase su brazo, atrayéndolo a ese puerto seguro que siempre había sido su amigo, a pesar de sus locuras y su entusiasmo desbordante. Porque Jaejoong podía ser la persona más irracional del planeta, obtuso, impulsivo y un tanto inconsciente, pero sabía escuchar mejor que nadie, sin prejuicios y sin tomarse a broma lo que era importante para aquellos que quería, aunque acabasen siendo tonterías. Y si no tenía soluciones para los problemas, tenía abrazos que templaban el alma, caricias que reconfortaban como el mejor de los tónicos, y besos impulsivos que alcanzaban cualquier tramo de piel que tuviese a mano y que hacían disminuir las preocupaciones en segundos.

Si le contaba la verdad no iba a reírse, ni a tomarlo por un loco, no como Yoochun. Pero contarlo otra vez lo volvería aún más real, más inevitable. Y la forma en que había terminado su primera confesión no era algo que quisiera repetir con Jaejoong, aunque una pequeña parte de él gritara que sí.

Suspiró y miró hacia la cama, donde Yoochun seguía durmiendo, y se dio cuenta de que Yunho ya no estaba en la habitación.

—¿Y Jung? —preguntó, ganando algo de tiempo para ordenar sus pensamientos.

—Salió hace un rato. Dijo que iba a tomar café, pero creo que quería huir de mis miradas fulminantes.

Junsu no pudo evitar reír por el enojo presente en la voz de su hyung. Y se dio cuenta de lo mucho que hacía que no se relajaba lo suficiente como para dejar salir ese sonido que era tan natural en él como respirar. Sintió la presión de sus pulmones hacerse más ligera, y sus músculos crispados sacudirse y relajarse un poco. Y volvió a suspirar, apoyándose más en Jaejoong, agradecido por ese pequeño momento de normalidad dentro del caos.

—¿Yoochun? —preguntó, adivinando los derroteros de la mente de Jaejoong.

—Por supuesto. No quiero que le haga daño. Y eventualmente lo hará.

—Puede que no. Yunho es una buena persona, y es bastante obvio que le importa Yoochun. Y me parece que es recíproco.

—Sí, y ese es el problema. Yoochun no va a encajar en su vida de perfecto político modélico.

Junsu volvió a sonreír, apartándose un poco de Jaejoong para poder mirarlo a los ojos.

—A veces las relaciones no convencionales funcionan, ¿sabes? Incluso entre personas con cargos públicos —replicó, haciendo alusión a su propia relación con Changmin, excepción clara a la regla que Jaejoong estaba intentando aplicar a Yunho, y por asociación a Yoochun.

Su amigo frunció el ceño, con su expresión patentada de “eso ha sido un golpe bajo”, y Junsu amplió su sonrisa.

—Eso es distinto.

—¿Por qué?

—Changmin y tu sois… Vosotros no… Ya sabes, lo que hay entre vosotros es… —frunció aún más el ceño, inclinando la cabeza con obvia frustración—. Es distinto —concluyó, como si fuese una verdad universal.

Debería haberse reído otra vez, burlarse más de Jaejoong en ese momento plácido y distendido que había robado, pero no fue capaz. Porque pensar en Changmin trajo de nuevo la preocupación a su mente y el anhelo de verlo, y en un movimiento inconsciente volvió a activar el móvil que aún tenía entre las manos para ver si tenía algún mensaje del que no se hubiese enterado.

No había nada.

A esas horas tendría que haber llegado a casa. Hacía mucho. Y ante su ausencia en el dormitorio donde lo había dejado habría llamado, o enviado un mensaje como mínimo. Quizás incluso se habría presentado de nuevo en el hospital para asegurarse de que todo estaba bien y habrían vuelto juntos a casa.

Pero no había nada. Y eso solo podía significar que Changmin no había llegado al apartamento que compartían.

Los ojos de Jaejoong volvían a ser serios y profundos cuando alcanzó su mirada. Y Junsu de repente se sintió insignificante y pequeño ante ella.

—Aun me debes una respuesta, no creas que lo he olvidado —dijo, casi susurrando, la calidez todavía presente en el tono de voz que reservaba para las personas importantes para él.

Incapaz de hacer nada más, Junsu asintió, volviendo a bajar la mirada al móvil. Y la tensión del nudo de preocupación sobre su ombligo se hizo más fuerte, haciéndole tomar una resolución.

—Lo haré, te lo prometo. Pero no ahora. Me voy —dijo, volviendo a mirar hacia él para que viese la determinación en sus propios ojos—. Mantenme informado de la evolución de Yoochun.

Jaejoong asintió, poniéndose de pie para darle un breve abrazo de despedida.

—Lo estaré esperando.

—~oOo~—



Las luces estaban apagadas, el frío de la noche colándose a través de la ventana del salón, que solían dejar abierta mientras las noches aún olían a verano. Los dos pares de zapatillas alineados en el recibidor, esperando por sus dueños.

Changmin no había llegado.

Junsu tragó saliva y volvió a coger su móvil, aun sabiendo que era inútil llamarlo, igual que lo fue las treinta veces anteriores. Pero aun así lo intentó como si fuese la primera vez y fuese a obtener una respuesta distinta.

La voz femenina anunciando el apagado o fuera de cobertura nunca se le antojó tan cruel.

Sin molestarse en quitarse los zapatos se adentró en el salón y abrió el aparador donde Changmin guardaba los licores europeos que le gustaba tomar y cogió la primera botella, sin reparar en el tipo de alcohol que era, dándole un largo trago que quemó su garganta y le hizo toser.

Junsu no bebía, nunca. El sabor del alcohol, en cualquiera de sus formas, era demasiado metálico contra su lengua, artificial, y siempre le sentaba peor que un puñetazo en el estómago. Pero esa noche necesitaba aferrarse a algo para alejar la sensación que oprimía su pecho y le impedía respirar de forma apropiada, las serpientes enredando con su venenosa impotencia cada uno de los músculos de su cuerpo.

Así que se dejó caer en el sofá y bebió. Y siguió bebiendo hasta que la botella quedó vacía entre sus manos temblorosas, los primeros rayos de sol colándose a través de la ventana, todavía abierta.

Y no hubo llamada, mensaje, o rastro alguno de Changmin.

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Seúl, 05 de Octubre de 2013
07:23 AM

 

Tenía sed.

Mucha, muchísima sed, como si llevase cuarenta días atravesando un caluroso desierto y no hubiese ni rastro de agua en el horizonte. Sentía la garganta árida, e irritada, como si hubiese tragado montones de arena, sus músculos rígidos y tirantes y su estómago tan vacío que era extraño que no estuviese rugiendo en protesta.

Yoochun tomó una bocanada de aire, abriendo sus pulmones al oxígeno en busca de cierta calma, y parpadeó rápidamente ante el juego de sombras y luces tenues que se movía sobre él. Estaba acostado sobre algo suave y blando y el olor a antiséptico impregnaba el aire, demasiado pesado para su gusto. Un pitido bajo e intermitente taladraba sus oídos desde algún lugar a su izquierda, y el zumbido apagado constante de un humidificador se superponía a él, componiendo una imagen bastante precisa del lugar donde estaba.

Suspiró e intentó moverse, pero sus extremidades parecían pesar toneladas y un dolor sordo envolvía cada fibra de su cuerpo como cuando uno pasa demasiado tiempo en la misma posición. Apretó los párpados y trató de incorporarse un poco sobre la almohada, pero antes de que lo consiguiera un par de manos estaban sobre él, y la mirada preocupada y algo ansiosa de uno de sus mejores amigos se materializó ante sus ojos.

—¡Yoochun!

Parecía al mismo tiempo aliviado y nervioso en esa mezcla de contrastes que era Jaejoong. Ni siquiera le dio tiempo a responder. Girando su rostro ordenó a alguien a su espalda que avisase a las enfermeras, y sin detenerse un instante volvió a él instándolo a que mantuviese una calma que Yoochun estaba a muchas millas de perder.

Aun así, lo dejó continuar, sin interrumpir su monólogo de frases tranquilizadoras pronunciadas en frenética sucesión. Siempre era mejor de esa forma con Jaejoong, para todos, porque significaba que él tenía algo que hacer y daba a los demás tiempo para centrarse en otras cuestiones.

Yoochun dedicó esos minutos a tratar de recordar lo que había pasado, cuál era la razón para que hubiese despertado en una cama de hospital con la sensación de llevar milenios enterrado bajo sus sábanas.

Había quedado con Yunho, eso lo tenía claro. Había supuesto un esfuerzo físico, porque llevaba toda la semana levantándose con la sensación de no haber descansado, sin energía ni fuerza para nada, pero la idea de pasar tiempo con Yunho era más fuerte que su probable anemia. Yoochun estaba acostumbrado a lidiar con ella porque sin importar lo que hiciese al final siempre volvía, más tarde o más temprano. No quedar con Yunho, sin embargo, era una oportunidad perdida que no iba a recuperar y no estaba dispuesto a ello.

Yunho tenía una reunión, pero había accedido a tomar algo después, y Yoochun lo había estado esperando en uno de los reservados, cotilleando sus redes sociales mientras daba algunos tragos a su cerveza. El último recuerdo que tenía era la pantalla de su teléfono móvil girando desenfocada ante sus ojos, y una sensación desagradable en la boca del estómago, como si hubiese dado un mal paso y estuviese cayendo al vacío.

Su siguiente imagen era la luz tenue de la habitación en la que estaba, tras abrir los ojos hacía un momento. Obviamente se había desmayado, y no había que ser un genio para imaginar a Yunho descubriéndolo en ese estado y organizando su traslado al hospital.

Se mordió el labio inferior, levemente mortificado, y cerró los ojos, provocando que Jaejoong interrumpiera abruptamente su discurso, como si se hubiese dado cuenta de su falta de atención. Pero antes de que pudiera reprochárselo la puerta de la habitación volvió a abrirse y un instante después una mujer joven desplazó a Jaejoong para ocupar su lugar, monitoreando las máquinas que seguramente había a su alrededor.

—Señor Park, ¿cómo se encuentra?

Trató de responder inmediatamente, pero sus cuerdas vocales no le respondieron hasta después de un par de intentos.

—Cansado. Entumecido. Pero en general bien.

Su voz sonaba roca y oscura, y obviamente no conmovió ni un ápice a la severa mujer.

—Eso es bueno. Avisaré al doctor para que se pase lo antes posible —replicó, sin ni siquiera una sonrisa cansada—. Descanse mientras tanto.

Igual que vino se fue y Yoochun no pudo evitar fruncir levemente el entrecejo. Generalmente una sonrisa y un par de palabras le bastaban para conseguir, como poco, la atención de la mayoría de las personas, y solía utilizar su encanto para conseguir embaucarlas, pero obviamente no estaba en su mejor momento. Suspiró y volvió a tratar de incorporarse, deteniendo a Jaejoong con una mirada torva cuando hizo amago de volver a detenerlo.

La habitación giró levemente ante sus ojos con el cambio de posición, pero fueron apenas unos segundos, los que tardó en distinguir la figura alta que permanecía a los pies de su cama, con obvia preocupación en su semblante.

Yoochun sonrió, inclinando la cabeza, tratando de transmitir que estaba bien para borrar la seriedad de su rostro, pero una vez más eso no logró el objetivo buscado.

—Gracias, supongo —dijo, dirigiéndose directamente a Yunho con esa voz que no parecía la suya—. Imagino que tu has sido el caballero de noble armadura que me ha traído a salvo hasta aquí.

Jaejoong bufó, a su derecha, pero Yoochun no le prestó atención, concentrado en la forma en que la piel de Yunho pareció adquirir un par de tonos, mientras apartaba la mirada con algo que parecía culpa y que no tenía el más mínimo sentido en esa situación. Tampoco respondió, lo cual no era ni remotamente habitual en Yunho, y Yoochun, honestamente, se sentía demasiado cansado como para tratar de descifrar cuál era el problema.

—¿Qué ocurre? —preguntó directamente, frunciendo el entrecejo.

Yunho suspiró y volvió a levantar la vista hacia él, la culpa aún presente en sus ojos.

—Debería disculparme también. La reunión se alargó más de lo previsto y no pude avisarte. No volverá a ocurrir.

Y lo entendió. Porque aunque no hacía demasiado tiempo que lo conocía, había llegado a entender la forma en que trabajaba su mente, cómo hacía suyos problemas que no lo eran en lugar de desecharlos a un lado, y cómo era precisamente eso lo que hacía de él un político de los que nadie creía que existiesen.

Yoochun sonrió y se inclinó hacia adelante de forma inconsciente para estar más cerca de él.

—Sabes que nadie se desmaya de aburrimiento, ¿verdad? —replicó, suavizando ese tono ronco que parecía surgir de su garganta—. Aunque hubieses llegado a tiempo no habría cambiado nada.

Yunho frunció el ceño levemente, atrapado. Y luego suspiró al mismo tiempo que otro bufido de Jaejoong llenaba el aire.

—¿Cómo has llegado a un punto tal de desmayarte de agotamiento? —preguntó el último, sentándose a su lado en la cama para llamar su atención—. ¿Qué está pasando contigo?

Yoochun puso los ojos en blanco, sin disminuir un ápice su sonrisa. Mas antes de que pudiera responder sintió un tirón en su pecho mientras una congoja abrumadora lo invadía en un segundo sin razón aparente. Todo a su alrededor pareció desdibujarse, volverse menos real, apagado, mientras la sensación se hacía más y más abrumadora, trayendo angustia y un miedo tan fuerte que apenas le dejaba respirar, constriñendo todo a su paso.

Dolía. De una forma que no podía explicar, que ni siquiera era física. Y sabía, como si alguien le estuviese susurrando al oído, que no se trataba de él. Ni de las personas que estaban a su lado. Ni siquiera de esa habitación perdida en alguno de los múltiples hospitales de Seúl.

Se trataba de Junsu.

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Seúl, 05 de Octubre de 2013
10:07 AM

 

No recordaba haberse sentido peor en toda su vida.

Changmin siempre había tenido muy claro cuál era su lugar en el mundo. Sus primeros años de vida eran apenas un borrón, como el recuerdo de un sueño feliz que se va diluyendo con los días. La de verdad había comenzado con la muerte de sus padres, cuando Lee Sooman entró en ella para guiar sus pasos y darle un objetivo, una razón para seguir adelante y superarse día a día.

Si cerraba los ojos, aun podía recordar la voz seria de su mentor explicándole el accidente que se había llevado a sus padres, en teoría culpa de un borracho al volante que la policía metropolitana no había podido detectar a tiempo. Changmin podía enumerar todas las razones que había desplegado ante sus ojos para despertar en él un sentido de la justicia que nunca iba a abandonarlo, ni en sus peores momentos de adolescencia, antes de saber la verdad, cuando el entrenamiento se había vuelto el doble de duro y ocupaba la mayor parte de sus horas libres.

El Changmin de seis años había tomado sin vacilar la resolución de hacerse agente de la ley para poder perseguir y capturar a todas aquellas personas que eran malas, que no medían las consecuencias de sus actos o, aun haciéndolo, seguían llevando a cabo sus planes perversos. Su versión adolescente, al descubrir el gran secreto alrededor del que había estado danzando toda su vida, había redoblado sus ganas de impartir justicia, con el aliciente añadido de que no iba a tener esperar años para empezar a hacerlo.

Convertirse en el cazador más joven de la historia del clan había sido un paso natural para él. Porque igual que era el mejor en los estudios, sacando siempre notas muy por encima de la media, también lo era en el entrenamiento físico. Changmin no concebía hacer algo sin poner todo de sí, y eso ni siquiera solía ser suficiente para alcanzar sus expectativas, infinitamente más altas que las que le marcaban los demás.

En seguida quedó claro que había nacido para destruir vampiros.

Changmin nunca había sido herido, ni una sola vez. Era joven, era fuerte y era rápido, y jamás vacilaba antes de clavar una estaca de madera en el pecho de esos seres de pesadilla. Cada muerte era mejor que la anterior, más satisfactoria, porque significaba que había menos vampiros poblando las calles de su Seúl natal, o de la ciudad donde estuviesen haciendo una batida.

Menos muertes brutales y familias destrozadas por culpa de esas criaturas.

No se sentía bien en ese momento, caminando bajo la luz cenicienta del amanecer, con una herida lacerante en el hombro y otra que sentía latir en su sien con la fuerza de mil tambores. No tras haber representado la peor parodia de sí mismo, dejando en evidencia lo que se había empeñado en no ver, a pesar de que todas las señales estaban ahí. Se sentía confundido, receloso, abrumado y demasiado viejo, como si hubiesen pasado cincuenta años sin que se diese cuenta y hubiesen descendido sobre él de golpe.

Estaba perdido.

Lo que antes había sido fácil, separado por una gruesa línea de varios kilómetros de ancho, ahora era un caos. Ya no distinguía el blanco del negro, solo veía un gris brumoso que lo envolvía todo, sacudiendo sus convicciones más profundas. Y no podía ver el camino a seguir como siempre se había presentado ante él, lleno de luz, definido y seguro.

Una parte de sí, la más grande, quería volver atrás, a ese Changmin con un objetivo y determinación inquebrantable para conseguirlo. El que entrenaba hasta el agotamiento y aun sacaba fuerzas para estudiar después porque nada valía la pena si no conseguía ser el mejor. Pero otra, una pequeña y asustada que se agazapaba en su interior, rodeada de niebla y oscuridad, no concebía su vida sin todo lo que había ganado desde que entró a la facultad para conocer al hombre que pondría fin a la peor amenaza de los humanos.

Junsu nunca fue como esperaba que fuese. Cuando Changmin fue partícipe del plan que Sooman había desarrollado desde su niñez, se había imaginado a alguien oscuro, astuto y reservado, de los que preferían la soledad y los lugares cerrados a cal y canto, un amargado y resentido con los que le rodeaban por creerse superior a ellos.

Se llevó una sorpresa cuando comenzó a estudiarlo de lejos, preparando el momento del encuentro, y se dio cuenta que parecía todo lo contrario, alguien alegre y social, que adoraba la luz del sol y disfrutaba al aire libre, ya fuera jugando al fútbol con amigos o simplemente tumbándose en el césped a trastear con su teléfono móvil. Y aun así, había estado convencido de que era simple fachada, que en su intimidad, cuando nadie lo veía, urdiría planes oscuros o torturaría insectos por las noches, porque alguien marcado con una maldición como la que perseguía a su familia no podía ser de otra manera.

Se equivocó. Junsu era luz, era cálido y transparente, ingenioso y divertido. Su risa era contagiosa y atraía con la fuerza de un imán a todos los que estuviesen a su alrededor, y cuando se enfadaba era directo y claro, sin dobleces o silencios en los que esconder lo que pensaba en realidad. Tenía fuertes valores morales y una inteligencia desbordante, que rivalizaba con la propia y hacía que Changmin se olvidase del mundo al conversar con él, que las horas se escapasen de entre sus dedos sin que se diese cuenta.

No había un ápice de maldad en Junsu, era demasiado práctico como para guardar rencor a las personas que le hacían daño, y la amabilidad con que trataba a todo el mundo no era fingida. Y con el tiempo Changmin se convenció de que era imposible que el hombre que dormía a su lado fuese a convertirse alguna vez en uno de los monstruos a los que perseguía en las noches en que el clan lo reclamaba. Conocía el modo en que se transformaban los vampiros, había sido testigo más de una vez, y no se parecía en nada a lo que unas crónicas antiguas describían para la familia Kim. O eso o estaban siguiendo a la familia equivocada.

Nunca comentó sus dudas en voz alta con Sooman porque sabía que no iba a escucharle. Tenía peones estratégicamente colocados y no iba a mover a Changmin del lado de Junsu hasta que llegase la fecha límite y no ocurriera nada. Y por muchas ganas que Changmin tuviese de terminar con esa maldición milenaria y destruir a la vez a todos los vampiros del planeta, quedarse al lado de Junsu unos años mientras su mentor se daba cuenta no parecía una condena.

Solo ahora se daba cuenta de que lo había sido. Se había condenado. Porque independientemente del resultado, ganar o perder una guerra milenaria, Changmin no iba a volver a ser el mismo.

Junsu alejándose de él, perdiendo su luz en medio de un horror que no comprendía, era una imagen que rompía algo en su interior que ni siquiera sabía que estaba ahí. Porque despertaba una conciencia que había adormilado a lo largo de los años, la que le decía que se acercaba el final y que el Junsu que conoció iba a dejar de existir, de una forma u otra.

Changmin había tratado de recordarse eso una y otra vez en los últimos días, mientras se preparaba mentalmente para el momento en que su mano clavase una estaca en el corazón del vampiro, uno más, el último. Podía hacerlo, lo sabía. Estaba entrenado para ello y en esa criatura ya no existiría el Junsu de risa cálida y mirada brillante, capaz de derretir el hielo más puro. Al contrario. Ese monstruo sería el culpable de que desapareciese para siempre y Changmin iba a querer aniquilarlo con sus propias manos.

No estaba preparado para que esa no fuera la única pérdida, y Changmin era plenamente consciente de que iba a ser una pérdida irreparable. Porque Junsu no tenía la culpa pero estaba marcado, cabía esperar ese final aunque Changmin se hubiese negado a verlo durante mucho tiempo.

¿Pero Yoochun?

No.

No estaba preparado. No para ver un mordisco imposible en su cuello, una marca que podría reconocer con los ojos cerrados por las veces que había contemplado lo mismo a lo largo de su etapa como cazador. Algo que solo podía haber hecho Junsu, porque era la única razón para que Yoochun hubiese callado sobre el ataque, y porque estaba curando y no olvidado en alguna morgue.

No se suponía que Junsu pudiese hacer eso sin completar la transformación. Las crónicas eran claras al respecto, el vampiro solo atacaba la noche en que cumplía los veintiocho años, y su primera víctima se convertía en compañero y talón de Aquiles para el monstruo. Un compañero que invalidaba la maldición con la primera sangre derramada, perpetuándola hasta su siguiente descendiente mil años después. A partir de ese momento, aunque el ser maldito muriese, no terminaría con la maldición, por eso era tan importante interceptarlo antes de que encontrara a su primera víctima.

Changmin había leído las crónicas tantas veces que se las sabía de memoria. Y en ninguna explicaba cómo lidiar con una situación semejante. Porque si Junsu todavía no era un vampiro no podía atacar como uno y dejar esas marcas distintivas en el cuello de nadie. Pero lo había hecho. Y Changmin no tenía ni idea de lo que podía significar para Junsu, para el clan, o para el mundo.

Por eso había huido al único lugar donde siempre encontraba respuestas, donde las cosas se volvían siempre mucho más claras y fáciles, sin grises que enturbiasen cada uno de sus pensamientos: la casa de su mentor.

Sooman lo había recibido con sorpresa y cierta censura, porque separarse de Junsu en un periodo tan delicado no era una opción para él. Pero las noticias habían llenado sus ojos de interés y había terminado agradeciendo la información, reiterando que Changmin había hecho lo correcto al acudir a él.

Y luego había tratado de tranquilizarlo con un “No te preocupes, esto no cambia nada. Park Yoochun no será un problema, alguien se encargará de él. Tu céntrate en Kim Junsu”.

Changmin no había temido que se convirtiese en un problema. Era una víctima. Las víctimas debían ser salvadas y protegidas. Su preocupación había girado en torno a como ayudar a Yoochun, porque independientemente de que Changmin supiese que no iba a seguir teniéndolos en su vida, no tras acabar con Junsu, no podía imaginar un mundo donde él y Jaejoong dejasen de existir también. Changmin sabía que su culpa iba a ser abrumadora, además de tener que lidiar con un dolor que no quería tan siquiera imaginar, y no iba a poder mirar a los ojos a los mejores amigos de Junsu como si él no fuese el causante directo de todo el horror que iba a aplastarlos.

¿Que no pudiese salvarlos tampoco? ¿Que desapareciesen como si fuese nada? ¿Que no quedase nadie vivo que hubiese llegado a conocer al Junsu de verdad, el que se entregaba con todo lo que era sin pensar en sí mismo?

No podía soportarlo.

Por eso había salido de caza, aunque sabía que no le tocaba, y que no debería hacerlo en ese estado. Luchar siempre le había ayudado a centrarse, a volver a sentirse él mismo, al fin y al cabo era lo único que importaba, porque al terminar el día él era un cazador y siempre iba a serlo. El mejor.

Debería haber recordado que hasta las torres más altas se caen tras un temblor capaz de mover sus cimientos. Porque Changmin nunca había sido tan lento, ni tan torpe enfrentándose a esas horribles criaturas.

Eran dos, un hombre y una mujer, pero en el pasado se había enfrentado a más él solo sin que estuviesen siquiera cerca de rozar su piel. Esa noche, sin embargo, se había dejado acorralar en una trampa para principiantes, ganándose golpes con brazos de mármol y heridas de garras que probablemente dejarían cicatrices en él, y no solo en su carne.

Y jamás se había sentido tan miserable atravesando sus corazones con una estaca.

Era un error imperdonable, que podría haber terminado con todos los planes de Sooman en solo un segundo. Porque si él caía, sus posibilidades de terminar con la maldición en esta generación se reducían sustancialmente. Y todo por una imprudencia que no era propia del Changmin calmado y reflexivo que siempre pensaba dos veces antes de dar un paso.

Cuando Sooman se enterase no iba a estar contento. No había un “si” en ese pensamiento porque de una forma u otra su mentor siempre se enteraba de todo. Y que el mejor de sus cazadores, el que nunca había sido alcanzado, cayese de esa forma en un lugar en el que no tenía por qué estar iba a enfurecerlo. Con razón.

Changmin no temía su ira, temía las represalias. Porque si Sooman decidía que no podía confiar en él, no por completo, pondría planes alternativos en marcha de los que no iba a informarle. Planes que harían vulnerables a todos aquellos que estuviesen a su alrededor.

Era demasiado.

Agotado, herido y roto, en todos los sentidos posibles, entró por fin en su edificio. Probablemente Junsu ya estaría despierto y habría corrido al hospital para saber de Yoochun, lo que le dejaba el apartamento para él solo. Y lo agradecía. Necesitaba esa soledad para recomponerse, curar sus heridas y deshacerse de la ropa destrozada que aun llevaba puesta. Para encontrar la forma de sonreír a Junsu como si nada cuando volviese a estar frente a él, cuando envolviese su frágil cuerpo entre los brazos ofreciéndole una seguridad que Changmin estaba lejos de sentir.

Abrió despacio y recorrió el pasillo hasta la habitación para asegurarse de que estaba solo. Efectivamente la cama estaba revuelta y desecha, pero vacía, las cortinas todavía corridas como si el ocupante de ese cuarto hubiese salido con prisa. Si su teléfono no hubiese terminado destrozado en el enfrentamiento con los vampiros, Changmin aprovecharía para enviarle un mensaje preguntando por el estado de Yoochun, pero ni siquiera tenía esa posibilidad, y en cierto modo lo agradecía. Porque estaba seguro de que al no verlo en el hospital Junsu se habría preocupado, y su respuesta al mensaje iba a ser una llamada que Changmin no se sentía con fuerzas de responder.

Entró al cuarto de baño y se quitó la ropa destrozada antes de meterse bajo la ducha. Escocía, y los chorros de agua helada sobre su rostro eran como volver a sentir los puñetazos de esas criaturas, dolorosos y humillantes, las imágenes todavía pasando ante sus ojos como una mala película.

Aparte de la herida en el brazo tenía varios cortes en el abdomen y la espalda, y un hematoma en su rodilla derecha que había duplicado su tamaño, convirtiéndola en una mancha oscura y sanguinolenta. Y todos dolían como el infierno, pero Changmin los ignoró mientras se enjabonaba con presteza, eliminando toda la suciedad que pudiese haberse colado en sus heridas.

Solo cuando salió de la ducha se dio cuenta de que no estaba solo. Changmin no había oído el más mínimo ruido, ni se le había ocurrido revisar el piso de abajo en busca de Junsu, porque el silencio había sido bastante delator.

Pero ahí estaba, parado en el quicio de la puerta, sosteniéndose del marco, más pálido y demacrado de lo que le había visto en toda su vida. Y Changmin se quedó completamente congelado, con la mano extendida hacia el toallero, cuando su mirada alcanzó a la de su amante.

Sus ojos eran rojos.

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Seúl, 05 de Octubre de 2013
10:10 AM

 

Sangre.

Caliente, fresca, tentadora…

Cantando para él.

Junsu abrió los ojos, clavándolos en el techo, mientras cada fibra de su cuerpo adormilado volvía a la vida con intensidad abrumadora. Aun tenía la botella de licor entre los dedos, ahora vacía, y sentía la boca seca y pastosa por el alcohol ingerido, llena de ese sabor demasiado dulce y desagradable que dejaba a su paso. Pero no se sentía ebrio en absoluto. Al contrario. Se sentía despierto y vivo, sus sentidos afinados cual cuerdas de una guitarra nueva, cada poro de su piel captando algo distinto en el aire como si fuese posible leer en el espacio.

Antes siguiera de pensar en ello ya estaba en pie, caminando sin pizca de vacilación hacia las escaleras que llevaban al piso de arriba, el olor atrayente de la sangre fresca llenándolo todo, envolviendo y penetrando en sus pulmones con mucha más fuerza que el oxígeno, consumiéndolo a cada paso…

Jamás había estado tan sediento. Ardía y atrapaba el aire, ahogándolo, sus cuerdas vocales tan comprimidas que ni siquiera podía recordar cómo se usaban, su estómago clamando por sustento como si llevase siglos sin alimentarse, sin comer ni beber en el ayuno más largo jamás contemplado…

En un parpadeo estaba arriba. Las luces estaban apagadas, manteniendo una oscuridad que se disipaba a marchas forzadas en el exterior, pero ni siquiera pensó en encenderlas. No lo necesitaba. Sus ojos ni siquiera tuvieron adaptarse cuando se coló en la habitación, lo veía todo como si las cortinas estuviesen abiertas, nítido y despejado. Y sus oídos captaban a la perfección el tráfico, siete pisos más abajo, las personas que reían o charlaban en cada apartamento del edificio, el aleteo de los dos mosquitos que se habían colado en la cocina y revoloteaban por encima del frutero, el sonido del agua cayendo contra una piel caliente y lastimada…

Los latidos de un corazón fuerte y joven que bombeaba sangre, que casi podía saborear en su lengua, que lo llamaba como el canto de una sirena a un marinero desafortunado, apagando todo lo demás, anulando cualquier otro instinto que no fuese llegar hasta esa fuente de alimento y saciarse.

El agua se detuvo en el mismo instante en que abrió la puerta del baño. La luz, demasiado brillante, no fue suficiente para cegarlo, para ocultar la belleza de ese cuerpo desnudo que conocía mejor que el propio, que lo atraía como el imán al metal. La sangre manando suavemente de su hombro destrozado, dando color a esa piel, representando el mejor de los banquetes…

Una inspiración, un gruñido, y estaba sobre él, su boca a centímetros de hundirse en esa herida abierta que lo llamaba, que lo tentaba y seducía…

Y un instante después era su cuerpo el que golpeaba contra el suelo al ritmo del cristal de la botella vacía de licor haciéndose añicos, tras un movimiento fugaz y certero de Changmin, quien lo inmovilizó con una rodilla sobre el pecho y la mano derecha impidiendo el paso del oxígeno en su cuello.

Junsu intentó tragar, sin lograrlo, mientras sus ojos contemplaban la sangre deslizarse por el brazo que lo acorralaba contra el suelo, todo su ser clamando por ese elixir de vida que tenía tan, tan cerca y que no podía alcanzar. Volvió a gruñir e intentó revolverse para eliminar la presión, pero esta se hizo más fuerte, incluso dolorosa, la falta de aire haciendo que sus pulmones ardiesen más.

—Junsu… no.

Fue un susurro apenas, constreñido y casi lastimero, pero resonó en sus oídos como el tañido de mil campanas. Junsu apartó la vista de la sangre, casi a regañadientes, para clavarla en el rostro de Changmin. También estaba lastimado, su sien algo enrojecida y tenía un pequeño corte sobre la ceja que ya no sangraba, pero no fue eso lo que capturó su atención, haciendo que detuviese cualquier movimiento.

Fueron sus ojos, oscuros, tristes y casi desolados, llenos de una clase de miedo que jamás había visto en Changmin. La firmeza de su sujeción no vacilaba ni un ápice, y sin embargo su respiración era trabajosa, el aire colándose entre sus dientes apretados, las ojeras marcando en su rostro la noche en blanco que lo había mantenido lejos de él.

Incapaz de hablar, de respirar siquiera, Junsu apartó la mano del brazo de Changmin para subirla hasta su rostro, en un movimiento deliberadamente lento, y apoyó los dedos sobre la piel de su lado sano, el pulgar resiguiendo la zona oscura bajo sus ojos. Casi podía sentir cada poro bajo las yemas de sus dedos, el calor y la vida escapando de él, el vello invisible erizándose bajo su toque, su corazón acelerándose como si hubiese presionado un interruptor escondido.

Changmin. Su Changmin.

El latido era ensordecedor, intoxicante. Y despertaba una réplica en su pecho dormido que dolía como mil infiernos. Junsu volvió a intentar tragar, sin conseguirlo, y cerró los ojos con fuerza tratando de paliar la sensación agobiante y posesiva que inundaba sus venas como ponzoña.

Inmediatamente la presión sobre su garganta se redujo, sin desaparecer por completo, mientras la voz preocupada de Changmin sonaba irresistiblemente cerca.

—¿Junsu?

No necesitó más de un segundo para cambiar las tornas. Aprovechando el momento de debilidad, Junsu se movió todo lo rápido que pudo para encaramarse sobre Changmin e inmovilizarlo, ejerciendo la presión sobre sus extremidades en lugar de su garganta, inclinándose para respirar de él, para llenarse de su aroma a jabón, a limpio y a Changmin que siempre había sido uno de sus perfumes favoritos. Ahora era incluso mejor, mil veces más intenso, adhiriéndose a su lengua, a su paladar, disipando los restos de alcohol, de todo lo que no fuese él en toda su esencia.

Quería devorarlo por completo, hacerlo parte de sí. Quería fundirse con él de todas las formas posibles, atrapar su aliento y meterse bajo su piel, beber hasta la última gota de su sangre y ofrecerle la suya, consumirlo en una espiral de llamas que jamás terminarían. Quería despertar cada poro de ese cuerpo caliente, húmedo y desnudo que se pegaba a su ropa, mojándola sin piedad, presionarlo hasta que se rompiera para él…

—Junsu…

Y lo hizo. Hundió la boca en su cuello al mismo tiempo que movía la cadera contra él, con cierta desesperación, ignorando la herida abierta de su hombro, la de su ceja, las que podía oler más abajo, sobre su abdomen, en su rodilla… Gimió ante el contacto, ante el sabor conocido y exquisitamente intenso, pero no perforó su piel con los dientes, no todavía. Junsu acarició con su lengua el cuello interminable de Changmin, desde la base hasta cerca de su oreja, y volvió sobre el reguero húmedo de su piel, sintiendo el pulso de su compañero acelerarse, cualquier intento de soltarse rescindido por completo.

No se detuvo. No quería. Volvió a mover su cadera y subió a lo largo de la barbilla de Changmin, atrapando gotas de agua que pendían olvidadas sobre ella, degustándolo como si fuera maná. Y sin darle tiempo ni tregua se adueñó de sus labios, de su aliento contenido, del sabor trémulo y delicioso del miedo en ellos.

Changmin no le devolvió el beso, ni permitió que lo hiciese más profundo, y Junsu gruñó frustrado, apartando una de las manos que lo retenían para acariciar el labio inferior con el pulgar, intentando persuadirlo.

Fue todo lo que necesitó Changmin para librarse de él. Rodó sobre el suelo, llevándoselo consigo, y en un movimiento propio de cualquier película de artes marciales, giró sobre sí mismo verticalmente, elevando las piernas en el aire, y aterrizó atrapándolo por detrás en una llave, su pecho contra la espalda de Junsu, brazos férreos rodeándolo, atrapándolo, las piernas por encima de sus muslos, inmovilizándolo por completo.

El movimiento le dejó sin respiración, consumiéndola, pero no hizo nada por romper el hechizo que lo anclaba a él, que lo marcaba como suyo.

—Por favor, Junsu, no me hagas esto…

Voz lastimera, estrangulada y rota. Casi un gemido de auxilio, el corazón batiendo contra su espalda como la peor de las tormentas. Miedo y desesperación en estado puro manando de él, envolviéndolo con más fuerza que sus brazos, apagando su deseo y azuzando el dolor lacerante en su pecho con cada latido.

Estaba sufriendo.

Changmin, su Changmin, sufría. Nunca había oído su voz tan rota, tan acabada como en ese momento. Era mucho más que un ruego por su vida, que una petición desesperada de clemencia ante un depredador, mucho más que miedo ante el peligro.

No. No lo temía a él, no cuando había dejado claro desde que puso un pie en ese cuarto de baño que podía combatirlo, de forma casi instintiva, como si fuese tan depredador como él. No cuando suplía su inferioridad de fuerza con destreza, cuando sus brazos, sus piernas, no vacilaban del modo en que lo hacía su voz.

Temía por él.

De algún modo, y no podía entender cómo ni por qué, Changmin tenía la capacidad de acabar con él, de forma definitiva e irreversible. Podía acabar con lo que era, con ese ser que despertaba ante el olor de la sangre, que era instinto sin medida, sin redención…

Pero no quería hacerlo.

Junsu sintió como si todo se apagase de repente, todo el ruido que se mezclaba sin piedad en sus oídos, el olor de la sangre, del jabón, de Changmin, el sabor delicioso de la piel en su lengua, los filamentos abrasadores de una luz demasiado intensa, la extrema sensibilidad de su piel contra Changmin… Y sus pulmones clamaron por aire en una respiración acelerada que no parecía suficiente para calmarlo, para acallar los latidos de un corazón demasiado furioso como para encontrar consuelo.

—Min… —murmuró entre jadeos descontrolados—. Min…

La presión en su pecho se hizo más fuerte, más intensa, y sintió cómo perdía una batalla contra su consciencia que ni siquiera sabía que estaba librando.

Lo último que pasó por su mente, antes de rendirse a la oscuridad fue que ese Changmin desconocido y peligroso que había atrapado saliendo de la ducha, había mostrado mil emociones distintas, fuertemente entremezcladas, avasalladoras…

Pero no sorpresa.

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Seúl, 05 de Octubre de 2013
20:13 PM

 

Se sentía pesado y ebrio, como si hubiese corrido una maratón sin detenerse ni un segundo y al llegar a la meta se hubiese ahogado en alcohol. Sus sentidos estaban aletargados, casi en pausa, y parecía como si un herrero medieval hubiese decidido establecer una forja en su cabeza, golpeando metal ardiente con un martillo impenitente, si los pinchazos y el calor desmedido que sentía querían decir algo.

Apretó los ojos, intentando paliarlo, y sintió cómo su estómago revuelto protestaba ante el leve movimiento, amenazando con una náusea. No parecía una buena idea abrir los ojos, no cuando casi podía sentir el mundo derrumbándose sobre él, pero aún así lo hizo.

Durante un segundo todo dio vueltas, como si hubiese despertado en medio de un huracán capaz de moverlo todo, mientras la náusea se hacía más pronunciada, bilis amarga haciendo arder su garganta. Pero tras un par de parpadeos todo se detuvo lo suficiente como para poder ver algo más. La habitación estaba a oscuras, las cortinas corridas, pero de esa forma en que nunca se está completamente a oscuras cuando hay luz en el exterior. Los contornos de los muebles dibujándose lo justo para que se diera cuenta de que estaba acostado en su cama, con algo suave cubriéndolo hasta la cintura, probablemente una manta, pero había demasiada ropa envolviendo su cuerpo como para poder asegurarlo.

¿Por qué se había acostado vestido?

Frunció el ceño, con desconcierto, y se dio cuenta de que el ángulo desde el que apreciaba el resto de la habitación tampoco era el correcto, no del todo. Por alguna razón que no alcanzaba a recordar, además de con ropa, se había quedado dormido en el lado de Changmin.

Changmin.

Giró la cabeza con brusquedad hacia el otro lado de la cama, provocando que todo diera vueltas otra vez, más arcadas subiendo a su garganta, haciendo presa de él. Su mente saliendo de la bruma para recordar por qué había estado bebiendo, toda la preocupación que había sentido, el miedo y la ira mezclándose como el hielo derretido con su bebida, los minutos burlándose desde el reloj de la pared en su repentina lentitud mientras esperaba su llegada…

Y luego el olor a sangre, sus sentidos amplificados, instinto en estado puro tomando el control, encarcelando a su sentido común, asesinando al miedo, pisoteando cualquier preocupación que no fuese llegar hasta ese hombre que sangraba para él…

Y Changmin deteniendo su ataque con la facilidad de un experto, imponente y superior, miedo y tortura en sus ojos oscuros, firmeza inquebrantable en todo lo demás…

Un Changmin que había parecido roto, pero no sorprendido. Que había convertido en abrazo la llave con que lo inmovilizaba como si fuese un movimiento natural para él. Que había convertido su nombre en aliento trémulo, atravesando la conciencia del asesino hasta llegar a su alma.

Junsu tragó saliva, intentando incorporarse un poco cuando lo vio a su lado, pero no fue capaz. Changmin estaba sentado en la cama, con la espalda apoyada contra el cabecero, y las piernas por encima de las mantas, una extendida y la otra doblada, soportando el peso de su brazo derecho. La luz que se colaba a través de las cortinas justo detrás de él, convirtiéndolo en etéreo, dibujando sombras que impedían por completo que Junsu pudiera atisbar su expresión.

Pero no hacía falta. Porque todo en él gritaba “estoy soportando el peso del mundo y es una batalla que no puedo ganar”.

Durante un segundo se quedaron así, suspendidos en medio del silencio, mirándose sin verse en realidad. Por primera vez desde que lo había conocido, Junsu no encontraba las palabras para enfrentarse a ese hombre con el que lo había compartido todo, que era mucho más que su otra mitad o que cualquier concepto igual de absurdo. Era difícil porque nunca había sido tan obvio como en ese momento, ahí, en la cama que compartían pero en lados opuestos a los que solían ocupar, que había secretos nadando entre ellos. Oscuros, peligrosos. Aterradores…

Y Junsu no sabía si quería que fuesen expuestos a una luz que podría cambiar lo que eran cuando estaban juntos. Porque, de un modo u otro, ninguno de los dos hombres que se habían enfrentado en ese baño era él mismo.

Suspiró, cerrando los ojos, apagando los rescoldos de una resaca que era más emocional que física. Y extendió una mano vacilante hacia Changmin, para apoyarla en su pierna estirada, a la vez temiendo y deseando el contacto.

No rechazó su toque, pero tampoco lo devolvió. Junsu lo escuchó suspirar de esa forma en que lo hacía Changmin siempre que se preparaba para enfrentarse a alguna delegación extranjera poco amigable, lo que hizo que el nudo en su estómago revuelto pesara de repente mucho más.

—Junsu… —comenzó, grave y serio, en un tono de voz que muy pocas veces había usado para dirigirse a él.

No quería oírlo así, no al Changmin que podía ser tan cálido y risueño como un adolescente si estaba relajado y se sentía feliz.

—Lo sabías —interrumpió Junsu, aun sin abrir los ojos, acallando esa voz que parecía hasta impersonal—. Sabías lo que me estaba pasando. Aun antes de verlo con tus propios ojos.

Casi esperaba una negación, una excusa, que intentara hacerle ver que eran imaginaciones suyas, que no había sido del todo el mismo como para poder darse cuenta de lo que en realidad pasaba. Porque en el fondo Junsu no quería creer que no hubiesen hablado de ello antes, que Changmin no hubiese intentado tranquilizar sus temores de esa forma en que apartaba a un lado todo lo que era trivial para centrarse en lo importante…

Pero no lo hizo. Changmin volvió a suspirar, sin molestarse en poner la respuesta evidente en palabras. Y Junsu lo imitó, sintiendo cómo un yunque anidaba en su pecho, ahogando.

—¿Te lo dijo Yoochun? —preguntó, más por llenar el silencio opresivo que por curiosidad. Porque de un modo un otro conocía la respuesta. Yoochun no contaría un secreto que no era suyo, y Changmin nunca iba a tratar de obligarlo a hablar de ello, aunque fuese consciente de que le estaba ocultando algo.

—No.

—¿Encontraste el diario de mi antepasado?

—No.

—Pero sabes lo que pone —afirmó, con voz estrangulada, abriendo los ojos, deseando por un segundo tener los sentidos tan agudizados como cuando se transformaba en ese ser de pesadilla, solo para poder escrutar el rostro de Changmin.

Sus hombros cayeron un poco, apenas, su voz un susurro atronador en el silencio de la habitación cuando respondió:

—Sí.

Fue como un puñetazo, un golpe físico que hizo retumbar cada parte de él. Junsu se apartó, retirando la mano, girándose hacia el otro lado de la cama ante la arcada que esta vez fue incapaz de reprimir, su cabeza una amasijo de imágenes poco nítidas dando vueltas cada vez más rápido. Vomitó sobre la alfombra gran parte del alcohol que había ingerido, sintiéndose casi ajeno, como si nada en ese escenario tuviese sentido.

No lo tenía. Los vampiros no existían. La gente no se despertaba una mañana y se convertía en uno. No iba mordiendo a sus amigos y atacando a su pareja como si fuesen solo ganado y él un lobo hambriento.

No descubría de repente que su pareja tenía secretos. Y que esos secretos giraban en torno a su propia vida.

Se esforzó por recuperar el aire, tragando a bocanadas, sintiendo los ojos húmedos por el esfuerzo. Y volvió a girarse hacia Changmin, que ni siquiera se había movido aun después de ver cómo destrozaba su lado de la cama.

—¿Por qué?

Fue todo lo que logró decir. Quería preguntar por qué lo sabía, por qué se lo había ocultado, por qué podía moverse como un experto en artes marciales cuando siempre se quejaba tanto cuando iban al gimnasio… pero no encontró aliento ni voz suficiente para formularlas todas.

Aun así no hizo falta. Changmin comprendió sin necesidad de nada más. Y respondió, directo y tan sincero como siempre:

—Porque tengo que matarte.

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Seúl, 05 de Octubre de 2013
20:15 PM

Apretó los puños, las uñas dejando marcas en las palmas de sus manos, su pulso creando nudos por todo su sistema, funcionando a bruscos trompicones, demasiado fuerte y muy despacio a la vez. Changmin quería extender la mano y acariciar la espalda de Junsu mientras vomitaba, tranquilizar sus temores aunque fuera mintiéndole, decirle que todo iba a estar bien, que ese encuentro en el baño no cambiaba nada, que seguirían siendo los mismos dos hombres que se entendían entre sonrisas burlescas y se olvidaban del mundo cuando no había nada más que piel entre ellos…

Quería, pero no era capaz de hacerlo. Porque de algún modo mentirle era una traición aún más grande que la que iba a perpetrar cuando clavase una estaca en su corazón y lo silenciase para siempre. Era estúpido aferrarse a un matiz tan difuso, tan minúsculo, sobre todo cuando no iba a suponer diferencia alguna en el destino de ambos, cuando nada de lo que había entre ellos iba a importar en unas semanas…

Pero a él le importaba. Aún le importaba. Porque a pesar de todo lo que había entre ellos, a pesar de la forma en que comenzó y la cuidadosa planificación de cada paso que habían dado hasta ese momento, Changmin nunca había mentido a Junsu, no en lo verdaderamente importante. Había callado, omitiendo una gran parte de su historia, de sus motivaciones, de lo que hacía cuando se reunía con Sooman y los suyos, pero no se había visto en la necesidad de mentir porque Junsu nunca había hecho las preguntas correctas. Y en secreto Changmin lo había agradecido, aferrándose a esa esperanza cada vez más grande y brillante de un futuro junto a Junsu. El Junsu que no podía ser el descendiente del vampiro Kim, porque era demasiado bueno, demasiado luminoso como para estar maldito.

Había sido un estúpido. Aún lo era. Por aferrarse a una verdad que no iba a traer paz para ninguno de los dos.

La mirada de Junsu cuando se volvió hacia él, pálido y tembloroso tras vomitar sobre la alfombra, estaba llena de mil emociones distintas. Y todas se clavaron como esquirlas bajo la piel de Changmin, impidiéndole respirar apropiadamente. No estaba su habitual calidez, ni pizca de la intensidad de sus ojos, ni la burla que adoraba ver en ellos, mezclada con esa seducción tan natural en él que le salía a borbotones por cada poro con solo respirar. En su lugar había desconcierto, dolor y traición, aderezados con miedo del que paraliza, del que impide que el mundo avance, atrapando y ahogando.

—¿Por qué? —preguntó, voz monocorde, demasiado baja, apenas aliento escapando de sus labios.

—Porque tengo que matarte.

No pretendía decirlo así, tan tajante, directo, tan definitivo. Changmin hubiese querido explicarse mejor, que no sonase a sentencia irrevocable, aun cuando sabía que en realidad lo era. Sin embargo Junsu era capaz de pasar más allá de todas sus defensas, de pisotearlas como si no existiesen y encontrar la verdad, descarnada y desnuda, como si tuviese la llave de todos sus instintos y jugase con ellos a su antojo. Y, en realidad, tampoco había modo de suavizar una amenaza de muerte, aun cuando era una sentencia para los dos.

Junsu palideció incluso más, cuando no parecía posible y se alejó un poco, todo su lenguaje corporal gritando que no podía soportar lo que estaba escuchando, luchando contra ello como un moribundo contra la enfermedad que le arrebata poco a poco la vida.

Una batalla desigual y completamente inútil.

—No hablas en serio.

Changmin no se molestó en poner en palabras una respuesta, no cuando había tanta honestidad entre ellos, cuando podían leer uno en el otro con la facilidad de los amantes que todavía eran. No mentiría en algo así, no con un Junsu perturbado y enfermo frente a él, en la habitación que llevaban años compartiendo, donde se habían escondido de las verdades que inevitablemente les separarían.

Ahora estaban sobre la mesa, a la luz de focos incombustibles, y ya no había sombras en las que volver a esconderse.

Junsu negó con la cabeza una vez más, alejándose, y cerró los ojos, conteniendo el aliento. El tiempo deteniéndose entre ellos, congelando la sangre en sus venas. Los dedos de Changmin reteniendo todo el peso de sus ganas de tocarlo, de la forma que fuese, solo para constatar que seguía ahí con él, un poco más al menos, que aun era cálido y olía a vida.

Le sorprendió el suspiro que escapó de los labios de Junsu tras unos segundos, quedo y casi relajado, incongruente por completo con la situación. Y aun más la voz tranquila y compuesta que reverberó en la habitación mientras abría los ojos para clavarlos en Changmin:

—Entonces hazlo.

No quedaba ni rastro de rechazo o miedo, ni siquiera del enfado que debería estar corroyendo sus venas ante la traición de Changmin, ante todo lo que implicaban sus palabras. Solo había templanza y seguridad, tan férrea, tan absoluta, que no parecía posible, no cuando le estaba pidiendo que acabase con él aquí y ahora.

Ante su falta de respuesta, perdida muy lejos de su garganta y de su control, Junsu se acercó hasta volver a apoyar la mano en su pierna estirada, quemando como el fuego.

—Me preguntaba por qué no insistías en saber lo que me pasaba, por qué me dabas espacio cuando resultaba obvio que no estaba bien. Supongo que ahora lo entiendo.

—No, no lo haces —replicó, áspero y contundente, frunciendo el ceño con desesperación.

No podía entenderlo. Todo lo que había hecho, todo lo que quedaba por hacer, no cambiaba nada de lo que Changmin sentía en ese momento, no lo volvía menos real o una mera ilusión solo porque hubiese llegado ahí de la forma en que lo hizo. Ni volvía más fácil la tarea para la que fue entrenado, la que era su único objetivo en la vida. O lo había sido.

Hasta Junsu.

La mano sobre su pierna se hizo más pesada, mientras Junsu inclinaba la cabeza, todavía serio pero sin una pizca de la tensión que había anudado sus hombros durante todo ese tiempo.

—Si sabes desde el principio lo que ocurre conmigo, y te destroza de la manera en que lo hace, significa que no hay salvación para mí. Que voy a convertirme en ese monstruo de pesadilla que solo buscará la muerte de las personas que quiere. No quiero convertirme en eso. Y no quiero ver cómo te destruyes en esa lucha que mantienes contigo mismo y que sabes que vas a perder.

Su respuesta le robó el poco aliento que podía quedarle, y toda la cordura de la que alguna vez se había sentido tan orgulloso. Porque escapaba a todas las leyes de la lógica que Junsu aceptase su muerte como inevitable con la calma que lo había esquivado durante semanas, sin luchar, sin reproches o argumentos que hiciesen a Changmin sentirse el ser más miserable del planeta al tener que desmontarlos, al contarle todo lo que él sabía y Junsu no, aunque lo implicase directamente.

Y era por él. Y por las personas que amaba y que temía destruir. Por la sentencia que dictaba esa maldición milenaria. Y Junsu ni siquiera sabía que su muerte daría fin no solo a la amenaza que él iba a suponer para la humanidad, sino a la de toda una raza.

Era el gesto más altruista que podía ofrecerle. Y superaba por completo la capacidad de Changmin de reaccionar de cualquier otra forma que no fuese arrastrar a Junsu hacia sí y enterrarlo entre sus brazos, respirando la vida que todavía latía en sus venas, en su piel, ahogándose en todo ese calor que desprendía y que se sabía de memoria…

No podía.

No podía matarlo.

Y no podía permitir que nadie lo hiciera. Porque un mundo sin Junsu no merecía clemencia. Y el Junsu al que se aferraba como si le fuese la vida en ello, el que era alegre, generoso y apagaba el brillo del sol con su sola presencia, no iba a ser destruido por esa maldición. Era imposible. Inimaginable. Esa pureza iba a pervivir aunque todo lo demás cambiase.

Ya lo había visto. Changmin había estado su completa merced, los labios del Junsu vampiro sobre su yugular, y todo lo que había hecho era besarlo. Con desesperación. Casi con reverencia.

No iba a seguir mintiéndose. Ni iba a negar aquello que sentía y que arrasaba cualquier cimiento de lo que habían sido sus creencias y valores antes de Junsu. Porque si era completamente honesto, una parte de él siempre había estado convencida de que no podría matarlo, escudándose en errores de juicio y de fe para no enfrentar la cruda e innegable verdad.

No iba a matar a Junsu. Iba a morir protegiéndole. Porque el Clan no se iba a quedar de brazos cruzados, y si alguien sabía lo poderosos que podían llegar a ser era Changmin.

En cualquier caso no iba a suponer una gran diferencia. Su vida había terminado el mismo día en que conoció a Junsu, porque obviamente el Changmin anterior ya no existía. Ese Changmin jamás le daría la espalda a Sooman, ni soñaría en proteger a uno de esos seres que se llevaron a su verdadera familia. Se habría reído ante la sola idea de abandonar todo en lo que creía…

Lo único de lo que estaba seguro en ese preciso instante era de que su lugar estaba ahí, justo entre los brazos de Junsu.

Nada más importaba.

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Seúl, 05 de Octubre de 2013
9:53 AM



Las enfermeras lo echaron como a un apestado, sin la menor vacilación, alegando que el médico necesitaba espacio para examinar a Yoochun. Como si los casi cincuenta metros cuadrados de la habitación no fuesen suficientes para contener al mismo tiempo a cinco personas además del enfermo. Jaejoong había intentado quedarse, alegando que era su mejor amigo desde antes de aprender a hablar, lo que en su opinión le hacía la persona más confiable al no haber logrado contactar con su familia directa, pero sus argumentos habían sido tan en vano como intentar volar con alas de cartón.

Su único consuelo era que tampoco habían dejado quedarse a Yunho, por muy ministro que fuese. No que el hombre lo hubiese intentado siquiera, porque apenas había abierto la boca desde que Junsu irrumpió en la habitación con pinta de necesitar desesperadamente una buena noche de sueño y una comida reconstituyente. Pero Jaejoong prefería pensar que los cuestionables encantos de Yunho, así como su rango, no supondrían una diferencia.

Al menos no mientras insistiese en disfrazar de amistad lo que obviamente era mucho más.

Jaejoong fulminó el pasillo vacío con la mirada y luego suspiró, girando la vista hacia la ventana, donde las primeras luces del amanecer hacían su aparición. El muy cobarde ni siquiera se había quedado, huyendo de la habitación como un murciélago de la luz con tal de no quedarse a solas con él y enfrentarlo. Obviamente Yunho no había olvidado, ni él tampoco, su conversación inconclusa. Y si bien en su vida había montones de cosas que comenzaba y dejaba a medias, Jaejoong podía asegurar que esta no iba a ser una de ellas. Porque en algún punto Yunho iba a tener que hacer frente a esa verdad que flotaba a su alrededor y que intentaba no ver. Y si Jaejoong tenía que estampársela en la cara, sin paños calientes, lo haría.

Por Yoochun no lo dudaría ni un momento.

Un intenso olor a café lo sacó de sus pensamientos con la efectividad de una droga para un adicto. Olía a café de verdad, no el agua turbia que las máquinas decían que era café y que sabía más a revuelto de calcetines sucios y camisetas sudadas. Jaejoong ni siquiera había terminado de procesar que no era normal ese olor en medio del pasillo de un hospital vacío cuando un vaso de cartón apareció ante él, sujeto entre los dedos firmes de Yunho en una obvia oferta de paz.

Jaejoong lo cogió, más por inercia que por un deseo consciente, mientras observaba sorprendido la sonrisa cansada de Yunho. Tenía sombras oscuras bajo los ojos, donde asomaban decenas de venitas rojas que marcaban su noche en vela, y su postura no era tan erguida como solía serlo. Y aun así podía parecer amable y confiable tras su sonrisa.

Jaejoong podía entender qué veía Yoochun en él. Distaba mucho de ser desagradable a la vista, y su amabilidad innata siempre hacía que los demás quisiesen devolverle los gestos y las sonrisas. Pero Yoochun había conocido a muchos chicos con esas cualidades, y ninguno parecía haber calado en él de la forma en que Yunho lo estaba haciendo. Era mucho más que su aspecto o su encanto. Y era lo que le hacía peligroso si no estaba dispuesto a entregar tanto como su amigo, porque podía hacerle más daño, a la larga, que nadie.

Por supuesto, ese no era el mejor momento. Pero Yunho no había huido como esperaba, y Jaejoong no estaba seguro de que él no lo hubiese hecho de estar en su lugar, si era completamente honesto. Obviamente no era un cobarde, y Jaejoong necesitaba, de algún modo, honrar su valentía con franqueza.

—Probablemente mi comportamiento anterior te habrá hecho pensar que te detesto —comenzó, sujetando el vaso con las dos manos, mientras elevaba la mirada hacia los ojos de Yunho—. No es cierto. No me caes mal, Jung, y estoy seguro de que en circunstancias distintas podríamos ser amigos. Pero adoro a Yoochun, y sé que al final le harás daño, aun cuando no sea tu intención.

Tenía que reconocer que en esa ocasión ni siquiera intentó hacerse el loco, o esconderse con miradas evasivas y disculpas ensayadas. Yunho lo miró de frente, con toda la intensidad de sus ojos marrones clavada en él de una forma que hizo sentir a Jaejoong pequeño e insignificante. Y su leve asentimiento parecía casi una sentencia, tan firme como la mandíbula que Jaejoong estaba seguro escondía unos dientes apretados.

Suspiró, tras un segundo eterno, y dio un breve sorbo a su propio café en un gesto que Jaejoong se vio impelido a replicar.

—Probablemente tengas razón.

—Sabes que la tengo. No hubieses llegado tan lejos en tu carrera si fueses tan ingenuo como pareces.

—Pero también sé que esta conversación no debería mantenerla contigo —continuó, como si Jaejoong no lo hubiese interrumpido, su mirada todavía firme clavada en la suya con la fuerza de una tormenta—. Sé que eres uno de los mejores amigos de Yoochun, y entiendo que te preocupes por él, pero esto es algo entre él y yo.

—Esto es algo entre él, tú, y toda la nación —replicó con vehemencia, elevando la voz—. Un país que no aceptará lo que eres.

No pretendía que sonara a acusación, pero igualmente lo hizo. Las cosas no eran fáciles en Corea para aquellos que como Changmin o Junsu tomaban un camino diferente al tradicional, no cuando la vida privada dejaba de serlo. En el caso de Yunho, el concepto “vida privada” era insostenible, porque todos los aspectos de su vida eran sometidos a un escrutinio severo y cualquier suspicacia o rumor podría convertirse en su ruina.

Ni siquiera podía admitir sus propios sentimientos como para hacer algo al respecto. Y al final quién pagaría las consecuencias de mantener oculto quién era de verdad sería Yoochun.

No podía permitirlo.

—Todavía —admitió en voz alta Yunho, dejando a Jaejoong clavado en el suelo por la sorpresa.

No esperaba que lo admitiera de esa forma. Aunque no hubiese dicho las palabras exactas, era una confirmación no solo al hecho de que le gustaba Yoochun de una forma parar nada fraternal, sino a que no le atraía el sexo femenino para nada. Que probablemente nunca lo había hecho.

Una confirmación de que era diferente. Y de que no iba a rendirse sin luchar, en todos los sentidos posibles.

Aunque fuese contra él.

—Mira, no soy estúpido —prosiguió, apartando por fin la vista de él en la primera muestra de vacilación que ofrecía desde que se quedaron a solas—, y sí, sé que tienes razón. Pero no he perdido la esperanza de poder hacer de este país un lugar mejor, más abierto y tolerante, equiparar la tecnología avanzada con una mente igual de vanguardista. En todos los aspectos.

Jaejoong sonrió irónicamente, sin poder evitarlo.

—Eso te honra. Pero eres un iluso si crees que lo lograrás.

—Probablemente lo soy. Pero también es cierto que muchos se rieron de mi cuando dije que quería llegar a ser el ministro más joven de la historia, y aquí me tienes.

La penetrante mirada de Yunho volvía a estar sobre él, y Jaejoong podía ver la determinación arder en sus pupilas como un fuego fatuo en medio del océano. Era impresionante el poder que podían llegar a tener sus ojos, casi como si se tratara de magia, de una forma que era capaz de transmitir al mismo tiempo calma y fe, esperanza, que hacía imposible pensar que ese hombre que se alzaba ante él no pudiese lograr cualquier cosa que se propusiese.

Jaejoong, durante un segundo, casi se vio impelido a asentir, a creer que era posible.

Pero en realidad sabía que no lo era.

—Y tendrás mi apoyo Jung, de verdad que te deseo lo mejor, porque tu objetivo no puede ser más noble. Pero Yoochun es diferente. No es de los que luchan en vanguardia, sino de los que se quedan en el cuartel revisando el papeleo y se escaquean si pueden. No deberías mezclarlo en una lucha en la que ni siquiera le has preguntado si quiere participar.

—No quería hacerlo. No quiero —se corrigió, como si intentase convencerse a sí mismo—. Pero equivocas tu descripción de Yoochun. Porque puede quedarse sentado y ver como las cosas suceden sin hacer nada si no está convencido, si le falta motivación. Pero con la adecuada es el más fiero de los guerreros. Y tú precisamente deberías saberlo, porque no hay nada que Yoochun no haría por ti.

Sus palabras fueron como un golpe directo a su estómago y su orgullo, y la fiereza con que fueron dichas daba cuenta no sólo de la admiración que sentía por Yoochun, sino también de que había aprendido a conocerlo muy bien a pesar del poco tiempo que hacía que se conocían.

Porque tenía razón, y no solo en lo que se refería a él. Por las personas que quería Yoochun era capaz de cualquier cosa. Puede que no fuese la persona más sociable del universo, y que pudiese contar con los dedos de sus manos las personas que eran importantes para él, pero para los que contaban con ese privilegio no había medida.

Jaejoong suspiró, aturdido, y se dio cuenta, quizás por primera vez, de que Yunho no iba a hacerle daño a Yoochun, no de forma consciente, al menos. Y sin duda era una persona capaz de encontrar la mejor disculpa con que agasajarlo en caso contrario.

No había nada que Jaejoong pudiese hacer al respecto. Solo mantener los ojos abiertos por si Yoochun necesitaba su consuelo.

O incluso Yunho. Porque Jaejoong no podía sino apreciarlo al ser consciente de todo lo que le importaba Yoochun.

—Tú eres el que dice que le haré daño en el futuro, y probablemente tengas razón —continuó Yunho, como si pudiese leer sus pensamientos—. Pero también se lo haré si me aparto de él sin justificación aparente, y no lo merece. No sé lo que pasará en el futuro, pero si algo puedo prometerte es que el bienestar de Yoochun me importa, y voy a hacer todo lo que pueda por protegerlo.

El silencio les ganó la partida, tenso y calmo a la vez, mientras sus miradas chocaban en medio del silencio, no batallando, sino reconociéndose como iguales.

Fue Jaejoong el primero en claudicar, apartando la mirada para dar un sorbo a ese café que firmaba la paz.

—Para mí es suficiente.

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Seúl, 05 de Octubre de 2013
10:10 AM



Estaban raros. Mucho. Lo cual en el caso de Jaejoong era todo un logro, porque no se podía decir que su amigo fuese muy normal en ningún ámbito de su vida. Era extravagante como poco, caótico cuando tenía periodos de inspiración en los que decidía mezclar sabores insólitos para conseguir mejorar las recetas de sus cócteles, distante y frío al primer vistazo y un sol capaz de derretir hasta el iceberg más antiguo tras la primera sonrisa, esa que siempre llegaba a sus ojos porque Jaejoong no entendía de gestos premeditados o falsos. Y aun así su vida sentimental era sencilla, una línea recta sin matices ni cambios donde las reglas eran siempre tan claras que no había margen a las dobles interpretaciones o esperanzas infundadas…

Todo lo contrario a como solía sentirse Yoochun, donde había orden y estructura en cada aspecto de su vida salvo en lo que concernía a sus sentimientos. Porque aun cuando no hubiese descubierto su vocación y oscilase entre un trabajo y otro, siempre ponía todas sus ganas, elaboraba un plan de acción al que se adhería y se centraba en conocer todos los aspectos de la profesión antes de decidir que no era para él. Y sin embargo, todas sus relaciones acababan en un estrepitoso fracaso aun cuando trataba de convencerse de que esa persona era la definitiva. Porque Yoochun intentaba poner todo de sí, pero había una parte, la que estaba enterrada en profundidad en su interior, que mantenía para él a salvo de amores pasajeros, como si hubiese perdido la llave en una vida anterior y no tuviese las herramientas para volver a encontrarla.

Por eso no quería hacerse ilusiones con Yunho, al margen de todo lo que despertaba en él y lo fácil que era sumergirse en esos ojos y esa sonrisa confiada que tenía un punto de inseguridad, casi de timidez, en la comisura derecha, marcada por un pequeño hoyuelo tembloroso que sólo aparecía cuando algo lo sorprendía. Que atraía a Yoochun como un imán al metal y le hacía sentirse poderoso cuando era el causante de él.

No lo hacía porque como todas sus relaciones anteriores acabaría en fracaso, y no quería perder a Yunho como había dejado escapar a todos los demás. No daría el paso, ni aun cuando Yunho correspondiese a sus sentimientos, que no lo hacía, porque sus decisiones, lúcidas y acertadas en todo lo demás, solían ser desastrosas en todo lo relacionado con el romance. Y porque, aunque admirase y envidiase a partes iguales la relación que tenían Junsu y Changmin, secretamente sabía que no tenía la capacidad de entregarse tan profunda y enteramente a alguien.

Yunho merecía la pena como persona, demasiado como para arriesgarse, y estaba convencido de que encajaría entre sus mejores amigos como un engranaje en una máquina bien engrasada, haciendo el conjunto aún mejor cuando parecía imposible.

Por eso no entendía esas miradas esquivas, la actitud distante y claramente hostil entre los dos, que eran amables con él, pero no interactuaban entre ellos. No encajaba con ninguno de los dos: ni con el Jaejoong que siempre era honesto y directo porque no podía guardar para sí sus opiniones aun cuando le fuese la vida en ello, ni con el Yunho que era cálido y empático, capaz de ponerse en la piel de cualquiera y al mismo tiempo lograr con sus argumentos razonados y esa determinación que exudaba por cada poro que hasta el más cerrado de mente viera su punto.

Yoochun casi agradeció que entrara el médico y las enfermeras hicieran salir a sus amigos. Por supuesto que quería saber lo que estaba ocurriendo, y su curiosidad natural le llevaría a descubrirlo más pronto que tarde, pero Yoochun todavía se sentía demasiado agotado como para ahondar en las mentes complejas de Yunho y Jaejoong.

Se dejó caer contra el colchón, volviendo a encontrar una postura cómoda, y cerró los ojos mientras el médico lo examinaba, respondiendo con monosílabos a sus preguntas rutinarias. Le dolía la espalda y sentía las piernas rígidas e hinchadas, como si la sangre no circulase del todo bien por ellas, probablemente debido a las horas que llevaba en la misma posición. Además del hormigueo distante que nacía en su cuello, donde la herida que Junsu le había provocado se estaba curando. Un hormigueo al que se había acostumbrado con el paso de los días, que se extendía hasta su oreja y bajaba por su garganta hasta su pecho, latiendo bajo la piel de una forma agradable y molesta a la vez.

El médico se centró en su exploración, dejando las preguntas a un lado, y Yoochun agradeció el silencio, notando cómo el sueño volvía a tirar de él con la suavidad y el calor de un buen amante.

Y entonces lo sintió.

Deseo.

Visceral, hambriento, desbocado.

Lujuria en un estado tan puro que jamás, en toda su vida, la había sentido de ese modo.

La sangre en sus venas se calentó en nanosegundos al punto de la efervescencia, corriendo en dirección sur, mientras cada poro de su cuerpo despertaba, clamando por algo que no estaba a su alcance. Sus pulmones comprimiéndose en busca de aire, su garganta haciendo vibrar las cuerdas vocales en un ronroneo casi animal que era imposible que su naturaleza fuese confundida con algo más.

Las manos que le examinaban se detuvieron ante el sonido, y Yoochun sintió cómo enrojecía, manteniendo los ojos cerrados para evitar mirar a la gente a su alrededor.

—¿Se encuentra usted bien, señor Park? —preguntó el hombre, claramente confundido.

Yoochun asintió, luchando para mantener sus labios cerrados, reteniendo a duras penas los gemidos que se amontonaban al fondo de su garganta, que ardían y laceraban su interior queriendo ser libres. Y apretó los puños bajo las mantas, contra el colchó, atrapando en ellos parte de las sábanas sobre las que estaba tumbado, una erección fulgurante y devastadora haciéndose dueña de toda su sangre, sus pensamientos, su ser al completo…

Quería… quería poseer, marcar a alguien desesperadamente, llenarlo hasta enloquecer. Quería lamer y empaparse de una esencia que no era la suya hasta que los olores de ambos se fundiesen, haciéndolos indistinguibles, sus cuerpos pegados, sudorosos y hambrientos de más. Quería morder dejando marcas en piel prístina y suave y ascender en escalada por cada músculo hasta llegar a un cuello masculino e interminable y hundirse en él hasta perder la razón…

—¿Está seguro?

Yoochun apenas lo escuchó, sus oídos danzando al son de los latidos acelerados de su pecho, sus músculos contrayéndose, clamando alivio. Asintió otra vez, vagamente, apenas consciente de que no estaba solo, de que no había otro cuerpo junto al suyo en su mismo estado febril…

Quería… necesitaba…

Una nueva oleada de deseo lo abrumó, ahogándolo por completo, arrollándolo y llevándolo lejos, muy lejos, abandonándolo cerca del abismo, cerca, tan cerca, de correrse que un solo movimiento contra la tela de sus pantalones de pijama podría llegar…

Y entonces cambió. Ya no era lujuria, ni deseo, aunque no desapareciese. Era algo cálido, abrumador y tan, tan grande, tan profundo, que le robó todo el aliento y detuvo sus latidos durante un instante, porque nunca, desde que tenía memoria, había sentido algo así.

Tan pronto como vino cesó, junto a todo lo demás.

Yoochun volvió a respirar mientras sus músculos se destensaban, haciéndose dueño de ellos nuevamente. Estaba empapado en sudor, ardiendo como tras una mala fiebre, y aun sentía la erección presionando contra sus pantalones, pero todo ese deseo y necesidad se había evaporado como si no hubiese sido más que un espejismo.

Abrió los ojos, parpadeando lentamente, reconociendo la habitación de hospital donde se encontraba, y luego se centró en el doctor, que aun parecía confuso y había dejado su exploración para intentar descifrar lo que estaba pasando. Las enfermeras, un poco más lejos, tenían su rostro colorado y evitaban mirarlo, lo que dejaba pocas posibilidades de que ese episodio hubiese pasado desapercibido.

Yoochun suspiró, sintiéndose avergonzado, y miró a los ojos del médico con firmeza, deseando interiormente que se lo tragase la tierra.

—Estoy bien —dijo con voz firme, sin apartar la mirada—. Solo necesito un poco más de descanso.

El hombre no parecía convencido pero asintió. Se giró hacia las máquinas y toqueteó un par de botones, asintiendo para sí.

—Lo mantendremos en observación al menos otras veinticuatro horas. Descanse.

Salieron en un silencio apresurado, especialmente las enfermeras, y Yoochun volvió a suspirar, llevándose las manos a la cabeza para hundir sus dedos en su propio pelo, ahora húmedo por la transpiración. El movimiento pareció llevarse las últimas fuerzas que le quedaban, sintiendo sus miembros demasiado pesados, la sangre circulando lentamente por sus venas…

Su mente, demasiado lenta y tan casada como el resto de sí, con espacio para una única pregunta, que resonaba una y otra vez en una letanía sin respuesta:

¿Qué demonios acababa de pasar?

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Seúl, 06 de Octubre de 2013
00:13 AM



Salió al balcón, necesitando de alguna forma respirar aire puro, ese que no existía en medio de una metrópoli como Seúl, pero que se sentía infinitamente mejor que el que llenaba sus pulmones en ese apartamento, esa casa que había convertido en hogar y refugio, y que ahora resultaba extraña y opresiva.

Changmin se apoyó en la barandilla y cerró los ojos, respirando con profundidad, intentando hallar paz y aliento, un serenidad que se escapaba como agua entre sus dedos…

Tratando de encontrarse a sí mismo.

Ese era el verdadero problema, el motivo que hacía que se ahogase dentro de esas paredes, que necesitase salir y perderse en una noche oscura, tan oscura como ese agujero que sentía emerger en el centro de su pecho, extendiéndose cada vez más. Porque su piel, sus ojos y sus huesos eran todo lo que quedaba del Changmin de antaño, decidido a terminar con todos los vampiros del mundo. El que protegía y veneraba el recuerdo de sus padres y seguía a pies juntillas cada enseñanza de Sooman.

El Changmin que ahora se sostenía sobre los mismos pies no podía ser más distinto. Era oscuro e irracional, lejos del organizado, metódico y lógico que seguía las reglas con absoluta convicción. Era un perdedor egoísta que claudicaba ante algo que jamás debería entrar en conflicto con la razón, atrapado en la trampa más antigua. Un genocida, porque estaba condenando a la humanidad a otro milenio de muerte desgarradora a manos de vampiros sedientos de sangre, y lo hacía de forma voluntaria.

Lo peor era que no se arrepentía de su decisión, visceral e ilógica. No podía arrepentirse porque ni siquiera existía una disyuntiva, un camino alternativo que le hiciese volver a ser la misma persona que era ocho años atrás. La única alternativa que quedaba, tan real e inamovible como la mismísima muralla China, era quedarse al lado de Junsu y protegerlo, todo el tiempo que pudiera, porque cualquier otro escenario sería seguir mintiéndose a sí mismo. Y ya lo había hecho demasiado tiempo.

Changmin había pasado el ocaso enredado entre los brazos de Junsu, aferrándose a él como si fuese a escurrirse de entre sus dedos en cualquier momento y desaparecer para siembre. Lo había capturado con tanta fuerza que aun sentía los brazos hormigueando por la falta de circulación, y sabía que sus dedos estarían marcados en la espalda de Junsu. Su propio cuerpo aún olía a él, en ese balcón en medio de Seúl, escudado en la oscuridad de la noche…

Alejarse había requerido cada partícula de determinación que pudo encontrar. Pero era necesario, porque una vez tomada la decisión de seguir a su lado había que hacer planes, y había que hacerlos cuanto antes. El Clan no se iba a quedar de brazos cruzados.

Changmin suspiró, llevando la mano a su hombro herido, que no dolía tanto como la traición que iba a protagonizar, convirtiéndose en villano de una mala película. El Clan era más su familia de lo que nunca habían sido los tíos que le acogieron tras la muerte de sus padres. Más incluso que estos, con los que apenas había contado unos pocos años de su niñez, que se hacían más y más borrosos a medida que crecía. Con el Clan había compartido sus horas más duras y cada uno de sus logros a medida que se convertía en el cazador que era hoy. Los únicos amigos que tenía antes de Junsu pertenecían a él, habían crecido a su lado y luchado codo con codo en miles de batidas, tanto en Corea como más allá de sus fronteras.

Perderlos dolía. Y saber que odiarían su memoria cuando ya no estuviese, que lo pondrían de ejemplo como lo que nunca debía ser un cazador, tocaba su orgullo además de su alma. Porque Changmin siempre había sido el mejor, la personificación de todo lo que era correcto, buen hijo, mejor estudiante, cazador sin igual.

Se iba a convertir en un paria en una batalla que no podía ganar y que aún así iba a librar. Contra toda lógica o razón. Y enfrentarse a esos rostros amigos, hacerles daño si era necesario, iba a minarlo de formas que ni siquiera podía alcanzar a comprender. Que lo convertirían en alguien aún más oscuro y desconocido.

Pero debía soportarlo. Al menos hasta que Junsu cumpliera los veintiocho años y la maldición se prolongase otro milenio. Entonces dispondría de las armas necesarias para pervivir por su cuenta y Changmin podría volver al Clan y saldar sus deudas.

Pero ese era un problema para después, para cuando hubiese logrado salvar a Junsu de la amenaza que Changmin seguía siendo, de una forma u otra.

Lo primero que tenía que hacer era sacarlo de ese apartamento que habían compartido los últimos años, y hacerlo antes de que el Clan se diese cuenta de sus verdaderas intenciones. Ya no era seguro, para ninguno de los dos. Sooman conocía su ubicación exacta, y Changmin sabía bien que una puerta cerrada nunca iba a detener a ningún cazador, especialmente cuando se diesen cuenta de que los había traicionado y clamasen por venganza.

El apartamento de Jaejoong tampoco servía, ni las múltiples propiedades de la familia Park, porque cada mínimo aspecto de la vida de Junsu estaba clasificado cuidadosamente, en parte gracias a él, y eran los lugares más obvios como vía de escape. Y, por supuesto, no podía valerse de los recursos a los que tenía acceso desde el ministerio, porque el Clan tenía miembros en casi todas las instituciones, capaces de valerse de cualquier treta para encontrar pistas que les llevasen a un nuevo nido de vampiros, cosas que pasarían inadvertidas al ojo no experto.

Tendría que ser un lugar inesperado, algo que el Changmin de antes nunca consideraría como opción. Y tendría que ser en Seúl, porque cuando no los encontrasen en los lugares obvios Sooman iba a pensar que habían huido de la ciudad, y enviaría a sus mejores cazadores en su busca.

Era justo la clase de distracción que necesitaba para ganar tiempo, todo el que pudiera hasta el cumpleaños de Junsu.

Obviamente tampoco podía olvidarse de Yoochun, Jaejoong, e incluso Yunho, porque si el primero ya estaba en peligro por haber sido víctima involuntaria de Junsu, los otros dos se convertirían en objetivos por afinidad, monedas de cambio en el peor de los casos. De alguna forma debía protegerlos también, encontrar la manera de que estuviesen a salvo…

Changmin suspiró, cansado aun antes de empezar, abrumado por el peso de todas las cosas que debía tener en cuenta y la necesidad de encontrar soluciones cuanto antes. Llevaba casi dos días sin dormir, sumido en esa espiral de emociones que no podía controlar y que le hacían sentirse pequeño e inseguro, donde el cansancio físico era el menor de sus problemas. Una espiral que giraba lejos del centro, porque pensar en los pequeños detalles era más fácil que enfrentar lo que debía hacer primero. Una forma pueril de retrasar lo inevitable:

Para todos y cada uno de sus planes, fueran los que fuesen, iba a necesitar la colaboración de Junsu. Y para lograrla necesitaba contarle la verdad.

Toda la verdad.

Quién era Changmin en realidad. Quienes eran los que iban a perseguirlos y los motivos que tenían. Cómo y por qué se había lanzado la maldición y cuál era la forma de terminar con ella…

Por qué se había acercado a él en la universidad hacía ocho años en el encuentro menos casual de la historia, y todas las razones ocultas que le llevaron a entablar una relación con él en primer lugar.

Changmin no era alguien especialmente apegado al melodrama, y solían aburrirle sobremanera las personas que hacían montañas de un grano de arroz. Pero pensar en el momento de enfrentar a Junsu mientras le confesaba todo hacía que tuviese ganas de vomitar, que se sintiese enfermo y pequeño, completamente indigno de haber recibido tanto de él bajo un pretexto que, al margen de lo que sentía ahora, había empezado siendo falso. Porque si él estuviese en el lugar de Junsu no podría perdonarlo, olvidar una vida entera basada en una mentira, aunque fuera por omisión. Y lo odiaría por ello, o al menos lo intentaría con todas sus fuerzas, y se enfundaría su orgullo herido como armadura para mantenerlo lejos.

Junsu no era como él, pero no podía imaginar un escenario donde una confesión semejante no acabase de igual manera. Y ver odio y rencor en los ojos transparentes y afectuosos de Junsu iba a ser la peor condena, mucho peor que el final que tuviesen deparado para él sus compañeros del Clan. Y lo que era peor, podría animar esa parte de sí mismo que era capaz de sacrificarse por el bien común, algo que sin duda estaba en la naturaleza de Junsu, como había demostrado con sus palabras sobre la cama que todavía compartían, hacía unas horas.

Changmin no iba a cambiar su decisión de protegerlo, pero con un Junsu poco colaborador y con el corazón hecho pedazos sería difícil lidiar. Sobre todo porque Changmin iba a sentirse miserable cada segundo, más aún de lo que ya se sentía en ese momento.

Hundió sus hombros, sosteniendo todo su peso en la barandilla de ese balcón, que de repente parecía demasiado pequeño. Y luego sacudió la cabeza con fuerza, tratando de apartar esos pensamientos y reunir toda su determinación a la vez.

La vibración del teléfono en su bolsillo lo distrajo de sus lúgubres pensamientos, al menos durante un segundo. Changmin ni siquiera necesitaba sacarlo para saber que sería Sooman. Había llamado varias veces a lo largo del día, llamadas que Changmin había ignorado, pero sabía bien que en algún momento iba a tener que hacerle frente.

Y mentirle. Actuar. Al menos por el momento.

La cuestión era que mentir, de forma directa y a la cara, no se le daba nada bien. Aunque todos los problemas en los que estaba metido sugiriesen lo contrario. Y Sooman lo conocía demasiado como para tragarse sus embustes, y su naturaleza desconfiada no iba a jugar a su favor en absoluto.

Volvió a suspirar y sacó el teléfono del bolsillo, mentalizándose. Y le sorprendió el nombre que descubrió en la pantalla, porque no era el de su mentor.

Era Kyuhyun.

Uno de sus mejores amigos en el Clan, el único con el que había congeniado más allá de la ideología con que fue creado, porque Kyuhyun estaba ahí por tradición familiar, no por convicción propia, y solía preferir quedarse en casa jugando videojuegos que participar en una batida en busca de vampiros.

No solía inmiscuirse en los asuntos del Clan y solo asistía a las reuniones obligatorias, escaqueándose a la mínima en cuanto tenía oportunidad. Changmin lo hubiese detestado, porque nada estaba más lejos de sus convicciones, si no se divirtiese tanto con él cuando coincidían, con ese humor ácido y oscuro que le hacía encajar allá donde fuese. Y descubrir que además compartían intereses más allá del Clan en casi todos los aspectos había terminado de forjar una amistad improbable entre ellos que había pervivido la última década.

Si lo estaba llamado en ese momento era porque ya era vox populi su fracaso de la madrugada anterior contra una pareja de vampiros. Poco importaba que los hubiese matado igualmente, no cuando todavía tenía marcas en su piel que denotaban lo cruda que había sido la lucha. Y si Kyuhyun lo había oído ya, tan aislado como solía estar de los cotilleos del Clan, significaba que todo el mundo se estaba cuestionando el porqué el mejor cazador de la era moderna había perdido la concentración hasta el punto de ser herido. Y estarían especulando qué, o quién, había interferido de esa manera en sus acciones.

Estaba muy jodido.

Dejó escapar todo el aire que estaba reteniendo justo antes de deslizar el dedo en la pantalla para descolgar. Lo que fuera, necesitaba saberlo cuanto antes.

—Hola Kyuhyun.

Intentó que su voz pareciese segura y calma, con su presencia habitual, pero de algún modo su saludo sonó a derrota.

—Changmin —replicó Kyuhyun, en apenas un susurro, mucho más bajo del habitual—. ¿Qué coño está pasando contigo?

Sonaba ansioso, lo que hizo que el nudo en su estómago se apretarse un poco más, y miró hacia arriba, como si fuese a encontrar todas las respuestas del universo escritas en las estrellas.

—¿Por qué lo dices?

—No te hagas el tonto, que no te pega. Te han herido, dos vampiros que deberías haber despachado con los ojos cerrados. Y en una noche en que nadie del Clan requirió tus servicios, en un lugar donde ni siquiera deberías estar. Eres lo suficientemente inteligente como para saber que ninguna de tus acciones iba a ser pasada por alto. ¿Qué ha pasado?

Changmin volvió a suspirar en silencio, girándose hacia la puerta por la que había salido y apoyando la cadera en la barandilla.

—Fue un error, me pillaron desprevenido —mintió.

—Tu no cometes errores, Changmin, desprevenido o no.

—Siempre hay una primera vez para todo.

—Incluyendo mentir, que es lo que estás haciendo en este momento —replicó Kyuhyun, y Changmin pudo escuchar un suspiro muy similar al propio a través del teléfono—. Mira, lo entiendo, ¿vale? Solo ve con cuidado. Sabes que siempre has despertado la envidia de muchos, y no se van a quedar de brazos cruzados ante la primera muestra de debilidad que ven en ti. Lo que vayas a hacer, hazlo rápido.

Changmin frunció el entrecejo, reteniendo de forma inconsciente la respiración. ¿Qué demonios quería decir Kyuhyun con eso? Casi sonaba como si pudiese leer su mente, como si estuviese convencido de que iba a enfrentarse a la que había sido su familia desde la muerte de sus padres…

Pero no podía ser. No había sido hasta esa noche cuando se había dado cuenta de lo imposible que era para él dejar morir a Junsu, ya fuese a sus manos o a las de alguien más, aunque eso supusiera otro milenio de muerte despiadada. Sus convicciones siempre habían estado claras, tan férreas como el más duro de los metales. Era imposible que Kyuhyun hubiese imaginado antes que él lo que iba a terminar haciendo, especialmente porque no solía hablar de Junsu con él más allá de menciones puntuales.

Tenía que referirse a otra cosa.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Changmin, no tienes tiempo para esto. Sé que todavía no has hablado con Sooman, y apuesto a que ya estará poniendo en marcha varios planes alternativos. Llévate a Junsu lejos cuanto antes.

El corazón se detuvo en su pecho un segundo, el tiempo justo de tomar impulso y redoblar sus esfuerzos por seguir latiendo, más y más acelerado.

Kyuhyun lo sabía. De algún modo había descubierto la decisión que iba a tomar aun antes de que lo hiciese. Y aun así pretendía ayudarlo, dándole su apoyo de forma implícita, aun cuando pertenecía al Clan. Si lo sabía, debería sentirse traicionado, del mismo modo en que lo harían todos los demás.

En cambio lo urgía a ponerse en marcha y salvarse. No solo a sí mismo, sino también a Junsu.

—Kyuhyun… —dijo con voz tan estrangulada, que apenas parecía suya.

—Ánimo —lo interrumpió, con un tono a medio camino entre la diversión y el bochorno—. Y suerte, la vas a necesitar.

No le dio tiempo a responder nada más. La línea se cortó y Changmin se quedó largo rato mirando la pantalla de su teléfono como el idiota que era.

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Seúl, 06 de Octubre de 2013
00:30 AM



El teléfono dio el último toque sin que hubiese respuesta, seguido del silencio inconexo que devolvía a la pantalla la ficha del contacto. La miró durante un segundo y luego deslizó con calma hacia atrás, hasta la pantalla de inicio, y lo apoyó en el escritorio que había frente a él.

Inspiró, una vez, y prolongó el instante un poco más antes de soltar el aire con la misma tranquilidad, y se reclinó en la silla, mirando sin ver hacia la puerta de caoba de su despacho.

La falta de respuesta, una tan prolongada, solo podía tener una causa. Y aunque había intentado confiar en Changmin durante todos esos años, no podía decir que le sorprendiese.

Changmin era demasiado emocional, demasiado humano como para seguir el camino que había diseñado para él con tanto cuidado. Aunque lo escondiese perfectamente bajo su semblante serio y esa deferencia que siempre empleaba para dirigirse a él. Aunque hubiese cumplido sin mácula todos y cada uno de los objetivos que tenía marcados, e incluso hubiese superado las expectativas en varias ocasiones.

Sus ojos le traicionaban. Había un fuego en ellos que no era acorde con todo lo demás, que jamás fallaban en recordarle al niño lloroso del que se había hecho cargo cuando murieron sus padres. Eran transparentes y vivos, llenos de las emociones que tan bien ocultaba en todo lo demás. La determinación los volvía brillantes, la satisfacción más claros, más cálidos, la visión de vampiros justo antes de clavarles una estaca en el pecho los volvía oscuros y amenazantes, y cada halago hacía que fuesen más pequeños, desconfiados.

Pero nunca fríos e impersonales, como deberían ser los ojos de un buen cazador. Como sabía que eran los suyos.

La forma en que miraba al maldecido Kim Junsu era blanda, débil, casi sumisa de una forma que había visto millones de veces a lo largo de los años, y que siempre fallaba en comprender. Entendía el apareamiento como algo necesario para la pervivencia de la especie, y el manejo de las emociones como un arma para poder manipular a aquellos que eran más débiles. Ir más allá era sucumbir, y Sooman no soportaba a los perdedores.

Esa forma de mirar a Kim había delatado a su discípulo mucho antes que sus acciones, y si Sooman había permitido que siguiese a su lado a pesar de ello había sido porque confiaba en que su lealtad fuese más fuerte que lo que le despertaba ese hombre condenado a morir.

Pero eso no había impedido que hiciese planes alternativos, porque la victoria era demasiado importante como para confiarla por entero a un crío emocional que siempre había tomado la decisión correcta, pero que eventualmente fallaría.

Y ahora estaba cayendo de una forma tan estrepitosa que no podía existir salvación para él.

Sooman sabía que podía haber mil motivos distintos para que Changmin no respondiese a sus llamadas. Su amigo seguía en el hospital, tras haber sido mordido por Kim, el mismo que seguía sufriendo los episodios que anunciaban su próxima transformación. Y el propio Changmin había sido herido, en una lucha que debería haber ganado en cuestión de segundos, y que según sus fuentes se había prolongado casi media hora, con consecuencias bastante visibles para la integridad de su pupilo.

Podía haber pasado el día descansado, con el teléfono en silencio, o haberlo perdido en medio de su pelea contra los neófitos. Pero no lo creía.

Changmin nunca había ignorado una de sus llamadas, y si no podía atenderlas en el momento, lo hacía en cuanto tenía una oportunidad, sin demora. Sooman nunca había tenido que llamarlo una segunda vez, porque siempre se comunicaba antes de que tuviese necesidad de hacerlo.

Durante ese día lo había llamado siete veces, y el resultado había sido el mismo.

Y sabía que si hubiese perdido el teléfono, el primer instinto del Changmin del pasado habría sido comunicarse con él a través de cualquier otra vía para explicarle lo que había ocurrido en caso de que Sooman lo necesitase.

No. Lo estaba traicionando. A él y a todo el Clan. Y todo por algo tan absurdo, tan banal, como el amor.

Sooman sonrió, de forma irónica ante ese pensamiento. En realidad Changmin había durado más de lo que esperaba, y gracias a él había podido reunir información suficiente para asegurarse una victoria. Así que en realidad debería estarle agradecido a pesar de todo…

Si fuese capaz de sentir alguna emoción.

Volvió a coger el móvil, que aún permanecía encendido sobre la mesa, y regresó a la agenda, buscando un nuevo contacto esta vez. No tardó ni siquiera dos tonos completos en responder.

—Necesito que se active el protocolo A-C —dijo a modo de saludo, con voz completamente calma.

—Entendido —respondió la otra voz, en el mismo tono monocorde.

Era todo lo que necesitaba escuchar. Pero no era lo único que debía hacer. Nunca apostaba toda su fortuna a una sola carta.

Se puso en pie y salió del despacho, dirigiéndose al piso superior con paso moderado pero firme. Y se detuvo ante la puerta que había justo al lado de su dormitorio, que permanecía cerrada con un cartel infantil de “No molestar” colgado en ella.

Llamó, una sola vez, y abrió la puerta sin esperar respuesta.

Su nieto estaba allí, recostado en la cama por encima de la colcha, con los ojos cerrados y unos cascos en las orejas que tenían un sonido tan alto que llegaba hasta él a pesar de la distancia. Una estampa que le hacía parecer aún más joven de lo que en realidad era.

Sooman se acercó y le tocó con suavidad en el hombro para hacerle conocer su presencia.

La reacción fue inmediata. Se quitó los cascos con celeridad, sin ni siquiera molestarse en apagar la música, y se irguió, mirándolo con sorpresa y cierta reverencia. Sooman no solía colarse en su habitación, pero la ocasión lo ameritaba.

—¿Estás preparado para encargarte de tu primera misión? —preguntó, sonriendo con calma.

La sonrisa fue devuelta por el cazador más joven del Clan, en una réplica casi exacta de la propia. Él mismo lo había entrenado, con toda la dedicación y esfuerzo que exige un buen discípulo, y era tan bueno como lo había sido Changmin a su edad. Pero carecía de sus debilidades, de esa humanidad tan deplorable, y eso lo hacía aún mejor.

Su nieto asintió, lento, sin dejar de sonreír.

—Entonces sígueme, Taemin. Tenemos planes que trazar.

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Seúl, 06 de Octubre de 2013
01:07 AM

 

Ya era noche cerrada cuando escuchó salir a Junsu de la ducha, en el piso de arriba.

Changmin apenas se había movido en todo ese tiempo. Aun estaba en el balcón, respirando la noche, con la cadera apoyada en la barandilla y el teléfono móvil apagado entre los dedos, mirando sin ver. Su mente un caos ordenado, lleno de variables pero sin resultados, donde aún quemaban las palabras de aliento de Kyuhyun, inesperadas y valiosas a un tiempo. Inesperadas porque no creía haber sido tan transparente, ni con él ni con nadie, porque de algún modo su amigo había leído en su historia un capítulo que Changmin había pasado por alto como un ciego que no quiere ver, y aun así había callado, dejando el camino despejado para que lo descubriera por sí mismo.

Y valiosas porque debería sentirse más traicionado que cualquiera al estar más cerca de él, y aun así lo apoyaba. Kyuhyun sabía que Changmin iba a ir en contra de todo lo que le habían enseñado, que iba a traicionar la misma esencia de lo que había aprendido a ser, pero no parecía importarle tanto como su seguridad. Y apremiaba una huída anunciada traicionando a su vez al Clan, solo por su causa.

Lidiar de repente con tal nivel de lealtad no era fácil, sobre todo porque Changmin estaba convencido de que no la merecía. Puestas en la balanza de la justicia, el peso de sus buenas acciones, de sus años de ser un estudiante modelo y un cazador consagrado, dedicado por entero al Clan, no podían hacer contrapeso contra su egoísmo al elegir a Junsu por encima de todo lo demás, sobre todo cuando su vida con él estaba basada en una mentira, otra traición que añadir a la larga lista. No merecía consuelo o aliento de quien ni siquiera entraba en sus planes, por inconclusos que estos fueran.

Pero no podía perder tiempo lamentándose, no cuando apremiaba tanto, cuando todos los hilos en su mente formaban una maraña de difícil solución. Changmin se había pasado la vida asumiendo riesgos personales, donde cada batida podía ser la última, para él o sus compañeros del Clan, donde los monstruos de dientes afilados eran más rápidos y fuertes, asesinos consagrados que solo buscaban sumar más víctimas a su causa. Ser un cazador implicaba estar expuesto, ser vulnerable y convertir a todo aquel que hubiese en su vida en un objetivo potencial, de una forma u otra. Y lo había aceptado, aprendiendo a vivir con ello como otra más de las muchas lecciones que Sooman impartió para él. Eso nunca le había hecho dudar, ni había entorpecido su conciencia, porque en el balance global cualquier pérdida, incluso la de la propia vida, era aceptable si prevalecía el bien común, si alguien quedaba vivo para conseguir romper la maldición.

Ahora que su objetivo era egoísta, que la moneda había caído por el lado de la cruz, los riesgos no compensaban las acciones temerarias, no si suponía poner en peligro a Junsu del modo que fuese. Por eso no podía tomar una decisión a la ligera, ni siquiera repasando en su mente una y otra vez las múltiples vías de escape que se le ocurrían, o los escondites que podrían estar fuera del radar del Clan. Porque si se equivocaba, si los capturaban y encerraban a Junsu en una celda infranqueable hasta el momento exacto en que pudiesen darle muerte, Changmin no podría vivir consigo mismo. Y estaba seguro de que Sooman le obligaría a hacer exactamente eso, seguir viviendo con el horror de saber que su traición había sido en vano, y que lo que más quería, aquello que había demostrado ser más importante que la lealtad y el cuidado de un padre, ya no estaba, convertido en polvo y cenizas.

Changmin no podía arriesgarse. Pero no hacer nada era potencialmente peor, porque el Clan no se iba a quedar de brazos cruzados, como acertadamente le había recordado Kyuhyun.

Suspiró, mientras escuchaba los pasos de Junsu bajar las escaleras, amortiguados, tan inseguros y ligeros que ni siquiera parecían los suyos. Y al levantar la cabeza su propio reflejo le devolvió la mirada desde el cristal de la puerta, piel pálida y ojos tan oscuros y culpables que casi parecían los de un condenado a muerte.

La analogía tampoco estaba tan lejos de la realidad.

Junsu no encendió la luz mientras se acercaba hasta la puerta entreabierta, probablemente aún sensible después de su transformación y las horas que había pasado en la cama en ese sueño inquieto que Changmin había velado, con sus propios fantasmas atormentándolo. Aún estaba pálido y el descanso había hecho poca mella en las sombras oscuras bajo sus ojos, una constante en los últimos tiempos. Se había puesto uno de los jerséis de Changmin, de los más grandes, como acostumbraba a hacer cuando estaban en casa, pero el mismo solo acentuaba todo el peso que había perdido. Dentro de él parecía pequeño y desamparado, completamente perdido, y el instinto más primario de Changmin era abrir sus brazos y envolverlo con ellos hasta que todo estuviese bien…

Pero nada iba a estar bien nunca más. Y cuando esa conversación concluyese lo último que iba a querer Junsu de él era un abrazo.

Se detuvo justo en el umbral, apoyando el hombro en el marco de la puerta, y Changmin pudo ver la férrea determinación que había en sus ojos. Las evasivas y las medias verdades se habían terminado, los dos lo sabían.

—Quiero que me lo cuentes todo —dijo, suave y calmado, como si hubiese repetido esa frase mil veces en su cabeza. Probablemente lo había hecho.

Changmin mantuvo la mirada, a sabiendas de que la suya no mostraba ni un ápice de seguridad. No iba a esquivarlo más, por mucho que doliese ver en los ojos de Junsu algo diferente al amor que siempre los había llenado cuando lo miraban a él. No iba a hacerlo porque era una condena que se había ganado, y Changmin no huía, ni de las batallas ni de sus propios errores.

Asintió, inspirando hondo, profundo.

—Vas a escuchar la historia en que eres protagonista, pero que desconoces.

El silencio se prolongó unos segundos, sus miradas, las de ambos, gritando todo lo que no estaban diciendo sus labios, confianza total y absoluta en el otro a pesar de todo. Changmin no necesitaba pedirle que guardara silencio mientras descubría para él todos los secretos de su pasado y su futuro, porque sabía que Junsu no era de los que se precipitaba e interrumpía de forma constante e innecesaria. Al contrario, solía escuchar atentamente y sacaba sus propias conclusiones antes de pensar en abrir la boca siquiera.

Y entonces Changmin comenzó, con la opción cobarde, la que retrasaba unos minutos más el momento de decirle aquello que iba a destrozar la confianza que aún brillaba en sus ojos y que hacía que el pecho de Changmin se encogiese más y más a cada segundo.

Le habló sobre Lee Saojun, la poderosa bruja que había lanzado la maldición, hacía siete mil años, quien se había sentido traicionada por el abandono del que iba a ser su esposo, un joven de buena familia y reputación intachable que había huido con otro hombre el mismo día de la boda, provocando un escándalo de proporciones desmesuradas. Humillada y burlada, los había buscado sin descanso durante años, elaborando cuidadosamente una venganza acorde al crimen cometido. Y cuando al fin los tuvo en frente no había dudado un solo segundo en hacer la justicia que se le había negado el día de su boda.

Al que había sido su prometido lo envenenó con la picadura de una araña que paralizaba a su víctima, pero que hacía que todos sus órganos quemasen en un infierno de dolor contra el que no podía luchar. Quería que sufriese antes de morir, pero lo quería consciente también para contemplar en su totalidad lo que sus actos despiadados habían provocado.

A su amante, el que había elegido por encima de ella, lo maldijo, transformándolo en una criatura atada a la noche, alguien demasiado vil para caminar bajo la luz del sol, un monstruo despreciable que nadie podría amar, que se alimentaría de cualquier humano que lo intentase siquiera, porque el canto de su sangre iba a ser más fuerte que cualquier otro instinto.

Y cegada por su odio extendió la maldición a toda su estirpe: cada mil años exactamente, al cumplir la edad que tenía el sujeto que tanto despreciaba, el segundo hijo de una pareja de gemelos se transformaría también, reproduciendo la situación del monstruo una y otra vez. Y este viviría para ver morir a todos y cada uno.

Después contempló, deleitándose, como la bestia devoraba a su amante paralizado, completando la venganza que tanto tiempo le había llevado concluir.

Como en toda maldición, Saojun no había podido evitar un subterfugio, un punto ciego para que se rompiera el ciclo: la primera noche de su transformación, antes de haber probado la primera sangre, debían clavarle una estaca en el corazón y pronunciar las palabras que terminarían con todo. Algo que parecía fácil pero no lo era, porque el monstruo era más rápido, fuerte y sensible a los estímulos que cualquier humano, y el deseo de sangre era tan grande que su primera víctima solía encontrarla en segundos, puede que minutos, nunca mucho más.

Aun así la bruja no había contado con que la bestia pudiese convertir a otros, crear seres afines ya que no podía convivir con humanos, cosa que había pagado muy cara cuando todo un batallón se abalanzó sobre ella para darle muerte.

Ni tampoco con que que durante siglos se multiplicarían hasta ser una verdadera pandemia para la humanidad.

Changmin habló despacio, manteniendo el ritmo, los ojos sin perder su anclaje en los de Junsu, que se iban oscureciendo a medida que avanzaba en la historia. Parecía algo confuso, y perdido, pero aun había gratitud en ellos, lo que hacía más y más difícil cada palabra que Changmin pronunciaba.

Cuando calló, tras lo que se sentía como interminables horas, Junsu apartó la mirada, dejando que el silencio se extendiera entre los dos. Changmin sabía exactamente lo que iba a decir, lo que venía ahora, y el puerto inevitable a donde iba a derivar esa conversación. Pero no podía retrasarlo más.

—¿Cómo sabes todo eso? —dijo por fin, volviendo a cumplir con sus ojos.

Y Changmin tuvo que hablarle del Clan, y de su propia historia. Junsu conocía una parte, la de la pérdida de sus padres a temprana edad y la adopción de sus tíos, pero desconocía la verdad sobre dicha muerte, y que no habían sido sus familiares quienes le enseñaron las lecciones más valiosas, las que aún llevaba consigo, o lo había hecho hasta hacía dos días.

Le contó todo sobre su entrenamiento, sobre las crónicas que habían pervivido a lo largo de los siglos y como Changmin las había devorado hasta sabérselas de memoria. Le contó cómo se había despertado en él ese deseo de hacer justicia sin importar el coste, lo mucho que odiaba perder, que era algo que Junsu sabía porque se lo había dicho un millón de veces, y en el fondo era algo que compartían. Le contó sus noches en vela, incapaz de abandonarse a la oscuridad sabiendo las criaturas que vagaban por ahí, y todas las formas en que se había herido mientras entrenaba para convertirse en el más joven cazador de la historia. Le contó sobre las batidas, cuando el Clan reclamaba su presencia al descubrir nidos de vampiros, lo que hacía en realidad cuando llegaba tarde a casa con la excusa de haber estado trabajando, que era verdad, aunque no era el trabajo que Junsu imaginaba. Y que nunca, hasta la noche anterior, había sido herido, porque sus manos jamás temblaban cuando se trataba de acabar con el mal.

Y pudo ver exactamente el momento en que Junsu comprendía la verdad sin que Changmin necesitase ponerla en palabras, porque fue como si le hubiesen lanzado un cubo de agua helada cuando ya se estaba muriendo de frío. Sus ojos se habían abierto más de lo normal, oscuros e incrédulos, el aire escapando entre sus labios de un solo golpe, sin volver a entrar durante interminables segundos, porque no parecía haber espacio para nada más que esa gran losa que Changmin había lanzado a toda su vida juntos. Negó con la cabeza, lento, muy lento, en una muda pregunta que hasta el más ingenuo de los hombres habría entendido. Y ante su falta de respuesta el dolor más absoluto, profundo y devastador en sus ojos, en todo su ser, tenso y distante como si quisiese estar cualquier lugar menos ahí, frente al hombre que llevaba años engañándolo.

La confianza y calidez hechas añicos. Para siempre.

Changmin no hubiese podido hablar, ni siquiera aunque hubiese sido necesario, que no lo era. Nunca habían necesitado palabras para entenderse y ese momento no era distinto, a pesar de romper con todo lo anterior, por irónico que fuese. El nudo en su pecho había subido hasta su garganta, impidiendo el camino a su voz, al aliento, los dientes tan apretados unos contra otros que dolían, pero ni por asomo tanto como destrozar a Junsu, como romper todos los recuerdos compartidos, todos los besos y las caricias, todo lo eran, juntos y por separado, porque conocerse los había cambiado irremediablemente, Changmin ni siquiera había comprendido cuanto hasta hacía dos días. Y ahora estaba tornado todo lo bueno en pesadilla, una de la que ninguno iba a poder despertar.

Changmin no intentó detenerlo cuando se dio giró y volvió a entrar en el apartamento. No podía tan siquiera moverse, sus puños tan apretados que el móvil crujía en su mano derecha. Pero tampoco hizo falta, porque ya había alguien allí para impedir su huída.

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Seúl, 06 de Octubre de 2013
01:32 AM

Era raro estar en esa casa, cobijado entre los sólidos muros de un apartamento que había contemplado tantas veces, pero cuyo umbral nunca había traspasado. Siempre le había parecido pequeño y bastante deslucido, muy minimalista para su gusto, más eficiente que cómodo. Suponía que tenía que ver con que sus dos ocupantes no pasaban demasiado tiempo entre esas paredes, y que ambos preferían las líneas sencillas, colores sólidos y masculinos, con decoración prácticamente inexistente.

Visto desde dentro el apartamento no parecía tan pequeño y resultaba mucho más acogedor. Y vibraba de vida, en cada esquina, la esencia de Kim Junsu y Shim Changmin llenándolo todo como una capa más de pintura, invisible a los ojos, perceptible con el resto de sentidos, al menos para él. De algún modo debería haber supuesto que se sentiría así. Llevaba años observándolos, estudiándolos desde lejos, intentando conocerlos. Los había visto comprar esos apartamentos y convertirlos en uno, un hogar a salvo de los ojos curiosos, donde poder ser por completo ellos mismos. Entre esas paredes no llevaban ninguna máscara, eran sinceros y abiertos, y se querían tanto, tanto, que era imposible no sentir cierta envidia.

Él había tenido algo así. Y había terminado tan rápido que apenas había tenido tiempo de disfrutarlo apropiadamente. En perspectiva, a pesar de la brevedad, el tiempo juntos había sido lo mejor de toda su vida, y aun lo recordaba tan claramente como si hubiese sido ayer. Y el dolor por un final tan abrupto aún quemaba en sus venas, en su piel, como un ácido que no terminaba nunca de matarlo, solo lo consumía hasta enloquecerlo.

A veces temía perder la razón por completo. En muchas ocasiones se había abandonado a merced de cada deseo, de cada placer que la vida podía ofrecerle, drogas, sexo, alcohol y sangre hasta que todo se volvía un borrón informe, olvido con el que bailar hasta que salía el sol. Pero siempre terminaba desvaneciéndose, la bruma se disipaba para dejarle ver que seguía solo, que sus pesadillas eran más reales que el lecho sobre el que descansaba, y que no podía hacer nada para evitarlo.

Hasta ahora. Nunca había estado tan cerca de lograr que terminara todo ese tormento. Y no iba a permitir que todo se fuese a la mierda a segundos de llegar a la línea de meta.

No se molestó en encender una luz que no necesitaba, especialmente cuando servía para ocultar su presencia a los ojos de los dueños de ese apartamento, en caso de que se resistieran, cosa bastante probable. Pero antes de que pudiese acercarse siguiera al balcón donde se guarecían, escuchó, algo sorprendido, la historia que Shim Changmin le contaba a Kim Junsu, una leyenda llena de maldiciones, sangre, monstruos y venganzas que sin duda haría las delicias de Hollywood porque era demasiado fantasiosa como para resultar creíble.

O lo sería si él no fuese el protagonista de la misma y hubiese vivido en sus propias carnes cada segundo de ella.

Apenas podía creerlo. Que Shim Changmin lo supiese sí, era lógico si se tenía en cuenta que era un miembro respetado del Clan que llevaba esquivando durante siglos. Lo había visto en acción las veces suficientes como para reconocer su destreza, y la determinación que solían mostrar sus ojos cuando asestaba un golpe mortal a uno de los suyos no podía hablar más que de odio y conocimiento, profundos e intrincados, probablemente desde edad muy temprana.

Lo que no podía creerse es que decidiese contarle la historia a Kim Junsu de repente, directo y sin guardarse nada, cuando había hecho un trabajo magnífico ocultando esa parte de su vida durante años. Especialmente porque iba a suponer un punto de inflexión quizás irrecuperable, y Junsu, lo sabía bien, no estaba en su mejor momento para hacer frente a verdades de las que cambiaban la vida. Y quizás no solo la suya.

No hacía falta ser un genio para saber cómo iba a terminar esa conversación. Y si tuviese tiempo le habría pateado el culo a Changmin, porque con su honestidad podía haber dado al traste con todos sus planes.

Pero no lo tenía.

Cuando Junsu se dio la vuelta para alejarse de ese balcón, salió de su escondite, deteniendo su huída. Su mirada apenas mostró sorpresa, miedo, o tan siquiera ira por hallar en su casa a un intruso. Estaba más allá de él. Oscura y rota por un dolor que él conocía bien. No le importaba quién fuera porque su mundo había dejado de tener sentido y él solo era una pieza más de ese puzle caótico que no podía resolver.

No fue así para Changmin, a su espalda, a quien le bastaron apenas dos segundos para reconocerlo como la amenaza que era. Y tal como esperaba de él, otro segundo fue suficiente para que se lanzase en su dirección, sacando de ninguna parte un punzón de madera, largo y afilado con el que intentar herirlo mortalmente.

Esquivarlo fue fácil, reducirlo no tanto. Conocía su forma de luchar, y aunque eran menos frecuentes y arraigados que en otros cazadores, no podía evitar ciertos patrones que ofrecían puntos débiles aparentemente inexistentes. Él los conocía y podía usarlos, pero la destreza de Changmin era muy superior a la media, haciendo honor a la reputación de castigador que tenía entre los suyos.

Finalmente pudo doblegarlo contra el suelo, apretando su tráquea lo suficiente como para que dejase de forcejear.

—No quiero hacerte daño, pero voy a hacerlo si me obligas, Shim Changmin.

Durante un segundo pareció sorprendido por sus palabras, como si no hubiese esperado que conociese su nombre. Pero un instante después volvió a retorcerse, intentando inútilmente soltarse de su agarre.

—Yo que tu dejaría a un lado los juguetitos de cazador y escucharía atentamente. No sirven contra mí, así que deja de intentarlo.

Changmin no le hizo caso, por supuesto. Y él no pudo evitar poner los ojos en blanco.

—Para tener una reputación tan impresionante, eres bastante estúpido, ¿no? Soy el vampiro más antiguo del mundo, el primero de todos ellos, y te acabo de escuchar contar mi historia al último de mis descendientes, lo que implica que sabes de lo que soy capaz… ¿Crees que un simple cazador como tu puede luchar contra milenios de experiencia?

Eso sí lo escuchó, o al menos dejó de forcejear. Changmin lo miró con el entrecejo fruncido, completamente quieto, probablemente intentando leer la verdad en su rostro como si tuviese una habilidad innata en descifrar a las personas. Probablemente era cierto, se dedicaba a la política y era un cazador de vampiros, una mezcla difícil e improbable que lo hacía único. Pero él no era igual a nadie que hubiese conocido, estaba seguro.

Aflojó un poco su agarre cuando lo sintió intentando tragar en busca de aire. Y su voz estrangulada logró hacerse paso para decir:

—No es posible. Estás muerto.

—Técnicamente sí, lo estoy —replicó, sonriendo—. Pero no en el sentido en que tu lo dices. A pesar de lo que les gusta creer, tu Clan no lo sabe todo.

Dejó que procesara sus palabras mientras observaba a Junsu por el rabillo del ojo. Seguía de pie en el mismo sitio, paralizado, como un juguete al que se le hubiesen acabado las pilas, incapaz de reaccionar, claramente superado por las circunstancias. Y otra vez deseó patearle el culo a Changmin por romperlo así antes de que él hubiese podido explicarle la verdad. Quizás al final lo hiciera después de todo.

—Voy a soltarte —dijo, volviendo su atención hacia Changmin— y tu vas a escucharme, quieto y calmado. No tenemos tiempo para esto, vienen a por vosotros, y te aseguro que no tienen intención de ser tan clementes como yo.

No necesitó nada más que un vistazo a sus ojos para darse cuenta de que había comprendido e iba a hacerle caso. Porque a pesar de todo, de su incredulidad, su miedo y la determinación férrea que tenía por terminar con todos los de su raza, Changmin sabía que decía la verdad. Él mejor que nadie conocía de lo que era capaz el Clan, y a buen seguro había estado meditando acerca de ello, lo que había derivado en la decisión de contarle la verdad a Junsu en ese momento.

Impulsivo y estúpido. Pero en el fondo podía entenderlo. Porque mantener a salvo a Junsu era para él más importante que su propia felicidad. Y eso era algo que compartían, aunque por diferentes motivos.

Asintió y un instante después aflojó su agarre, apartándose de él a velocidad humana. Changmin frotó su cuello con la mano derecha, exactamente en el sitio en el que había estado sujetándolo, y luego se incorporó hasta sentarse frente a él, sus ojos desviándose hacia Junsu apenas segundos para comprobar que estaba bien.

—Este apartamento ya no es seguro, y lo sabes —dijo, poniéndose en pie—. Necesitáis un sitio donde esconderos, lejos de los ojos del clan, y yo conozco el lugar perfecto.

El ceño de Changmin se frunció más, cuando parecía imposible, y negó con la cabeza vigorosamente.

—No voy a fiarme de un vampiro.

—Pero sí de tu instinto. Sabes que conmigo tenéis una oportunidad, solos no llegaréis muy lejos. ¿Qué precio estás dispuesto a pagar por mantener tu orgullo?

Sus ojos volvieron a desviarse hacia Junsu ante sus palabras, y no hacía falta tener tantos siglos como él llevaba a cuestas para darse cuenta de todo lo que había en esa mirada. No solo culpa y miedo, y eso que se profesaban mutuamente y que era más fuerte que todo lo demás, a pesar de todo. También recelo resquebrajándose, y principios de toda una vida batallando contra el sentido común, lo importante ganando la batalla a lo urgente, porque si había una sola oportunidad para que salieran con bien, iba a tomarla.

Y todos en esa habitación lo sabían.

Inspiró, profundo, y cerró los ojos, claudicando.

—Está bien —dijo, derrotado, poniéndose en pie con una gracia muy superior a la media—. Pero si vamos a seguirte, al menos dinos tu nombre. Las crónicas nunca lo mencionan.

No pudo evitar la sonrisa.

Por supuesto que las crónicas nunca mencionaban su nombre. Se había encargado de ello. No por nada estaban escritas de su puño y letra.

Se inclinó, a modo de saludo, y respondió:

—Soy un Kim, obviamente. Pero vosotros podéis llamarme Heechul.

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Seúl, 06 de Octubre de 2013
02:00 AM

Todo pasaba como a cámara lenta, muy lenta, como el flasback de una mala película en blanco y negro, donde el director intentaba mostrar en detalle algo que el espectador había pasado por alto. Todo carecía de sentido porque el mundo que alguna vez creyó conocer estaba desmoronándose ante sus ojos bajo el peso de una mentira, una que quemaba mucho más que el hierro al rojo vivo, más que la sal cayendo sin piedad en una herida recién abierta.

Junsu apenas fue consciente del extraño que se alzaba ante él, en medio del salón de su casa, más allá de que representaba un obstáculo en su huída, como podría haberlo sido una silla o una mesa. No le paralizó el miedo ni se preguntó quién era porque no era capaz de sentir nada más que dolor, profundo y agudo, la voz de Changmin aun resonando en sus oídos como los ecos lejanos de una explosión que arrasaba con todo. No había nada más, desierto y vacío y heridas que se infectarían hasta condenarlo.

Era un monstruo, alguien que no debería existir. Y su vida con Changmin solo una mentira.

Sus pulmones ardían tanto como sus ojos, incapaces de una tarea tan básica como pestañear. Solo podía mirar a la nada y recordar, recordar cada uno de esos momentos que habían compartido, cada palabra y cada mirada en la que había perdido la noción del tiempo, cada gesto al que se había abandonado con una confianza tan absoluta como jamás había entregado a nadie, ni a sus amigos más cercanos ni a su misma familia. Changmin siempre había sido más, refugio, calma, aliento, abrigo, comprensión, sensatez y hogar. Lo más sólido en todo un universo que nació el día en que se conocieron y se expandió hasta horizontes infinitos, llenándolo todo.

Un día donde Changmin solo estaba pensando en el momento en que iba a matarlo.

¿Cuántas de esas tardes que habían pasado conociéndose habría dedicado a estudiar la mejor forma de detener su corazón para siempre? ¿Cuántas de esas primeras noches en que descubrían el cuerpo del otro hasta aprendérselo de memoria habría estado analizando en realidad el ángulo perfecto en que clavarle una estaca? ¿Cuánta verdad había en su expresión arrebatada cuando Junsu se dio cuenta, tras varios meses de encuentros cada vez más intensos, de risas, abrazos y piques subversivos, de que Changmin no iba a ser uno más y se lo dijo?

Dolía. Dolía demasiado.

Por eso ni se inmutó cuando una sombra con la forma de Changmin lo adelantó para abalanzarse sobre el desconocido con una ferocidad que nunca había visto en él, ni cuando una lucha cuerpo a cuerpo entre los dos se desató allí mismo, dos fuerzas de la naturaleza chocando en la oscuridad. Sus piernas lo sostenían por puro instinto de supervivencia pero las imágenes que pasaban ante sus ojos era incapaz de procesarlas, paralizado por ese aluvión de heridas que se abrían y sangraban profusamente en él a pesar de no ser físicas.

Ni siquiera la imagen de Changmin bajo ese hombre, siendo derrotado estrepitosamente fue capaz de sacarlo de ese letargo, ni la mano que ceñía su garganta como una trampa de acero, impidiéndole moverse o respirar. Fueron sus ojos al desviarse hacia él en medio de una conversación que ni siquiera escuchaba, en los que no había miedo a pesar de su delicada situación, solo esa culpa devastadora que le había devuelto la mirada en el balcón cuando sus palabras dejaron de ser suficientes para explicar la mentira.

El extraño lo soltó y continuaron hablando como si nada, pero todo lo que Junsu escuchaba era el sonido de su propio corazón, acelerando más y más en un preludio que había aprendido a conocer, pero esta vez ni siquiera intentó detenerlo. Sintió la transformación en cada músculo, en cada célula de su cuerpo maltrecho, y separó los labios, siseando por ese dolor que ni siquiera podía ser paliado por el monstruo.

Al contrario. Sus sentidos amplificados magnificaban también la desazón de su alma, superándolo. Junsu volvió a sisear, más fuerte todavía, al tiempo que su corazón daba un último coletazo y quedaba en silencio, sus ojos aun clavados en esos otros oscuros que aun eran su faro en medio de la tormenta.

Y se abalanzó hacia él, desesperado por hacer algo con ese dolor en su pecho que quemaba tanto como la sed.

Unos brazos, tan duros como los propios intentaron detenerlo, pero Junsu se zafó de ese desconocido utilizando su velocidad mejorada, esa que ningún humano podría igualar jamás. Cuando volvió a detenerlo, ni siquiera medio segundo después, Junsu se volvió hacia él, el siseo en su pecho convirtiéndose en rugido desesperado.

—¡Suéltale! —gritó Changmin, a menos de dos pasos de él—. ¡Le haces daño!

—Intento salvarte, idiota —respondió el desconocido, en un tono mucho más mesurado—. Y me da que no soy yo el que le hace daño.

No hubo respuesta a ese reproche velado, no una inmediata. Junsu se revolvió entre esos brazos desconocidos, su objetivo todavía fijo en su mente, sus sentidos necesitando una vía de escape para toda esa amalgama de sentimientos que no podía procesar, que quemaban y descomponían como el peor de los ácidos. Pero ese hombre era fuerte y rápido, tanto como él, y su corazón, se dio cuenta en ese instante, no cantaba para él como el de Changmin, bombeando la sangre que tanto necesitaba.

Él también era un monstruo.

El descubrimiento le hizo dejar de forcejear durante un segundo, totalmente desconcertado. Y luego recordó la imagen de unos minutos atrás, Changmin bajo él, su garra de sólido acero apretando la tráquea a solo un segundo de acallarlo para siempre. Habría sido fácil, con él paralizado, mirando sin ver, y ese Changmin vencido que ni siquiera tenía conciencia de lo efímera que podía ser su vida.

Pero no lo había hecho.

Junsu levantó la vista para clavar sus ojos en los del desconocido. Eran oscuros, como la misma noche, muy diferentes a los rojos del monstruo que le devolvía la mirada desde el espejo cuando se transformaba. Pero estos tenían una luz particular, una especie de brillo etéreo que los hacía refulgir, que lanzaba alguna suerte de hechizo porque de repente fue incapaz de volver a bajar la mirada, de apartarla siquiera, como si perdiese por completo la poca voluntad que le quedaba.

Los brazos a su alrededor se aflojaron un poco, mientras la voz, ahora más suave y penetrante, volvía a resonar contra él.

—No es el momento de luchar. Descansa.

Todo el cansancio acumulado de las semanas sin dormir, la tortura de las noches pasadas en la pesadilla del miedo constante, la falta de alimento y la culpa por haber mordido a Yoochun se abatieron sobre él de repente, con el peso de cien mundos. Sus piernas se doblaron, incapaces de seguir sosteniéndole, y sintió cómo sus ojos se cerraban por fin, alejándolo de ese mundo vuelto del revés en el que no quería vivir.

Y aun así su conciencia no fue capaz de rendirse tan fácilmente como su cuerpo.

Junsu sintió cómo unos brazos lo sujetaban antes de que llegase al suelo, cálidos y conocidos, los latidos del hombre que aun amaba resonando en sus oídos mientras apoyaba la cabeza inerte contra su pecho. Eran rápidos y desesperados, casi con la cadencia que estaba acostumbrado a oír en él en el instante después de correrse, cuando se abandonaba por completo a él, más allá de la lógica y de toda esa razón que siempre parecía acompañarlo. Pero no olía como en ese entonces. En esos momentos que Junsu había atesorado hasta esa noche, su aroma solía ser pesado, profundo, a sexo y a sal. Ahora sin embargo olía a miedo, el que no había mostrado ni un solo segundo ante la amenaza del desconocido.

La mano de Changmin se elevó hasta su rostro, acariciándolo con cuidado, intentando lograr alguna reacción que estaba más allá de él.

—¿Qué le has hecho? —dureza y una nota de pánico que jamás había escuchado en él.

—Será más fácil así. Tenemos que irnos no tenemos tiempo para esto.

La mano no se alejó de su rostro, aun una caricia velada. Junsu casi podía sentir la fuerza de sus ojos clavados en él, y sintió un nudo atenazando su propia garganta ante lo que no veía pero podía imaginar a la perfección. No quería estar ahí, entre sus brazos, como si todo estuviese bien. No lo estaba. Pero si ese iba a ser su último día sobre la faz de la tierra, o tan siquiera esa semana… si iba a tener que morir de todas formas, no se le ocurría un lugar mejor.

—Tranquilo, yo lo llevo —dijo otra vez la voz, con cierto punto de diversión que no hacía juego con el momento, mientras Junsu volvía a sentir esas manos duras tirando de él.

—En tus sueños, Kim Heechul —replicó Changmin, aferrándolo con más fuerza—. Aunque vaya a seguirte no confío en ti. No vas a tocarle un solo pelo, y más te vale que cuando despierte, si es que lo hace, esté todo bien, porque te juro que si no es así encontraré la manera de acabar contigo, aunque sea lo último que haga en mi miserable vida.

Sus palabras, duras y casi rabiosas, marcaron aún más la diversión del desconocido en el resoplido de risa que exhaló contra ellos. Pero aun así lo soltó. Sus brazos se retiraron mientras los de Changmin lo asían con más fuerza, elevándolo del suelo como si no pesara nada. Sus pasos, lentos y cuidadosos, siguiendo los que ya se alejaban hacia la puerta.

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Seúl, 06 de Octubre de 2013
06:13 AM

 

Lo vio nada más cerrar la puerta de la habitación, al fondo del pasillo, con la espalda apoyada en el marco y el rostro girado en su dirección, como si lo estuviese esperando. Tenía la pierna derecha arqueada, el pie apoyado en la madera a la altura de la rodilla y daba vueltas a algo entre sus manos. La perfecta ilusión de un humano relajado, descansando. Pero no lo era. Sus ojos lo delataban. Aun en medio de la penumbra que inundaba el pasillo, sin más luz que la noche que se colaba a través del gran ventanal del fondo, Changmin podía distinguir con toda claridad los ojos del vampiro, que eran tan oscuros como el cielo sin estrellas, y aun así discernibles como si no precisasen de luz, como si la creasen, dos agujeros negros capaces de devorar galaxias enteras.

Podía leer en ellos el desafío, a que se acercase, a que se atreviese a salir de ese mutismo que le había acompañado todo el camino. Changmin no había dicho una sola palabra desde que abandonó su apartamento, varias horas atrás. Había seguido al vampiro a través de decenas de callejones oscuros, intentando alcanzar su ritmo mientras sentía el peso de Junsu a su espalda, volviendo sus pasos cada vez más lentos. Y se había cuestionado con cada uno la sensatez de esa huída desesperada. Todos sus instintos le gritaban que no confiase en él, que no era más que otro de esos asesinos sanguinarios que se le daba tan bien eliminar, y que si se descuidaba, aunque fuese un segundo, hincaría sus dientes en ellos y los aniquilaría para siempre. No podía borrar las enseñanzas de toda una vida de un plumazo y confiar a ciegas porque no le habían dado motivos. Y porque no estaba en su naturaleza.

Pero quedarse en el que había sido su apartamento hasta esa noche no era una opción. No con Sooman en alerta. Y desgraciadamente no tenía otro lugar seguro al que huir con Junsu, al menos no uno que no conociese su mentor. Las posibilidades de mantener a salvo a Junsu eran mayores siguiendo a ese extraño, por irónico que fuese. Porque a pesar de lo surrealista de ese escenario, todavía era un cazador en persecución de un vampiro, aunque su fin fuese distinto a clavarle una estaca en el corazón.

Al menos por el momento.

Tras más de una hora dando vueltas, Heechul le había conducido hasta un aparcamiento subterráneo, donde les aguardaba un coche con los cristales tintados, imaginaba que bastante caro, pero Changmin no había sentido el interés suficiente como para quedarse con el modelo, o tan siquiera con la marca. Todo lo que había querido del vehículo, mientras acomodaba a Junsu en el asiento de atrás y se sentaba junto a él, era que los llevase muy lejos de Seúl, a un sitio seguro y, de preferencia, acorazado.

No habían ido tan lejos al final, y el lugar parecía mucho menos seguro de lo que hubiese querido. A pesar de las vueltas que el vampiro había dado a través de las calles de la ciudad, a velocidades de vértigo, no habían abandonado Seúl. Ni siquiera se habían acercado al extrarradio. Y el lugar que les aguardaba no era más que el ático de uno de los muchos rascacielos de la metrópoli, mucho más lujoso que su apartamento, y también más frío. ¿Alejado del suelo? Sí, ¿Seguro? Aun estaba por verse.

Changmin había llevado a Junsu hasta uno de los dormitorios, acomodándolo sobre un colchón demasiado blando. Ni una vez, en todo el camino, había abierto los ojos, aunque seguía respirando de esa forma tranquila y pausada que Changmin conocía tan bien, porque esa cadencia era su armonía favorita para irse a dormir, la que hacía que desapareciesen todas las preocupaciones de su día y se evadiese de todo. La que había perdido hacía cinco semanas, cuando su peor pesadilla comenzó a volverse realidad. Cuando Junsu había cambiado los sueños tranquilos por duermevelas inquietas, la calma por miedo.

Bien podrían haber sido cinco siglos, porque parecía una época tan, tan lejana, que se sentía irreal, apenas un sueño. Solo que el despertar de uno, por duro que fuese, no solía doler como esta nueva realidad lo hacía, no solía quemar con cada inhalación, con la contracción de cada músculo de su garganta al tragar saliva. No le hacía sentir como si su caja torácica se hubiese reducido a la mitad, comprimiendo cada órgano de manera brutal, apretujando unos contra otros para generar esa presión inabarcable.

Changmin podía vivir con ello. Debía hacerlo porque no tenía derecho a pedir algo más, y porque lo que él sintiera, a fin de cuentas, no era importante, no en realidad. Importaba Junsu, que estuviese a salvo y siguiese así las semanas que restaban hasta su cumpleaños número veintiocho. A partir de ahí no iba a poder ayudarle, pero quizás pudiese convencer a Heechul de que le enseñase, de que estuviese a su lado para que aprendiese todo lo que iba a necesitar en su nueva vida. Al fin y al cabo, si era quien decía ser, había sobrevivido durante milenios, permaneciendo lejos del radar del Clan.

Pero primero debía averiguar si decía la verdad, si era ese vampiro legendario que había comenzado todo. Por eso se había apartado de Junsu, a regañadientes, para encararlo, ahora sin el apremio de su huída. Por eso y porque, probablemente, cuando Junsu abriese los ojos por fin, lo último que querría ver sería su rostro.

Changmin cerró la puerta contempló esos ojos en la oscuridad, sin moverse, sin pestañear siquiera, pero no se acercó. No iba a sentarse a hablar con un vampiro en una casa extraña sin comprobar previamente cada habitación, cada rincón en que pudiese esconderse un asesino. Giró y abrió la puerta inmediatamente posterior a la de Junsu, comprobando armarios, cortinas e incluso el hueco bajo la cama. Y repitió la operación con las otras dos y el baño, distribuidos a lo largo del pasillo, hasta llegar a donde todavía le aguardaba Heechul, ahora con una media sonrisa divertida en los labios.

—¿Has encontrado algo interesante?

—No me fío de ti.

—Sí, ya lo has dicho, muy claramente además. Pero he aprendido a lo largo de siglos de observación que las palabras y los actos de una persona no suelen ser consecuentes. Sobre todo si hay cuestiones que interfieren con la razón, como los sentimientos.

—Y yo he aprendido que si te fías de un vampiro acabarás muerto, antes o después.

—Tú, por ejemplo —continuó Heechul, como si no le hubiese interrumpido—. Odias a los vampiros, llevas toda tu vida persiguiéndolos bajo la protección del Clan, y aquí estás, traicionando tus creencias, en casa de uno y protegiendo a quien está destinado a convertirse otro.

—Eso no significa que haya cambiado mi forma de pensar. Sigo odiando a los seres como tú.

—Por supuesto. Pero no a él, a pesar de todo. Y eso significa que no es tu razón la que vence en esa batalla que mantienes contigo mismo.

No contestó, incapaz de hallar una respuesta mordaz a esa afirmación. Porque tenía razón, por supuesto. Si siguiese a su razón se apegaría al plan original de Sooman, quedándose al lado del objetivo para clavar una estaca en su corazón en el momento correcto. Pero estaba ahí, con un enemigo, dispuesto a todo con tal de que nada atravesase el corazón de Junsu.

Nada salvo sus mentiras y su traición.

Pero lo que él sentía no era importante, ni iba a discutirlo con ese vampiro a quien obviamente le divertía todo el asunto. Así que se dedicó a fulminarlo con la mirada, mientras Heechul se separaba del marco de la puerta, aún sonriendo y le daba la espalda, encaminándose hacia el salón. Y lo siguió, observando cómo se sentaba en uno de los enormes sofás como si fuese el rey del mundo sobre su trono de marfil.

—¿Qué le has hecho a Junsu? —preguntó, encaminándose al sofá opuesto pero sin sentarse aún, desechando toda la charla banal para focalizar en lo que de verdad importaba.

—Nada.

—No es verdad. Le ordenaste descansar y cayó en un sueño del que aún no se ha despertado. No fue casualidad.

Su sonrisa se ensanchó más, sin cabía, y Changmin sintió deseos de borrársela de un golpe. Pero se contuvo. Le gustase o no, lo necesitaba.

—Soy el primer vampiro de la creación, todos los demás están en el mundo gracias a mi, de un modo u otro. Mis palabras son la ley. Deben obedecerlas, aunque no quieran. En el caso de Junsu doblemente, puesto que además nos une la línea de sangre. No puedo controlar al humano que aún vive en él, pero el vampiro es mío.

Mentía. No podía ser verdad. Las crónicas no mencionaban ni remotamente un poder semejante, y era algo demasiado importante como para que hubiese sido pasado por alto a lo largo de todos esos siglos. ¿Un poder mental? Eso los volvía doblemente peligrosos, y más astutos. Alguien se habría dado cuenta…

Pero Changmin todavía podía ver a Junsu desplomándose ante sus ojos tras las palabras de Heechul, aún podía sentir su cuerpo inerte entre los brazos, su respiración pausada. No podía deberse simplemente a un colapso repentino en el momento justo.

Changmin dio un paso hacia él, mirándolo ferozmente desde arriba.

—Despiértalo —ordenó, alto y claro.

—¿Por qué? Tu no lo quieres despierto.

Changmin frunció el entrecejo, confuso por el tono y la sonrisa, paralizado por esos ojos que parecían conocer todos los misterios del universo.

—¿Qué diablos estás diciendo?

—Solo la verdad. Tu no quieres que despierte, en primer lugar porque necesita el descanso que yo le estoy proporcionando, desde hace demasiado tiempo, y su bienestar es importante para ti, de lo contrario no estaríamos manteniendo esta conversación. En segundo, porque no quieres ver en sus ojos la profunda decepción y el dolor que le has infligido, estúpida e innecesariamente, debo añadir. Y en tercero, porque necesitas respuestas, y tener a Junsu despierto sólo te distraería.

Sus palabras eran como dardos envenenados, clavándose uno tras otro bajo su piel, paralizando cada nervio, cada músculo. Certeras cual flecha en el centro de una diana. Changmin no lo había dicho en voz alta, no lo había pensado siquiera porque su mente estaba demasiado llena, un caótico revoltijo al que no estaba acostumbrado, y analizar sus sentimientos no estaba en los primeros puestos de la lista de cosas por hacer, especialmente cuando estaba tratando de forma desesperada de pasar por encima de ellos.

Pero ese vampiro había visto mucho más allá que cualquier mortal, más hondo que la mayor parte de las personas que Changmin conocía y trataba en su día a día. Era como si pudiese leer en su alma y desarmarla pieza a pieza, de forma metódica, analizándolo con la curiosidad y el desapego propios de un científico.

Era imposible. No lo conocía, no podía especular con tanta precisión y seguridad.

Salvo que no fuese así.

—¿Cómo puedes saber lo que ha pasado? —preguntó, lentamente, sin dejar de mirarlo a los ojos—. Escuchar una conversación a hurtadillas no puede darte tanta información, ni siquiera si pudieses leer nuestra mente, que no puedes… ¿Cuánto hace que nos observas?

La sonrisa de Heechul se incrementó, mientras sus ojos se estrechaban con cierto reconocimiento.

—¿En verdad quieres saberlo?

—Sí —respondió, sin dudarlo ni un segundo. Siempre era mejor saber.

—A ti hará unos ocho años, más o menos. A Junsu toda su vida.

Tenía que estar bromeando. No podía ser cierto. No podía llevar todos esos años observándolos entre las sombras, en silencio, no sin que ninguno de los dos lo hubiese notado. Era imposible.

—Mientes.

—Llamarme mentiroso en mi propia casa puede que no sea la mejor de las ideas. Especialmente cuando sigues vivo gracias a mi. Mostrar un poco de respeto y gratitud estaría bien.

—¿Qué coño significa eso? —replicó Changmin, más fuerte de lo que pretendía.

—¿De verdad crees que has salido ileso de cada enfrentamiento contra vampiros durante estos años solo gracias a tu destreza natural? Eres bueno, Changmin, pero no tanto. Ni siquiera tú puedes vencer en un enfrentamiento a más de diez vampiros, por muy jóvenes que sean. Sigues siendo solo un humano.

—Mientes —repitió, negando firmemente con la cabeza—. ¿Por qué ibas a priorizar la vida de un simple humano frente a los tuyos?

No respondió inmediatamente. Heechul se quedó mirándolo en silencio unos segundos, desdibujando su sonrisa, como si estuviese evaluando si iba a poder soportar la verdad o no. Y finalmente se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas y dijo:

—Porque te necesito.

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Seúl, 06 de Octubre de 2013
06:30 AM

Heechul observó cuidadosamente a Changmin mientras procesaba sus palabras. No había que ser un genio para darse cuenta de que no sólo no tenían sentido para él, sino que cualquier cosa que Heechul dijese iba a encontrarse con un muro de incredulidad y desconfianza, al margen de las pruebas que pudiese presentar para justificarse. A Changmin le habían enseñado a odiar a todos los vampiros, estaba grabado en su ADN a base de golpes y fuerza de voluntad, hasta convertirlo en un mantra de su subconsciente.

Heechul lo conocía bien, a pesar de no haber intercambiado palabra antes de esa noche. Lo había observado hasta formarse una idea muy precisa de su personalidad, de sus gustos y manías. Y lo más destacable, quizás porque representaba un contraste profundo con su propia persona, era su forma de ver la vida, llena de profundos contrastes: blanco y negro, frío y calor, vida y muerte. Era cuadriculado hasta la obsesión, y eso siempre iba a jugar en contra de Heechul en cualquier escenario.

Pero tampoco necesitaba que creyese cada palabra que él decía a pies juntillas. Sólo que colaborase. Y sabía bien cómo lograrlo.

En ese caso, además, Heechul estaba siendo peligrosamente sincero. Porque sí, lo necesitaba. Changmin era la pieza clave de esa partida que llevaba jugando milenios, alzándose ante él como el Rey sobre un tablero de ajedrez, protegido hasta límites insospechados sin ser consciente de ello, absolutamente irreemplazable.

No Junsu, ni nadie más, sino él.

Por supuesto que su descendiente era importante para sus planes, pero sin Changmin sólo era otro más, como cada uno de los anteriores, como los que estaban por venir. Heechul sólo necesitaba esperar otro milenio a que la maldición siguiese su curso y naciera otro. Después del primero cada año se convertía en apenas un segundo, cada minuto en un insignificante siglo que podía pasarse durmiendo si así lo deseaba.

Pero Changmin marcaba la diferencia, hacía a Junsu especial, y se convertían justo en lo que necesitaba para alcanzar esa victoria que siempre se le escurría como agua entre los dedos. Heechul había tenido otras oportunidades, por supuesto, pero ni en una sola de ellas se había sentido tan seguro de que iba a funcionar como en esta. Quizás porque ambos le recordaban un poco a lo que habían sido Siwon y él al principio de todo. O quizás porque a diferencia de todos sus anteriores descendientes, mostraban en ocasiones atisbos pronunciados de inteligencia que habían logrado ganarse su respeto. Más o menos.

Heechul se dio cuenta del momento exacto en que Changmin comenzaba a hacer uso de ella, porque el miedo y la furia en sus ojos se disiparon, igual que la tensión que hasta ese momento había marcado cada una de las líneas de su cuerpo. En su lugar apareció la desconfianza con la que ya contaba, pero también perspicacia, como si se hubiese dado cuenta de repente de que Heechul era exactamente quien decía ser, y de que podría obtener mucha información, veraz o no, para dar más pinceladas a ese retrato que, en su mente, estaba empezando a hacer sobre él.

Se sentó calmadamente en el sillón de su derecha, la expresión neutra más allá de sus ojos, y su voz era dos octavas más grave que hasta ese momento cuando replicó:

—Lo que dices no tiene sentido. Estás jugando a algo, y nosotros sólo importamos en la medida en que seamos útiles para ti, porque no me creo que un monstruo como tu tenga sentimientos.

Heechul no pudo evitar la sonrisa de medio lado ante la palabra “monstruo” que Changmin tanto se empeñaba en utilizar. Y no se equivocaba, no del todo, en ningún aspecto. En realidad Heechul podía sentir, más intensamente que un humano, pero hacía demasiados milenios que había elegido no hacerlo. A diferencia de Changmin podía elegir, coger todas las emociones y exiliarlas a un cajón oscuro para no tener que lidiar con ellas.

—¿Jugando? —dijo, más por pura ironía que por llenar el silencio, porque era obvio que lo hacía.

—Puedo entender lo de Junsu, si es que la familia puede significar algo para un ser como tu. ¿Pero un simple humano? No antepondrías a uno a los de tu raza.

—Si como dices soy incapaz de sentir, familia o no sería lo mismo para mi.

—No estoy hablando de sentimientos, sino de lógica. Cuantos más vampiros seáis, más fácil será enfrentar al enemigo, especialmente si, como dices, tienes poder sobre todos los de tu raza. Ellos son tu ejército.

Heechul inclinó la cabeza, divertido, apoyando el codo sobre el reposabrazos del sofá y la cara sobre los nudillos de su propia mano.

—Eres uno de los mejores cazadores que he visto a lo largo de los siglos, y aun así no me ha llevado más de unos minutos reducirte por completo. Y eso sin contar con que las armas mortales no me hacen nada, clavadas en el corazón o en cualquier otra parte. No necesito más fuerza que la que yo mismo poseo.

La mención a su breve enfrentamiento en el apartamento no le hizo ni pizca de gracia a Changmin. Frunció el entrecejo y la furia volvió a su mirada durante unos breves instantes, traicionándolo. Heechul sabía que se sentía orgulloso de sus habilidades, y quizás poner en una balanza lo poco que podía hacer contra él no era la mejor de las ideas. Pero no pudo evitarlo. Porque cuanto más hablaba con él, más le gustaba, y más claro tenía que era el indicado.

—No estás respondiendo a mis preguntas, sólo evadiéndolas.

—Eres tú el que cree que bromeo, o que estoy jugando.

—Lo haces. Pero quieres que sea así, seré más directo en cada pregunta. ¿De qué conoces al Clan?

Heechul bufó, poniendo los ojos en blanco. De todas las preguntas que Changmin podría haber hecho, escogía la más obvia, que se respondía por sí misma.

—¿En serio necesitas que conteste eso?

—Compláceme.

No sería él mismo si dejase pasar semejante petición como si nada. Heechul amplió su sonrisa, recorriendo a Changmin con la mirada lentamente, de arriba abajo, y elevó una ceja antes de responder:

—Con gusto —no respondió a su provocación, ni varió su postura, como si no se hubiese dado cuenta de la insinuación, que no era el caso. Y Heechul no pudo evitar volver a poner los ojos en blanco antes de responder correctamente esta vez—. Llevan persiguiéndome desde el albor de los tiempos.

—Pero ellos no saben nada de ti, no creen que sigas vivo. Tú, sin embargo, pareces saberlo todo sobre el Clan. Ni siquiera has parpadeado cuando he mencionado las Crónicas en mi apartamento…

Esperaba una respuesta, pero Heechul no se la dio. Se limitó a sonreír, enseñando todo lo que podía los colmillos, sabiendo que solían provocar escalofríos en la mayoría de las personas.

Pero no en Changmin. Se quedó mirándolo fijamente y luego elevó una ceja con elocuencia suficiente para no necesitar poner en palabras lo que quería decir. Y a eso sí respondió:

—No sé que quieres que conteste —dijo, encogiéndose de hombros deliberadamente—. No has formulado ninguna pregunta.

En esa ocasión es Changmin quien no puede evitar poner los ojos en blanco.

—Está bien, ¿cuánto sabes del Clan?

—Todo —respondió, contundente, dejando que la sonrisa cayese de sus labios—. Sé todo lo que se puede saber, a diferencia de ti. La pregunta que deberías hacerte en realidad es cuánto sabes tu. Porque crees que los conoces, que has visto lo mejor y lo peor que pueden ofrecer, pero te equivocas.

—Y ahora intentarás hacerme creer que son los malos de esta historia, ¿verdad? —dijo, sonriendo con tanto cinismo que fácilmente podría haber rivalizado con él en sus mejores momentos.

—Lo son, quieras creerlo o no. ¿Eso me convierte a mi en el trágico héroe? No. Las cosas no son blancas o negras. Si esperas héroes, te has confundido de cuento.

Obviamente desechó sus palabras como si fuesen basura, pero Heechul sabía que no caerían en saco roto. Por mucho que quisiera creerse su versión no era idiota. Querría conocer todos los detalles, hacerse una composición de lugar, conocer al detalle las que creía mentiras para poder contrarrestarlas después. Siempre era mejor conocer al enemigo, lo sabía tan bien como Heechul. Que creyera que él era ese enemigo sólo ayudaría a sus planes.

Exactamente como esperaba, Changmin capituló.

—Vale, juguemos —replicó, ya sin sonreír—. ¿Qué es lo que tu sabes del Clan que yo desconozco?

—Para empezar, el motivo real por el que buscan a Junsu. Crees que su objetivo es matarlo para terminar con la maldición, pero no es así. Eso no cambiaría nada, y ellos lo saben. Al menos los que manejan los hilos.

—Oh, así que no quieren matar a Junsu —respondió cínicamente—. Y dime, según tu desbordante imaginación, ¿qué quieren hacer con él? ¿Protegerlo de ti?

—No me he expresado correctamente. Sí quieren matarlo, pero no antes de arrebatarle algo que ansían desde hace milenios —guardó silencio un segundo, inclinándose más cerca de Changmin antes de agregar—. Quieren su inmortalidad. Pero sin las desagradables consecuencias que conlleva convertirse en lo que soy. Llevan perfeccionando la ceremonia para ello prácticamente desde que fui creado, y es su verdadera razón de ser.

Changmin resopló, negando con la cabeza.

—Eso es absurdo.

—¿Por qué? ¿Suena a película de ciencia ficción? En un mundo en el que los vampiros pueblan la tierra, ¿crees que no existen otras fuerzas como la magia? Porque oí cómo le contabas mi historia a Junsu, y la palabra “bruja” estaba involucrada. ¿Crees que se han extinguido sin más?

—Ella murió. Tu y tus monstruos la asesinasteis.

—Sí, pero no su linaje, lo mismo que el mío. Y es exactamente esa mezcla de factores lo que necesitan, en el momento preciso: cuando la maldición se hace efectiva en el último descendiente al cumplir veintiocho años, pero antes de que se derrame la primera sangre que lo ligue para siempre a la noche.

No le creía. O no quería creer sus palabras, era evidente. Pero una parte de él estaba uniendo piezas con rapidez, sacando cuentas, y Heechul sabía que al final se daría cuenta de que cada palabra era cierta. No ahora, no esa noche, pero lo haría. Porque Heechul estaba seguro de que había ciertas actitudes que nunca había comprendido, órdenes aquí y allá que no habían terminado de cuadrar con lo que se supone que hacían, pero que Changmin habría achacado al hecho de no tener una visión de conjunto, de no saber lo que hacía cada uno en cada momento.

Heechul podía verlo luchando contra la idea, contra cada palabra.

—Eso es absurdo —repitió, con menos convencimiento esta vez.

—¿Lo es? Pareces medianamente inteligente, al menos para los de tu raza. Dime una cosa, Changmin, ¿qué clase de organización altruista, abanderada como protectora de la humanidad, sacrifica a cuantos sean necesarios con tal de lograr su objetivo? Personas, humanos, a los que dicen proteger…

—Lo hacen en caso extremos, por un bien mayor...

—Esa ha sido la excusa más utilizada a lo largo de la historia para cometer los mayores genocidios. Y no precisamente por los míos.

Changmin negó con la cabeza, haciendo claramente visible la lucha que estaba manteniendo consigo mismo.

—Quizás, pero no en este caso. Unos pocos humanos a lo largo de milenios representan apenas una ínfima parte de los que vosotros matáis en un año.

—Dudo que tus padres pensaran lo mismo —dijo, asestando el golpe de gracia.

Toda respuesta de Changmin murió en sus labios. Su ceño terminó de fruncirse, estiró la espalda y la tensión se hizo obvia en cada centímetro de Changmin, en cada poro, irradiando odio y desprecio en oleadas casi visibles hacia él.

—No te atrevas siquiera a mencionarlos —dijo entre dientes, apenas más alto que un susurro cargado furia.

No le hizo caso.

—¿Por qué? ¿Te contaron que los vampiros malos habían terminado con sus vidas? Podría haber sido así, un humano más o menos no supone gran diferencia. Pero cuando te cruzaste en la vida de Junsu comencé a investigarte. Necesitaba saber quién eras, qué hacías y por supuesto cuál era tu pasado. Y esa versión tuya no se parece ni remotamente a lo que descubrí.

—¡Mientes! —repitió, más fuerte esta vez, inclinándose hacia él de un modo tan poco sensato que resultaba claro que en ese momento le daba lo mismo si era un vampiro o el mismísimo diablo.

—Eso te gusta creer, ¿verdad? Que cada palabra que digo es una mentira Lo que yo me pregunto es por qué tú nunca te has molestado en investigarlo. Has confiado ciegamente en la palabra de alguien que sabe mentir con la misma facilidad con la que respira. Lo has hecho porque era más fácil tener un foco para dar salida a todo tu dolor, alguien, algo, a lo que odiar. Y funcionó, claramente. No sólo fue terapéutico, sino que te convirtió en un soldado, un peón bajo las órdenes de un rey ambicioso. No eres el primero, ni el último, al que han utilizado de esa forma.

No le respondió. Tenía los puños fuertemente apretados, su mirada aún fulminándolo como al peor de los insectos, el desprecio y la negación haciendo eco en cada rincón de su alma.

Pero Heechul acababa de plantar una duda. Y si lo conocía tan bien como creía, Changmin movería cielo y tierra para descubrir la verdad, aunque fuese para arrojarle a la cara las pruebas de que era un mentiroso sin remedio.

Y eso era perfecto.